Mi mujer descubre que me van las pollas II

La reacción de Ana me había dejado descolocado. Me alegraba saber que no me iba a dejar por descubrir mi bisexualidad pero no sabía que esperar. Ana se fue de casa en cuanto habló conmigo. No me dijo a dónde, solo que fuese a follar con mi amigo según las normas que ella le había dicho.

A las 3 horas me preparé para ir a mi cita. Llegué a casa de Antonio temblando. El me abrió con una sonrisa maliciosa que no había visto nunca. Me dijo que me callase, que todo estaba organizado. Fuimos a una habitación y allí me desnudé. El me tapó los ojos con un antifaz y usó algo para atarme las manos. De una forma brusca me puso de rodillas y antes de que pudiese preguntar nada me había metido el rabo en la boca. Estaba delicioso, duro y jugoso. Lo tragué con ganas y olvidé lo que había pasado de tarde. Cada poco me tiraba en la cama para lamerme el culo y azotármelo.
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Cuando Luna me folla con fuerza.

El verano es horrible, no paras de sudar todo el día, sales de la ducha o de la piscina y enseguida el cuerpo empieza a sudar como si estuviera llorando de sufrimiento de tanto calor.
Después de todo el día, por fin los niños se habían dormido y podía darme una ducha de agua fría, relajante y renovadora.

Todos mis músculos hechos polvo, demacrados y acabados se relajaron un poco para encontrarme mejor.

Salí al salón y Luna estaba allí sentada tranquila, viendo la tele.

– Ven cariño – me llamó con su dulce e insinuante voz -, ven aquí conmigo.

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La segunda vez

Despues de vernos algunas veces la siguiente semana tras la gran noche, pero siempre en publico, por lo que no sucedió más que miradas cómplices, guiños ocasionales y alguna que otra conversación insustancial. Tuve que ausentarme una semana por trabajo del pueblo. A mi vuelta, en el teatro del casino, como todos los años, se celebraba el concierto de honor de la banda municipal, con el que comienzan las fiestas del pueblo. A el ya la recepción posterior que da el ayuntamiento acuden la mayoría delos vecinos. Allí nos volvimos a encontrar, se va de corrillo en corrillo comentando el año, y en uno de estos coincidimos. Primero con gente no dejó de ser un saludo y una charla insustancial, pero al quedarnos a solas un momento los tres Magda comentó.

– Parece que has desaparecido del mapa, no se te ha visto el pelo.
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Cinco dias en la playa

PRIMER DIA

Las vacaciones de aquel año fueron distintas. Mi mujer, Luisa, y yo fuimos ese año a una de las islas Canarias, no diré cual por motivos obvios, para pasar unos días de descanso y relax. La intención era ir a descansar después de un duro año de trabajo, como todo el mundo.

Llegamos la isla y nos trasladamos al hotel, todo maravilloso, conocimos las instalaciones, nos dimos un baño en la piscina y a cenar. Durante la cena conocimos a una pareja de Madrid, Juan y Belén, entablamos conversación y después de cenar nos tomamos una copa los cuatro en el pub del hotel, ellos llevaban ya unos días allí y nos dieron una serie de consejos.

El más interesante de todos fue el que estaba relacionado con la playa, parece ser que la playa estaba abarrotada todo el día y que ellos habían alquilado un coche y se iban a otra cuyo acceso era complicado, había que ir en coche por un camino de tierra, aparcar y andar casi 1 Km. Nos invitaron a conocerla, nosotros aceptamos.

Cuando estábamos a punto de despedirnos aparecieron dos chicas jóvenes, sus hijas, nos las presentaron, 18 y 20 años, Carla y Begoña se llamaban.
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Mojadita

El otro día vi que alguien había hecho un comentario sobre uno de los relatos que he publicado diciendo que su lectura la había dejado “mojadita” y me gustó mucho, pues los comentarios que recibo habitualmente son de hombres que dicen que lo que escribo se las pone dura y hace que les entren ganas de hacerse una paja.

“Mojadita”, ese sugerente diminutivo me hizo recordar cuando el chichi de mi mujer se convertía en una fuente al lanzarle el aliento caliente de mi boca sin siquiera haber pasado la lengua por su botoncito del placer que tanto le gustaba que le chupara y me entraron ganas de releer el relato del trío que hace ya años hice con ella.

No acostumbro a volver a leer los relatos una vez los mando y al hacerlo me recordó que hacía tiempo que no chupaba ni lamía un clítoris, cosa que en ocasiones me gusta tanto como meterme una buena polla en la boca y lamerla de arriba abajo. Recordé las dos veces en mi vida que había hecho un trío con otro hombre y una mujer y la idea de volver a tener esa experiencia se me quedó en la cabeza volviendo recurrentemente a menudo. Hasta me masturbé leyendo aquel relato que había escrito yo mismo sobre el día en que compartí mi mujer con un amigo suyo y a cambio yo disfruté de los dos.
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12- Tres en casa

Curiosamente, la primera vez que hice un trío fue con mi mujer actual en los primeros años de nuestra relación, cuando ella era muy activa sexualmente y lo probábamos todo.

En algunas ocasiones, después de algún polvo de los de la época, habíamos hablado de lo que se sentiría haciendo un trío y ambos decíamos que seguramente nos lo pasaríamos bien y después bromeábamos de si el tercero sería un hombre o una mujer.

Ella, riendo decía que con otra mujer, ya que en aquellos tiempos también era algo bisexual y yo, naturalmente, le decía que con otro hombre. Ella sabía de mis escarceos con hombres, pero lo había dejado cuando la conocí. Esa era la época en que hablábamos de nuestros deseos abiertamente y sin complejos. El tiempo y una enfermedad lo complicaron todo.
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Historia de unas duchas del gym

Todo empezó un martes normal de invierno, en el que yo como habitualmente por la tarde-noche iba al gym. Antes de seguir debo decir, que soy un chico joven, no atlético, pero si muy deportista, no soy un sex simbol, pero no me quejo, antes de tener novia, ligaba bastante.

Ese día en el gym, como en tantos otros, había unas mujeres tremendísimas, con sus mayas y sus top. Yo no soy de piedra y claro el nivel de calentón iba subiendo. Yo iba con unas calzonas holgadas y una camiseta de tirantes, asi que procuraba no pensar mucho en esas cosas para no pasar verguenza por una posible erección. Al terminar la sesión, estndo todo sudado, decidí ir a las duchas. Las duchas son habitáculos con puerta por lo que si no quieres nadie te ve desnudo.
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La sorpresa de mi jefe

Espero que les guste mi relato. Cualquier opinión, sugerencia, duda, comentario, etc pueden escribirme.

Me llamo Flor, tengo 20 años, soy de tez blanca, ojos grandes, cabello castaño y largo. Me gusta mi cuerpo, no es perfecto pero no es extraño descubrir a algún hombre observándome al caminar.

Desde hace poco tiempo trabajo en un restaurante donde asiste solo gente de alta sociedad, algunos amables y otros muy arrogantes pero a pesar de eso me gusta mi trabajo.

Mis gustos son especiales, es muy raro encontrar a un hombre que realmente llame mi atención en todos los aspectos, pero desde que estoy en este trabajo me he sentido atrapada en los ojos de mi jefe. ¡Él es un dios! Su nombre es Miguel. Alto, caucásico, con un cuerpo que muchos envidiarían y una cara de seductor que me vuelve loca. Siempre me trata con educación y ha reconocido mi buen trabajo, pero es muy serio y a veces frío por eso desde hace un tiempo había perdido las esperanzas de que se fijara en mí hasta que un día pasó lo increíble.
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Orgia a las afueras a de Londres

Carmen se había divorciado hacía dos años, era una mujer muy atractiva: pelo castaño, metro setenta y un cuerpo fibroso y atlético. Tenía un trabajo muy estresante y el divorcio había sido un verdadero palo en su vida, se sentía sola, perdida y ya no encontraba satisfacciones en lo profundo ni en lo banal. La perdida de la ilusión, saltarse las horas de la comida, llegar tarde a las reuniones, el estrés profesional y sentimental estaban siendo el camino hacia una profunda depresión. A pesar de la desesperación donde estaba cayendo se había refugiado en el deporte y en aficiones que mantenían su cuerpo absolutamente en forma, sexy y sugerente, fuerte. Carmen viajaba mucho por trabajo, siempre tomando aviones y durmiendo en solitarias habitaciones de lujosos hoteles para amanecer sola.

Pero una mañana, sin que ella supiera donde podía depararla el destino, se encontraba facturando sus maletas para su vuelo en primera Madrid-Londres. A su lado se encontraba una mujer rubia, unos diez años mayor que ella, con un aspecto elegante y original (abalorios de países orientales puestos de colgantes y pulseras, vestido estilo moro y hena en las manos). La mujer que estaba pendiente de conocer bien el horario se acercó a Carmen, que estaba cerca:
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El baño

Entro sigilosa en su habitación, me siento en la cama y la observo dormir. No me atrevo a ponerle una mano encima, necesito pedirle permiso a sus ojos abiertos. Así es que permanezco sentada a sus pies mirándole unos minutos, exalando deseo.

– ¡Buenos días perezosa. He traído unas rosas para el baño”.

El sol entra por la ventana mientras nos desnudamos para meternos en la bañera. Deshago sobre el agua las rosas que he cortado del jardín y los pétalos flotan entre nuestros cuerpos.

Me gusta contemplarla desnuda como una Venus impúdica, Ella no dice nada mientras la miro. Sólo sonríe traviesa y mientras me acaricia los pezones con sus delicadas manos, yo contemplo embelesada sus hoyuelos.
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