Desfloración anal

En los primeros tiempos de mi relación con Leonardo, me sucedió otro asuntico que me gusta recordar, porque me dejo un gustillo a desquite, además de algunos merecidos beneficios.

La necesidad, algunas veces, la convierte a una en una mujer fácil, pero “la vida es así, no la he inventado yo”, como dice la canción.

Resulta que… en la empresa donde trabajamos Leonardo y yo, los ejecutivos (mí Leonardo, es uno de ellos) tienen la autorización -desde que son admitidos o incluidos en nómina- para practicar la cacería de subalternas como parte de su paquete de beneficios contractuales -digo yo- por la intensa devoción que suelen poner en el asunto…claro está, que esta actividad cinegética se suele practicar con fines meramente sexuales, aunque no siempre… hay peores motivos.

A pesar de que ya yo había sido “asignada” a Leonardo -porque él me había “visto” primero- resulta que Juan, el gerente general, amo y señor de los destinos de la empresa, le puso el ojo a mi rabito, más bien rabote… de acuerdo a la deslenguada opinión de mi amiga Layla y… a pesar de ser amigo de Leonardo, y compañero de parrandas, quería llegar a conocerlo tan profundamente como le fuera posible y yo se lo permitiera.

“Nunca confíes ni en tu propia sombra” fue una de las primeras enseñanzas que le dejó a sus discípulos el viejo Manú…

Sigilosamente, como conviene en esos casos, se concertó con Lorenzo, mi jefe directo, para que pusiera manos a la obra en la preparación de una clásica encerrona especialmente diseñada para mí.

Era la víctima escogida para saciar sus deseos carnales… más bien culares, diría yo. Aunque, mi área trasera posee la suficiente cantidad de material de primera calidad, como para que el que en ella sacie sus anhelos sexuales, pueda decir que satisfizo sus deseos carnales sin incurrir en errores gramaticales.

Hasta ahora nadie lo ha logrado… ¡ay! Pero me estoy adelantando…

El plan funcionó convenientemente y un mediodía, Lorenzo, me puso mansamente en las manos de Juan…

Me llevaron a un malicioso almuerzo, al que también asistieron otros esclavos… empleados… y que, para dar a conocer los nuevos ascensos.

En un momento predeterminado, todos los que sobraban fueron esfumándose y entonces, caí en cuenta de que me habían dejado solita con el gran jefe.

¡Oh, My God! Como dice ahora, a cada rato, la idiota de Layla desde que pasó un fin de semana en Miami.

No vi nada anormal y esperaba que en cualquier momento se me ordenara regresar a mis actividades oficinescas, pero no, las libaciones aumentaban, ciertos toqueteos también y, sobre todo, lo noté muy interesado en la indagación de mis necesidades económicas… dejando colar, cada vez que descubría una de las muchísimas que tenía, la posibilidad, jurisdicción, potestad y disposición cierta, de satisfacérmelas mediante su poder y autoridad.

Ya para la época, yo no era tan idiota…

Captaba que Juan tenía en sus manos el remedio para mi enfermedad económica crónica < EEC, como le dice Layla> y quería dármelo, pero estaba segura que algo tendría que conceder a cambio.

Es de hacer notar… que se acostumbraba en estos círculos empresariales, que ese remedio se obtenía a cambio de: espionaje a los compañeros, o, contribuir con el descrédito de alguno que se hubiera tornado excesivamente molesto para la gerencia, o, como sucedía en la gran mayoría de los casos, la contrapartida era puramente sexual.

Muchas de mis compañeras hubieran pagado por estar en mi lugar: Él, tenía fama de ser muy delicado en sus selecciones y vasto en sus compensaciones… era motivo de orgullo lograr que el máximo jefe irrigara el útero de alguna y la feliz elegida podría contar con que su sacrificio sería ampliamente recompensado…

En ese tiempo, yo tendría como veintiséis primaveras, Juan tendría como cuarenta y pico, alto, de lentes, bigote espeso, blanco, buenmozo, oloroso, gallego, presumido, barrigón, vanidoso, antipático y afectado.

Yo creí en los primeros momentos, debido a mi falta de escasez de inexperiencia, que el bueno de Juan estaba buscando una manera sagaz de enterarse de mis problemas para sacarme de apuros por ser la mujer de su amigo Leonardo.

Cuando me invitó a “compartir un rato” a una Discoteca después de una larguísima sobremesa, mis antenitas de vinil comenzaron a detectar la presencia de la verdad: era sexo lo que buscaba a cambio del favor que me pediría… ¿Qué querría?

En la penumbra de la disco, fui vislumbrando que el hado me habían elegido para calmar las ansiedades y el estrés que su fructífero trabajo había acumulado en su portentosa mente, pero… ¿Y su amigo Leonardo…mi novio? ¿Dónde quedaba? ¿Y… yo?

Tenía que elegir entre la fidelidad a Leonardo y la fidelidad a mí misma…

¡Coño, qué peo! Ya yo estaba un poco más que medio borracha, para pretender centrar mi mentecita en una disquisición moral tan profunda. Me encontraba verdaderamente aturdida por si acaso… había aprovechado para referirle en detalle, no sólo las necesidades económicas mías, sino también las de mi hermana, que aunque no trabajaba en la empresa, si el asunto prosperaba, pasaría a ser también de su familia… cuñada, pues.

No seguí pensando en problemas morales, de relación o de prostitución.

Mientras yo lucubraba, el me metía mano sin descansó, mano y boca, más específicamente…con recato, eso sí, pero mano es mano; boca es boca y la carne se debilita poco a poco. Mientras me debilitaba las convicciones, mantenía entretenida mis dudas con su conversación y yo lo entretenía a él con mis cuitas.

Cuando bailábamos sentía su cosa apretándose contra mis países bajos, no quería pensar en Leonardo, pues sentía que su amigo me estaba llevando por un despeñadero y no sabía si esto se mantendría en secreto o no, y, mañana, podría ser objeto de comentarios que me llevarían irremisiblemente a finalizar la relación con mi amado. Yo no quería que algo así sucediera.

No tenía mucha experiencia con hombres tan corridos como aquel, pero sabía, eso sí, que no podía ser ni muy dura ni muy blanda en el manejo de la situación, si quería sacarle el mejor provecho a mí infidelidad.

Con respecto al punto de lograr que el hombre mantuviera el asunto en secreto, ya se me ocurriría algo sobre la marcha: siempre he sido muy fecunda manipulando y en eso si es verdad que tengo una notablemente abundante escasez de inexperiencia.

El camino que había decidido tomar, lo acepté porque era imposible que a estas alturas del partido, un rechazo no me costara el trabajo, o, algo peor…

Como he leído que decía el gran André le Chapelain…

Ahora se trataba de adecuar mi decisión y mi actuación: Primero, había que lograr que la conquista fuera costosa para que pareciera suficientemente valioso haberla alcanzado, lo segundo, era lograr que el trabajo que se había tomado para enamorarme valiera la pena al quedar plenamente satisfecho de mi desempeño -está de más explicar a qué tipo de desempeño me refiero… Layla, lo llama “tener buena maraca”-.

Pensé que, a lo mejor, se conformaría con una mamada -dicen que eso también se llama “felación”, pero las mías no creo que lleguen a tanto- …porque salir indemne me parecía imposible, además de contraproducente para mis aspiraciones. Algo tenía que sacarle a la inversión que ya había hecho: mí reputa ción.

Entendí perfectamente su alevosa intención cuando me dijo al oído ya para abandonar la Disco que “mi trasero hacía mucho tiempo que lo tenía loco y por eso se había atrevido a invitarme”.

Yo me dije, ¡Ay Dios, es de “eso” de lo que quiere! ¿Y… ahora?

Era casi medianoche. Íbamos ebrios, alegres y decididos…

Pensé que me llevaría a un hotel para hacerme los honores correspondientes, pero no. Condujo bien, a pesar de la pea, pero, hasta el estacionamiento del conjunto residencial donde vivo con mi madre y mi hijo.

Yo imagino que lo que en ese momento pasaba por su cabeza, al tomar algunas bocanadas del maravillosamente cálido aire nocturno que lo despejó un poco, era que no podía darse el lujo de llegar a su casa tan tarde, que a la tipa todo lo que había era que darle un mateo, luego, con tiempo y en mejor situación se le harían los honores con todas las de la ley… ahora, era sólo cuestión de marcar territorio para que la próxima fuera menos cortejo y más acción. Por otra parte: había que asegurarse de si valía la pena la inversión…

A pesar de la luminosidad que nos rodeaba debido a los faroles, nos besamos y nos acariciamos eficientemente durante unos momentos para entrar en calor otra vez. La corta falda de mi uniforme no era suficiente defensa para sus hábiles y desesperadas manos. Quería hacerme lo que iba a hacerme de manera rápida y competente, pues se le había hecho tarde y tenía que conducir hasta su casa que quedaba en otra ciudad a más de una hora de distancia temporal. Yo pensaba que por hoy, de allí no pasaría el asunto… que tendríamos que resolverlo otro día. Pero…

-Otro día en mejores condiciones te haré los honores adecuadamente, pero hoy, Male, déjame disfrutarte un rato, por favor, sólo un rato… me tengo que marchar…fue su muy poco romántica manera de pedírmelo. Yo tuve que aceptar sin más ni más, pues me estaba muriendo de las ganas.

Le indiqué un obscuro paradero cercano; dentro de los límites del estacionamiento; a donde acostumbraban llevar los muchachos del sector a sus novias para hacer sus cositas sin pagar hotel.

Mientras, me preparé…física y mentalmente.

Mientras Juan movía el carro hasta el lugar indicado, me fui sacando la estrecha faldita, guardé mi pequeño bikini en la cartera y desabotoné la camisa para evitar rasgaduras, él estorbaba mis incómodas maniobras con su agarradera… no dejaba de acariciar mis muslos y más arriba, hasta mis tetas.

Fue durante esas maniobras y cosquilleos que noté una falla en el inventario de mis prendas, con rabia concluí, que había dejado mi sostén en la Disco, y con desesperación de pérdida grave, se lo solté inconscientemente, como una forma de librarme de la sensación de carencia: ¡coño! solo tenía otro y ¡son prendas carísimas! Él me contestó besándome con cariño y dijo algo que no entendí porque en ese momento su cara bajaba y comenzaba a ocuparse de mis tetas.

Con carita de “yo no fui” también le dije, mientras me besaba los senos y acariciaba mis vientres, alto y bajo, que tuviera cuidado con la camisa pues no podía dañar mi “único” uniforme.

El como respuesta, bajo sus pantalones y dejo libre su chorizo gallego.

Al ataque…

Mientras se lo chupaba golosamente, con mi habitual poca maestría, que había sido adquirida durante mi corta experiencia vital, él me entretenía las ganas masturbándome suavemente, con más solvencia de lo que se esperaría de alguien tan borracho y desesperado.

Ya estábamos que no podíamos acumular más carga sexual… si seguíamos así, los vidrios empañados por nuestros hálitos, pronto quedarían empañados, también, por esperma y flujo.

Nos trasladamos al asiento trasero, para mejorar la capacidad de maniobra…

Estando ya establecidos en el estrecho, oscuro e incómodo lugar, cuya mitad estaba ocupado por el asiento y limitado por los espaldares de los asientos delanteros demasiado corridos hacia atrás; allí, en ese lugar, digo, me pidió decididamente y sin tapujos, lo que quería de mí… lo que siempre había deseado poseer de mi anatomía…

Sinceramente, con el peso que tienen las palabras cuando salen del corazón, le respondí que por allí nunca había estado nadie, que accedía a hacerlo con su majestad por no defraudarlo pues al rey nada se le puede negar… pero, que jurara que iba a ser muy cuidadoso… ¡tengo miedo, Juan!

-mucho cuidado, señor Juan, por favor, mire que eso duele… le rogué sobrecogida y realmente espantada.

Él, juró todo lo que yo quise…

Trató de ponerme en cuatro –me explicaron después que eso se denomina ponerse a gatas- pero a pesar de que realmente le pusimos ingenio a la cuestión, no se logró el propósito: su estatura, la estrechez del habitáculo y mis monerías de primeriza analisada o por analisarse, nos lo impidieron.

Cambió la táctica… nada de en cuatro: -tú arriba, mirando al frente, te sostienes en los respaldos de los asientos delanteros y cuando esté en posición… te dejas resbalar.

-ujúm… respondí con el corazón en la boca. El sacrificio era inminente.

Ya sabía lo que sentía la víctima de los sacerdotes aztecas cuando le explicaban detalladamente, cómo era que iba a ser el asunto del sacrificio…

Nos acomodamos incómodamente para ponernos en posición…

Acto seguido, él se sentó… estaba desesperado… el tiempo pasaba…me senté sobre sus muslos, mientras esperaba que él acomodara su pitón… Todo estaba oscuro, el calor interno y externo crecía…

Levanté un poco la popa, de acuerdo a su exigencia, para que pudiera tener un recuerdo táctil de mis nalgas abiertas…con paciencia y mucha salivita, empezó a trabajar el orificio con su dedo, yo me sostenía en esa pose apoyándome en los asientos de adelante. Estaba asustadísima y la pea no me daba como para encontrar una salida a la situación y evitar el asunto con un invento de última hora.

Cuando creyó estar listo, me avisó.

Me acaballé sobre su malintencionado ariete, él lo apuntó directamente a la boquita de mi anito, a quien le envié un saludo de despedida antes de ser fusilado… cerré los ojos, tomé aire y me preparé para resistir su envión. Inconscientemente apreté el culito y esperé.

-¡ya! me avisó.

Me dejé resbalar lentamente con una oración en todos mis labios :-¡coño, diosito, que no me duela…!

Mi gata chilló sorprendida por el certero, fulminante e inesperado ataque…

Como yo, inconscientemente, había apretado en vez de aflojado mi ano, la entrada de mi vagina quedó expedita y por el camino que opuso menor oposición, por allí, se deslizó el estacazo.

Mi gata agarrada fuera de base, pegó un chillido sorprendida… yo la acompañé con el que ya tenía preparado.

Un movimiento bien calculado pero mal ejecutado, envió su tranca para el orificio equivocado. Apreté automáticamente, lo más que pude, mis músculos vaginales, mientras chillábamos juntas… mi gata y yo, y él, ¡Oh, My God!, no notó la diferencia. ¡Aleluya, fraters! ¡Sursum corda…! ¡Sursum anus!

Entre gritos y opresiones musculares… creyó haber logrado su objetivo.

La reacción maquinal de mis músculos vaginales cerrando el orificio de entrada y mis gritos y desfallecimientos de primeriza… pues por unos segundos realmente pensé que había sido empalada por atrás… su pea, el calor, la incomodidad, su ansiedad…fueron más que suficiente contribución como para que creyera haber penetrado mi virginal retaguardia.

Lo supe por la expresión de satisfacción, por su deseo cumplido, que se le salió cuando me sintió empalada: “Ahora si es mío” gritó eufórico.

Mi gata entre tanto, se había tragado todo el tolete y no hallaba qué hacer con el inesperado intruso… -todo menos dejarlo escapar, le ordené.

Juan, me atenazó por mis pechos con sus garras para que en el caso de que se me ocurriera levantarme, pudiera impedírmelo.

Un coctel de circunstancias…

La incomodidad, mis gritos, mis quejas, la obscuridad, la ebriedad y mi musculatura vaginal, fueron mis cómplices. Mi virginidad anal se había salvado. Pero era un secreto entre mi ano, mi gata y yo.

Para que no investigara más de lo prudente, me recosté sobre su pecho con gestos y expresiones doloridas y comencé a frotar su abdomen con mis nalgas mientras teatralizaba el momento con sollozos y lágrimas. Él me aferraba por el pecho manoseando mis senos… sino hubiera sido por la preocupación por mantener el autocontrol para que la patraña no se descubriera, hubiera sido “un tronco de polvo…” como dice Layla.

Él estaba como loco sintiendo mis nalgas, “sus muy amadas nalgas”, como me decía a cada rato, estregándose contra sus ingles sudadas. La estimulación lo arrastró a un clímax ardoroso y profundo que estremeció mi matriz. Él juraba que eran mis intestinos los remojados por su simiente.

Me asusté mucho al sentir su semen reproductivo introduciéndose en mi área reproductiva, pero yo estaba a punto de acabar también y con el pensamiento de “al carajo si sale barriga, después se resolverá”, me relajé y dejé correr la expansión orgásmica; limitando, todo lo posible, los aspavientos de placer que autónomamente me brotan de mis tripas en casos como ese.

Leche en el desierto…

Al finalizar la operación “Leche en el desierto” para evitar especulaciones y dudas, lo mejor era alimentar su ego…le susurré aun clavada sobre él, que había sido doloroso pero que lo hacía tan divino, que me había hecho acabar “un poco”, y terminé con un “que Leonardo no lo sepa, por favor señor Juan, esto es un secreto entre usted y yo”.

Él volvió a prometer todo lo que le pedí…

Me desenchufó con cuidado, mientras yo apretaba todo lo posible la boca de mi gata con sus propios músculos pues ella, distendida y risueña, quería entregarse al sueño.

Le pedía con pujos de primeriza mientras me desclavaba, para entretener sus percepciones, que fuera muy cuidadoso por el dolor que aún me aquejaba, que lo tenía muy grande, que ¡ojala no haya sangre! Que, en fin, era el hombre más divino, experto y caballeroso que yo había conocido…

Él se dejaba engatusar con el canto de la sirena…

“Bueno, ahora es suyo, porque usted fue el primero”, le dije cuando finalmente concluyó la laboriosa despenetración.

Yo me vestí incómodamente. El sólo tuvo que subirse los pantalones.

Me acompañó hasta la puerta de mi apartamento. Se despidió galantemente, con una sonrisa y un beso de complicidad. “Gracias por la primicia”, me dijo antes de retirarse. Le sonreí con gesto de ex virgen satisfecha por haber dejado a buen recaudo mi primer y único culito partido.

Cerré la puerta, corrí al baño y pasé como media hora lavándome profusamente en el bidet hasta que toda la leche salió: si quedaba preñada ¿cómo se lo podría endilgar, si había sido un coito anal…? Bueno… se lo tendría que endosar a Leonardo si eso sucedía, pero la oportunidad de procrear un hijo de alta estirpe empresarial se perdería. Ya habría nuevas oportunidades, aunque decían que el tipo no repetía.

Día de recibir, pero ahora… premios…

Al día siguiente en la oficina nadie ni siquiera suponía lo que había sucedido entre Juan y yo, excepto Lorenzo, mi chuleante jefe.

A media mañana me llamó a su oficina y me entregó su teléfono con aire entre misterioso y sinvergüenza, para que contestara la llamada de Juan.

El gallego estaba emocionadísimo…exultante, se diría con mayor propiedad… se veía que su esposa no tuvo reclamos que hacerle por la hora de llegada; me dio las gracias nuevamente por mi capacidad de entrega al jefe supremo, me recompensó con un aumento de sueldo que me hizo soltar un gritito de alegría, que él festejó con una carcajada de satisfacción y me dijo, que con respecto a las otras sorpresitas ya Lorenzo sabía lo que tenía que hacer y sobre todo, que con respecto a Leonardo que no me preocupara… era un secreto que ni su confesor le sacaría.

Se despidió con un sonoro beso telefónico. Una sonrisa de triunfo distendió mis pulposos labios que aún estaban heridos por sus excesivas efusiones nocturnas.

Mi “sacrificio” había valido la pena. Lorenzo así me lo corroboró…

Lorenzo me llevó a almorzar y tuve que describirle “mi desfloramiento” para que me dejara en paz. Le pedí encarecidamente que me ayudara a mantener el secreto con Leonardo.

-“Indudablemente”, fue su ambigua respuesta.

De lo que nunca me enteré con toda seguridad, aunque me llegaron rumores, fue que Juan ya le había contado; con pelos y señales; a sus íntimos, el asunto de mi desfloramiento anal. Es más, se decía que la conversación telefónica que habíamos sostenido en la mañana, había ocurrido con el altavoz conectado y en presencia de ellos. Toda la empresa sabía lo que había pasado… excepto, claro está, Leonardo… ¡pobrecito, mi amorcito! ¡No jombre!

Hay que tomar medidas…

El que pega primero, pega dos veces, dicen…antes de que mi novio se enterara de mi sorpresivo y voluminoso aumento por otras vías, y sacara conclusiones pecaminosas…lo llamé para enterarlo yo misma:

-“Yo, creo, mi rey, que ese tipo lo que quiere es ver cómo logra ablandarme para ver si me puede llevar a la cama, aunque no creo que se atreva a proponérmelo. Sería una falta de respeto contigo, mi reycito, sabiendo lo que hay entre nosotros, pero, igual me voy a aprovechar de mi aumento. Esta semana brindo yo”

Como le convenía creerme y no tenía manera de averiguar la verdad, me creyó o lo fingió: que a pesar de que no es lo mismo, conlleva las mismas consecuencias.

Lorenzo contribuyó con la causa explicándole, días después, al pobre de Leonardo, que él mismo había propuesto mi aumento por el interés que yo ponía en ser cada vez mejor y para honrar la amistad que los unía. Le había costado “Dios y su ayuda” que Juan lo aceptara así, pues tenía otra candidata: -“Tu sabes… Coralia, la carajita esa de Contabilidad que a él le gusta tanto… me costó un mundo que aceptara la promoción de Male”

Más nunca volvimos a comentar el asunto. Ese fin de semana nos fuimos a su finca, lo pasamos en grande -como siempre- naturaleza, amor, sexo, cerveza y toros coleados.

El lunes, Lorenzo me entregó personalmente un paquete con media docena de uniformes y en la tarde me mandó a una tienda de ropa íntima femenina, con su tarjeta de crédito, para que adquiriera varios juegos de la mejor ropa interior.

Por eso digo: de la ocasión me quedó un sabroso regusto a desquite que aún recuerdo con placer…

Colorín, colorao… este cuento se ha acabado.

By: LEROYAL

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