50 Cuernos de Él

Estar en el paro es una situación horrible y en aquellos momentos Sara no tenía trabajo. Había mandado y entregado decenas de currículos, realizado varias entrevistas y suscrito a diversas ofertas de un conocido portal de Internet.

Aún no había comido cuando salió de su última entrevista en un buffet de abogados. A pesar de su experiencia al parecer no dio el perfil para el puesto.

Triste y decepcionada por haber perdido aquella oportunidad en la que parecía encajar perfectamente, sacó el móvil para llamar a su novio Luis y contarle la experiencia. Nada más desbloquearlo, le llamó su amiga Noemí.

– ¡Hola guapa!

– Hola, ¿cómo estás? – respondió Sara, intentando no trasmitir sus emociones del momento.

– ¡Súper bien! ¡Acaban de cogerme como camarera en la nueva discoteca que abrirán el mes que viene! ¡No veas qué chollo!

– ¡Enhorabuena!

– ¡Gracias! Te llamaba porque me han dicho que buscan personal de todo tipo de perfiles. Desde seguridad, camareros, de oficina, etc y les he dicho que tenía una amiga súper trabajadora.

– Gracias, no tenías porqué.

– ¡Tienes que ir ahora!

– ¿Qué? ¿Ahora?

– Sí, me han dicho que si vas ahora, el Señor Juan, que es el dueño y quién hace las entrevistas tiene un hueco. Venga, no seas tonta y ves.

– No sé…

– Venga, te cuelgo para que no pierdas tiempo y te envío la dirección en un mensaje. Chao. ¡Ya me contarás!

Su enérgica amiga le envió la dirección como prometió y coincidencias de la vida, justo vio acercarse un autobús que le dejaría al lado de la discoteca. Quizás fuera el destino, pensó, y se subió al bus.

Al llegar a la zona, no le costó mucho encontrar el local. Era enorme, y aún había obras y decoración en marcha. Tras preguntar a un par de personas, llegó a la oficina del gerente.

Tras tocar la puerta y entrar, se encontró a un hombre de unos cuarenta y tantos, delgado y atlético vestido con traje.

– Hola.

– Hola. Me llamo Sara. Mi amiga Noemí acaba de hacer una entrevista hace poco y me dijo que si venía ahora mismo podía entrevistarme.

– ¡Ah sí, ya recuerdo! Siéntate.

– Gracias.

La entrevista comenzó, y el Señor Juan realizó algunas preguntas sobre el curriculum vitae de la chica. Ella respondió decidida.

– Nos queda una vacante en Administración, y bastantes en otros sectores. ¿Podrías levantarte un momento por favor?

– Sí – dijo ella con cara extrañada.

– ¡Fíjate! ¿Administración? – dijo sonriente viendo su delgado y estilizado cuerpo. – ¿No preferirías ser camarera? Tienes poco pecho, pero con un sujetador con relleno o poniéndote pecho podrías ser gogó. ¿Qué tal bailas?

– Mire… ya ha visto mi currículo, mi experiencia es en la administración…

– Ya, ya. ¿Pero no querrías ganar más dinero?

– Claro, quién no, pero…

– ¿Por qué no haces una prueba? Basta con que vengas vestida sexy y vemos si encajas en lo otro que te he dicho. ¿Qué me dices? Mira, este sería el sueldo.

El hombre le escribió la cifra mensual en un post-it.

– Es muy tentador, pero creo que no, gracias.

– ¿No? Pero si estás muy buena. Todos los clientes vendrían a pedirte una copa sólo por hablar contigo, verte más de cerca e intentar ligar.

– No, gracias. ¿Qué me dice de la oferta de Administración? – el hombre suspiró.

– Con la de paro que hay hoy en día no estoy acostumbrado a que rechacen mis ofertas, y más si son tan buenas. Tengo tu teléfono, te llamaré para decirte si has sido seleccionada o no.

– Gracias.

La chica se levantó para darle la mano y se dispuso a irse.

– ¡Espera! – le dijo el hombre.

– Dígame.

– Ten, una entrada con consumición gratis para el día de la inauguración. Te espero. – le dijo sonriente.

– Gracias.

Sara se marchó con un sabor agridulce mientras que su entrevistador no perdía detalle del contoneo de su culo al irse.

Luis se quedó alucinando al escuchar la narración del día que había tenido su novia. Ambos discutieron los pros y los contras de las distintas ofertas y lo tentadores que eran, pero finalmente Sara se cerró en lo que ya tenía experiencia. Su novio le animó a que fuera a aquella discoteca el día de la inauguración. Era una oportunidad de demostrar su interés, y que quizás con la emoción de la apertura, aquel gerente se animara y se decidiera por contratarla en Administración.

Animada por que su amiga Noemí estaría trabajando el día de la inauguración, Sara decidió ir.

Entregó la invitación en la puerta, y dejó el abrigo en el guardarropa. Se había vestido con unos sencillos shorts negros ajustados y un top rosa palo. Desafiante ante las insinuaciones del gerente por su poco pecho, no le dio el gusto de realzarlo con un sujetador con push-up. Directamente no llevó sujetador.

El local, con dos pisos y múltiples barras, era inmenso. Le costó bastante localizar a su amiga Noemí. Su amiga servía copas sonriente exhibiendo un amplio escote y una falda que debería haberla comprado en la sección de cinturones de una tienda de ropa.

Entre copa y copa que iba sirviendo, las chicas hablaron y por lo menos Sara se sintió más arropada al estar con una cara conocida.

– ¿Sara? – le dijo un desconocido trajeado.

– Sí, soy yo.

– Vengo de parte del Señor Juan. La invita a verle si usted quiere. Sólo tiene que acompañarme.

– ¡Igual se ha pensado lo de contratarte! ¡Ves, no seas tonta!

– Está bien, vamos.

Las amigas se despidieron, y la joven siguió al emisario hasta un ascensor de acceso privado que llevaba al segundo piso. En una zona remota, el chico introdujo una combinación en un panel numérico, y entraron en un largo pasillo. Se paró tras una puerta, llamó, y tras recibir confirmación, la abrió dejándola entrar.

En su interior, el Señor Juan fue a recibirla.

– ¡Sara, qué sorpresa! Pensaba que no vendrías a la inauguración.

– Quería aprovechar su invitación para conocer un poco el negocio por si al final era elegida como candidata.

– Je, je. Muy lista.

La chica vio el inmenso panel de monitores de cámaras de seguridad y se le hizo un pequeño nudo en el estómago.

– ¿Es así cómo ha visto que he llegado?

– No, je, je, je. Tengo a estos dos trabajando en la vigilancia y no hay necesidad de estar buscando a nadie en concreto. – la chica se ruborizó al pensar que se había dado demasiada importancia a sí misma. – Verás, me avisan por el pinganillo cuando viene alguien a quién he dado una de mis invitaciones.

– Le agradezco las molestias. El local es increíble. Será todo un éxito.

– ¡Eso espero! Me imagino que estarás pensando sobre la oferta de trabajo y qué he decidido ¿verdad?

– Es inevitable. Estoy muy interesada.

– Lo comprendo. Verás, el puesto de Administración es más importante de lo que parece ya que la persona que lo cubra tendrá acceso a las cuentas y datos confidenciales de la empresa. ¿Lo entiendes?

– Sí, en otros trabajos ya he tenido esa responsabilidad.

– Muy bien. Comprenderás que quién lo ocupe, tendrá que tener toda mi confianza.

– Sí señor. Soy una persona de fiar y se puede confiar en mí.

– Me gustan tus respuestas. Ven, te voy a presentar al resto de socios.

Salieron al pasillo y entraron en otra sala donde nada más entrar se les quedaron mirando tres señores, con apariencia de tener dinero, que bebían en copas de balón.

Los hombres se levantaron y el Señor Juan se los presentó uno a uno: Don Alfredo, Don Valentín y Don Gabriel. Sara les saludó dándoles dos besos a cada uno.

– ¿Así que esta es una de las aspirantes a Administración? – preguntó Don Gabriel.

– Sí, ¿qué os parece? – dijo el Señor Juan.

– Muy guapa. No sé qué tal se le darán las cuentas, pero de camarera sería todo un éxito.

Sara se puso nerviosa. Ya estaban otra vez con esa retahíla. Si seguían por ahí, se disculparía y se iría. Perdería el puesto, pero al menos sería fiel a sus principios.

– Yo soy partidario de contratarla – dijo sonriente el Señor Juan.

– Gracias – respondió Sara.

– ¿Cómo sabemos que podemos fiarnos de ella? No la conocemos de nada – intervino Don Valentín.

El Señor Juan le alzó una mano y la hizo dar una vuelta sobre sí misma.

– Sara, parece que mis socios quieren conocerte más. Te hago una oferta. El puesto de administración es tuyo, si dejas que ellos te conozcan más… – su sonrisa picarona le hizo percatarse al momento de por dónde iban los tiros.

La chica respiró hondo. Si era lista, quizás podría conseguir el trabajo que ella quería y buenas condiciones.

– Quiero cobrar lo mismo que una camarera y hacer el horario que yo quiera – respondió envalentonada.

Los hombres se rieron. Cuando la chica se dio cuenta, todos se estaban desnudando.

– Significa – dijo el Señor Juan – que vamos a conocerte digamos, más profundamente.

– Bienvenida al negocio – dijo Don Alfredo.

El círculo empezó a cerrarse a su alrededor. Sintió como un hombre se pegaba a su culito y como entre otros dos le bajaban el pantaloncito ajustado.

– ¿Ustedes no pierden el tiempo eh?

– A ver qué escondes – respondió Don Alfredo.

Una vez cayó al suelo, siguieron con el tanga al tiempo que la persona que tenía detrás le subía y quitaba el top.

– ¡Mirad qué tetitas! ¡Pero si no lleva sujetador! – Dijo Don Valentín al verla desnuda.

El hombre las estrujó, cabiéndole estas enteras entre sus manos. El Señor Juan la besó mientras que Don Gabriel restregaba su pene contra su pequeño culito.

– ¡Qué buena está! – dijo propinando varios golpecitos con su pene sobre las nalgas.

Sin saber muy bien cómo había ocurrido, la joven se encontró con un pene en cada mano. Instintivamente empezó a masturbarlos mientras sentía manos recorriendo todo su cuerpo.

Otro hombre la besó mientras le chupaban los pequeños y rosados pezones.

– ¿Sara, por qué no nos comes las pollas? – dijo el Señor Juan.

– ¿Les gustaría, eh? – respondió sonriente.

Se arrodilló y se llevó una de las pollas que tenía en las manos a la boca. Miró hacia arriba y vio cómo otros 3 penes se alzaban a su alrededor como mástiles de banderas por hondear.

Masturbó un pene mientras las sombras de otros dos falos se proyectaban sobre ella. Uno de los hombres se acercó, y ella le recibió con la boca abierta.

Agarró un miembro con cada mano, y empezó su baile en perfecta sincronización. Cabeza y manos danzaban al unísono en un frenesí sexual, mientras que el hombre que quedaba desatendido se masturbaba esperando su turno.

La chica paró, y se concentró en sólo un pene cada vez. Lo chupaba a toda velocidad, con la boca bien ensalivada, y luego pasaba al siguiente como si tratara del segundero del reloj.

– ¡Más! – dijo excitada.

Dos hombre se acercaron, y ella se introdujo los prepucios a la vez en la boca, al tiempo que les masturbaba como si tocara algún tipo de flauta arcaica.

– Qué putita eres – dijo Don Alfredo mientras disfrutaba de la succión y la mirada extasiada de la chica.

– Como a ustedes les gusta, je, je, je – respondió ella al tiempo que liberaba su boca.

El hombre le estrujó las tetitas pero tuvo que apartar la mano cuando otro señor se abrió paso con su cuerpo, pegando su polla a la boca de la muchacha.

– Joder, no aguanto más ¡ponte a cuatro patas! – dijo Juan.

Sara le sonrió y se dirigió hacia una mesita acolchada. Apoyando las manos sobre su superficie, orientó su culo hacia donde estaba Juan.

– ¿Vienes? – preguntó moviendo el pequeño y apretado culito hacia los lados.

– Ya lo creo que sí. ¡Veamos de qué estás hecha!

El hombre cogió a la chica por la cintura mientras rozaba su pene contra la entrada de su sexo.

– Estás muy mojadita…

– ¡Pues métemela!

– ¿Eso quieres? ¡Pues toma!

El hombre se impulsó hacia atrás y le metió el falo de un solo empujón provocando un alarido por parte de ella.

– ¡Qué animal!

– No mientras, que en el fondo te ha gustado. – contestó él mientras la penetraba a un ritmo constante.

Pronto, el bosque de falos empezó a formarse entorno a Sara.

– Toma Sarita, para que no te aburras – le dijo don Valentín mientras acercaba le su miembro.

La aludida lo agarró por la base y se lo llevó a la boca. No hacía falta nada más por su parte, ya que las embestidas de Juan eran el empuje que marcaba el ritmo de la felación.

Los otros no perdían el tiempo: Don Alfredo se masturbaba con una mano y con la otra le acariciaba los pechos y Don Gabriel le daba a la mano sin dejar de presionar a Juan para que le cediera el turno.

– Toda tuya socio – cedió Juan.

Don Gabriel se colocó tras la chica, la agarró de los hombros y comenzó un mete-saca descontrolado. La melena de la chica volaba en todas direcciones mientras que en el aire flotaban sus gemidos de placer.

Cuando el ritmo bajó y se estabilizó, Don Alfredo aprovechó la oportunidad para taponar la boca de la chica con su miembro.

Juan le colocaba el pelo mientras que Don Valentín le acariciaba la espalda.

Pasados unos minutos y cansado de sólo acariciar espalda, Don Valentín separó a su socio, cogió a Sara en volandas y la trasportó hasta el sofá. La dejó caer bocarriba con delicadeza a la vez que no perdía el tiempo y la penetraba lentamente. El hombre la penetraba lento pero profundo.

Los miembros seguían bailando entre su boca y mano manteniendo a Sara saturada con tanta cosas que hacer.

– Tu amiga… eh…. ¿Noemí? – preguntó Juan.

– Sí – dijo con la respiración entrecortada.

– ¿Te contó algo de su entrevista?

– Que la habíais contratado…

– Sí… ¿No te contó nada de su striptease y que nos dijo que tenía una amiga desesperada por trabajar que era bien putita?

– No…

– Pues tendrás que hablar con tu amiga. ¡Ja, ja, ja!

Sara no tenía humor ni energía para enfadarse. En aquel momento la estaban manipulando para sentarse encima de alguien. Estaba de espaldas y no sabía de quién era. Al ver cómo Don Valentín y Don Gabriel se acercaban con sus penes en la mano, dedujo que se estaba sentando sobre Don Alfredo.

Empezó a botar mientras que masturbaba y chupaba las otras pollas.

– Oh sí Don Alfredo…

– Veo pequeña, que poco a poco nos vamos conociendo.

Sus pechitos y melena bailaban en una danza de lujuria. Sonriente, desafiaba la gravedad dejándose caer con fuerza sobre las piernas de Don Alfredo.

Extasiada, abrió la boca enseñando los dientes en un rictus mezcla entre el placer y la rabia. Se mordió los labios y miró a los ojos a cada uno de los hombres de la sala.

– Estás hecha una perrita. – Dijo Don Juan.

– Grrrrrr… – Gruñó juguetona la aludida.

– ¿Sí? ¡Pues te voy a follar como una perra!

Dicho esto, ayudó la ayudó a bajarse, y con delicadeza, la colocó de rodillas en el suelo apoyada en el sofá.

Dos de los hombres se sentaron justo en frente ofreciéndole sus miembros, mientras que Don Alfredo se contentó con estar de pies.

Don Juan apoyó una mano en la cintura de la mujer e inició una lenta pero profunda penetración. Las embestidas eran tan fuertes que Sara no podía chupar nada, solo agarrar y mover como podía. El hombre aceleró el ritmo y ella masturbó por igual velocidad.

– Para jovencita, o me correré – avisó Don Valentín.

– Sí eso – intervino Don Gabriel – que yo quiero correrme en esa carita de niña buena que tienes.

Ella obedeció al tiempo que Don Juan iniciaba un ritmo brutal. Sara gemía sin cesar, desatendiendo a los hombres del sofá, hasta que gimió con aún más fuerza cuando Don Juan retiró su pene de golpe y comenzó a correrse sobre su espalda.

– ¡Joder, qué gusto! Vamos socios, os toca.

Los tres maduros se acercaron y formaron una valla de carne alrededor de la chica.

– Abre la boquita – dijo Don Gabriel.

Arrodillada frente a aquellas tres pollas, la chica obedeció. Don Gabriel de acercó miembro en mano masturbándose como si quisiera hacer fuego con la fricción. Con un gemido de oso, acercó su pequeña manguera a la boca de la chica y coló un chorro de semen en su interior. El líquido rebotó y se derramó por la comisura de sus labios. Otro chorreón impactó contra sus dientes superiores y calló al suelo; el resto se derramaron sobre la barbilla de la joven.

Sara le dedicó una sonrisa pastosa y se giró hacia el pene de Don Valentín que se acercaba a punto de estallar. El hombre dejó caer una pequeña y espesa pincelada que cortó media cara de la chica. Con un dedo, se lo extendió hasta el interior de su boca y lentamente vertió más semen en su interior. Sara cerró la boca y dejó que el semen saliera a borbotones dejándole la barbilla y el cuello hecho un basilisco.

Don Alfredo no llegó lo suficientemente rápido y un potente chorro procedente de su prepucio impactó contra los pechos de la chica. Ella se irguió y acercó sus tetitas a aquella fuente de vida. Más y más leche inundó sus pequeños senos. Con mirada de viciosa, restregó la sustancia pegajosa sobre sus tetitas.

Don Juan le acompañó hasta un baño privado para que pudiera limpiarse. Hizo lo que pudo, aunque su pelo ya no tenía remedio. Al salir, un coro de cuatro hombres la aplaudió y la vitoreó.

– Bienvenida a la empresa – le dijo sonriente Don Juan.

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