Carlos me ha despertado esta mañana

Carlos me ha despertado esta mañana. Suele levantarse antes que yo, al igual que yo suelo acostarme mucho más tarde que él. Según he leído Carlos pertenece a las alondras y yo a las lechuzas.

Vino al dormitorio fuera de sí:

-¡Michelle! ¡Ya han publicado tu relato! ¡Vamos despierta!-

-Déjame- le respondí – ya lo veré luego-

Pero él insistió:

-Lo han leído más de dos mil tíos y te han dejado más de diez peticiones de amistad en el facebook-

Me apetecía seguir durmiendo, pero por lo visto iba a ser inútil cualquier empeño por hacer desistir a Carlos de su eufórico estado de ánimo.

Metió su mano bajo las sábanas y me pellizcó el coño sobre el pijama. Siempre me sorprende la naturalidad con la que mi marido entra de sopetón en los terrenos del sexo.

-Cariño estoy desando que chatees con esos lectores para leer las conversaciones después. Seguro que desearían hacerte de todo, después del relato que escribiste-

Mi esposo transformó el pellizco en caricia y sobaba con los dedos sobre el fino encaje amarillo calado del tanga, en el sitio exacto donde los labios dejan paso al clítoris. El muy cabrón sabe que si me soba la zona del montecito, me mojo enseguida, y toda mi resistencia queda vencida sin remedio.

-Me pone a cien cariño- me dijo – pensar que todos esos tíos, más de dos mil, han leído tu descripción de cómo me comiste el rabo. A más de uno se la habrás puesto dura con los morbosos y pormenorizados detalles, seguro-

El espíritu de cornudito de Carlos estaba floreciendo. Aunque nunca me lo ha confesado abiertamente, sé que en el fondo le apetece que le engañe con otro tío. Lo sé. Y lo gracioso, o lo absurdo, es que al escribirlo yo aquí, mi esposo va a enterarse de lo que pienso. Esto es totalmente kafkiano, pero no pienso ser infiel a la promesa que me he hecho de ser sincera en mis relatos.

Me gustaba la situación. Su excitación es contagiosa para mí. Yo tenía los ojos cerrados y fingía querer seguir en la cama, pero abrí lentamente las piernas, ya que estaba boca abajo, para facilitar el trabajito que los dedos de mi esposo estaban realizando entre mis piernas.

-¿Sabes lo que te ha puesto uno de ellos en facebook?- No le contesté. Carlos metió la mano bajo el pijama sobando los orondos glúteos y me dijo: -Un tal Roger te ha puesto “Hola. Qué buena mamadora eres”. Y a mí se me ha puesto el rabo como un demonio. Nunca te había dicho un tío algo así, y ser yo el primero en leerlo ha sido mágico-

Mientras me decía esto, le sentí llegar con los dedos al ano. A Carlos le vuele loco mi agujerito de la caca, casi tanto como el coño.

-Me vas a dejar que te la meta por el culo ¿verdad Michelle? Estoy que me muero por hacértelo por detrás-

Había estado callada hasta entonces. Sin abrir los ojos le dije algo que sabía que le iba a poner fuera de sí.

-Lo puedes hacer, pero antes has de lamerlo como lo haría Roger, ese lector que me ha llamado “buena mamadora”-

Sentí como me bajaba apresuradamente el pijama y el tanga, sacándolos de bajo las sábanas y poniéndolos sobre la mesita de noche. Separó mis piernas y metió su boca y su nariz en el desfiladero abierto que le ofrecía.

-Eres toda una zorra. Y lo sabes-

-Soy tu zorra mi amor- le respondí, mientras su lengua comenzaba a ablandar el arete de mi trasero, preparando el futuro asalto de su erección insuperable.

La lengua viajaba del ano al coño, extendiendo los generosos fluidos que mi rajita destilaba. Sentí como me follaba con un dedo el chochito y como lo hizo trasladarse hasta el ojete ya tierno. No le costó sodomizarme con el dedito. Luego fueron dos los dedos que metió a la vez en mi culo, ya dado de sí.

-¿Te gusta eh?- me dijo con voz socarrona.

Contesté como sé que le gusta, con gemidos de gatita sumisa.

-¡Qué zorra eres!-

Volví a gemir con sus dedos follándome el trasero.

-Vas a contar todo esto en otro relato. Zorra. Para que todos sepan cómo te sodomiza tu maridito-

Mientras me daba la orden sentí llegar su peso y como colocaba la punta de su polla en la boquita del ano. Abandoné toda resistencia, dejando blandito el esfínter y le sentí entrar.

-¡Dios que prieto!- Gimió mientras la metía milímetro a milímetro.

Deslicé un brazo bajo mi cuerpo hasta alcanzarme el chocho y comencé a darme las atenciones complementarias.

-Carlos, dime puta-

-Puta, eres la más guarra y obscena zorra. Mira, siente como te entra entera-

No supe lo dentro que la tenía hasta sentir sus testículos contra mi coño.

-No te corras dentro amor, quiero tu leche en mis tetas-

-No me digas eso zorra. Me matas. ¡Me corroooo!-

La sacó apresuradamente y yo me volteé sobre el lecho sentándome y ofreciéndole mis senos blancos y pecosos.

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