Despertar de sábabado

Me despierto tarde. Es sábado y no tengo que ir a trabajar. En un primer momento me sobresalto al no recordar el día de la semana. Me turbo pensando que se me ha pasado la hora y que voy a llevarme un buen sermón de mi jefa. Pero la cordura vuelve a mi cabeza cuando caigo en la cuenta de que, por fin, es fin de semana.

¡Qué alegría!

Ayer Andrés me dejó a medias. A veces le pasa, se corre nada más empezar y luego no hay quien le resucite el pajarito. Suele pasarle cuando tiene algún problema en la cabeza. De momento se pone cachondo, pero no se controla y tiene el orgasmo enseguida, luego no vuelve a ponerse en forma. ¡Qué le vamos a hacer!. Me vine para casa y me acosté. Castigada sin “cenar”.

Lánguidamente miro el tictac eléctrico de la rinconera. Aunque ya es de día hace horas, la persiana bajada de mi alcoba la sumerge en las tinieblas. Tan solo una luminiscencia imprecisa y difusa, tamizada por las ranuras de la persiana, dibuja la ambigua silueta de la cama y mi semi desnudez. Las barritas de luz roja del radio – despertador dibujan las 10.30.

Retozo entre las sábanas. Me gusta ese etéreo lapso de tiempo en el que ya sabes que ha llegado la hora de levantarse pero, como nadie te obliga a ello, relegas la decisión, jugueteando con las orondas almohadas, con las mansas telas acogedoras y con la epidermis, restituida, reposada y receptiva tras el sueño renovador.

Creo ue el que más y el que menos, se ha entretenido numerosas veces con fantasía de todo tipo. Me refiero a esas situaciones que no has vivido, pero que otorgan tremendo morbo al imaginarlas, con los ojos cerrados, creando los detalles a tu antojo.

Me podría definir a mí misma como Tania la fantasiosa. Asiduamente sueño despierta. Siempre ando imaginando situaciones de todo tipo, pero especialmente sexuales, a veces divertidas, a veces absurdas, la mayoría de las veces imposibles e irrealizables. me recreo inagotablemente haciendo una versión paralela de la realidad, en un mundo íntimo, onírico y singular, en el que soy la diosa que decide lo que sucede y cuando sucede. Y, por supuesto, con quien sucede.

Sopeso alternativas, me apetece una fantasía erótica. Me decido finalmente por una que es recurrente y que, a pesar de haber repetido muchas veces, me sigue erotizando enormemente. Un masaje. No sé porqué, pero el que me masajean es una ilusión con la que se enervan mis sentidos automáticamente, de manera rápida e irremisible.

Me desprendo del pequeño camisón veraniego y me quedo sólo con el tanga. Tal y como quiero imaginarme en la mesa de masaje.

-Perdona Tania- me dice el masajista de mi sueño- Ponte boca abajo, voy a trabajar tus pies y piernas-

Suponiendo que son sus manos las que lo hacen, meto una de las almohadas enrolladas bajo mis caderas. Tumbada boca abajo, mi culo queda elevado y expuesto a la observación. Lo imagino con tal realismo, con tal viveza, que siento la mirada del masajista clavada en el trasero. La tira del tanga apenas oculta el agujerito del ano, la braguita se ha corrido y deja mi sexo expuesto en gran parte. El hombre indaga con sus pupilas abiertas cada arruguita y cada pliegue de la ingle y del nacimiento del monte de Venus.

Decido incitarle, sé de que pasta esta hecha la condición del varón, abro las piernas para que no pueda resistir la tentación de dirigir el masaje hacia la almejita golosa.

Hago un intermedio en mi ensoñación para decidir como quiero que sea el hombre. Madurito 45 o tal vez 50 años, alto, rubio, nórdico, fuerte, con el torso desnudo, musculoso, en su vientre se marcan los abdominales poderosos y, más abajo, unos pantalones blancos con caída, anunciando una entrepierna sobrehumana. No lleva calzoncillos y su pene tensa la tela dibujando el contorno fálico. Mmmm. me relamo al imaginar este tipo de detalles.

Sus eficaces manos liberan cada músculo y cada tendón de mis pies, pantorrillas y muslos. El placer del masaje aumenta según sube por mi anatomía, acercándose más y más a mi coñito palpitante. Abriendo imperceptiblemente, pero de forma constante las piernas, le invito a ser obsceno, a saltarse las reglas profesionales y a meter mano en la zona más íntima de su joven clienta.

Me erotizo con la fantasía hasta tal punto que noto como mis labios vaginales se impregnan de aceitosos fluidos. Deslizo la mano derecha por el hueco que se abre entre la almohada doblada, la cadera y el colchón, y mis dedos contactan con el tanga, sobre el coño. Aparto la prenda definitivamente, arrugándola en la ingle, liberando del todo el bollito. Compruebo, con infinita delectación, que está más sensible de lo que esperaba. No es mi mano, sueño que es la suya, la de mi madurito nórdico, la que ha apartado la braguita y la que me acaricia la depilada vulva con delicadeza.

Para redondear la fantasía se me antoja un segundo masajista. El primero ya se ocupa del coñito, haciendo exactamente lo que me apetece que haga. En concreto en ese instante me penetran dos dedos, lentamente, con cariñosas atenciones. Necesito urgentemente otro masajista. Entra en mi sueño, lo coloco de pie, frente a mí. Masajea mi espalda. Su sexo está duro, abultado bajo el pantalón blanco, su erección viene del hecho de ver como su compañero me folla con los dedos. No se sorprende cuando mis mano viajan hasta la cintura del pantalón y lo baja para descubrir la sorpresa que encierra. Agarro el tremendo falo con la mano. Con mimo elevo su cabeza hasta ponerlo horizontal en dirección a mi naricita. He decidido que el chico sea muy joven, casi adolescente, negro, con un pene descomunal, que aún sin estar rígido del todo, no parece que vaya a poder entrarme en la boca.

Tengo dos dedos dentro del chocho, los de mi madurito. Y desde ahora, dos dedos de mi otra mano en la boca. Los chupo como si fuesen el pene negro. la cabeza del prepucio brillante y duro. Estoy poniendo perdido el almohadón con las segregaciones que resbalan desde mi cañada suculenta y sonrosada. Lengüeteo los dedos imaginando el pene duro, amorcillado. Imagino los suspiros de mi negrito que deja de masajear la espalda y se ofrece a la mamada que le regala la niña viciosa que soy.

-¡Tania! ¿No piensas levantarte hoy?- La voz de mi madre llega desde la cocina. Huelo a café recién hecho.

-Sí mamá. Bajo en seguida. Dame cinco minutos-

Me he distraído un segundo, pero estoy demasiado cachonda y más rápidamente vuelvo a concentrar mi atención en el ensueño. Acelero los dedos del chichci y mi fantasía se hace tan real que me parece oler el pene oscuro que me estoy comiendo. meto mis dedos hasta los nudillos, llevada por el éxtasis, en la boca y en el coño. Me rozo el clítoris y lo restriego con fuerza. Está hinchado y rojo.

El orgasmo me llega en oleadas que mis caderas rebotan contra la almohada. Me quedo un minuto rendida, aún con los dedos dentro del coñito, antes de ir a la cocina.

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