De loca a loca, me las tiro porque me tocan

Mi vida dio un giro de ciento ochenta grados cuando me mudé a Madrid a estudiar la carrera. Acostumbrado a la rutina de un pueblo de montaña, me costó asimilar el ritmo de esa gran ciudad pero sobre todo cuando el destino quiso que cayera en esa pensión regentada por una cuarentona y una hija de mi edad.

Como cualquiera en su lugar, al saber que me pasaría cinco años estudiando fuera de casa, mi madre se ocupó de seleccionar personalmente donde iba a vivir. Aunque os parezca increíble se pasó una semana recorriendo hostales, residencias y hasta colegios mayores sin encontrar nada que fuera acorde a sus rígidos conceptos morales y ya cuando creía que se iba volver de vacío, visitó una coqueta casa de huéspedes ubicada muy cerca de mi universidad.

-No sabes la suerte que hemos tenido- recalcó mi vieja al explicarme las virtudes del lugar. –Resulta que acaban de abrir y son muy selectas a la hora de elegir quien se puede alojar con ellas. Para aceptarte, tuve que aguantar un largo interrogatorio, durante el cual se querían asegurar que eras un muchacho de una moralidad intachable.

-¿Y eso?- pregunté extrañado que se pusieran tan exigentes.

En eso, mi queridísima progenitora se hizo la despistada al responder:

-Creía que te lo había comentado. La dueña de la pensión es una señora que se acaba de quedar viuda y que debido a su exigua pensión se ha visto obligada a alquilar cuartos para llegar a fin de mes.

Oliéndome la encerrona, insistí:

-¿No me estarás mandando a un campo de concentración?

Ni se dignó a contestar directamente a la pregunta sino que saliéndose por la tangente, me soltó:

-Un poco de disciplina no te vendrá mal.

Sus palabras junto con la religiosidad de mi madre me hicieron saber de antemano que mis sueños de juerga aprovechando los años de universidad se desvanecerían si aceptaba de buen grado vivir ahí. Por eso, intenté razonar con ella y pedirle que se replanteara el asunto amparándome en que necesitaba vivir cerca de la facultad.

-Por eso no te preocupes, está a una manzana de dónde vas a estudiar.

Sin dar mi brazo a torcer, comenté mis reparos a compartir cuarto con otro estudiante:

-Te han asignado un cuarto para ti solo- y viendo por donde iba, prosiguió: -La habitación es enorme y cuenta con una mesa de estudios para que nadie te moleste.

«¡Mierda!», mascullé pero no dejándome vencer busqué en el precio una excusa para optar por un colegio mayor.

-Es más barato e incluye la limpieza de tu ropa…

Mi llegada a “la cárcel”.

Cómo supondréis por mucho que intenté zafarme de ese marrón, me resultó imposible y por eso me vi maleta en mano en las puertas de ese lugar el día anterior a comenzar las clases. Todavía recuerdo las bromas de mis amigos sobre el tema. Mientras ellos iban a residencias “normales”, a mí me había tocado una con toque de queda.

-Recuerda que me he comprometido a que entre semana, llegarás a cenar y a que durante los fines de semana la hora máxima que volverás serán las dos de la madrugada.

-Joder, mamá. Si en casa llego más tarde- protesté al escuchar de sus labios semejante disparate.

A mis quejas, mi madre contestó:

– Vas a Madrid a estudiar.

Cabreado pero sobre todo convencido en hacer lo imposible para que esa viuda me echara en el menos tiempo posible, miré el chalet donde estaba ubicada la pensión y muy a mi pesar tuve que reconocer que al menos exteriormente, era un sitio agradable para vivir. Desde fuera, lo primero que pude observar fue el coqueto jardín que rodeaba la casa.

Aun así, la perspectiva de convivir con una mujer tan mojigata como mi vieja seguía sin hacerme ni puñetera gracia.

«Menudo coñazo me voy a correr», pensé mientras tocaba el timbre.

Al salir la dueña a abrirme y a pesar de ser una mujer atractiva, mis temores se vieron incrementados al salir vestida con un traje completamente de negro y cuya falda casi le llegaba a los tobillos.

«¡Sigue de luto!», titubeé durante un segundo antes de presentarme.

La mujer ni siquiera sonrió al escuchar mi nombre. Al contrario creí ver en su gesto adusto una muestra más de la incomodidad que para ella representaba que un desconocido invadiera su privacidad. Asumiendo que mi estancia sería corta, decidí no decir nada y cogiendo mi equipaje la seguí al interior. Apenas traspasé el recibidor, me percaté que ese lugar denotaba clase y lujo por doquier, lo que afianzó mi idea que en vida de su esposo a esa bruja no le había faltado de nada. Y en vez de alegrarme por las aparentes comodidades que iba a tener, me concentré en los aspectos negativos catalogando a esa señora como “una ricachona venida a menos”.

Tampoco pude exteriorizar queja alguna de mi habitación porque además de su tamaño, estaba decorada con muebles de diseño de alto standing pero fue la cama lo que me dejó impresionado:

«Es una King size», me dije nada más entrar.

Mi sorpresa se incrementó cuando la cuarentona me enseñó que por medio de una puerta tenía acceso a un lujoso baño con jacuzzi pero entonces bajando mis expectativas, Doña Consuelo me informó que tendría que compartir ese baño con ellas. No queriendo parecer un caprichoso, me abstuve de informarle que según mi madre iba a tener baño propio.

«No creo que eso sea problema», me dije al ver que tenía pestillo mientras me imaginaba disfrutando de esa enorme bañera llena de espuma.

Fue entonces cuando con tono serio, mi casera me informó que la comida estaba programada a las dos y que se exigía un mínimo de decoro para sentarse en la mesa. Asumiendo que no era bueno causar problemas desde el primer día, pero como desconocía a qué se refería con ello, se lo pregunté directamente:

-Somos una familia clásica y por ello deberá llevar corbata.

Comprenderéis que para un muchacho actual esa prenda era algo que jamás se pondría para comer y por eso comprendí medio mosqueado que mi madre hubiese insistido en meter una en la maleta.

«¡La jefa lo sabía y se lo calló!», maldije en silencio mientras me retiraba ya cabreado a mi habitación.

Me sentía estafado al no saber qué otras cosas me había ocultado para que aceptara a regañadientes vivir allí. Cómo comprenderéis me esperaba cualquier otra idiotez y reteniendo las ganas de mandar todo a la mierda, me tumbé en la cama a descansar.

«Al menos es cómoda», murmuré al disfrutar de la suavidad de las sábanas de hilo y lo mullido del colchón.

Sin darme cuenta y quizás porque estaba cansado por el viaje, me quedé dormido. Durante casi una hora disfruté del sueño de los justos hasta que un pequeño ruido me despertó. Al abrir los ojos, me encontré con la que debía ser la criada de la pensión deshaciendo mi maleta y colocando mi ropa en el armario.

«No debe haberse dado cuenta que estoy en la habitación», pensé mientras disfrutaba del estupendo cuerpo que alcanzaba a imaginar tras el uniforme que llevaba. «Tiene un culo de infarto», sentencié ya espabilado al contemplar las duras nalgas que involuntariamente exhibió frente a mí mientras se agachaba a recoger uno de mis calzoncillos. Fue entonces cuando de improviso, vi que esa rubita se llevaba esa prenda a la nariz y se ponía a olerla con una expresión de deseo reflejada en su rostro.

«Joder con la cría», me dije al comprobar que bajo la tela de su camisa dos bultitos reflejaban la calentura que le producía husmear mi ropa interior. Reconozco que me pasé dos pueblos al querer aprovechar ese momento:

-Si quieres te dejó oler uno usado- le solté señalando mi entrepierna.

La muchacha, al oírme, se giró asustada y al comprobar que no solo el cuarto estaba ocupado, sino que el huésped había descubierto su fetiche, huyó sin mirar atrás. Esa reacción me hizo reír y por primera vez pensé que no sería tan desagradable vivir allí si todo el servicio se comportaba así…

Conozco a Laura, la hija de la dueña de la pensión.

Sobre las dos menos cuarto, decidí que ya era hora de cambiarme de atuendo y ponerme la dichosa corbata. Había pensado en seguir vestido igual y anudármela sobre la camisa que llevaba pero la visita que había recibido en mi habitación, cambié de opinión y deseando dejar un regalito a la criada, me puse otra muda dejando el calzón usado colocado en una silla.

«Espero que le guste», murmuré, tras lo cual, bajé al comedor a enfrentarme con la siguiente excentricidad de Doña Consuelo.

La señora se estaba tomando un jerez en el salón, haciendo tiempo a que yo bajara. Al verme entrar, me preguntó si deseaba algo de aperitivo antes de comer.

-Lo mismo que usted- respondí.

Luciendo una extraña sonrisa, abrió un barreño y sacando una botella, rellenó una copa mientras por mi parte, echaba una ojeada a las innumerables fotos que había en esa habitación. La presencia en todas ellas de un tipo, me indujo a pensar que era el difunto marido de esa cuarentona. Siendo eso normal, lo que me extrañó fue que en ninguna aparecía nadie más.

«Parece un homenaje al muerto», resolví y no dándole mayor importancia, recogí de sus manos la bebida que me ofrecía.

Curiosamente al llevármela a los labios, la viuda se quedó mirando fijamente a mi boca y creí vislumbrar en sus ojos un raro fulgor que no comprendí. Medio cortado al sentirme observado, alabé la calidad del vino.

-Era el preferido de mi marido. Juan siempre se tomaba una copa antes de comer. Me alegro que sea de tu gusto, es agradable tener nuevamente un hombre en casa que disfrute de las pequeñas cosas de la vida- contestó saliendo de su mutismo.

La inesperada expresión de felicidad que leí en su hasta entonces hierática cara, despertó mis dudas del estado mental de esa mujer pero cuando estaba a punto de preguntar a qué se refería, vi entrar a la criada al salón. Las mejillas de esa chica se ruborizaron al advertir que aprovechaba su llegada para dar un rápido repaso a su anatomía. No queriendo que su patrona me descubriera admirando las contorneadas formas con las que la naturaleza había dotado a esa cría, dirigiéndome a Doña Consuelo comenté:

-Aunque mi madre había alabado esta casa, tengo que reconocer que nunca creí que iba a vivir entre tanta belleza- ni siquiera había terminado de hablar cuando me percaté que mis palabras podía ser malinterpretadas. Había querido ensalzar el buen gusto de la decoración pero, aterrorizado, comprendí que podía tomarse por un piropo hacia ellas.

No tardé en advertir que la cuarentona lo había entendido en ese sentido porque, entornando en plan coqueto sus ojos, me respondió:

-Gracias. Siempre es agradable escuchar un halago y más cuando llevaba tiempo sin oírlo.

Sabiendo que había metido la pata, me tranquilizó comprobar que no se había enfadado, me abstuve de aclarar el malentendido. Justo en ese momento, la uniformada rubia murmuró:

-Mamá, la cena ya está lista.

Mi sorpresa fue total y mientras trataba de asimilar que una madre humillara a su hija vistiéndola de esa forma, la cuarentona respondió:

-Gracias- y pidiéndola que se acercara, me presentó diciendo: -Laura, Jaime se va a queda a vivir con nosotras.

La cría, incapaz de mirarme a la cara, bajó sus ojos al contestar:

-Encantada de tenerle en casa.

«¡Qué tía más rara!», reflexioné al notar que se dirigía a mí de usted siendo más o menos de mi edad. «Debe de estar cortada al saber que conozco su secreto».

No queriendo parecer grosero, fui a darle un beso en la mejilla pero retirando su cara, alargó su mano y por eso no me quedó más remedio que estrecharla entre las mías, mientras le decía:

-El placer es mío.

La reacción de la chiquilla poniéndose instantáneamente colorada me indujo a pensar que me había malinterpretado y que veía en esa fórmula coloquial, una velada referencia a su fetiche. No queriendo prolongar su angustia, pregunté a la madre si pasábamos a comer.

La cuarentona debió ver en esa pregunta una galantería porque, luciendo una sonrisa de oreja a oreja, me cogió del brazo como antiguamente se colgaban las damas de su pareja al entrar a un baile y sin mayor comentario, me llevó al comedor.

«¡No entiendo nada!», mascullé sorprendido.

Si estaba pasmado por el comportamiento de esas mujeres, realmente no supe a qué atenerme cuando ya sentados a la mesa, Doña Consuelo bendijo la comida diciendo:

-Señor, te damos las gracias por los alimentos que vamos a tomar y por haber escuchado nuestras oraciones al permitir nuevamente la presencia de un hombre en nuestro hogar.

«¿De qué va esta tía?», me pregunté al notar sus ojos fijos en mí al decir “hombre”.

Su tono escondía un significado que no alcancé a interpretar y más nervioso de lo que me gustaría reconocer pronuncié “amen”, mientras todos los vellos de mi cuerpo se erizaban. Si no llega a ser imposible, hubiese jurado que esa señora me estaba mirando con deseo y no queriéndome creer que fuera verdad, esperé a que comenzaran a comer antes de atreverme a coger los cubiertos.

Afortunadamente, Laura rompió el silencio que se había instalado entre esas cuatro paredes al preguntar qué iba a estudiar. Agradeciendo su intervención, le contesté:

-Ingeniería Industrial.

Al oírme, dio un suspiro diciendo:

-¡Cómo me hubiese gustado estudiar esa carrera!

Desconociendo que iba a pisar terreno resbaladizo, cortésmente, le pedí que me dijera porque no lo hacía pero entonces de muy mal genio, su madre respondió por ella:

-Esa no es una carrera para una dama. Laura debe centrarse saber llevar una casa para así conseguir un buen marido.

«¡Menuda bruja!», exclamé en mi mente al ver en esa respuesta un grotesco machismo pasado de moda pero sabiendo que no era un tema mío, me abstuve de hacer ningún comentario y mirando a la muchacha, le informé con la mirada que no estaba de acuerdo.

Al darse cuenta, la cría sonrió y al pasarme la panera aprovechó para agradecérmelo con una caricia sobre mi mano. La ternura de sus dedos recorriendo brevemente mi palma tuvo un efecto no deseado y bajo mi bragueta, mi pene se desperezó adquiriendo un notorio tamaño. De no estar sentado, estoy seguro que la hinchazón de mi entrepierna me hubiese delatado.

«¡Está tonteando conmigo!», pensé excitado.

Doña Consuelo, o no vio la carantoña o no quiso verla y llamando mi atención, empezó a enumerar las costumbres de esa casa:

-Como ya sabes, somos una familia tradicional. Comemos a las dos y cenamos a las nueve. Si algún día no puedes venir, deberás avisarnos para que no te esperemos…

-No se preocupe- dije molesto al recordar el estricto horario que debería cumplir durante mi estancia allí. –Si por algún motivo me retraso, se lo haré saber con tiempo.

La mueca de la cuarentona me informó que no le había gustado mi interrupción y me lo dejó meridianamente claro al seguir diciendo:

-Tu madre me informó que tus clases empiezan a las ocho y media de la mañana por lo que diariamente, te despertaremos a las siete para que así te dé tiempo de darte un baño y desayunar antes de salir de casa…

«¡Qué mujer tan pesada!», sentencié mientras escuchaba las reglas por las que se regía esa casa.

-Todas las mañanas, Laura recogerá tu ropa y arreglará tu cuarto para que al llegar, encuentres todo listo.

Acostumbrado a valerme por mi mismo, le expliqué que no hacía falta y que desde niño me hacía la cama pero entonces casi gritando, la cuarentona me soltó:

-En esta casa, ¡Un hombre no realiza labores del hogar!- y dándose cuenta que había exagerado, cambió su tono diciendo: -Queremos que te sientas en familia y no nos gustaría que pensaras que somos de esas feministas que no saben ocupar su lugar.

«Esta mujer sigue anclada en el siglo xix», me dije alucinado por lo rancio de sus pensamientos justo cuando ya creía que nada me podía sorprender, Doña Consuelo exigió a su hija que se pronunciara al respecto:

-Laura, ¡Dile a Jaime qué opinas!

La rubia, mirándome a los ojos, contestó:

-Don Jaime, lo que mi madre quiere decir es que mientras viva en esta casa, nos ocuparemos gustosamente de satisfacer todas sus necesidades.

Os juro que fui incapaz de contestar porque mientras la hija hablaba, un pie desnudo estaba recorriendo uno de mis tobillos.

«¡Cómo se pasa teniendo a su madre enfrente!», rumié mientras mis hormonas se alborotaban al sentir que esos dedos no se conformaban con eso y que seguían subiendo por mis muslos.

«Va a conseguir ponerme bruto», temí cuando noté que se hacían fuertes entre mis piernas y comenzaban a rozarse contra mi pene.

Preocupado por las consecuencias de tamaño descaro, retiré ese indiscreto pie y mientras lo hacía, devolví la caricia regalándole un cómplice apretón con mi mano. Laura debió decidir que había captado la idea porque no volvió a intentar masturbarme durante la comida.

Ya resuelto el problema y tratando de disimular mi erección, miré a Doña Consuelo. No tuve que ser un genio para comprender que se había dado cuenta de lo ocurrido al ver que, bajo la tela negra de su vestido, los pezones de la viuda mostraban una dureza que segundos antes no tenían.

«¡Lo sabe y no le importa!», proferí en silencio una exclamación mientras pensaba en lo extrañas que eran esas dos mujeres. «Exteriormente se comportan como unas mojigatas pero algo me dice que son un par de putas», sentencié ilusionado. Ya creía que sin saberlo mi madre me había colocado en mitad de un harén cuando la cuarentona pidió a Laura que bajara el aire acondicionado porque tenía frio.

«Era eso», mascullé mientras me recriminaba lo imbécil que había sido al pensar que Doña Consuelo se sentía atraída por mí.

Asimilando mi error, todavía me quedó la certeza que al menos la hija era un putón desorejado y sabiendo que tendría muchas oportunidades de calzármela, decidí tomármelo con calma:

«¡Ya caerá!».

El resto de la comida transcurrió sin nada más que reseñar y por eso al terminar el postre, pidiendo permiso, me levanté de la mesa. Ya estaba en la puerta cuando recordé las normas de la casa y girándome, informé que en media hora me iba de la casa.

-Señora, he quedado con un amigo pero no se preocupe, volveré antes de la nueve.

-Te estaremos esperando- contestó la viuda mientras ordenaba a su hija que recogiera los platos.

Y en mi habitación, vi el calzoncillo que había dejado en la silla y recordando las caricias de la rubia decidí premiarla con otro regalo.

«Estoy seguro que le gustará», sonreí y cogiéndolo, me puse a pajearme mientras me imaginaba a la muchacha entrando en la habitación maullando como una gata en celo.

Era tanta la excitación que me había producido su magreo durante la comida que no tardé en descargar mi simiente sobre la prenda. Satisfecho cogí un boli y un papel para escribir una dedicatoria:

“Zorra, dejo mi leche para tu boquita”.

Tras lo cual la escondí en su interior y devolví el calzón a la silla de donde lo había cogido. Sin nada más que hacer, me quité la corbata y salí a recorrer Madrid como el muchacho de dieciocho años que era….

Capítulo 2.

Os tengo que reconocer que esa tarde no disfruté de mi salida porque mi mente estaba ocupada en otras cosas. No paraba de pensar en Laura y en los grandes pechos que parecían existir bajo su uniforme.

-Espero que le haya gustado mi regalo- murmuré en voz baja recordando que las voluminosas formas que se entreveían a través de la tela- y me lo pague con una buena cubana.

Al soñar con poner mi verga entre sus tetas, Madrid perdió todo el interés y despidiéndome de mis colegas, decidí volver al chalet a descubrir cómo se lo había tomado. Acababa de subir las escaleras que daban acceso a la casa, cuando vi que la puerta se abría y a esa mujercita que en teoría era mi criada. No me costó ver en sus ojos un extraño fulgor.

«¿Habrá recibido mi regalo?», dudé al notar su embarazo y no queriendo ser el que diera el primer paso, la interrogué:

-¿Y tu madre?

La niña bajando su mirada, me contestó diciendo:

-Se está dando un baño.

Al no mencionar el calzón, decidí no forzarla y confiadamente me encaminé rumbo a mi habitación. Lo que no me esperaba fue que Laura me siguiera a través de la casa ni que entrara conmigo al cuarto.

-¿Necesitas algo?- le solté al ver que permanecía de pie sin entrar.

-Quiero enseñarle algo- respondió y antes de poder reaccionar, se acercó a la pared que colindaba con el baño y mientras retiraba un cuadro, me dijo: -Cuando quiera saber cuál de las dos se está bañando solo tiene que mirar por este agujero- como un autómata me acerqué y descubrí que a lo que se refería la muchacha era una especie de mirilla empotrada en el tabique.

Al mirar por ella, observé a Doña Consuelo a punto de meterse en el jacuzzi. Os confieso que me sorprendió ver a esa mojigata totalmente desnuda pero aún más el descubrir que esa cuarentona poseía un cuerpo que sería la envidia de muchas mujeres con veinte años menos.

«Joder, ¡está buena!», sentencié al disfrutar de los pechos casi perfectos que tenía a la vista.

Lo quisiera o no, la visión de sus pezones negros y apetitosos despertaron mi interés y por eso mientras seguía deleitándome con el resto de la anatomía de la madre, pregunté a su hija:

-¿Instalaste tú esto?

Muerta de risa, me respondió:

-¡Qué va! Este era el cuarto de mi padre y tenía prohibida la entrada.

«Menudo pervertido debía ser», pensé mientras observaba que el peludo chocho de Doña Consuelo, «a buen seguro era un voyeur».

Para entonces, el bulto que creía en mi entrepierna denotaba mi excitación y por eso presté poca atención cuando Laura me soltó:

-No se hace idea de lo feliz que me siento teniéndole a usted en la casa. Aunque mi madre no quiera reconocerlo, nos hace falta un hombre. Llevamos mucho tiempo solas sin nadie que nos cuide.

Sé que os puede resultar fantasioso pero por el tono me pareció que ese “sin que nadie nos cuide”, realmente quería decir “sin que nadie nos folle”. Por eso y a pasar que en ese momento Doña Consuelo acababa de abrir el grifo del agua caliente, dejé de espiarla y girándome pregunté a la cría:

-¿Te gustaría que te “cuidara”?

Muerta de vergüenza, contestó:

-Mucho.

Observándola, reparé en la expresión deseo de Laura y que en ese instante, sus ojos estaban fijos en lo que sucedía bajo mi bragueta. Os prometo que estuve a un tris de abalanzarme sobre ella pero la presencia de su vieja tras la puerta evitó que lo hiciera y queriendo contrastar sus intenciones, la interpelé:

-¿Cómo quieres que lo haga?

Roja como un tomate y con una voz apenas audible, me contestó:

-Me encantaría que me abrazara.

Sin saber cómo actuar, me acerqué y cogiéndola entre mis brazos, pegué mi cuerpo contra el suyo. La cría al sentir la presión de mi verga contra su sexo, no pudo evitar un gemido de placer y recreándose en la postura, se puso a rozar su pubis lentamente usando mi erección como desahogo.

-Tienes un culo cojonudo- susurré en su oído mientras mis manos se perdían bajo la falda de su uniforme y sacaba a la luz que esa mujercita no llevaba ropa interior.

La sorpresa de sentir su tersa piel bajo mis dedos, incrementó mi calentura hasta niveles insospechados y dejándome llevar, magreé sin ningún tipo de pudor ese fruto prohibido que sin saberlo mi propia madre había puesto a mi disposición. El ardor de Laura al experimentar el examen físico al que la estaba sometiendo fue tal que temí que desde el baño, Doña Consuelo nos oyera.

-No gimas tan alto, nos puede descubrir tu vieja- le ordené al tiempo que me recreaba con esas dos duras nalgas.

Laura aceptó el consejo y dejó de gemir mientras aceleraba el ritmo con el que se frotaba contra mi pene:

-Necesito follarte- susurré caliente como un mono.

Al escuchar mi ruego, la cría se separó de mí e indignada, contestó:

-Nunca me acostaría con el que va a ser mi padre.

Lo absurdo de sus palabras y preocupado porque me echara más años de los que tenía, contrataqué diciendo:

-No soy tu padre sino un chico de tu edad al que acabas de conocer.

Pero entonces, casi llorando, Laura me espetó:

-Desde que entró por la puerta, mi madre y yo supimos que Dios nos había traído un hombre para sustituir a mi viejo y por lo que vi durante la comida, usted aceptó de buen grado ese papel al dejar que ella le masturbara.

-¿Me estás diciendo que no fuiste tú?- pregunté impresionado al escuchar que el pie que me había acariciado era el de Doña Consuelo.

-Así es, yo nunca podría. Mamá me lo tiene prohibido. Según ella, debo respetarle y aunque lo deseé no puedo desobedecerla.

-¡No entiendo!- exclamé sorprendido por la información que me acababa de aportar y tras unos segundos durante los cuales intenté asimilar el mensaje, insistí: -Si para vosotras, Dios me ha mandado. ¿Qué esperáis de mí?

Con una sonrisa nada esclarecedora, me contestó:

-Ya se lo he dicho. Usted ha venido a cuidarnos… y a sustituir a mi padre a todos los efectos.

La seguridad y el aplomo con el que lo soltó, me hizo saber que Laura realmente creía en ello. Todavía aturdido, le pedí que me aclarara cual eran los cometidos que me tenían reservados. Nuevamente me dejó acojonado al afirmar:

-Los normales en una familia. Como el cabeza de la misma, su papel será el ser un buen marido y hacernos felices. Mi madre ha insistido en ello. Debemos procurar obedecer siempre y atenderle para que usted nos “cuide” a nosotras dos.

La locura que planteaba me sacó de las casillas y ya de muy mala leche, pregunté:

-¿Doña Consuelo está de acuerdo en entregarse a mí de ese modo?

Su contestación me dejó anonadado:

-Mi madre es una mujer temerosa de Dios y nunca haría nada que fuera contra sus designios.

Esa perorata sin sentido, provocó mi ira y sin cortarme un pelo, la solté:

-Dile a tu vieja que su marido la espera en la habitación.

Confieso que mi intención era desenmascarar a esa mentirosa pero ante mi sorpresa, la muchacha bajó su mirada y saliendo del cuarto, escuché que tocaba a la puerta del baño. Sin poderme contener fui hasta la mirilla y desde ahí, observé que Laura le decía algo a su madre y que esta sonreía.

«Será posible que estén tan locas y todo sea verdad», me estaba preguntando cuando la muchacha retornó a donde yo estaba y con voz dulce, me informó:

-Mama, le pide paciencia. Vendrá una vez se haya terminado de bañar- y entonces me dejó claro mi nueva ocupación al preguntar: -¿Don Jaime le puedo llamar papá?…

Doña Consuelo confirma las palabras de su hija.

Durante media hora me quedé encerrado en mi cuarto sin saber a qué atenerme. En mi mente, se acumulaban las dudas y aunque sabía que al salir del baño y dependiendo de cómo se comportara, la cuarentona las resolvería, os tengo que reconocer que estaba nervioso.

«Esa maldita me ha tomado el pelo», me dije viendo que el tiempo pasaba y que nadie aparecía por mi puerta a pesar que ya no se escuchaba ningún ruido en el servicio.

Estaba a punto de levantarme de la cama y mirar a través de esa mirilla, cuando oí que tocaban a mi puerta. Antes que pudiera contestar, la dueña de la casa de huéspedes entró en mi habitación vestida únicamente con un coqueto conjunto de lencería negra.

-Mi hija me ha pedido que viniera. ¿Qué necesitas?- la voz de esa mujer, antes tan seria y adusta, estaba teñida de sensualidad pero aun así seguía sin estar seguro de qué hacer.

Tuvo que ser la propia madura la que despejara mis dudas al acercarse ronroneando hasta mi lecho mientras me decía:

-Al saber que era tan joven el hombre que Dios me mandaba, creí que tendría que seguir esperando. Pero al verte, comprendí que no era nadie para intentar comprender sus mandatos- increíblemente, Doña Consuelo seguía hablando cuando sus manos ya estaban bajando mi bragueta.

«¡Todo es cierto!», no me quedó más remedio que aceptar al observar su cara de deseo al sacar mi miembro de su encierro. Asumiendo mi cometido y queriendo comprobar en directo que esa mujer era, a pesar de su edad, una belleza, retiré sus manos mientras le decía:

-Desnúdate para mí.

Durante un segundo, mostró su disgusto por tener que dejar mi verga en paz. Pero tras lo cual, esa mujer me sorprendió por enésima vez al encender el equipo de música antes de empezar a bailar siguiendo el ritmo de la canción.

«¡Vaya par de tetas tiene la condenada!», elogié desde las sabanas al dar un primer repaso a lo abultado del pecho que se escondía tras el encaje.

La cuarentona al advertir que había captado mi atención y que mis ojos seguían atentos sus movimientos, sonrió y dejando caer uno de sus tirantes, me preguntó:

-¿Te gusta tu mujercita?

Absorto en el canalillo que se formaba entre sus senos, contesté que sí. Ella al escuchar de mis labios que me sentía atraído, se alegró y retirando el otro, sostuvo con las manos su sujetador mientras insistía:

-¿Quieres ver mis pechitos?

Que se refiriera a semejantes ubres con ese diminutivo, me hizo gracia y recalcando mis palabras con hechos, me levanté y acercándome a ella, saqué una de sus peras mientras le decía:

-Quiero morderlos.

Sin esperar su permiso, bajé mi cabeza y abriendo la boca, me puse a saborear de semejante manjar mientras la cuarentona pegaba un sonoro gemido.

-Dios te los ha dado. ¡Haz lo que quieras con ellos!

Que insistiera en mi supuesta misión, azuzó mis hormonas y recreándome mordisqueé sus pezones alternando entre sus dos tetas.

-Gracias, ¡echaba de menos sentirme mujer!- exclamó y mostrando su entrega, se despojó de toda la ropa a excepción del tanga negro que cubría su tesoro más preciado.

No queriendo desaprovechar el instante, le di la vuelta y obligando a posar sus brazos sobre el escritorio, me arrodillé a su espalda y como si adorara a una deidad, besé las duras nalgas que el destino había puesto en mi camino.

-Soy toda tuya- rugió al sentir mi lengua recorriendo los cachetes de su trasero mientras involuntariamente metía uno de sus dedos bajo la tela de su braguita y se empezaba a masturbar.

«Esta zorra está hirviendo», me dije mientras abría de par en par ese pandero.

Tal y como imaginé al saber que esa familia era ultra religiosa, me encantó confirmar que su difunto marido nunca había hecho uso de ese rosado esfínter y usando la lengua, bordeé su contorno antes de dar un largo lengüetazo a lo largo de su raja.

-Esposo mío, sé que la mujer debe de complacer a su marido pero te pido cuidado, mi culito sigue virgen- sollozó muerta de miedo pero a la vez, excitada con la idea.

La ausencia de rechazo por su parte, espoleó el animal que todos tenemos dentro y metiendo levemente mi lengua dentro de ese rosado ojete, dejé claro que esa tarde iba a tomar posesión de su trasero. El gemido que brotó de su garganta me confirmó su disposición y por eso la ordené que subiera a la cama y se pusiera a cuatro patas.

Doña Consuelo no solo obedeció a la primera sino que despojándose del tanga, posó su cara sobre la almohada y mientras ponía su culo en pompa, chilló:

-Si mi señor me impone esta prueba, la acepto gustosa.

Obviando las razones por las que me hacía ofrenda de su trasero, me desvestí y ya desnudo, trepé al colchón. Ya entre sus piernas, mojé mi dedo con el flujo que chorreaba de su sexo y comencé a embadurnar esa entrada trasera mientras la viuda no dejaba de rezar porque pasara rápido esa prueba. La humedad que desbordaba la cueva de esa mujer era tal que tenía empapados sus muslos y viendo que su respiración se aceleraba cada vez que sentía mis uñas forzando su ojete, decidí que era mejor acrecentar su calentura y por eso le ordené que llevara una de sus manos hasta su peludo chocho diciendo:

-Tu hombre quiere que te masturbes.

No tuve que repetir la orden, la cuarentona aulló como loca al escuchar que le pedía que se estimulara y compartiendo su excitación con toda la casa, gritó a viva voz:

-Gracias, por darme tanto placer.

La celeridad con la que acató mi deseo, me permitió concentrarme en su culo y mientras Doña Consuelo torturaba su clítoris con un ansia atroz, decidí usar mi otra mano para recorrer su maduro aunque atractivo cuerpo.

«Esta puta debe de hacer ejercicio», rumié interiormente al comprobar que los años no había hecho mella en ella y que mantenía la firmeza de una compañera. Incluso sus pechos, que para entonces se bamboleaban hacia adelante y hacia atrás siguiendo el compás marcado por sus dedos, conservaban la dureza de la juventud.

Satisfecho, incrusté el segundo dedo dentro de su esfínter al tiempo que le susurraba en su oreja:

-Te va a doler al principio pero tengo que hacerlo para sentirte mía y cumplir así la voluntad de Dios.

En mi interior, me supo mal abusar de sus creencias pero aun así cogí mi verga y la acerqué hasta su orificio trasero. No queriendo que sufriera en exceso, jugueteé con su ojete usando mi glande mientras lo terminaba de relajar.

-¡Perdóname Dios por desearlo!- exclamó y aprovechando que había penetrado con mi cabeza unos centímetros en su intestino, se echó hacia atrás y en embutió la totalidad de mi miembro en su trasero.

El chillido de dolor que brotó de sus pulmones fue tal que creí que no lo iba a soportar pero cuando ya creía que iba a intentar zafarse, esa viuda, me soltó:

-Ya soy tuya- y subrayando sus palabras con hechos, comenzó a mover sus caderas mientras sacaba y metía mi verga de su interior.

A pesar de sus buenas intenciones, lo falta de uso de su trasero prolongó su sufrimiento y no fue hasta pasado unos minutos, que su esfínter se relajó y por fin pude recrearme en la monta, acelerando el paso de mis incursiones.

Por su parte, Doña Consuelo se tomó el dolor como una especie de expiación y por ello cuando lentamente se fue transformando en placer, vio que la mano divina le agradecía su entrega y con una expresión mística en su rostro, sollozó:

-Gracias por compadecerte de tu humilde sierva.

Tras lo cual y comportándose ya como una puta, me rogó que la tomara sin contemplaciones. Ni que decir tiene que hice caso a sus ruegos y marcando mi ritmo con sonoros azotes sobre sus ancas, busqué mi propio placer. Contra todo pronóstico, la viuda recibió con alborozo ese nuevo castigo diciendo:

-¡Me estás llevando al cielo!

«Esta tía está loca», afirmé interiormente mientras elevaba aún más la cadencia con la que la sodomizaba. Mi nuevo ritmo y la dureza de mis caricias terminaron de asolar todas sus defensas y se corrió. Agotada se dejó caer sobre las sábanas, sin saber que esa nueva postura facilitaba mis ataques y agarrándome de sus caderas, inicié un abusivo galope donde una y otra vez acuchillaba su interior usando mi estoque.

-No pares- chilló al experimentar que todas las células de su cuerpo colapsaban de placer.

Ya desbocado, martilleé ese culo sin parar mientras la dueña de la pensión se retorcía entre mis piernas. Estaba a punto de derramar mi simiente en su interior cuando un ruido me hizo levantar mi mirada para descubrir a Laura observando desde la puerta. El morbo que me dio que nos espiara, acrecentó más si cabe mi excitación y pegando un gritó, exploté rellenando sus intestinos con el producto de mi calentura.

La viuda que era ajena al hecho que su hija estuviera mirando su entrega, bramó de placer al ver su estrecho conducto anegado con mi leche y sin dejar de mover sus caderas, su culo se convirtió en una ordeñadora con el que exprimió hasta la última gota de mis huevos.

Radiante aunque cansado, me dejé caer sobre la cuarentona mientras esta disfrutaba de los estertores de placer. Al terminar y mientras la cría desaparecía de la habitación, Doña Consuelo se dio la vuelta y plantándome el primer beso de los muchos que me daría, me preguntó:

-¿Te parece que recemos dando gracias a nuestro señor por habernos encontrado en el camino?

Durante unos segundos dudé sobre la conveniencia de tan hipócrita acto pero viendo su felicidad y que no me convenía contrariarla, contesté:

-¿Antes de que me la mames o después?

Su respuesta me confirmó que mi estancia en esa casa iba a estar plena de lujuria al ver que con una sonrisa en los labios, la viuda se deslizaba por mi cuerpo rumbo a mi verga…

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