8 días sin bragas: Una polla que quita el sentido

Tal y como prometí en el anterior relato a los que me comentaron o escribieron por mail, aquí os dejo la continuación. Sí, ya sé que he tardo un poquito, pero los estudios son lo primero. Como es largo, lo he repartido en 8 capítulos que se pueden leer por separado sin problemas y que subiré cada tres o cuatro días. Espero que os guste y que me contéis vuestras impresiones. Besos

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Primer día sin bragas: 7 Julio de 2.010

EL tercer curso en la facultad de Bellas Artes había terminado más que bien para mi amiga Silvia y para mí. Habíamos conocido a unos apuestos jugadores de un equipo de fútbol amateur algunos meses antes, cuando fueron a jugar a nuestra ciudad, Sevilla, contra un equipo local. Tan sólo pasamos una noche con ellos, una noche en que celebramos su victoria de una forma muy especial sexualmente hablando.

Aquellos dos sementales nos dejaron marcadas desde el preciso momento en que nos despedimos de ellos aquella mañana, y en nuestras mentes tan solo rondaba la idea de volverlos a ver. Pensamos que una buena excusa sería ir a Pamplona con motivo de las fiestas de San Fermín que se celebran a primeros del mes de julio. El principal problema e insalvable que se nos presentaba era, lógicamente, el económico; ambas éramos estudiantes y la asignación que nos daban nuestros padres era muy ajustada. Sobre todo teniendo en cuenta que pasaríamos en Pamplona ocho días de fiestas.

La única forma que se nos ocurrió de ganar dinero suficiente fue realizar un sorteo en el que nosotras fuimos un premio muy especial. Lógicamente vendimos los boletos por un precio asequible entre los chicos de nuestra facultad y de otras tantas.

Así, el día 6 de julio por la mañana, cargamos el equipaje en mi coche y nos pusimos en camino. Recorrimos los algo más de 900 kilómetros que separan Sevilla de Pamplona en apenas once horas, tiempo justo para llegar a la hora de cenar y dormir en un coqueto hotelito a las afueras de nuestra ciudad de destino.

A la mañana siguiente nos levantamos muy contentas y animadas porque por fin íbamos a encontrarnos con nuestros apuestos futbolistas. Nos duchamos, nos pusimos guapas y nos vestimos con la intención de dejarles boquiabiertos; debíamos estar impresionantes para que fuésemos donde fuésemos no mirasen a otras chicas que no fuéramos nosotras. Luego les llamamos por teléfono para concretar el lugar y la hora donde debíamos encontrarnos, pero, debido a que no conocíamos la ciudad, nos costó ponernos de acuerdo y decidimos que vendrían a buscarnos al hotel donde nos hallábamos.

Llegaron a eso de las once y el encuentro fue mucho más emotivo de lo que habíamos imaginado. Sobre todo para Silvia, que se había pasado toda la semana efectuando vídeo llamadas muy subidas de tono con su chico. Era tanta la calentura que tenía, que propuso aprovechar la habitación durante la hora que faltaba hasta mediodía, momento en que debíamos entregar las llaves.

Los cuatro estuvimos conforme y subimos las escaleras como alma que lleva el diablo.

Es fácil imaginar lo que ocurrió en la habitación de aquel hotel de carretera desde el preciso momento en que entramos en ella.

La dejamos y entregamos la llave en recepción apenas un par de minutos antes de la hora límite; los cuatro juntos, pero no revueltos, aprovechamos el tiempo a conciencia.

Como habían ido a buscarnos en su coche, le seguimos en el nuestro hasta el centro de la ciudad y los estacionamos en una placita cercana al hotel que ellos habían reservado.

Sobra decir que aquel día fue muy especial y lo vivimos a tope como dos parejas de enamorados, aunque en esa situación el romanticismo era lo de menos.

El día siguiente ellos tenían un compromiso ineludible con unos amigos. Obviamente nos invitaron a acompañarles, pero nos desmotivamos cuando recalcaron que eran un tanto sosos y que apenas estarían con ellos un par de horas. De ese modo marcharon después de comer y nosotras decidimos dar un paseo por el casco viejo de la ciudad.

A eso de las cinco de la tarde, Silvia y yo estábamos fatigadas de tanto andar y decidimos comprarnos o unas latas de refresco y descansar en un pintoresco parque. Aquella decisión trajo consecuencias que jamás hubiésemos podido imaginar.

En un momento dado, Silvia empezó a retorcerse en el banco donde nos habíamos sentado.

―No veas las ganas de mear que me han entrado ―dijo Silvia con total naturalidad y algo apurada―. Estoy qué no puedo aguantar más.

Ante la urgencia, le propuse que lo hiciera detrás de unos arbustos y le di un pañuelito de papel para limpiarse una vez hubiese terminado.

Pasaron diez minutos y Silvia no volvía. Pensé que no había encontrado un lugar suficientemente privado y le di unos minutos más antes de ir a buscarla. Mi preocupación alcanzó el límite cuando la demora era de veinte minutos y decidí hacerle una llamada telefónica. En ese preciso momento se plantó delante de mí, jadeante y con el rostro enrojecido. Yo pensé que había corrido para regresar lo antes posible a fin de evitar mi lógica preocupación, pero que equivocada estaba.

―¿Qué ha pasado, tía? No me digas que te bebiste el Guadalquivir, antes de salir de Sevilla, para trasvasar el agua al río de esta ciudad, si es que lo tienen, porque yo no lo he visto por ningún lado ― le dije a Silvia tratando de tomármelo con humor.

―¡Ay, Esmeralda querida! ¡Mejor no preguntes! ―respondió ella de forma intrigante a pesar de conocerme muy bien y saber que a mí no se me puede dejar a medias, sobre todo si hay un secreto flotando en el ambiente.

―¡Pues ahora me lo cuentas, por bocazas!

―Está bien, amiga, pero no me juzgues mi te eches las manos a la cabeza cuando te lo diga.

Yo estaba que me subía por las paredes; no podía soportar que cada nuevo comentario de mi amiga aumentara la intriga y mis ganas de saber.

―¡Venga! Déjate de rollos y al grano, que me tienes al borde de un ataque de nervios ―le dije haciendo aspavientos.

―¡Bueno, bueno, un poco de relax! Ya te cuento ―dijo Silvia al tiempo que se encendía un cigarrillo, visiblemente nerviosa―. Resulta que me he metido detrás de un seto y sin perder tiempo me he levantado un poco la minifalda, me he bajado las bragas y he hecho lo que tenía que hacer. Luego, una vez que mi vejiga estaba vacía, me he limpiado la zona y me disponía a levantarme cuando… ¡Uf, amiga, mejor no sigo porque me matas!

En ese momento de la narración yo estaba que me comía las uñas debido a tantas explicaciones sin llegar al meollo de la cuestión.

―Bueno… ¡Quieres ir al grano antes de que me dé un ataque! ―increpé a mi amiga para que no se demorase.

―Vale, ya sigo. Decía que estaba a punto de levantarme y en ese momento me quedo paralizada por qué me encuentro delante, a escasos dos o tres metros, a un negrazo más grande que la Torre del Oro. Que digo la Torre del Oro… ¡Más grande que la Giralda! Reacciono un par de segundos más tarde y me doy cuenta de que el tipo también está meando, echando un chorro que parecía no tener fin. Yo me quedo inmóvil hasta que termina. En ese momento se mueve hacia un lado y deja ante mi vista un rabo capaz de hacer perder el sentido a cualquiera. ¡Virgencita mía, qué pedazo de rabo!

Silvia hizo una pausa y trató de darme una idea del tamaño, alejando las manos una de otra. Yo quedé pasmada cuando dejó de jugar con las dimensiones, sin siquiera pestañear. No dije nada. No era capaz de articular palabra y esperé a que continuase con el relato. No tardó más de cuatro o cinco segundos; parecía estar más ansiosa por seguir hablando que yo por seguir escuchando.

―Bueno, Esmeralda, el caso es que era enorme y eso que la tenía más o menos flácida. Durante unos segundos me quedo mirándola, tratando de asimilar lo que ven mis ojos, y él sigue delante de mí sin hacer nada… Ni siquiera un leve intento por guardarla o esconderse. Entonces, igual que si fuese un autómata, me acerco a él gateando, con las bragas bajadas, me coloco delante, se la cojo con la mano y comienzo a darle besos y lengüetazos por toda su extensión.

»Me pregunta torpemente y con un acento raro que si soy española. Yo levanto la mira y le digo que sí con la cabeza, sin dejar de recorrer su verga con la lengua. Él parece satisfecho tras mi respuesta y se deja hacer. Entonces, sin pensarlo dos veces, abro la boca, me la meto dentro hasta donde puedo y comienzo a mamarla como si fuese la única polla del planeta y yo llevase siglos sin hacerlo. Él, viendo que no me entra más de la mitad, comienza a empujar al tiempo que yo sigo chupando, como si tratase de ahogarme con ella. Pero desiste al ver que no soy capaz debido a que se le ha puesto totalmente tiesa y dura.

»No sé qué coño me ha pasado, pero imagínate la escena: el de pie, delante de mí, y yo de rodillas en el suelo, ordeñándole la polla y con el coño chorreando. Al final noto que sus jadeos son más numerosos y pienso que está a punto de correrse. Entonces me siento en el suelo, con la mano libre me saco las bragas del todo, tiro de su polla para obligarle a ponerse de rodillas entre mis piernas, me levanto la minifalda hasta el estómago y comienzo a pajearle desesperada. Apenas tarda un par de minutos en correrse y dirijo el chorro hacía mi vientre. ¡No veas el baño que me ha dado! Han sido cuatro buenos chorros que han ido resbalando por el vientre hasta colarse entre los muslos. En esa posición nos hemos quedado quietos un ratito interminable. Luego se la he limpiado con la lengua, se la ha guardado y se ha marchado sin decir nada, como si lo ocurrido para él fuese lo más natural del mundo. Mira, todavía estoy temblando.

Reconozco que no me creí ni una sola palabra de las habían salido por la boca de Silvia; aun así, no supe cómo reaccionar; no sabía si echarme a reír o colocar a mi amiga en un altar.

Por su parte, ella me miraba impaciente, buscando una reacción en mí que tardaba en llegar más de la cuenta.

―¡Di algo, amiga! No te quedes como un pasmarote, callada y con esa mirada que… ¡Miedo me da!―. Silvia comenzaba de desesperarse.

―¿Y qué quieres que te diga, Silvia, si parece que has pillado una buena insolación que te hace delirar?

―¿Ves por qué no te lo quería decir así, en caliente? ―Silvia estaba visiblemente contrariada―. Pero, para que veas que no miento… ¡Toca, toca!

Tomó mi mano y la metió debajo de su minifalda. Entonces noté que tenía la carne mojada con un líquido viscoso.

―¿Te das cuenta? Ni siquiera me he limpiado… ¡Y no sé por qué! Es más, ni me he puesto de nuevo las bragas.

Bajé mi mano y noté que tenía el coño al aire libre. Incluso abrió el bolso y me mostró su prenda íntima. Ya no me quedaba la menor duda de que la historia narrada por Silvia era cierta. Yo quería que me tragase la tierra y me invadió una envidia que jamás había experimentado. No podía creer que la muy zorra tuviese tanta suerte.

―¿Y donde está ahora el negro?… ¿Por qué no te lo has follado ya que lo tenías a tiro?… ¿Por qué no me has dado un grito para dar buena cuenta de él entre las dos?… ―Las preguntas acudían a mi boca sin pensar.

Silvia giro su cuerpo y le buscó con la mirada. Escudriño todo el parque hasta que exclamó:

―¡Mira, allí está! ¿Ves aquel grupo de chicos? Pues el único negro que hay es él.

Yo estaba casi más alterada que mi amiga. Puede que incluso más golosa y excitada.

Aquel grupo de gente estaba a unos veinte metros de nosotras y podía percibir con precisión la forma atlética y el tamaño de su cuerpo, el color oscuro de su piel, el grosor de sus labios y, casi, casi su respiración. Era ligeramente atractivo, para mi gusto, y parecía no intervenir en la conversación que mantenían sus amigos. Una extraña sensación se apoderó de todo mi cuerpo y solo escuchaba en mi mente, repetidamente «¡Ve, Esmeralda, ve!».

Finalmente hice caso a los consejos de mi yo interior y propuse a Silvia acercarnos y hablar con él. Ella se mostró reacia al principio, pero no tardó en asimilar que también se moría por acercarse.

Caminamos con paso ligero hasta situarnos a su lado. Estaba de espaldas y Silvia le tocó el hombro para llamar su atención.

―Hola. Soy yo. ¿Me recuerdas? ―dijo Silvia con cierta timidez.

El negro se encogió de hombros, como si no entendiese nuestro idioma. Luego comenzó a hablar en un francés bastante fluido. Silvia quedó a cuadros, pero yo entendí perfectamente lo que decía.

―Te saluda y dice que te recuerda de antes, que ha pasado un rato muy agradable. ¡Si es que lo tiene todo este cabronazo! Este comentario es de mi propia cosecha, pero es que el tío está buenísimo.

Roto el hielo, pasamos como una hora charlando con él, ligeramente separados del grupo y sin hacer el menor caso a las llamadas de teléfono de nuestros amigos futbolistas. Nos dijo que se llamaba Jean-Daniel, pero que sus amigos españoles le llamaban Juan o Daniel, que tenía veintinueve años y que era de Costa de Marfil, pero que había vivido en Francia durante los últimos cinco años. Así, a bote pronto, yo calculé que debía medir como metro noventa y que pesaría unos cien kilos. Inconscientemente lo imaginaba, de vez en cuando, encima de mí, follándome en la posición del misionero y no era capaz de concebir que mi frágil cuerpo pudiese aguantar el suyo. Ni siquiera concebía que su miembro entrase sin dificultades dentro de mí teniendo en cuenta el tamaño estimado por Silvia. Cabía la posibilidad de que ella hubiese exagerado, pero el cuerpo me pedía a gritos que debía salir de dudas y no tenía ni idea de cómo conseguirlo.

Dieron las seis en algún campanario cercano y Silvia y yo caímos en la cuenta de que nos habíamos olvidado de los futbolistas. Nos despedimos con pena dispuestas a marcharnos. Entonces él, que parecía a gusto con nosotras, nos pidió por favor que nos quedásemos. Silvia y yo nos miramos, ilusionadas por lo que aquella propuesta podría suponer. Sin pensarlo dos veces le dijimos que sí. Pero la decisión implicaba un dilema de difícil solución: ¿Qué haríamos con nuestros amigos navarros? ¿Nos libraríamos de ellos por un rato o definitivamente? Silvia opinaba que merecía la pena arriesgarse con el negro y yo no le puse ningún pero, tanto si la nueva aventura duraba un día, unos cuantos o todos.

Expliqué al negro que debíamos solucionar un asunto y que en una hora regresaríamos. Él lo vio razonable y nos pusimos en camino rumbo al hotel.

Durante el trayecto debatimos sobre la excusa que pondríamos para deshacernos de ellos. La concusión final consistía en decirles que había surgido un problema grave en mi casa y que debíamos volver a Sevilla de inmediato.

Ellos se entristecieron al recibir la ‘mala noticia’, pero aceptaron que dadas las circunstancias no había nada que hacer. El principal problema consistía en que nos quedábamos sin hotel y teníamos la certeza de que no quedaba una habitación libre en toda la ciudad. Aun así nos mostramos optimistas, confiadas en que en esos días casi nadie dormía y mucha gente lo hacía en plazas y parques. No obstante, como último recurso disponíamos de mi coche, medianamente cómodo para pasar al menos un par de noches. Un problema menor implicaba que, por esas cosas del azar, nos encontrásemos con ellos en cualquier sitio. Preferimos no pensar en esa posibilidad al suponer que era bastante remota y teniendo en cuenta la gran cantidad de gente que había en Pamplona durante las fiestas. Con ese pensamiento nos fuimos tan contentas, metimos el equipaje en el coche y cambiamos este de lugar de estacionamiento.

Antes de cumplirse la hora acordada, nos reunimos con Daniel, que así decidimos Silvia y yo que llamaríamos al marfileño. Le encontramos en el mismo lugar, sentado en un banco con un matrimonio de unos cuarenta años y un muchacho medianamente atractivo de unos treinta. Los tres eran españoles. Tras las oportunas presentaciones, nos unimos a la conversación y pasamos un rato bastante agradable con aquella buena gente. Pero nosotras teníamos una idea fija entre ceja y ceja que nada tenía que ver con el tema tratado.

Durante las horas que permanecimos allí, Silvia fue a orinar dos veces y yo una. No es que tuviéramos ganas, sino que era una especie de cebo para ver si el ‘negrazo’ nos seguía. Por desgracia el ‘pez’ no mordió el anzuelo.

Ya empezaba a anochecer y el matrimonio se despidió de nosotros, quedando a solas con Daniel y el otro muchacho, llamado Aitor y residente en la ciudad.

Desde ese momento la situación dio un inesperado giro de 360 grados: lo que antes había sido un ambiente distendido y relajado, se tornó meloso y picarón. Sobre todo por parte del negro, que con su seductor francés regaló nuestros oídos aunque Silvia apenas se enteraba y yo me desesperaba traduciendo. Aitor también hablaba un francés muy correcto y esto empeoraba la situación. Pero el tipo parecía despierto y no tenía un pelo de tonto. Lo demostró cuando puso las cartas sobre la mesa de la siguiente forma:

―Bueno, guapas. Tengo entendido que Silvia ha pasado un buen rato con nuestro amigo francés esta tarde… Y me pregunto si habéis vuelto a por más.

―¡Joder! ―exclamé― Veo que eres directo y no tienes pelos en la lengua.

―¿Qué quieres que te diga? ¡Los de Bilbao somos así! ―respondió con chulería.

―Entonces seré igual de franca y directa que tú ―añadí―. Silvia me ha contado que el tipo este tiene un rabo que para qué te cuento. Desde ese momento no hago más que pensar si es cierto o exagera.

―Ya te digo yo que no exagera. Y no quiero decir con esto que yo lo haya probado. ¡Quítate esa idea de la cabeza si lo estás pensando!

―¿Entonces? ―preguntó Silvia―. ¿Cuál es tu relación con Daniel?

―Digamos que somos compañeros de correrías ―afirmó el vasco―.

―¿Y eso quiere decir que los dos vais en un lote inseparable? ―Silvia comenzaba a soltarse con aquel al que podía entender.

―Podríamos decir que sí ―aclaró Aitor.

Nosotras nos miramos fijamente, buscando una mirada cómplice que nos pusiera de acuerdo.

―Bueno. Vosotros conocéis Pamplona mejor que nosotras. Nos dejaremos guiar y ya veremos qué pasa ―dije yo dejando todo en el aire.

En ese momento Aitor comentó a su amigo lo que habíamos hablado, aunque este parecía haber captado una buena parte.

―¡Vamos pues! ―dijo Aitor tras ponerse en pie, indicando que era hora de irnos de aquel lugar.

Íbamos paseando por el parque cuando, al pasar por una zona arbolada y ligeramente oscura, el negro me cogió del brazo con fuerza y mi corazón se puso a mil. Luego tiró de mí, me llevó entre los árboles, me empujó ligeramente y mi espalda chocó contra uno bastante grueso. Yo no dije ni pio y esperé acontecimientos. Entonces se acercó a mí y comenzó a comerme la boca mientras manoseaba mi cuerpo con sus poderosas manos. Me dejé hacer y busqué lo que tanto ansiaba con mi mano derecha. Lo encontré al tiempo que él metía una de las suyas por debajo de mi blusa y oprimía mis pechos menudos. Entre las sombras intuí un gesto de aprobación por parte de aquel animal en que se había convertido Daniel. Ese gesto me animó más todavía y logré sacar su miembro del pantalón. Realmente Silvia no había mentido a juzgar por lo que me decían mis manos. Quise verla y me arrodillé delante de aquel prodigio de la genética. Lo admiré unos segundos antes de engullirlo todo lo que pude. Luego comencé a chuparlo como si me fuese la vida en ello. ¡Qué delicia tener aquello entre los dientes! Pronto me olvidé de lo que hacía y me obsesioné con tenerlo dentro de mi coño. Por un momento pensé que desfallecería si no lo conseguía; que era absurdo estar en aquel lugar si no había un propósito mayor.

Supe que deseaba lo mismo que yo en el momento en que me cogió de la cabeza, con ambas manos, y me obligó a ponerme de pie. Sus manos no tardaron en buscar mi sexo por debajo de la minifalda y este se abrió como una flor al sentirlas; la situación no parecía tener marcha atrás y eso me llenaba de gozo. Sentí un gran alivio cuando vi que sacaba un condón del bolsillo y se lo ponía; llegado el caso, seguramente me habría dejado follar sin la gomita, pero así era mucho mejor. Con él puesto, levantó mi pierna izquierda, apartó el tanga hacia el muslo y jugó dentro de mí con un par de dedos. Yo pensaba que estaba tanteando el terreno, valorando si su verga podría entrar en mi coño sin problemas. Yo sabía de sobra que entraría perfectamente porque, si bien era más larga de lo normal, el grosor no era excesivo. Así se lo dije y me la clavó con cierta cautela hasta que rozó mi útero con el glande. Luego comenzó a follarme con una agilidad envidiable, entrando y saliendo de mi interior con suma facilidad debido a que tenía el coño totalmente encharcado por mis propios fluidos.

No tarde en regalarle gemidos y pequeños gritos de placer, más acentuados en el momento en que me corrí como una perra en celo. Mi mente no concebía que aquello estuviese sucediendo realmente y me entregué todo lo que pude a fin de obtener otro orgasmo antes de que él se corriera.

Entonces la situación dio un ligero vuelco. Agarró mi otra pierna y me levantó en vilo como si la gravedad no afectase a mi cuerpo. Yo abrecé su cintura con mis piernas y me abandoné al placer. En esa posición no me costó alcanzar el segundo orgasmo poco antes de que él lograse el suyo. ¡Qué delicia sentirlo gemir junto a mi oído en ese glorioso momento!

Ya todo había terminado y me disponía a acomodarme el tanga. Entonces detuvo mis manos, las apartó y con las suyas me lo me lo bajó hasta los pies. Yo pensaba que quería algo más y dejé que me lo quitara del todo. Pero me sorprendió cuando le vi hacer una especie de pelota con él antes de guardarlo en su bolsillo.

Le miré a los ojos buscando una explicación en ellos. Él me dijo con cierta torpeza que deseaba tenerme sin ropa interior todos los días que estuviésemos juntos. Añadió que haría lo mismo con Silvia siempre y cuando nosotras estuviésemos de acuerdo. Con un leve “sí” le manifesté mi predisposición y nos fuimos de aquel lugar donde habíamos rebasado el límite de lo que puede considerarse ‘normal’.

Salimos al corredor del parque donde nos habíamos ‘despistado’ de Silvia y Aitor y no los vimos por ningún lado. Unos gemidos de mujer nos indicaron que ellos tampoco habían perdido el tiempo. Finalmente salieron de entre unos matorrales cercanos y se aproximaron a nosotros visiblemente sonrientes. Entonces, sin mediar palabra, el negro metió las manos por debajo de la mini de Silvia, le quitó el tanga, tal y como había hecho conmigo, y se lo guardó en el bolsillo. Ella quedó boquiabierta, extrañada por aquel gesto inaudito. Tuve que explicarle los motivos procurando no reírme y que pensase que nos estábamos pitorreando de ella. Lógicamente aceptó las nuevas condiciones impuestas por Daniel con las que Aitor estaba más que conforme.

Aquella noche no dio para mucho más, salvo la típica diversión de cuatro personas bien avenidas con ganas de pasarlo bien en un ambiente festivo. Pero nosotras estábamos preocupadas por dónde íbamos a pasar la noche. Aitor nos tranquilizó al asegurar que donde ellos dormían había sitio para dos personas más. No nos dieron más datos y tampoco nos preocupó saber más.

De madrugada, a eso de las seis de la mañana, decidimos que era hora de ir a dormir y nos pasamos por nuestro coche a recoger el equipaje. Luego nos llevaron hasta un gran aparcamiento. Silvia y yo pensamos que allí tendrían un coche con el que ir a casa de Aitor, que es lo primero que se nos ocurrió como alternativa lógica. ¡Pero qué equivocadas estábamos! Salimos de dudas cuando nos acercamos a una impresionante auto-caravana, el negro sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta lateral. Entramos y aquello más bien parecía una casa por dentro, con todo lo que se podía desear en un vehículo de esa clase.

El caso es que nada más cerrarse la puerta, Daniel cogió a Silvia por los hombros, la situó delante de una mesa, forzó su torso hasta que este se recostó sobre el tablero y le subió la minifalda por encima de la cintura. Rápidamente se puso un condón, le separó las piernas con sus pies y le clavó la verga en el coño sin contemplaciones. Silvia no opuso la menor resistencia y tardó en reaccionar, pero, cuando lo hizo, fue en forma de fuertes gemidos y pequeños gritos.

―¡Dios. Qué ganas tenía de sentirla dentro! ―Es lo único que dijo mi amiga al tiempo que se retorcía de placer sobre la mesa.

―El francés lleva toda la noche diciéndome lo que le iba a hacer a Silvia en cuanto llegásemos ―me dijo Aitor mientras ambos contemplábamos atónitos la escena.

―Ya veo. Ya veo las ganas que le tenía ―le respondí sin apartar la mirada del aquel prodigioso rabo que entraba y salía con agilidad del coño de mi amiga.

Daniel giró la cabeza hacia nosotros y preguntó en castellano algo prácticamente inentendible.

―Dice que…

―No, Aitor, no hace falta que traduzcas, porque lo he entendido perfectamente ―le dije antes de que él terminase―. Yo no tengo problema alguno con el sexo anal y seguro que ella, cuando baje del limbo, dirá lo mismo.

Aitor quedó pensativo unos instantes y luego se arrancó con algo que le daba apuro decirme.

―Verás, Esmeralda. Yo no soy tan bruto como él y prefiero preguntar antes. El caso es que quería preguntarte si tú…

―No, no digas nada, Aitor ―le dije al tiempo que tapaba su boca con mi mano―. Tú tienes ganas y yo también…, y me halaga que seas tan respetuoso. Es más, no puedo quedarme simplemente contemplando como dos personas follan de forma salvaje. Ponte un condón y vamos a esa butaca.

Ambos nos desnudamos con prisa y él se puso la goma. Yo dirigí la mirada hacia su polla y quedé gratamente sorprendida al ver que estaba bien provisto, aunque no era para tanto comparada con la del negro. Le pedí que se sentara en la butaca y yo me coloqué en cuchillas sobre él. Apunté la verga al coño y dejé que mi peso hiciera el resto. Entonces, cuando apenas había comenzado a cabalgar sobre el vasco, Silvia llamó mi atención.

―¡No veas amiga!… ¡No veas como folla el cabronazo este por el culo! Como siga así, me parte en dos…

Sorprendida por aquellas esperanzadoras noticias, me giré y pude contemplar como Daniel la enculaba sin cesar, sujetando a mi amiga por la cintura para que su cuerpo se desplazase lo menos posible.

Aquella escena dibujó en mi rostro una gran sonrisa al pensar que posiblemente yo también podría disfrutar lo mismo que ella. De ese modo me entregué por completo a lo que estaba haciendo antes de ser interrumpida, logrando el orgasmo deseado en un plazo de tiempo relativamente corto.

―Bien, sevillana. Veo que eres una viciosa de cuidado ―dijo Aitor entre jadeos―. Ahora vas a recibir un premio que no esperas.

Sin decir nada más que esas misteriosas palabras, me tomó de la cintura y se puso en pie con sumo cuidado de que su verga no saliese de mí. Cuando vi a Daniel detrás de mí, de pie y manoseando su verga, me di cuenta de lo que se avecinaba y cerré los ojos. Aitor dio un par de pasos hasta situarse junto a su amigo, este colocó su ariete en mi ano y me lo fue clavando muy despacio hasta dejar enterrado en mi recto más de la mitad. De ese modo poco frecuente, ambos comenzaron a follarme hasta que los tres acompasamos el ritmo. Entonces no escatimé gritos de placer al tiempo que contemplaba de reojo cómo mi amiga permanecía recostada sobre la mesa, con los ojos cerrados y sin inmutarse, ajena a lo que sucedía delante de sus narices.

Más o menos cinco minutos después, Aitor depositó todo mi peso en los robustos brazos de Daniel, que me tomó con fuerza evitando salir de mi ano. De esa forma me llevó hasta una litera donde simplemente dejó que cayéramos sobre ella y yo me acordé de toda su puñetera familia, porque, sin ser consciente de ello, casi me aplasta con su peso. Quedé boca abajo sobre la colchoneta, con el cuerpo totalmente extendido, y en esa posición él siguió sodomizándome sin descanso, jaleado por mis gritos de placer.

Pero a mí me intrigaba saber qué iba a hacer Aitor y no le perdí de vista. Sonreí al observar cómo se situaba detrás de Silvia y la enculaba. Ella reaccionó al sentir el aguijón en su trasero y nuevamente volvió a la vida. Contemplando esa escena me corrí sin que el negro disminuyese el ritmo frenético que se había impuesto.

Durante unos gloriosos instantes ambas fuimos enculadas sin descanso. El primero dispuesto a correrse fue el vasco. Este se reclinó sobre Silvia y le dijo algo al oído. Esta asintió con la cabeza y él abandonó su recto. Luego se puso en el otro extremo de la mesa, se deshizo del condón y metió la verga en la boca de Silvia, que estaba situada en una posición inmejorable para recibirla. Poco después vi cómo se convulsionaba al llenar de semen la boca de mi amiga. En ese momento me impacienté y no supe si ella lo había tragado o escupido contra el suelo.

―¡Vamos, negro, dame tu leche antes de que pierda el sentido! ―le dije a Daniel sabiendo que no me entendía, pero es que en ese momento no encontré las palabras adecuadas en su idioma.

Posiblemente sí entendió mis palabras porque, poco después, sacó su verga de mi culo, se quitó el condón y embadurnó mi trasero con su leche, que fue resbalando por la hendidura que separa las nalgas, pasando primero por el ano semiabierto y posteriormente por los labios vaginales. Finalmente deslizó su miembro como si quisiera extender el semen por la mayor superficie de carne posible. Pero que equivocada estaba, porque lejos de perseguir ese fin, lo que hizo fue encularme de nuevo sin preservativo. Yo en ese momento no estaba ni para protestar ni para oponerme. Con menos motivo teniendo en cuenta que tan solo me penetró cuatro o cinco veces antes de darme una tregua definitiva.

Me quedé tumbada tal y como me había dejado Daniel, sin ganas de moverme y disfrutando el momento. Poco más tarde Silvia vino junto a mí, se desnudó por completo y se acostó a mi lado.

―Tenemos que asearnos antes de dormir, amiga. Parecemos un par de cerdas ―dijo Silvia sin mucha convicción.

―Haz lo que quieras, Silvia, pero yo no me muevo de aquí por nada del mundo ―le respondí con menos ánimo que ella.

De esa forma nos quedamos dormidas, sin preocuparnos cómo lo harían ellos.

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