Curiosidad

Quiero saber

-¿Por qué recoges tus libros, niña.? La clase aún no ha terminado.

Para ella si. Terminó de acomodar los tomos en la cartera y miró a su profesora desde su

asiento. La miró con el aplomo del estudiante que ha sido bien instruido y sabe la respuestas.

La docente se sorprendió ante la chispa de sabiduría que brillaba en sus ojos, y

más todavía, cuando ella se encaminó hacia la puerta del aula, echándose sobre el hombro la

mochila abarrotada del saber escrito.

En su mano de uñas pintadas de rojo y mordidas por los dientes de la impaciencia, tomó la manija

y le dio una vuelta. Se volvió hacia su mentora y antes de contestar, miró con indiferencia al resto de

del aula. Un gran recipiente cuadrado repleto del saber leído. Por última vez.

-Lo que tenía que aprender sobre otros, ya lo sé. Lo que debo saber sobre mí, no lo encontraré aquí.

Abrió la puerta y salió al pasillo desierto. A la izquierda había más puertas. Puertas de madera

blancas y herméticas. Puertas de jaulas. A la derecha había sólo una de transparente cristal.

Pudo ver las hojas del gran arce filtrando la luz del sol de primavera. Luz y Libertad.

Hacia allí encaminó sus pasos.

Mientras, en el interior del aula que acababa de abandonar, otro alumno comenzó a recoger sus

libros como hiciera ella un momento antes. La que estaba a su lado le imitó un momento después.

Luego otro, y luego otra. Menos dos o tres, todos hicieron lo mismo.

Cuando salieron al pasillo, la estudiante ávida de saber de sí había desaparecido, pero tomaron su

mismo camino.

Encuentros

1

Julio de 2015

El sol caía a plomo sobre la calle, obligando a los viandantes a refugiarse en los soportales de la avenida. Lo mejor que podía hacerse al estar a un paso de las tres de la tarde.

Refugiada a su vez, mientras caminaba le dio por pensar si se estaba perdiendo algo. Que a lo mejor, la vida la había llevado por un sendero demasiado llano en asuntos amorosos. Había oído contar muchas cosas en ese sentido desde muy joven. Batallas de conquistas y roturas que, previo pago de impuesto sexual, habrían terminado quien sabe cómo, pero con la sabiduría de la experiencia acumulada para el futuro. Todas ellas relatadas por oradores con aire de suficiencia y dejando entrever que habían sido más de uno y más de una las que habían satisfecho dicho impuesto. Por entonces, ella lo creía sólo a medias. Ahora, tenía su propia familia, y aún contando con un punto de vista más amplio y experiencia de primera mano, creía exactamente igual. Sin embargo, de vez en cuando llegaban rumores de las vidas de personas muy cercanas. Rumores en los que se insinuaban cosas que ponían la imaginación a trabajar. Cosas abstractas que sugerían que no había por que darse por satisfecha sexualmente sólo con su pareja. Era comprensible, dado que en la adolescencia y un poco más allá, su aventura sexual se había limitado a escarceos sin importancia con un par de muchachos con los que salió. Y hasta hoy, veintitantos años después, solo su marido la había follado plenamente. Él disponía de su cuerpo a su antojo y pero sin descuidar sus atenciones hacia ella.

La follaba como a ella le gustaba. Le excitaba hacer el papel de sumisa, sucia, y sabia a la vez, le encantaba que le susurrara fantasías de pollas que llenaban sus otros agujeros mientras el le follaba la boca, le mordía el culo y manoseaba sus pechos, excitado hasta la locura. Le dejaba hacer lo que le diera la gana con ella. Era generosa en sus caricias y ponía sobre la mesa de juego todo lo que tenía sin escatimar nada, y ante la intensidad de los orgasmos que le arrancaba, sabía que lo estaba haciendo bien. Y mientras la penetraba, él caminaba por la línea invisible que separaba el respeto absoluto y la humillación. Daba vueltas en su cabeza a como mejorar aún más, buscando formas nuevas de afrontar aquel lado tan dulce del matrimonio para no caer en la monotonía. Ella se lo agradecía y pagaba con creces.

-Pero quizá iba siendo hora de mirar un poco más allá. La fantasía y la realidad podían estar separadas por un abismo, pero tender un puente entre ambas no era tarea tan…

Sus pensamientos se interrumpieron ante el papel que le puso en la mano uno de esos chicos que reparten propaganda por las calles. Lo cogió en un acto reflejo, como hacemos casi todos. Y como casi todos hacemos, le echó un vistazo sin ningún interés. Al tiempo que empezaba a leerlo, empezaba a arrugarlo.

Entonces se detuvo. El folleto en cuestión no anunciaba comida china, una autoescuela, o precios revisados al alza en el mercadeo del oro. En él, había una fotografía pequeña de unos ojos. Ojos negros como el carbón y custodiados por unas cejas espesas y oscuras. Entre uno y otro, se formaban dos arrugas verticales y paralelas, muy marcadas, que sugerían interés y concentración. Sugerían sabiduría y convencimiento.

¿Quiere saber lo que hay al otro lado de su vida actual.?

¿Quiere mejorar su autoestima.?

¿Cómo cambiaría su existencia al saber lo que otros ignoran.?

El doctor Darius Steel se lo dirá.

Se paró a estudiar la expresión de aquellos ojos que parecían atravesarla. Se inquietó un poco y para huir de ello releyó las preguntas impresas en negrita bajo la instantánea.

-Claro que quiero saber lo que hay al otro lado de mi vida. ¿Y quién no.?

-Claro que quiero aumentar mi autoestima. No conozco a nadie que se autoestime lo suficiente.

-Mi existencia cambiaría mucho si yo fuese más lista que nadie.

-El doctor Darius Steel no me lo va a decir por que será un capullo integral, como todos los que se las dan de adivinos en folletos de papel y atestan la televisión para insomnes.

Arrugó el folleto y lo arrojó a la papelera más próxima. Echó a andar de nuevo sin querer admitir que bajo la capa de ironía con que contestó al cuestionario improvisado, los ojos de papel del doctor Steele la habían puesto nerviosa.

La tarde transcurrió rutinariamente, como toda tarde rutinaria que se precie de serlo, sedada por el calor de Julio. La muchacha sudaba bajo el vestido, a resultas de la caminata de vuelta, y en su mente se veía a sí misma llegando a casa, quitándose los zapatos sentada en los escalones de la cocina y sentándose a cenar acuciada por un apetito feroz. El doctor Steel y sus ojos inquietantes, se habían hundido en su memoria sepultados bajo estos planes más inmediatos. El calor era en lo que pensaba. El calor que seguía siendo respetable aún anocheciendo. Afortunadamente, en aquella parte de su recorrido, el aire, que parecía haber alquilado un espacio permanente entre los edificios altos y terrazas de bar concurridas, correteaba a ras de suelo y la refrescó un poco. Pero el aire es cambiante; La refrescó en un primer momento, y al otro, la sumió en la intranquilidad al llevar en volandas hasta ella objetos de poco peso que levantaba del suelo formando remolinos, y entre hojas secas, un envoltorio de caramelo y algunos desperdicios más, se le quedó pegado en la pechera del vestido un papel, que además de la huella de un zapato, tenía impresos unos ojos que se le habían olvidado.

2

La calle era la correcta y el número también, comprobó unos minutos después.

El “consultorio” del doctor Steel resultó estar ubicado en el primer piso del edificio que hacía esquina en una transversal a unos cientos de pasos de donde el viento le entregó el papel. Quizá fuera un presagio. O quizá una excusa para poner en marcha el proyecto que venía rumiando tiempo atrás. Se decidió, a pesar de que era bastante indecisa para casi todo, pero en esta ocasión no le llevó más de veinte segundos decidir lo que haría, y por que se le apareció en la cabeza el dicho de que lo que se hace sin pensar, es lo que mejor acostumbra a salir.

Pulsó el botón del interfono y aguardó. Una voz de hombre grave y metalizada por el sistema le dio la bienvenida. La puerta emitió un chirrido y ella empujó.

El primer piso estaba a solo unos peldaños de la entrada, ya que la casa era antigua y se había librado de las nuevas ordenanzas por las que se regía la construcción moderna, o sea: ubicar un primer piso nuevo, a la altura de un tercero antiguo.

Llegó ante la puerta y levantó la mano para pulsar el timbre, entonces se percató de que su mano temblaba un poquito, y agitaba con su movimiento la sombra de la duda, pero antes de que ésta tomara forma, la puerta se abrió y los ojos de papel que conocía sobre papel se tornaron humanos.

-Buenas tardes- Dijo el doctor Darius Steel.

Alto y robusto, de un metro ochenta, por lo menos. Pasaba ya de los cincuenta y aparentaba ser de ascendencia india, a juzgar por el tono mate muy oscuro de su piel. Llevaba el pelo peinado hacia atrás y recogido en una corta cola de caballo. Bajo la lámpara del recibidor, suspendida muy cerca de su cabeza, resultaba tan oscuro y brillante que parecía de metal fundido. Le llamaron la atención sus dedos cuando le ofreció su mano. Eran, o así se lo pareció, los dedos más largos que había visto en su vida. Estaban engarzados en unas manos bien cuidadas y acordes a su tamaño.

El doctor vestía una sencilla camisa blanca y pantalones largos de color gris. Sus zapatos marrones asemejaban mocasines blandos.

Ella levantó la cabeza para responder al saludo. El poder que se adivinaba en los ojos del papel no era nada comparado con lo que desprendían al verlos en persona.

Hola- Dijo ella también con cortesía al estrechar la mano que le ofreció.

-Adelante.

El doctor se apartó a un lado para que ella pudiera pasar y sonrió con su boca de dientes blancos al tiempo que hacía un elegante movimiento con el brazo hacia el interior. Restos de colonia cara que daban sus últimos coletazos sobre la ropa del hombre, se mezclaron con el de incienso que flotaba en el recibidor.

Al entrar, ella miró en torno con curiosidad. El mobiliario de esta pieza estaba formado por un sofá tapizado en marrón de tres plazas acorralado contra la pared de enfrente por una mesita baja y larga. Flanqueado también por una butaca a cada lado. Colgaban diplomas enmarcados por encima del respaldo, además de otros cuadros de tamaños y colores diferentes, pero apagados. Había una puerta donde terminaba dicha pared y arrancaba la de la derecha, pintada ésta de un color que debía ser muy parecido al del mimbre, dado que había un par de sillas de ese material recostadas en ella y apenas se distinguían. Entre ambas había un pie de mármol que sostenía una planta artificial. No había mostradores, ni teléfonos ni nada que sugirieran que uno estaba en la consulta de nadie. Parecía, si acaso, una sala de espera acogedora y agradable. La lámpara del techo dibujaba con trazos de sombra, cuadros por todas partes al filtrarse la luz por la tulipa de arpillera.

El doctor le indicó el sofá.

-Siéntese ahí señorita…

-Se…

Señora, iba a decir ella, pero no lo hizo, eludiendo con elegancia la sugerencia de decir su nombre.

-Se…lo agradezco. Mis pies me están matando.

El volvió a sonreír con cordialidad y asintió con la cabeza. Sin embargo, sus ojos no acompañaron esa expresión. La escrutaban buscando en su rostro algún rasgo conocido anteriormente pero no le sonaba en absoluto.

Ella se acercó al sofá y antes de sentarse pudo echar un rápido vistazo al diploma que presidía la pared enmarcado en un tamaño más grande que el resto. Distinguió un emblema borroso y la palabra psicología.

-¿Que puedo hacer por usted.?

Al tomar asiento, ella inspiró lenta, pero profundamente, por que a pesar de que en la estancia hacía fresco, notó que su espalda se humedecía bajo el vestido.

-He visto un folleto de propaganda sobre este sitio. En ese folleto, se planteaban una serie de preguntas parecidas a las que me vengo haciendo desde hace un tiempo y pensé que a lo mejor podría ayudarme con una cuestión que trato de resolver.

El doctor cerró la puerta de entrada, y en el tramo de pared que había ocultado la hoja, apareció un mueble de metal con estanterías y cajones labrados en relieve. Papeles y algunos libros se amontonaban en la repisa principal.

El doctor continuaba de espaldas a ella, inclinado sobre el mueble y ocultando a propósito con su cuerpo, la maniobra de ajuste del dispositivo de grabación audiovisual que apuntaba directamente al sofá. Al pulsar el botón de encendido se puso en marcha simultáneamente todo el sistema; En la planta artificial que adornaba la pared de la derecha apareció un ojo diminuto de brillo rojizo, como el de una fierecilla agazapada bajo sus hojas de plástico verde. Entre los cuadros que colgaban sobre el sofá, había uno pequeño, desplazado hacia la izquierda y de marco más grueso que el resto de sus hermanos. La lámina era un dibujo aburrido de un niño con una pelota en las manos frente a una casa gris. Era así a propósito. Un dibujo insulso para apartar la vista de él cuanto antes y no fijarse en el detalle del grosor del marco que en su interior contenía la cámara en miniatura apuntando directamente al sofá.

Disimuladamente, el doctor Steel comprobó que los tres ojos estaban abiertos. Luego fue a sentarse junto a ella, en la butaca más próxima y asintió otra vez sin dejar de estudiarla. Era una mujer menuda, de cuarenta y pocos años, De pelo oscuro y piel clara que recordaba a una muñeca antigua. Su rostro era redondeado, de labios finos y ojos muy bellos, de mirada inteligente. Su cuerpo era una mezcla curiosa de escasez de pecho y caderas sinuosas. Al menos, el vestido que llevaba era ajustado y así lo sugería. Cuando se giró para sentarse, el hombre le echó una mirada rápida a su trasero. Su curvatura no era tan evidente como si llevase pantalones, pero aún así, bajo la caída del vestido se adivinaba rotundo.

-Quiere saber cosas. ¿Verdad.? ¿Respecto a qué.?

-Respecto a mí. Quiero saber como se ve la vida desde un escalón más alto. Si acumular experiencia sobre algo le lleva a uno más lejos.

-¿Puede ser más concreta sobre ese “algo”?

Observó que sus manos pequeñas de muñeca, retorcían el bajo de la tela roja y blanca donde terminaba la falda del vestido. Estando de pie, esa falda llegaba unos cuatro dedos por encima de la rodilla, pero al estar sentada en el cojín blando del sofá, se había retirado unos centímetros más arriba. Centímetros que perdían terreno hacia atrás poco a poco asediados por los dedos de la muchacha.

-Eh..,si..Es sobre mi experiencia en el plano sexual.

El rostro del doctor Steel mostró una expresión sorprendida enarcando las cejas. Recibía a diario a personas en su consulta que le hacían preguntas muy variadas, pero no era usual que si esas preguntas versaran sobre sexo se las hicieran en persona. En persona, la salud, el trabajo, o el dinero eran las cuestiones más normales, quedando la sexualidad como tema casi exclusivamente telefónico.

-Cuénteme.

Él la animó a hablar, y como viera su indecisión, le aseguró:- Por supuesto que todo lo que me diga será estrictamente confidencial. No le voy a decir que seré su sacerdote, pero la seguridad que le doy sobre lo que me confíe será la misma.

Ella se las arregló para forzar una sonrisa.

-De acuerdo… Verá, llevo mucho tiempo con mi pareja y mi vida sexual es estupenda…pero.. últimamente tengo la impresión de que no he vivido lo suficiente en ese aspecto..Nunca he compartido una cama con nadie que no fuera él, y…ahora..bueno..

Él la escuchaba con interés observando su lenguaje corporal. Ella había dejado en paz el bajo de la falda y ahora le daba vueltas sin cesar a los anillos en sus dedos. A causa de tanto movimiento, el vestido era casi una talla más corto que cuando había entrado. Estaba seguro que, si hubiera estado sentado frente a ella, ahora mismo le estaría viendo las bragas..si es que las llevaba.

No eran sólo nervios lo que agitaba el ánimo de aquella mujer. Nadie se alteraba tanto por unas preguntas que, aunque comprometidas, entre adultos no dejaban de ser eso; preguntas. Él estaba casado desde hacía tiempo también y conocía los síntomas femeninos de la excitación física; Pupilas dilatadas, transpiración.. Y, en este caso, pezones marcados bajo la ropa con más intensidad que cuando había llegado.

La chispa de astucia que brillaba en el fondo de los ojos del doctor se intensificó al ser consciente de que si sus sospechas se confirmaban, se la estaría follando en unos minutos. Decidió tomar la iniciativa.

-Y ahora quiere saber que hay más allá….de su matrimonio.

-¡Sí,!

Ella respondió con demasiada viveza. Casi gritó, como si hubiera adivinado la respuesta difícil en un concurso de la televisión. Desvió la mirada al suelo y volvió a hablar. Lo hizo en tono más bajo, pero no exento de aplomo.

-Quiero saber…

El doctor se le adelantó diciendo lo que ella estaba a punto de decir. Clavando sus ojos hipnóticos en los suyos. Mirando sin disimulo hacia su entrepierna que pareció agrandar su espacio entre los muslos a expensas de su mirada.

-..Quiere saber que se siente si tiene relaciones sexuales con otra.., con otras personas. ¿No es cierto.?

-¡Si,si,! Eso es. Eso exactamente…

Se movió hacia él en el sofá. Al vestido ya no le quedaban fuerzas para cumplir con la tarea para la que fue creado. Mostraba enteramente las piernas de la muchacha y el blanco bordado de unas bragas diminutas.

-¿Quiere un vaso de agua.?

Ella se interrumpió y parpadeó desorientada. Ahora que había perdido el miedo a hablar, el hombre cortaba esa confianza ofreciéndole una bebida.

-¿Qué..? No… gracias..

El doctor sonrió para sus adentros. Ya estaba. Le había sugerido que tenía que beber. Aunque ella no tuviera sed física de verdad, que la tenía, se la hizo sentir de manera psicológica. En la consulta no hacía calor, pero ella transpiraba, y si bebía, sería indicativo de que no le importaría transpirar todavía más, lo que, a su vez seguramente fuese indicio de que no tendría intención de acostarse con él. Por norma, a nadie le gusta estar sudado cuando lo que piensa hacer después es compartir la cama. No era un argumento científico, pero sumado a los síntomas que venía observando en ella, podría arriesgarse a calificarlo como acertado.

Ahora le tocaba a ella hacer la pregunta del millón. Le tenía que preguntar donde podría aliviar tensiones en intimidad para dar el paso siguiente.

-¿Tiene un servicio aquí.? Perdone pero necesito…

-Claro.- dijo el tratando de parecer indiferente haciendo un movimiento con la mano -Por esa puerta.

La mujer cogió su bolso y se levantó con una presteza que dejó en evidencia sus intentos por parecer tranquila. De tres zancadas desapareció por la puerta que le habían indicado. Al otro lado de ella había un despacho a la izquierda, a la derecha un aseo diminuto. Entró en él cerrando a sus espaldas y con manos temblorosas se refrescó la cara en el lavabo. Se miró fijamente en el espejo mientras el agua chorreaba por su cara. Apareció una mancha de vaho en el cristal y tomó conciencia de que su respiración se había acelerado. En su frente habían aparecido también delgadas arrugas de determinación. Sus labios, ya delgados de por sí se habían convertido en una línea dura. En su excitación, la imagen por fuera quiso mostrarla tal y como se sentía por dentro: Mojada y segura.

Se desentendió del cristal, se quitó las bragas y las metió en el bolso. Había una esponja en un estante pero no la tocó. Utilizó el jabón líquido del dispensador para lavarse sus partes íntimas lo mejor que pudo. Mientras lo hacía consideró volver al recibidor completamente desnuda, pero no estaba segura de si el doctor estaría esperando allí para follarla o simplemente seguir charlando. Ella le había dejado ver sus bragas, pero no se había parado a observar si también él estaba excitado y tampoco le había dado a entender que lo fuese a estar.

-¡Que demonios!- pensó sonriendo aviesamente. -Es un tío. Y los tíos se empalman como caballos en cuanto ven unas bragas secándose en un tendal. Y él ha visto las mías. Se las he puesto delante de los ojos, así que si no me folla, es por que es marica, impotente, o idiota.

En cuanto la dama desapareció del recibidor, el doctor Steel pasó la mano por la marca que el trasero de ella había dejado en el diván. Estaba caliente y un poco húmedo. Bien. Luego salió por la misma puerta que le había indicado a la mujer y se metió en el despacho, en el cual tenía su propio aseo y se dio la ducha más rápida de su vida sin mojarse el pelo. Se secó y perfumó muy levemente. Después, llamó a su casa y le dijo a su esposa que no lo esperase para cenar.

3

-No me ha dicho su nombre- dijo el doctor una hora más tarde, sudando, derrengado en el sofá y con la polla fláccida. Sus genitales se estaban recolocando y sentía un agradable cosquilleo en sus huevos vacíos.

-Me llamo Curiosidad.

Ella se estaba vistiendo. Acababa de darse una ducha en el baño particular del doctor. Se había esmerado en ello a conciencia, cogiendo agua en la boca y escupiéndola varias veces, por que había permitido al doctor correrse en ella. Lo consintió por la manera en que se había desarrollado todo. Pensó que se lo debía. Él había sido muy considerado al permitir que le utilizase para satisfacer sus dudas al respecto de sus sentimientos al ser penetrada por otro miembro que no fuera el mismo de siempre. Mientras la follaba por detrás, cuando estaba a punto de correrse, él le dijo que quería permanecer en su vagina hasta el final pero ella no se lo permitió. Quizá un resto de culpabilidad o respeto simbólico hacia su compromiso con otra persona, pudo más que su deseo de saber. Paradójicamente la boca manchada de semen le pareció menos ofensiva a ese compromiso. De ahora en adelante tendría que vivir con el peso de la mentira y la boca que miente tiene el poder de escupir en su descargo. La vagina, no.

-Córrete en mi boca.- Dijo.

Después que él hubiera terminado, la ordenó tumbarse boca abajo sobre la mesa baja mientras permanecía sentado en el sofá, así, la tenía a su entera disposición, como si fuera el plato del día recién servido.

Utilizando las manos recorrió todo su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, dibujando círculos en los muslos, las nalgas y la espalda, subiendo y bajando, rozando apenas la piel en las partes que reaccionaban con más intensidad a las caricias. Una técnica que había aprendido en Thailandia.

Ella se retorcía y botaba sobre la mesa, intentando levantar el culo, pero el se lo cogía con ambas manos apretándolo con fuerza y lo volvía a bajar. Llegó un momento en que ella no pudo más y le pidió, gimiendo, que la liberase.

-Si- dijo él.

Deslizó una mano bajo su cuerpo y entre las falanges de los dedos atrapó unas hebras de su vello púbico, a la vez que con las puntas le estimulaba el clítoris. Mientras, con la otra, le separó las piernas y desde atrás, introdujo su largo dedo corazón en la vagina, hasta encontrar el punto que se dice tiene toda mujer para ser recompensada, dependiendo la cuantía de dicha recompensa si quien se encarga de estimular dicho punto sabe hacerlo o no. El doctor Steel sabía hacerlo. Su esposa era asiática y le había enseñado como sacar el máximo partido a la maquinaria femenina del placer. Además sus manos parecían estar diseñadas para encontrar los más ocultos tesoros en la cueva de las hembras.

Encontró el hombre lo que buscaba y aumentó la cadencia del masaje. Apenas un par de minutos después, la muchacha se retorcía presa de un orgasmo húmedo y furioso, mordiéndose las manos para no gritar.

-¿Y tu apellido.?

-Insatisfecha.

Le daba la espalda. Cogía el bolso con una mano, y con la otra el pomo de la puerta.

-Me llamo Curiosidad Insatisfecha.

Salió antes de que él pudiera decir nada más. Bajó las escaleras y salió a la calle. Caminó sin rumbo durante unos minutos con la cabeza vacía de pensamientos. Físicamente se sentía bien, fresca por la ducha reciente y relajada por el orgasmo intenso.

Una ráfaga de aire se coló bajo su falda y le acarició la entrepierna todavía húmeda y desprovista de la opresión de las bragas. Aspiró profundamente disfrutando de la sensación de esa pequeña libertad. De pronto recordó el folleto que todavía guardaba en el bolso. Bajo la luz amarillenta de una farola, los ojos de papel del doctor Steel no habían perdido intensidad, pero ya no le causaban impacto, ella los había visto desprovistos ya del deseo y no eran distintos a los que conocía en esa misma situación. La suela del zapato impresa con tinta de acera, parecía la rúbrica que avalaba el fin de aquel asunto, como la carta llegada a su destino tras cruzar un país en busca de su receptor; asesinada a manos del sicario a sueldo de la oficina de Correos.

Inútil ya. Y ahora, de su sentimentalismo a largo plazo dependería dotarla de cierto valor o de ninguno. En el álbum de recuerdos vividos había sitio para ambas opciones. Como cálido recuerdo o molesto remordimiento.

Torció los labios en una mueca de ironía pensando que la suya, su colección, seguía incompleta. Por el momento al menos. El señor aquel había resultado ser un buen amante, si. Y un buen maestro. La había hecho gozar muchísimo, y también le enseñó a valorar lo que ya tenía. Si tuviera que comparar como se sentía antes y cómo ahora no habría sabido dar una respuesta válida, si acaso, argumentaría que la vida a ras de suelo se componía de algo más que simples orgasmos. Pero también había otro interrogante: Ahora necesitaba experimentar con su mismo sexo.

Hizo una bola con el impreso tirándolo por encima del hombro. Consultó su reloj. Pasaban unos minutos de las diez. Tardaría unos veinte más en llegar a su casa. Echó a andar todavía dudando entre si había alguna diferencia entre acostarse con un desconocido por curiosidad, puro placer, o venganza contra la vida por haberla llevado por un sendero que en ocasiones consideraba demasiado llano. A las dos de la madrugada continuaba despierta sin encontrar la respuesta.

Esa noche no besó a ningún miembro de su familia antes de irse a dormir. Tardaría una semana en volver a hacerlo.

4

Daniel Estévez, alias Darius Steel, se despertó un rato largo después de que la mujer se hubiera ido. Al moverse, su piel se tensó en la parte baja de la espalda como si el sofá tratara de retenerlo allí, pero lo que ocurría, era que se había dormido sobre el semen que la dama había escupido y ahora se había secado actuando como un engrudo. Se puso en pie, y en el asiento que acababa de dejar vio con consternación una mancha oscura parecida al perfil que Australia presenta en los mapas. Por un momento, en su imaginación se le antojo del mismo tamaño que el propio Continente, pero en realidad solo era de unos ocho o diez centímetros de largo por unos cuatro de ancho, aunque sobre la tela gris claro resultaba harto visible, y además, demasiado alejada del respaldo como para intentar ocultarla con un cojín, por ejemplo. La mancha era pequeña comparada con el orgasmo que le había proporcionado la desconocida. Pero es que ya no tenía veinte años, y además, su propia esposa le atendía bien en ése aspecto, con lo que la munición disponible era escasa. Se acercó al aseo y desenrolló unas vueltas de papel higiénico con la esperanza de secar lo más posible el lamparón de fluido acusador, pero antes de eso, desconectó el circuito cerrado de cámaras de vigilancia. Mientras frotaba el papel contra la mancha, empezó a calcular cuánto valdría la película grabada entre los tres objetivos que no perdían de vista lo que acontecía a diario en el recibidor. Interrumpió la tarea para ir a por el móvil al despacho.

Llamó a Ricardo, el muchacho que una vez le había montado una grabación parecida hacía tiempo para concertar la cita.

-¡Hola Richard.! Tengo trabajo para ti- Anunció alegremente al auricular- ¿Todavía sigues viviendo a mi costa.? O por el contrario .¿ Te has buscado un trabajo indecente.?

-¡Caramba! ¡ Pero si es Darius Steel, el gran adivino!

Ricardo contestó en el mismo tono jocoso que el utilizado por su interlocutor. Y lo hizo como el que no quiere la cosa. Como si se hubiera olvidado de él, y como si su dependencia para no morirse de hambre fuera historia de un pasado lejano.

-¿Qué es ésta vez.? ¿Un ama de casa que te ha roto la nariz con un rodillo de cocina, cabreada por que no adivinaste los números de su cartón del bingo y se quedó sin hacer la compra.? O quizá un infeliz ejecutivo tras vaticinarle un ascenso en la empresa si hacía tu ritual mágico a base de pociones, rezos y demás. Seguro que ha ido a verte con una pistola en la mano por que le han despedido. Es eso. ¿A que sí.?

Darius Steel esperó pacientemente a que el muchacho terminase su discurso. Formaba parte del protocolo cada vez que le llamaba para algo y lo soportaba, por que a su manera, Ricardo era simpático. No era ningún cómico, pero tenía chispa. Le hacía sonreír y eso era bueno. Daniel Estévez, alias Darius Steel, no sonreía muy a menudo.

-Buen intento amigo, pero no es nada de eso. ¿ Te acuerdas de hacer montajes?

Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Ricardo. -¡Un montaje.! Llevaba casi dos años sin hacer ninguno, pero se acordaba perfectamente de hacerlos. -¡Un montaje.! Vaya. Viniendo del doctor eso era pasta segura. -¡Un montaje! Vaya, vaya…

-Eso es como lo de la moto, doc; Nunca se olvida.

-La bicicleta, Richard.

-¿Qué..?- Ricardo parpadeó, desconcertado.

-Lo que uno no olvida nunca es montar en bici. En una moto puedes acordarte de mantener el equilibrio, pero como no sepas utilizar las marchas, es posible que termines bajo un autobús.

-Si.. Ehhr.. Eso es lo que quería decir.

-Ya.

-¿Ese material es como el que enviamos a x-v.com?

-Ajá. Pero éste es mejor. Aproximadamente, cuarenta minutos. Tres planos distintos. Posturas cambiantes. Corrida facial y orgasmo femenino..

-¿Por penetración.?.¿Con cara.?-Preguntó ansiosamente Ricardo.

-No, y.. No. Lo siento.

-Ya, bueno. Es una lástima. Hubiera dado pie a situar el vídeo en más Tags.

El doctor Steel sonrió. Todavía no lo había dicho todo.

-Tranquilo, socio. La señora tenía un culo espectacular. La situé boca abajo en la mesa baja y me esmeré en trabajarla a conciencia con las manos. Cuando veas el resultado, no te importará tanto lo de la cara. Te lo aseguro. Eso sí, tendrás que trucar un poco el audio, porque no gritó. Apenas sí soltó un gemido como si se estuviese ahogando. Imagino que se cortaría de chillar en un sitio que no conocía.

Ricardo asintió con la cabeza.

-Eso, o es una costumbre forzada si donde folla habitualmente tampoco puede gritar. No le ocurría eso a la otra.¿eh? ¿Te acuerdas?

-¡ Ja ja.!- Steel se rió.- Es cierto. Casi lo echa todo a perder con sus berridos. Todavía hay por aquí quien se acuerda del caso y me saluda guiñándome un ojo.

-Es el precio de la fama, doc.

Ricardo se regodeó ante el hecho de que saludaran al doctor por el caso de la señora escandalosa. Menos mal que los vecinos decidieron investigar por su cuenta antes de llamar a la policía, por que según le había contado Steel, al oír los gritos creyeron que se trataba de una agresión y bajaron tres personas a investigar que ocurría aporreando la puerta y obligándole a abrir con el albornoz puesto de mala manera y todavía empalmado al máximo. Pareció uno de esos muñecos hechos de cerámica que estuvieron de moda en los años ochenta. Representaban a un fraile franciscano con su hábito puesto. A simple vista eran un adorno común y corriente, pero escondían una sorpresa: tenían un hilo oculto en la parte de atrás que, al tirar de él hacía asomar por delante un falo enorme en comparación con el tamaño del cuerpo del juguete. Además el glande estaba coloreado de rojo.

Lo más gracioso, fue que la señora que se estaba follando, salió huyendo y se encerró en el baño creyendo que era su marido enfurecido intentando derribar la puerta. Por no hablar de las maniobras de distracción que hubo de hacer Steel para que los vecinos reunidos en el rellano no se fijasen en su abultada entrepierna.

-¿Cuando quieres que pase a recoger las grabaciones.?

-Dentro de una hora.

-Allí estaré.

5

Cuatro días más tarde, también de noche, Ricardo se reunió con Steel en un bar y le entregó una tarjeta SD con el vídeo montado.

-Primero, enhorabuena doc. La juerga que te corriste, valga la redundancia, es de lo mejor que he visto en porno casero. La imagen es muy buena, sobretodo en los planos de cerca, así que he aumentado la resolución con un programa nuevo que minimiza el ruido. De lejos pierde un poco, pero aún así, sigue siendo estupenda.

Le dio un codazo amistoso.

-Sigues en buena forma. ¿Eh.? Todavía tienes el culo en su sitio.

Steel se miró las uñas con aire de superioridad fingida.

-Er.. Bueno,.. Si. Me mantengo. Ya sabes que me encanta el deporte.

Ricardo se rió con ganas. En todos los años que conocía al doctor, jamás le había visto correr ni para cruzar la calle, aunque estuviera a mitad de trayecto y con el semáforo a punto de dar paso a los coches.

Analizándolo fríamente, el señor Estévez era un tipo con una suerte que rayaba en lo escandaloso; No había dado un palo al agua en su vida. Con lo que la Naturaleza le había dado físicamente y su descaro, había vivido a costa de varias mujeres. La primera fue su madre. Le dejó huérfano y bien situado económicamente a los treinta y pocos, así que el despreocupado muchacho se fue a conocer el mundo. Estuvo en Egipto, Nueva York y Thailandia. Entre los souvenirs que se trajo de estos lugares, su preferido fue Mali, su esposa. Cuando la conoció, ella tenía cinco años menos que él, y si tuviera que decir que fue lo que le atrajo de ella, seguramente diría que su esbelto cuerpo antes que su esbeltísima alma.

Steel llevaba seis días haciendo turismo en Bangkok, visitando lugares exóticos de día y burdeles caros de noche. Si era un pecado visitar estos últimos tirándose a jovencitas cortadas en lo físico por el mismo patrón, en opinión de él, era un sacrilegio todavía mayor haber estado allí y no hacerlo. Chicas de baja estatura, delgadas, morenas y de aspecto aniñado que apenas habían cumplido los diecisiete. El primer día salió más que satisfecho. El segundo satisfecho y rejuvenecido. Al quinto, harto y asqueado. Tenía la sensación se que se había convertido en el follador en serie de una fábrica de muñecas. Estaba a punto de largarse el país temiendo que lo detuviesen por pederasta, cuando encontró a Mali. La vio asomada a una ventana y le llamó la atención su sonrisa, después su hermoso y espigado cuerpo, algo que la hacía diferente a sus paisanos. Sobresalía de la media del pueblo. Cuando se levantaron de la mesa para ir a la habitación, no sintió la incómoda sensación que había sentido con el resto de las muchachas con las que había repetido el ritual sexual; La del tutor que acompañaba niñas a un parque de atracciones obscenas. Sensación que no duraba mucho, claro. Normalmente desaparecía cuando las muchachas se arrodillaban delante de él y le desabrochaban la bragueta.

Mali era casi tan alta como él. Tenía unos bonitos ojos. Oscuros, grandes e inquisitivos que estudiaban el mundo con curiosidad. Poseía unos pómulos altos, pero demasiado angulosos para irradiar la sensualidad por la que estas mujeres son mundialmente conocidas. Una boca pequeña de labios jugosos que regalaban sonrisas con generosidad. De temperamento tranquilo, sabía mucho de la vida, averiguado a base de mucho leer y de charlar con clientes que, una vez satisfecho el deseo carnal, le habían contado cosas del mundo más allá de las fronteras tailandesas. No tenía familia. Sólo sabía que la habían entregado en pago de una deuda y se escapó en cuanto pudo de la aldea de mierda que la había visto crecer. Prostituta desde muy joven, aprendió de sus compañeras de oficio más veteranas, técnicas para dominar a los machos en la cama, mientras éstos creían totalmente lo contrario. Quienes la controlaban no la trataban del todo mal. Rendía mucho y le permitían ciertas licencias, como tener libros en su habitación dependiendo de lo que tratasen. Tenía tres. Dos de poesía y otro de geografía.

Un día, tras dejar exhausto y feliz a un turista español, mientras se limpiaba el semen de las manos con una toalla, le preguntó si era cierto que aquel país era como decían los libros; Un lugar donde siempre brillaba el sol, la gente era amable y la comida deliciosa.

-Si muñeca.- Había contestado el hombre, jadeando. -Así es España. No es el Paraíso, pero se puede vivir.

Mali asintió y le preguntó más cosas.

-¿Cómo son las mujeres españolas.? He oído decir que son muy bellas. ¿Es verdad-.?

El hombre rió.

-¡Ja ja,! Eres un poco ingenua. Pero en general si, son guapas, aunque supongo que hay de todo, como en todas partes.

¿Por qué te interesa tanto.? ¿ Es que quieres irte de aquí.?

Mali se puso en guardia. -No..no. Es sólo por hablar de algo. Aquí no tengo muchos amigos.- Dijo, encogiéndose de hombros. Y para distraer la atención del hombre sobre el tema, se incorporó sobre un codo y con la otra mano le tanteó bajo los testículos haciendo presa con dos dedos a izquierda y derecha del escroto.

-¿Qué intentas.? Yo ya he terminado.

-Ssshh.

Ella puso un dedo en sus labios conminándole a guardar silencio.

-Has pagado una hora y todavía te quedan quince minutos.

-Sí, pero no me queda munición.

Mali sonrió con sus labios encantadores. Dejó de pinzar y apretó cortando el flujo de sangre unos segundos, aflojó y apretó varias veces más. Juntó los dedos como un karateka y comenzó un masaje de abajo arriba, en forma de V favoreciendo la circulación sanguínea liberada súbitamente. El relajamiento que se había apoderado de esa zona, dejó paso gradualmente al endurecimiento de la base del pene. Sin dejar de masajear, se introdujo el miembro en la boca.

-¿Cómo lo has hecho.?- Asombrado y feliz al mismo tiempo, el hombre la miró con ojos muy abiertos. -Jamás se me había puesto dura dos veces seguidas.

-Sólo hay que saber donde buscar.- Respondió ella.

Acto seguido, se sentó sobre la polla del hombre, introduciéndosela hasta el fondo. Le hizo ver el cielo diez minutos más.

Por cosas así se ganaba un dinero extra que iba guardando bajo el colchón de su cama. Ejercía en un caserón que era como un hotel en miniatura, aceptablemente limpio y seguro, donde sólo se recibía clientela adinerada.

Le iba bien. No era remilgada y acostumbraba a acceder a casi todo, pero una vez se llevó una bofetada de un personaje tan importante en su cargo, como estúpido en sociedad por negarse a hacer un sesenta y nueve con otra chica durante una sesión de sexo en grupo. El tipo iba borracho y sólo le invitaron amablemente a abandonar el local, en cambio, ella no vio ninguna disculpa, tuvo que tragarse su orgullo y seguir haciendo de tripas corazón para ahorrar el dinero suficiente y huir de su país.

El encuentro con Steel, fue un calco del episodio del turista español. Si bien éste último no abandonó a su esposa por ella, Steel sí lo hizo con su soltería. El admiró su sabiduría carnal y sus largas piernas. Ella, sus ojos, y su labia de vendedor argentino de coches usados.

Como no tenía nada mejor que hacer, Steel la esperó hasta que pudo liberarse de quienes la tenían bajo control, ( pagando una cantidad nada despreciable de Bahts, la moneda local ), y obtuvo el visado. De vuelta a España, el doctor Steel se trajo como recuerdo de su periplo oriental dos cosas: Una quemadura en la piel del cuello a consecuencia de su visita a la fantástica playa de Ao Nang, y además, una muñeca tailandesa de carne y hueso destinada a ser su esposa y solicitar la ciudadanía española, la cual, una vez casada obtuvo sin demasiados problemas. Hacía quince años de eso.

6

Al día siguiente de su encuentro con Ricardo, el doctor Steel se sentó en el despacho de su consultorio y encendió su portátil. Se dispuso a ver el vídeo tal y como se vería en el sitio web al que lo remitiría bajo el pseudónimo de Cupertino Labs, el mismo que había utilizado para enviar el anterior, el de la señora escandalosa gracias al cual era una celebridad en la escalera del edificio.

A su pesar.

Si era cierto lo que le había dicho Richard, calculaba que la grabación le reportaría un beneficio de cinco o seis mil euros tirando por lo bajo. Según él, que conocía el protocolo de x-v. com, aparte de las descargas de pago por el vídeo entero, se le añadirían las partes correspondientes de las vistas en tramos cortos de reproducción que variaban entre cinco y veinte minutos, dependiendo desde donde se iniciaran en el Tag, es decir, la página donde figuraban las características del vídeo para que los usuarios buscasen los elementos que más le gustaran sin necesidad de encontrarlos entre los miles que había. Mal comparado, era como la carta de un restaurante para orientar a hambrientos sexuales.

Ricardo había respetado el momento en que la dama se sentó en el sofá, eliminando al doctor conectando el sistema. A partir de ahí, estaba toda la escena completa hasta que ambos desaparecen del vestíbulo. El doctor fue saltándose trozos, observando más que nada, como el vestido iba mostrando cada vez más las piernas de la señora, al tiempo que sus gestos se hacían más inquietos, pero no exentos de la languidez que explica sin necesidad de hablar, los deseos de una mujer excitada.

Steel pulsó el icono de reproducción rápida hasta que la cámara situada enfrente del sofá y que enfocaba también la puerta del pasillo, mostró a la dama regresando del cuarto de baño y acercándose de nuevo a su asiento con el bolso en la mano. Aquí, Ricardo había aplicado un zoom centrándolo en ella. Se la veía preciosa y menuda, caminando mientras miraba en derredor, seguramente desorientada al encontrar la sala desierta, como una niña perdida. Le pareció adorable. Y le hubiese gustado observarla durante un rato, mientras estaba sola, a ver cómo se comportaba, pero en seguida él mismo apareció también por la misma puerta, vestido con un albornoz blanco. En ese momento la toma volvió a su modo normal, más alejado, para que no fuera fácil reconocerle a él. Ricardo cumplía sus órdenes al pie de la letra.

El audio no era tan bueno como la imagen. Los pasos sonaban cavernosos en el vestíbulo del consultorio, quizá también por que había pocos muebles.

-Tanto mejor- Dijo Steel en la soledad del despacho. -Así también será mas difícil reconocerme, por si la señora se va de la lengua y hay algún tropiezo.

La cámara situada a la derecha del sofá, camuflada en la planta artificial, mostró a Steel ofreciéndole la mano a la muchacha sentada.

-¡Hola. ¿Está lista.?

Su voz sonaba algo distinta, distorsionada por la lejanía de la cámara, pero la amabilidad era patente. Ella se limitó a asentir y a aceptar la mano que le ofrecía.

-Levántese, por favor.- Dijo el Steel digital, y ella se puso en pie.

Él se sentó ocupando el lugar donde ella había estado y sin más preámbulos le dijo: -Súbase el vestido.

-Si.

Ella se subió la parte delantera solamente, mostrando al hombre su vello púbico. Oscuro, recortado en una línea vertical y un poco largo para el gusto de él.

-Súbaselo todo, por favor.- Se lo sugirió amablemente, pero su voz era firme.

Ella obedeció, y las tres cámaras mostraron en una sucesión de imágenes desde perspectivas distintas, lo que la Naturaleza había dado a aquella mujer: Un coño delicioso, un culo espectacular y unas piernas que, si bien no eran de modelo de pasarela, contribuían con su forma corta y torneada a hacer de ella una hembra pequeña, excitante y deseable.

Él le sugirió que diese una vuelta completa sobre sí misma despacio.

Aquello la excitó. Sintió una enervante sensación de vulnerabilidad al mostrarse ante los ojos de aquel hombre, que a pesar de encontrarse junto a él en una situación semejante era un perfecto desconocido. Sensación que aumentaba al percibir en sus partes íntimas al descubierto, el aire refrescado artificialmente. El tener puesto un calzado alto era otro motivo para sentirse estudiada, contemplada sobre una plataforma giratoria, como si fuera un objeto de exposición. Se humedeció íntimamente un poco más al tomar conciencia de ello.

Mientras giraba, el doctor admiró como su perfil cambiaba, sinuoso, insinuante, dibujando ante su vista el contorno de su trasero y sus caderas.

Cuando ella completó la vuelta y la tuvo de frente otra vez, él alargó su mano y le acarició los muslos despacio, subiendo y bajando la mano, desde la rodilla hasta rozar su raja con los dedos, suavemente, como si fueran plumas.

Ella gimió y echó la cabeza hacia atrás. Separó las piernas, pidiendo sin hablar que aquella tortura tan dulce ascendiera. Y como si la hubiera oído, el hombre subió y continuó la caricia en el sentido de su abertura.

La cámara trasera vio la mano grande del doctor con la palma hacia arriba asomar bajo el culo de la muchacha, apretar sus nalgas y explorar con el dedo medio entre ambas. Se retiró por donde había venido y ahora, el objetivo sobre el sofá, la vio abarcar la parte delantera, ocultando el vello. Ninguna pudo ver el dedo, penetrando hasta que no dio más de sí, el coño empapado de ella. No se veía en imagen, pero el intruso encontraba lugares recónditos donde el placer dormía, y acuciado por aquel largo invasor se despertaba en oleadas intermitentes.

¡Oh, Dios.. mío.. Si- La imagen mostró un bello plano de ella arqueando las caderas y como las piernas le fallaron y hubo de separar los brazos del cuerpo, con lo que la falda del vestido cayó de nuevo en su sitio.

-¡Desnúdese!.

Al doctor Steel le pareció alterada la voz de su otro yo digital. Sonó como si se hubiese irritado. Detuvo la grabación. ¿Lo había estado.? No recordaba haber perdido las riendas en ningún momento. – “La excitación seguramente.”- Pensó y rebobinó hacia atrás, un instante.

-¡Desnúdese!.- Repitió el audio.

La muchacha continuaba ensartada por el dedo larguísimo del hombre que lo movía sin cesar atrás y adelante, en círculo…

-¡S-si!. .Ahora… Ahora mismo.

Ella cogió el bajo del vestido con ambas manos y de un tirón se lo sacó por la cabeza arrojándolo a la butaca de cualquier manera. No llevaba sujetador.

La imagen cambió, alternándose entre las tres cámaras. Ahora, completamente desnuda, la mujer se mostraba como un trofeo sostenido por la manaza del doctor, asido por la entrepierna.

Él la hizo girar otra vez sobre sí misma. Enseñándola a la cámara, y a todo aquel que fuese a visionar el vídeo en el futuro. Una excitante toma llenó la pantalla cuando apareció lo que veía el objetivo frente al sofá. Ricardo había aplicado el zoom nuevamente mientras ella se daba la vuelta.

Lo había aumentado en su hermosa cara mientras se mordía los labios con los ojos cerrados. En el plano siguiente, la mano del doctor se veía entre sus piernas trabajándole el coño desde atrás.

Si excitante era lo visual, el sonido era un peldaño más arriba en la escala de la sensualidad.

El Steel de la pantalla se puso en pie y le dejó la entrepierna libre. Se situó a su espalda y la atrajo contra sí cogiéndole los pechos. La cabeza de ella apenas le llegaba a los hombros. Utilizó la mano izquierda para abarcarla por arriba, mientras que la derecha bajó recorriéndole el abdomen acariciando su piel. Se detuvo en el ombligo, haciendo movimientos circulares, dibujando su forma. Con vida propia, como un animal provisto de pérfida inteligencia destinado a volver loca de placer a su víctima. Se paró un poco antes de llegar a su destino y se quedó ahí, quieto, manteniendo una presión que provocó en ella la incertidumbre de si continuaría hacia abajo o volvería atrás. La hembra se agitó de impaciencia. El animal malvado salvó el corto trayecto hasta su cueva anegada de deseo. Se introdujo en ella, permaneció dentro unos segundos y volvió a salir. De nuevo entró moviéndose por sus recovecos.

-¡Ah!.¡Por ..favor.!.Más..

La mujer se retorcía atrapada a viva fuerza por los brazos del doctor. Se encogió como si quisiera sentarse en el suelo, pero él la sostuvo sujetándola por las tetas y el coño, por que mientras se agitaba, él no sacó la mano de su entrepierna en ningún momento. Cuando salió, estaba brillante de humedad. Aún se estremecía cuando Steel la giró hacia sí y cogiéndola del culo la alzó hasta que sus cabezas quedaron a la misma altura. Ella se abrazó a su cuello. Tenía la boca entreabierta, jadeando a consecuencia del placer desatado por las sabias manos del hombre. Él lo aprovechó para introducir la lengua en su boca profundamente, a la vez que le amasaba las nalgas. Ante la nueva caricia ella volvió a estremecerse. Y siguió haciéndolo, en tanto que el plano pasaba de una cámara a otra sucesivamente, variando la distancia de imagen durante medio minuto o quizá algo más, hasta que el comenzó a acusar el esfuerzo. Los gemidos de esfuerzo y placer ocupaban toda la banda del audio.

En toda la colección existente en la página de x-v.com, pocas escenas tenían una carga tan brutal de erotismo.

Él doctor se sentó en el sofá con la hembra sobre las rodillas. Él, muy grande, vestido con un albornoz. Ella, pequeña, desnuda y vulnerable como si fuera una chiquilla a punto de meterse en la bañera.

-Échese hacia atrás.

Él la ayudó a tumbarse boca arriba, con la espalda en el asiento pero manteniendo su trasero donde estaba, es decir sobre las piernas del doctor. A su antojo, él enredaba con su vello púbico, enredándolo en sus dedos, dándole tirones suaves, a los que ella respondía con saltitos de sus caderas y gemidos entrecortados. Introdujo los dedos como tentáculos, explorándola a conciencia. Jugueteó con su clítoris endurecido por la excitación. Le acarició los pechos, apretándolos con suavidad.

Ella ondulaba al son de las manos de él, que parecían estar en todas partes.

-Mmmh..¡Oh..Sí!. Sigue…Creo que me…Ahh..voy a corr..er..

Las cámaras habían recogido hasta el último detalle de este episodio. Cada una vio su propia versión y después de pasar por las manos del montador del vídeo mostraron lo mejor de cada una.

Más adelante, muchos de los que tuvieran la suerte de visualizar el resultado final, soltarían unas cuantas obscenidades ante estas tomas.

-No, no va a correrse todavía. Aún falta un poco para eso.

Dejó de proporcionarle placer y la cogió de los brazos, la incorporó y le pasó un brazo por la espalda, trayéndola contra sí. La besó en la boca una vez, largamente, y se la bajó de las rodillas, dejándola en el asiento.

Era apasionante ver como ella aceptaba todo lo que le hacía el hombre sin decir palabra. Se sentó poniendo los pies en el suelo a punto de perder la cabeza de pura excitación.

-Quédese así. Ahora me levantaré yo.

El Steel de carne y hueso estaba atrapado por lo que veía en el monitor. Se admiró de lo distinto que era estar en situación y verlo desde fuera. En acción todo está muy cerca, es muy impresionante, pero verse a uno mismo en semejante tesitura también imponía. Por lo que le tocaba, admiró su dominio de la situación, el aplomo con que la manejaba a ella y su maestría con los dedos. Aunque siendo honestos, el mérito de esa maestría había que agradecérselo a Mali. Él no era manco y tenía buenas herramientas, pero el secreto para usarlas debidamente sólo habría podido enseñárselo una mujer, y una mujer diestra en el arte de acariciar. Por parte de ella, era su forma de dejarse llevar, de disfrutar de las caricias de aquella manera, de la decisión con que se deshizo del vestido a una palabra suya y de sus ojos entornados mirando al techo.

Se fijó en su cuerpo desnudo. ¡Que hermosa era.!

Aceptando sin dudar la sugerencia se acomodó frente al doctor. Era su turno.

Él soltó el cinturón que cerraba el albornoz y lo dejó resbalar de sus hombros. El pene, sorprendentemente todavía fláccido apareció frente a la cara de la muchacha. Era igual en su forma a los que había conocido, pero diferente en el color. Estaba acostumbrada a verlos rosados, pero el del doctor era casi negro y a pesar de su flaccidez se veía grande. Además estaba sin rasurar.

Alargó ella una mano tímidamente y palpó los cojones del hombretón.

Steel estudiaba las reacciones de ella en la pantalla, por que lo mejor para mostrar espontáneamente las emociones naturales a ojos indiscretos era no saber que lo estabas haciendo. Por desgracia, ninguno de los planos tomados de esa escena fue capaz de desvelarlo. Uno estaba tomado desde arriba, el otro desde un lado, más lejos, y el último había sido grabado tras el doctor que Richard se elimininara por poco elegante. Así que se alternaban los dos restantes en ofrecer el momento del contacto de las manos pequeñas de la muchacha con los atributos grandes de Steel, negros y ásperos como los de un toro.

Ella los tanteó, sopesándolos. Con las puntas de los dedos rozaba la piel de aspecto duro pero tan sensible como la de cualquier otro. Apretó un poco y desde arriba le llegó un gemido.

-¡Mmmh..!.Ooh..

Como hiciera él un rato antes, estiró su brazo por debajo del escroto y de atrás adelante, acarició la zona un poco torpemente al principio, pero en seguida se impuso la sabiduría incrementada con la práctica de años y muchas caricias maritales. Volvió a abarcar los huevos otra vez y los hizo girar en su mano, como si estuviera utilizando unas bolas de gimnasia manual. En este punto, la polla del doctor comenzó a mover la cabeza. La muchacha alzó la suya, pero el doctor tenía los ojos cerrados, disfrutando de la sensación.

-¿Te gusta.?

Ella se lo preguntó rompiendo la norma establecida hasta ese momento. La de abrir la boca sólo para gemir. Se apreció en la pantalla que, el tener en sus manos los atributos masculinos del doctor, le otorgó una morbosa sensación de poder. Sus labios se habían curvado en una sonrisa muy bella, pero no exenta de malicia. El cambio se vislumbró en toda su cara. La alzó para mirar al hombre y hacerle la pregunta, sin embargo, él tenía la suya levantada hacia el techo.

-Uuuh…Aahh.- Gruñía.

Vista desde el objetivo situado entre las hojas de la planta de plástico, la escena mostraba un plano completo en el que el doctor, de por si alto, lo parecía más aún al ser filmado desde una perspectiva más baja. Reveló al gigante dominado por la dama. El gigante que estremecía todo su cuerpo bajo el contacto de la mano de una niña. Esa mano parecía que le estuviese aplicando algún tipo de corriente dada la forma en que él movía la cabeza echada hacia atrás en todas direcciones.

-¡Sí..Si..¡Aaaah!, me..encanta..

-Si..Ahora…voy a chupártela

Ella decidió obrar por cuenta propia y cogió el pene, alzándolo a la altura de sus labios.

Aquí, Ricardo había abusado del acercamiento del objetivo al máximo para atrapar el momento que todos esperan en esta clase de espectáculos: El momento en que la mujer pequeña se introduce la polla del hombre grande en la boca. Sin embargo no ocurrió tal cosa.

El doctor de la pantalla apartó la cara de la muchacha.

-Luego la chuparás.- Dijo roncamente. -Ven. Primero quiero que hagas otra cosa.

La levantó a ella y él se tendió en el sofá boca arriba. Hizo que se echara encima de él y la colocó con facilidad a su altura.

-Cómeme la boca. Vamos.

Ella iba a echar los brazos por encima de su cuello, pero Steel le ordenó que siguiera acariciándole los huevos. Por su parte, él le cogía las nalgas con ambas manos y las manoseaba y apretaba. Le acariciaba la espalda y hundía su lengua en la boca de ella hasta casi asfixiarla. De vez en cuando, era él quien permitía que la muchacha le explorase.

Filmada desde enfrente del sofá, la escena era muy excitante. Los pies de la muchacha, aún calzados con sandalias altas, terminaban un poco por debajo de las rodillas del doctor. Las manos tan grandes de él, abiertas sobre el culo de ella ocupaban por entero sus nalgas. La piel blanca de ella, contrastaba con el tono tan oscuro de la de él. En un momento dado, ella dejó de manosearle los huevos y abrió las piernas para hacer sitio a la polla del doctor, quien para entonces se había empalmado adquiriendo un tamaño más que respetable y su oscura cabeza rozaba el coño de la chica. En este punto, los prejuicios desaparecieron.

-!Aaaaah!. El culo, apriétame el culo. Así.. Si..Aaah- Gemía ella retorciéndose.

-¡Mmmh.! ¡Aaah.! Cógela. Cógela..eso es..!Aaahh.¡- Bramaba él recorriéndola entera con las manos.

Tomada la imagen desde el objetivo más cercano, el audio se oía perfectamente.

Más planos cambiados. Arriba..derecha..enfrente. La escena excitaría a un muerto.

– La bella y la bestia.- Pensó Steel fascinado ante el monitor aflojándose el cuello de la camisa.

Ricardo había pensado lo mismo el día anterior, empalmado como un novio principiante mientras veía el vídeo recién montado.

-Baja ahora pequeña, y utiliza la boca.

La empujó suavemente por los hombros hacia abajo.

-Descálzate.

Obediente, ella encogió una pierna y luchó con la correa de la sandalia. La desabrochó e hizo lo mismo con la otra. Las tiró al suelo donde sonaron como patadas en la piel de un tambor. Sin ellas pareció aún más pequeña. Comenzó a descender arrastrándose lentamente por encima de él, como si descendiera por un terraplén que no tuviera pendiente. Pequeña sobre grande. Blanco sobre negro. Como una tiza húmeda esforzándose por dejar su huella en una pizarra de carne.

Descendiendo, su entrepierna tropezó con la cabeza del pene y alzando las caderas se dejó bajar sobre él, acogiéndolo bajo su pubis. Lo sintió duro como una roca. Grande como un bate de béisbol. Siguió bajando. Toda su piel era una caricia que hacía palpitar aquella polla enorme.

La escena tomada desde enfrente mostraba el perfil de ambos enteramente. Pegados. Brillando de sudor. Se alternó con un plano alto. Volvió a bajar al cabo de un momento y ahora, las manos del doctor sujetaban el pelo de la muchacha ocupada en introducirse la polla en la boca. Cambio de plano otra vez desde un lado. La mitad del miembro había desaparecido tragado por ella, que sujetaba la base con una mano. Arriba y abajo con la cabeza. Ruido de succión alternado con suspiros de placer y esfuerzo.

-¡Si preciosa.!.Si…Eso es. ¡Aaaah..!

-Mmmhh.

Ella chupaba la cabeza de aquel tronco carnoso. Lo lamía en toda su longitud, arriba y abajo. arriba y abajo. De vez en cuando, su boca bajaba más y le mordisqueaba los huevos.

-¡Aaaaaaah!…Si pequeña…Así.. Lo haces muy…¡Aaaaah.!.Muy..bien.

Ella estaba estirada a partir de la entrepierna de él, formando un todo. Dos cuerpos que eran sólo uno. Hacía unos minutos ni siquiera se conocían. Pertenecían a otros. No importaba. La lujuria no sabía contar y tampoco tenía conciencia.

Unos minutos después, tres o cinco, diez a lo mejor. Eso sólo lo sabía a ciencia cierta el contador de tiempo del vídeo que nadie que estuviese viendo la grabación se habría molestado en consultar ante semejante espectáculo, él le levantó la cabeza y la atrajo hacia sí.

-Vas a hacer que me corra.Ven. Siéntate en mi cara. Voy a ponerte a punto para penetrarte.

Ella se puso en pie y se acercó a la cara del doctor, que le metió la mano en la entrepierna y la tanteó con el dedo.

-No hace falta mucho.

-¡Aaaah..,!

Ella tembló al sentir el dedo en su interior. Luego pasó una pierna al otro lado de la cara de Steel y él la ayudó sosteniéndola por el culo mientras asentaba la otra. Acto seguido la dejó descender sobre su boca y comenzó a lamerle el coño.

-!Aaaaaah.,!..¡Aaaaahh.!.Asi…¡Así.,! Lámeme..cabrón

Steel detuvo la grabación en el momento que un plano de cerca mostraba la cara de ella. Estaba crispada, mirando arriba con los dientes apretados. El resto de su cuerpo sugería que estaba siendo poseída por un placer enorme. Se cogía las tetas. Steel iba a rebobinar la grabación para cerciorarse de que que había oído bien. No recordaba que ella le hubiera insultado en el proceso. No echó atrás el vídeo, por que era lógico que no la hubiese oído; estaba debajo de ella y sus muslos le tapaban las orejas. Sin embargo, la cámara superior que mostraba el plano estaba a corta distancia. La expresión de ella era todo un poema a la obscenidad.

Para cuando el vídeo estuvo en circulación, muchos de los que se masturbaron viéndolo, se dejaron ir viendo este plano.

-¡Aaaaaah.,! ¡.Aaaaah.!Voy a correrme..- Gimió ella con voz ahogada.

El paró de comerle la entrepierna.

-Hay que penetrarte ya.- Bramó. Y cogiéndola por las caderas, la situó sobre su polla. Dado que chorreaba flujo y saliva le separó los labios de la vagina y con la polla entre ellos la restregó adelante y atrás, usándola como un instrumento de lubricación. Ella contribuyó al movimiento empujando con las caderas.

-¡Dios, que placer!- Exclamó el doctor. -Vamos preciosa. Es hora de follarte. Cógela y métetela.

-¡Si!.¡Reviéntame!,.

Asió la verga con la mano derecha, mientras con la otra se apoyaba en el respaldo del sofá. Se la colocó en posición y descendió despacio acogiendo toda aquella pieza de carne en su vientre. Él la ayudó, empujando despacio al principio y más fuerte después al tiempo que sus manos la separaban las nalgas.

7

Fue una lástima que no le permitiese eyacular dentro de ella por que el vídeo perdía algunos enteros. Las corridas faciales era muy excitantes, pero comenzaban a estar demasiado vistas y el público pedía ya otras cosas. Vaciarse dentro de la mujer, con los espasmos del hombre sobre ella estaba siendo muy demandado. Así como los orgasmos de la hembra.

El montador había hecho un trabajo excelente. Las mejores escenas se desfragmentaron en vídeos de duraciones distintas. En el Tag (menú orientativo), se ofertó bajo términos variados.

Big Man – Little Woman. ( Hombre Grande – Mujer Pequeña )

Big Hands – Small Tits ( Manos Grandes – Tetas Pequeñas )

Y el que más visitas recibiría de todos: Little Woman in Orgasm Aloud ( Mujer Pequeña gritando mientras se corre.)

Reclamos distintos del mismo producto para aumentar las posibilidades de animar al usuario a elegirlo entre la numerosísima oferta.

Treinta y dos minutos duraba el vídeo completo.

8

El doctor Steel tenía razón cuando le dijo a Ricardo que la escena de ella sobre la mesa baja agitándose era una visión inolvidable. En el acto real, ella se había mordido las manos para no gritar y los sonidos ahogados que emitiera, fueron trucados y sustituidos por gritos reales de otra mujer experimentando un orgasmo de proporciones similares.

Fue demasiado para Ricardo, quien a falta de una hembra que le socorriese, se masturbó en la sala de montaje.

El doctor Steel se puso repentinamente enfermo. Apagó el ordenador y llamó a su mujer diciéndole que subiese al consultorio.

-Para echarme una mano con un asunto urgente.

Eso le dijo mientras se desabrochaba la bragueta para aliviar la presión en la entrepierna.

Mali respondió que tardaría unos quince minutos en llegar.

El doctor examinó el sofá. La mancha de semen había desaparecido por completo. Se sentó en él esperando a su esposa. Su intención era quedarse allí hasta que apareciera. Y se le ocurrió que podía esperarla completamente desnudo, con lo que ganaría tiempo y le daría una grata sorpresa, por que Mali era una hembra dispuesta, a la que le encantaba follar y nunca le hacía ascos a que la penetrara en cualquier momento. A pesar de que su juventud había transcurrido entre burdeles no tenía ningún trauma en contra del sexo. Nunca la habían tratado mal, salvo el incidente con el imbécil borracho en el último local donde trabajó. Incluso tuvo la suerte de acostarse con hombres que se preocuparon de que ella también disfrutase mientras estaban juntos. De compañeras más experimentadas en el arte de amar, había aprendido el oficio hasta un nivel estratosférico. Podía empalmar a un hombre en cuestión de segundos, y hacer que se corriera como si le fuera la vida en ello en apenas dos minutos. También le enseñaron a conocer su propio cuerpo. A saber donde estaban los puntos G de la anatomía femenina. Entre sus ex-compañeras más mayores hubo una, Kai-Mook. Lesbiana hasta la última fibra de su ser, le mostró en su cuerpo (el de Mali), donde estaban esos puntos. Kai la dejaba practicar periódicamente con mucho gusto en el suyo lo que iba aprendiendo.

Por ello Mali no se consideraba lesbiana. Las mujeres no la atrajeron nunca, pero durante aquellas sesiones con Kai, era imposible no excitarse y acabar masturbándose en la intimidad de su cuarto. Descubrió que cada vez tardaba menos en alcanzar el orgasmo. Aunque nunca le llegó a pedir a su maestra que le permitiese empezar y terminar completamente una sesión, deseaba íntimamente que lo hiciera ella.

Pero Kai era más mayor y más sabia. La apreciaba de veras y no quiso que las cosas pasaran de ahí. En su experiencia sabía que el roce continuado podría acarrear sentimientos que a buen seguro terminarían mal, dado el ambiente en que se desarrollaban sus vidas. Sabía que si se acostaban una vez, Mali perdería los reparos escasos que le quedaban para alcanzar juntas un orgasmo que sin duda, traería luego otro. Y otro, un poco más tarde. Sabía que el amor podía nacer y fecundar una unión que daría a luz después a un hijo no deseado, fruto de ver a tu pareja manteniendo relaciones con otras personas.: Los celos.

Por tanto, Mali no guardaba ningún rencor a la sexualidad. Más bien al contrario. Le había permitido sobrevivir y llegar a donde ahora estaba. Pensaba que cuanto más se disfrutara del sexo, mejor.

Steel se desnudó y se tumbó esperando que ella abriese la puerta con sus propias llaves. Cerró los ojos. No podía quitarse de la cabeza la imagen de la preciosa mujer corriéndose sobre la mesa que estaba ante él. Se quedó mirando el lugar que ocupara y le pareció verla todavía allí, con la cara manchada de semen y su hermoso culo moviéndose, enrojecido por las embestidas suyas al follarla por detrás y marcado por la presión de sus dedos.

– No sabe uno lo que se va a encontrar cuando se levanta.- Susurró a su pene, que parecía mirarle a los ojos.

Se lo agarró. Estaba duro como el acero.

Como si de repente se acordase de algo, se levantó, y se aseguró que cada cámara tenía su correspondiente tarjeta de memoria. Un poco después escuchó que alguien subía y se detenía frente a la puerta. Se acercó rápidamente al mueble de metal donde estaba el interruptor que ponía en marcha el sistema de grabación. En una mano llevaba su albornoz blanco por si la visita no era quien él esperaba, pero cuando el sonido inconfundible de una llave introduciéndose en la cerradura se introdujo también por sus orejas, tiró el albornoz sobre el sofá y pulsó el botón de puesta en marcha de las cámaras.

Los ojos rojos de los objetivos parecieron hacer un guiño.

Epílogo

1

Es posible que, llegados a este punto, no nos acordemos de la muchacha que recogía sus libros y abandonaba la clase, diciendo que lo que no sabía sobre sí misma, jamás lo aprendería en una escuela. Tampoco de los compañeros que un momento después hacían lo mismo, y los demás que renunciaban a ello y se quedaban en el aula.

Seguramente, no veamos la relación entre ambos episodios, así que lo aclararé por puntos.

Punto uno: Todo es simbolismo. La estudiante representa a quien desea saber algo más de lo que dicen los convencionalismos y para saciar su ambición de aprender, busca hacerlo por su cuenta.

La protagonista del relato hace lo mismo.

Punto Dos: Los compañeros que la siguen representan a quienes piensan igual que ella.

Punto Tres: Los compañeros que se quedan en el aula, representan la excepción que confirma cualquier regla.

2

La curiosidad es un arma que no dispara, sin embargo, a veces amenaza para que se satisfagan sus exigencias, y si no se le hace caso, puede llegar a matar a quien la padece. Eso no es bueno ni malo. Es natural.

Por curiosidad se han hecho grandes descubrimientos.

Por curiosidad aprendemos cosas que nos hacen más sabios.

Por curiosidad estropeamos cosas al abrirlas por querer saber lo que llevan dentro.

Por curiosidad murió el gato.

Solo una cosa más.

No le voy a dedicar este relato, por que si lo hiciera, tendría que dedicármelo también a mi.

Con él, trataba de matar dos pájaros de un tiro: Uno por ella, para que se haga una idea de lo

que se puede sentir al tratar de llenar un aspecto de su vida que cree incompleto.

Y otro por mi, que hace pasar por mi cabeza imágenes de la fantasía que tengo sobre verla

a disposición de otros.

Esto continúa excitándome terriblemente.

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