A los 30 por primera vez

El timbre apenas se escuchó por los ladridos del perro, que atravesó el jardín en unos segundos rompiendo el silencio.

-Creo que han llamado.

La apreciación del invitado no obtuvo respuesta.

-¿No abres? -insistía.

-Calla y sigue follándome -habló Carlos restando toda importancia.

El otro obedeció y siguió clavándole la polla hasta retomar sus gemidos por el placer que las suaves embestidas estaban propiciando. Sus cuerpos ya sudorosos se mecían al compás de los movimientos del mete y saca.

-Vaya, ahora te suena el teléfono.

-Déjale.

-¿Y si es algo importante?

-¿Ves? Ya han colgado. ¿Por qué paras?

Carlos siguió recibiendo polla, aunque el ritmo se había tornado algo inestable por la repentina obsesión que el otro adoptó tras escuchar el timbre y la llamada. Trató de devolverle al trance agarrándole de las nalgas para apretarle contra sí. Pero la escena volvió a ser interrumpida por otro sonido.

-Ahora el WhatsApp. ¿Te paso el teléfono? -el chaval estiró el brazo hacia la mesilla de noche para intentar alcanzarlo.

-¡Que no, coño! -Carlos lo evitó con cierta brusquedad.

-Bueno, vale. Voy a pensar que tienes un amante o algo.

-En todo caso el amante serías tú, ¿no crees?

-¿Por qué dices eso?

-Porque según tú no somos novios, ¿no?

-¿Y qué tiene que ver?

-Nada, déjalo.

De nuevo los ladridos del perro deducían que habían vuelto a llamar a la puerta.

-No entiendo por qué no quieres abrir.

-Porque estoy muy a gusto aquí contigo -Carlos trató de besarle.

-Ya, pero es mosqueante: el timbre, la llamada, los mensajes…

-Joder, macho. Va, quita que lo miro.

-Es que no sé, yo pensaría en que me llama mi madre porque le ha pasado algo… no sé.

-Sabes que eso no puede ocurrir -Carlos se levantó apartándole con rudeza.

-Hostia, lo siento, no quería decir eso…

-Da igual -se puso los calzoncillos y cogió el móvil.

-Carlos, de verdad que no me he dado cuenta.

-Que vale, ya está -no pudo disimular cierto enfado.

Han pasado muchos años y aún le duele. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero no pasa un día sin que Carlos no se acuerde de sus padres. Es verdad que llora con menos frecuencia, pero bastante a menudo le viene la imagen de ese momento en el que su vecina se echó a llorar tratando de que el auricular del teléfono no se le cayera. Él mismo había contestado, pero el interlocutor le pidió que si podía avisar a alguien adulto. “Yo ya tengo dieciocho”, le dijo, pero aquél insistió en hablar con algún familiar. Y Carlos, que no tenía un pelo de tonto, se imaginó lo peor, yendo en busca de su vecina de al lado con muchos nervios y lágrimas en los ojos. Sus sospechas se confirmaron: sus padres habían muerto en un accidente de coche porque un camión se les echó encima en la Nacional 301 mientras volvían de la playa para pasar su aniversario con sus tres hijos. Carlos es el mediano, aunque apenas se lleva un año con el mayor -Quique-, que tiene síndrome de Down. Jorge nació siete años después que él. “¿Cómo iba a contarle a un niño de once años que se acababa de quedar huérfano?”. Sin embargo, su grito desgarrador al oír las temidas palabras se escuchó en todo el edificio. Jorgito y Quique aparecieron en el salón, pero Carlos no recuerda nada más. Sólo el entierro a los dos días y al psicólogo que sus tíos le mandaron y que era el único que pudo entrar en su habitación. No comía ni bebía salvo cuando estaba él; el resto del día sólo lloraba y gritaba. Ahora cree que fue muy egoísta porque sólo pensaba en él mismo, olvidándose de sus hermanos, aparentemente más frágiles. Fue cuando una asistente social amenazó con separarles cuando se dio cuenta de que aquello no podía seguir así.

Sacó fuerzas de donde ya no había y escuchó los consejos de todos los que le rodeaban, si bien Carlos parecía tenerlo todo claro: no se separaría de sus hermanos ni se irían a vivir con nadie. Para lograrlo, se puso a trabajar en un bar por las mañanas y en una gasolinera por las tardes con la intención de sacar dinero suficiente para poder mantenerles, olvidándose ahora sí de él mismo, abandonando sus estudios en la Facultad de empresariales y dejando a un lado su vida social. Fueron meses muy duros, pero aquello le servía para evadirse y enmascarar los pensamientos que le invadían cada segundo que su cabeza no estaba ocupada sirviendo mesas o cobrando a los que repostaban. Le partía el corazón ver a sus hermanos sufrir, e hizo todo cuanto pudo para que su vida no cambiase demasiado con respecto a la que tenían antes de la tragedia. Ni la suya ni él mismo eran la sombra del Carlos de antes. Únicamente el recuerdo de la pasión que tenía por los coches desde pequeño le llevó a aceptar una oferta en un concesionario. El gerente era cliente asiduo de la gasolinera, y siempre se había fijado en que Carlos tenía una revista de coches en el mostrador, por lo que supuso que le atraería el trabajo. Sin embargo, su primera reacción fue rechazarlo por sentirse egoísta queriendo trabajar en algo que le podría gustar, como si disfrutar de algo fuera una falta de respeto hacia sus padres y su memoria, queriéndose castigar renunciado a todo lo que le pudiera provocar algo de felicidad, la cual él creía totalmente innecesaria e inmerecida.

Aceptó gracias a los consejos de sus tíos, quienes aducían que sus actuales trabajos no le llevarían a ningún lado y que entrar en un concesionario podría ser una buena oportunidad de cara al futuro y poder hacer carrera allí. Las palabras que él más temía también llegaron: “a tus padres les hubiera parecido bien”. Nunca lo sabría, y esa frase jamás le ayudó pese a haberla escuchado muchas veces como cuando se compró su primer coche, cuando se mudaron al chalet que sus progenitores habían comprado sobre plano un año antes de morir, o sobre retomar los estudios. Para esto último su jefe fue también de gran ayuda, permitiéndole ir a la universidad por la mañana y trabajar sólo por las tardes. Carlos fue aceptando que seguir con su vida no era una ofensa o algo irrespetuoso para con sus padres. Se escudaba en que todo lo hacía por sus hermanos. Estrenar un coche más amplio y cómodo por ellos; hacerse una piscina en el jardín por lo mismo; gastar el dinero de la indemnización en sus estudios en la universidad privada como inversión de futuro… Todo cosas materiales, porque aunque ya habían pasado más de cinco años, en ese tiempo Carlos nunca salió a tomarse una cerveza con nadie, o menos aún a una discoteca. Ni siquiera a las cenas de Navidad de su empresa o con los compañeros de facultad. Y por su puesto nada de sexo. Incluso pese a tener ya claro que se sentía atraído por los hombres y pese a haber tenido alguna que otra oportunidad con algún compañero de clase o algún cliente del concesionario que le decía cosas como “¿y el vendedor viene con el coche?” o “¿todos los comerciales de esta marca sois tan guapos?”

Y es que Carlos es un tío atractivo, a pesar de su mirada triste y su sonrisa retraída que apenas mostraba. No tiene un físico espectacular, ni ningún rasgo destacable más allá de las facciones de su cara herencia de su madre, que fue Reina del Baile en el instituto, junto con sus perfectos labios y los hoyuelos de sus mejillas. Un conjunto que irradia candidez, cierta pena y hasta inocencia. Una de esas caras que ves y sabes que es de buena persona. En cualquier caso de nada servía, pues sus relaciones no iban más allá del trabajo. Este ámbito sí que se vio beneficiado por las circunstancias, pues a los veinticinco años ya era jefe de ventas del concesionario. Eso le llevó a seguir estudiando, cursando después un Máster en Dirección Comercial que compaginaba con el curro y clases de inglés en su hora de comer. El profesor, que tenía una edad parecida a la suya, fue el primer hombre al que Carlos besó. Avergonzado, le contó que era virgen todavía, y aunque el otro no lo encontró un problema, en cuanto se desnudaron y hubo contacto físico entró en pánico, se vistió y se marchó.

Cumplió los treinta en las mismas condiciones, siendo el único aspecto de su vida que no funcionaba. Sus hermanos sí que fueron capaces de seguir con sus vidas. Jorgito se echó novia a los diecisiete y ya vivía con ella. Quique seguía en casa con él, pero llevaba años saliendo con una chica también con síndrome de Down. En cuanto a la vida de Carlos, todo lo demás iba bien. Acababa de ser ascendido a Director Comercial casi con el apoyo de todos sus compañeros, si bien alguno lo veía injusto aduciendo que su meteórica carrera se debía a sus circunstancias personales y la lástima que provocaba. El resto creía que era por méritos propios, y aunque Carlos no era el tío más sociable del mundo, ni tampoco el más bromista o la compañía ideal, todo el mundo le respetaba y se llevaba bien con él. Fue por ello que sus compañeros decidieron hacerle una fiesta para celebrar su ascenso. Acudieron todos: desde los mecánicos del taller hasta su jefe, pasando por las administrativas y la recepcionista, la cual le tiró los trastos impunemente, pero Carlos no sucumbió a los encantos de la atractiva muchacha.

-Creo que somos vecinos -uno de los empleados del servicio post venta se le acercó.

-¿Ah sí?

-Sí, porque he visto tu coche aparcado en mi calle ya varias veces.

El deportivo que conducía ahora no era lo que se dice discreto.

-Yo vivo en el 27. Me llamo Jose -le extendió la mano.

-Yo en el 14.

-¿En el 14? ¿Eres el hermano de Quique?

-Sí, ¿le conoces?

-¡Claro! Trabajamos juntos en la Asociación. A veces le llevaba a casa en coche.

-O sea que eras tú. Me decía que le traía alguien, pero no supe quién. Debes de tener muy mala imagen de mí por no haberme interesado nunca.

-No, hombre. Tampoco estuve mucho tiempo.

-Alguna vez pensé en darte las gracias, pero Quique no sabía decirme en qué chalet vivías.

-No pasa nada.

-Bueno, pues te las doy ahora: gracias por llevarle.

-Anda ya. No me costaba ningún trabajo. Lo único que no siempre teníamos el mismo horario.

-Ya, eso me decía. Bueno, le viene bien andar.

-Sí, yo me metía con él de broma en plan “Quique, estás engordando”.

-Claro, con razón había días que se bajaba al gimnasio medio enfadado.

-Vaya, lo siento. No era mi intención que se enfadase.

-No es culpa tuya. Yo también se lo decía, que en vez de dormir siestas de tres horas o ver la tele, que se bajara a hacer algo de deporte.

-Es que me contaba que tú cocinas muy bien y que le gustaban mucho las cenas que le hacías.

-Ja, ja. Sí, nos gusta mucho comer.

-Pobre, con la mierda que nos daban allí en el comedor.

-Él dice que la gente se va de ese curro por la comida.

-Bueno, casi. Yo me fui por otros motivos, pero la verdad es que se te quitaban las ganas.

-¿Pero te fuiste antes de entrar aquí? Porque sólo llevas dos meses y pico con nosotros…

-Vaya control, jefe.

-No es control, sólo es mi trabajo.

-Ya, hombre. Bromeaba.

-¿Y estás a gusto ahora?

-No me puedo quejar.

Una de las contables les interrumpió:

-¿Qué hacéis hablando de trabajo? Venga, a disfrutar. Carlos, Mireia te anda buscando.

-Ve -le animó a pesar de que la cara de Carlos no mostraba mucho entusiasmo-. Un placer conocerte.

Mireia le acaparó el resto de la velada, pero Carlos sólo prefería volver a hablar con Jose. De repente no era capaz de quitárselo de la cabeza. Ni esa noche ni en los días posteriores. No todos los días se cruzaban, pues él trabajaba en la recepción del taller y Carlos no necesitaba ir allí con frecuencia. Sin embargo quería, así que se buscó una excusa y se acercó a verle.

-Hola, ¿puedo ayudarle? -Jose habló más serio de lo que Carlos esperaba.

-¿Me llamas de usted?

-Bueno, eres el jefe.

-Vaya, pero no venía como tal -Carlos sintió algo de decepción-. Pues te dejo trabajar tranquilo.

-No, espera. ¿Qué querías?

-Nada, que le comenté a Quique que ahora trabajas aquí y me dijo que te invitara a cenar algún día.

-Oh, qué majo.

-Pero bueno, entiendo que tengas planes.

-Pero si no me has dicho cuándo.

-Cuando puedas. Ya sabes dónde vivimos -Carlos se dio la vuelta con la intención de marcharse.

-¿Esta noche a las nueve?

Se giró de nuevo y sonrió aceptando la propuesta. Ese día salió antes para hacer algo de compra y tener más tiempo de cocinar. Sin embargo, eran las nueve y media y Jose no había dado señales de vida.

-Quique, te pongo ya la cena.

-Sí porque tengo hambre. ¿Pero y si viene?

-Ya no va a venir. Le habrá surgido algo.

La cena fue más seria que de costumbre porque Carlos se sentía algo decepcionado. Hablaba con su hermano como era habitual, pero sin mucho entusiasmo pues en su cabeza sólo rondaba Jose y el porqué del plantón.

-Déjalo, Quique, ya recojo yo los platos. Saca a Sultán si quieres.

Unos minutos después el timbre sonó. “¿Ya te has dejado las llaves otra vez?”, pensó Carlos. Abrió desde el hall sin preguntar.

-¿Hola? -escuchó.

Se asomó al porche y vio a Jose.

-Hola, pensé que era Quique, que ha salido a pasear al perro.

-Joder, lo siento mucho, no he podido venir antes.

-Ya lo veo.

-Y no tengo tu número…

-No pasa nada.

Quique les interrumpió. Se estrecharon la mano y se saludaron con cierta efusividad.

-Pero pasa, pasa -invitaba éste-. Hemos estado esperando pero yo tenía hambre.

-Lo siento, Quique, otro día vengo a cenar.

-No le digas eso -reprochó Carlos, siendo consciente de que resultaba hasta demasiado protector.

-No te enfades. De verdad que no he podido venir. ¿Nos tomamos el vino y te lo cuento? -enseñó la botella que traía.

-Puag, a mí no me gusta el vino -sentenció Quique-. ¿Por qué no preparas unos Mojitos?

-No tengo ron -mintió.

-Qué pena. Los hace muy buenos -se dirigió a su ex compañero de trabajo.

Finalmente Jose entró y abrieron la botella. Quique estuvo un rato monopolizando la conversación y se marchó a dormir.

-Déjame explicarte.

-No hace falta.

-Quiero hacerlo. Verás, es que mi situación en casa es complicada. Mi padre está en silla de ruedas y mi madre sufre de depresión. A veces está medianamente bien, pero otras se le cruza el cable y le da por hacer tonterías. Cuando le he dicho que hoy no cenaba en casa yo creo que le han entrado celos o algo, porque es muy posesiva conmigo, y se ha encerrado en el baño sin querer salir. Cuando he podido tranquilizarla he venido.

-Vaya, lo siento. Igual deberías haberte quedado con ella.

-No quiero que se salga siempre con la suya. Le he dicho que iba a salir un rato y ya está.

Desde ese momento, Carlos y Jose se convirtieron en amigos. Se veían con frecuencia, casi todos los fines de semana para tomar unas cañas ya fuera en algún bar de su pueblo o en su casa, aprovechando la soledad que Quique le había dejado, pues éste se fue a vivir con unos compañeros de la Asociación también con síndrome de Down, muy a su pesar, pero aconsejado por especialistas apoyándose en la idea de que sería bueno para su independencia en el futuro. Con todo, para Carlos sólo había una obsesión, lo que es algo comprensible pues nunca tuvo un amigo como Jose, pero sus sentimientos iban mucho más allá. Se preguntaba con frecuencia si aquello era estar enamorado llegando a la conclusión de que pensar en él compulsivamente y desear que llegaran los viernes para estar juntos eran suficiente respuesta. Y todo pese a saber que Jose no sentiría lo mismo, ya que le había hablado de su ex novia y se fijaba en las tías buenas con las que se cruzaban en los bares. Es más, pensaba que Carlos era igual pese a que él nunca entró en detalles, y cuando veían a dos chicas solas les invitaba a sentarse con ellos. Aun siendo consciente de que su relación no sería como él quería, Carlos siguió con ella quizá con la esperanza de que algún día ocurriera algo más, convencido de que Jose tenía detalles y comentarios que según él le delataban, abrazándole y dándole besos en la mejilla como si de dos adolescentes se tratase, pero que no encajaban tanto en hombres de treinta.

Llegó un momento en el que Carlos necesitaba sincerarse, pero lo estudiaría todo minuciosamente por miedo a perder una amistad que tantos años le había costado encontrar, pero también se negaba a aceptar que se quedara en eso si realmente pensaba que podía ser correspondido. Fue un día que salieron de cañas para celebrar que acababan de reservar un viaje a las Canarias para la semana siguiente. Estaban en la terraza de uno de los bares de siempre donde ya conocían a la mayoría de gente. A su lado un grupo de chicos y chicas de su edad más o menos con el que Jose de vez en cuando había intercambiado alguna broma o comentario al pedirles fuego o quitarles una silla.

-Nos deberíamos sentar con ellos -dijo Jose-. La morena me pone mucho, tío.

Carlos se armó de valor:

-A mí me va más el del polo azul -Jose se le quedó mirando sin cara de mucha sorpresa-. ¿No vas a decir nada? -insistió.

-Joder, tío, pues menos competencia tengo. Si quieres le digo algo al del polo.

-Ni se te ocurra -Carlos enrojeció.

-Lo que no sé es cómo no me lo has dicho antes.

-Eres la primera persona a la que se lo he contado.

-¡Hostias! Vaya responsabilidad -comentó bromeando.

-No era esa mi intención.

-Es broma, tío -Jose se colocó más cerca de su amigo olvidándose ya del otro grupo-. La verdad es que me lo imaginaba, pero me alegra que me lo hayas contado.

-Entiendo que si ya no quieres ir a las Canarias…

-¡Pero qué dices chaval! ¿Me estás escuchando? Que por mí no hay problema. Sólo siento que a mí no me vayan los tíos, porque si no haríamos muy buena pareja -se acercó y le besó en la mejilla.

-¿Qué haces? Que te va a ver la morena.

-Da igual. A las tías les pone mucho eso del rollo bisexual.

-¿Tú crees?

-Pues la verdad es que no lo sé, ja, ja. Lo he dicho sin pensar. Tenemos que salir por Chueca.

-Bueno, bueno, con calma, que acabo de salir del armario y necesito ir asimilándolo.

-¿O sea que nunca te has acostado con un tío?

-Una vez estuve a punto de hacerlo con mi profesor de inglés, pero no pude.

-¿Y eso? ¿Era feo?

-No, era mono. Pero no fui capaz.

-Joder, tú, no sé cómo has aguantado.

-Bueno, tenía otras cosas en la cabeza…

-Pero el trabajo no lo es todo.

-No me refería a eso.

-Ah, vale, lo siento. Perdona mi torpeza.

-No hay nada que perdonar.

-Nunca podré imaginar por lo que has pasado, pero conociendo mi situación lo único que puedo decirte es que disfrutes de la vida, que ya te toca. Lo que dejes de hacer no va a devolverte a tus padres. Y si ellos pudieran, te dirían lo mismo; te mereces ser feliz.

Carlos aceptó sus palabras, así como la propuesta de salir por Chueca esa misma noche. Allí no ocurrió nada especial, pero Jose le restó importancia animándole a que ya ligaría en Canarias. En las islas pensaron durante toda la semana. Estuvieron en un gran complejo hotelero de esos en los que todo está incluido, así que sin necesidad de salir de allí nada más que a la playa, fueron pasando los días comiendo y bebiendo hasta hartarse. Por las noches solían bajar a una de las terrazas de los restaurantes donde luego se servían también copas y había baile y karaoke.

-Tengo la sensación de que todo el mundo te mira cuando entramos -apreció Jose.

-¿A mí?

Y es que Carlos aparecía siempre impecablemente vestido con camisas que le quedaban como un guante y pantalones cortos que dejaban ver sus morenas y estilizadas piernas. El bronceado le sentaba especialmente bien. Jose era más informal, por lo que sus camisetas pasaban más desapercibidas junto a un aspecto en general más desaliñado. Fueron haciendo cierta amistad con una familia de ingleses con los que se sentaban después de la cena mientras escuchaban los desafines de los improvisados cantantes del karaoke. A Carlos le tocaba traducir e incluso hizo de alcahueta para que se liara con una de las hijas que no hablaba nada de español. A Carlos le gustó uno de los jóvenes del grupo, un chaval rubio con tatuajes y cara de malote, pero no se atrevía a decirle nada. Una noche, Jose por fin ligó con la inglesa, anunciando a su amigo que se subían para la habitación. Quizá culpable por dejarle solo, Jose habló con el guiri guaperas:

-My friend gay -señalaba a un Carlos ajeno de sus intenciones que cantaba en el escenario con una viejecita entrañable-. You? You like he-. Y se marchó satisfecho sin esperar su respuesta.

Al acabar de cantar y tras los numerosos aplausos, Carlos fue a la barra a pedirle al camarero que le preparara un coctel mientras iba al aseo. Éste le guiñó un ojo y le siguió con la mirada sin poder evitar fijarse en su culo. El inglés de los tatuajes se interpuso en su campo de visión, pues se colocó detrás de Carlos siguiéndole hacia los baños. Cuando Carlos salió de una de las cabinas vio al chico y le saludó.

-Hi.

-You fucking queer! -se abalanzó sobre él pegándole un cabezazo que le tiró al suelo.

-¿Qué haces? -Carlos se tocó su dolorida nariz sintiendo la sangre deslizarse.

El otro comenzó a darle patadas y escupirle sin dejarle posibilidad alguna de levantarse y poder defenderse. Carlos gritaba auxilio, pero el otro le acallaba con más golpes y puñetazos mientras le tapaba la boca con una mano. No entendía qué estaba pasando. Su rabia e impotencia eran más fuertes que el dolor que sentía en cada parte de su cuerpo, tratando aún de incorporarse y devolverle todos y cada uno de los golpes que acababa de recibir. Pero no podía; comenzó a desistir rindiéndose al inglés y al dolor, deseando que acabara de una vez. Todo lo demás le daba igual; sólo quería que parase. Please stop… Las palabras del otro ya ni las entendía, y su voz se fue apagando…

El camarero esperaba impaciente que saliera para que probara el coctel y compartir un rato con él como hacía cada noche. Con la mirada fija en la puerta, vio acercándose al inglés más rojo de lo normal. Su mirada y sus nervios no eran los propios de después de haber echado un polvo, quizá lo primero que pensó cuando les vio alejarse. Sus ojos se cruzaron y el guiri salió corriendo. El camarero supo entonces que algo no iba bien y se dirigió a los aseos. Rodeado de un gran charco de sangre vio a Carlos tirado en el suelo, hinchado y magullado. Poco después el equipo de enfermería del hotel se lo llevó al hospital. El propio barman preguntó en recepción por su habitación para avisar a su amigo, pero Jose, en plena faena sexual no contestó. Notó algo extraño cuando la chica miró su móvil, pero ni supo preguntarle ni ella se detuvo en decir nada, pues salió corriendo. Jose bajó y por fin se enteró de lo ocurrido. Realmente preocupado, pidió un taxi que le llevó al hospital.

-Está en observación, aún no podemos decirle nada.

Mientras esperaba llegó la policía para tomarle declaración. Le contaron la versión del camarero y él les dijo acerca de su intención de liar al amigo con el inglés. Éste ya no estaba en el hotel, aunque prometieron que le cogerían. Por fin el médico salió y pudo ver a Carlos. Su imagen era escalofriante, con la cara morada, el ojo y los labios hinchados y una venda en la cabeza.

-Tiene varias costillas rotas.

-¿Y la cabeza?

-Hemos hecho un TAC y no parece que haya nada. De todas formas hay que esperar. Deberías ir a descansar.

Pero no se marchó. Estuvo allí hasta que Carlos despertó y le reconoció. No recordaba mucho, y Jose le contó lo que él consideró.

-Al camarero se lo debemos todo -le decía-. Eso es que le gustaste -bromeó.

-No me hagas reír, que duele.

Jose no paraba de excusarse culpándose a sí mismo de lo ocurrido por haberle dejado solo, y aunque Carlos le reconfortaba, él a veces sí que le hacía responsable. Censuraba esos pensamientos, pero no podía evitarlos. No por dejarle solo, sino por meterse en su vida y hablarle al inglés de él. O puede que porque le levantó la novia o a saber. El caso es que su relación él ya no la veía con los mismos ojos. Al volver a Madrid Jose estuvo muy pendiente, pero cuando empezó a trabajar mientras él seguía de baja se sintió aliviado. Una de las veces que fue al centro de salud a curarse le atendió Jaime, un enfermero que le resultó atractivo desde el primer momento.

-Hola, pensé que estaría María.

-Lo siento, se ha ido de vacaciones. Pero no te preocupes, que yo también soy bueno.

-No lo dudo, pero es que…

-Ya, imagino que no te apetecerá dar explicaciones de nuevo.

-Así es -Carlos agradeció su agudeza.

-No te preocupes. Déjame ver el historial y así no tengo que preguntarte nada.

Carlos se giró y le mostró la venda de la cabeza.

-Los puntos de ahí y los del labio.

-Vale, según leo debería ser la última cura, así que mañana te quitaríamos los puntos. Déjame ver el ojo. ¿Te duele?

-Un poco cuando fuerzo la vista.

-Te habrá dicho María que no debes forzarla. Será aburrido, pero evita leer o estar con el móvil o la tablet mucho tiempo.

-Sí, lo intento, pero me paso el día sin hacer nada porque además vivo solo.

-Vaya. Pues sal a la calle a tomarte algo con amigos. Evita el sol, eso sí.

Carlos guardó silencio.

-Supongo que es fácil que te lo digan -continuó Jaime-. Pero de ahí a hacerlo…

-Eso es. Tampoco quiero que pienses que pongo excusas.

-Esto ya está. ¿Necesitas algo más?

-No, muchas gracias.

-No hay por qué darlas. ¿Te veo mañana entonces?

-¿Vas a estar tú también?

-Sí, tengo el mismo turno.

-Perfecto, gracias.

-Esto… Carlos -ya se dirigía hacia la puerta.

-¿Sí?

-Que si quieres venir a última hora después nos podemos ir a tomar algo y así tienes compañía aunque sea un ratito. Si quieres, vamos.

-Estupendo -no trató de ocultar cierto entusiasmo.

En el mostrador pidió la cita para las 13:45 como ya habían pactado. Y a esa hora se volvieron a ver al día siguiente. Le quitó los puntos del labio, pero los de la cabeza necesitaban aún más tiempo.

-¿Qué quieres tomar? -preguntó el enfermero.

-Buf, ni idea. Como no puedo beber cerveza…

-No, no debes.

-Ya, ya. Pues… una sin alcohol aunque está malísima. Bueno, no, una Fanta de limón. Tiene mucho gas… Venga va, una sin alcohol.

-¿Y por qué no una sin alcohol con limón?

-Qué buena idea. Pues eso, gracias. Perdona por el mareo.

-No te preocupes. Yo es que como siempre bebo Coca Cola…

-¿No tomas alcohol?

-No suelo. Quizá en ocasiones especiales…

Como cabría esperar, Carlos le contó lo que había ocurrido. También aprovechó y se sinceró sobre Jose, pues no tenía a nadie más con quien poder hablar de él. Jaime le entendió a medias, pero siendo sincero no creyó que fuera culpa suya, aunque sí que comprendió que en caliente sufriera cierto rechazo hacia su amigo, pero le animó alegando que ya se le pasaría, que la vida sigue y todo volvería a ser como antes. Sin embargo, de repente Carlos sentía que Jaime podía empezar a formar parte de esa nueva vida. Al menos tuvo claro desde esa primera cita que era gay y no tenía pareja. Se intercambiaron los teléfonos y quedaron más veces. Cuando se incorporó al trabajo todos le recibieron con mucho cariño y apreció de verdad el apoyo de sus compañeros, así como el de su jefe. Jose perdió fuerza en sus pensamientos, pero no por Jaime, quien no le llegó a calar tan hondo como aquél y como él mismo esperaba. Es cierto que se sentía muy cómodo estando con él, pero no sentía con la misma intensidad que como lo hiciera meses antes con Jose. Pero lo intentaba. De hecho fue él quien le besó por primera vez cuando su labio estaba completamente curado. Por suerte el enfermero le correspondió y Carlos supo pasados los treinta lo que era tener pareja.

No obstante, aún había un aspecto al que había de enfrentarse: el sexo. No sin cierta vergüenza confesó al anunciarle que sería casi su primera vez.

-No haremos nada que tú no quieras.

Carlos sí quería por mucho miedo que le diese. Estaban tumbados cómodamente desnudos en la cama besándose con ternura expectantes sobre el paso que iban a dar. Jaime llevó un poco la iniciativa, pero con cautela para que su amante no se sintiera forzado. Sin dejar de besarle comenzó a acariciarle la espalda y bajar a su trasero con una de las manos haciendo que el trance se fuera calentando un poco más. Permanecieron así durante un rato, Jaime le preguntó si estaba bien y ante su afirmativa decidió adelantar otro paso. Despegó por primera vez sus labios de los del otro para besarle ahora el cuello. Fue deslizando su lengua por él hasta alcanzar el pecho y los pezones poco después. Ahí Carlos se estremeció por primera vez al sentir cómo se los lengüeteaba con delicadeza. Tras detenerse en ellos unos segundos la boca de Jaime fue bajando al tiempo que un escalofrío recorría el cuerpo de Carlos a sabiendas de lo que estaba a punto de ocurrir. Porque Jaime ya había alcanzado la zona más impúdica de su cuerpo, situando su cara frente a la polla aún medio flácida de su novio. Volvió a mirarle a los ojos en busca de aprobación y se decidió a seguir dándole placer. Agarró la base de su rabo con una mano y con la otra se ayudó para acercársela a la boca. Lengüeteó la punta con suavidad provocando que Carlos se contrajera al sentir por primera vez lo que era (o iba a ser) una mamada. Un placer que no se había imaginado. Una mezcla de estimulante cosquilleo con un goce tan satisfactorio como inesperado. El calambre le recorría todo el cipote que palpitaba tanto o más que su acelerado corazón, tratando de amortiguar sus gemidos ante el temor de parecer ridículo. Pero estaba disfrutando de aquello como jamás había disfrutado en nada relacionado con su cuerpo.

Jaime era consciente de todo eso y se esmeró en hacerlo lo mejor posible. Una delicadeza y parsimonia casi tortuosas cuando recorría con su lengua todo el tronco hasta llegar casi a los huevos, que también acariciaba con dulzura. Subía de nuevo dejando el rastro de su saliva que resultaba de lo más útil para que su lengua se deslizara con esa sedosidad. Carlos cerraba los ojos y se dejaba hacer disfrutándolo a su manera y apreciando el goce en cada milímetro de su polla hasta que casi de manera inesperada por lo cómodo y satisfactorio que aquello le resultaba, Jaime se la tragó. No se la metió entera al principio, sino que la fue succionando con la misma calma alternando movimientos ligeros y uniformes que cada vez iban llegando más lejos. Las sensaciones se apoderaban de Carlos, aún incrédulo de que eso estuviera pasando y arrepentido de no haber llegado a ello mucho antes. Pero nunca es tarde, dicen. Y menos para una mamada tan deliciosa como aquella, lo que confirmaba que Jaime era un gran amante y estaba dispuesto a hacerlo fácil y placentero esa primera vez.

Porque además no dejaba de mirar al otro para cerciorarse de que todo iba bien y que se sentía cómodo y a gusto. Y como para no estarlo… Jaime le comía la polla de una forma tan exquisita que Carlos deseaba que no acabara nunca. Su pareja tampoco estaba por la labor de dejarlo tan pronto, y siguió chupando, mamando y lamiendo durante un buen rato, notándola ya muy dura dentro de su boca, intercalando lamidas por el capullo o los huevos con tenerla entera hasta lo más profundo de su garganta combinando ahora movimientos lentos y delicados con otros más decididos. En cualquier caso dispuesto a infligir placer que Carlos confirmaba con gemidos y sollozos cada vez más sonoros como muestra de que estaba doblegándose y relajándose por fin sin temor a nada más que no correrse ya.

-Uf, como sigas así voy a correrme -anunció tras un buen rato.

-Hazlo, no pasa nada -le animó Jaime.

-¿Y tú?

-Bueno, la noche no acaba más que empezar, ¿no?

Se sonrieron el uno al otro y con un poco más de ayuda Carlos acabó por correrse sobre su propio vientre gracias a las últimas caricias que Jaime le hacía en el rabo casi a modo de paja. Su último gemido fue vibrante, aunque amortiguado por una repentina vergüenza ante aquel trance de correrse por primera vez delante de alguien. Recibió entonces de buena gana los labios de Jaime para volverse a fundir en un tierno beso que duró minutos. Se relajaron comentando cómo Carlos se había sentido y hablando de otras cosas hasta que éste recuperó las fuerzas y volvieron al ataque.

-No tienes que hacer nada que no te apetezca, ¿vale? -apuntó Jaime.

-Ya. Bueno, quiero chupártela.

Tocaba ahora probar un rabo por primera vez. Y el de Jaime le resultaba apetecible, en ese estado semiflácido que dejaba entrever un capullo rosado medio tapado por la morena piel del resto de la verga. Se colocó en la misma postura que había estado él. Al acercarse apreció un olor que sólo conocía de su propia polla y que pasó de cierto rechazo a querer catarla de una vez. La agarró con timidez con la mano para acercar la punta de su lengua al glande. Lo lamió parando un segundo como para saborear su propia saliva. Se miraron, sonrieron y continuó. Su inexperiencia le llevó a repetir los movimientos que minutos antes había hecho Jaime, lamiéndola primero antes de metérsela en la boca, rozando los huevos o acariciando el tronco con los labios. En esa primera vez determinó que le gustaba comer pollas. Y ansioso por querer tragársela, provocó en su amante un respingo al metérsela en la boca. Jaime le animó a hacerlo con calma y Carlos sintió un poco de vergüenza por ese descuido, pero siguió mamando hasta que el otro se lo permitiera. Y de nuevo se repitió la situación y permaneció chupando hasta que Jaime anunció que se corría.

Tras ese primer contacto vinieron más escenas en las que se follaron el uno al otro, se la mamaron al mismo tiempo y hasta Carlos decidió probar el semen comenzando así a permitirle que se corriera dentro de su boca. Es verdad que siempre era lo mismo, pero tantos años con esa carencia no le llevaron a desear nada más, porque tampoco el sexo se había convertido en una obsesión como sí lo había sido su primer mejor amigo.

Jose había mostrado verdadera preocupación interesándose por el estado de Carlos, ajeno a su nueva situación y aceptando las excusas que éste ponía cuando no podían quedar. Aprovechó un fin de semana que Jaime estaba de guardia en el centro médico para pasar algo de tiempo con su amigo, el cual todavía le gustaba pese a que quiso olvidarse de él utilizando al enfermero y rechazando la idea primera de culparle de su agresión. Le pareció cruel hacerlo por el interés real que Jose mostraba recuperando ese finde que estuvieron juntos en su casa la amistad que tanto le gustó meses antes, volviendo a sentirse cómodo con él, deseándole como no había deseado a nadie, pero consciente de que tendría que ser con Jaime con el que cubriera esa carencia. Por ello quiso contarle sobre él:

-Estoy viendo a alguien -confesó después de haberse bebido un par de botellas de vino entre los dos.

-¡Venga ya! -exclamó incrédulo-. ¿Desde cuándo?

-Es el enfermero que me curaba.

-Joder, ¿y por qué no me lo has contado antes?

-Porque no estaba seguro de lo nuestro.

-¿Os habéis liado?

-Bueno, algo hemos hecho.

Jose se quedó callado un momento. Su rostro no mostraba sorpresa ni alegría. En realidad se perdió en sus pensamientos sin expresar nada.

-Voy a mear -dijo serio.

Carlos aprovechó para preparar un par de mojitos antes de meterse en la piscina tal como habían hablado. Al salir al jardín Jose estaba sentado junto a la mesa.

-¿Nos bañamos? -preguntó Carlos.

Jose se levantó sin decir nada y se tiró al agua.

-Te dejo aquí el mojito.

-Gracias.

-¿Qué te pasa? -preguntó Carlos-. Estás muy callado.

-Nada.

-¿Te ha molestado que te lo contara?

-No.

-Vale; ya no te digo nada más.

El silencio se apoderó de la escena unos minutos haciéndola de lo más incómoda para Carlos, ignorante de lo que su amigo estaba pensando.

-Joder, es que creo que estoy celoso -habló Jose por fin.

-Anda ya; si podemos seguir siendo amigos. No creo que sea de esos que se echan pareja y se olvidan de todo lo demás.

-No me refiero a eso.

-¿Entonces?

-Celoso de verdad.

-Jose, no te pillo.

-No me he alegrado por ti, lo siento -admitía-. De hecho, te he odiado un segundo.

-Pues no lo entiendo.

-Ni yo, por eso te lo estoy contando.

-Hombre, igual al principio no te has alegrado por lo que te digo de que tu primer pensamiento ha podido ser que ya no nos veríamos.

-No.

-Vale, pues entonces soy gilipollas porque me tomo la amistad demasiado en serio -el tono de Carlos se tornó severo.

-Tío, es que no te lo sé explicar.

-Pues inténtalo porque suena todo muy raro. ¿No te habrás enamorado de mí? -se atrevió a bromear.

-Me temo que sí.

-Anda ya -rió, pero notó la seriedad de Jose-. Pero si tú no eres gay.

-Ya lo sé -dijo tajante-. Bueno quizá no. Sólo sé que hace un momento he querido acercarme a ti y besarte.

-Va, no me hagas esto -por un momento pensó que le estaba gastando una broma.

-Tienes razón. No te mereces que te diga estas cosas ahora que has conocido a alguien.

-Pero no hablas en serio, ¿verdad?

-Déjalo. Olvidemos lo que te he dicho.

-Sí, claro. ¿Tú te crees que estando colado por ti desde que te conocí me voy a olvidar de lo que acabas de decirme?

-¿Estabas colado por mí?

-Sí.

-¡Si es que no me cuentas nada!

-¡Pero cómo iba a decirte eso!

-Joder, pues cuando me confesaste que eres gay.

-Sí claro, para estropearlo todo.

-¿Y tú qué sabes?

-Mira, si te lo hubiera dicho me habrías rechazado y ya está. Y con razón si te van las tías.

-Puede que no.

-Venga va, hablemos en serio ya que estamos. Sé sincero y ponte en situación. Imagina aquella noche cuando yo me confesé y tú sólo estabas pensando en la morena de la mesa de al lado.

-Pues tío no sé.

-Claro que sí. Te hubiera molado saber que tenías a un tío colado por ti para subirte el ego o qué sé yo, pero no me hubieras dicho que sentías lo mismo.

-Puede que sí.

-No. Me lo dices ahora porque te he contado lo de Jaime. Porque a lo mejor en el fondo sabías lo que yo sentía y lo guardabas ahí como algo seguro. Pero ahora que estoy conociendo a otro te jode que ya no vaya detrás de ti.

-Eso es muy retorcido.

-¿Tienes alguna versión mejor?

-Vale, igual en aquel momento no. Pero después de lo que pasó en Canarias y el miedo a perderte…

-No sigas por ahí…

-Es que es la verdad. Cuando estabas dormido en el hospital te miraba y sonreía. Pero sonreía porque me acordaba de algunos de nuestros momentos, de alguna de tus bromas, o de tus comentarios ingenuos. Pero luego se me hacía un nudo aquí -se señala el pecho- por temor a perderte.

Carlos guardaba silencio.

-Luego volvimos a Madrid y pasaste de mí, poniéndome excusas para no venir a visitarte. O sea que al final te estaba perdiendo, de una forma diferente sí, pero ya no te tenía. O mejor dicho, me apartaste de tu lado. Y ahora lo entiendo todo.

-Pero no fue por Jaime.

-¿Ah no?

-Pues no.

-Y encima me dices que si te echases novio seguiríamos como antes. Y he ahí la prueba.

-No es verdad.

-Pues yo creo que sí, Carlos.

-Te equivocas.

-Qué casualidad que me ignoras justo cuando le conoces.

-Jose, te estoy diciendo que no fue así.

-¿Y entonces cómo?

-¡Pues porque te culpé de lo que me pasó! -soltó por fin sumiendo a Jose en un gran desconcierto e incredulidad de que sus palabras fueran reales.

-¿Eso pensaste?

-Sí.

Jose dio un salto para salir de la piscina.

-¿Dónde vas?

-No sé si quiero estar aquí.

-Joder Jose, lo pensé en su momento; no lo pude evitar. Entiéndeme.

-¡No puedo entenderte! Con lo jodido que estaba yo sintiéndome culpable y ahora me dices que realmente lo pensabas.

-Pero luego me di cuenta de que no. Me cabreé porque te metiste en mi vida, diciéndole al cabrón ese lo que le dijiste para quedarte tranquilo mientras te tirabas a la rubia.

-Hostia tío, te estás pasando mogollón.

-Fue algo pasajero. Yo no entendía por qué me habían hecho eso y necesitaba buscar culpables. Siempre es lo más fácil responsabilizar a alguien. Y tú mismo has dicho que lo pensaste.

Jose no contestó.

-Va, no te marches. ¿Crees que si de verdad lo creyera estarías aquí?

-Pues ya no sé qué pensar, porque siempre te he considerado un tío sincero.

-Y lo he sido.

-Pero me has hecho sentir fatal.

-Lo siento, no quería que te quedases con la idea de que te di de lado por Jaime. De hecho él no estuvo de acuerdo cuando se lo conté.

-¡Y encima se lo dijiste!

-Lo necesitaba. Precisamente porque esperaba que alguien me dijera que estaba equivocado.

-O sea que el Jaime ese te llevó la contraria.

-Sí.

-Me va a caer bien el chaval -el ambiente se relajó de nuevo pese a que aún había cosas pendientes-. ¿Entonces te mola?

-No sé.

-¿Cómo que no sabes?

-A ver, estoy bien con él y eso, pero a veces me aburro, cosa que contigo no me pasa, por ejemplo. ¡Y no bebe alcohol!

-Qué sieso.

-Un poco. Y creo que me agobia porque me escribe mucho.

-Eso es tener pareja, chaval.

-No lo sé porque nunca… ya sabes. Igual tener pareja no es como yo esperaba.

-Pero entonces es porque no te gusta de verdad.

-Hombre, no siento por él lo mismo que llegué a sentir por ti.

-No me digas esas cosas.

-Has empezado tú, ¿recuerdas?

-¿Entonces ya no estás coladito por mí? -bromeó mientras se acercaba hacia Carlos.

-Prefiero ser correspondido -siguió con el tonteo.

-Ya te lo he dicho antes -sus cuerpos se rozaron.

-Repítemelo.

-No lo haré.

-Cobarde.

-Ja, ja. ¿Me estás retando? -los brazos de uno ya estaban por detrás de la espalda del otro.

-¿Hace falta que lo haga?

Ese comportamiento casi pueril entre risas se vio interrumpido cuando sus caras estaban frente a frente a escasos milímetros. No es que la situación se volviera seria, pero sus rostros sí que se tensaron y casi se paralizaron al verse tan cerca. El momento había llegado. No podía ocurrir otra cosa que no fuera terminar de acercarse y besarse. Y lo hicieron. Por fin sus labios se rozaron con pasión. Una pasión que uno nunca hubiera imaginado que sentiría hacia otro hombre y que el otro no había conocido ni siquiera con el que era su novio. Se besaban casi con furia, como si en vez de la primera vez fuese a ser la última. El choque de sus labios rompía el silencio de la noche junto con el chapoteo del agua cuando se movían de forma algo más brusca. Porque ese beso era de esa manera: enérgico y áspero, pero no carente de los sentimientos que se profesaban el uno al otro, aunque rodeados del deseo de Carlos y el miedo de Jose.

Quizá fuesen esos dos aspectos los que les mantuvieron besándose durante tanto tiempo: el anhelo de que ocurriera y el temor de lo que vendría después. Consciente de ello, Carlos no quería dejar pasar esa oportunidad, dejando de abrazarle para ir poco a poco acariciándole la espalda o incluso meterle la mano por debajo del bañador para hacer lo propio con su trasero. Jose permaneció inmóvil, pero imitó a su amigo en las caricias. Sin soltarse, se quitaron el bañador quedando desnudos bajo el agua ya con la certeza de que iba a haber otro paso más. Carlos fue el primero que rozó la polla del otro. Lo hizo primero pasando su mano sobre ella, pero no tardó en agarrarla y comenzar a sobarla casi como si le masturbara. Jose no se atrevía de momento a tocar una polla que no fuera la suya por mucho que estuviera besando a otro tío. Carlos no lo esperaba y se conformaría con que le dejara hacer. Pero estar dentro de la piscina no daba pie a mucho más, así que continuaron de esa guisa besándose cada vez más relajados mientras uno masturbaba al otro y éste se limitaba a acariciarle la espalda.

Carlos consiguió que a Jose se le pusiera dura, apreciando con la mano un rabo de considerable tamaño que quiso llevarse a la boca. Por ello le fue empujando hacia las escaleras, pero Jose se lo impidió, levantándole de las piernas que Carlos entrecruzó con las suyas quedando así su polla tiesa acariciándole el ojete. Parecía entonces que lo que quería era follarle. Jose lo intentó debajo del agua, pero no consiguió que entrara pese a la ayuda de Carlos, quien pilló la “indirecta” y se olvidó de mamar. Sin soltarse se fueron acercando a las escaleras y en el último escalón consiguieron lo que se habían propuesto. Jose se la clavó casi con la misma furia con la que se habían estado besando, pero a Carlos le costó que se acoplara dentro de su culo. Se abrió más de piernas y finalmente consiguió tenerla dentro. Cabalgó sobre ella a su propio ritmo amortiguando los gemidos en la boca del otro, pues no se habían soltado aún nada más que para susurrarse cuando Jose le estaba metiendo la polla. Éste a veces levantaba su pelvis con viveza haciendo que ambos se estremecieran por la brusca sacudida. Para él, follarse un culo por primera vez le resultaba de lo más placentero. La postura en el duro suelo de azulejo no lo era tanto.

-Tío, me estoy clavando el gresite -anunció.

-Vamos a la tumbona si quieres.

-Mejor dentro, ¿no?

Como a la piscina se accedía desde el salón decidieron quedarse en el sofá. Jose se sentó sobre él esperando repetir postura y que Carlos se montara encima, pero el culo aún se resentía por el duro suelo de la piscina.

-Uf, me duele el culo. Cambiemos.

Carlos se puso entonces de rodillas sobre el sofá apoyando los brazos en el respaldo dejando su culo expuesto para ser taladrado de nuevo. Su amigo le apartó las nalgas y comenzó a follarle mientras le agarraba por la cintura. Ahora ya no podían besarse, por lo que dieron rienda suelta a sus sollozos y gemidos. Y así siguieron hasta que Jose se corrió dentro de Carlos por petición de éste, quien se había olvidado completamente de su polla en detrimento de recibir únicamente el placer que el otro le otorgaba. Entre espasmos y alaridos le llenó el culo de leche sin preocuparse de nada más que el goce que estaba padeciendo. Carlos sí que se quedó con ganas de probar la polla de su colega, y cuando éste propuso volver de nuevo a la piscina vio una nueva oportunidad porque parecía que la noche no había acabado, aunque dudó un momento si lo único que el otro pretendía era limpiarse en el agua. Sin embargo, nada más estar los dos dentro, Jose se le acercó y se besaron de nuevo. A pesar de haber saciado su calentón, siguieron con los morreos y caricias, así como con el tonteo de beber de la misma copa, de pasarse hielos de una boca a la otra… Y tras un buen rato haciéndolo sus pollas pidieron protagonismo excitándose otra vez.

-¿No quieres que te la chupe? -le preguntó Carlos directamente.

-Si te digo la verdad prefiero follarte.

-¿Por?

-No sé. Que me la chupes me da cierto reparo.

-¿Y eso?

-No sé, Carlos. No te lo sé explicar. ¿Te importa?

-Importarme no. Quería… -dudó, pero decidió ponerse provocativo- hacerte la mamada de tu vida y que te corrieras en mi boca.

-Mmmm qué cabronazo.

Sin darle tiempo a negarse de nuevo, Carlos se sumergió en el agua y trató de chupársela el rato que pudo aguantar sin respirar.

-Uf tío, esto no me lo habían hecho nunca -apreció Jose.

-¿Mola?

-Ya te digo…

-Bueno, no voy a pedirte que me lo hagas tú a mí aunque me estés dando mucha envidia…

-Carlos, yo…

-Que es broma tío, no te rayes. Hagamos lo que quieras.

-Quiero follarte ese culito otra vez… ¿Probamos aquí?

-Antes no hemos podido…

Pero con un poco de empeño lograron que la polla de Jose fuera entrando en el culo de Carlos. Éste se había apoyado en el bordillo abriendo el culo todo lo posible y Jose se la clavó por detrás no sin dificultad hasta conseguir penetrarle. La fricción era más complicada, pero el placer desconocido para ambos les animó a persistir. Con todo, acabaron por cansarse pronto por no poder besarse o mirarse, así que Carlos se movió ideando un nuevo plan. Se giró de espaldas al borde para apoyar la cabeza contra él tratando de levantar su cuerpo y que éste flotara. Jose pilló lo que pretendía, así que le agarró y pudo clavársela otra vez provocando de nuevo los gemidos porque a pesar de todo resultaba placentero. No obstante, para Carlos era complicado mantenerse, pero con la polla ya dentro de su culo y sin sacarla, se incorporó para abrazarse a su amigo y así continuó follándole pudiendo ahora besarse de nuevo, sonreírse, mirarse… Jose le embestía con fuerza, y Carlos ayudaba con movimientos pélvicos circulares que intensificaban el roce de la polla de Jose con su culo. No obstante, el tiempo iba pasando y éste no parecía que fuese a correrse, así que de nuevo las escaleras pasaban por ser una opción. Carlos colocó un cojín del jardín para que Jose estuviera cómodo y tras sentarse le esperó con la polla tiesa deseoso de metérsela de nuevo. Carlos se colocó a horcajadas sobre él dejando caer su cuerpo hasta clavársela y tenerla dentro de nuevo. Se miraron con lascivia y en ese instante Jose empezó a levantar el culo con fuerza para follarle con mayor viveza, y Carlos la recibía en lo más profundo de su agujero haciéndole estremecer. Su propia polla no aguantaba más y empezó a machacársela en el poco espacio que tenía. Determinó que no era suficiente, así que optó por girarse quedando ahora de espaldas a su amigo. Éste casi que agradeció liberarse del peso porque podía así empujar con más vigor, sacando aún energías para embestirle con bruscas sacudidas que les llevaban a querer gemir con ganas si no fuese porque estaban al aire libre y los vecinos… Carlos se mordía el labio estando a punto ya de descargar su leche, pues se masturbaba al ritmo que el otro le follaba, galopando él también sobre esa polla que hubiese deseado llevarse a la boca, pero que igualmente tanto placer le estaba otorgando.

Así se corrió dejando caer sus gotas en el agua sin importarle lo que el otro tardara aprovechándose de ese éxtasis momentáneo que le recorrió todo el cuerpo. Quiso echarse hacia atrás y besarle, pero Jose tuvo que recolocarse para lograrlo. Sin embargo agradeció ese estímulo extra porque su leche recorría ya el cipote dispuesta a salir y descargar dentro del culo de su amigo. El agua, el sudor y las espesas gotas se entremezclaron deslizándose por su polla aún dentro del culo de Carlos. Se desacopló con cuidado y siguieron bañándose un buen rato acercándose a veces el uno al otro para besarse. Pero esa noche no dio mucho más de sí.

Para uno, había llegado el momento que tanto había deseado, mientras que para el otro ocurrió lo que había temido y a lo que no tenía claro que se quisiese enfrentar. Sin embargo, ninguno se hizo ilusiones, Carlos sobre todo, consciente de que Jose estaría confundido porque de alguna manera se había dejado llevar, sintiéndose insatisfecho porque también sabía que después de tener sexo con él querría más. Y lo obtuvo, porque se acostaron varias veces después, si bien en las mismas circunstancias de tonteo entre botellas de vino y mojitos. Y en una de ellas, Jose decidió que quería aclarar las cosas, no sólo con su amigo-amante sino con él mismo.

-¿Sigues viendo a Jaime?

-Sabes que no.

-Ya. Bueno, creo no tendrías que haber cortado la relación con él.

-¿Y eso?

-Porque yo no voy a poder darte lo mismo.

-Veo que el momento ha llegado.

-¿Cuál?

-El de dejar las cosas claras, ¿no?

-¿No crees que es lo mejor?

-Lo creo, así que venga, continúa.

-No sé si me vas a entender.

-Lo intentaré. Jose, soy consciente de que para ti es complicado. Lo sé. Para mí es todo lo contrario.

-¿Ves todo esto fácil?

-Pues sí. Me gustas. Y mucho. Me gusta estar contigo sea como sea: en un bar, verte de reojo en el trabajo, en la cama… Lo difícil creo que va a venir ahora.

-¿Por qué dices eso?

-Por lo que me temo me vas a decir.

-Ya. Bueno, yo imaginaba que te sentirías así, y aunque suene egoísta no ha influido en mis reflexiones. No es que no me importe lo que sientas. No sé, quizá sea todo lo contrario.

-Te estás liando -Carlos bromeó tratando de desdramatizar la situación por mucho que a partir de ahora le tocase sufrir a él.

-Carlos, yo te aprecio mucho. Te quiero, no me avergüenza decirlo, pero creo que no de la misma manera que tú a mí. No te veo como una pareja, yo quiero estar con una mujer, crear una familia. El sexo contigo me gusta, pero no me hace olvidar a las tías. No sé si me comprendes.

-Sí.

-Sé que no lo haría con ningún otro hombre. Y lo que tampoco tengo claro es por qué contigo sí. Quizá me asuste llegar a averiguarlo. ¿Cariño? ¿Porque sé que a ti te gusta? ¿Miedo a perderte como colega? No lo sé, Carlos. Y tampoco sé cómo afrontarlo.

-Bueno, yo tampoco. No te diré que prefiero tenerte sólo como amigo a que además seas mi…

-No digas novio, por favor.

-No, no. Iba a decir amante, follamigo… Novio ya sé que no. Tampoco sé cómo será conservarte como amigo siendo consciente ahora de que seguro querré más; de que me apetecerá besarte, acostarme contigo…

-Lo sé. No te digo que tengamos que dejar de acostarnos.

-¿Entonces?

-Me apetece volver a lo de antes: salir, viajar, conocer más gente. Últimamente nos vemos aquí en tu casa y acabamos en la cama.

-No te obligo.

-Ya, ya lo sé. Pero así no voy a conocer a ninguna tía. ¿Me entiendes?

-Te entiendo. Pero es eso precisamente lo que me asusta. No es que yo haya provocado que no salgamos para que no conozcas a nadie, que conste.

-También lo sé.

-Pero me imagino en esa situación en que salgamos un día, te líes con alguna y… Bueno, no sé cómo me lo voy a tomar. No pienses que estoy siendo posesivo.

-No, no lo pienso.

-Sólo que… Bueno, lo que te decía antes. Lo voy a pasar mal seguro.

-¿Preferirías que no nos viésemos nada?

-No quería decir eso.

-Ya, sólo pregunto.

Obviamente Carlos no lo prefería, y aunque sufriera si Jose se liaba con alguna, se conformaba con poder tenerle los momentos que estaban juntos. Porque volvieron a la vida de antes, a salir a tomarse unas cañas, viajar algún finde que otro… Y aunque Jose tampoco es que estuviese obsesionado con ligar, no dejaba pasar ninguna oportunidad. Carlos y él se seguían acostando, aunque con menor frecuencia. Cuando dormían en algún hotel de la costa o algún día que no les apetecía salir y se quedaban en su casa. A pesar de todo, sacó tiempo para retomar su relación con Jaime, quien a su parecer, sentía lo mismo por él que él mismo por Jose, así que no le costó que volvieran juntos. Le seguía pareciendo un tipo algo aburrido y predecible, sin esa chispa que sí tenía su amigo, aunque saber que estaba ahí era reconfortante. A ninguno le habló del otro y Carlos consiguió cierta estabilidad en su vida aunque fuera a base de mentir y jugar a dos bandas.

Sin embargo, todo parecía llegar a su fin esa noche que su novio tocaba el timbre de su casa mientras él estaba teniendo sexo con su amigo.

-Carlos, no te enfades -le pedía Jose tras su metedura de pata al mencionar a sus padres.

-No me enfado.

-¿Seguro?

-Sí.

-¿Y entonces no vas a abrir la puerta?

-Es Jaime, así que no.

-¡Joder! ¿Y qué quiere?

-Le han cancelado la guardia y quería darme una sorpresa.

-¿Pero entonces le sigues viendo?

-Sí.

-¿Y por qué no me lo has dicho?

-No lo sé.

-Entonces… cuando me decías que ibas a ver a tus hermanos es porque estabas con él, ¿no?

-Sí.

-No entiendo esto de mentir, tío. Creo que no había necesidad.

-Tampoco sabía lo que tú ibas a tardar en echarte novia.

-Bueno, bueno. No me pongas a mí como excusa. Piensa en el chaval también. Que está el pobre en la puerta para darte una sorpresa y tú aquí pidiéndome que te folle.

-No me machaques más, ¿no? ¿Qué quieres que haga? ¿Le abro y se lo cuentas?

-En todo caso se lo cuentas tú, que es tu novio y tu problema.

-Para mí no era un problema.

-Claro, lo tenías todo jugando con los dos.

Carlos se calló unos instantes, pues tampoco sabía qué decir o qué excusa poner si es que la hubiera.

-Bueno tío, me voy a mi casa.

-¡No! Espera un rato que se vaya.

-¿No lo dirás en serio?

-Te lo pido por favor.

-Quizá sea esta la oportunidad de contarlo todo, ¿no crees? -Jose ignoró su petición y acabó de vestirse.

-No me hagas esto, joder. ¿Qué te cuesta esperarte diez minutos?

-Porque ahora mismo no me apetece estar contigo ni siquiera uno.

-Ahora me dirás que estás celoso.

-Carlos, vete a la mierda. No entiendes nada o no quieres entenderlo. Ahí te quedas.

-¿Qué tengo que entender?

Su pregunta no obtuvo respuesta. Jose bajó las escaleras y se marchó. Segundos después recibió otro mensaje de Jaime: “Acabo de ver salir a un tío de tu casa. ¿Qué pasa? ¿Por qué no me abres?” Carlos meditó mucho la respuesta, pero decretó que su amigo quizá tuviera razón y el momento de dar explicaciones había llegado. “Entra”, le escribió. Y Jaime entró consciente de lo que su novio estaba a punto de contarle. Aunque trató de explicarse, no lo entendió y se marchó. Tampoco se molestó mucho después en pedirle que le perdonara. A Jose sí que le siguió escribiendo o viéndole en el trabajo, pero sin mucho éxito. Una oportuna tía que acababa de conocer -según él- fue su excusa para dejar las cosas como estaban. Sin embargo, la relación con ella no duró mucho, asustada por la situación que el chaval tenía en su casa con sus padres, así que viéndose solo de nuevo optó por recurrir a su ex amigo. Y como Carlos aún sentía demasiado por él, lo aceptó y retomaron su especial relación hasta que alguno de ellos se emparejaba, dejaban entonces de verse, rompían con ellos/as y volvían el uno al otro. Quizá era lo mejor, o puede que incluso ellos provocaran que sus relaciones duraran tan poco. No parecía que quisiesen renunciar a lo que tenían, por mucho que ambos creyeran que sus motivos eran muy diferentes.

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