Cuernecillos de verano

Estoy de acuerdo contigo en que en esto del sexo, el de las primeras veces fue el mejor. O al menos fueron las épocas más excitantes y sobre todo las más morbosas. Bueno también es cierto que cuando éramos jóvenes, con cualquier cosa nos poníamos como motos.

Ella y yo lo teníamos claro. En una relación de pareja, había que hablar de todo. Era lo moderno. Y hablábamos, incluso más de la cuenta.

Fue precisamente hablando y hablando cuando ella despertó mi morbo. Fueron sus frases las que verdaderamente le despertaron. Primero fue contándome sus sueños, sus imaginaciones, sus fantasías. Esas que me ponían como una moto.

Lentamente me fueron induciendo no solo a ver normal lo de compartir a mi chica, sino también a ponerme como loco y desearlo cada día con más fuerza. Eso era lo que a mi tanto me ponía y a ella tanto la gustaba. Si a mí me ponía y a ella la gustaba, no podía ser malo.

Me lo contaba todo. Luego, como no pasaba nada, esto es, como yo no me enfadaba, y encima me gustaba, pues el tono fue subiendo y ella me contaba las veces que estaba con otros… Es más yo la permitía (a veces la retaba, la picaba) para que estuviera con otros y tuviera más y más historias que contarme.

A mí, la idea de que mi chica tuviera sexo con otros chicos, de tanto oírla ya no solo me parecía de lo más normal, sino que comenzó a excitarme, puede que más de la cuenta. Ta te he dicho que incluso llegué a hacer mías sus fantasías. Y no puedo negarlo. Me gustaba que ella me contara lo que hacía cuando estaba con otros, y sobre todo lo que la hacían “sus chicos”. Y ya cuando me masturbaba o me lo contaba mientras follábamos era el no va más.

Desde luego las primeras veces fueron las mejores. Las más morbosas e intensas. No llegó a convertirse en rutinario, pero… digamos que con el tiempo pues bajó en intensidad.

Comenzó un día con su “imagínate” y yo, obediente y sumiso, pues me puse a imaginar. Y la bastaba decir eso de “hoy he estado con….”. “Y me ha tocado las tetas, imagínate cómo hemos terminado”. Suficiente. No necesitaba más. Mi polla se ponía a mil y hacía cualquier cosa porque me lo contara… Y cuando pasó el tiempo, no digamos por poder verlo en directo o participar.

No, no eran grandes relatos, pero bastaba el guion y que la conocía muy bien, para montar rápidamente la película dentro de mi cabeza.

El día que me dijo que se la habían follado en un coche, no solo no me costó nada imaginármela, es que ni lo dudé. ¿En plural?. Fue mi única pregunta. Y asintió con la cabeza. Por fin se la han follado. Es lo máximo que pude pensar. Luego ya la excitación me volvió loco. Me dijo que fueron unos italianos muy simpáticos que había conocido esa misma noche, en el cumpleaños de una amiga. Tenían un todoterreno impresionante. Y se fueron a dar una vuelta…

Y el primer día y ¿te lo montas con dos a la vez? Sí, dijo tan tranquila, por si fallaba el primero. Estaba harta de “trenecitos”. Vamos que la niña tenía claro que quería follar con otro y nada más verles decidió que tenía que ser ese mismo día y con ellos. Eran los candidatos perfectos para un “si te he visto no me acuerdo”. Lo iba a hacer “cueste lo que cueste”.

No necesité preguntar más para imaginármela allí. En los asientos de atrás, con los pechos al aire, en medio de dos tíos. Feroces e intensos morreos. Uno por cada lado. Caricias ansiosas a cuatro manos en esos fantásticos pechos. Y como siempre el “no, no, por favor”… de mi novia, pero que quería decir que sí, que sí, que sí por favor. Si, decía que no. Fingía que no, pero por dentro decía sí, no pares, ni se te ocurra…

Así hasta que acabó con una polla regordeta entre las piernas, “poniéndola una buena vara”. Expresión textual de ella. La encantaba decir lo de que “sus chicos” la ponían una buena vara. Si no lo decía, mal asunto. Eso es que no se la habían follado bien.

Ni gritos, ni enfados, ni aspavientos. Ella me lo dijo, pero a mí, ni siquiera me interesó saber quién, o quiénes era o eran los que se la habían tirado. Solo quería que me la sacara y me masturbara mientras me lo contaba… Y yo lo disfrutaba imaginando cada gesto, cada jadeo…

El día que me confirmó los primeros cuernos, me dijo, que lo de las ganas irresistibles de follar con otro, lo de pasar de la fantasía a la realidad, había empezado unos meses atrás, en un concierto. En el verano. Y el “culpable” había sido Julio “El trenes”.

Fue al espectáculo con la panda de Julio “El trenes” o Julio “el Carnero”, aunque casi nada más entrar, se perdió de la gente. Ella se colocó delante del todo, en primera fila, todo lo cerca del escenario que pudo. Era lo que quería, verles en primerísima fila.

Y allí se plantó. Apretada. Estrujada entre la gente. Sonó la música. Notaba como retumbaba el suelo. Sentía las vibraciones de los bafles en todo su cuerpo. Incluido entre las piernas. La hizo gracia. Esas cosquillitas en el coñito la animaron. Más por lo divertido, por lo chocante, que por la excitación en sí.

Y de repente, le sintió a su espalda. Sin poder moverse. Notó cómo le crecía “eso” entre sus nalgas, como se pegaba más a ella, como se restregaba. Ella se puso nerviosa. Al principio. Si porque pudo moverse, irse o hacer algo. Al menos intentar zafarse entre tanta gente.

Además a lo mejor no era buscado, era algo casual. Y la curiosidad por probar qué se sentiría la hizo quedarse quieta. De nuevo las vibraciones de los bafles. Retumbaba entre las piernas. Y volvió a notarlo. Como crecía. Duro durísimo. Más apretados. Ahora no cabía duda. Y su mano. Los muslos. El culito, las nalgas.

Y mientras la gente aplaudía, él aprovecha y la levanta la falda. Se pega a ella como si fuera su novio agarrándola por las caderas. Y baja. Es su coñito. La bolsa de la playa tapó, ocultó la maniobra. La falda cada vez más arriba. Se separó un poco. Un movimiento extraño. Al volver a pegar su cuerpo se dio cuenta. La tenía fuera. Alucinante. No se lo creía. Tampoco que la estuviera gustando. Y cada vez más. Ese movimiento de dedos y la situación la estaban poniendo a mil.

Ella sospechó, o quiso creer, que el que la metía mano desde atrás era Julio. Pudo haber sido, porque no le vio. Confiada en que era “El trenes” se fue recostando en él y permitiendo que maniobrara a su antojo. Dentro de lo que podía claro.

De vez en cuando, la mano se metía bajo la camiseta y por debajo la agarraba las tetas… Intentó sacárselas de las copas. Pero no pudo. El sujetador se las tenía bien apretadas y no podía maniobrar bien. Sin problema. Metió la mano por la espalda. Nada más sentir como la subía, arqueó la espalda. La soltó el corchete y volvió a su tarea. Ahora sí pudo sacárselas. Ahora si podía jugar con los pezones tranquilamente.

Y mientras la tocaba, comenzó a bajarla las bragas. Casi las tenía a mitad del muslo.

Y empezó a decirla cosas. Si, una voz viril, (¿una voz viril?), susurrando la dijo al oído: “eres una puta”… “qué buena estás, so zorra”,… “te follaba ahora mismo”,… “me encantan estos melones hija de puta”…

¡No era Julio! Dio un pequeño respingo. Pero en un segundo, sintió un calambrazo. Increíble. Se estaba empezando a correr. Imaginé perfectamente su cara de sorpresa, de susto, sus ojos abiertos como platos…

Todo su cuerpo se puso a temblar. Juntó los muslos tratando de aprisionar esos dedos… las braguitas resbalaron un poco. No la importó.

Una vez, dos veces, tres veces…. se estaba corriendo mientras un degenerado la estaba masturbando, mientras un pervertido, un puto baboso la sobaba…

Increíble… Y él no paraba de tocarla y de insultarla. “Guarra”… “te estás corriendo”… Y venga a decirla obscenidades y marranadas.

Y ella como desmayada, con los ojos cerrados respirando con dificultad, disimulando lo que a nadie le importaba. Todos el mundo miraba al escenario y nadie parecía darse cuenta de lo que la estaban haciendo.

En un momento dado, se separó un poco de ella. La mano que la apretaba los pechos se colocó en su trasero. La remangó aún más las faldas. Estaba segura de que tenía casi todo el culito al aire. Y notó el calor de la carne. Se dio cuenta de cómo la colocaba entre las nalgas. La movía buscando su agujerito. Por la postura era más que imposible, pero la daba mucho morbo. Completamente rendida, con los ojos cerrados, jadeando se lo dijo… Llévame a los baños y házmelo…

Puta… ¿te crees que soy tonto? En cuanto nos movamos de aquí eres capaz de echarte a correr… dijo poniendo otra vez su pene entre los glúteos y empujando.

Nada más notarla entre las nalgas, trató de aprisionarla. Tensaba y relajaba los glúteos. Movía las caderas…

Él se dio cuenta. Claro.

“Puta… te gusta mi rabo”… dijo susurrando en la oreja y se la lamió.

La dio asco el lengüetazo, el que se la dejara llena de babas, pero la puso todavía más cachonda. Además parecía que estaba bien dotado. Por lo menos gruesa y dura si la tenía. La hubiera gustado que la hubiera empalado allí mimo. Que la hubiera hecho apoyar contra la pared o contra las vallas del escenario y desde atrás, sin poder verle, se la hubiera metido. Que la follara un desconocido. Y ella, no es que se dejara, es que no la quedaba más remedio… Sin poder evitarlo… Su fantasía… Y se lo volvió a repetir… llévame a donde quieras y házmelo… de verdad que no me voy a ir corriendo…

El calor de nuevo. Pero ahora era distinto. La escurría por las piernas. Entre los muslos. Y otro susurro en el oído. “Me he corrido en tu puto culo zorra”. Y desapareció. Imposible moverse y tratar de… bueno tampoco tenía claro qué iba a hacer. Se quedó mirando el resto del concierto. Eso sí, mojada por delante y por detrás.

Me moría de celos. De morbo. Saber que a mi novia se la habían estado sobando a tope. Y lo peor, (o lo mejor) saber que a ella la gustaba. Sí. La volvió loca que el pervertido la sobara las tetas. Y más aún el coño. Incluso se había sacado la polla y se la había restregado por el culito. Su fantasía de hacerlo con un desconocido. Tu y yo ya lo habíamos hecho… ya no había precinto, me dijo una y mil veces mientras me masturbaba la primera vez que me lo contó.

Seguramente se la hubiera podido follar allí mismo. No lo pregunté porque conocía la respuesta.

Me confesó que esa noche por primera vez en su vida, se puso fuera de control. Su fantasía sexual más secreta y para ella más morbosa, se había medio cumplido. Un vagabundo, un desconocido. Ella no cedía, no podía hacer nada y era violada, bueno, violada del todo no. Usada a la fuerza… era… como decirlo, era algo no consentido, no asumido, pero tampoco rechazado. Y además la gustaba. Vamos una fantasía y punto.

Al acabar el convierto no encontró ni a Julio ni a nadie. Tampoco la apetecía en ese momento. No sabía qué hacer. Si la llega a entrar algún tío seguro que se enrolla con ella. Tal y como estaba, posiblemente la se la hubiera calzado. Optó por irse a casa. Era lo más prudente.

Regresó sola al camping, por el atajo, por el camino que cruzaba el bosquecillo. Era de noche y mucha luz no había. Se fue tocando disimuladamente el coñito. Me dijo que en ese momento, si hubiera salido alguien… Y con el sonidito “ummmmm”… fue suficiente.

Con cada paso, con el simple roce de los muslos la ponía a mil por hora. Y el recordar que todas las nalgas estaban manchadas de semen….

En ese momento oyó unos ruiditos. Se asustó un poco. Despacio se ocultó entre unos arbustos. No eran ruiditos normales. Eran… como gemidos. Sin hacer ruido se acercó un poco más.

Pudo ver cómo el culo subía y bajaba. Se estaban follando a una tía. Y ella se moría de envidia. Oculta se hizo unos dedos. No pasó nadie porque si llega a pasar se lo cepilla allí mismo, “le violo” me decía sonriendo.

Cuando terminaron le vio levantarse. El tío se colocó y se fue. La chica se tuvo que vestir sola. Y se fue detrás.

No paraba de repetirme, y yo la creía, que sí, que a mí me quería, o mejor dicho, que solo a mí me quería, que lo demás… pues que se sentía atraída. Que no era más que eso. Sexo. Morbo. Curiosidad. Eso es lo que pasó con Julio.

Julio era ferroviario. Le llamábamos “El Trenes”. Nos conocíamos todos del equipo de natación. Un día ella me preguntó. Como un tonto, pues hablando, hablando, la dije que en los vestuarios nos veíamos todos desnudos… Ella me contaba cómo eran ellas, y yo… bobo de mí, pues respondía a sus preguntas: casi siempre dirigidas a lo mismo: tamaños y formas. Y digo bobo de mi porque no me di cuenta de que en “El Trenes” ponía mucho interés y era sobre el que más preguntaba.

Julio tenía una polla normalita. Pero tenía unas bolas… Como explicártelo… Y ella se reía con mis descripciones. Pelotillas de pin pon, caniquillas, garbancitos….

Esa semana fuimos a una feria de ganado. Había unos carneros con unos testículos gigantescos. Las bromas de ella, mira, mira que bolas… Y zas, me preguntó de repente: ¿son así los de Julito? Y más risas… Entre nosotros, Julio pasó de ser “El Trenes” a ser “El Carnero”. Yo como un idiota me reía. Lo que pasa es que lo que no sabía es que el carnero iba a ser yo.

El caso es que ya en el verano ella como todos los años se fue al camping con sus padres. Y Julito pues estaba cerca… Además tenía coche.

Quedaron o casualmente (eso no me lo creo) se vieron. Y quedaron en ir a la playa. Qué menos después de llevarla al concierto y perderse…

El “asalto al castillo”, pero por parte de los dos, comenzó por la mañana. Eso sí lo sé. Me lo dijo ella. En la playa. Juegos y una mano que se desliza bajo el agua. Risas, bromas picantes… Él estate quieto que nos van a ver… pero dicho como por cumplir, porque ella estaba desando que la tocara.

Y cuando se quedaron solos, pues al coche. Un rinconcito oscuro y apartado antes de llegar al camping. Pensó que por fin. Él dijo no sé qué de quedarse un ratito hablando… ella lógicamente dijo que sí. No se la iba de la cabeza la escena del día del concierto, la del tío en el bosquecillo moviendo el culo… y el calentón que llevaba desde ese día.

Él sentado en su asiento de conductor, ella dada la vuelta. Como lo hacíamos nosotros dos. Besitos que se van convirtiendo en morreos, pequeños roces, toqueteos… Picantes, como en el agua, pero sin pasarse. Las típicas negativas. Las justas para que no pensara que era una chica fácil, pero tampoco había que pasarse. No le entrara miedo y se fuera. Ella lo hacia para que él supiera que la gustaba, que quería hacerlo… pero que no era una cualquiera. Si lo piensas hoy una estupidez. Un absurdo galimatías, pero en aquella época y con esos años… pues era imprescindible.

Después de unos diez minutos de besuqueos, empezó a impacientarse. No la había ni tocado los pechos.

Se insinuaba, jadeaba con los besitos por el cuello o cuando la acariciaba la espalda, la arqueaba para facilitarle que metiera la mano y soltara el sujetador… Se restregaba contra él… Hasta que una de las veces que la mano rozó el corchete, ya le dijo que si quería, ella se soltaba el sujetador…

Y por fin vinieron los toqueteos, por fin se decidió. Y la mano se metió por dentro y soltó el corchete. Y le tocó las tetas… Ummm, me dijo, “unos toquecitos que”… Y luego sus “picardías”. Irse girando lentamente, moverse sutilmente para recibir las mejor las caricias en los sitios que más la gustaba y cosas así…

Fuera sujetador, fuera blusa… Cómo la estaba gustando que la tocara así las tetas. No digamos cuando empezó a jugar con la lengua en los pezones… Mereció la pena la espera, me dijo. Vamos que la gustó como se las magreaba.

Y ya puestos, se fue animando. La mano de él en el coñito. Sus pechos aplastando su paquete. Tiraron los asientos todo lo que se pudo hacia atrás. Y él se deja caer hacia su lado y la sujeta por las nalgas. Visto y no visto siente su lengua en los muslos. Luego en sus labios.

Su cara de sorpresa. La descarga eléctrica, el calambrazo que sintió. La primera vez que la “comen” eso. Una sensación indescriptible. Vergüenza. Deseo. Morbo. Sentirse mayor, muy mayor, muy mujer. Y la lengua que la lame. Separa los labios con los dedos y la abre a tope. La lengua juega con el botoncillo, se mete en el agujerito, gime.

Y cuando los dedos se meten “en la cueva”,… Ahí si que ya no puede más. Y eso que solo era la entrada. ¿Sigo? Dijo el por si acaso tenía “precinto”. Sí, sigue, no pasa nada… ya estoy… Iba a decir follada, pero no fue necesario, Julio lo entendió.

Y él empujó los dedos a tope. Como si fueran un pene. No fue un gemido, fue un chillido en toda regla. Y cuando la lengua volvió a tocar esa zona, ya no paro de gemir, de gritar cada vez que llegaba al orgasmo… Fue brutal. Y encima no se terminaba, aunque de vez en cuando tuviera que parar porque los pelillos le dificultaban la tarea.

“Cuando terminó” vamos, cuando agotada tuvo que pedirle que parara, que ya se había corrido no sé cuántas veces, quiso devolver el favor…

Se volvió a colocar como antes, y rápida se lo sacó. Aquello estaba durísimo. Le miró sonriendo con cara de pícara. Uno de sus pelillos en la boca. Espera. Dijo riéndose. Un intenso morreo y sin apartar los labios de su boca fue bajando por el cuello, por su abdomen… Le bajó los pantalones y los calzoncillos hasta abajo. Se los quitó por una pierna. Quiero que estés cómodo, dijo. Lo que quería era verle completamente desnudo. Sí que estuviera cómodo, pero también que pudiera moverse con libertad dentro del coche para que la follara. Y bajó otra vez. Se recreó unos instantes viendo aquello. Durísimo, enhiesto, y abajo los tremendos testículos. Se relamió de gusto pensando en lo que iba a pasar. El pene la rozaba los pechos. Un respingo. ¿Te gusta? No decía nada. Solo pudo lamer el pene una vez. Un buen lengüetazo. Apenas pudo colocarlo entre los pechos. Nada más sentir su tacto, ¡Zas! Imparable.

La ducha fue tremenda. El también gritó. Ella estaba contenta. Había podido con él. Sí, había conseguido hacerle gritar de placer. Aunque no hubiera dicho que no si él hubiera… Literalmente me dijo: Sí, si él en vez de los dedos, hubiera metido aquello… Es más, lo deseaba.

Luego jugaron a ver si “eso” se reanimaba… Pero ya era algo tarde. Y la tuvo que llevar. Maldito reloj, dijo Julio. Asintió aunque ella lo que pensaba era que tenían que haber empezado antes.

En el camping estaban todos dormidos. Menos mal. Pero no fue directa a la cama. El fuerte olor a semen (me dijo que el semen de Julio olía muy fuerte, mucho más que el mío) …. El tacto de la piel pegajosa… y sobre todo, el haberse quedado con las ganas pudieron más que ella. El de abajo seguía pidiendo guerra. Disimuladamente fue a los baños y se lo hizo. Otra noche que terminaba en las duchas calmándose ella sola.

El próximo día, no te libras bonito, se dijo a sí misma mientras se secaba completamente desnuda, mirándose al espejo de los vestuarios. Y eso que sabía que muchos “chicos” de vez en cuando se metían allí a escondidas a ver si “veían” algo.

Al día siguiente Julio “El trenes” pasó por la piscina del camping como por causalidad. Tenía puesto un bikini. Se acercó a ella. Nada más vele, tensó la cuerda del sujetador. Los pechos aún se la marcaban más y daba la impresión de que eran más grandes. Hizo lo mismo con la braguita tirando de ella hacia arriba. Destaparía más su culito.

Se quedó “pegado” nada más verla. Hasta tartamudeaba. Que si la apetecía ir con él y unos colegas a una playa… Él la llevaba en el coche… comían allí…

Que sí, que vale que bien, que no marees Julio. Que sí que voy, dijo indiferente.

Le dio la espalda y se fue sonriendo sabiendo que Julito tenía su mirada clavada en su trasero. Ya la había clavado antes en las tetas. Con el frio del agua tenía los pezones como garbanzos y estaría por jurar que a Julio se le puso tiesa nada más verla. Así tendría más ganas.

Se tiró de cabeza al agua.

Esa noche lo pensó. Quedaban dos días. Menuda sorpresa te vas a llevar…

De entrada, se puso el famoso bikini, el que estaba prohibido por su padre “por indecente”, pero que ella se ponía en cuanto tenía ocasión, aunque fuera a escondidas. El sujetador, parecía dos tallas menor y prácticamente se la salían las tetas. A veces, se veía la aureola de los pezones. Y lo debajo… ufff. ¡¡¡Menuda mini braguita!!! Sobra imaginar que a Julito “El trenes” se le saldrían los ojos.

Julio se presentó puntual. Ella estaba escondida y le hizo esperar un poco adrede. Que lo desee. Que no lo dé por sentado.

Subieron: un besito. Un vámonos. Intentó besarla en la boca, pero no le dio más opción.

En la playa estuvo un rato con el bikini. Estaba tremenda. Jugaron como el primer día, aunque esta vez hubo más insinuaciones. Ella tomó la iniciativa. Ya no solo se dejaba sobar. También le tocaba de vez en cuando. Y de vez en cuando, pues con el mini bikini, dejaba que se asomara un poquito de carne. Cada vez más carne.

A media tarde, cuando la playa se fue despejando de gente, se quitó el sujetador. Sin decir ni pio. Cuando un amigo de Julio volvió la cara, se la encontró con las tetazas al aire. Se oyó un ¡“hostias qué bolas”! que la hizo reír y todos los tíos volvieron la cabeza. Allí estaba ella sentada en la toalla tan campante. ¿Qué pasa nunca habéis visto a nadie hacer top les? Les dijo tan chula.

Delante de todos se dio crema en las tetas. Sensual, sexy provocativa. Jugando con los pezones. Todos las miraron como bobos. Y no me extraña. Cuando lo hacía conmigo esos meneos me hipnotizaban.

Y llegó la hora de irse. Aún estaba en top less. Todos la habían visto bien vistas las tetas. A todos se les había puesto la polla tiesa, me dijo. No era la única que las tenía al aire, no, pero…

Ella se sentía muy sexi y sabía que estaba súper provocativa. Y encima con ese mini bikini, tipo tanga, marcándose el coño y con casi todo el culito al aire. Para qué te voy a contar más…

¿Me pongo la camiseta? Le dijo a Julio. Es que se me van a mover mucho ¿no crees? Ponte el sujetador, la dijo inseguro. Hombre para lo que me va a durar puesto… respondió sonriendo mirándole a los ojos. Más directa no había podidos ser.

El viaje al rinconcito fue un infierno para el pobre Julio. Nada más subir ella le cogió la mano y se la llevo a la entrepierna. Fácil meterla bajo las faldas. Fácil tirar del cordoncito y la cara de sorpresa del amigo. Para ti. Dijo ella, para que no se pongan bigotillos.

Mi novia en un minuto le contó que esa misma mañana le había birlado una maquinilla a su padre y que se fue a las duchas. Unas tijerillas, y se lo enjabonó con champú y… Bueno que tardó más de media hora. A mí sí me dijo que tardó tanto fue porque tuvo que hacerse un par de dedos haciéndolo. Si, esa noche lo cata, pensaba. Esa noche se lo follaba. Estaba más que decidido.

Por fin llegaron al rinconcito en el bosque. Ella ya se había desnudado por el camino. Y se la había sacado. Sin prisa pero sin pausa.

¿Reclinar asientos? ¿Pasar a los asientos de atrás? ¿Por qué no salir del coche? Tenemos las toallas de la playa… Fue mi novia quien insistió en salir. Completamente desnuda y con el coñito depilado. Julio con aquello durísimo. Sus bolas de carnero colgando y un calentón de mil demonios. Los morreos, la mano que la recorre entera, los sobeteos normales de precalentamiento, y al suelo. Primero a probar el “calvito”. Dos lametones. Otra pajilla con la boca, si otra comida de coño, y el comentario de Julio: -. Estás muy mojada… “Sabes a ti”… También otra frasecita cursi para inmortalizar.

Y mi novia se lo dijo. Fue ella: puedes penetrarme o hazme tuya. O a lo mejor un poséeme. Una cosa así. No fue un fóllame, aunque eso es lo que ella quería decirle pero que por pudor (¿por pudor?) no se atrevió.

Se dejó lamer el coño hasta llegar dos veces. Quiso devolverle el favor. Le beso la punta. Se la lamió un poco. Esa gotita que salía… Tú sí que sabes “a ti”, pensó ella. Y siguió acariciando sus partes con los labios, con la lengua. No dejó ni un solo instante de tocar sus cojones, pero en el mejor sentido de la palabra. La curiosidad y el morbo… Y por supuesto no se quedó con las ganas de lamer sus enormes pelotas…

Por fin llegó la hora de colocarse. Abierta para él. Él en medio de sus piernas, de rodillas, apuntándola con su polla. Ella solita movía las caderas para acercar la punta a su entrada. Me dijo que no pudo disimular su impaciencia por sentirse traspasada. La de veces que se había imaginado que Julio se la metía. Por fin iba a saber qué se sentiría con la polla de otro que no fuera yo…

Las miradas. Los jadeos contenidos y él que se queda quieto. Mi novia se mueve. Sube las caderas le abraza con las piernas. Su coño le busca ansioso, quiere ser penetrado. La acerca a sus labios más íntimos. Ya la tiene dentro, no dentro no, solo a la entrada, es el capullo… Ahora me la meterá, ahora vendrá lo demás… Cerró los ojos esperando la embestida. Y…

Se acabó la historia.

Julio en vez de empujar y clavarla la polla hasta las bolas se incorporó y comenzó a regarla. Ella espatarrada, medio tumbada en el suelo: apoyada sobre los codos mirando alucinada como él, arrodillado en medio de sus muslos gritaba y se la cascaba incontenible y la, literalmente, bañaba, en una de las corridas más abundantes y espectaculares que había, y según dice aun hoy, ha visto en su vida. No llego a metérsela. Sus muslos, estómago y sobre todo las tetas, fueron los que recibieron esa gigantesca corrida.

Luego un “lo siento y es la primera vez que me pasa”… Y… Inútil todo. Era hombre de una sola descarga. Caricias, toqueteos… Nada. Ni siquiera una mamada arrodillada, no arrodillada no, a cuatro patas. Él recostado en el capo del coche y ella mamándosela como una putita. La frase fue de ella, me puse como en las películas, como las putas de las películas. Pero nada. Aquello no revivía.

La cara de chasco de ella. La imagino perfectamente. La de merluzo de él… Y a vestirse y a casa, al camping, a volver a la ducha a escondidas y a tener que masturbarse otra vez por el calentón. Y ya puestos a contarlo. Con un cabreo monumental. No solo era frustración, se sentía ridícula después de todo lo que había hecho. Si, ponerse en top les delante de todos aquellos babosos, dejarse sobar en público… ofrecerse descaradamente como una puta cualquiera… si, como una perra en celo. Y todo para nada, para volver a casa bañada en semen, y con un calentón del demonio.

Pero lo peor, lo que más la preocupaba ahora: haberse afeitado el potorrillo. Estaba súper cabreada con Julio. Una y no más Santo Tomás, se dijo para sí pensando en él cuando fue a darla un beso de despedida. Le volvió la cara toda enfadada.

Mi pregunta. ¿No lo intentaste otra vez? Aunque fuera con otro. No pude. Me quedé con las ganas. Fue el último día y era tardísimo. Al día siguiente regreso, final de vacaciones. Desmontar la tienda, recoger, dormir en una habitación de una pensión y para casa. Y a ducharse a escondidas de las hermanas para que no vieran lo del afeitado.

Aquel verano no me puso los cuernos. Esos me los puso a la vuelta, en noviembre, en el cumpleaños de su amiga Paola, la del intercambio. Fue cuando conoció a los dos italianos tan simpáticos. Esos con los que se fue a dar el famoso paseo en el Todoterreno.

¿Qué por qué digo que no me puso los cuernos ese verano? Pues… Vamos a ver. No sé qué opinarás tú.

Fiel, precisamente fiel, no me fue. Si pensamos que hubo sexo con otro tío, pajillas, manoseos, mamadas y otras cosas… pues claro que hubo infidelidad, y me puso unos cuernos del tamaño de los de un alce canadiense. Pero si pensamos que para que haya cuernos tiene que haber penetración, no los hubo. Esa vez, ella se quedó con las ganas. Por eso yo digo, que fueron cuernecillos… Y como fue en verano, pues cuernecillos de verano.

¿Mis cuernos? Yo creo que nacieron en otoño. Cuando se la follaron en el coche los italianos… pero eso ya es otra historia. ¿O no?.

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