Apuestas privadas

Con un golpe en la mesa, brillo en los ojos y sonrisa pícara dibujada en tu boca oigo que casi gritas:

– ¿Qué nos apostamos?

Nos acompañan en la mesa amigos nuevos y amigos viejos. De estos últimos sale un jaleo de voces:

– ¡Otra vez!

– ¡No… de nuevo, no!

– Que tiempos…

No he apartado la mira de la tuya, en mi cabeza han pasado un montón de imágenes de cuando éramos unos chiquillos (también de cuando no lo éramos tanto) y una sonrisa ha iluminado mi cara.

Uno de los amigos nuevos pregunta de qué va todo esto mientras yo acepto la apuesta:

– Sorpréndeme… – porqué sabes de antemano que no me rajaré.

– Este par, que cuando éramos niños apostaban por todo.

– Era una pesadilla, nos metían en cada lío….

– Pero si era divertido, María.

Tú y yo seguimos mirándonos y sonriendo, porqué recordamos más las apuestas que empezamos a hacer cuando los demás dejaron de apuntarse y seguir nuestras locuras, las llamábamos apuestas privadas.

Oigo como cuentan cuando nos tocó, a Juan y a mí, ir a tirar huevos a la puerta de la casa de nuestra profesora o la vergüenza que te dio llevar puesta una falda durante una tarde entera… pero la verdad es que mi cabeza vienen otras imágenes.

Nunca fuimos novios (éramos demasiado pequeños) ni siquiera sé si nos gustábamos; de lo que si estoy convencida es de que juntos descubrimos nuestros cuerpos y empezamos a saber qué era el placer.

Me miras los pechos sonriendo y recuerdo perfectamente mi cuerpo temblando el día que los acariciaste por primera vez, aun pequeñitos, como mi piel se erizó al notar tus dedos rozarme, como me morí de vergüenza cuando me preguntaste si podías probarlos y el escalofrío que me recorrió el cuerpo, directo a la entrepierna, al notar tu lengua humedeciéndolos.

Tus padres se separaron y te fuiste un buen tiempo de pueblo y cuando regresaste al cabo de unos años se nos había olvidado nuestro juego… bueno, o no nos atrevíamos a retarnos.

Ahora siento un cosquilleo en mi cuerpo, creo que tengo las de perder aunque esto no ha impedido que acepte la apuesta, y espero que seas tan atrevido como antes y que esta sea de las privadas que valen la pena. Tengo mucha curiosidad por saber que me propondrás.

….

Ha pasado una semana desde que me retaste. Sin que sea una sorpresa, he perdido la apuesta. Estamos de nuevo comiendo con nuestros amigos pero nadie parece acordarse. Mejor.

Cuando hemos llegado me has dado un papel doblado que aun no he podido leer. Seguro que habla de la apuesta. Me miras desde el otro lado de la mesa, estás tan impaciente por ver mi reacción como lo estoy yo por saber qué pone.

Escondido debajo de la mesa abro el papel y leo:

“¿Recuerdas nuestra última apuesta? Ya te había ganado entonces y ahora te he ganado de nuevo. Quiero cobrarla, pero

te las quitaré yo.”

Me he sonrojado, lo noto. Y sé que me estas mirando, también puedo notarlo. Subo la vista para ver de nuevo ese chiquillo de trece años que tuvo que irse antes de cobrar la última apuesta que me había ganado. Yo debía de quitarme las bragas frente a él y entregárselas. Una chiquillada.

Una chiquillada que ahora está llena de morbo. Me sonríes y me guiñas el ojo, eres el mismo pícaro que antes.

Terminamos la comida y quieren ir a tomar una copa; mientras nos repartimos en los coches (mi intención es no conducir) oigo como dices que vienes conmigo.

– ¿Serás capaz de querer cobrar hoy?

– Llevas una falda muy tentadora.

– En serio, ¿quieres cobrar ahora?- no sé si podré conducir de lo nerviosa que me he puesto.

– Venga, que llegaremos tarde.- dices sonriendo pero sin llegar a contestar mi pregunta.

Durante el trayecto me cuentas que tu apuesta preferida fue cuando perdiste y te dije que quería que nos diéramos un beso con lengua. Te hizo mucha gracia toda la explicación que te di: que si me daba un poco de asco y quería probar antes de que alguien me lo diera (para estar preparada), de que mejor entrenarnos para saber cómo hacerlo bien…

Recuerdo muy bien ese día, estaba muy nerviosa porque era verdad que me daba un poquito de asco. Sabía que tú me ayudarías, que saldría bien. Primero nos dimos unos besos castos en los labios, decías que así se empezaba, y después me pediste que abriera un poco la boca. Lamiste mis labios y sentí la punta metiéndose un poco, me sorprendió lo caliente que estaba al rozarse con la mía. Desde el primer segundo me gustó. Te separase un poco para pedirme que la sacara fuera y nos pusimos a jugar con ellas, dando lametones o consiguiendo entrelazarlas. Recuerdo como cogiste mi cabeza, me besaste fuerte (ahora puedo asegurar que era deseo) y la metiste en mi boca. La sentía llenándome, recorriendo cada rincón posible y luego te la chupé hasta que de golpe te relajaste y soltaste mi cara.

– ¿Sabes qué? Ese día fue la primera vez que me corrí acompañado de alguien que no fuera Juan a mi lado cascacándosela. Me excitaste mucho, hasta el punto de llegar a correrme mientras te besaba. ¿No te diste cuenta?

– Jajajajajaja…. ¡pues no! Jajajajja

– Durante mucho tiempo ese beso me acompañó cada vez que me masturbaba. Jijijijiji Para eso quería tus bragas.

Creo que al escuchar esto me he humedecido un poco. Quiero que cobres hoy.

Vamos llegando y empiezo a buscar un lugar dónde poder aparcar, la calle está muy llena. Siento tu mano que me acaricia el muslo, subiendo un poco la falda y tu voz traviesa me dice:

– Busca algún lugar apartado, me apetece cobrar.

Mi entrepierna se ha humedecido un poco más.

– No pierdes tiempo, ¿eh? – contesto riendo y decidiendo que la mejor opción es meter el coche en un aparcamiento, en el rincón más apartado.

– Diez largos años… ¡y te parece que soy impaciente!

Nos reímos mientras aparco el coche como puedo. No estoy nerviosa, no es eso. Es que estoy muy excitada. Espero que no lo notes… ¡o sí!

– Bueno, tú mandas…

– Ven aquí atrás.

Abres la puerta trasera de tu lado y la luz interior del coche queda abierta.

– ¿Te importa? – me dices señalándola – Es que quiero verte bien.

Soy incapaz de contestar, sólo niego con la cabeza.

De pie, frente a ti, me acaricias las piernas levantando un poco la falda. Me haces recostar, subes un poco la falda y te quedas quieto frente a mí, sólo mirando.

– ¡Qué maravilla!

Me recuerda a las veces que nos habíamos mirado sin tocarnos, sin hacer nada. Eran nuestras primeras apuestas privadas. Como la vez que quisiste ver si ya tenía mucho vello y te quedaste sentado frente a mí mientras yo me ponía de pie, me bajaba los pantalones cortos y las braguitas y tú mirabas el coño de vello alborotado, negro y salvaje. Me pediste que me sentara y separara un poco mis piernas, tú seguías quieto frente a mí. De regalo, un par de dedos se posaron en mi coño y separé un poco mis labios, para que pudieras verlo bien. Uno hacía, el otro miraba.

– Después tengo que contarte mi apuesta preferida.- logro decir – la que acompañaba mis pajas.

– Mmm… una confesión. Me encanta.

Cómo me gustaba mirar y que me mirases… me gustaba mucho. Será por eso que ahora tengo debilidad por masturbarme y que me miren o ver cómo se masturban y se corren encima de mí.

Te veo mirando mis bragas, tu cara ya no es de curiosidad como hace años, refleja morbo, deseo, excitación.

Levantas mis piernas y las colocas apoyadas en los asientos. Quedo completamente expuesta.

– Ha valido la pena la espera. – dices mientras sigues mirándome – ¿por qué no me la cuentas?

– Seguro que la recuerdas. Habías perdido tú y yo quería ver una polla dura. Unas semanas antes me hiciste tocarte hasta que se te puso como una piedra, pero yo quería verla.

– Mmm… sí, la recuerdo muy bien. Pero no quisiste tocarla tú, sin ropa de por medio, y tuve que tocarme yo. Date la vuelta y ponte a cuatro patas.

Cuando levantas la falda y tus manos rozan mi culo se me contraen los músculos de mi sexo involuntariamente.

– ¿Te estás excitando? – dices sonriendo – Mejor, así tus bragas olerán mas.

– Me daba vergüenza tocarte. Ese día, tenías los ojos cerrados mientras te tocabas para ponértela dura, – prefiero seguir hablando a que notes lo excitada que estoy – me he preguntado un montón de veces en qué pensabas en ese momento para conseguir empalmarte.

– Tienes un culo perfecto. – tus manos me invitan a darme la vuelta de nuevo – Ya pensaba en follarte entonces.

Estoy otra vez con las piernas separadas y levantadas. Al escucharte mi coño se ha contraído de nuevo y esta vez no puedo disimular.

– ¡Estás excitándote!

Me sonríes pero tú cara no me engaña, estás mas excitado tú que yo. Lo puedo asegurar sin tan siquiera ver tu entrepierna, que adivino abultada.

– Vamos a ver… estas preciosas braguitas negras son mías. Tendré que quitártelas. – dices mientras te agachas.

No puedo verte, pero noto como un dedo se mete por dentro de la goma de las braguitas y recorre todo mi vientre. Mis músculos vuelven a contraerse y siento como los pezones empiezan a reaccionar a tu roce. El dedo ha pasado a la goma que envuelve mi pierna y cuando se acerca de la pierna a mi coño la contracción es tal que se cierran un poco mis piernas. Sonríes y las mantienes separadas.

– Venga… contrólate un poco.- te ríes a carcajadas.

Tu dedo suelta la goma. Te levantas un poco y mirándome me dices:

– Quiero que tus bragas huelan a ti. ¿Me dejas asegurarme?

Otra vez sin palabras, asiento con la cabeza.

Desapareces entre mis piernas de nuevo y lo siguiente que noto es un dedo por encima de mis bragas que recorre mi rajita, muy suavemente, excitándome más aun. Siento como buscas mi clítoris, lo acaricias con más intensidad y vuelves a reseguir mi rajita hasta la entrada de mi coño. Te detienes y aprietas un poco, buscando mojar las bragas con mis jugos.

– Levanta el culo. – me ordenas mientras bajas mis bragas y me las quitas. – ¡qué diferente está!

Tienes toda la razón, con las piernas separadas y levantadas queda expuesto mi coñito, todo depilado a excepción de una tira de vello recortado en el monte de Venus.

Estoy muy excitada. Te veo frente a mí, de pie, mirándome, con las bragas en tus manos. No puedo controlarme y sigo lo que has dejado a medias. Con un par de dedos continuo acariciándome, sobre todo mi clítoris. Lo aprieto un poco, me voy a mi coño y los humedezco, regresan al clítoris y mis dedos ya no lo soltaran.

Te miro. Veo como miras mis pezones duros contra mi camiseta, como sigues el ritmo de mi respiración entrecortada y el movimiento frenético de mis dedos en mi coño. Sabes que voy a correrme. Acercas las bragas a tu nariz y aspiras el aroma de mi sexo. En ese mismo momento mis ojos se cierran y mi cuerpo explota de placer, un espasmo recorre mi espalda y un gemido sale de mi boca.

Abro los ojos y te veo sonreír de nuevo. Siento como un dedo acaricia mi coño, se empapa de mis jugos y lo chupas.

– Sabes tan bien como hueles.- me susurras al oído mientras me levantas – Creo que nos están esperando.

Aun no puedo hablar, mis piernas tiemblan y me coges de la cintura. Mi culo roza sin querer tu cuerpo y noto un bulto enorme y duro en tu entrepierna. Te miro y sin que te pregunte ya me respondes con un guiño:

-Tranquila, no llevas bragas. En cualquier momento de la noche aliviaremos la presión.

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