Chocho apellidos catalanes. La virgen de Agosto

Hacia el mediodía de su primera jornada laboral, cuando ya se iban a ir a comer al bar de la esquina, Laia lanzó una exclamación de júbilo y sorpresa al abrir su correo en el ordenador de la biblioteca.

Són ells? Preguntó esperanzada Montse, ya que hacía cuatro días que los madrileños no comunicaban.

No, nena. És el Ximo. Mira.

(Traduciremos directamente el contenido del mail de la lengua de Ausias March a la de Miguel de Cervantes, procurando que no se pierdan los matices léxicos)

“Mis queridas Laia y Montse:

Os escribo desde Xàbia, a punto de salir pitando hacia Madrid para tomar el avión. No os lo vais a creer: Me voy a New York!! Todo se ha precipitado en una semana y estoy muy ilusionado, la verdad. Mi editora de Madrid me llamó el lunes para preguntarme si estaba interesado en hablar con unos productores para llevar al cine. ¡AL CINE! Mi segunda novela. Le dije que sí, que me hacía mucha ilusión, aunque ahora, más fríamente, estoy pensando que como pretendan consumar algún bodrio al uso, utilizando mis historias, les mando a la mierda y me vuelvo.

Pero esto es sólo una parte. Lo más importante es lo que viene ahora: He dejado el hotelito de Denia y me he trasladado a una torre de Xàbia. La he alquilado por un año, chicas. Vale un pastón, pero como ahora soy un autor leído por la comunidad hispanoparlante, me lo puedo permitir (Ja, ja). Os mando una foto.

¿A que es preciosa? Aquí me pienso aislar del mundo y buscar inspiración para que la tercera novela sea una bomba. Pronto volveré a mi casa del pueblo para recoger material y libros y trasladarlo a la torre.

Y ahora demostradme que sois tan listas como me imagino. Sumad la noticia uno y la dos y ¿que resulta?: Pues que tenéis a vuestra disposición una preciosa torre de molino medieval durante quince días a contar desde el uno de agosto. Además son las fiestas de Xàbia en honor de la Virgen y no os lo podéis perder (es broma)

Ahora hablo en serio: Me hace mucha ilusión que vengáis a cuidarme la nueva casa mientras yo me pateo los despachos de los Majors por los USA.

Decidme algo pronto, que tengo una enorme lista de amigos a quien hacer el ofrecimiento si lo rechazáis vosotras… (Bueno esto ya sabéis que por desgracia no es cierto!)

Un beso!

P.D. Podéis traer la compañía que os apetezca, siempre que respetéis la integridad del inmueble. (Que no sean Hulk ni Thor, que la casa está un poco viejecita)

Joaquim Riera, un valenciano entrañable que se había convertido en amigo de las dos bibliotecarias tres años atrás, uno antes de publicar su primera novela en catalán, destinada al público juvenil y escrita a lo largo de cinco cursos, mientras el voluntarioso Ximo, que era su nombre familiar, daba clases de historia y lengua catalana en el instituto del pequeño pueblo barcelonés de cuyo nombre no quiero acordarme.

Ellas habían hecho el primer esfuerzo por divulgar la obra aprovechando sus contactos en la red de bibliotecas. Se hicieron lecturas y exposiciones de dibujos inspirados en aquel relato de la Valencia post-holocausto, que el profesor había desgranado de forma amena y erudita, como correspondía a sus extensos conocimientos sobre las tierras de las comarcas de La Marina y La Safor. La crítica lo había comparado con el famoso “Mecanoscrit del segon origen” de Manuel de Pedrolo y lo había encumbrado hasta el top de las listas de ventas. Después llegó un importante premio de narrativa en catalán y el interés de las editoriales por traducir la obra al castellano. Y aquello había funcionado. Pronto pasó de los miles, a las decenas de miles de lectores y a tener presencia en los medios como un firme valor de la narrativa juvenil en las dos lenguas.

Ximo era, por otra parte, una rara avis, y no sólo por sus temáticas y su estilo narrativo tan especial, que llegaba a los jóvenes como pocos autores lo habían conseguido en los últimos años. Seguía viviendo sólo, en su modesto piso del pueblo catalán donde Laia y Montse se pasaban la semana prestando libros y dinamizando la cultura.

Joaquim Riera era un hombre delgado y de mediana estatura, insignificante y silencioso. Dictaba sus clases con discreción, empeñado en predicar las virtudes de la lectura entre sus alumnos. No se le conocían inclinaciones en materia amorosa. Era un monje, un eremita que no buscaba compañías ni entre sus compañeros de instituto ni entre los vecinos del pueblecito de marras.

Acudía regularmente a la biblioteca y, poco a poco, había establecido una relación cordial con sus dos funcionarias. Ellas le habían facilitado miles de páginas de documentación sobre robótica, informática, tecnología nuclear, energías alternativas,..

No es casualidad que sus únicas amigas fueran las dos muchachas que tanto le habían ayudado, primero para documentarse y luego para difundir su obra. Pero a pesar de su aislamiento, en la intimidad de las charlas a tres en la biblioteca, ante unas horchatas en el bar o comiendo pizzas en su piso, Ximo manifestó una personalidad equilibrada y afectuosa, en nada proclive a la misantropía, como pensaban sus alumnos y colegas.

Simplemente, no dedicaba tiempo a las relaciones sociales, ni amorosas, ni siquiera sexuales. Sus pocas horas libres eran para escribir.

Cierta tarde de domingo, al tercer copazo de licor de hierbas con hielo en el salón de su casa, reconoció ante Laia y Montse que hacía diez años que no estaba con una mujer. Tampoco con un hombre, se apresuró a añadir entre risas. Estaba enamorado de sus heroínas de papel, las creadas por él y las que poblaban su extensa biblioteca y su espectacular colección de cómics.

Era invierno y las chicas llevaban bastante ropa, pero dentro de la casa de XImo solían quitarse los zapatos y los jerséis, ya que la temperatura era muy agradable. Él iba descalzo y vestido de deporte, ya que era muy aficionado al Pilates y lo practicaba en su casa a la menor ocasión.

Voy a traducir al castellano la conversación que mantuvieron aquella tarde lluviosa para que os hagáis una idea más exacta de cómo se desarrollaron los acontecimientos.

Pero, ¿nada de nada? Quiero decir, aunque no hayas follado con una chica, al menos habrás salido con ella, unos besitos, unos magreos,.. Montse, tan sensual, estaba escandalizada por aquella revelación.

Es que no puedo hacerlo, de verdad. Yo tengo muy unidos los sentimientos y el sexo, ¿entendéis? Para excitarme he de enamorarme.

Eso es una tontería, Montse se ponía vehemente y se removía en su sillón. ¿Quieres decir que si te tira los tejos una chica potente no te excitas y te lo montas con ella? ¡Vamos, hombre! Si puedes ponerte cachondo con tus cómics, seguro que una chica de verdad te pone a cien.

Laia no intervenía porque no sabía muy bien quién tenía razón. Ella también vinculaba amor y sexo, pero a veces le daban subidones y se liaba con algún morenazo canalla y machote que la hacía correrse sólo con besarla y tocarle el culo, pero luego se sentía fatal y borraba el número del móvil del chico de su lista de contactos y no contestaba a sus llamadas. Montse le pedía normalmente el teléfono de estos chicos y tomaba el relevo, ya que a ella no le daba reparos reconocer que era una “salida”, como le decía Laia cuando reñían temporalmente, nunca más de dos o tres días, por lo general.

No me entiendes, Montse. Yo soy un hombre de pueblo, muy anticuado. Empecé a salir con una chica en el instituto, no hacíamos el amor pero sí que teníamos nuestros buenos ratos. Yo me excitaba y quería llegar al final con ella, pero le daba miedo. Los pueblos, ya sabéis cómo es la gente… Al final la convencí y lo hicimos. Un sábado por la tarde en mi casa. No fue nada bien. Yo no tenía práctica y le hice daño. Me puse violento, demasiado excitado y perdí el control. Estaba loco por ella y la perdí. No quiso verme más. ¿Lo podéis entender?

Laia lo entendió rápidamente. No te quería Ximo, eso es todo. Iría contigo por costumbre, por pasar el rato, pero no estaba enamorada de ti. Te hubiera buscado y hubierais vuelto a salir si te hubiera querido de verdad. Además, erais dos críos.

Claro, que…, Montse sonreía malignamente, con su colmillo de devoradora de hombres a la vista, Tal vez te gastas una herramienta tan peligrosa que la pobre chica pensó “este cabrón me mata si me mete esa tranca”

No, no. La tengo muy normalita. Las dos chicas rompieron a reír ante la inocencia de su amigo, que estaba contestando serio y compungido.

¡Ay, Ximo! ¿Y no has vuelto a tener relaciones desde los 18 años? Laia estaba asombrada.

Sí. Sí que he tenido. En la universidad conocí a otra chica. Ésta era muy lanzada. Casi empezamos follando antes de conocernos un poco. Yo me enamoré perdidamente, pero ella sólo quería sexo y más sexo. Conmigo, con media facultad, profesores, alumnos. Se tiraba hasta a los bedeles. Al final pasó de mí y eso fue otro golpe. Me sentí fatal. A partir de ahí todo se estropeó. Mi afectividad se había podrido. Empecé a tener amores platónicos. Amores por correspondencia. Finalmente amores virtuales. Me he quedado con mis diosas de papel, dijo señalando las estanterías.

Pero hace diez años… Montse quería llegar al final de la historia.

Sí, he tenido algún desliz. Me enamoro, no lo puedo evitar, aunque lo intento. La última fue en el 2005, una maestra de un pueblo de Castellón. Estaba de interina. La conocí en el casino del pueblo. A menudo cenaba allí y coincidimos. La muchacha era preciosa, divertida y muy sensual. Me enamoró y acabamos en la cama. Pasábamos la semana juntos y los sábados volvía a ver a su familia, que era de Xativa. No quería que fuera con ella. Decía que sus padres eran muy tradicionales. Yo pensé que estaba curado y que había encontrado el amor de mi vida. Pero llegó el final del curso y la chica me llevó un día a cenar a un restaurante muy romántico y me dijo que era la hora de decirse adiós. Para no cansaros, tenía novio. Hacía tres años que salía con un chico de su pueblo, el hijo de un tío muy rico, un empresario, y se iba a casar con él. A pesar de todo, me dijo que su historia conmigo le había gustado mucho y que se había planteado dejar al otro por mí, pero que no pensaba seguir haciendo de interina hasta los cuarenta años, que era una mujer práctica y que.. Ximo no podía ligar muy bien las palabras y tenía los ojos húmedos. Se bebió de un trago su licor de hierbas y sorbió ruidosamente los mocos.

Laia se movió en el sofá para acercarse a consolarlo. Le rodeó con su brazo y le besó la mejilla. Has tenido muy mala suerte, pero eso no es motivo para que un hombre tan maravilloso como tú renuncie al amor.

O al menos a echar un polvo como Dios manda, añadió Montse mientras se arrodillaba delante de Ximo y recostaba la cabeza en su muslo, muy cerca de su entristecida polla. Vamos, chaval. No me digas que esto no te gusta, y sin más explicaciones, lanzó un cariñoso mordisco al paquete de su amigo. Podéis pensar que la bebida había desinhibido a la muchacha, pero os aseguro que aunque sólo tomara leche con Cola Cao, Montse se comportaba igual.

Laia encontró divertida la idea, en su caso bajo la influencia de los licores, y atrajo la cara de su amigo para besarle largamente en la boca.

Asaltado así por los dos frentes y algo embotado por el alcohol, Ximo no ofreció resistencia. Laia le metió la mano libre bajo la camiseta y acarició el velludo torso, delgado y fibroso, sin dejar de rebuscar con su lengua en la boca del profesor, que finalmente correspondió atrayendo con la mano la cabeza de la hermosa rubia. Entre tanto, Montse se había apoderado de la flácida verga desatando el cordón del pantalón. Quedó sorprendida de la cantidad de pelo que tenía Ximo entre las ingles. Los testículos estaban completamente ocultos y el pene emergía en medio del poblado seto de vello púbico, como un árbol en un espeso bosque. En cinco minutos, el tronco creció y creció regado con buenas dosis de saliva bien extendida con lengua y labios por la experta bibliotecaria.

Notando las palpitaciones del largamente desatendido sexo, Montse se quitó rápidamente las bragas y saltó a horcajadas sobre su amigo, introduciendo el miembro con facilidad, ya que ella se mojaba en segundos con sólo proponérselo. Como se temía, el escritor se corrió a la cuarta embestida, morreando a las dos chicas y gimiendo de gusto.

Los tres se quedaron quietos, con caras de decir “no sé qué me ha pasado”, pero Montse reaccionó inmediatamente y empezó a desnudarse del todo, cosa fácil por otra parte, sin dejar salir de la cueva el nervioso pero ablandado pito del profesor. Laia la secundó, sacándose de encima su blusa y su sostén y emergiendo de sus leggins que desaparecieron rápidamente junto con sus bragas y sus calcetines. Así, las dos chicas se apresuraron a continuar excitando a su amigo, que se dejaba hacer sin poner mucho de su parte.

Laia desvistió a Ximo mientras Montse seguía frotándose contra él y retenía su pene con sus potentes músculos vaginales. Pronto pudo notar la recuperación del volumen y la dureza del miembro y se atrevió a dejarlo salir de su interior, para engullirlo de nuevo enseguida, aflojar, apretar. Ximo estaba hipnotizado por las tetas de su amiga. Las acariciaba y las succionaba como un bebé hambriento, mientras que sus manos amasaban las duras nalgas de Montse.

Laia estaba muy desasistida y decidió cobrar protagonismo, apartando a su amiga para ocupar su lugar. El cambio embraveció a Joaquim, que empujo a la rubia para colocarla bien abierta de piernas sobre la alfombra. Pero al ir a entrar a penetrarla, Laia le detuvo. Espera, Ximo. ¿No tines preservativos? El viejo problema de Laia. No tomaba precauciones y siempre dependía de que su amante masculino viniera preparado. Espera, que en la mesita de noche creo que hay una caja. Salió el pobre corriendo con el rabo entre las piernas y volvió al cabo de dos minutos con cara de disgusto. Caducados. Caducaron en 2011. No creo que sea seguro… Hombre, Ximo. Como te pongas eso se te va a caer a cachitos, Montse agarró cariñosamente la otra vez blandita polla y atrajo hacia sí a su amigo para arrebatarle la caja de condones y besarlo cariñosamente para consolarlo.

Laia seguía en la alfombra desnuda y con las piernas abiertas. Era una visión turbadora y frustrante. No era posible perderse la ocasión de echar un polvo con semejante hembra por la puñetera imprevisión. Pero, ¿cómo iba a pensar Ximo que la tentación iba a entrar en su vida y a romper sus defensas de forma tan impensable? Sus dos amigas, que él tenía por dos inofensivas lesbianas, se habían abalanzado sobre él en un descuido, sin más apoyo logístico que una botella de inocente licor de hierbas de la sierra.

Ximo, ¿no está abierta la farmacia? Se desesperaba la bellísima rubia mientras sus manos mantenían el nivel de excitación trajinando la encendida y húmeda vulva, que brillaba de deseo en medio de su dorado vellón.

No. Anunció Montse que ya había asomado la cabeza por la ventana para otear la plaza vecina, donde ninguna luz alumbraba las desiertas y remojadas aceras. Además está diluviando, chicos.

Yo sé dónde hay condones. Anunció Ximo con voz de poseso.. En el instituto tenemos una máquina expendedora. Pero está cerrado, hombre. Es domingo. Si pero yo tengo la llave. Soy responsable de abrir los lunes. Ya se estaba enfundando el profesor su gabardina y poniéndose los pantalones y los zapatos. Pero si te ven, será un follón. ¿Qué vas a decir? Lo que sea, guiado por la inflamación del deseo, Ximo razonaba atropelladamente, que me he dejado una luz encendida o que necesitaba un libro, lo que sea, lo que sea, y ya corría escaleras abajo. De pronto asomó de nuevo su cara descompuesta. ¿No tenéis tres euros? Si, toma, corre, corre.

¡Por el amor de Dios! ¿Has visto nada igual? Adicto al celibato y se vuelve un sátiro con dos minutos de mete-saca. Es que los tíos son una raza aparte, sentenció Montse

Vale, pero déjate de filosofías ahora que estoy como una moto. Ven aquí, golfa. Y Laia atrajo a su amia y amante para besarla y hacerse besar, primero en la cara y los pechos, pero de inmediato, sin disimulos, en su conchita ardiente. No se hizo rogar Montse, que pronto ocupó el lugar destinado al pito de Ximo con su experta y vibrátil lengua, que llevó a Laia al éxtasis por tres veces antes de que se abriera la puerta de nuevo y entrara el circunspecto intelectual, convertido en un enloquecido cíclope. Se arrancó la gabardina y el pantalón, que parecían salidos de una lavadora antes de centrifugar, y se apresuró a enfundarse la gomita que era de las rosadas y daba un poco de risa en medio de la negra selva púbica, como un gorrito de papa Noel o una barretina olvidada en una merendola campestre.

Ximo estaba helado de frío y su pito, todavía más, así que el condón se resistía a dejarse colocar. Montse le hizo soltar la goma y, con gran habilidad, procedió a masturbarlo, chuparlo y sacudirlo, hasta que pudo encasquetarla con facilidad. Laia atrajo hacia sí al nervioso literato y le guio al interior de su ansiosa vagina. La espera había valido la pena. Después de una corrida casi terapéutica, Ximo necesitaba un coito largo y placentero y Laia lo disfrutó ante la envidia de Montse, que había recibido la descarga precipitada y se había quedado con el chocho activadísimo pero triste. Buscando dar satisfacción al agravio, la morena hizo rodar a la pareja empalmada, haciendo que el hombre quedara abajo y arriba la mujer, lo que le permitió montar sobre el pecho del chico, como si fueran las dos a caballo por la pradera o pedaleando en un tándem.

¿Me lo comes, verdad? Y casi sin esperar respuesta, plantó su vagina en medio de la cara de Ximo, que tuvo que aceptar el regalo que se le ofrecía sin remisión. Y no lo hizo mal del todo. Diez años sin practicar y su lengua tardo diez segundos en encontrar el ritmo y la dureza necesarios para dar satisfacción a la muchacha. Laia contribuía acariciando las rotundas tetas de su colega, pellizcando sus pezones, como sabía que a Montse le hacía ver la gloria, y susurrándole al oído toda clase de guarradas.

Si conseguir aunar dos orgasmos es difícil, imaginaros qué pasa con tres amantes enfebrecidos. Aquí no hubo problema en este sentido, ya que las dos chicas se habían corrido un par de veces cada una cuando Ximo explotó como un volcán dentro del coño de Laia, provocando el tercer orgasmo de la rubia, que sería ya el definitivo.

Cayeron enredados los tres sobre la alfombra y permanecieron un buen rato abrazados y pensativos. Por fin el escritor las apartó cariñosamente y salió rápidamente de la habitación.

Creo que la hemos cagado bien, se lamentó Laia. Montse somos burras. ¿Cómo le hemos hecho esto después de lo que nos ha contado?

Pues porque me da mucha pena su historia, y le quería demostrar que no ha de tirar la toalla, que aún le funciona el pito con una mujer de carne y hueso y que no puede privarse del sexo por ese rollo del amor verdadero. Mientras hablaba, Montse se ponía tranquila y parsimoniosa las bragas.

Ximo reapareció recompuesto, con el pene dentro del pantalón y la cara mojada.

No sé lo que me ha pasado. No me esperaba que vosotras… En fin, yo creía que no os gustaban los hombres. Era evidente el desconcierto y la turbación de Ximo. Bueno es tarde y hemos bebido demasiado, me parece. A ver si perdéis el autobús.

De camino a la parada, Laia y Montse se sentían muy tristes. Quizás habían estropeado para siempre la bonita relación que mantenían con el escritor.

Yo creo que ha sido peor el remedio que la enfermedad. Nos cuenta que su vida a morosa es una mierda y nos montamos una orgía con él. Laia estaba desolada.

¡Coño! Diez años sin mojar… ¡Ya me dirás lo que debía tener guardado! Yo creo que hay que repetir. Con más calma, sin bebida por medio. Montse era insistente.

Si no bebe, no dejará ni que nos acerquemos a él. Olvídalo, Montse. Intentemos seguir siendo amigos y no lo líes más.

Llegó el autobús y ocuparon dos asientos del fondo. Llovía y el vehículo hacía casi vacío el trayecto hasta Vilanova i la Geltrú. Las dos amigas se abrazaron y se besaron lánguidamente, sin ganas de más caricias, pensando en lo complicado y peligroso que es el amor.

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