Diario de un Consentidor 94 – Agité la botella

“Luego te llamo, necesito pensar, estar solo”

Una vez más la evitaba.

Llevaba intentando comunicarse conmigo desde el sábado, sin prisas para no agobiarme. La primera vez aquella misma madrugada, una llamada que no contesté; el domingo por la mañana hacia las doce probó de nuevo, un mensaje marcado por la cautela; debió imaginar de todo al ver que no la llamaba, incluso que Carmen y yo habíamos iniciado el camino de la reconciliación. A las tres de la tarde, quizás sobrepasada por la preocupación me volvió a llamar pero no fui capaz de responder; en lugar de eso le envié ese mensaje. Puro egoísmo; un mensaje en el que, una vez más, no pensaba en la otra persona que formaba parte de mi vida en ese momento. Yo, conmigo mismo, lamiéndome mis heridas.

No volvió a insistir; la imaginé desolada, ignorada por el hombre que la dejaba al margen cuando más podía necesitarla, como si ella no fuese suficiente mujer para ayudarle.

¿Cómo decirle que no era esa la causa? ¿Cómo explicarle que solo necesitaba un tiempo de silencio, de soledad y luego, luego la buscaría?

La conversación con Doménico me había hecho ver las cosas con otra perspectiva. Hasta entonces me había situado en el punto de vista del marido abandonado, del esposo engañado. Si, claro que reconocía una parte de la responsabilidad. Aceptaba que había sido el motor del cambio de nuestro matrimonio, un matrimonio que había descarrilado. Yo fui el impulsor del juego que en Sevilla la llevó a los brazos de Carlos, era yo quien le hizo cambiar sus ideas sobre las relaciones de pareja, quien movió los hilos para meter en nuestra cama los fantasmas de otras personas que, al menos en nuestras fantasías cuando el orgasmo estaba cerca, follaban con nosotros y así conseguía que Carmen consintiese en asumir como suyas ideas que al principio solo eran mías. Pero nada más; hasta ahí limitaba mi responsabilidad.

Aquella conversación, a pesar del rechazo que manifesté, me hizo pensar.

De alguna manera fue como quien agita una botella de cava y cuando suelta el tapón intenta detener la fuerza desbordante que él mismo ha provocado. Por mucho que se esfuerce por devolver el corcho a su lugar jamás conseguirá controlar la furia que ha desatado.

Eso era lo que yo había hecho a partir de nuestro viaje a Sevilla; liberar la sexualidad de Carmen y cuando se había empezado a desbordar aquel fin de semana en casa de Doménico, cuando apenas había mostrado una parte de su potencial, ¿acaso podía detenerlo?

Recordé una novela de Pérez-Reverte en la que, hablando del horror de la guerra y los desmanes que se provocan mas allá de lo que es puro combate el autor escribe que, una vez que los soldados han sobrepasado ese estado de agitación no pueden detenerse cuando ya han conseguido sus objetivos y continúan combatiendo en una especie de ciega inercia contra lo que tengan delante, sean civiles, mujeres o niños. De ahí el pillaje y todo el horror añadido que tiene la guerra y que convierte en bestias a quienes que solo deberían ser soldados.

Puede que esa energía desbordada, esa inercia tras una noche sin límites fuera la que había llevado a Carmen a vivir sin control desde que se fue de casa, ¿podía culparla por ello o debía haberla acompañado hasta que la explosión amainase?

Quizás ya había sucedido. Al volver a encontrarme con ella vi a otra Carmen. Ya no era la mujer que fue antes de comenzar nuestros juegos en Sevilla, tenía claro que esa ya no volvería nunca ni estaba seguro de que, aunque fuera posible, ambos quisiéramos regresar a esa etapa. Pero tampoco vi a la que salió de la casa de Doménico aquel sábado. No, la mujer que subió a mi coche apenas veinticuatro horas antes, la que estuvo conmigo y con sus padres era muy diferente a ambas, a la que fue mi mujer antes de ser promiscua y a la que fue infiel al marcharse de casa de Gloria. No, la Carmen que vi ayer no se parecía a ninguna de las dos, quiero creer que las ha trascendido. Ese proceso de… ¿cómo dijo? derribo y reconstrucción, ha hecho que las supere.

Ayer tenía una serenidad en su rostro que me turbaba.

Necesito pensar, por eso quiero estar solo, para poder analizar lo que siento, lo que vi y saber si estoy a su altura, si yo también voy a ser capaz de superarlo.

Tengo que decírselo a Graciela, no le puedo hacer esto.

Graciela cógelo por favor

“Graciela, entiendo que estés molesta conmigo, coge el teléfono por favor, necesito explicarte por qué no he hablado antes contigo, por favor cógelo”

Diálogos precipitados

No se sorprendió, esperaba su llamada desde que se separaron dos días antes. Su abrupta salida del auto había dejado muchas cosas por decir, demasiadas emociones interrumpidas, rotas. No, no debió pronunciar aquella frase. La mención a la fotografía del Lago de Como tenía algo de mal presagio que no le gustaba. No debió de marcharse así.

—Hola

Evitó darle a su saludo un tono neutro, tampoco quiso exagerar un tinte de alegría como el que saludaba sus llamadas antes. No, no podía fingir así que optó por dejarse llevar de lo que realmente sentía, su voz había sonado con un toque de ternura.

—Hola, — respondí atropelladamante —¿es buen momento? ¿podemos hablar? —El sonido que me llegó a través del teléfono la situó en un restaurante. ¿Sola?

—Claro, estoy acabando de cenar, así me haces compañía.

—Quería… Llevo dándole vueltas desde el sábado… No sé como empezar Carmen, necesitaba hablar contigo.

—Fue un día muy difícil.

—Si, me hubiera gustado poder estar a solas contigo, poder hablar sin que nos interrumpiera nadie.

—A mi también.

—¿Si?

—¡Claro que si! —enfatizó su respuesta como si mi duda la hiriese.

El silencio quedó cargado por una intensa emoción que se transmitió sin necesidad de añadir más palabras, o puede que fueran las palabras que no debía decir las que subían la tensión del silencio.

—Carmen.

—Dime.

—Me gustó mucho poder estar contigo, ser otra vez el que siempre he sido, o casi. Me da esperanzas. Entiendo lo que dijiste, que necesitas más tiempo. De acuerdo, pero no quiero perderte, eso es lo que me ha quedado claro. No sé si llego a tiempo por eso te llamo, porque quiero pedirte que, cuando sea el momento me llames e intentemos levantar esto de nuevo si es que crees que es posible.

Carmen hizo un gran esfuerzo para contener las palabras que le surgían. El hombre que hablaba a través del teléfono no tenía nada que ver con aquel que la había insultado tantas veces, incluso parecía más sereno que el que la condujo a Madrid tras el cumpleaños.

No, no era una capitulación lo que le estaba ofreciendo aunque lo pudiera parecer; ella tenía mucho que contar y quizás pondría en crisis esta nueva etapa, pero sabia que no podían comenzar de nuevo sin poner todas las cartas sobre la mesa.

—Tengo, tenemos tanto de qué hablar Mario, no va a ser fácil —su voz se cargó con un fondo de tristeza

—¿Crees que no lo sé?

—Hemos dicho y hemos hecho cosas… ¡Oh Mario, hemos cometido tantos errores!

—Lo importante es lo que queramos hacer de aquí en adelante Carmen. Me he dado cuenta de que estoy destruyendo lo que hemos sido, lo que somos y no puedo seguir así. Te he hecho mucho daño estos días y no sabes lo que daría por no haberlo hecho, pero ahora quiero mirar hacia delante, contigo. No quiero perder ni un minuto mas lamentando, esperaré lo que necesites pero quiero que estés segura de que no vas a escuchar de mi boca ni un insulto, ni un reproche más, eso se acabó.

Esperé, había perdido su confianza pero sabía que Carmen, a pesar del daño que le había estado haciendo no podía dejar de reconocerme. Era yo, otra vez era yo.

—Está bien, yo te llamo ¿de acuerdo? —dijo tras una larga pausa.

¿Sorprendido? Si, algo así. Esperaba algo más. Me había volcado tanto en mi declaración que su lacónica respuesta me dejó paralizado, sin capacidad para reaccionar. Durante unos minutos, no sabría decir cuántos, mantuve el teléfono en la mano. No sentía nada, buscaba la herida, un escozor de amarga frustración. Nada, no sentía nada, ni siquiera estaba triste. Nada.

Apagué la lámpara de la mesa del ordenador, cerré las cortinas del ventanal,— a Carmen no le gusta que las deje abiertas —, bajé las escaleras y me fui a acostar.

Cabos sueltos

No tardó mucho en encontrarlo. El rótulo, discreto y sencillo apenas se distinguía de cualquier otro pub de la zona. Sospechosamente cerca de su casa, pensó Carmen. Cuando le propuso quedar en un local de ambiente dudó un instante, una parte de ella se resistía aún a reconocerse como… ¿lesbiana? No, no fue eso. Quizás lo que temía era no tener ninguna excusa para evitar el cuerpo a cuerpo; no poder controlar las emociones que, estaba segura, saldrían a flote en cuanto estuviera frente a ella.

La duda apenas duró un segundo; no hubiera tenido ningún sentido encontrarse con Irene en un lugar donde no pudiera al menos acariciar sus manos y mirarla a los ojos de tal manera que cualquiera lo notaría. Deseo.

Así que aceptó casi inmediatamente, sin darle tiempo a que se hiciese visible esa brecha de indecisión.

¡Qué diferente al Antlayer! Mucho más luminoso, algo más convencional. ¿Convencional? No, no era eso lo que quería expresar…

No pudo seguir pensando, el corazón le dio un vuelco, la piel se le erizó y su sexo le confirmó lo que sentía. No, no había sido un sueño, quería a esa mujer que le sonreía desde la barra, deseaba a aquella amazona rubia que destacaba entre todas como si fuera la única, ensombreciendo a todas las demás. La duda que había crecido día tras día desde su separación acababa de disolverse, moría por abrazarla, por morder esos labios jugosos, ardía por estrecharla entre sus brazos.

Contuvo el deseo y caminó despacio, sonriendo, dominando el gozo que la arrollaba.

—No sabía si al fin vendrías.

Carmen la tomó de las manos. Temblaba.

—¿Cómo no iba a venir? —Irene bajó la mirada.

—No sería la primera vez que…

—Lo siento.

Subió las manos por sus brazos hasta alcanzar los desnudos hombros, entonces la atrajo hacia sí. Irene aparecía mucho más femenina que otras veces, menos andrógina, quizás había preparado este encuentro de una manera especial, quizás la separación le había dejado más huella de la que había calculado, ¿era posible?

—Lo siento.

—Hace tiempo me prometí a mí misma que no volvería a llorar por otra mujer. Y ya ves, me he pasado estos días llorando como una adolescente abandonada.

Se sorprendió al escuchar esta confesión. ¿Por ella? No se imaginaba a la Irene fuerte, segura, hecha un mar de lágrimas. No podía suponer… no le entraba en la cabeza que por ella…

—¡Oh cariño!

Carmen la estrechó.

—¡Te he echado tanto de menos!

—¿Y por qué no me llamaste? —protestó Irene.

Se quedó muda mirándola. ¿Cómo decirle, cómo explicarle la infinidad de veces que tuvo su número en pantalla, con el corazón palpitando y que a duras penas consiguió dominar ese impulso. No, no podía, no debía hacerlo y se contuvo. Tenía que acabar con el trabajo que había empezado, debía continuar en solitario con el desescombro de la ruina en la que se había convertido.

—Déjalo, no tienes por qué darme ninguna explicación.

—A eso he venido Irene, a eso precisamente, a explicarte lo que he estado haciendo.

La impaciencia

La impaciencia es una mala consejera, la impaciencia te nubla la razón, te impide ver con claridad las consecuencias de tus actos. La impaciencia mide mal el tiempo.

Apenas veinticuatro horas después de nuestra conversación no conseguí controlar el desasosiego que me corroía y sucumbí, tras varios intentos fallidos de ser el hombre sensato que debía ser.

Lo primero que escuché fue el ambiente en el que se hallaba Carmen, voces, música, bullicio… El teléfono no recogía con demasiada claridad el sonido pero me hice una idea: una cafetería, quizás una discoteca, un pub. Sin poder evitarlo me puse en tensión.

—¿Si? —Carmen había contestado elevando la voz, sin mirar siquiera quien la llamaba, señal de que se encontraba ocupada, entretenida. No, no. Mi cabeza comenzaba a elucubrar y yo debía pararlo.

—Carmen, soy yo.

Una pausa que me violenta. Molesto.

—Mario… —frialdad, una pincelada de decepción. Quizá no, puede que tan solo interrumpa una conversación.

—Hola, ¿te pillo en mal momento?

Los silencios, por breves que sean, a veces valen mas que mil palabras.

—No, estoy… voy a cenar en un momento, dime.

No, no va a cenar pero es igual, me insinúa que abrevie. Comienzo a sentirme fuera de lugar.

—No importa, la verdad es que no sé por qué te he llamado, no era nada importante, lo dejamos para otra ocasión que tengas más tiempo vale?

—¿Mario, qué pasa?

No, no me puede tratar con esa condescendencia.

Calma, no voy a consentir que la irritación me nuble la cordura, no esta vez. Respiro, sé lo que no quiero que ocurra. Pienso. Quizás es el ruido lo que le hace hablar en ese tono.

¿Qué podía decirle en medio de aquel barullo? ¿Que estaba impaciente por continuar hablando a solas con ella? ¿Que sentía vértigo por el tiempo perdido y que jamás podría recuperar?

Entonces entre el griterío escuché una voz que se intentaba hacer oír.

—¡Cariño! ¡cariño! ¿Nos vamos?

La voz de aquella mujer sonó tan cerca, tan cerca… No, no era la misma que escuché aquella otra vez, no. Tenía un timbre joven, sensual, una voz que había rozado su mejilla, sin duda, que al hablar casi en su oído seguramente había dejado el tacto de sus labios en la piel de Carmen.

Noté como el murmullo se apagaba. Carmen había tapado el movil para ocultar su respuesta.

—Dame un minuto.

—¡Ah! te espero fuera. —voz cohibida de quien ha cometido una falta.

No dejé que el silencio se extendiera demasiado, no quería que se sintiera culpable, tampoco deseaba dar la imagen lamentable que en otra situación similar había dado.

—Venga, —dije usando mi tono más jovial —ya hablamos otro día y me enrollo un rato que sabes que se me da muy bien.

—Lo siento…

—¡Venga, no seas tonta! Un beso, pásalo bien

—Mario.

—Qué.

—¿Sabes que te quiero, verdad?

A duras penas logré dominar el puño que atenazaba mi pecho antes de contestar.

—Claro, y yo a ti amor, pero me gusta oírtelo decir.

—¿Lo sabes, verdad?

—Si

—Entonces no me llames más, por favor, hasta que lo haga yo.

Calor y frío. Estoy acostumbrado pero lo que sentí en ese momento superó cualquier contraste drástico al que me haya enfrentado jamás.

—Como quieras.

—No te enfades Mario, lo necesitamos si queremos…

—Te entiendo, no hace falta que me des más explicaciones. No volverás a saber de mi.

—¡Mario, no es eso!

—Adiós cariño.

……

Dos mujeres caminan cogidas de la mano. Caminan despacio, aprovechando la cálida madrugada de esta primavera madrileña cuando ya todo el mundo comienza a recogerse. Caminan en silencio. La noche les ha permitido recuperar el tiempo perdido y han hablado mucho, mucho. Se han contado todo lo que necesitaban decirse. Lo que no sabían la una de la otra, lo que no se atrevieron a decirse antes de su separación, lo que no era momento de contar, lo que no sabían que podían decirse, lo que no pensaban que le pudiera interesar a la otra.

Caminan en silencio, cogidas de la mano, transmitiéndose calor, cariño, apoyo.

Carmen se siente menos sola. Una pieza más que encaja. Irene forma parte de su vida. Sonríe al pensarlo. Ahora solo falta que Mario lo sepa, que lo acepte.

Mario. Una profunda tristeza se instala en su pecho. No sabe dónde está Mario, creía que una vez superada la fase del rencor todo sería más fácil. Pero no, no ha sido así, desconfía de la aparente seguridad con la que adorna sus propósitos, ha visto ese perfil en clínica infinidad de veces, es fácil que se derrumbe en unas semanas, tiene que hacer un trabajo más profundo, pero ¿cómo decírselo sin que la rechace?

—Te has quedado muy callada.

—Tengo frío.

Irene la rodeó con su brazo, ella se agarró a su cintura como si estuviese a punto de naufragar y dejó que su cabeza se apoyase en la de su pareja.

—¿Qué te pasa?

Carmen solo apretó el brazo que la unía a Irene.

—Ya llegamos, enseguida estaremos en casa.

Moviendo pieza

Si algo le gusta de Graciela es su mirada franca, esa sincera efusividad con que siempre la recibe. No hay en ella un atisbo de doblez. En cuanto la vio aparecer su rostro se iluminó con una amplia sonrisa de bienvenida.

—¡Estás… Qué bien te sienta ese corte de pelo! —Se abrazaron como si fueran amigas de toda la vida. Carmen sintió que la emoción se transformaba en cariño y el abrazo perduró más de lo estrictamente protocolario.

—Tenía muchas ganas de verte.

—Yo también, tenemos tanto de qué hablar.

Al grano, esa es Graciela, pensó.

Esperaron a que la camarera tomara nota sin dejar de mirarse, sin perder la sonrisa. Carmen suspiró.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por lo que estás haciendo por Mario.

Graciela se encogió de hombros.

—No es solo por él.

Carmen dudó. ¿Por ellos, por ella misma? ¿Hasta qué punto se ha involucrado con su marido? Graciela parecía leer su mente, sonrió.

—No ha sido fácil, tu marido es un hombre complicado, supongo que no te descubro nada.

Bajó la mirada y se quedó absorta unos pocos segundos durante los que su sonrisa fue muriendo poco a poco, luego la miró como no lo había hecho antes.

—No sabes lo que me pediste Carmen, no tienes ni idea del lío en el que me has metido.

Carmen sintió un malestar en la boca del estomago, una incipiente nausea que logró controlar. Miedo, ganas de escapar, deseo de no escuchar. ¿Qué es lo que ha provocado y aún no sabe?

—Yo vivía más o menos tranquila, había logrado llevar a puerto mi vida tras el naufragio, duro, durísimo que supuso la muerte de mi marido. No imaginas lo que supone perder a tu mitad de golpe, sin esperarlo, sin tener ninguna preparación para ese mazazo, así, de repente. Y cuando estaba hecha a ello, cuando me había construido mis andamios y mis muletas para seguir adelante sin que se me notara, llega tu marido y me recuerda que soy una mujer, que puedo vivir como tal más allá de ser compañera, una profesora de baile, una amiga, una cuñada, la tía de mis sobrinos, —se le ahoga la voz —de esos hijos que no llegamos a tener…

Se yergue, recupera la fuerza, ha sido un segundo de flaqueza.

—No; él, de pronto, con ese extraño atractivo que tiene me recuerda que soy mujer, que yo también levanto pasiones; cosa que ni quería ni deseaba; y me hace reír y disfrutar con ese brillo que le despierto en los ojos y con esa deriva hacia lugares de mi anatomía que no quiere pero no puede evitar, o a lo mejor podría pero hace que no puede, quien sabe; y sonríe cuando le pillo, como si fuera un adolescente. Y descubro que me gusta como no me gustaba desde hace mil años. Y cuando le llamas y te dice con toda naturalidad que está ligando me asombro y me asombro más cuando me invita a conocerte y me descoloca diciendo que desea hacerme el amor y tú serás la primera en saberlo. ¿Qué extraño poder tiene tu marido para decirle eso a una mujer sin que le rompan la cara?

Carmen se ahoga. Me reconoce. Ese soy yo, si, ese que dibuja Graciela es su marido, no hay duda, sabe que puedo ser así de insolentemente seductor, no le extraña que la haya dejado sin palabras, sin defensas.

—No creo que se lo vaya diciendo por ahí a todas. —añade para romper la emoción del momento. Graciela sonríe.

—Cuando te conocí entendí todo. Esa química que os une, esa inteligencia que traspasa las distancias y que os comunica a través de la mirada.

La camarera interrumpe un discurso que fluye sin prisa. Esperan a que termine de servir el almuerzo y en silencio, prueban, beben, antes de continuar el relato.

—Nos entendimos bien tú y yo ¿verdad? Creo que tenemos algo en común, que en el fondo nos parecemos. No sé si será por eso que Mario me escogió.

—Él dice que le escogiste tú.

Graciela sonríe. Los ojos entornados, media sonrisa expulsando un golpe breve de aire por la nariz. Hay algo de escepticismo en esa sonrisa. Carmen la encuentra sumamente atractiva.

—El vermut casi me hace perder el control. El ambiente, las frases de doble sentido, un poco más y no sé qué hubiera pasado. Estaba tan deslumbrada, tan superada por vuestra personalidad que… En fin, creo que todo se detuvo en el momento justo. ¿Fuiste tú, verdad? ¿Fuiste tú quien lo detuvo?

Carmen sonríe, quien calla otorga dice el dicho aunque fueron todos, los tres quienes pararon aquello. No era el momento, faltaba algo, quizás conocerse mejor.

—Se detuvo solo.

—Si, puede que fuera así, el caso es que aquel día cambiaron para mi muchas cosas. Hubo un antes y un después. Tardamos algunos días en volver a vernos sin embargo no os pude quitar de mi cabeza. La forma en que os relacionabais entre vosotros era tan.. nuevo para mí. Por eso cuando me llamaste y supe lo que os pasaba, no entendía. Era como si se me hiciera añicos un ídolo ¿me entiendes?

—Claro.

—Sin embargo me encontraba comprometida, me pedías ayuda como si yo formase parte de vuestra vida mucho más de lo que en realidad lo estaba. Apenas nos conocíamos y tú, tú apelabas a mí como si fuera una parte de vosotros. Era una responsabilidad tan grande…

Graciela bebe sin apartar la mirada, no quiere romper el hilo, quizás espera algo, una respuesta, una frase que no llega.

—Y casi sin darme cuenta, sin poder evitarlo, me vi arrastrada, poco a poco me fui involucrando. Mario estaba destrozado, si no hubiésemos hablado antes, si tú y yo no nos hubiéramos conocido, te habría odiado. Pero no podía odiarte, no podía porque sabía que tú también sufrías. Y yo, en medio de aquella tormenta otra vez, intentando ayudar sin que vuestro dolor despertara mi propio dolor ¿lo entiendes?

—¡Oh Graciela, cuanto lo siento!

¡Como no lo pensó! Ensimismada en su propio problema no cayó en la cuenta del daño que podía causarle a Graciela al hacerla revivir su propia pérdida. Qué egoísta había sido.

—Fue difícil tomar decisiones, me ponía en tu lugar y sufría contigo, me pedías que te sustituyera, que aliviará tu ausencia, que calmara el dolor de tu esposo. ¿Y mi dolor? ¿Qué sucedería cuando volvieras? Aún así me rendí, no soportaba ver la pena reflejada en el rostro de Mario y me convertí en tí, le dejé buscarme, le dejé que se refugiase en mi cuerpo. Yo también lo necesitaba. Cerré los ojos y le puse otro rostro, otra voz, otras manos. Hice el amor con un fantasma aunque otras veces era él.

Suspiró profundamente, bebió un sorbo. Tenía las mejillas arreboladas.

—Nunca mas sucedió, luego siempre he hecho el amor con Mario, con tu marido.

Amor, pensó Carmen, amor. Esa palabra resonó en su cabeza. Hacer el amor es un eufemismo en la mayoría de los casos pero ¿y si no era así esta vez, y si había arriesgado todo su capital en esta partida?

¡Qué absurdo! Sabia de antemano que se jugaba mucho y no lo dudó porque creía no tener elección. Mario sufría una soledad insufrible y ella no podía soportar su propia tortura, sus propios remordimientos si además tenía que cargar con la soledad de su esposo sin conocer la deriva de su dolor, a donde le podía llevar. Le sabía mas débil que ella, al fin y al cabo es hombre, ya se sabe.

Por eso arriesgó, por eso jugó con fuego, por eso le echó en sus brazos, su competidora, su amiga, la mujer que podía salvarle, quizás arrebatárselo, quizás devolvérselo sano y salvo, cualquier cosa antes de que se hundiera.

—Confiaste demasiado en mi sin apenas conocerme —dijo Graciela tras esa repentina confesión.

Carmen recuerda. La oscuridad en el salón de Irene, la llamada, las lágrimas, el temblor de su cuerpo, el desgarro mientras le entregaba lo que más quería.

Sonríe.

—¿Le salvamos, no?

Si, confirma el gesto mudo de Graciela que parece estar lejos.

—¿Y ahora qué? — responde cuando al fin regresa de sus pensamientos.

—Ahora, ahora tiene que terminar de salir del circulo en el que está metido; si no, va a ser difícil que progresemos.

—¿A qué te refieres?

Carmen avisa a la camarera con un gesto. Es su turno, quizás otra copa de Rueda le ayude a decir lo que piensa.

—Ha cambiado, tú le has cambiado. Ya no es el hombre rencoroso y violento con el que no podía conectar, ha perdido esa mirada fría y distante que me hacia sentirle tan lejos de mí. Pero ahora está metido en un pozo de remordimientos y culpas que nos impide avanzar hacia la reconciliación.

—Dale tiempo, Supongo que es algo pasajero.

—Puede, pero me preocupa. Un día hablamos y su discurso está cargado de auto reproches, no soporta haber sido el causante de todo, según él. Al día siguiente me llama eufórico, con un optimismo ingenuo prometiéndome que ha cambiado y todo va a salir bien.

—¿Eso es normal? Tú sabes más que yo de esto ¿crees que puede mejorar?

—No lo sé, las ultimas conversaciones me han dejado preocupada, le veo muy inestable. Con la experiencia que tiene esperaba que reaccionase, que hubiera afrontado su crisis personal de otra manera. —Tristeza, o cansancio; esa ambigua sensación salta a su rostro —No sé qué pensar, a veces no le reconozco.

Graciela creyó ver un tinte de decepción en Carmen y se sintió dolida. Deliberadamente le oculta que Mario no le ha devuelto ninguna llamada en todo el fin de semana y que es ella ahora la que no ha querido contestar su tardía respuesta. No tiene humor para hablar con él. Teme que si hablan ahora acaben en una discusión absurda. Pero todo eso se lo calla, no está dispuesta a darle la razón a Carmen, no en este momento en el que, extrañamente, la emoción la domina por encima de la razón.

—Me imagino que él también te debe ver muy cambiada ¿no crees que se debe sentir un tanto inseguro con respecto a ti? No sabe nada de lo que ha sido tu vida durante estas ultimas semanas, nada, solo lo que se imagina y lo que ha visto en situaciones muy ambiguas, ¿no crees que es para sentirse inseguro, inestable, en crisis? Puede que también él esperase más de ti.

Esa defensa tan enardecida sorprende a Carmen, la deja sin respuesta. Graciela se ha dado cuenta y baja los ojos. Carmen siente el peligro subir por la espalda y se tensa, es algo irracional. Dos mujeres hablando del mismo hombre, dos mujeres que sin expresarlo claramente, quizás sin ser conscientes, pueden ser en algún plano, rivales. Reacciona.

—Tampoco ha hecho mucho por saber de mi vida, ha tenido oportunidades y las ha desaprovechado. En fin, mi marido es como es, tiene sus tiempos,

Ha marcado territorio, ¿por qué? Graciela acusa el golpe.

—Tienes razón, al fin y al cabo tú le conoces mejor que yo, no tengo derecho a… —Su tono se ha endurecido, no ha sido consciente y cuando se escucha no hace nada por suavizarlo.

Carmen se da cuenta del error. No es el momento de provocar distancias entre ellas.

—Es mi marido, si, pero tú eres la persona que ha estado a su lado durante toda esta crisis, conoces cosas que yo no sé. Si estamos aquí es porque te necesito.

Silencio, revolver el plato buscando el apetito perdido les ayuda a recuperar el buen clima que por un momento se torció.

—No somos rivales —Carmen acalla con un gesto la protesta que ha iniciado Graciela — Tengo… necesito contarte como me he sentido. No soy la mujer fuerte que aparento ser. Estoy plagada de dudas, de incoherencias. Déjame que siga, necesito… —Se ahoga pero lo supera — Hace un momento te he visto defenderle con tanto ahínco que he sentido miedo, si, miedo. Por un instante me he sentido sola. Parecia… erais Mario y tú, no sé si me entiendes, por eso me he revuelto y he soltado eso de “mi marido” —remarca las dos palabras malditas que han roto el equilibrio entre ellas—. Lo siento, ha sido el miedo. Ya ves, aunque no lo parezca no soy tan segura como quiero demostrar.

Graciela sonríe, se relaja, acepta la bandera blanca.

—Aquella noche cuando te llamé y lo arrojé a tus brazos estaba temblando y nada más colgar me desmoroné, no sabía lo que había hecho. Vivo mis incoherencias día a día, minuto a minuto. No está siendo fácil

—¡Carmen! — Graciela lanza sus manos buscando las suyas.

Tiene que continuar, es el momento. Lleva preparando este encuentro tanto tiempo… Sin embargo teme no saber transmitirle bien lo que piensa. Si se equivoca, si Graciela la interpreta mal, entonces…

—Hemos cometido muchos errores, yo la primera. Teníamos una vida feliz, completa, no nos faltaba nada. Todo comenzó con aquel maldito juego que yo acepté. A partir de entonces todo ha sido como vivir subidos en una montaña rusa.

Se ahoga, necesita respirar hondo para recuperar el control. Graciela espera paciente.

—Pero…

Carmen se pierde por el ventanal a su izquierda, su pecho se agita, los recuerdos la atacan. Cuando sus ojos regresan a encontrarse con la mirada expectante de Graciela brillan húmedos. Sonríe cargada de melancolía.

—Incoherencias. Si pudiese volver un mes atrás, un año atrás… Me he hecho esta pregunta cientos de veces y, sinceramente, ya no sé qué es lo que querría. No, no lo sé. ¿volver a ser la que era? Si me borrasen la memoria si, si no, —Carmen negó lentamente con la cabeza —, ya no soy esa, no soy la misma, quizás te parezca cínica, puede que te parezca aborrecible que me negase a aceptar un pasaje en un viaje al pasado.

—No soy quien para…

—Esa es una de mis incongruencias, Graciela. Ahora que intento recuperar mi vida y recuperar a Mario, por mucho que intento evitarlo sé que ya no podría vivir como vivía, ya no. No estoy diciendo que quiera repetir las locuras que he vivido, no pero no soy la misma. He tenido experiencias que me han marcado y por mi vida han pasado personas despreciables pero también algunas que no puedo olvidar y que no quiero perder.

Carmen hizo una pausa; necesitaba que Graciela entendiera lo que significaba aquello. Enseguida comenzó a inquietarse; no lograba descifrar qué había tras la mirada de la mujer que tenía frente a ella.

—¿Lo sabe Mario?

—Algo sabe, en parte fue el motivo que me hizo salir de casa aquel domingo. Me precipité, provoqué esta conversación cuando ambos aún no habíamos tenido tiempo para asimilar lo sucedido con Doménico, y Mario estalló.

Carmen se detiene, mide las palabras. No quiere que Graciela interprete erróneamente sus intenciones. Inspira.

—Tampoco creo que Mario desee volver a la vida que llevábamos antes. No creo que quiera renunciar a ti.

Graciela se revolvió en la silla.

—Ese no es el asunto.

—Es parte del asunto, Graciela.

Está tensa, quiere evadirse pero Carmen se adelanta.

—Cuando me planteaba contarte estas cosas temía que pudieras pensar que quería usarte de comodín, de moneda de cambio. De alguna manera tú me dejas el camino libre para poder vivir mi vida, pero no Graciela, yo no soy así.

—¡Cómo puedes pensar eso! ¿Crees que no te conozco?

—Me dijiste una vez que cuando todo se solucionase, temías quedarte a un lado. Nunca pensé en eso, sabía entonces que mi decisión te ligaba a nosotros.

—No hablemos de eso ahora, lo importante en este momento es terminar de solucionar vuestra crisis.

Graciela está incómoda con el cariz que ha tomado la conversación e intenta cambiar de tema.

—No, espera, no he acabado.

¿Cómo abordarlo? Quiere hacerlo, necesita hacerlo si pretende entablar un diálogo profundo, íntimo con ella, con su aliada, con su compañera en esa nueva etapa.

—Hace unos días pasé por casa, tenía que recoger algunas cosas, prepararme para el cumpleaños de mi madre. —Suspira profundamente. Tiene las palabras a punto. La mira. Ahora.

—Vi tu huella en mi casa, en mi cama, habías usado mis cosas, sentí tu presencia en mi cuarto de baño.

Graciela enrojece bruscamente, va a decir algo pero calla, los ojos le brillan, los nervios la traicionan, tropieza con la cucharilla del café y a punto está de volcar la taza.

—Yo no quería ir, pero Mario insistió…

—No es un reproche, si te cuento esto es porque… me costo asumirlo, tuve un instante de… dolor, algo parecido a los celos.

—Lo siento, lo siento, debí evitarlo.

Carmen la toma de la mano.

—No, no, está bien. No ha sido seguramente la única vez ni será la última. Eres la… chica, o la novia de Mario, no sé cómo decirlo, pero me gusta decirlo. Eres la pareja de mi marido y volverás a dormir en mi cama. Quiero que sepas que eres bienvenida, no me duele ni me hiere, ahora.

Haría falta inventar nuevas palabras para resolver el silencio que se ha instalado entre estas dos mujeres; en su defecto, la mirada que se cruza entre ellas quema, rompe la distancia que las separa, crea un vínculo nuevo del que ambas son conscientes.

Una imagen brota en su mente como un fogonazo. Mira a Graciela, duda y al fin… ¿Por qué no compartir con ella esa brutal estampa que ha surgido de lo más profundo de su cerebro? Comienza a hablar despacio, suave.

—Me sentí… como esas leonas que se ven desplazadas en la manada cuando el macho dominante escoge a otra. Ya, ya sé, —interrumpe la débil protesta que ha visto nacer en el rostro de Graciela —enseguida reaccioné pero en un primer instante fue inevitable. Ver mi bata sobre la cama, mis frascos desplazados en el baño… no sé, no pude evitar que naciera un sentimiento de rivalidad. Imagino que lo llevamos en los genes. Luego pensé, “vamos Carmen si has sido tú quien le has abierto la puerta de la guarida” —sonríe, busca la mirada de Graciela hasta que consigue contagiarle la sonrisa — Yo era la leona que dejó el campo abierto, que te invitó para que te acercaras al macho, que te insinuó que te dejaras montar, que te dejaras cubrir…

—¡Carmen!

Detiene la protesta con un gesto.

—Era un forma de protegerle, de protegernos y lo has hecho bien, creo.

Graciela parece avergonzada. La imagen es demasiado fuerte.

—¿Y ahora?

—Ahora, ahora… si continuamos la metáfora… si, un poco más por favor. —insiste deteniendo la muda queja de la inquieta Graciela —, digamos que te estoy proponiendo que seamos ambas las hembras de la manada, las leonas del macho.

—¡Carmen, por Dios!

—Graciela, tú misma me dijiste que temías ser utilizada, que una vez que nos arreglásemos te dejáramos a un lado ¿lo recuerdas?

—No exactamente, pero esto que propones es…

Carmen se acerca a ella sobre la mesa.

—¿Le quieres? —Graciela abre los ojos como si no creyera haber oído bien —¿Le quieres, quieres a mi marido?

—¡Por supuesto, claro que le quiero! —responde cargada de emoción.

—Lo sé, no podrías haber hecho todo esto si no le quisieras, si no me quisieras un poco a mi también.

Descansa sobre el respaldo, la mira.

—Lo que tengo claro es que si le hiciera renunciar a ti, nuestra reconciliación fracasaría. Este matrimonio ha cambiado, no somos los que éramos y tú formas parte, quieras o no, de nosotros.

—¡Pero yo tengo mi vida!, no podéis…

—Como toda relación Graciela, hasta que dure, hasta que veáis, Mario y tú que ya no da para más.

Se quedaron en silencio mirándose. Graciela parecía preocupada, superada por lo que acaba de escuchar.

—¿Le quieres? —repitió Carmen

—Mucho —dijo más relajada, durante un segundo se quedó pensativa, luego la miró sonriendo — Mucho.

—Me alegro. Disfrútalo.

Se han serenado, llegan los cafés. Carmen intuye que va bien, se siente más tranquila, más fuerte.

—No va a ser la última vez que estés en mi cama, Graciela, no quiero que te sientas como una intrusa. Naturalidad, vamos a compartir a Mario y quiero que no haya violencia en los gestos ni en los momentos en los que estés en casa ¿comprendes?

—¡Carmen, no va a ser…!

—¿Fácil? Depende de nosotras que sea fácil o no. Tu y yo podemos hacerlo sencillo o complicado, lo cierto es que Mario no va a renunciar a tí ni yo pretendo que lo haga. Quiero que te sientas cómoda en mi casa, que te muevas con naturalidad, que no vayas cargada con una maleta cada vez que te quedes a pasar una noche. Usa lo que necesites, quiero que sepas donde guardo los tampax, que dejes tu ropa sucia, ya se lavará, ya la recogerás o quedaremos una tarde y te la llevaré. Esos gestos los apreciará Mario, sentirá que tú y yo estamos unidas si ve que abres el cajón de la cómoda donde guardo mi lencería y escoges un conjunto para cambiarte con total libertad.

—Pero…

—Sin peros. Eres la chica de mi marido, Bienvenida a mi vida.

…..

Se acababan de despedir, pero al llegar a la puerta de la cafetería Graciela sintió la necesidad de volverse hacia la mesa donde Carmen permanecía sentada. La emoción que había ido creciendo en su pecho a medida que hablaban le obligó a volver a mirar a la mujer que acababa de hacer saltar por los aires algunas normas, varios prejuicios y muchos valores firmemente arraigados que hasta ahora no se había querido plantear y que sin embargo sabía que tenía que afrontar desde que estaba compartiendo cama y vivencias con su marido.

Le envió una última sonrisa que Carmen ya no vio, enfrascada en buscar un numero de teléfono, y salió de la cafetería.

Cerrando el círculo

Esperaba y temía esa llamada al mismo tiempo. La suponía molesta aunque no creía que fuera a escuchar ningún reproche.

—Graciela, gracias por responderme.

—Cuanto formalismo, ¿hoy tienes ganas de hablar conmigo o me vas a dar cita para otro momento?

Su tono irónico auguraba una leve reprimenda, pero yo quería presentar excusas.

—Lo siento, necesitaba pensar…

—Anda, déjalo, no quiero que me cuentes tus penas, prefiero ponerte una multa, me invitas a comer pero no en cualquier sitio, no, elijo yo.

…..

—Me has hecho sufrir —dije sin dejar de mirar la carta. Habían pasado varios días desde que le dejé aquel mensaje suplicando que me llamase.

—No ha sido una venganza, no me conoces tan bien como crees si piensas eso de mí.

—Lo sé, pero no quita para que lo haya pasado mal.

Cerró la carta y clavó sus penetrantes ojos en mi. No pude por menos que abandonar mi trinchera y enfrentarme a ella.

—¿Han elegido ya los señores?

—Todavía no —ahuyenté algo desabridamente al maitre que había malinterpretado nuestro gesto.

—Yo, yo, yo —comenzó a reprocharme—, ¿cuándo dejarás de flagelarte? Parece mentira que seas capaz de aconsejar a tus pacientes con tan buen criterio y no consigas salir del barrizal en el que andas metido.

Volvió a coger la carta y pareció concentrarse en la elección de los platos aunque yo sabía que ojeaba sin atender al contenido. Al cabo de un minuto volvió a abandonarla sobre la mesa. Detuve al maitre que se acercaba de nuevo.

—Mira Mario, Carmen necesita tiempo y no has entendido por qué ni para qué. Su tiempo personal ha terminado, ya ha hecho su trabajo.

—¿Cómo lo sabes? —La interrumpí.

—¿Necesitas que te lo expliqué? Su trabajo personal ha terminado, o casí, y si quieres saberlo, de una forma espléndida. —Se acercó a mi a través de la mesa —¿y tú, has hecho tu trabajo? ¿Te has preocupado de algo aparte de lamentarte? Me temo que no. No he escuchado nada que no sean recriminaciones por lo que hiciste o dejaste de hacer, por lo que le has hecho a Carmen o el daño que te ha hecho. Reacciona Mario, reacciona de una vez. Sabes bien lo que significan estas etapas, las conoces como terapeuta, no me digas que eres incapaz de identificarlas en ti.

No me gustaba el cariz que estaba tomando la conversación.

—No es tan sencillo como lo planteas

—Carmen se está tomando tiempo para terminar de poner en orden su vida si, pero también está esperando por tí, necesita ver que tú también estás haciendo tu trabajo y hasta ahora lo único que ve es que sigues encerrado en ti mismo, en lo que sucedió, en el remordimiento, en la culpa y en los reproches. No puedes seguir así Mario, ya no. Habéis cometido errores, muchos y muy graves, pero tenéis que superarlos. Carmen lo ha hecho y te está esperando. Este es un tiempo muy valioso que estás desperdiciando, un tiempo que Carmen te está concediendo y si me apuras es el que te estoy concediendo yo. Pero como todo en este mundo, tiene un limite, nada es eterno, todo acaba agotándose. No estires la cuerda Mario, ni con Carmen ni conmigo. —Debió de sonarle demasiado fuerte porque añadió una leve sonrisa, ladeó el cuello, entornó lo ojos dulcemente y añadió — No es una amenaza, no te asustes. O sí, asústate lo suficiente.

Tomó la carta por tercera vez.

—Ahora, vamos a cenar.

Era medianoche cuando salimos del restaurante. Graciela había abortado cualquier intento por volver a tocar el tema y yo no insistí más. Poco a poco consiguió sacarme del profundo silencio en el que me había sumido su discurso, las innumerables incógnitas que aseteaban mi mente fueron quedando en un segundo plano gracias a la intensa conversación que Graciela planteó. No me dejaba ni un minuto para perderme en mis nubarrones.

—¿A tu casa o a la mía? No, mejor a la tuya, tengo hecho un desastre el aseo y mañana el conserje se encarga de traer a un fontanero.

Estaba irreconocible haciendo planes, organizándolo todo. No puse objeciones, nada me apetecía menos que pasar la noche solo.

Me sorprendió que ella, tan meticulosa, improvisara el plan tan de repente, era todo tan nuevo. Renunció a llevar su coche, incluso desistió de pasar por su casa como otras veces para recoger algunas cosas “imprescindibles”, según ella. Estaba sorprendido pero no dije nada.

Cuando llegamos lo noté. Era su actitud, casi imperceptible pero tan diferente de otros días. Se movía por mi casa con soltura, sin esa cautela que me hacia empujarla con gestos, con palabras para que avanzase sin sentirse violenta. No, esta vez no era necesario. Voy a cambiarme, dijo y caminó sin esperarme hacia la alcoba con la misma naturalidad que emplea en su casa. Sentí una especie de ahogo, una extraña alegría. Pensé que se sentía cómoda.

Preparaba un par de vasos con hielo cuando escuché el sonido familiar de los cajones de la alcoba. Un latido desacompasado me golpeó el corazón, sin palabras mi mente me hizo creer que Carmen estaba en casa, luego la razón me recordó que no, que era Graciela quien hurgaba en los armarios, ¿Qué hacía abriendo los cajones de la cómoda? ¡Qué extraña es la mente! Por un instante la percibí como una intrusa, fue muy breve, luego… le di permiso mentalmente. Toma lo que quieras, pensé. Y fui hacia la alcoba.

Se había despojado del vestido. Me miró coqueta luciendo su lencería escogida sin duda para mí. En su mano tenía una de las batas de entretiempo de Carmen. Miré el cajón abierto, vi una azul que le había regalado el año pasado.

—Toma, ponte esta, es mi preferida. Mejor sin sujetador, estarás más cómoda.

Graciela sonrió con malicia, liberó sus pechos, desdobló la prenda que yo le ofrecía y se la puso, sonreí, le quedaba perfecta.

—Voy a colgar el vestido —dijo y abrió los armarios buscando el lado de Carmen, Estaba en su casa, haciéndose hueco. Volví a sentir el mismo ahogo en mi pecho, la melancolía por la ausente.

…..

No sé qué ha sucedido, no estoy seguro; sospecho que dos mujeres se han conjurado para trastocar el mundo en el que vivía hasta ayer.

Me despertó el aroma de café recién hecho. Lo siguiente fue la radio, la voz familiar de Iñaki Gabilondo me llegó desde la cocina. Estaba flotando entre la vigilia y el sueño, ¿por qué, por qué?, protestaba el perezoso. A mi memoria llegaron sensaciones, besos, caricias, humedades, gemidos, explosiones de deseo. Esta mujer crece en la cama cada dia más. La escucho trastear en la cocina y me sobrepongo a la pereza que me tienta a quedarme en el lecho, a reclamar a la hembra.

Tras mi paso por el cuarto de baño salgo al pasillo, el olor a café se mezcla con el aroma a pan tostado, Graciela canturrea una melodía irreconocible. Sé que me va a mandar de vuelta al dormitorio en cuanto me vea aparecer desnudo pero no me resisto a ver sus ojos de vicio antes de que estalle en una protesta.

La beso, la estrecho en mis brazos y clavo mi erguido miembro entre sus muslos antes de que pueda proferir su amenaza. Se rinde, acaricia mi espalda y desciende hasta mis glúteos y allí olvida el sentido del tiempo.

Un azote me saca del paraíso. Si, si, ya voy a por la bata.

Desayunamos hablando, haciendo planes para el día, comeremos juntos aunque sea al lado del gabinete, hoy tengo el día complicado, me pide un juego de llaves, quiere preparar una cena especial.

Me sobrecoge su naturalidad. Deja sus bragas en el cesto de la ropa sucia. Lleva puesto un conjunto de Carmen que le compré en Londres. No le digo nada, no dice nada. Todo ha cambiado. Estoy sobrepasado.

…..

—Buenos días

Sonreí al reconocer la voz de Graciela. Apenas hacia una hora que nos habíamos despedido en el garaje de casa. Tras la maravillosa cena que preparó y la sobremesa en la que hablamos de todo excepto de Carmen, volvimos a hacer el amor despacio, sin prisas, mirándonos a los ojos, olvidándonos del peligro que suponía lo que estábamos haciendo. Dejándonos llevar de las palabras que esta vez, no conteníamos.

—Te quiero.

—Te quiero.

Acariciaba su rostro; mis ojos, mi sonrisa decían mucho más, ella lo sabía. Sonrió. Bajé mi mano hasta alcanzar su pecho, entornó sus ojos y abrió su boca, aproveché para morder su labio.

—¿Sabes que esto no se va a quedar aquí, verdad?

Afirmó quedamente con la cabeza, sin terminar de abrir los ojos.

—¿Sabes que ya no voy a poder vivir sin ti?

Me miró, sus ojos me arrasaron.

—Entonces… —se contuvo, su expresión cambió.

—¿Qué?

Sonrió, forzadamente; algo se guardaba. Me echó los brazos al cuello y me besó con intensidad..

—Nada.

—¿Qué ibas a decir?

—Nada, bésame.

…..

—Buenos días cariño, ¿has llegado bien?

—Un poco de atasco, debe ser que no estoy acostumbrada y se me ha hecho largo.

—Te acostumbrarás.

—Quería decirte una cosa.

—Qué seria te has puesto —bromeé

Aquel silencio me hizo dejar las bromas de lado, algo que había sucedido durante la noche revoloteó en mi cabeza, algo pasaba. Esperé.

—Mario, te voy a pedir una cosa, algo muy importante.

—Tú dirás

—Durante unos días, necesito, mas bien necesitamos tu y yo, en realidad lo necesitamos lo tres, Carmen tu y yo…

Sentí que se me paraba el corazón un par de latidos, o tres, algo así como una bajada de tensión.

—Ya sé lo que me vas a pedir.

—Déjame hablar, por favor.

—Te escucho.

—No me llames, no es que no quiera hablar contigo pero es necesario que no hablemos. Tienes que hacer un trabajo, creo que lo sabes, te lo he dicho en varias ocasiones, ya se que no soy psicóloga y que de esto sabes mucho más que yo, pero eso no me invalida para entender lo que veo. Sé que estás mal y me duele verte y me duele ver a Carmen. Te quiero Mario, a lo mejor te quiero más de lo que debería quererte. Por eso ayer no terminé de contestarte porque si de verdad quieres que lo nuestro no se quedé aquí. Si crees que no puedes vivir sin mi, si crees que no puedes vivir sin Carmen, haz lo que tienes que hacer. Pero no pierdas el tiempo, ya te lo dije una vez, suena feo, parece una amenaza y no lo es, de verdad que no lo es. Todo tiene un límite.

De pronto me situé en el mismo instante en el que Carmen cerró la puerta de casa aquel maldito domingo y me dejo solo. ¿Por qué? Mi cuerpo sufría las mismas sensaciones y mi mente conectaba con la escena en la que, por primera vez sintió la misma desolación, la misma muerte.

Porque algo así debe ser estar muerto. Eso pensé. ¡qué idiotez! Fue mi siguiente pensamiento. No tenía ninguna capacidad de reacción. Si seguía dejando pasar los segundos Graciela pensaría… ¡qué coño importaba lo que pudiera pensar Graciela!

—¿Y qué se supone que debo responderte?

—Mario… —La decepción de su voz me hizo reaccionar

—No me interpretes mal, si has creído ver ironía en mi frase te equivocas. Realmente me siento impotente. Es que… la ultima frase que he escuchado de Carmen es “no me vuelvas a llamar”.

Nos quedamos en silencio. Estaba a punto de despedirme cuando…

—¿No practicabas Zen?

—¿Qué? Si… hace tiempo, ultimamente no…

—Pues ahí tienes un buen koan para practicar. Haz algo para salir del pozo. Tienes las herramientas, has sabido sacar a muchas personas de ahí. Ponte en marcha, por favor.

Tocando fondo

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír.

Desde qué Carmen se fue de casa dejé de escuchar. Vuelto hacia mí mismo, encerrado en mi dolor no consentía que las palabras de los que se preocupaban por mi calasen. No sabían, no tenían ni idea del sufrimiento por el que estaba pasando, decía, y les dejaba hablar, les respondía con monosílabos o frases cada vez menos amables. Y así, poco a poco, mis amigos, la gente que me quiere dejó de darme consejos, mantienen eso si una actitud de preocupada vigilancia que me hace sentir mas distante, mas alejado.

Mi vida interior se limita a revivir lo que hice y no debí hacer, lo que Carmen hizo y no esperaba que hiciera, lo que dijo, lo que respondí y debí callar, lo que no dije.

El dolor, como las brasas, se reaviva con cada brisa por pequeña que sea.

No hay peor sordo que el que no quiere escuchar. Cada vez que Carmen intentó reconducir lo que ya apuntaba a fracaso no la escuché. Cegado como estaba por mi sordera, reinterpretaba sus palabras desde mi perspectiva cargada de reproches. Deseaba abrazarla, pero mi dolor lo impedía, mi angustia se reflejaba en dolor y la hería. Me proponía recuperarla y acababa rechazándola.

¿Cuándo dejé de escuchar? Me equivocaría si afirmo que todo empezó el día que Carmen se fue de casa. Fue mucho antes, casi al principio, ya en Sevilla cuando ella me advertía de que estábamos yendo demasiado lejos yo no escuchaba. Mas tarde, cuando se enfrentó al acoso de Roberto no escuché, solo vi una oportunidad para seguir el juego y manipulé sus dudas, jugué con su debilidad y su indecisión para conseguir mi sueño. Así era inevitable, encontró en Carlos al confidente porque yo, su marido estaba obsesionado en arrojarla en brazos de Carlos el amante. Dejé de escucharla cada vez que me decía que se sentía una marioneta en mis manos, cada vez que me llamaba Karajan, cada vez que amargamente me dijo que nunca llegaría a ser el modelo de mujer que yo soñaba, que quería convertirla en la mujer que hubiera querido ser yo.

Hasta que dejó de insistir. Hasta que se rindió.

¿En qué me estás convirtiendo? Esa frase no era para Doménico. ¿Cómo no me di cuenta entonces?.

Tantas personas que intentaron abrirme los ojos se encontraron con mi ceguera. Doménico acudió a mí como amigo; solo vi al ladrón, al rival y no escuché su mensaje cargado de consejos. Me lanzó una alerta el hombre que había vivido el calvario de mi mujer en primera línea. El rencor, el orgullo herido, la humillación del perdedor hacían tanto ruido que no me dejaron escuchar.

Y Graciela, la enviada, tantas veces me recriminó mi conducta, tantas veces me intentó ayudar a levantarme, a curar mis heridas. Y en lugar de aprovechar este as, he dejado que se consuma su paciencia, hasta que también ella ha dado por perdida la partida.

Refugiarse en el dolor, compadecerse de uno mismo, sufrir, llorar. Todo tiene un tiempo. Es el proceso del duelo, he acompañado infinidad de veces a mis pacientes para evitar que se cronifique. Jamás se me pasó por la cabeza que alguna vez yo me vería en esa situación, encerrado en mi mismo, haciendo un duelo sin fin por alguien que, — ¡qué ironía! —, no está muerta.

Mi proceso está en marcha, ahora estoy haciendo lo que debí comenzar hace semanas.

Aunque sé que ya es tarde, espero al menos conseguir recuperar a Carmen la amiga cuando esa relación nos nos haga daño.

Estoy sereno, comienza una nueva vida para los dos. Sé que Carmen tiene la fuerza y la madurez para superar lo que ha tenido que vivir.

Hubo un tiempo en el que descorchábamos la botella del placer y lo bebíamos con deleite, a veces con cierto exceso, luego seguíamos nuestra vida. Cuando decidí agitar la botella del sexo, del erotismo compartido, no calculé lo que estaba a punto de provocar. Yo fui el responsable. Agité la botella, desboqué los caballos.

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