Cómo descubrí que mi madre era una puta

Después de que dejara de espiarles desde la ventana, no estuvieron mucho tiempo follándose a mi madre, quizá unos quince minutos más, ya que enseguida dejé de escuchar ruidos en el dormitorio de mis padres. Unos pocos minutos después escuché cómo se abría y cerraba la puerta de la entrada y supuse que saldría mi tío.

Me costó dormirme y, cuando lo hice, extraños sueños me invadían en la que mis padres y mi tío intentaban entrar en mi dormitorio para violarme, y yo, muy excitado sexualmente, cerrando puertas y ventanas, intentaba evitarlo, pero al final entraban y me violaban entre todos. ¡Eran unas fieras y yo me debatía como un cervatillo que se siente perdido!

Al despertar dudé si era un sueño o una experiencia que realmente había vivido, pero enseguida volví a la realidad, que, recordando los últimos acontecimientos, parecían todavía más irreal.

Mi padre se demoró un poco más que de costumbre por lo que salí antes de casa y mi madre continuó en su dormitorio, supongo que durmiendo, aunque no descartaba del todo que alguien estuviera follándosela de nuevo.

Aquella mañana en el instituto no lograba concentrarme, no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi madre mirándome fijamente mientras se la follaban.

A media mañana, sin poder ya contenerme, aproveché un descanso entre clase y clase para acercarme por mi casa. No sabía realmente qué iba a hacer, quizá follármela, pero sí al menos espiarla, saber qué estaba haciendo.

Descalzándome frente a la puerta de servicio, utilicé la llave para entrar sin hacer ruido, pero nada más hacerlo escuché los gemidos y ruidos que salían del dormitorio de mi madre ¡Otra vez follando! ¡Otra vez!

Conforme me iba acercando por el pasillo, los sonidos eran cada vez más intensos.

Gemidos de hombre y mujer, el ñaca-ñaca de los muelles de la cama, de muebles chocando una y otra vez contra la pared, entre ellos.

¡Puta! ¡Puta!
Una voz potente de hombre exclamó de pronto, llena de deseo, y el ruido sonoro de un azote, de dos.

Agachado contemplé desde el marco de la puerta a un hombre desnudo, de pies, moviéndose rítmicamente adelante y atrás entre las piernas de una mujer que yacía, también desnuda, a cuatro patas sobre la cama.

Su enorme culo se bamboleaba descontrolado por las potentes embestidas del hombre que se la estaba tirando, mientras la sujetaba por sus caderas, por sus glúteos, sin dejar de sobárselos, para que no se escapara del polvazo que la estaba echando.

La cabeza de la mujer reposaba sobre la cama, entre sus brazos doblados que aguantaban las arremetidas del hombre.

Sus cuerpos brillaban por el sudor y por el deseo.

Sin dejar de follársela, el hombre descargó en una de las nalgas de la mujer un sonoro azote con la mano hueca, luego otro, exclamando nuevamente, con rabia:

¡Zorra! ¡Calentorra!
Estaba prácticamente seguro que era mi madre a la que se estaba follando, pero, después de la experiencia de la noche anterior, quería estarlo completamente.

Prácticamente de espaldas a mí, no podía saber quién era el maromo que ahora se la estaba tirando, así que, sigilosamente, me fui a la terraza y, desde la ventana del dormitorio de mis padres, pude ver no solamente el color rojo carmesí que adquirían las nalgas de la mujer, sino también quién era el que se la estaba tirante, el vecino, el hijo puta del vecino que días antes me lo había querido esconder.

No tardó mucho en descargar dentro de la vagina de la mujer y, una vez la hubo desmontado, la ordenó:

Quédate así como estás, quieta, que quiero disfrutar viendo tu culazo de zorra mientras me visto. Cuando me vaya puedes hacer lo que quieras, puta, cómo si te quieres abrir de piernas ante cualquier que pase por aquí.
Sumisa, se quedó ella sin moverse, tumbada sobre la cama con el culo en pompa, mientras él, sin salir del dormitorio y sin dejar de mirarla el culo, se vestía.

Sacó de su billetero un par de billetes y los tiró en la cama al lado de donde ella estaba, y, dándola otro sonoro azote en el culo, la dijo despectivamente:

Mañana a la hora de siempre.
Y salió de la casa, cerrando la puerta a sus espaldas.

Poco a poco la mujer se fue girando, levantándose de la cama, y, sí, era ella, ¡era mi madre a la que se había follado el vecino!

Sin mirar ni decir nada, se metió en el baño cerrando la puerta a sus espaldas.

Yo también salí de la casa, en silencio, dejando a mi madre recién follada duchándose, pero antes de salir cogí mi mochila por si necesitaba meter algo dentro. Algo tenía yo en mente pero todavía tenía que darlo forma.

¡Mi madre! No solamente se la había follado, sino que había cobrado, además del vecino, del puto vecino que la había violado más de una vez. ¡Era una puta, una auténtica puta e iba a pagar por ello!

Era previsible lo que había visto, pero no me lo esperaba, así que caminé, camino del instituto sin saber claramente qué hacer ahora, cuales iban a ser mis planes.

No me gustaba que el vecino se follara a mi madre, sin que yo lo viera y sin avisarme. ¿Cuánto tiempo lo llevaría haciendo?

Lo que tenía claro era que el día siguiente no iba a ir a clase para no perder en ningún momento lo que hiciera mi madre.

Se me ocurrió comprar en una tienda una cámara de la que utilizan los padres para ver, a través de su móvil, lo que hacen sus hijos en todo momento cuando ellos no están. La colocaría camuflada en el dormitorio de mis padres y podría ver en todo momento cómo se la follan en su propia cama. Elegí un modelo que era prácticamente igual a un adorno que había en la estantería de su dormitorio.

Me acordé del consolador gigante que tenía mi madre y que semejaba la polla de un negro erecta. Desde aquél día en el que unos delincuentes la violaron en casa, no lo volví a ver.

Con el fin de volver a repetir la experiencia, también me acerqué por un sex shop y compré el consolador negro de mayores proporciones que encontré. También compré unas esposas con la cadena que las unía bastante larga y un antifaz que tapaba totalmente la visión. Me podrían ser útil aunque no sabía exactamente ni cuándo ni cómo lo utilizaría.

Las ventajas de tener un padre con dinero y que, no escatima en dártelo, siempre y cuando no le molestes.

Todo lo metí en mi mochila.

Al regresar por la tarde, mi madre estaba en la cocina haciendo la cena como siempre, y nos saludamos como si no hubiera pasado nada, ni esa mañana ni la noche anterior.

En un momento determinado entré en el dormitorio de mis padres e hice el cambiazo, coloqué la cámara camuflada en lugar de la pieza que había y me llevé a mi dormitorio para esconderla. Probé que funcionaba sin problemas y podía ver nítidamente la cama.

La cena transcurrió con la normalidad habitual, todos mirando embobados la tele, sin hablar nada, pero en mi mente no paraba de ver a mi madre siendo follada por mi tío y por mi padre. ¿Qué tendrían en mente ellos? Sobre todo, mi madre, a la que todos parece que quieren follársela.

Aquella noche no escuché ningún ruido procedente de la habitación de mis padres y las imágenes, que podía ver a través de la cámara, me lo confirmaban.

A la mañana siguiente salí de casa como siempre, pero en lugar de ir al instituto, esperé a que mi padre se fuera, y entré nuevamente en la casa, sabiendo que mi madre todavía dormía, como comprobé con la cámara.

Me entraron ganas de tirármela allí mismo, en su cama, aprovechando que estaba sola y dormida, pero la curiosidad de verla en acción con el vecino pudo más.

A través de la cámara la estuve espiando, con la polla bien tiesa, hasta que se levantó somnolienta a eso de las diez de la mañana. Mientras tanto disfruté viendo lo que me dejaba su corto y ligero camisón, ya que dormía encima de la cama debido al calor que hacía.

Estuve admirando sus piernas, sus muslos, el canalillo de sus tetas y sus bragas, porque esa mañana llevaba bragas, blancas, pero no iba con el chocho al aire, como me hubiera gustado.

Escondido en la terraza, pude ver a través de las ventanas lo que hacía. Desayunó en la cocina e hizo su cama. Enseguida se metió al baño donde se dio una buena ducha. La esperaba una mañana muy movida, muy corrida.

Aproveché su estancia en el baño para sacar de mi armario la bolsa que había comprado el día antes con el consolador, las esposas y el antifaz, y la coloqué debajo de la cama de mis padres, a los pies de la cama, de forma que no se pudiera ver sin levantar la colcha que cubría la cama.

Casi a la hora salió del baño, vestida solamente con una bata muy ligera, que la cubría apenas las nalgas, de color blanco con estampados.

Se fue al salón, cogiendo una novela, y se sentó muy tranquila en el sofá, con las piernas recogidas bajo el cuerpo, leyendo y esperando al vecino.

No había pasado ni quince minutos cuando llamaron a la puerta, y ella, muy tranquila, dejó la novela sobre una mesita y se encaminó a la puerta de la calle, saltarina, que, tras una breve mirada por la mirilla, abrió.

¡Allí estaba el vecino, sonriente y con un enorme bulto a la altura de la bragueta! ¡el hijo puta del vecino ya estaba ahí, puntual como un reloj para tirarse a mi madre!

Se estaba apartando ella para que pasara pero él, en lugar de hacerlo, la cogió por los hombros, abriéndola la bata por delante y la obligó a que se pusiera de rodillas en el mismo marco de la puerta, sobre el felpudo.

Sujetándola la cabeza con una mano, con la otra se bajó la bragueta del pantalón, ofreciendo su verga gorda, dura y erecta a mi madre, que cogiéndola con las dos manos, se la metió en la boca, comenzando a mamarla.

Desde la ventana donde les observaba agazapado, solamente veía a mi madre de rodillas y de espaldas a mí, y al vecino de pie de frente a donde yo estaba, sujetándola la cabeza con las dos manos y con cara de satisfacción y de profunda concentración.

Fue poco más de un minuto el tiempo que estuvo ella comiéndola la polla, hasta que el vecino, palmeándola la cabeza hizo que parara y se levantara del suelo.

Entro ella dentro y el vecino detrás, con la polla totalmente roja, gorda y erecta, cerrando la puerta a sus espaldas.

Se encaminó ella hacia el dormitorio, con la bata abierta totalmente por delante, enseñando sus tetas gordas y su vulva apeas cubierta por una fina franja de vello púbico.

Agarró el vecino la bata de ella por detrás y ella, al continuar caminando, se la quitó, dejándola completamente desnuda.

Cachondo al verla sus nalgas desnudas, la dio un sonoro azote en ellas, haciendo que mi madre diera un saltito hacia delante, al mismo tiempo que daba un agudo chillido.

Dejó caer la bata al suelo y corrió detrás de ella, que al verle correr detrás, salió también corriendo, huyendo de él, excitada sexualmente, chillando y riendo.

En el dormitorio de mis padres, al lado de la cama de matrimonio, la cogió por detrás, por las caderas, parando su marcha, y sus manos fueron a sus tetas, agarrándolas, amasándolas, empujándola con su cuerpo sobre la cama, donde cayo a cuatro patas.

En un instante se soltó y bajó el pantalón, que cayó hasta sus tobillos.

La sujetó con la mano por las caderas, mientras que con la otra dirigió su cipote congestionado a la entrada a la vagina de ella y la penetró hasta el fondo.

La escuché suspirar al sentirse perforada, pero enseguida dio paso a jadeos y gemidos de placer.

El vecino se movía rápido y con energía adelante y atrás, adelante y atrás, follándosela, mientras ella, a cuatro patas, también se movía adelante y atrás, acompasada con el ritmo de él, ayudándole a follarla.

¡Puta, calentorra, zorra, te gusta que te follen! ¿verdad, puta? Te gusta poner los cuernos a tu maridito, que te la metan bien dentro, ¿verdad, puta?
Y empezó a azotarla las nalgas con su mano derecha, los azotes resonaban en toda la casa, haciendo que mi madre ahora chillara de placer, chillara como una gata en celo a la que están montando, y, cuanto más chillaba, más excitaba al hombre, que la daba más fuerte y la increpaba con más violencia.

¡Puta, zorra, guarra, calientacamas! Te voy a dar por culo, puta, te la voy a meter hasta el fondo, ¿a qué te gusta, puta, zorra, guarra?
¡Sí, sí, sí!
Chillaba mi madre, afirmando vehementemente todo lo que la decía.

Parando brevemente las acometidas, sacó en un momento el pene de la vagina y se lo metió por el culo, hasta el fondo.

Los chillidos de placer de mi madre se convirtieron en un instante en chillidos de dolor, pero enseguida, volvieron a ser de placer, desplazándose ella adelante y atrás, adelante y atrás, por las arremetidas del vecino.

Pero no duró mucho, enseguida el hombre se detuvo, gruñendo, y vaciando todo su esperma en las entrañas de mi madre.

Puso ella su cabeza sobre la cama, entre sus brazos ahora doblados, manteniendo el culo en pompa.

Al sacar la verga el hombre se colocó enseguida el pantalón y, mirándola el culo y el sexo, la dijo:

¿No has tenido todavía tu corrida, perra? Pues toma.
Y, sin perder de vista su culo y su sexo, colocó los dedos de su mano derecha en la vulva de mi madre, empezando a masturbarla, sujetándola con la otra mano sus nalgas, sobándolas, para poder masturbarla a placer.

La escuché nuevamente suspirar profundamente, gemir, in crescendo, cada vez más rápido y más fuerte, y al final chillar al correrse.

Retirando la mano, el vecino se chupó los dedos con deleite, sin dejar de mirarla culo y sexo, y la dijo:

Lástima que no tenga ya ni leche ni tiempo para ti, zorra, que sino ibas a ver lo que es bueno, puta, te iba a reventar ese culazo enorme y apetitoso que tienes.
Y sacó de su cartera un par de billetes que metió por el agujero del culo de ella, diciéndola:

Esto para mi puta preferida.
Dirigiéndose hacia la puerta de la calle todavía la dijo:

Mañana te libras de que te dé por culo, guarra. Está tu familia de cornudos, pero el lunes prepárate, que te voy a coger fuerte.
Cerrando la puerta a sus espaldas.

Mi madre, todavía a cuatro patas, echó una mano hacia atrás y se sacó del culo los billetes que la había metido y los dejó sobre la cama, levantándose a continuación y se dirigió desnuda al baño donde se metió.

Escuchando cómo abría la ducha, salí por la puerta de servicio de la casa, sin hacer ruido. Tenía que hablar con el vecino.

Corriendo por la calle le alcancé en mitad del parque y le dije, prácticamente sin resuello:

Espera … espera… que quiero hablar contigo.
Al principio me miró extrañado de encontrarme pero, al verme tan fatigado, me comentó:

Tranquilo, chaval, tranquilo. Tómatelo con calma. Parece como si acabaras de follar con cincuenta vírgenes en celo y ávidas de polla.
Quiero hablar contigo sobre lo que ya sabes.
No tengo mucho tiempo, chaval, pero por ti voy a hacer una excepción.
Mirando un banco que estaba libre, apartado del parque y a la sombra, me propuso muy sonriente:

Sentémonos ahí, y así te recuperas y me cuentas.
Nos sentamos y le dije:

El otro día no pudimos hablar mucho y tengo bastante que decirte y que preguntarte.
Venga, dime, no te cortes, que hoy es viernes y estoy de muy buen humor. ¿Qué me propones? ¿algo interesante?
Quería retomar nuestra conversación en el punto que lo dejamos. Quería preguntarte si la has vuelto a ver desde aquel último día.
Supongo que te refieres a la vez que, después de follártela con aquella ridícula máscara, me llamaste por teléfono para que yo también me la tirara.
Sí, así es. Ha pasado más de un mes y solamente hemos hablado unos pocos segundos.
Me preguntas si la he vuelto a ver desde entonces. La respuesta es “Por supuesto”. Ahora mismo vengo de tu casa donde me la he tirado. ¿No lo sabías?
Por supuesto que lo sabía, lo había visto en vivo y en directo con mis propios ojos, pero quería saberlo de sus labios, todo, lo quería saber todo, por lo que continué interrogándole:

¿Es la primera vez que lo haces?
No, no, que va. No te engaño. Me la tiró todos los días laborables, de lunes a viernes, dejándola los fines de semana y festivos que descanse. De hecho la última vez que nos vimos, venía de tirarme a tu madre. Aún tenía el aroma de su coño en mi cipote.
¿Desde cuándo te la tiras?
Me miró sonriendo y empezó a reírse, respondiéndome.

Desde hace años.
No me lo esperaba, pero cómo yo no decía nada, continúo sin perder la sonrisa.

Recuerdas aquella vez que la metí una araña por el escote y ella, histérica, se arrancó literalmente la ropa, quedándose completamente desnuda. Fue la primera vez que me la tiré. Lo recuerdo cómo si fuera ayer mismo. Encima de la mesa de la cocina balanceando sus tetazas por mis embestidas. ¡Que tetas, dios mío, qué tetas!, ¡y que pezones! ¡Y su culo, dios santo, su culo!
Se miró el bulto que crecía bajo la bragueta de su pantalón y exclamó:

¡Mira, cómo me la pone tu madre, chaval!
No esperaba respuesta, así que continuó.

¿Qué edad tenías? ¿seis años?
Ocho, tenía ocho.
Lo viste todo, ¿verdad?, ¿viste cómo me la tiraba?
Me preguntó expectante, babeando de gusto, y yo asentí con la cabeza.

Sí, lo vi todo, pero nunca comenté con nadie lo que vi, tampoco con ella.
Pero te gustó, ¿no?
Cuando vi cómo te la follabas, me produjo angustia. Luego tuve durante un tiempo sensaciones de vergüenza, culpabilidad e impotencia. Pero sí, sí que me gustó, me encantó.
Por eso repites, ¿no?, te la pone dura ver cómo se la follan.
Sí, así es. Pero no te la habías follado desde entonces, hasta que te avisé la primera vez, cuando te la entregué atada y con los ojos tapados. ¿Me equivoco?
Sí que la recuerdo, desnuda y apetitosa. No pude resistirme y casi la arranco la carne a mordiscos por lo buena que estaba y las ganas que tenía de volver a follármela.
Y se reía excitado, recordando el momento.

Me miró y al verme serio, escuchándolo, paró de reírse y, con lágrimas en los ojos, me respondió:

Después de aquella vez que me la tiré en tu presencia, me la follé varias veces. Siempre buscaba y encontraba la oportunidad para tirármela. Ella no quería, o al menos eso quería parecer. Recuerdo habérmela tirado en el ascensor cuando venía de la calle, y no fue una sino varias veces. También me la tiré en las escaleras. Más de una vez la pillé abriendo la puerta de vuestra casa, y a empujones la metí dentro y me la follé en su cama de matrimonio, en el sofá, sobre la alfombra que teníais en el salón, en tantos sitios. No sé cuántas veces fueron ni cuánto tiempo duró, pero fueron varios años lo que disfruté de sus encantos. Pero la empresa en que trabajaba me destinó fuera, y, aunque algunas veces pasaba por aquí para tirármela, ya no tenía tantas oportunidades y poco a poco dejé de hacerlo.
Escuchaba lo que decía, dudando si era un farol o me contaba la realidad, aunque supuse que en general no mentía, posiblemente fuera todo verdad.

Cuando volví a trabajar aquí, habían pasado años. Ya había perdido la costumbre y me contentaba en pagar putas, además de follarme ocasionalmente a María, a mi esposa.
Recordaba a su mujer, unos años más joven que él y bastante delgada.

Luego aquel día, sucedió el milagro. Me crucé contigo en el portal y me dijiste tu madre estaba en casa, sola y aburrida, y que la vendría muy bien que fuera a verla ya que tu padre no llegaría hasta la noche y tú te ibas al cine. ¡Me estabas invitando a que me follara a tu madre! Y yo, por supuesto, acepté encantado. Ansioso subí deprisa las escaleras, de dos en dos. La puerta estaba entreabierta, la empujé y entre. Allí estaba totalmente desnuda encima de la cama, atada y sin poder defenderse. La hice de todo, me la follé, la sodomicé, casi me la como. Y cuando ya estaba acabando la segunda ronda apareciste tú para disfrutar del espectáculo. La verdad es que me cortaste la fiesta. No sabía exactamente cómo actuarías, así que acabé lo antes posible y te dejé con ella para que tú también la disfrutaras. Días después de me enteré que no éramos tú y yo los únicos que nos la habíamos beneficiado.
Se detuvo, interrogándome con la mirada, pero como solamente le escuchaba callado, continuó:

Sé que estuvo mucho tiempo en el hospital y en tratamiento. La dejé en paz por miedo a que la policía me interrogara y supiera toda la verdad. Sin embargo, toda espera tiene su recompensa. Me volviste a llamar para que me la tirara. Esta vez fue por teléfono e inventando una excusa sobre la marcha, acudí al instante a tu llamada. Me abriste con una estúpida máscara puesta, y me la ofreciste para que no me reconociera. “Está en su cama. Haz con ella lo que quieras que te dejo solo” me dijiste. No la acepté, prefería que fuera como en los viejos tiempos, a cara y a polla descubierta. Si nunca me delató, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Tenía más miedo al escándalo público que a ser violada, así que me aproveché, y, ¡no he parado desde entonces!. Llegamos ese día a un acuerdo: Yo me la tiraba discretamente los días laborables y ella se dejaba follar sin decir nada a nadie. Un pacto de silencio y de polvos.
Me miró satisfecho, esperando mi reacción, y continuó:

Como ahora no voy de putas, la pago a ella como si lo fuera, pero como lo hago todos los días laborables tengo una tarifa especial, 20 euros, que la pago religiosamente cada vez que me la tiro. Debe tener ya una pequeña fortuna.
Esta vez se calló, mirándome, y me apremió a que respondiera.

¡Venga, no me mires así! Dime algo.
Esta vez sí respondí:

No me dijiste nada, no me dijiste que continuaste follándotela.
Nunca me preguntaste.
Y ¿si te digo que pares, que no te la tires más?
No puedes impedirlo. Siempre que quieras ver cómo me la tiro te pasas por tu casa a la hora del pinchito de media mañana y ahí estará tu madre, desnuda y follando.
Muy serio, mirándole a los ojos le respondí.

Quiero follarme a tu mujer. Y a tu hija. ¿Cuántos años tiene?
Sorprendido, abrió mucho los ojos y me respondió, ahora serio:

Con mi mujer no hay problema, te la dejo lista, si quieres, todos los días laborables. Mientras yo me tiro a tu madre tú te tiras a mi mujer. Pero a mi hija, no. Es demasiado joven e inocente.
Está muy buena tu hija, buen tipo, buenas piernas, buen culo, buenas tetas, seguro que buen coño. ¿Cuántos años tiene? ¿Catorce, quince? Seguro que tiene novio y ya no es virgen, que más de uno se ha metido entre sus piernas y se la ha tirado.
Todos los días me cruzaba con ella, camino del colegio, con su faldita escocesa de colegiala y sus medias largas que la llegaban hasta las rodillas. Como ella crecía la faldita parecía cada vez más corta y además ella, al salir a la calle, se la subía para lucir sus piernas. Ahora cuando dejaba al descubierto todo el muslo, llegándola hasta poco más abajo del nacimiento de las nalgas, a punto de enseñar sus braguitas blancas. Muchas veces seguí esos muslos por la calle y muchas veces me masturbé pensando en ellos.

Ahora era el padre el que callaba y era yo el que hablaba.

A la madre y a la hija. Es lo justo. ¿No te parece? Además las pagaría por todos los días, un billete de 10 euros a cada una de ellas, por abrirse de piernas y follármelas.
Ya no sonreía, pero dudaba que responderme, así que me dijo:

Me lo pienso este fin de semana y el lunes, cuando salga de follarme a tu madre, te respondo.
Quiero el lunes follarme a tu mujer por la mañana. Y por tarde, quiero follarme a tu hija cuando venga del colegio. Solamente tienes que ponérmelas en bandeja como hice yo con mi madre.
Se callaba, mirándome, sin saber qué decir ni qué hacer.

La mañana del lunes, cuando abras la puerta de tu casa para salir, allí estaré yo. Tú saldrás y yo entraré.
Hice una pausa para que lo asimilara.

La tarde del lunes, a las seis de la tarde, tú te irás con tu mujer a dar un paseo. Me dejaras la puerta entreabierta y yo entraré. Esperaré a que vuelva tu hija del colegio. No debes volver antes de las diez de la noche.
Estaba silencioso, mirándome, sopesándome, sabía que no mentía ni me echaba yo tampoco un farol.

¿Te has enterado? ¿Quieres que te lo repita?
Me respondió en voz baja, bajando también la cabeza y mirándome de soslayo.

Te he entendido.
Entonces te dejo que tenemos prisa.
Y me marché sin mirar atrás, caminando tranquilamente. Notaba su mirada clavada en mi cogote, pero no me volví. Dejé a mi madre en casa y tenía que volver a follármela antes de que otro lo hiciera antes.

Di un pequeño rodeo y, escondido entre unos arbustos, vi como el vecino se alejaba, cabizbajo, pensando qué hacer, camino de su trabajo.

Entonces, como no había nadie cerca de donde estaba, puse en marcha la aplicación que tenía en mi móvil que me permitía ver la cama de matrimonio de mis padres. No estaba ahí mi madre. Si se la estaban follando, no era en su cama.

La llamé a su móvil, utilizando la tarjeta que utilizaba solamente para acosarla, y me coloqué los cascos en los oídos para que solamente yo pudiera oírla.

No tardó mucho en coger mi llamada, o no se había dado cuenta del número que la llamaba o no la importaba:

¿Sí?, dígame.
Me respondió con una voz alegre, como si no hubiera ocurrido nada. Quizá tanto follar la ponía no solamente cachonda, sino también contenta.

No dije nada, solo la escuchaba.

Volvió a repetir:

¿Sí?, dígame.
Respiré profunda y ruidosamente para que me escuchara al otro lado del aparato.

Perdona, pero no te oigo. Debe haber algún tipo de interferencia.
¿Estás sola?
La dije con la misma voz irreconocible que utilicé con ella para acosarla en el pasado.

¡Ah!, ¿Quién es?
¿No sabes quién soy?
No, lo siento, ahora no te reconozco pero tu voz me resulta familiar. ¿Quién eres?
¿Tan pronto me has olvidado? ¿Quién crees que soy?
¿Eres Carlitos, mi hijo?
¡Ostias, había acertado a la primera, pero supuse que era casualidad y debía reconducirla hacia donde yo quería, hacia la cama!

¿Por qué piensas que soy tu hijo? ¿También él se ha metido entre tus piernas y te ha follado?
La escuché exclamar algo como “Aaahhh!” sorprendida, asustada o cachonda.

Y se quedó en silencio. Si me hubiera respondido afirmativamente me hubiera dado un infarto.

¿No sabes quién soy?
Silencio al otro lado del aparato.

Dime, ¿quién soy?
Continuaba el silencio y ya temía que me colgara.

¿No me reconoces?
No.
¿No recuerdas aquella noche en la que tu maridito estuvo en el hospital con su madre toda la noche?
Silencio.

¿No recuerdas lo que me juraste para que te desatara y para que tu maridito no te encontrara desnuda y follada encima de vuestra cama?
Silencio.

Me juraste que te dejarías follar por quien yo te dijera. ¿Continúas sin recordarlo?
Silencio.

Dime, ¿cumpliste tu promesa?, ¿te dejaste follar por quien yo te dije?
Te recuerdo, ¿qué quieres?
Daba señales de vida, lo que era un alivio.

No me has contestado si estás sola. ¿Lo estás?, ¿estás sola o alguien follando contigo ahora?
Sí, si lo estoy. Estoy sola en mi casa y no espero a nadie hasta la noche que vienen mi marido y mi hijo.
Si te portas bien, si esta vez me obedeces en todo lo que te diga, no te haré ningún daño y nadie se enterara. ¿Has entendido?
Sí. Te obedeceré en lo que quieras pero, por favor, cumple tus promesas.
Veríamos en qué quedaba todo esto.

Vete ahora mismo a tu dormitorio y no sueltes el teléfono.
Sabía que el teléfono era inalámbrico, lo que era muy frecuente en los hogares, por lo que el detalle no debía descubrir mi personalidad.

Debería estar caminando hacia la habitación, por lo que la dije:

Cuando llegues, me avisas.
Ya estoy.
La escuché decir pero no la veía en la pantalla de mi móvil, por lo que la ordené:

Acércate a la cama y mira debajo de ella, a los pies de la cama.
Ahora sí apareció en pantalla, llevaba la bata blanca de antes, y al agacharse pude verla las bragas, ahora sí las llevaba, blancas que la cubrían parte de sus cachetes. Ya se las quitaría para follármela, o quizá simplemente las movería a un lado para dejar despejada la entrada de mi verga a su vagina.

Hay una bolsa, cógela y ábrela encima de la cama.
Cogió la bolsa y la puso sobre la cama. Al abrirla pude ver el rostro de sorpresa que ponía. ¿Qué se esperaba que hubiera? ¿Cientos de preservativos?

¿La has abierto? Dime ¿qué ves? ¿qué hay dentro?
Cogió el consolador con las manos y, girándolo, lo miró alucinada.

Es … un pene … negro … muy grande.
No te oigo. ¿Qué hay dentro?
Un pene negro grande.
¿Nada más?
Tragando saliva, dejó el vibrador sobre la cama y, sacando lo demás que había en la bolsa, me respondió también en voz baja:

Unas esposas y un antifaz.
Son para ti, pero las llaves de las esposas las tengo yo.
Mirando todavía absorta el consolador, no me comentó nada.

¿Sabes lo que quiero que hagas ahora?
¿Qué me meta el … miembro?
¡Bingo! ¡Acertaste! Pero antes quiero que vayas a la puerta de entrada de la casa y la abras un poco, dejándola entreabierta. ¡Venga, ve! Cuando lo hagas, vuelve a tu dormitorio.
Obediente despareció de la pantalla de mi móvil. Unos segundos después volvió a aparecer y me dijo:

Ya estoy otra vez en el dormitorio.
¿Has dejado la puerta de la calle como te he dicho?
Sí, entreabierta.
Ahora, se una chica buena y desnúdate totalmente
Dejó el teléfono encima de la cama y se quitó en un momento la bata blanca y las bragas, dejándolas sobre la cama. No llevaba nada más puesto.

Sus tetas eran enormes, redondas y erguidas, y el vello púbico apenas cubría su sonrisa vertical.

No me lo podía creer, me estaba obedeciendo en todo lo que la mandaba.

Coge el teléfono, las tres cosas que tenía la bolsa y te tumbas encima de la cama.
Se puso a cuatro patas sobre la cama, gateando hacia la cabecera, y yo, desde la posición en la que estaba la cámara, pude gozar viendo cómo balanceaba, como una gatita en celo, su culo duro y respingón y la vulva, resplandeciente, sobresaliendo entre las piernas.

Se tumbó bocarriba, con la cabeza sobre la almohada. También ella quería disfrutar pero con comodidades.

Pulsa el modo altavoz en el teléfono y déjalo sobre la cama, que quiero escucharte.
La escuché decir “Ya”.

Quiero que ahora te pongas el antifaz, que te cubra los ojos y no puedes ver nada.
Se lo puso y me lo dijo.

No salía de mi asombro, mi madre me obedecía como una perrita muy bien amaestrada en todo lo que la decía.

Ahora acaríciate el coño, con las dos manos, despacito, sin sobresaltos, quiero que disfrutes y que yo lo oiga. Quiero escuchar cómo te masturbas.
A través de mi móvil observé cómo empezaba a masturbarse, y la escuché suspirar y jadear, muy despacio y con un volumen bajo.

Me pareció que mi amigo Flash cruzaba el parque, pero, sin prestarle ninguna atención, continué concentrado en mi móvil, escuchando y viendo cómo se masturbaba mi progenitora. Al fin y al cabo mi amigo estaría ahora en clase, donde debía estar yo ahora mismo.

Fueron pasando los segundos, los minutos, y poco a poco fue aumentando la insistencia de sus caricias, de sus toqueteo, de sus sobes, y con ellos los jadeos dejaron paso a gemidos, cada vez más agudos, con mayor volumen, mientras iban aumentando el tamaño de sus pechos, parecían globos a punto de estallar, y sus pezones cada vez más gordos, más puntiagudos, más negros.

Sus dedos se movían vertiginosos entre los labios húmedos de su vulva, sobre su clítoris, entrando en su vagina que chorreaba fluidos. Su rostro ý su pecho adquirieron un tono cada vez más rojizo, producto de la excitación sexual que exhalaba por todos los poros de su cuerpo, que ahora se balanceaba arriba y abajo, arriba y abajo, como si la estuviera copulando un sátiro invisible.

Sudando copiosamente, empezó a chillar como una loca, a pleno pulmón, para que finalmente, exhausta, detuvo sus movimientos y, suspirando profundamente, disfrutó del bestial orgasmo que había tenido.

La dejé que reposara durante varios minutos, y la dije, susurrándola:

Muy bien, zorra. Ahora me toca a mí follarte, pero necesito tu placentera colaboración.
No decía nada, solo respiraba profundamente, resplandeciendo todo su cuerpo por el sudor y por los fluidos que emanaba. Su pecho subía y bajaba y sus piernas, ahora estiradas, reposaban semiabiertas sobre el colchón

Sin quitarte el antifaz, ponte una de las esposas en tu muñeca izquierda, pasa la cadena de las esposas por los hierros de la cabecera de la cama y ponte la otra esposa en tu muñeca derecha, ciérrala hasta que escuches el “click” característico que indica que tienes tus muñecas atrapadas y espérame que enseguida estoy contigo.
Levantó agotada sus brazos, sin moverse en la cama, haciendo dócilmente lo que la había ordenado. Escuché perfectamente los dos “clicks” correspondientes a las esposas.

Tardaré unos pocos segundos, ya estoy llegando para follarte.
Levantando la vista del móvil, me encaminé rápido hacia casa, sin dejar de escuchar lo que sucedía al otro lado del teléfono.

Esperaba a se pusiera en verde el semáforo que estaba frente al portal del edificio donde vivía, cuando escuché jadear nuevamente a mi madre. Extrañado, pensé por un momento que estaba nuevamente masturbándose, pero ¿cómo ? Tenía las manos esposadas encima de su cabeza y no podía alcanzar su sexo.

Sus agudos chillidos de placer me ensordecían. A punto estuvo el móvil de caer de mis manos al suelo, pero lo atrapé a tiempo, y fijé mi vista en su pantalla … ¡alguien se la estaba follando! ¡allí mismo, sobre la cama donde estaba indefensa!

Veía los músculos de la espalda en tensión de alguien y sus glúteos contrayéndose una y otra vez, mientras la embestía con furia, colocado entre las piernas abiertas y en tensión de ella.

Las tetas de mi madre se balanceaban rápida y desordenadamente, como intentando escapar de las manos que las amasaban. Sus piernas ahora se cruzaban sobre la espalda de él, permitiendo una mayor profundidad en la penetración. Su cara encendida y su boca abierta delataban el placer que sentía de nuevo.

Paralizado, sin poder apartar mis ojos de la pantalla y sin poder moverme de donde estaba, no me percaté cómo el semáforo permitía pasar ahora a los peatones. Y cuando reaccioné, ya había cambiado otra vez de color.

Aguanté a punto de infarto a que cambiara nuevamente el semáforo, sin perderme ni un detalle del bestial polvo que la estaban echando a mi madre.

Tan frenéticas embestidas pronto tuvieron su premio y enseguida el hombre descargó dentro de mi madre. En breces instantes ya estaba desmontándola y al girarse pude ver quién era el que se la había tirado, el que se me había adelantado.

A pesar de su cara sudorosa y encendida le reconocí. Era Flash, mi amigo del instituo, el que hacía pocos minutos me había parecido ver cruzando el parque y al que no había prestado ninguna atención, concentrado en ver cómo se masturbaba mi madre.

El semáforo cambió y, en lugar de salir corriendo como era mi deseo hacía pocos segundos, me contenté en cruzar lentamente, desorientado y perplejo, sin saber qué hacer, sin mirar ya el móvil.

Llamé al ascensor y, al llegar abajo, fue mi amigo Flash el que salió precipitadamente de él, chocando conmigo, casi tirándome al suelo.

Todavía arrebatado y sudoroso, se detuvo al reconocerme y sin saber qué decir ni él ni yo, estuvimos unos incómodos segundos parados, pecho con pecho, sin decirnos nada, solamente mirándonos perplejos.

Un vecino que estaba situado al lado nuestro nos dijo:

Perdone que les moleste, pero ¿van a subir?
Reaccioné y le contesté como en una nube:

Sí, sí, claro.
Y me metí como un autómata en el ascensor, seguido por el vecino.

Cuando se cerraba la puerta del ascensor, Flash, mirándome desde fuera del ascensor, se justificó muy cortado:

Quería saber por qué no habías ido a clase.
Se cerró la puerta, pero, mientras comenzaba a subir el ascensor, le escuché decir:

Ya te contaré, pero no es nada importante.
¿Nada importante? Pero ¡si te has tirado a mi madre, joputa, si te las tirado!
Pensé, sin poder olvidar cómo se la follaba.

El vecino se bajó antes, mirándome como si fuera un zombi, y yo seguí subiendo hasta nuestro piso.

La puerta de la vivienda no estaba entreabierta, estaba totalmente cerrada. Flash en su huida la habría cerrado, intentando ocultar lo que había hecho.

Utilicé mi llave para entrar y me detuve en la puerta abierta, escuchando pero no había ningún ruido en la casa.

Cerré la puerta a mis espaldas, echando la cadena para que nadie pudiera molestarnos, y me dirigí directamente al dormitorio de mis padres.

Allí sobre la cama deshecha estaba tumbada bocarriba mi madre, completamente desnuda, despeinada, sucia y sudorosa, , esposada a la cabecera de la cama y con el antifaz cubriéndola los ojos.

Respiraba profundamente y, al escuchar que alguien entraba nuevamente en la casa, estaba expectante con su cara dirigida hacia la puerta del dormitorio. ¿Qué pensaría, que alguien nuevamente iba a follársela? Pues no se equivocaba, yo también venía a tirármela.

Miré el reloj y aún tenía mucho tiempo para disfrutar de ella antes de que llegara mi padre así que tranquilamente me desnudé totalmente y, sin decir ni una palabra, me encaminé a la cama donde estaba mi madre.

Un fuerte olor a esperma y a sudor todavía inundaba la alcoba, pero no importaba, siempre motiva follarte a una tía buena, aunque sea tu propia madre, y eso hice, durante horas, me la tiré una y otra vez, por su coño, por su culo, por su boca, incluso entre sus tetas. Cuando ya estaba seco, sin una gota de esperma en mi cuerpo, utilicé el consolador y ¡vaya si lo utilicé! Con ella e incluso conmigo y me encantó. No malgasté esta vez ni una palabra con ella, simplemente me la follé sin descanso.

Cuando era ya casi la hora a que solía llegar mi padre, me duché y me vestí. Antes de salir, me acerqué a mi madre que dormía profundamente y la quité las esposas y el antifaz, llevándolos conmigo en la bolsa, junto con el consolador, fuera de la casa.

Aquella noche llegué tarde a casa y mi padre que, estaba como casi siempre viendo en pijama la televisión, esta vez me ignoró y cuando le pregunté por mi madre, simplemente me dijo adormilado que estaba muy cansada y que se había acostado.

Más bien diría yo que no se había levantado prácticamente de la cama en todo el día y siempre estuvo acompañada.

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