Un día fuera de lo normal I

Diana es una supervisora de campo para un programa gubernamental, se dirige a la cita con el productor en turno, estaba ensimismada en sus pensamientos de lo que había pasado el día anterior, ¿el motivo? Una nueva discusión con su novio…pero presentemos a Diana De Anda, es una chica de veinte primaveras hermosa de piel blanca con el cabello castaño claro y de 1.70 mts. y con un cuerpo que para esa edad era digno de admirarse, todo en su lugar aunque sin nada que la hiciera parecer lo que no era, sencillamente era una hermosa chica de veinte años, desde siempre ha sido una chica muy reservada, desde la escuela no era otra cosa que ir de la casa a la escuela y viceversa y desde que estaba trabajando en esa oficina de gobierno era la misma cosa, tuvo algunos escarceos en su etapa de bachillerato pero le fue mal; alcanzó el puesto laboral gracias a un familiar y al explicarle de lo que se trataba el trabajo no tuvo el menor inconveniente de hacerlo cumplir, el supervisor se sorprendió que lo hiciera pues desde que la vio pensó que era una persona que iba a estar ese día y nada mas, pues era un trabajo que consistía en estar supervisando a trabajadores del campo en sus sembradíos cultivados con diferentes tipos de legumbres y así alcanzar una pequeña ayuda monetaria para así conservar los campos en producción y no que en un futuro se vendiera por lotes las hectáreas en dicha zona, pero como vio dicho supervisor Diana cumplía muy bien su labor, si bien era callada en su vida personal con dichos productores era muy atenta y servicial.
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El Sesentón me inició

Por aquel entonces vivía en una ciudad de la costa mediterránea y mis padres tenían una casa a unos 16 km, donde íbamos a pasar los fines de semana, el verano, las pascuas, etc. Aquella era una zona con casas diseminadas pero sin llegar a ser una urbanización, entre cultivos y pinadas.

Yo era bastante solitario y, por mi juventud, muy introvertido y tímido. Salía a pasear sólo por el campo y también por mí edad sólo pensaba en masturbarme. Me hice un rincón en una zona de pinos bastante escondido a pesar de que a unos 30 m. pasaba un camino. Allí me preparé mi rinconcito, sin pinchos ni hierbas que me molestaran y me iba de vez en cuando a pasar un buen rato. Me bajaba los pantalones y los calzoncillos, me sentaba o tumbaba y en calma me masturbaba, luego así semidesnudo me quedaba un rato relajado.

Aquella tarde de verano me había bajado el bañador hasta los tobillos, me subí la camiseta y tumbado iba haciendo que mi pene, poco a poco, se pusiese bien duro y erecto y me masturbaba con calidez.

De pronto oí unos ruidos y nada más abrir los ojos vi a aquel hombre. Me miraba con cierta sorpresa, yo me senté, recogí mis rodillas tapándome todo lo que pude. Me invadió una sensación inmensa de vergüenza.
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Fortuito

< -¿Me detuve a tiempo? Si. ¡Si!>

< -¿Me gusto? No... Obvio no... Claro que... claro que no.>

Habían saltado inquietas esas preguntas a su mente. Ya hacía rato que divagaba en aquello a causa de los eventos recientes.

Estaba junto a su esposo en aquella tarde de domingo. Parecía cualquier otra. Después de comer, estaban sentados en la sala. No se hablaban y no porque estuviesen enojados, es solo que cada quien estaba en lo suyo. El veía con atención “Los bloopers de la semana” de un programa cualquiera en la televisión. Ella tenía una revista en la mano, la hojeaba pero realmente no le prestaba mucha atención. Su mente obviamente se hallaba abducida al momento de los ‘por qué’.

Por qué se había sentido tan bien, tan entregada, tan libre de ser y hacer. Por qué esas sensaciones que su marido jamás le había regalado y que a Juventino le había bastado con tan solo tocarla.

< -¿Por qué el?> -su conciencia exigía una respuesta

Se rasco con suavidad la pierna izquierda para calmar una repentina comezón. Recordaba que tuvo, necesariamente, que darse un baño antes de acostarse al sentir reseca y pegajosa la piel de prácticamente todas sus piernas a causa de los sobajeos que le había regalado con la lengua su casi anciano vecino.

Pronto sonó el molesto y sonoro timbre de un celular. La cara de Fernando había dejado de ser de absoluta y burda alegría concentrada en la pantalla, a una de preocupante culpa o duda. Se puso rápido de pie y con la palma de su mano ocultaba la pantalla de ese insistente aparato que vibraba y, estentóreo, emitía el sonido agudo de alguna melodía.
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Entre la náusea y el placer: Don Gumaro.

Suena mi celular, me desperezo y lo alcanzo para revisarlo. Es un mensaje de Jessica, mi novia: “Hola, amor; espero no despertarte. Solamente para avisarte que estoy en el aeropuerto, si no hay contratiempos, esta noche estaremos juntas. Te amo”. Era uno de esos mensajes que no esperan respuesta, pero que son importantes. Mi respuesta por tanto, fue muy escueta. “Sí, me despertaste, bruja. Suerte en tu viaje. Te extraño, besos”.

Observo la hora, 5:45; sí, tengo el tiempo justo antes de entrar a la Universidad. Hoy es viernes, por fin acaba la semana, tendré un fin de semana bastante intenso, Jessica finalmente estará de regreso y como suele suceder, sé que buscará ponerse a mano luego de semana y media de abstinencia. Esperaba en el fondo de mi corazón que se hubiera abstenido, porque a decir verdad, estaba en todo su derecho de no hacerlo, y yo no tendría cara para reclamarle nada, puesto que yo no puedo abstenerme de tener sexo, estos días he recurrido a don Gumaro, quien se ha comportado a la altura, dentro de lo que cabe, pues a su edad no se le puede exigir demasiado.
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Gabriela… una adorable mujer casada 1

Gabriela caminaba de un lado a otro pensando que hacer, pensaba si estaba haciendo lo correcto.

Muy en el fondo sabía la respuesta, aunque las circunstancias fueran especiales no debería hacer lo que estaba por pasar.

Estaba a punto de salir con un hombre que no era su marido, sin embargo no lo traicionaría, eso jamás y menos con tan despreciable sujeto.

Rápidamente cogió el teléfono, deseando que no fuera demasiado tarde para cancelar aquella cita extramarital, argumentaría cualquier cosa, pero cuando comenzó a marcar las teclas escuchó sonar el timbre, se maldijo a si misma, había sido muy lenta.

Se preguntó si aun habría marcha atrás.
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Una bella y Normal mujer y su tío. Cap IV

La primera parte de este relato fue escrita por qazwsx1 y esta en la categoría “sexo con maduros”. Sin embargo, por problemas personales, él se vio impedido de continuar con la historia de Cristina y su Tío político, por lo que me pidió que redactara la segunda parte de esta historia, publicada y abandonada por mí hace mucho tiempo. Algunos autores propusieron algunas continuaciones; sin embargo, no quise dejar de compartir con ustedes la versión que siempre ha estado en mi cabeza y que ha alimentado mi morbo durante tanto tiempo.

Una bella y Normal mujer y su tío.

Cap. IV

Cristina nunca había tenido un hobby secreto. Secretos si, como lo que había compartido con Tío Antonio; pero no un hobby, no una “colección” de algo privado, de algo que solo ella conociera y recelara porque otros lo fueran a descubrir. En eso se había convertido su pequeño repertorio de películas morbosas. Todas descargadas de internet y seleccionadas con pinzas pues, para ser parte de aquel selecto grupo, Cris debía encontrar en ellas la chispa que despertara esas placenteras sensaciones. Para eso no bastaba con ver a parejas hermosas teniendo sexo desenfrenado, ni siquiera tremendos falos en pantalla penetrando incansablemente a mujerzuelas insaciables. No, nada de eso, lo que debían contener era una trama rebosante de morbo. Comenzar plantando una semilla de deseos incorrectos e inmorales, deseos prohibidos: hombres mayores deseando a mujeres jóvenes; deseos condenados por la sociedad como el hambre incestuosa que puede sentir un tío por una sobrina, un suegro por la esposa de su hijo; o nada más que un simple deseo de adulterio. Seguir regando este vil cultivo con alguna posibilidad de chantaje y poco evidentes avances; quizá divulgar aquellas corruptas intenciones, haciendo a la victima cómplice del mismo, pecando de ingenua o secretamente complaciente. Para terminar cosechando una obscena escena donde, sin importar las leyes éticas o civiles, aquellos bestiales apetitos se satisfacen con carne, con piel desnuda, tibia y húmeda de pasión; quizá no consentida en un principio pero finalmente agradecida por aquella víctima, que cede al placer del deseo irracional de un demente que piensa que nunca ha tenido, ni volverá a tener, un manjar tan increíblemente delicioso para saciar sus insanas e impuras fantasías.
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Emputeciendo a una jovencita

Hola, me presento, me llamo Carlos 36 años, soltero… Vivo solo en el centro de Madrid, y esta es una historia que me paso hace poco, sigue en curso la verdad, tras buscar ideas en los relatos de esta web me decidí a compartir mi historia.

Antes de que me salten encima los odiadores. SIiii, reeditado con correcciones básicamente de ortografía y alguna cosa que me chirriaba. Ah y si, por que así lo leen mas chicas, me alegra que los disfrutéis vosotros pero la verdades que los escribí para conocer mujeres morbosas

Como decía vivo en Madrid, en una zona tranquila conocida como ciudad universitaria, mi edificio tiene unas diez plantas y hay un poco de todo, familias y estudiantes en los apartamentos mas pequeños. Un día volviendo de trabajar vi un camión de mudanzas, un señor de traje cargaba con una caja bastante grande, al entrar en el portal tropezó, se hubiera dado un buen golpe si no fuera por que lo pare yo al ir delante de el. Se disculpo y yo le dije que no pasaba nada, al andar hacia el ascensor se dio cuenta de que se había echo daño en un tobillo, así que me ofrecí a llevarle la caja, subimos a su casa, era una de las mas grandes. Al llegar se sentó, el tobillo le dolía, no suelo ser muy sociable con los vecinos pero ese día me pillo de buenas así que termine acercándolo al Samur donde le pusieron una tobillera, el no paraba de agradecérmelo, me contó que se mudaban de valencia para que su hija pudiera estudiar en un colegio del Opus que había por la zona, el trabajaba en una gran empresa de ejecutivo. Nos despedimos y pensé que menuda perdida de tiempo.
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Vane sueña con que un viejo le azote el culo

Todas las noches los jóvenes de la urbanización de la playa en la que resido en verano se sientan apoyados en la valla de mi jardín y hablan y hablan sin parar, también beben y fuman y retozan. Ellos no me ven pero yo desde el otro lado de la pared les escucho. Los voy conociendo al dedillo. Me interesan las chicas, ¿lo comprendéis, no? Hace dos noches había tres que no callaban, estaban solas. Confidencias de mujeres, pensé. No perdí ripio, siempre es bueno estar informado.

—La Bea es una sosa –decía una.

—Y una morbosa –le respondía otra.

Aguce el oído porque coincido con esa Bea todos los días en el gimnasio y el baño turco de un hotel de lujo al que acudo a diario. Ella también tiene un abono.

—¿Morbosa? –intervino una tercera.

—Sí, sí. Le pone que le den arrimones en los transportes públicos y que los tíos mayores le digan barbaridades.

—Eso te ha dicho.

—Te lo juro. Es una tía rarísima.

—Si luego es más callada y parada que una muerta, no la he visto ligar en mi vida.

—Ya te digo: una morbosa. Se come el coco, me juego lo que quieras que está todo el día pensando en pollas.

—Ja, ja, ja, que bruta eres, Marivi.

—Ni bruta ni nada. La que seguro que tiene una polla en la frente es la viuda alemana. No has visto que todas las tardes se va a las dunas paseando y se sienta allí a mirar. Yo ya no voy con Luisma porque me corta.

—A mí me da igual que mire lo que quiera.

—La pobre está necesitada. Esa pasa más hambre que ninguna, si debe llevar más de diez años sin catarlo.

—No como la Vane, que se ha follado a todos.

—Pero está frustrada.

—¿Frustrada?

—Ya te digo. Esa sí que es rara. A mí me cuenta sus fantasías y me deja a cuadros.

—¿Qué fantasías?

—Le va el spanking.

—¿Y eso qué es?

—Que le den azotes en el culo.

—No me jodas.

—Dice que no parará hasta encontrar un padre de la urba que la azote, siempre que tenga una buena polla.

—Te toma el pelo. ¿Cómo va a querer montárselo con un viejo? Que le pida a uno de los chicos que la dé unos azotitos, jeje.

—No se fía de ellos, dice que son unos brutos y que no saben ni follar.

—Pues yo no me follo a un viejo ni aunque la tenga más gorda que un caballo.

Tomé nota mental de lo que decían. Un filón. Bea, la chica que va al gimnasio, es un yogurín, 19 años, rubita, un culito respingón y unas tetas pequeñitas. A mi edad, acabo de cumplir 57, me conformaba con mirarla. Me parecía inaccesible pero después de lo que he oído a estas chicas… Es bueno saber que le van los achuchones y que le digan barbaridades. Pues me va a oír. Se me ha puesto dura solo de pensarlo. Pero la que me pone a cien es la Vane. Menuda tía, la más buena de esa panda. Morena, alta (si debe medir 1,80), con medidas de modelo, unas tetas poderosas en punta y un culazo apretado. ¡Qué morbo darla una azotaina. Me he hecho una paja a su salud. Y si quiere una polla grande, la mía le vendría bien. Un pollón, os lo juro. La viuda alemana es otro estilo, una madura jamona de cincuenta años con un culo gordo para hacer guarrerías.

Me marqué a Bea como primer objetivo. Al día siguiente de la charla de las chicas en la valla de mi chalé me la tropecé en el gimnasio a las nueve de la mañana, le sonreí de oreja a oreja. No me hizo ni puto caso. Me dio igual. No separé mis ojos de su chochete y sus muslos. Se dio cuenta. Ese era mi objetivo, que vea que me la como con la mirada. Cuando acabé en el gimnasio me fui al vestuario, me puse un bañador, tipo braguita, muy ajustado, elegido para que se me marcase el paquete. Me metí un rato en el spa y esperé. Al poco tiempo apareció Bea camino del baño turco. La seguí. Recé para que no hubiera nadie. A esa hora suele estar solitario. Bea llevaba un tanguita que dejaba al descubierto los cachetes de su culo. Entró al baño turco y yo detrás. Se colocó sentada en un banco y yo en uno enfrente a unos dos metros de distancia. “Uff, como me he levantado hoy”, dije en voz alta mientras me acomodaba la polla. Ella hizo como si me ignorase. No me importó. Tenía mi plan, puse la toalla en el suelo a sus pies y me tumbé de espaldas, después empecé a mover la cintura de arriba a abajo de forma que mi tienda de campaña resaltase más. Bea no perdía detalles de mis movimientos. Dejé que la puntita de la polla se saliese un poquito por fuera de mi pantalón. “¿Te gusta?”, le pregunte. No respondió pero no dejó de mirar. “Te la puedo restregar por donde más te guste”. “Déjeme en paz”. Se levantó, cogió su toalla e hizo ademán de salir, pero se quedó muy quieta delante de mí. Yo me acerqué por detrás. Puse la polla contra su culito y se la restregué. Bajé de un tirón su tanguita y le coloqué la polla entre los carrillos de su culito. Delicioso. Ella, quieta, imperturbable, se dejaba hacer. La putada fue que escuché a alguien que se acercaba. Ella se separó y me dijo “hasta mañana”.

—Mañana más –le respondí antes de que saliese del baño turco—. Quiero meter mis dedos en tu chochito de putita.

Salió disparada y yo me quedé con cara de gilipollas. “Lo mismo esta tía se lo cuenta a su padre y encima me llevo un par de hostias”. Pero no se lo dijo. Me quedé salido como una mona y me puse a pensar en la Vane. Necesitaba su teléfono. Lo conseguí en el bar del pueblo en el que para esa pandilla de jovenzuelos. Le pedí su móvil a José Manuel, el chico que sirve las copas.

—Me he dejado el mío en casa y necesito hacer una llamada.

—No hay problemas, colega.

Diana. En su agenda estaban la Vane y su teléfono. Me lo aprendí. Cuando llegué a casa puse en práctica mi plan. Busqué un vídeo cortito de una sesión de spanking y se lo mandé por wasap desde un móvil que tengo para estas aventuras. Sólo le puse: “Se lo pasan bien, ¿eh, Vane?”. Yo también te tengo que dar un día de estos unos azotitos”. Me contestó inmediatamente:

—¿Quién eres?”—me preguntó.

—Pronto lo averiguarás. ¿Con qué prefieres los azotitos? ¿Con la mano, con una fusta, con la correa, con una raquetita? –volví a escribirle.

—Eres tonto –me puso.

Mi respuesta fue enviarle una foto de mi polla en erección.

—¿Y eso te gusta? –escribí.

—Bah. Te tiras en rollo. En internet hay muchas como esa. Seguro que no es real.

—Te la puedo enseñar cuando quieras, jeje, si te portas bien.

—¿Cuántos años tienes? ¿Eres de la zona?

—57 años y todos los días se me pone dura cuando te veo en la playa.

—Demasiado mayor.

—Más experiencia. ¿Por dónde vas a andar esta noche? –le pregunté.

—Iremos al anochecer a la cabalgata de moros y cristianos y acabaremos por el chiringuito de la playa.

—Lo mismo nos vemos. Prepara el culo que me voy a llevar la correa.

—Tú estás tonto.

Lo dejé ahí, pero al anochecer estaba ojo avizor en la cabalgata de moros y cristianos. Mucha gente, demasiada. Por la plaza no se podía ni andar. La pandilla de Bea y Vane estaba en los soportales. Cuando empezó el desfile estaban todos apelotonados. Me fui acercando a ellos. Bea me vio y se quedó mirándome muy fijamente. Pero no dijo nada. Había cinco o seis filas de personas apretujadas. Yo me fui situando cerca, muy cerca de Bea, soy un experto en colocarme bien –otro día os cuento mis aventuras en los transportes públicos—, conseguí ponerme a su lado. Detrás de mí, sólo la pared. Delante, Bea y una muralla de gente. Escuché a Vane que decía: “Esto es un rollo, no hay quien vea nada. Vámonos hacia la playa”. Los demás la siguieron. Yo susurrando le dije al oído a Bea: “Quédate aquí”. Entonces ella se dirigió a sus amigos: “Id vosotros que yo iré luego”. “¿Te van los moros o los cristianos?”, bromeó un larguirucho. “Ahí te quedas, te esperamos en el chiringuito”, le dijo la que se llamaba Mariví.

Bea se quedó muy quieta, yo apoyé mi mano en su cintura. Llevaba puesto un vestido playero amarillo muy corto, de tirantes. Dejé caer mi mano por su culito, se lo acaricié por encima del vestido. Ella miraba hacia delante como si estuviera atenta al desfile de tíos vestidos de moros y cristianos. Puse mi dedo corazón en su rabadilla, al mismo tiempo que comencé a meter mis piernas entre las dos suyas, de forma que mi muslo rozase con el suyo y empezase a notar mi polla erecta. Metí mi mano por debajo de su falda y acaricié sus nalgas por encima de las braguitas. Puse mi polla en medio de su culete, pero la tenía dentro de mi pantalón. Estaba deseando sacarla pero allí no podía ser. Noté que ella también apretaba con su culo hacia atrás. Puse mis labios en su cuello, le lamí con la lengua. Le dije al oído muy bajito: “Ya verás cuando te meta la lengua en el culo, ¿alguien te ha comido el culo, putita?”. Se volvió para mirarme y yo metí la mano entre sus bragas y le acaricié la raja del culo, mi dedo corazón se posó en su ano. Noté que suspiraba. “No, no, aquí no puede ser”, me dijo muy bajito. Mi polla estaba a punto de reventar. “Sal de aquí y vete hacia las dunas, te voy a follar como no lo ha hecho nadie”. “Dame tus bragas, putita”. “Estás loco”. “Dámelas”. Se las quitó con mucho disimulo y yo las metí en la mochila que llevaba a la espalda. “Así me gusta más”, le dije mientras la acariciaba su chochito. “Estás húmeda, putita”. Se dio la vuelta y se restregó contra mí. “Vamos”, le dije. Emprendimos el camino hacia las dunas. Ella iba delante y yo la seguía a muy poca distancia. Yo estaba muy cachondo. Nos acomodamos en una zona solitaria. Saqué una toalla de mi mochila y la extendí en el suelo. Hice a Bea tumbarse de espaldas. La quité el vestido. Sólo llevaba un sujetador minúsculo. Le bese el cuello, fui lamiéndola lentamente mientras con las manos amasaba sus pequeñas tetas. Tenía los pezones duros. Quería ponerla a mil, cachonda perdida.

—Primero te voy a comer el culo, voy a pasar mi lengua por tu espalda hasta llegar a tu rabadilla. Te voy a dar lametones en la raja del culo.

—Ay, ay, eres un guarro.

—Más de lo que te imaginas, putita.

Abrí los carrillos de su culito con mis manos, mis dedos hacían círculos en su ojete, muy suavemente.

—Primero te voy a meter la lengua y después la polla.

—Ay, ay, nadie me ha follado el culete.

Mi lengua saboreaba su culo, mi lengua hacía circulitos en su culito. La metía y la sacaba, la metía y la sacaba.

—Dime que eres una putita que está deseando que le coma el chocho.

—Sí, sí, por favor.

—Dímelo.

—Sí, sí, soy tu putita y quiero que me comas el chocho.

Estaba tumbado encima de ella con mi polla apuntando a su ano.

—Te la voy a meter un poquito por el culo, putita.

—Hazme lo que quieras.

Saqué un poco de vaselina que había traído para la ocasión y se la extendí con mi dedo.

—¿Qué es eso?

—Una cremita para que se entre más suavemente. Mientras le decía eso empecé a empujar con mi polla. Primero un poquito, después más y más. La hice ponerse de lado, ya con la polla metida hasta la mitad por su ojete mientras con la mano le acariciaba los labios vaginales y el clítoris. Estaba húmeda y cada vez más excitada. Yo metía sacaba la polla en su culito, primero lentamente y luego con más rapidez. Ella cogía mis manos y se las apretaba contra su chumino.

—Ay, ay, me poner loca.

—¿Quieres que te chupe ese chochazo? –le pregunté mientras con mi polla le taladraba el culo. Ella estaba cachondísima y yo enloquecido.

Y entonces me lo dijo.

—Sí, sí, me encanta que me comas entera, pero antes lo que más me gustaría es que me restregases ese pollón que tienes por todo el chocho, pero sin metérmela. Siempre he tenido la fantasía de que alguien me masturbase con un pollón como el tuyo, los chicos se corren enseguido.

Me lo dijo con una voz entrecortada y jadeante, que tuvo la virtud de ponerme más cachondo todavía. Saqué la polla de su culo, la di la vuelta y la puse en su chumino, con la punta apretando su clítoris. Ella dobló las piernas para tener más contactos. Moví la polla de arriba abajo por toda su raja, la moví como si fuera mi dedo corazón.

—Ay, sigue, sigue así, me pones loca, ay, ay, me estoy corriendo como nunca.

Yo movía mi polla con la mano, la introducía un poquito en su vagina, la llevaba hasta el culo, volvía a subirla, golpeaba en el clítoris. Seguí y seguí hasta que casi se le salieron los ojos de las órbitas.

—Ahora métemela ya, hijo de puta, y córrete.

Se la metí de un empujón. Mi polla era un hierro ardiente que llegaba hasta sus entrañas, mi excitación era máxima, galopé y galopé como un semental. Fue un polvo brutal. Pero no quise correrme dentro. La saqué y la hice que me la chuparas.

—Quiero que te comas toda la leche.

—No, no, eso no me gusta.

La agarré del pelo y puse su boca en mi polla palpitante. Chupo y chupo. Fue una corrida descomunal. Grabé la chupada y el espectacular final con mi teléfono móvil.

—¿Para qué has hecho eso?

—Quiero que lo vea una chica para que sepa lo que la espera. Esta noche no he acabado.

Bea se vistió como pudo y salió disparada hacia su casa. No le devolví sus braguitas. Lo que hice fue enviar a Vane la grabación de la chupada.

—¿Tú lo haces mejor, putita? —le pregunté.

—Ya te gustaría a ti que te la chupase —me respondió.

—Y a ti tener en el chocho una polla como esta.

—No está mal —reconoció.

—¿Estás en el chiringuito?

—Sí, con unos amigos.

—Pasaré por allí.

—No creo que a ellos les guste.

No le respondí. Media hora después estaba en la barra del chiringuito. Vi a la Vane sentada en una mesa con dos jovencitos. Parecían colocados los tres. Me senté en la mesa de al lado y pedí un gin tonic, lo mismo que parecían beber ellos.

—Si queréis una copa, yo invito. Hoy tengo un buen día –les dije.

—Vale, colega, nosotros queremos una lo mismo –respondió uno de ellos—. Y siéntate con nosotros si quieres.

Me coloqué al lado de la Vane. La tía llevaba un pantaloncito corto blanco muy apretada y un top verde. Resaltaban sus soberbias tetas. Estaba impresionante. ¡Qué piernas! Sus muslos prometían la gloria. Uno de los tíos parecía culturista, un tipo trabajado en el gimnasio, el otro era un chiquilicuatre.

—¿Estáis esperando a alguien? —les pregunté cuando acabamos los gin tonic.

—No, no.

—¿Y tú? —me dirigí a la Vane.

—No, iba a venir un tío pero no ha aparecido, creo.

—Entonces tomemos la última en mi barco.

—Sí, sí, vale. ¿Dónde lo tienes?

—Sólo tenemos que ir al puerto deportivo, un paseíto. Tengo ginebra, whisky, champán, lo que queráis.

La Vane se apuntó enseguida. El chiquiliquatre se descolgó. “Yo ya no puedo más”. El fortachón quería seguir bebiendo a mi costa. Nos pusimos en marcha hasta el puerto. La Vane iba delante, cantarina, trastabillando. “Está buena”, me dijo el culturista señalando a la chica. “Buenísima, un cañón de mujer”. “¿Cuál es tu barco?”, preguntó la Vane cuando entrábamos al puerto. “Aquel, El golfo”. La Vane se adelantó dando una carrera. “Venga, venga”, nos gritaba. Entonces me volví hacia el macarra de gimnasio.

—Me tienes que hacer un favor, colega –le dije.

—¿Qué favor?

—Ves la salida del puerto, allí, al fondo, pues piérdete.

—¿Qué dices?

—Qué te pires tío. En el barco sólo hay copas para dos, y no vamos a echar a la chica.

Me miro de arriba abajo como si me perdonase la vida.

—Esa tía es demasiado para ti, viejecito.

—Mañana te lo cuento, no te preocupes.

—Oye…

—Piérdete, colega, tengo la vez y el barco es mío.

Por un momento creí que me iba a dar dos hostias, pero en vez de hacerlo dio la vuelta y emprendió el camino de la salida. “Buen chico”, pensé. La Vane seguía gritando. “Venga, venga, pesados…”. Me miró sorprendida cuando la alcancé.

—¿Y Juanma? —me preguntó.

—Ah, se llama Juanma. Me dijo que le dolía la cabeza. No importa. Así te puedo enseñar una cosa.

—¿Qué cosa?

Me abrí el pantalón, saqué la polla y se la enseñé.

—¿No decías que no era real?

—¿Tú? Me lo estaba figurando.

—Vamos dentro, que estoy deseando azotar ese culazo de niña mala que tienes. La agarré de un brazo y la hice subir al barco.

—Pero no me hagas daño, por favor.

Entramos en el salón del barco, me senté en un sofá y le dije: “Ven”. Se acercó a mí como un corderito. La puse encima de mis rodillas con el culo en pompa, un culo capaz de enloquecer a cualquiera. Le bajé el pantalón, llevaba un tanguita verde como el top. Le di un cachete. “Plaff”. Y otro: “plaff, plaff”. Le bajé el tanguita. Su culo era un manjar para mí. Le empecé a dar cachetes rítmicamente. Primero muy despacito.

—Has sido una niña muy mala y te mereces un castigo –le decía mientras veía que sus nalgas se iban enrojeciendo.

Sus tetazas espectaculares descansaban sobre mi muslo. Mientras le daba los cachetes con la mano derecha, con la izquierda agarraba sus tetas. Tenía unos pezones grandes y firmes, que se endurecieron como una piedra. Ella temblaba, gemía, se puso a llorar. “Ay, ay, ay”, repetía.

—Dame más, dame más.

La hice tumbarse en el sofá, con las piernas muy abiertas. Estaba depilada. Su chocho estaba pidiendo cómeme. Saque la fusta que había metido en mi mochila y empecé a golpearla en las tetas, en la cintura, en el chochete. Muy suavemente. Aquello la volvía loca.

—Ay, ay, sigue, sigue, dame más.

—Toma polla, putita mala.

Me había colocado de pie en el extremo del sofá donde descansaba su cabeza. Puse la polla al lado de su boca.

—Seguro que te encanta chupar pollas.

Se metió toda la polla en la boca mientras yo le azotaba la espalda y el culete con la fusta. Estaba excitadísima y yo más todavía.

—Chúpame los huevos también.

—Sí, sí, lo que tu me digas.

Lamía mi polla con desesperación, glotonamente, me chupaba los huevos, me acariciaba el ano.

—Méteme la lengua en el culo –le dije mientras seguía dándole rítmicamente con la fusta. Toda su lengua resbalaba por mi ojete, luego seguía hasta los huevos, volvía a mi pene.

—Me encanta tu polla, ay, ay.

Se la metió toda en la boca, chupó con delectación y yo me corrí salvajemente. Mi semen resbalaba por sus labios y ella lo saboreaba.

—Ay, ay, tienes que follarme muchas veces con ese pollón, por favor, por favor.

Yo estaba rendido pero hacía muchos años que no tenía a mi disposición una tía como aquella, un pivón con pinta de actriz de cine. La hice tumbarse en el sofá y le acaricié las tetas. Sus pezones volvieron a responder. Me tiré sobre ellos. Aprisioné con mi boca esos pezones duros que me habían subyugado desde que los vi. Tenía unas aureolas grandes y oscuras. Le acaricié la punta de los pezones con mis dientes.

—Sí, sí, sí.

Gemía, lloraba, daba gritos histéricos. Le encantaba que mis dientes resbalaran por sus pezones, por sus tetazas. Seguí bajando. Mi lengua se deslizó como una serpiente hacia su ombligo. Tenía una cintura tersa, morena del sol de la playa. Ella empujaba mi cabeza hacia abajo. Y yo seguí la ruta que me indicaba. Mi lengua atravesó su monte de Venus, mientras mis dedos ya hurgaban en su vagina, toqueteaban su clítoris, abrían sus labios vaginales. Chorreaba flujos. Mi lengua incendiaba todas las partes de su cuerpo por la que bajaba. Me detuve en su clítoris. Le di unos lametones al mismo tiempo que mi dedo entraba y salía en su vagina. Primero uno, después dos, después tres. Era un coño impresionante. Agarré entre mis labios su clítoris, mientras la seguía follando con los dedos.

—Ay, ay, ay, por favor, por favor, me voy a correr como una loca.

Repasé con mi lengua sus labios vaginales, ahora metía mi dedo corazón en su culo. Ella se retorcía como una serpiente. Lloraba desesperadamente.

—Dime que quieres que te folle.

—Sí, sí, quiero que me folles, quiero que me metas esa polla, por favor, métemela, métemela.

Yo seguía chupando su coño. Quería llevarla al colmo de la excitación, a los límites del éxtasis. Cuando creí haberlo conseguido, coloqué mi polla sobre su chumino, puse mi glande en la entrada de su vagina para que notase toda su dureza.

—Ayyyyyy, ayyyyy, ayyyyy, sigue, sigue…

Empujé con mis caderas y con todas mis fuerzas, empujé y empujé con el máximo deseo, como si se fuera a acabar el mundo. Sus gritos me excitaban más y más. Su llanto me inflamaba. Mi polla tenía vida propia. Entraba hasta el fondo, percutía como un émbolo incansable. Cuando me corrí fue como un estallido. Vane me dijo después que le pareció ver estrellitas en el techo y como si sonaran miles de campanitas. Yo me quedé seco y ella muy quieta, apretujada en el sofá. Permanecimos como muertos varias horas. Por la mañana ella se levantó cantarina y se despidió con un beso en la polla.

—Esta noche repetimos –le dije.

—Lo estoy deseando.

—Pero vamos a invitar a nuestra fiesta a la viuda alemana que vive en la urba.

—Tú estás loco.

—Nos la vamos a follar los dos, Vane.

Y lo hicimos. Pero esa es otra historia. Ya os la contaré otro día. Admito opiniones y sugerencias. ¿Habéis estado alguna vez con una mujer que le gusta que le azoten el culo?

Unos buenos abogados y Sol me salvan la vida

Evidentemente fue un escandalo de cojones y aunque nuestro abogado lo intentó todo, el juez decretó prisión sin fianza para ambos.

Fueron dos años muy duros si no fuese porque cada dos semanas tenía ocasión de poseer a Sol en los bis a bis que nos correspondían por ley. Creo que a ambos nos ponía brutos llegar esposados al cuarto donde teníamos los encuentro dentro de la prisión. Follábamos como bestias, yo tenia una gran necesidad de coño en mi encierro, pero Sol se moría por ser penetrada rudamente. En prisión no se permiten consoladores y eso a mi mujer le afecta.

Me ponía a cien penetrarla teniendo a cuatro patas, era una sensación increíble ver como mi polla en esa posición como se hundía en el esfínter de mi esposa. El hecho de tener a mi mujer sometida con mi polla me hacía ver el cielo a pesar de las penosas circunstancias por las que estábamos pasando.

Los días pasaban despacio en prisión y mi único consuelo era contar las horas hasta que llegábamos al vis a vis. Me calentaba solo de pensar en mi mujer gimiendo de placer en ese sucio camastro tan vulnerable y a la vez tan altiva.

El juicio fue largo y contra el pronostico de la opinión publica, que no de nuestros abogados, fuimos exonerados de toda culpa. La pruebas que pesaban contra nosotros era todas circunstanciales y las que no lo eran nuestros abogados se encargaron de hacerlas pasar por ello. Se armó un gran revuelo cuando se leyó la sentencia, pero a falta del seguro recurso del fiscal y de unos papeleos administrativos, éramos libre. Volvimos a ser esposados y con un pico en la boca quedamos para vernos en casa.
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Viaje en autocar

Finales de junio, habían acabado las clases, mi interés era poder llegar a la costa, a la casa de la playa de mis tíos. Tenia dos opciones esperar 15 días para ir en coche con mis tíos o bien salir inmediatamente en autocar. La primera era la mas cómoda; la segunda era un verdadero rompe huesos, no solo por la duración, casi 15 horas (nueve horas de autocar, una espera de 3 horas para coger otro autocar y nuevamente 3 horas de viaje), sino también la hora de salida, a las 10 de la noche, el trayecto era totalmente nocturno.

Mis ganas de llegar a la playa era más que suficiente para que escogiese la segunda opción. El viernes a las 9 de la noche estaba en la estación de autobuses, me sorprendió ver tanta gente para ese viaje, esperaba que solo fuéramos cuatro gatos.

Faltando 15 minutos para las diez de la noche el autocar abrió los portones inferiores para las maletas, deje la bolsa de deporte grande, llevándome conmigo la pequeña mochila, como no tenia prisa por subir deje pasar a varias personas antes de entrar yo.
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