De corneada a corneadora

Ver a mi marido follándose a su secretaria en nuestra cama no fue desde luego plato de buen gusto.

Estaba visitando esa tarde a una amiga en su casa en la sierra, después de una agradable tarde de té, pastas y confidencias me despedí con dos besos y me dirigí a mi coche.

Mi idea era ir directamente a nuestra casa en Madrid pero aprovechando que estaba cerca, me dirigí hacia nuestra casa en el campo que no distaba a más de 10 minutos de donde me hallaba y a la que necesitaba ir a recoger unas bolsas.

Ni reparé en el Ford fiesta aparcado en la puerta de nuestra casa, tampoco me di cuenta de que la luz de la terraza estaba encendida o que la puerta no estuviese cerrada con doble vuelta de llave.

Lo que si me di cuenta fueron los jadeos que venían de la habitación del fondo del pasillo. Ni me lo pensé, me dirigí a mi habitación para ver quien osaba follar en mi cama, ni me planteé que fuese mi marido quien jodía en mi cama.

Me quede a cuadros cuando vi el velludo cuerpo de mi marido encima de un cuerpo desnudo que presa del placer se agarraba al cabecero de mi cama y gritaba a cada envestida de mi hasta entonces santo marido.

Solté lo que tenía en mi mano y empecé a gritarles. Mi marido se volvió con cara de susto y debajo de él pude ver la cara aterrorizada de su secretaria.

Flor, había sido su secretaria en los últimos cinco años y la verdad ni me sospechaba lo que se traían entre manos.

Blas se levantó aun con el condón puesto soltando el típico “no es lo que parece”, sinceramente no se lo que les dije, pero salí de la casa y volví a mi coche.

Circulé por las carreteras de Madrid en shock durante más de tres horas. Mi teléfono sonaba una y otra vez, en ningún momento pensé en descolgar y contestar a las llamadas.

Ya eran las diez de la noche cuando aparqué el coche en el garaje de casa. Blas me esperaba en el salón, se levantó cuando llegué y yo le rechacé. No quería montar ningún espectáculo delante de mis hijos que nos miraban alucinando.

Blas durmió esa noche en el sofá. A la mañana siguiente hable con un abogado por teléfono a primera hora y después de reunirme con él durante más de una hora en su despacho fue él quien llamó a mi marido para que pasase por casa a coger sus cosas y no volviese.

A través de nuestros abogados llegamos al acuerdo que Blas se iría definitivamente de casa, vería a nuestros hijos los miércoles y fines de semana alternos. De las vacaciones ya hablaríamos. Estábamos oficialmente separados

Mis primeras semanas como divorciada fueron duros. Por un lado explicarle a la familia sin dar muchas explicaciones la situación. Explicarle a nuestros hijos la situación. Explicar, explicar, explicar. Un infierno.

Habían ya pasado cuatro meses, estaba un poco deprimida y ni siquiera mis mejores amigas lograban sacarme de casa. Según mi amiga Lourdes esto no podía seguir así.

Lourdes era mi única amiga soltera, una bala perdida según se describía ella misma. La típica cuarentona que fue pasando de relación larga en relación larga siempre quedándose a las puertas del altar. Llegó un día que decidió que ya no se casaría nunca por lo que empezó a alternar una ristra de amantes metiéndoles en su cama de uno en uno, y en alguna ocasión con alguna densidad mayor.

Me dio mucho, pero mucho la chapa hasta que me convenció para ir a pasar un fin de semana largo a casa de unos amigos suyos en Ciudad Real. No me apetecía nada, pero era evidente que tenía que salir. Según me dijo íbamos a una finca con múltiples habitaciones y una importante cantidad de amigos que iban a ir con nosotros.

Recogí en mi coche a Lourdes y condujimos las dos horas que nos separaban de la finca. No me sentó nada bien ver que tan solo nos esperaban Ramiro, el dueño de la casa y Arturo, un amigo.

– ¿y el resto de la gente? – pregunté.

– Por lo visto ha cancelado todo el mundo.

– Ya hablaremos tu y yo – le dije mientras sonreía a los dos hombres que se dirigían hacía el coche a darnos la bienvenida.

La finca era maravillosa, realmente encantadora. Aunque gracias a la encerrona de Lourdes íbamos a pasar tres días encerrada en esa casa sin otra posibilidad que relacionarme con estos dos hombres.

Mi habitación era preciosa. Amplia, con baño propio y de un precioso color azul celeste.

Esa noche cenamos en el pueblo, nos tomamos una copa en el único bar de parroquianos que hay en él y después seguimos con las copas en la casa al lado de la chimenea.

Iba un poco chispa cuando me despedí de mis tres compañeros de encierro. Me cambie, me metí en la cama con un libro, pero como la vista se me nublaba deje el libro y apague la luz en poco tiempo.

El alcohol me sienta fatal, y como suele ser habitual las noches que bebo, no hice más que dar vueltas y despertarme cada cierto tiempo.

La verdad es que no me sorprendió mucho oír ligeros lamentos en la habitación de al lado. Era Lourdes que gemía dulcemente y animaba a su amante a follársela a fondo. Frases como “así, así” o “dame, dame”. LA verdad es que llevaba ya meses sin follar y la cosa me estaba poniendo a cien. Se me iba la mano a mi coño y poco a poco empecé a hacerme un dedo como hacia muchos años que no hacía. Dejé de oír a los dos amantes cuando mis gemidos inundaron la habitación.

Caí rendida fruto de un profundo orgasmo. Me quedé un poco alucinando cuando me vi con el camisón arrugado sobre mi cadera y mis tetas fuera de la parte alta del mismo y bañada en sudor.

Me levanté mucho antes que el resto, Había que ver la cara de Lourdes cuando se levanto. Parecía que le había pasado un tren por encima. Sus ojeras parecían fruto de varias noches sin dormir.

Desayunamos todos en pijama y después de arreglarnos cogimos un 4×4 para recorrer la finca.

Aparcamos después de 20 minutos de conducción y bajamos para empezar a andar. Veíamos cierzos correr por los campos y aunque hacia un poco de frio mientras durase el sol íbamos a estar la mar de bien.

No tenía ni idea a quien se había beneficiado Lourdes, pero no tarde mucho en darme cuenta que era el dueño de la casa quien más caso le hacía. La verdad es que Arturo estuvo muy pendiente de mi en todo momento. Me ayudaba a subir o bajar desniveles y sobre todo me daba conversación mientras los dos tortolitos no dejaban de irse contando cosas al oído a unos metros de nosotros.

Volvimos a la casa helados. Arturo me trajo un ponche y se sentó a mi lado a tomarlo frente a la chimenea. Lourdes y su amante habían desaparecido y me imaginaba que estaban haciendo.

Arturo resultó un hombre muy educado, culto y simpático. Además de ello era un hombre realmente atractivo. No estaba yo para hombres, pero Arturo estaba bien de verdad.

Cenamos copiosamente. Nuestro anfitrión resultó ser un magnifico cocinero.

Nos tomamos unas copas y cuando yo estaba a punto de despedirme para irme a la cama Lourdes me paró y me propuso jugar a algo.

No tenía muchas ganas pero cuando el resto de los chicos insistieron no me quedó más remedio que aceptar.

La cosa se nos iba de las manos cuando Lourdes propuso jugar al strip algo. Me quedé alucinada, no conocía a mi amiga así.

Rubén propuso que jugásemos al trivial, pero de manera que cada vez que alguien hiciese queso el de su derecha perdiese una prenda. Sonreí para mis adentros. Soy buenísima jugando al trivial.

Procuré sentarme a la izquierda de Lourdes y evitar de Arturo se sentase mi izquierda. Como estaba cantado Lourdes y Ramiro fueron perdiendo prendas poco a poco. No habíamos jugado ni una hora, y bebido incontables copas, cuando Lourdes ya jugaba con una mano tapándose los pechos y en bragas. Ramiro estaba sin camisa y si se quitaba los pantalones estaría en la misma situación que su amante. Arturo se había quitada la camisa, más que nada por enseñar abdominales y yo me había quitado la blusa por un poco de solidarizarme con mi amiga y un poco por darle un poco de picante al asunto. Afortunadamente llevaba un sujetador muy recatado.

Lourdes tuvo que descubrir sus pechos para quitarse las bragas, me daba pena mi amiga pero deseaba acabar con el juego ya y poder irme a la cama. Lourdes se levantó, nos sonrió y sexualmente se agacho y poco a poco fue bajando su tanga. Le dio un par de vueltas en su dedo y las tiró sobre la mesa. Ramiro las cogió y las olió, una cosa que me pareció repugnante.

Lourdes rió y levantándose corrió hacía el asiento de su amante y se sentó encima suya. Los tortolitos no se cortaron un pelo y en poco tiempo empezaron a meterse manos y besarse como si estuviesen solos.

Arturo y yo nos despedimos y nos fuimos a nuestros cuartos. Sonreí a Arturo desde el umbral de mi cuarto y cerré la puerta tras de mi.

Me puse el camisón, me lavé los dientes y me metí en la cama, esta vez sin coger el libro.

Pasaron pocos minutos cuando los dos amantes llegaron al ala de la casa donde estaban las habitaciones. Se debían ir besando a cada paso e iban chocando con las paredes haciendo un ruido tremendo. Me imaginaba a mi amiga desnuda dejándose sobar por su amigo y la verdad es que me ponía muy caliente.

No veía el momento de empezar a oír los gemidos de mi amiga. Aún tuve que esperar cinco minutos cuando oí un gemido seco de mi amiga precedido de un gemido largo y agudo. La cama empezó a moverse, las respiraciones a elevarse y los muelles de la vieja cama a chirriar.

Se estaba dando de lo lindo y me moriría por ser yo quien tuviese un macho para mi.

Me quité las bragas y elevando el camisón empecé a tocarme el chocho. Lo hacía lentamente, lo quería disfrutar y además no quería perder ni pio de lo que al otro lado de la pared ocurría. Me metía los dedos con una mano y con la otra sobaba mis pezones y duros y fuera de la copa de la prenda.

Estaba ya en un punto de no retorno. Me moría por una buena polla, me dejaría follar sin pausa si alguien entrase, y alguien entró.

Me imagino que en otro momento hubiese dado un grito o al menos hubiese dicho algo, pero estado como estaba cuando vi la puerta abrirse y oír el “¿se puede?” en vez de parar o algo, simplemente dije “pasa y siéntate aquí” señalando el borde de la cama dejando mi pecho un momento. No podía parar, estaba masturbándome por primera vez en mi vida delante de un hombre y alguna fuerza interna me obligaba a no parar.

Arturo en batín me miraba entre sorprendido y relamiéndose. Con la puerta del cuarto abierta se oía mucho más el festín que Ramiro y Lourdes se estaban dando y ello me ponía más y más.

Arturo abrió su batín, bajo su pantalón de pijama y sacó su dura pija de él, me agarró la cabeza y metió su dura polla en mi boca. Hacía más de 20 años que no había probado una polla otra que la de Blas y como al cabrón no le gustaba ser mamado, podemos decir que era la primera polla que chupaba con ganas en 20 años.

No me lo podía creer seguía masturbándome como una cría y encima con una polla en la boca como una adolescente.

Arturo metió mi mano en mi camisón y sacó la teta que aun tenía dentro del mismo, yo tenía una en una mano y el la otra en la otra.

Necesitaba que me montasen y no tuve que esperar mucho para ello. Arturo de dio cuenta de mi ansia cuando después de correrme solté mi teta y coño y las dirigía su pantalón bajándolo con ansia.

Arturo se puso sobre mi y me penetró hasta el fondo de un golpe de cadera. Me dio un poco de palo estar mal depilada, pero toda mi vergüenza desapareció cuando elevo mis piernas sobre sus hombre y con ello mi cadera. Hacía años que no hacía el amor con ese ansia y lo estaba disfrutando de lo lindo.

Arturo sabía como tratar a una mujer y no tardó mucho en cambiarme de posición y follarme sin cuartel. Esa noche me comió el coño, cosa que no había pasado en muchísimos años, me folló a cuatro patas, conmigo encima y finalmente de nuevo a lo misionero. Me había corrido más de tres veces cuando Arturo descargo su semilla sobre mi barriga y tetas. Mi camisón se había quedado revuelto en mi estomago lleno de lefa.

Arturo me esperaba desnudo sobre la cama cuando volví del baño cubierta por una toalla. Mi nuevo amante me la quitó con dulcera y se abrazó a mi. Nos reímos cuando volvimos a Lourdes gritar de placer de nuevo.

Dormí como los angelitos

Me levanté un poco avergonzada, había follado con uno que no era mi marido. Lógico porque estaba separada, pero muy cortante por mi falta de pericia y experiencia.

Pasamos un agradable ultimo día. Sencillamente no estaba para mucha cena, copas o triviales, querías simplemente volver a ser montada por Arturo y volver a correrme como hacía años que no lo hacía.

Efectivamente, anuncie que me iba a la cama después de una copa, me desnude y me tumbe en la cama abierta de piernas. Arturo no tardó en llegar. Parecía no inmutarse, simplemente y de pie al borde de ella me tocó el chumino. Me lance sobre su bragueta y no tardé en tener su hermoso nabo en mi boca. Aquella noche Arturo me metió un dedo en el culo mientras me penetraba. Desde la universidad en la que un chico de Logroño me metió dos dedos en él, aquello no se había repetido.

Me corrí como una posesa sintiéndome doblemente penetrada.

De vuelta a Madrid volví a mi vida anterior. Volví a quedar unas cuantas veces con Arturo, la verdad es que lo tenía complicado pues con los niños me era imposible, pero siempre buscaba algún hueco. Se notaba que él quería algo más pero yo aún casada con Blas no podía permitírmelo, ni en realidad tenía ganas.

Dicen que es difícil dar un primer paso, pero después de este es fácil ponerse a correr. Y bien que corrí.

Siguiendo las instrucciones de Lourdes me apunté a meetic. Era increíble la cantidad de solicitudes de amistad que me llegaron, mentiría si dijese que menos de 50 chicos querían contactar conmigo.

Me escribí con unos y otros y finalmente quedé con el primero.

Amanecí en un piso en Vicalvaro después de ser montada por una vestía sexual que me llevo a los cielos una y otra vez. Realmente la noche había sido sencilla, Julio Alberto era un hombre tirando a osco, me llevo a cenar a un asador y después de cenar me propuso ir a su casa a follar. Ni me lo planteé, ¿para que marear la perdiz?, sencillamente fui y deje que me montasen. Cuando me fui de la casa descubrí que no era el empresario que decía ser, el carnet de taxista le delataron. Me dio igual había tenido una noche llena de orgasmos y estaba más que satisfecha cuando entre por la puerta de casa.

El segundo con el que salí me folló en al parque del oeste, en su coche, después de una noche de alcohol por los bares de Conde Duque. Ni siquiera me llevo a cenar o a un hotel. Me montó como una yegua que empezaba a ser. Recuerdo de ese encuentro mi cara de aluciné cuando aparcó el coche y se echó sobre mi asiento. Pensé que solo íbamos a darnos el lote, pero no me desagradó del todo que me montase como no hacía nadie desde hacía años.

El tercero con el que salí acabó conmigo en mi casa. Vivía con su madre y la vieja no aceptaba visitas. Ante la calidez de sus besos y el no querer quedarme sin una buena follada me lo llevé a casa. Solo le di la vuelta las fotos en las que salía Blas y que aun no había quitado de la habitación. Literalmente me lo monté yo, creo que salió flipando de casa. Mi historia de recién separada y cornuda y mi ansía en el sexo no casaba bien.

El cuarto fue un fucker de esos que irradian sexo cuando te los cruzas. Se llamaba Alberto y quedamos el viernes. Me pareció interesantísimo, me llevo a cenar a un restaurante de esos que poca gente conoce, a tomar copas al ático de un hotel y por ultimo en su coche me llevo a su casa donde me tomó con fuerza y ganas. Me gustó tanto la experiencia que ese sábado me quedé con él y aquella noche estrenaron mi culo. Nunca había estado ni siquiera cerca de ello. Desde luego con Blas nada, pero ni en los jóvenes que me había estado tirando en los últimos tiempos o los pocos que me follé antes de casarme con el padre de mis hijos habían ni siquiera propuesto abrir mi puerta trasera.

Al principio me mato de daño, pero la pasión podía con el daño. A los diez minutos sencillamente me arrepentía por no haberlo hecho antes y haber perdido 40 años de mi vida sin disfrutar de aquella maravilla. Bien es cierto que no pude sentarme en una semana, pero desde luego que valió la pena.

Llevaba un buen curriculum sexual cuando llegó Mayo. Era la comunión de Blasin, mi hijo mayor. Tendríamos que unirnos las dos familias para celebrar el acontecimiento.

Blasin nos pidió de regalo de primera comunión un viaje toda la familia juntos a Galicia, la hotel donde íbamos a pasar durante años las vacaciones.

Al niño no se le podía decir que no.

Me estremeció bastante ver como era mi vida familiar y todo lo bonito que todo aquello tenía. Aunque había quedado para después de la cena con un nuevo amigo al que seguramente me montaría. Me despedí de mi antigua familia que se iban con su padre y no me los quité de la cabeza mientras bombeaban mi hambriento sexo y me corría con mis uñas clavadas en el culo de mi amante.

Llegó Agosto y partimos hacía Galicia. Íbamos todos juntos en el coche de Blas, tardamos las habituales seis horas en llegas a Miño, en la provincia de Coruña. Acostumbrados en el hotel a nuestras visitas anuales nos dieron las consabida habitación para los niños y la habitación para los papas. Pensé en protestar pero lo deje estar.

Pasamos una agradable semana entre playas, restaurante y visitas a los lugares de interés de la zona. La semana hicieron volver en mi recuerdos bonitos del pasado. En la habitación procuraba de Blas no me viese desnuda, me cambiaba en el baño y dormía con un muy recatado camisón. A veces Blas dormido me ponía la mano encima y yo esperaba un poco antes de quitársela. Básicamente por no despertarle. A pesar de que ya estaba empezando a necesitar un macho, me incomodaba bastante el contacto con mi ex.

El penúltimo día había bebido más albariño de la cuenta cuando llegue a la habitación, los niños ya se arreglaban solos por lo que fuimos directamente a nuestro cuarto. Victima del vino me cambié sin darme cuenta, con la puerta entornada, estando completamente desnuda cuando vi como a través de la rendija de la puerta como Blas observaba mi cuerpo desnudo. Mi primera reacción fue la de cerrar la puerta, pero después de tantos días sin follar decidí dejarle admirar lo que se había perdido y que se hiciese una paja a mi salud cuando llegase a su casa. Realicé todos los movimientos posible para que me viese bien. Me agache para que viese mi raja, me subí y baje los pechos, incluso con unas pinzas de depilar me quité un par de pelos con las piernas abiertas ante la puerta. Cuando salí del baño con mi camisón Blas denotaba una considerable elevación a la altura de su entrepierna que las sabanas no lograban disimular. Me metí en la cama y después de darle las buenas noches me puse en cuchara dándole el culo y intenté dormir.

El vino me subió aun más estando tumbado, estaba excitada viendo la reacción que mi cuerpo desnudo causaba en los hombres, incluso en mi ex y no pude controlarme cuando Blas se me acercó y posó su mano en uno de mis pechos y pasaba sus dedos dulcemente por mi pezón. Por algún motivo empecé a jadear lo que aprovechó el marrano de mi ex para sacarme la teta y pellizcarme el pezón como siempre me había gustado.

Antes de darme cuenta tenía al gordo peludo encima mía con su polla en mi vagina y moviéndose como si no hubiese un mañana.

– ¿qué haces Blas?

– Lo estabas deseando tanto como yo. Dime que no.

– No, quita por favor – y Blas siguió martilleándome el coño.

Seguía siendo un inútil sexual, en realidad nunca me había dado cuenta hasta ese momento, pero después de probado lo probado podía decir sin temor a equivocarme que era un cenutrio en la cama.

Me deje hacer durante 10 minutos en los que Blas se corrió y cayó sobre mi medio muerto. Se quedó dormido inmediatamente.

Por la mañana del último día el imbécil le había dicho a los niños que mama y papa estaba juntos de nuevo. No me lo podía creer. No dije nada, pero después de un ajetreado día según acostamos a los niños y nos retiramos le monté un pollo que te cagas a mi ex

Que si como se atrevía, que si que se había pensado, que si yo era un zorra como su secretaria, que si pensaba que me iba a volver a llevar a la cama, que si tal y que si cual.

Blas con los ojos llenos de lagrimas me volvió a pedir perdón, me confeso que solo se había acostado con ella tres veces, que la había despedido del trabajo, que quería recuperar su familia, que estaba arrepentido, que seria mi esclavo, que ni nunca más tendría una queja, que si, que si, que si.

Tonta de mi, pensé más en mi familia que mi misma. Acepté intentarlo por el bien de los niños y de nuevo me vi abierta de piernas bajo su grasiento peso y penetrada por una polla dura, pero poco hábil que intentaba taladrarme el coño como muestra de amor y reconciliación.

De vuelta en Madrid y mientras Blas se reinstalaba en casa tuve que suspender mis últimas citas ya programas desde antes del viaje, bloquear a algún amante en el whatsapp, reponer las fotos de mi marido de mi picadero, también llamado habitación conyugal y borrar mi anuncio en meetic.

No tarde más de una semana en darme cuenta que volvíamos a ser una familia, pero también en darme cuenta que esos meses de asueto había sacado de mi la bestia que siempre he llevado dentro y que no conocía. Y claro las cosas no iban a ser como antes.

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