Dominadas por un negro

Soy Vanessa, una mujer de 35 años de edad. Actualmente soy divorciada y este es un punto clave en mi primer relato.

Cuando mi relación se acabó por completo me mudé con mi única hija a otra ciudad, cerca del Caribe. Quería olvidar mis problemas y trataba de que mi hija saliera adelante conmigo. Tuve a mi hija a los 16. Ella (Miranda) es muy jovencita tan solo 19 años de edad, tiene el cuerpo como yo en mis años mosos: Una estatura baja (1.62) un par de tetas no muy grandes pero que son nuestro mayor atractivo y un culo sensualón mas un tanto pequeño.
(más…)

Mi primer orgasmo

Desde que me divorcie mi vida ha dado un vuelco increíble, a veces las jaulas no son solo para las aves, muchas relaciones encierran a las personas y llega un punto en donde sino tienes los suficientes ovarios te quedas de por vida como he visto a mi madre y muchas amistades. Yo decidí ser libre.

Soy Ana y esta es mi historia.

Estuve casada por 5 años con William de 45 años, un hombre que ame con todo y sus defectos, al final odie hasta sus virtudes. Mi gran sueño fue hacer una familia pero él nunca pudo dármela, ya él tenía 2 hijos de otra relación pero conmigo solo eran excusas sobre excusas que alargaron todo esto demasiado tiempo sumado al mal sexo.

La felicidad en la relación se disipo, nuestras personalidades empezaron a chocar y por el bien de ambos, decidimos terminarlo antes que todo saliera verdaderamente mal.
(más…)

Las mejores vacaciones.

Todavía me parece un sueño a pesar de haber pasado más de seis meses de la última noche que pasamos juntos. Cenamos en casa, Salva parecía tenso y tal vez más atento que de costumbre, recogimos juntos la mesa, de vez un cuando me soltaba un beso o una palmada en el trasero… no niego que estaba encantada con todo aquello.

Nos sentamos en el salón a ver una película que no terminamos, metió su mano dentro de mis tetas sobándomelas estrujándolas y amasándolas, pinzando los pezones con sus dedos mientras que con la lengua exploraba cada milímetro de mi boca. Uuuuffffffff… no estaba así desde que éramos novios.
(más…)

Me enamoré de un negro

Soy Fe y tengo 31 años, castaña y resultona según me decían los chicos con los que había estado, una chica de su tiempo con sus problemas y alegrías como cualquier otra. Un trabajo poco o nada gratificante, los amigos con los que salir el fin de semana, mis padres y hermana a los que veía poco o nada, todos siempre más ocupados de lo que hubiésemos deseado.

De mediana estatura y unos 55 kg, tengo como digo una bonita melena castaña, corta y lisa que me cae sobre los hombros, pasando por la peluquería cuando necesita un pequeño corte. Pestañas largas y rizadas, ojos verdosos rasgados que el amplio flequillo cubre. Buen pecho y subido, piernas esbeltas y de recios glúteos apoyando un culo redondo y apetecible por como los hombres me lo miran. Bien tras la mínima presentación personal, paso a contarles la historia de aquella noche en que salí con amigos a cenar.

Era la primera vez que coincidíamos y me gustó nada más echarle el ojo encima. Era fuerte, varonil y muy masculino justo lo que siempre buscaba en mis posibles compañeros. Le conocí en una reunión de amigos comunes como muchas veces suelen suceder estos encuentros. En la cena nos sentábamos muy lejanos, tan lejanos como uno en una punta de la mesa y el otro en la otra pero ya fue suficiente como para poner en antecedentes a mi amiga Gloria con un insistente golpe de zapato en su pie, por debajo del blanco mantel que cubría la mesa. Gloria entendió enseguida mi insistencia, dedicándome una sonrisa de complicidad mientras hablábamos con Teresa de cualquier cosa sin importancia. Apenas dos o tres miradas fugaces al inicio de la cena y supe que sería suya sin remedio. Jimmy llevaba medio año en Barcelona procedente de su Londres natal, de donde había venido destinado por la compañía naviera en la que trabajaba. Acompañaba en la cena a Lisa y Alfredo, pareja desde hacía dos meses escasos y que trabajaban en el mismo departamento que el miembro de la cena hacia el que se centraba mi interés.

Mayor que yo, como de unos treinta y seis años, fuerte, musculoso y con la cabeza completamente rapada. Mirada profunda con la que te atravesaba, labios carnosos que daban ganas de probar y unas manos grandes y bien cuidadas tal como pude comprobar en el pub al que fuimos tras la cena. Las manos es lo que primero de un hombre en lo que fijo mi atención, luego en otras cosas claro está. En el pub pude hablar mucho más con él, cosa que deseaba fervientemente y más al ver lo mucho que teníamos en común. Gloria y Teresa a mi lado sin despegarse un solo instante, hablábamos los cuatro sentados junto a la barra descubriendo en Jimmy un hombre culto y con el que poder hablar de cualquier tema. Los viajes por medio mundo le habían acumulado muchas experiencias de las que echar mano. Las copas corrieron de su cuenta, tres vodkas con limón para nosotras mientras él tomaba un whisky con dos hielos.

Voz seductora y varonil nos tenía a las tres subyugadas con sus historias. Así se nos hizo la hora de cerrar, hablando y hablando de una cosa y otra. Ya en la calle, estuvimos aún media hora los doce reunidos en dos grupos charlando y alargando la noche como suele ser habitual en estos casos. Poco a poco la gente fue marchando, siendo los primeros Lisa y Alfredo a los que se les veía muy acaramelados y con ganas de seguir lo suyo en otro sitio mucho más íntimo. No tardamos en quedarnos solos los cuatro. Gloria y Teresa se morían de sueño pero allí permanecían, pues las tres habíamos ido en el coche de la primera. Por mi parte, no quería que la noche acabara nunca, allí cada vez más enfrascados los dos en una interminable conversación. En la calle había llovido por lo que, tras el ambiente caldeado del pafeto, se notaba frío y humedad. Jimmy me ofreció amablemente la americana tirándomela por encima de los hombros, a lo que respondí con una caída de ojos con la que imagino se lo decía todo.

No pensaba apartarme de aquel hombre aunque el mundo se viniera encima, así que no parábamos de hablar y hablar mientras mis amigas nos aguantaban con caras de abatimiento. Las tres y media y Gloria comentó finalmente de marchar a casa a lo que contesté diciendo que me quedaba un rato más con Jimmy, que pillaría algún taxi que pasara. Entonces fue cuando él tomó el testigo que esperaba, ofreciéndose a llevarme a casa con la mejor de sus sonrisas. Sonrisa que me atravesó de arriba abajo, dejándome aturdida con aquellos dientes tan blancos destacando en su rostro de piel tan oscura y fina. Gloria entendió al momento, guiñándome un ojo de forma disimulada antes de llevarse a Teresa con ella entre las protestas de esta.

Al fin los dos solos me dijo que tenía el coche cerca. Le acompañé sin decir palabra, siguiéndole como si los pies fuesen quienes me llevaran. Ya en el pequeño habitáculo del coche deportivo blanco de dos puertas y tras tirar el bolso en el asiento trasero, no aguantamos más las ganas que nos corrían por dentro. Empezamos a meternos mano a través de las ropas. Cayendo las manos del hombre sobre mí, nos abrazamos y acariciamos en el momento en que nos besábamos por vez primera. Un beso largo y sensual con el que me dejó sin respiración, hurgando con su lengua en el interior de la boca que dejé libre al abrir los labios. Tenía sus labios a escasa distancia y le sentía jadear por el deseo de algo más. Eso me excitó, sentirme deseada por Jimmy después de todo el rato que llevaba pensando en estar con él, en sentirme amada, abrazada, besada por aquellos grandes labios. Cogiéndome la cara entre las manos me besó suavemente, tomados los labios con los suyos dándome la lengua para que la probara. Recia, húmeda, áspera y raspándome en contacto con la mía que la abrazaba en un beso lleno de pasión e indicador de muchas cosas.

–          ¡Eres hermosa!

–          Gracias, no pensé que te fijaras en mí.

–          Bueno, durante la cena estábamos demasiado lejos. Luego fue más fácil poder hablar contigo y conocerte.

–          Yo también tenía ganas de conocerte más.

–          Lo sé, se notaba en tus miradas fugaces y mal disimuladas.

–          ¿Tanto se notaba?

–          Algo sí, pero no te preocupes por eso ahora.

Ahora fui yo la que se lanzó sobre su boca para dejar que me besara. Los dos pegados con las manos apoyadas en su camisa, dejándome besar entre constantes gemidos de entrega. Respondí a sus besos, irrumpiendo con la lengua sin pedir permiso en el interior de su boca que me supo fresca y cálida al tiempo. La lengua acariciando la suya mientras una sensación bien conocida me corría por dentro. Volviendo a gimotear, mordí levemente su labio inferior al notar las manos clavadas en mis muslos que la falda subida dejaba ver. Resultaba encantador para mí, un hombre maduro y con experiencia con el que pronto congeniar en busca de nuevos placeres. Las manos por encima del conjunto granate de cuero que me había puesto aquella noche, tan pronto sobre la cazadora y la blusa como bajando golosas a la falda. El muslo y las medias siguieron el mismo tratamiento produciéndome un escalofrío por todo el cuerpo.

–          ¡Espera, deja que me quite esto!

La cazadora siguió el mismo camino del bolso, encontrándome ahora mucho más cómoda al igual que Jimmy que ya estaba martirizándome el cuerpo con sus manos poderosas y de nervudos dedos. La blusa se hacía débil para detenerle, para detener el ataque desaforado tratando de encontrar mis pechos. Una vez más unimos las lenguas, los labios mezclando las salivas dentro de mi boca ávida de besos. Sus manos jugaban con mis caderas y muslos, bajando más allá hasta chocar con el culo que apretó entre los dedos, acariciándolo con desvergüenza. Enlazaba mi cintura llevándome contra él, dejándome sin respiración y cuanto más me apretaba más deseaba que lo hiciera. Me moría por ser acariciada, por sentirme suya, por los besos de aquel hombre que tanto me excitaba. Yo, sintiéndome muy perra y descarada, llevé la mano sobre el bulto duro y prominente que el pantalón de vestir ocultaba. Le acaricié masajeándolo arriba y abajo, pasando los dedos golosos y volviéndoselo a masajear haciéndole rabiar con ello al no tomarlo todavía, notándolo crecer imparable.

–          ¿Vamos a tu casa o a la mía?

–          Mejor a la tuya –me escuché responder con la voz entrecortada por la emoción que me dominaba.

Me gustó que fuera él quien lo preguntara, quien se mostrara deseoso de mí, de disfrutar de mi cuerpo que se deshacía como un azucarillo entre sus brazos. Entre débiles grititos dejé que me besara por última vez antes de recomponerme mínimamente sobre el asiento. Jimmy pisó el acelerador, empezando las luces de la ciudad a envolvernos entre el tráfico de la noche. Cada vez que su mano abandonaba el cambio de marchas, la hacía caer sobre mi muslo encantado de recibirle. Hablábamos sin saber muy bien de qué, mirándonos a los ojos con cada parada en un nuevo semáforo. La mano apretando firme la pierna por encima de la media. Respiraba inquieta, imaginé lo que me esperaba y noté las bragas húmedas con el fluir de mis jugos.

Nunca había estado con un hombre como aquel, negro y de piel tan oscura, aunque debo reconocer que era una idea que me daba morbo y me seducía enormemente. Cerré los ojos, aguantando el aliento con la mano subiéndome el muslo en busca de mi bien más preciado. Gemía y me quejaba esperando que el viaje a su casa llegara pronto, pero al tiempo murmurando exánime por el movimiento de sus dedos subiendo ya más de lo debido. En el siguiente semáforo nos besamos como desesperados, morreándonos y uniendo las lenguas mientras por abajo notaba la mano meterse bajo la braga, empezando a masturbarme arriba y abajo y adelante y atrás con el dedo ya dentro de mí. Mi respiración se hizo más profunda y acelerada. Fue algo rápido pero suficiente para hacerme correr, cayendo mi boca sobre el blanco de su camisa. Sollozaba, gemía una y otra vez entre el temblor de mis labios ensuciándole la camisa con el marrón opaco del carmín.

El claxon del coche de atrás nos hizo separar, acelerando Jimmy al pisar el pedal con perseverancia. Por mi parte me costó recuperarme de ese primer orgasmo, estaba tan excitada que me tomó por sorpresa sin esperarlo tan pronto. Sentada de forma adecuada, lo sinuoso de mi figura respondió destensándose, aflojando los miembros tras el placer obtenido. Sonreí como una tonta, volviendo a sollozar al mirarle agradecida. Se le veía inmerso ahora en la conducción, como olvidado de mí por completo. Acelerando para avanzar al taxi que se encontraba a nuestro lado, pasamos un cruce de calles, otro y otro más sin decir palabra.

Por fin llegamos a su casa, realmente lo estaba apeteciendo. Un pequeño estudio por encima de la plaza Molina, en la parte alta de Barcelona cuyo alquiler corría a cargo de la empresa según me dijo. Pero antes habíamos seguido con lo nuestro, comiéndonos las bocas en el trayecto en que el ascensor nos llevaba al rellano de la última planta. La estancia se encontró en una tímida penumbra, una vez pulsó el interruptor de la pared haciendo encender las bombillas tipo Led del techo. Un ático abuhardillado de apenas 40 m2, insonorizado y de amplios ventanales dando al Tibidabo. Cocina americana, un baño minúsculo con ducha, lavadora, aire acondicionado y calefacción es lo que descubrí en un primer vistazo. En el mismo predominaban los tonos neutros, blancos y grises en las paredes mezclados con el negro de los muebles y el amarillo apagado del amplio sofá de dos plazas. Me dejé llevar a través del parquet que crepitaba resonando con las pisadas de mis zapatos.

–          ¿Te gusta? –me preguntó todavía unidos por las manos.

–          Me gusta sí, es pequeño y acogedor –dije quedando separados al ir Jimmy a encender la calefacción.

–          Está frío, dejemos que se acondicione.

Una vez vuelto hacia mí, fui yo quien me lancé sobre él no dándole opción a la respuesta. El poder de sus manos me recibió, tomándome firmemente de las caderas al caer en un nuevo beso húmedo y apasionado. Mucho más alto que yo que era más pequeña y menuda, me envolvió con sus brazos quedando abrazados con fuerza el uno contra el otro. Me pegué más a él si eso era ya posible, me moría porque me hiciera suya y por comérmelo entero. Le necesitaba, le deseaba sobre mí y que me hiciera el amor hasta acabar rendidos uno en brazos del otro. Suspiré y la respiración se me puso a mil por hora, estaba receptiva y muy sensitiva a sus caricias.

Cogida de las caderas sentí su bulto en el vientre y eso me hizo suspirar aún más, elevada sobre los pies para besarle comiéndole la boca. Separados brevemente, sonreímos ambos sabiendo bien lo que queríamos. Volvió a acercarse sin quitar las manos de mis caderas y me besó con suavidad y ternura, besándome de forma sensual y haciendo el momento mágico para mí. Le recibí del mismo modo, entreabriendo los labios para que la lengua se mezclara con la mía. Me besó con fragilidad y dulzura lo que me sorprendió un tanto, un hombre tan enorme y que me tratara de aquel modo me encantó debo reconocerlo. Gemí muy despacio, controlándome con dificultad para no gritar mi placer y el gusto de estar así tan unidos en el silencio de su pequeño apartamento. Las piernas me temblaban, parecían perder sus fuerzas costándome horrores mantenerme en pie. Me sentía fascinada envuelta bajo su cuerpo, en esos instantes no podía ni quería pensar en nada.

–          ¿Te encuentras bien? –le escuché decirme muy cerca de mí, susurrándome al oído sus palabras.

–          En la gloria… me gustaría que esto no acabara nunca.

–          Podemos hacer que dure todo lo que queramos…

–          ¿Lo dices en serio?

–          Bueno somos dueños de nuestros actos, ¿no crees?

–          ¿Quieres decir que te gustaría que saliéramos juntos? ¿eso es lo que quieres decir? –pregunté una segunda vez con evidente impaciencia.

–          Siempre que tú lo quieras Fe pero sí me gustaría conocerte más.

–          ¿Conocerme más cómo cuánto?

–          Hasta donde me dejes preciosa –respondió con rapidez y seguridad.

Nos besamos una vez más probando los húmedos y carnosos labios del macho al que me entregaba. Me había gustado su respuesta segura y firme y yo, mientras me dejaba envolver por la vorágine de los besos, empecé a pensar en la posibilidad de algo más serio junto a él. No sonaba mal la verdad, disfrutar de su compañía todo el tiempo que fuera posible sin compromisos ni preocupaciones por el momento. El hombre comenzó a sobarme los pechos por encima de la blusa mientras nos besábamos, abrazándole por la espalda hasta llevar las manos a su redondo y duro culo. Nos besamos, las manos en su cuello y luego en el pecho mientras jugueteábamos con las lenguas de manera perversa. Poco a poco me fue desnudando, despojándome de la cazadora y soltando uno a uno los botones de la blusa hasta acabar los dos ayudando a hacerla desaparecer.

Jimmy observó mis pechos cubiertos por el sujetador color azul eléctrico de delicado encaje. Se oprimió los labios sin decir palabra, los ojos clavados en mis senos que asomaban tímidamente por encima de la prenda. Bajando la cremallera lateral del mismo modo premioso, la falda resbaló piernas abajo hasta acabar hecha un gurruño alrededor de los mocasines planos tipo masculino que aún no me había quitado. Levanté una pierna para sacar el pie con feminidad y con la otra tiré la prenda a un lado sin importarme donde iba a parar. Solo me importaban sus besos y caricias cada vez más encendidos. De momento no quiso seguir más, dejándome todavía con el sujetador y la mini braga puestos.

–          Eres preciosa –exclamó sin poder evitar la desazón que sentía.

–          Gracias, tú también eres hermoso –respondí buscando producir efecto en él.

El resultado fue el deseado, pues al momento lo tuve sobre mí besándome y pasando la lengua por encima del bronceado de mi piel. Gemí divertida tratando de separarlo, lo que no logré tan entusiasmado se veía. Ahora suspiré de forma sonora al hacerme girar de espaldas a él, dejando los pechos al aire que apretó con desvergüenza entre los dedos. Bajo su dominio, notaba los pezones durísimos y erguidos, las tetas hinchadas y redondas que sus manos masajeaban. El cálido aliento en la nuca y el cuello mientras las manos acariciaban mis tetas, bajando una de ellas por la barriga hasta alcanzar la prenda que me ocultaba. La metió por debajo atrapando mi sexo hecho un mar de jugos.

Me apreté a mi hombre, echándome atrás para sentir su torso pegado a la espalda. Me besaba de forma delicada, sus labios tan masculinos corriéndome la nuca, el cuello y también el hombro desnudo. Gimoteé como una niña atrapada en falta, me sentía tan diminuta bajo su peso que no pude más que cerrar los ojos y abandonarme a sus caricias. La mano experta me acariciaba, pasando y repasando por encima de la raja para terminar entrando dos de sus dedos en el interior de mi vagina. Aguanté la respiración como buenamente pude, tirando el culo atrás para comprobar lo muy cachondo que estaba. Su forma abultada aumentaba de forma escandalosa tras de mí. Con urgencia busqué con la mano el botón del pantalón para soltarlo. La cremallera fue después, bajándola de forma hábil entre los dedos. Él mismo se despojó del slip de forma brusca para dejarme el camino libre.

–          Ufffff cariño, ámame… ámame lo deseo.

–          ¿Estás excitada? –preguntó con tono juguetón al hurgar con los dedos entre los labios.

–          Sigue, sigue… me tienes muy cachonda.

Alcancé su pene al fin y lo cierto es que no podía abarcarlo con la mano. Se lo toqué, palpándolo interesada y enseguida empecé a acariciarle suavemente moviendo los dedos arriba y abajo, pajeándole y notando como aquello no paraba de crecer, duro, salvaje, creciendo más y más con el roce de mis dedos. Volviendo la cara dejé que me besara, la lengua dentro de mi boca hasta el final. Gimiendo, sollozando muy débilmente y recibiendo sus lametones y besos en la oreja que llenó de babas. Agarrándole ahora con la mano entera, le apreté hecha un mar de nervios al notar su miembro cada vez más grande. Y mientras, la mano de dedos largos me trabajaba bajo la braga provocándome jadeos de puro goce. Le pedí que siguiera con aquello, masturbándome con la mano, bien cogida del pecho para que no escapara. Los dedos resbalaban entre mis pliegues, follándome adentro y afuera y a buen ritmo, soportando su peso de macho adulto conocedor de los placeres del sexo. Cerraba los ojos gozando sus caricias, el contacto  tan pronto lento como mucho más rápido que me prodigaba, acariciando el diminuto botón hasta hacerme correr un escalofrío por todo el cuerpo que me hizo caer rendida hacia delante. Me corrí por segunda vez avisándole de ello entre gritos y palabras desconsoladas.

–          ¡Me voy cariño, me voy… bufffffff sigue, sigue acariciándome… fóllame, fó… llame… me voy, me voyyyyyyy!

Como digo caí rendida hacia delante y seguro que hubiera caído mucho más si no me hubiese tenido Jimmy bien enlazada por la cintura. Bufé, gemí dichosa elevándome hacia atrás para que me besara, la respiración ardiente sobre la nuca y el cuello, besándome luego la parte alta de la espalda con dulzura infinita. Gemí ronroneando mimosa al abrir los ojos mientras volvía poco a poco a la realidad que me rodeaba. Y esa realidad era Jimmy y sus manos en mis caderas, refregándose contra mis nalgas dándome a sentir su sexualidad excitada.

–          Vamos pequeña, ahora te toca a ti. Dame placer Fe –le oí susurrarme junto al oído, su voz temblorosa por la pasión.

Me giré para besarle una vez más, las lenguas luchando entre ellas en un combate agradable que paso a paso fue tomando tintes más feroces. Le daba la lengua de forma procaz para que la rozara, me encantaba hacer eso. Su boca buscaba la mía, penetrando la lengua hasta el fondo de mi garganta. Era tanto lo que me atraía que sentí crecer mi humedad entre las piernas, no podía pararlo, la vagina mojada contrayéndose independiente para la deseada penetración. Pero antes deseaba otra cosa.

Alargando la mano acaricíé su cosa, gimiendo Jimmy con cada pequeño roce que le dedicaba. Le besé el cuello en un instante de locura. Luego y sin dejar de mirarle, los ojos fijos en su oscura mirada, fui bajando acompañando la acción de mis dedos soltándole los botones de la camisa. Según la iba abriendo, iba bajando por su torso depilado, lamiéndolo y besándolo al dejar correr la lengua y los labios por su piel tan negra y tersa. Jugué con sus pezones, lamiéndolos, chupándolos y succionando de ellos disfrutando mi labor al oírle suspirar inquieto. Los pezones se le pusieron duros y eso me animó, subiendo y bajando las manos a lo largo del torso. Olía bien, fresco y masculino, olor a macho y tuve que cerrar los ojos aspirando su aroma. Bajé muy lentamente como queriendo retrasar el momento. El hombre se deshizo de la camisa y entonces le comí la barriga, los músculos bien cuidados antes de quedar arrodillada ante la imponente erección.

–          ¿Todo eso es tuyo?

–          ¿Tú que crees? –exclamó con una media sonrisa consciente de su poder.

–          Es enorme –solo pude decir.

–          Lo sé pequeña, a todas os gusta.

–          ¿Pu… puedo tocarla?

Sin responder la arrimó a mí dejándola caer a solo unos centímetros de mi cara. Con interés me acerqué a él, la mirada clavada en su sexo que estaba muy excitado y ciertamente resultaba enorme. Enorme, caído hacia abajo por su peso, negro muy negro y totalmente descapullado, el glande se veía brillante por los primeros líquidos. Me hice dueña del pene y bien sujeto entre los dedos, lo llevé a su vientre viéndole las bolsas de los testículos duras y cargadas de líquido seminal, el que luego me comería. Sin dejarlo, la mano quedó sobre el horrible animal masajeándolo arriba y abajo, masturbándole imagino con la lujuria reflejada en mis ojos. ¡Dios, qué ganas tenía de él, de metérmelo en la boca y chuparlo, se me hacía la boca agua solo de pensarlo y el chirri ya ni os cuento!

El miembro respondía a mis cuidados como no podía ser de otro modo, estirándose soberbio y teniendo que sujetarlo con fuerza contra el vientre. Entonces lo solté y exclamando admirada lo vi saltar hacia delante, curvado y apuntando al techo. Mucho había oído de los machos negros y su tremenda virilidad. Algo que escuchas y a lo que no haces mucho caso viéndolo como algo lejano y poco probable. Sin embargo, allí le tenía para mi sola, un macho mayor que yo, bien conocedor de los placeres que el sexo puede ofrecer. Me notaba completamente mojada entre las piernas, un caudal me corría entre ellas imaginando todo lo que podía llegar a hacerme.

A la altura de su sexo, posé los labios sobre el negro falo besándolo levemente a lo largo del mismo. Por encima haciéndolo palpitar con el suave roce de mis labios, sin atreverme todavía a nada más. ¡Era tan grande que me tenía completamente cautivada! Un pequeño beso le obsequié, gimiendo él como un bendito. Moviendo la mano adelante y atrás comprobaba su respuesta, excitado como no podía ser de otro modo. Mis dedos se deslizaban por todo el pene, costándome horrores atraparlo pero sabiendo el modo de ofrecerle el mejor placer. Sin prisas, tomándome mi tiempo, haciéndome al grosor de aquella carnosa herramienta. La cabeza hinchada aparecía orgullosa y horrible, apuntando arriba con el lento masaje de mis dedos. No pude aguantar y me dirigí a por sus colgantes, lamiéndolos para subir lentamente por todo el tronco pasándole la lengua. Notaba su piel suave y sin vello y eso, junto a sus palabras, me animó a continuar.

–          Vamos pequeña, chúpamela –su tono turbio mostraba lo que necesitaba.

–          Es demasiado grande, me da temor.

–          Tranquila, verás que pronto te acostumbrarás a ella.

No quedé muy convencida pero al tiempo algo me llevaba a seguir. Volví a lamérsela, lengüeteando por encima con lentitud extrema. Me gustaba verle, su rostro forzado en una mueca de alivio, respirando agitado con el simple roce que le ofrecía. Abriendo la boca, envolví el grueso glande chupándolo suavemente para sacarlo de nuevo. Y una vez más la lengua de abajo arriba, tomando poco a poco mayor determinación. Lo empecé a devorar suavemente. Los labios sobre el glande, lamiéndolo y chupándolo para abrir la boca metiéndomelo sin reservas. Disfrutaba viéndole gozar, sin apartar un solo segundo la mirada de sus oscuros ojos entrecerrados.

Cogiéndole la polla comencé a comérsela como mejor supe. Demasiado grande para mi pobre boquita, la sacaba y la metía no más de la mitad aunque poco a poco fui ganando en confianza. ¡Menuda herramienta tenía el mandingo aquel… apenas podía con ella! Me ahogaba llenándome la boca pero cuánto más me ahogaba, más chupaba y me la metía. La devoraba con suavidad, gustándome tremendamente lo que hacía. Adentro y afuera y cada vez más trozo de carne, llenando la boca hasta quedar sin respiración. Tuve que sacarla para tomar nuevas fuerzas. Escupiendo sobre ella dejé correr la saliva, moviendo los dedos con rapidez. Tragándolo hambrienta quise hacerlo mío, comenzando a chupar y succionar a buen ritmo. Cerré los ojos concentrada en el juguete, aguantando el aliento para poder tenerla más rato en la boca. Así me fui acomodando al grosor del negro monolito.

–          Bien, bien… ¿ves cómo era fácil? –las rodillas se le doblaban y las manos acariciaban mi cabello ayudando al movimiento adelante y atrás de mi cabeza.

–          ¡Me encantaaaa! –lamía y chupaba sin descanso, metiéndolo y sacándolo brillante de mis babas.

–          ¡Oh dios, eres buena pequeña!

Con la mano le masturbaba acompañando el chupar de mis labios. Deprisa y despacio según le escuchaba gemir con el juego de mi lengua. La pasaba por encima, rozando apenas el inflamado capuchón que respondía elevándose con altivez. No paraba de succionar, chupar y lamer aficionada a la tarea. Las babas colgaban del glande a mi boca con cada separación, pero enseguida volvía a meterla comiéndome con avidez el sexo que tanto me enloquecía.

–          La quiero, la quiero… dios es tan grande.

–          Sí pequeña sí, chupa chupa así, lo haces muy bien.

Que me dijera eso me enloquecía aún más, continuando sin parar ahogándome con la negra barra. Unos segundos de descanso para mi hombre y allí la tenía entre los dedos imponente y firme. Tras un tímido golpe de lengua, aproveché para pasarla por los labios al sonreírle con malicia. La mano dándole placer para enseguida darle relevo los labios, chupándole los huevos con fruición. Me relamía de gusto, no podía desear más que tener aquel poderoso compañero solo para mí. Cogiéndome la cabeza, Jimmy me echó hacia su miembro haciéndome recibirlo entre los labios. Me folló la boca obligándome a tragar un gran trozo de polla, empujando con violencia hasta que juro que me atraganté. La sacaba, la metía, follándome sin respiro, lamiéndola, mordiéndola, dándole besitos lo poco que me dejaba. ¡Menudo bestia, al parecer se había animado y ya no quería dejarme! Estuvimos de ese modo un buen rato, me encantaba disfrutar de semejante espécimen, qué rico.

Le dejé descansar un rato para ser ahora él quien me diese la caña que necesitaba. Quería que me comiera el coño y así se lo hice saber quedando en el suelo con las piernas elevadas, abierta de patas en espera de que hiciera algo conmigo. Cómemelo anda –le pedí pasándome los dedos por encima del coñito. Quise descalzarme pero no me dejó parándome con sus manos.

–          No por favor, no te los quites.

–          ¿Cómo dices?

–          No te los quites, me gusta verte con ellos puestos. Te hacen más atractiva y sensual.

¿Así que era fetichista? –pensé para mí mientras le sonreía al llevar la mano pierna abajo rozando la tela de la media. Con eso pretendía excitarle aún más. Lo conseguí por cómo me miraba y el bulto que mostraba. Haciéndome tumbar quedé con las piernas dobladas, cayendo él sobre mí para besarme de manera deliciosa, la lengua abriéndome los labios para que la tomara. Un beso suave y tierno que me llevó al delirio, temblando toda bajo el poder de sus manos. Apoyadas en mi cuello, las bajó a los pechos y luego por los costados mientras con la lengua recorría entre mis tetas sacándome un lamento de emoción. Me acarició los costados, las caderas y los glúteos apoderándose de mi trasero. De costado y con la pierna levantada, mi mano atrapó la suya incitándole a seguir por encima del culo. ¡Ummmmm sí, tocámelo así! Con la otra le masturbaba al tiempo que seguíamos besándonos muy suavemente. En silencio le atraje para quedar sentados el uno frente al otro.

–          ¡Me encanta tu polla!

–          ¿Te gusta pequeña?

–          Es inmensa –volví a reconocer, la voz ronca por el temor que me producía.

–          Acaríciala Fe, dame placer cariño.

–          Ufffff, es tan grande que no puedo con ella.

–          Tranquila, sigamos con otra cosa. Ven, échate atrás –me pidió ayudando yo a quedar doblada, abierta de patas y con los codos apoyados en el suelo.

Así me encontraba perfecta para lo que sabía me iba a hacer. Acercándose a mí tan grande como era, le vi meter la cabeza entre mis piernas en busca de su regalo. Noté el aliento lanzándome su calor al soplar encima. Con la braga a un lado, le dio un beso para enseguida comenzar a chupar muy lentamente, pasando la lengua y arrancándome un primer gemido. Uffff, notaba el roce cálido y sensual tratando de abrir los labios abultados. Aquel rostro tan bello y hermoso entre mis piernas, lamiéndome y chupando me volvía loca, gimiendo y sollozando como una perra sedienta de más. Los gemidos sonaban leves en la habitación, como en un susurro, los ojos cerrados por un placer tenue y delicado. Los labios apoderados de la rajilla, abriéndola a los lados con los dedos para poder ver la carnosidad de la vulva. Volvió a meterse atacando con los labios y la lengua, envolviendo mi intimidad hasta producirme un sollozo más profundo. Comenzó ahora a mover la lengua con rapidez por encima de la raja, arriba y abajo y metiéndola entre los pliegues. Movía la lengua como un dios, adentro y afuera, follándome lo que podía, el calor de su boca mezclado con mis jugos que bebía sorbiendo una y otra vez.

–          ¡Más, más… chúpame el clítoris, me tienes ardiendo!

–          Ummmmm –fue su única respuesta a mi súplica mientras con la lengua me devoraba entera.

–          Bien, muy bien… qué maravilla mi amor.

Desde mi posición podía ver perfectamente la limpieza de bajos que me daba. Caí hacía atrás gruñendo de satisfacción. Dejó resbalar la saliva por mi sexo, humedeciéndolo luego con la lengua para esparcirla. Ummmmm, me sentía en la gloria, aguantando la respiración con los nervios a flor de piel, sonriente como una boba al gimotear demostrando como me encontraba. Y la lengua malvada continuaba su tarea, lamiendo entre mis paredes, chupando, rozando el clítoris con las yemas de los dedos y succionándolo después, escarbando en busca de mi más íntimo rincón. ¡Qué cabrón, qué bien lo hacía!

Grité sin poder soportar tanta tensión, los labios apretados para acallar el placer que me corría entre las piernas, un placer cálido hecho fuego con cada nuevo roce. Jimmy rozaba los pelillos del pubis con la nariz mientras con la lengua seguía y seguía martirizándome sin darme un segundo de respiro. Yo me removía, golpeando la pelvis contra su cara, ayudando en la follada que me ofrecía. Besaba la raja, uno y mil besos saboreando el apetitoso néctar. Con las manos le apretaba contra mí, estremecida sin querer que saliera y jadeando descontrolada. Así me fui en un orgasmo largo e interminable que pronto se convirtió en un segundo, las piernas cruzadas tras su cabeza haciéndole entrega de todo un caudal de efluvios que atrapó complacido.

Pero pese a mi total derrota y al estado en que me encontraba Jimmy siguió y siguió succionando con mi total colaboración, estimulándole con mis gritos y lamentos a continuar, no quería que acabara nunca. De nuevo la cabeza atrás, el cerebro me daba vueltas agarrada allí donde podía, las uñas rascando el frío suelo en busca de alivio. Con los dedos me acariciaba, pasándolos arriba y abajo y también en pequeños círculos haciendo mi deseo aún mayor. Gemidos y grititos de emoción, abriendo más las piernas, echándolas arriba y diciéndole que volviera a comérmelo. Esa lengua me hacía rabiar cada vez que la notaba en mi coñito. Humedeciéndose un dedo con lascivia, lo metió con suavidad entre las paredes de la vagina. Así me empezó a follar mientras con la lengua lamía muy lentamente la sensibilidad del clítoris.

–          ¡Oh dios, qué bueno… sigue, sigue ufffffff!

–          Estás muy buena nena.

Gruñendo entregado a su labor, dos de sus dedos fueron el azote con el que maltratar mi sexo delicado y deseoso de continuar. Sonriente aprobé zalamera sin decir palabra. Me sentía tan débil que no podía hablar ni moverme, solo disfrutar lo que me hiciera. En Jimmy empezaba a descubrir un magnífico amante, tierno y considerado en sus caricias. Entre los vellos rizados su nariz se entretenía, raspando el interior de mi vagina con la lengua al succionar la vulva lubricada. Paró de repente haciéndome chillar al darme un cachete en la nalga.

–          Eres una guarrilla, me gustas.

–          ¿Cómo dices? –pregunté un tanto sorprendida por su observación.

–          Oh, no te ofendas. Sólo es que me encanta verte tan entregada y débil.

–          No no, no me molestó lo que dijiste. Está bien… sigue y no pares joder.

–          ¿Quieres seguir?

–          Claro, ¿tú no?

–          Claro que sí pequeña… vamos al dormitorio, dame la mano –dijo brillándole los ojos de un modo inconfundible.

En brazos me llevó a la pequeña buhardilla en la que se hallaba una cama de mediano tamaño, suficiente para lo que queríamos. Yo gemía, los brazos alrededor de su cuello mientras le comía la boca. Tumbada en la cama boca arriba me besó las piernas. De los muslos pasó a rodear las rodillas para bajar de forma delicada hasta alcanzarme los pies que chupó y lamió entre mis grititos satisfechos.

–          Por favor, fóllame…

–          ¿Sí?

No quise ponerle goma, quería sentirle en su total masculinidad, sentir su carne corriéndome por dentro. Al borde de la cama, con las piernas abiertas y una de ellas colgando cogió su miembro para pasarlo por encima, rozando la cabeza la húmeda entrada. Le miraba implorante, reclamando quejosa que lo hiciera. No podía soportar la espera, tenerle ahí tan cerca esperando que me follara. Jimmy volvió a pasarla y entonces empujé el vientre hacia él tratando de que me penetrara, cosa que lastimosamente no conseguí. Haciéndome con urgencia con su sexo, con la mano lo llevé a mi coñito tragón. Quería tenerlo dentro, saborearlo hasta el final dándome placer. Al fin me penetró lo cual resultó más fácil de lo que esperaba. Como un milagro, la vulva se abrió absorbiendo el glande rosado y agitado. Gemí divertida viendo su pene entrar centímetro a centímetro hasta la mitad. Gemí nuevamente, cerrando los ojos al disfrutar la unión que formábamos. Levantándome la pierna la colocó en su hombro, al tiempo que la mano me tomaba del muslo. Empezó a moverse muy lentamente, gimoteando yo lastimera al notar mis paredes abrirse bajo el empuje de su dura herramienta.

–          ¡Dios, qué bueno… te siento, te siento todo dentro de mí!

Él entraba y salía despacio, moviéndose adelante y atrás para que me fuera haciendo a su cosa. Horrible, enorme, muy dura pero con la que me encontraba en la gloria, allí tumbada recibiéndole con agrado. La polla entraba cada vez más con cada nuevo golpe de riñones. Siguió empujando hasta meterse casi entero, mi pobre coñito lo estaba consiguiendo abrazando a su poderoso contrincante de manera amable. Me excité muchísimo con el movimiento acompasado que llevábamos, adelante y atrás y cerrando y abriendo los ojos al notarme llena de él. De pronto me penetró de un solo golpe y hasta el final. Grité de dolor y placer y Jimmy salió, dejándome la mitad al quedar quieto en mi interior. Aguantamos de ese modo, gritando y jadeando con el tremendo músculo parado y sin moverse. Con voz de niña mala le pedí que me follara, que la fuera metiendo y sacando. Evidentemente aceptó pero adoptando esta vez un ritmo más ágil y decidido. Se movía llevándome muy cerca del éxtasis, fuertes golpes con los que hacerme notar los huevos pegados, follándome rápido y haciéndome gritar y sollozar de emoción. Echado sobre mí y en posición del misionero, me atizaba con las piernas rodeándole para ayudar en el coito.

–          ¡Dame, dame con fuerza… fóllame mi amor, fóllame!

–          Sí nena sí, toma polla toma… ¿te gusta?

–          Sí me gusta… no te pares, no te pares vamos.

Las manos en su trasero los dos nos acoplábamos al ritmo de la jodienda, notando sus bufidos a mi lado para luego besarme de forma sensual jugando con las lenguas entre los jadeos que producíamos. Le mordí el labio haciéndole gritar y eso le animó a empujar con mayor virulencia, traspasándome hasta perder el aliento. Me dejaba sin respiración, aquella polla tan enorme y negra me dejaba completamente sin respiración cada vez que me la metía hasta lo más hondo de mi ser.

–          ¡Fuerte, fuerte sí… me voy cariño, me voyyyyy!

Me vine abrazada a él, el placer escapándome entre las piernas en un nuevo orgasmo mientras mi amante me seguía penetrando como si no escuchara mis palabras. Seguía y seguía penetrándome de manera insistente, volviendo a arrancarme lamentos de puro goce. ¡No podía creerlo, no podía creerlo… iba a correrme otra vez! Al fin paró, dándome un respiro al quedar apretados como si fuéramos uno solo. Yo sollozaba cansada por aquel polvo tan salvaje, agradecida entre los continuos suspiros que no podía dejar de emitir. Una vez más me había corrido y seguía gozando sin remedio, abriendo los ojos y encontrándome con el frío blanco del techo. Le pasé la mano por el hombro, apretándoselo con un cosquilleo de electricidad corriéndome el cuerpo. Los dos parados le pedí con un hilillo de voz que se moviera. Jimmy gruñó al removerse, comiéndome la oreja con sus labios ardientes. Salió, escapando el enorme animal de entre mis paredes irritadas. Cogiéndome la mano me ayudó a levantar para enseguida quedar a cuatro patas con el culo expuesto.

La mirada brillante del hombre cayó sobre mi culo elevado y redondo. Lo levanté aún más sabiéndome observada, sabía bien el poder que aquella parte de mi cuerpo tenía sobre ellos, toda una atracción incontrolable para cualquier hombre que lo tuviese delante. Y de ello me aprovechaba… Removiéndome ante él, le incité con el movimiento sensual de caderas hasta que se lanzó sobre mí chupando y besando una de las nalgas. Reí disfrutando su respuesta, era un macho tierno y delicado pero al tiempo con su puntillo descontrolado que me encantaba.

–          ¿Te gusta cariño?

–          Me gusta nena… tienes un culito precioso.

–          Gracias –respondí removiéndolo con descaro al tiempo que me lo mordía y besaba.

Abriéndolo con las manos noté su lengua buscarme el coño y el estrecho agujero. Me retorcí con el roce caliente en la oscura entrada. Jimmy se dedicó a lamer y chupar, tan pronto el coño como el anillo anal llenándomelos de su saliva, con lo que la caricia se hizo más ligera. En la posición en que estaba le mostré medio cachete, sintiéndome muy pérfida al ver el efecto que en él se daba. Callado me lo golpeó con saña, produciendo en mí grititos desconsolados pidiéndole continuamente que parara. Pero era solo una táctica para conseguir que los azotes se hicieran mucho más groseros, dejándome el trasero encarnado y dolorido. Sin cesar en su ataque, Jimmy me pellizcó el culo haciéndome gritar para caer sobre la cama atrapando la colcha entre los dientes. Una vez más me sorprendió su osadía…

Subiendo por mis sinuosas formas, besó la espalda provocándome un escalofrío por toda la figura. Pasó la lengua por el hueco hasta llegar a la nuca para volver a bajar muy lentamente, deteniéndose en la parte alta del culo. Su torso desnudo pegado a mí al agarrarme las tetas que apretó clavándoles los dedos. Me besó en la boca que le di girando la cabeza, de ahí recorrió el cuello, la nuca, el lóbulo de la oreja que chupó y lamió, suspirando y jadeando yo mientras metía la lengua. Las manos, mientras, acariciaban las tetas perdiéndose una de ellas en el calor de mi sexo.

–          Sigue, por favor sigue…

El miembro duro y firme se apretó a mí, haciéndomelo sentir entre los roces que producíamos. Nuevamente me entró, de momento sólo la cabeza que noté desgarrarme en toda su grandeza. Poco a poco, muy lentamente penetrándome con calma infinita. Tomada de las caderas y empujando centímetro a centímetro mientras yo me abría complacida para recibirle. Jimmy paraba cuando lo consideraba conveniente y echándose sobre mí acariciaba con los dedos la flor, sacándome gemidos ufanos que pronto se hicieron roncos. Se movió elevando su cadencia, tomando velocidad el mete y saca con la ayuda que mi culito le prestaba. Meneaba las caderas caprichosa, aceptando el eje con movimientos en círculos con los que darle mayor placer. Él lo agradecía follándome con nuevos bríos, gimoteando y gritando yo al caer hacia delante. Me daba y me daba tumbado sobre mí, cayendo con toda la fuerza de su peso al penetrarme sin descanso. Yo chillaba y chillaba y cuanto más chillaba más fuerte me daba. Un verdadero animal, un portento de la naturaleza era aquel adorable amante, aquella pareja a la que no pensaba dejar en mucho tiempo. Él era quien marcaba el ritmo que le interesaba, ahora rápido para enseguida hacerlo mucho más lento seguramente para retrasar el final. Yo acompañaba la copula permitiendo su empuje, cogida a la cama para soportar la cálida afrenta. De pronto me la introdujo toda, metiéndose hasta el final y creyendo morir, los ojos cerrados para abrirlos como platos al notarme empalada por aquella barra de carne. Volví a cerrarlos sintiendo perder la razón.

–          ¡Uffff para, para… dios, es tan grande… me llena toda amor!

–          Muévete nena, muévete… dame placer.

Nos movíamos al ritmo, empujando el uno y echándose el otro atrás para al momento cambiar los papeles. Nos entendíamos a la perfección, lo hacía bien y me daba un placer tremendo. Un mete y saca lento que iba ganando en velocidad según mis gemidos se hacían más sonoros. Jimmy se excitaba y me lo hacía pagar con creces, lo que yo reconocía con profundos suspiros de satisfacción. Me volvía loca, creía perder el sentido con aquella polla rebanándome las paredes con el apoyo de mi sexo lubricado. Jimmy me follaba cada vez más rápido al escuchar mis gritos de desesperación, ambos hablábamos de forma difusa y con dificultad sin saber muy bien lo que decíamos. Me encontraba en la gloria con la gran polla negra dentro de mí. Adentro y afuera, adentro y afuera… Los gemidos y gruñidos del hombre aumentaban de volumen, haciendo que los míos se hicieran mucho más notorios. Las fuertes manos me acariciaban las nalgas, subiendo a la cintura para tenerme bien enganchada por las caderas. Y así continuaba el folleteo frenético, entrando y saliendo una y otra vez tirándome hacia delante hasta dejarme sin aliento, derrotada una vez más entre las sábanas que ya habíamos deshecho. Él, experto en aquellas lides, sabía que iba a correrme, era difícil aguantar la pasión que me invadía.

–          Voy a correrme amor… córrete conmigo, vamos dámelo todo… lléname con tu leche caliente… la quierooooo.

–          Sí nena sí, muévete cariño… mueve ese culillo y hazme ir.

–          La quiero, la quiero toda diosssssssssssss.

Aumentó el ritmo hasta el infinito cerrando yo los ojos abatida, el aire fallándome de tan cachonda como estaba y las acometidas se hacían ahora violentas mientras por delante me masturbaba con sus diabólicos dedos buscando mi orgasmo que estaba a punto de llegarme. Quería que se corriera conmigo y así se lo hice saber, la cara echada a un lado soportando mi desazón.

–          Córrete nene, córrete… echámelo, no aguanto más.

–          Sí muévete, muévete… me corroooooo.

Se corrió furibundo y de forma abundante, saliendo de mí en el momento en que la leche saltaba por los aires llenándome el culo y la espalda, brotando descontrolada para caer sobre las limpias sábanas de un suave tono beige. Me agarré a ellas angustiada, sintiendo el orgasmo abandonarme en miles de estrellas que ocupaban la habitación con un resplandor que me cegaba. Estaba rendida. Los dos quietos, llevé la mano atrás para repartir con los dedos el semen blanquecino y viscoso. Con gesto vicioso probé el sabor amargo sin quitar la vista de la suya, sonriéndole con lujuria al lanzar un último jadeo satisfecho. Gemía, sollozaba, jadeaba entrecortada y derrotada sobre la cama y con el cuerpo masculino caído encima abrazándome por detrás al apoderarse de mis pechos.

–          Eres hermosa pequeña, fue un placer hacerte feliz.

–          Lo has hecho, lo has hecho te lo aseguro. Gracias.

He de reconocer que sentí un cosquilleo correrme el estómago al escuchar las palabras que me dedicó. Tumbado a mi lado le acaricié el miembro fláccido y cubierto de los líquidos de ambos, pasándole los dedos suavemente a lo largo del mismo. Exhaustos por el trabajo bien hecho nos dormimos entre mimos y ronroneos. Necesitábamos descansar.

……………………………………………………………………………………………

Al día siguiente:

–          Gloria, me he acostado con Jimmy.

–          ¿Qué dices? A ver explícame eso más despacio quieres.

–          Pues eso que me he acostado con Jimmy… y eso no es todo. Creo que me he enamorado de él.

–          ¿Quééééééééééééé? Pero si no le conoces de nada. Hija, tú debes estar loca –me gritó al otro lado de la línea telefónica.

Seguramente sí, debía estar loca por haberme acostado con aquel hombre al que apenas conocía. Pero las cosas del corazón todos sabemos que van por delante de las de la razón, así que solo pensaba en él, en volver a verle y disfrutar de su compañía. Me sentía cegada por Jimmy, no sabía lo que aquello podía durar, tal vez no mucho pero solo pensaba en gozar todo lo que el futuro nos pudiera ofrecer. Tiempo después y con la perspectiva que da el mismo digo que desde aquel día no le he soltado, manteniéndole a mi lado para disfrutar de sus besos, sus caricias y su compañía. Ahora somos pareja, me encuentro embarazada de mi primer hijo habiéndome convertido en la envidia de mis amigas.