Con una divorciada

Trabajaba en un pequeño comercio de alimentación de mi barrio, nunca me había fijado en ella, quizás porque el uniforme de dependienta no le favorecía mucho, tampoco es que fuera muy abierta, aunque poco a poco cada vez que iba a comprar el pan o alguna que otra cosa iba sacándome conversación cuando no había clientes en la tienda. Era bajita, algo rellenita, aunque no gorda, el uniforme no dejaba ver bien su figura, pero si que pude observar en más de una ocasión cuando se agachaba a coger las patatas de la caja era que tenía un buen trasero.

El principio de todo fue un día en que fui a la tienda justo a la hora de cerrar y que tras atenderme, la ayudé a echar el pesado cierre metálico del comercio y la invité a tomar una cervecita en el bar de al lado, cosa que aceptó, y ocasión que aprovechó para contarme su historia.

Era separada, tenía un hijo adolescente, que pasaba los fines de semana con su padre que vivía en otra ciudad. Tenía una cara preciosa, aunque con algunas ojeras producto seguramente de la mala vida que había pasado con su exmarido, el cuál según me contó no la trataba muy bien, por lo que decidió separarse y marcharse de la ciudad dejando al marido y llevándose consigo su hijo, y la ropa. Encontró trabajo en el comercio y le daba lo justo para poder comer y pagar un piso de alquiler en un barrio cercano a la Macarena, mi barrio, donde ella residía.

Su vida era muy triste y aburrida, los fines de semana se quedaba encerrada y sola en su piso, ya que no conocía a nadie en esta ciudad. Yo, que en aquella época estaba soltero, me ofrecí a que si quería podría venir conmigo cuando salía los fines de semana con mis amigos de la peña por el centro de Sevilla y así relacionarse un poco más y conocer gente, invitación que aceptó de agrado y con los ojos inundados.

Solía acompañarme cuando salía por las noches, ya que los mediodías de los sábados trabajaba en la tienda y los domingos que era cuando hacía las tareas de su casa. Aunque yo no tenía intención de relacionarme con ella más allá de lo que era una simple amistad de salir con los amigos a tomar copas, una noche caí en la tentación.

Aquella noche fui a recogerla al portal de su bloque, como de costumbre para ir caminando al centro, que aunque había un paseíto, en los veranos apetecer andar tomando el fresco de la noche por Sevilla después del intenso calor que hace de día, y sobre todo a la hora de volver, con algunas copas tomadas no es prudente conducir.

La vi aparecer con un bonito vestido del estilo de Marilyn, atado al cuello con los hombros al aire y un generoso escote sólo que era de color rosa con florecitas blancas y amarillas. Fue en esta ocasión cuando me pude fijar en que tenía unos generosos pechos, que no tardé en detectar que con ese vestido no llevaba puesto sujetador al ver el movimiento de sus pechos al caminar, gesto que no podía evitar de mirar sus pechos en lugar de su cara mientras caminábamos por las calles.

Aquella noche me prestaba más atención que de costumbre, todas sus conversaciones las tenía conmigo, acercándose más que de costumbre, llegando a estar casi todo el tiempo rozándome uno de sus pechos con mi brazo, no sé si intencionadamente. En esta ocasión, al contrario que como de costumbre solíamos volvernos a altas horas de la madrugada, me comentó al cabo de las dos o tres horas de estar en la calle que le apetecía volverse a casa. Me ofrecí a acompañarla, pero me dijo que no, que ya cogería un bus o un taxi para volver. Insistí en acompañarla y aceptó disculpándose por fastidiarme la noche. Le pregunté que si se encontraba mal, que volveríamos en un taxi, pero no se encontraba mal, sólo que estaba un poco deprimida y no le apetecía el jaleo de la calle, así que nos volvimos paseando, serían las dos de la madrugada.

Cruzábamos una bonita y solitaria plaza de la ciudad, cuando me pidió que nos sentáramos un ratito en un banco. Así que nos sentamos, ocasión que aprovechó para quitarse los zapatos, que le estaban haciendo un poco de daño. Mientras charlábamos, colocó el talón sobre el asiento del banco para masajearse un poco el pie que lo apoyó contra mi pierna, posición que hacía que al tener la pierna sobre éste me ofrecía una bonita perspectiva de sus bragas, de color blanco con lunares negros. Una vez más no pude controlar la dirección de mi mirada, esta vez hacia su entrepierna, detalle que ella apercibió, pero no hizo nada por ocultar su intimidad. Visión que empezó a provocarme una erección.

– Te veo un poco triste. ¿Te pasa algo? – le pregunté.

– Un poco – me contestó. Me lo paso bien cuando salgo contigo y con tus amigos, pero siempre por más que intento llamar la atención, nadie me la presta.

– ¿Piensas que no te hacemos caso? – repliqué.

– No, no es eso.

– ¿Te gusta alguno de mis amigos?, Si quieres puede echarte un cable.

– No es eso exactamente, no tengo ganas de novios, es que cada vez que salgo, tengo la ilusión de ligar y no ligo, no me como una rosca, y me quedo con el calentón.

– Pues ahora el calentón me lo estás provocando tú con la panorámica que me estás ofreciendo – le dije.

– ¿Quieres que me tape? – me preguntó.

– No – contesté. Pero mira como me estás poniendo.

– Pues yo estoy igual que tú, sólo que lo mío no se ve, pero se puede tocar. Me dijo ella.

– Se puede tocar… ¿eso es una invitación? – pregunté.

– Sí – respondió.

Esta invitación no la pude rechazar y sobre todo con el calentón que tenía. Así que alargué el brazo entre sus piernas y posé mis dedos sobre sus braguitas, abriéndose aún más de piernas para facilitarme la labor. Comencé rozando mis dedos a lo largo de su rajita, sobre sus bragas, y ella metió una de sus manos echándoselas hacia un lado, para que pudiera tocarla directamente. Mis dedos, librados de la tela de sus braguitas, se hundieron por su raja, que estaba totalmente mojada y resbaladiza, acariciando sus labios menores bajando y subiendo hasta su clítoris que se marcaba inflamado.

En ese momento se levantó, se bajó las braguitas, que metió en su bolso y se subió sobre mí con las rodillas sobre el asiento del banco, y se puso desesperadamente a desabrocharme la correa del pantalón, el botón y trataba de bajarme la cremallera, que por la postura, no se dejaba bajar, así que me estiré un poco y me la bajé yo. Me retiró mi mano y metió su mano para sacarme el pene. Una vez sacado, me preguntó que si tenía condones. Afortunadamente y siempre llevaba un par de ellos en mi cartera, así que como pude me la saqué de mi bolsillo de atrás y saqué uno de ellos para ponérmelo. Me lo quitó de las manos y se puso ella misma a colocármelo, terminándomelo de ajustar yo hasta la base de mi pene. Desplazó sus piernas de la base del asiento hasta pasarlas entre el asiento y el respaldo del banco, permitiendo así poder aproximarse hacia su objetivo. Mientras yo me sujetaba mi pene con dos dedos ella se deslizó hasta clavárselo hasta el fondo agarrándose alrededor de mi espalda colocando sus pechos en mi cara.

La postura no daba facilidades para el movimiento, así que me levanté del banco con ella agarrada a mi cuello y clavada como la tenía en mi pene anduve como buenamente podía hacia un árbol que tenía justo enfrente. En el corto trayecto de tres o cuatro metros se me bajó el pantalón hasta las rodillas y casi caemos los dos al suelo, pero afortunadamente el árbol estaba allí. La puse contra el árbol, con mis manos en su suave culo, abrazándome ella con sus piernas en mi trasero y sus brazos alrededor de mi cuello. Esta postura me permitía bombear como las circunstancias requerían, sosteniéndola a pulso contra el árbol. Postura que la excitó enormemente, comenzando a jadear sonoramente, pudiendo sentir en mi pene como se le inundaba la vagina haciendo que resbalara con total suavidad en los movimientos de entrada y salida.

Pasaron pocos minutos cuando gritó: – me corroooo.

Sentí las contracciones de su vagina al mismo tiempo que mi polla comenzó a soltar chorros sincronizados con las cuatro o cinco contracciones que realizó, corriéndonos ambos al mismo tiempo. La bajé de mis brazos dejándola de pie entre mi cuerpo y el árbol sumergiéndonos en un largo beso. Momento en el que sentimos el ruido de una persiana bajándose, seguramente de alguna casa vecina.

– Joder, creo que nos han visto. – le dije.

– Vámonos. – me contestó apresuradamente al mismo tiempo que se colocaba bien el vestido y se colocaba los zapatos que quedaron junto al banco.

Me saqué el condón, me subí los pantalones y salimos apresuradamente de la plaza, riéndonos como dos adolescentes que acaban de hacer una travesura.

– Oye no me he puesto las bragas. – me dijo.

– Ya. – contesté. Así irás más fresquita.

– Ya lo creo. – dijo ella. Nunca había ido por la calle sin bragas y lo cierto es que es una sensación muy agradable. Ja, ja, ja.

Seguimos caminando hasta llegar a su portal. Camino en el que aprovechábamos cada rincón oscuro para meternos mano. Llegando hasta su portal con un calentón de órdago.

– Sube a mi piso, esto tenemos que seguirlo. – me ordenó.

– Vamos.

Entramos al portal del edifico, subimos al ascensor y pulsó el número de la planta, comenzando a elevarse éste. Rápidamente pulsó el botón de stop y lo paró entre dos plantas abalanzándose sobre mí, me bajó la cremallera y sacó mi polla que de nuevo estaba totalmente erecta. Se volvió sobre si misma, dándome la espalda y subiéndose el vestido.

– Fóllame otra vez. – me imploró.

– Me queda sólo un condón. – repliqué.

– No te preocupes, tengo más en casa – contestó.

– Pensé que no mantenías relaciones sexuales con nadie. – le dije.

– Y es cierto, luego te cuento. – me contestó.

Así que me enfundé el segundo y último condón que tenía en mi cartera y nos pusimos a follar como locos en la cabina del ascensor. Tuvimos que alojar la velocidad de las embestidas, puesto que se movía y hacía ruidos. Ella con las manos sobre el paramento del ascensor, yo detrás con mis manos en su hermoso culo entrando y saliendo de su húmeda vagina, y ambos mirándonos en el espejo que tenía el ascensor en la pared del fondo. La escena fue muy excitante llegando de nuevo ambos a un intenso y placentero orgasmo. Me guardé el condón en el bolsillo y llegamos a su piso.

Nada más entrar al salón de su piso, me despojó de toda la ropa y se soltó el nudo del cuello de su vestido, dejándolo caer al suelo quedando totalmente desnuda ante mí.

– Qué te parece mi cuerpo. – dijo al tiempo que se daba una vuelta sobre sí misma.

– Que está buenísima. – contesté.

Estaba un poco rellenita, pero mantenía unas formas bien marcadas. Un culito gordito, cintura estrecha, unos pechos generosos rematados con unos pezones pequeñitos rodeados de aureolas de grandes proporciones y un chochito con muy poco vello, prácticamente una mata en la zona inferior cubriendo la raja de sus labios mayores.

– Dónde está el aseo, me hago pis. – le pregunté.

– La primera puerta del pasillo. – me indicó. Te espero en la cama de mi dormitorio que es la siguiente puerta.

Entré a hacer pis y salí inmediatamente hacia su dormitorio, donde ella me esperaba. Al entrar estaba tumbada boca arriba sobre la cama, con las piernas entreabiertas, una mano en su pubis acariciándose y con la otra en su nuca. Me quedé mirándola al tiempo que mi polla volvía a elevarse.

– ¿Te apetece comerme el coño? – me preguntó.

– Eso está hecho – contesté.

Accedí a la cama por los pies mientras ella abría totalmente las piernas, abriéndose con dos dedos los labios mayores mostrándome su precioso coño brillante de la humedad que lo cubría. Su clítoris se mostraba hinchado, brillante y enrojecido de la actividad que llevaba esta noche. Sus labios menores eran muy pequeñitos apenas salían bajo el clítoris y desaparecían poco más abajo fundidos con su piel. Los cuales fueron el primer objetivo de la punta de mi lengua que inmediatamente alcanzó su clítoris que pasé a relamer haciendo círculos a su alrededor y pasando a repasarlo de abajo a arriba endureciéndose aún más, al tiempo que ella gemía y se pellizcaba los pezones. Sabía al látex del condón, pero poco a poco fue desapareciendo el desagradable sabor a goma inundando mi paladar con el dulce sabor que manaba de su interior, llegando ella al tercer orgasmo de la noche. Yo necesitaría follármela de nuevo para poder correrme. Cosa que ella me pidió nada más terminar el largo orgasmo que había tenido. Abrió el cajón de la mesita de noche, sacando una caja de preservativos, vaciándola sobre la mesita. Contenía cinco condones y me dijo que había que gastarlos esta noche. Menuda tarea me acababa de imponer…

– Querías saber porqué tengo condones ¿no? – me dijo.

– Bueno, – contesté. Me parecía algo contradictorio tener condones y no mantener relaciones con nadie.

– Pues trabajo en un comercio de comestibles… y los mejores pepinos son para mí. Ja, ja, ja. – me confesó. Pero ninguno me ha dado el gusto que me está dando hoy el tuyo.

Se hizo a un lado de la cama, cogiendo uno de los condones que estaba depositado sobre la mesita de noche y pasó a colocármelo rápidamente subiéndose sobre mí clavándose en mi polla hasta el fondo. Apoyó sus manos sobre mi pecho al tiempo que me cabalgaba mientras que mis manos pellizcaban sus pezones. Estuvo varias veces a punto de correrse, pero como percibía que yo no llegaba aún se paraba para prolongar el polvo que estábamos echando y poder corrernos de nuevo al unísono. Creo que tardé más de media hora en llegar a sentir que me venía y en cuanto empecé a correrme también lo hizo ella agarrándome de las muñecas y apretándomelas contra la almohada. Quedamos ambos exhaustos sobre la cama, colocándose ella a mi lado, con una pierna sobre mis piernas y su cabeza sobre mi hombro acariciando con ternura mi pecho con su mano.

Me quedé dormido, no recuerdo cuando tiempo trascurrió cuando me desperté. Ella permanecía despierta en la misma posición en que quedamos.

– Vaya, me dormí. – le dije.

– Hoy no te vas de aquí. – me espetó. Estás secuestrado. – dijo, cogiendo mi polla con la mano y accediendo hacia ella introduciéndosela en la boca.

Momento en el que comenzó una nueva erección al calor de su boca y la humedad de su saliva. Cogió otro condón, este era la cuarta unidad, y me lo colocó rápidamente, poniéndose en cuatro en el borde de la cama. Me coloqué de pie tras ella, separándole los cachetes. Me quedé unos segundos observando el precioso paisaje que tenía delante de mí. El agujero de su vagina estaba totalmente abierto, permitiendo ver su rosado y brillante interior, ante lo que procedí a introducir mi polla en su cálido agujero, comenzando un mete saca suave, que se volvió en intenso y duro obedeciendo a sus súplicas. La postura hizo que cogiera algo de aire, saliendo éste en cada embestida con el consecuente ruido, algo molesto pero la situación era tan excitante que el orgasmo de ambos se estaba acercando inevitablemente y cuya proximidad se percibía por la intensidad de sus jadeos, y que llegó cuando introdujo una de sus manos entre sus piernas acariciándose su clítoris con intensidad.

Volvimos a reposar uno junto al otro en la cama, pero esta vez fue ella quién no tardó mas de cinco minutos en quedarse dormida. Yo quedé despierto y viendo como atravesaban los rayos de luz del sol amaneciente a través de los agujeros de la persiana.

Me levanté y fui hacia la cocina a beber un poco de agua, estaba sediento. Al volver ella permanecía tumbada boca arriba en la cama, con las piernas totalmente abiertas. Me quedé observándola de pie, estaba preciosa, y la perspectiva de su también precioso coñito, totalmente abierto por la postura hizo que me pusiera en erección. No sabía si acostarme o despertarla para volver a penetrarla.

Decidí no despertarla, pero no me iba a quedar sin volver a meter mi polla en ese precioso coñito. Así que me enfundé otro condón, este era el quinto. Dudé un poco entre despertarla o no, pero decidí no hacerlo, así que me coloqué sobre ella y suavemente introduje mi polla en su interior moviéndome despacio. Ella comenzó a gemir, yo no sabía si estaba despierta o seguía dormida y soñaba con estar echando un polvo, ya que no abrió los ojos. Seguí en la misma secuencia hasta que percibí de nuevo que se estaba corriendo, seguía sin abrir los ojos, y mientras ella se corría yo lo hacía también, cayendo totalmente derrotado a su lado. Le di un beso en los labios, y fue cuando abrió los ojos diciéndome – gracias. Quedando ambos dormidos de nuevo.

A partir de ese día estuvimos varios meses manteniendo nuestra relación en total secreto, apenas salíamos, eran todos los fines de semana encerrados en su piso follando como locos excepto la semana de la regla que era cuando únicamente salíamos a tomar copas con los amigos de la peña.

Nunca quiso que fuéramos a mi piso, siempre lo hacíamos en el suyo. No quería que las cotillas de mi barrio la vieran entrar en mi piso. Decía que en el comercio donde trabajaba comentaban mis andanzas mujeriegas, y que había un par de ellas que en más de una ocasión comentaron que no les importaría echar un polvo conmigo. Nunca me dijo quienes eran, que de momento yo era suyo y no permitiría que ninguna adúltera se beneficiara de mi polla que ahora era de su propiedad.

Seguimos nuestra relación secreta y salíamos con nuestros amigos hasta que un día conoció a un señor, soltero, bien retribuido, amigo de un amigo mío, con el que fue confraternizando cada vez más y con el que terminó casándose. Me alegro mucho por ella, aunque por un momento me sentí algo celoso. Al fin y al cabo me la quitó, pero nuestra relación no era más que una bonita amistar y sexo, mucho sexo. Una vez se casó con este señor, dejó de trabajar en la tienda del barrio, ya no necesitaba trabajar, puesto que llevaba una acomodada vida en un pueblo cercano a la ciudad. No he vuelto a verla pero sé por mi amigo que es muy feliz, de lo que me alegro, y este señor sé que se ha llevado una gran mujer, a la que me consta que quiere mucho y la mima como ningún otro hombre la ha mimado antes.

Me seco las lágrimas y hasta la próxima.

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