Diario de un embaucador (Parte I)

El sudor cubría mi cuerpo mientras me dejaba caer a su lado. Mi pecho subía y bajaba con una exquisita mezcla de cansancio y éxtasis. Una sonrisa ladeada se dibujaba en mi rostro mientras lo oía, también agitado, a mi lado. “Finalmente lo logré”, pensé para mis adentros.

Lo cierto es que esta vez me había costado un esfuerzo considerable llevarme a la escultura que ahora tenía al lado a la cama. Normalmente no solía tardarme más de una semana en conquistar a mi objetivo. No es que me estuviera quejando ni mucho menos, el trabajo había valido la pena. Ahora tenía un hermoso ejemplar bronceado, con un cuerpo perfectamente trabajado, pelo negro como el azabache y ojos azules que resplandecían, completamente a mi disposición.

Si bien no había sido el mejor sexo que haya tenido, no había estado para nada mal. Él era bastante inquieto, impaciente, lo cual había aportado bastante al disfrute de la experiencia. Lo habíamos hecho detrás de la puerta de entrada, en el sillón de la sala, en la alfombra, contra la pared de la habitación y finalmente en la cama. Estábamos exhaustos, satisfechos y mi reloj marcaba las 4:00 a.m.

“Ha sido genial” lo oí decir mientras se apoyaba en un codo para mirarme con una sonrisa bobalicona… típico. Sabía perfectamente lo que seguía, era como si todos siguieran el mismo libreto. “¿Te gustaría repetirlo? Podemos salir a tomar una cerveza el otro sábado, quizás pueda presentarte un par de amigos y organizar algo.”

Okey, debo admitir que no me esperaba la proposición de los “amigos”. Si fuera cualquier otro no le habría dado importancia, pero luego de pasar dos largas semanas de miradas furtivas, sonrisas escondidas y señales sutiles; estaba seguro de que se trataba del típico caso de timidez ocultando potencial (en lo del potencial al menos no me había equivocado).

“Lo siento, mis experiencias no se repiten”. Me había sorprendido, pero solo eso. Si quisiera sexo con más de una persona, entonces habría más de una persona en mi cama. “Además, tengo novio”.

“Podemos invitarlo, no hay problema alguno”, dijo con tono esperanzado y no pude más que soltar una carcajada. Éste no iba a rendirse tan fácil.

“Estoy seguro que no, pero verás; el no sabe que estoy contigo… ni planeo decírselo tampoco .Como tú tampoco dirás nada si quieres alguna vez tener la más mínima oportunidad de repetir esto”, dije mirándolo a los ojos con una sonrisa burlona. “Por allí está el baño si quieres ducharte antes de irte.”

Me divertía ver la expresión en sus rostros cuando lo decía. Algunos se enojaban, a otros les resultaba de mal gusto, unos cuantos se ofendían como si fueran ellos mismos quienes llevaban los cuernos y algunos pensaban como yo… No existe nada más excitante que la adrenalina de saber que alguien te está poseyendo mientras le perteneces a otra persona. Es un sentimiento único, muy excitante… y buscarlo era mi deporte favorito.

Me puse de pie y tardé un par de segundos paseando mi mirada por mi último trofeo, consciente además, de que mi trofeo me la devolvía con una sed que parecía inagotable. Lo cierto es que me ejercitaba desde pequeño. Mi padre había sido siempre muy cuidadoso con su figura también y, desde que tenía edad suficiente, lo había acompañado al gimnasio. De manera que poseía un cuerpo de los que únicamente se consiguen trabajándolo desde temprano y con años de esfuerzo. No era ni demasiado fibrado ni escuálido. Estaba en el punto justo de equilibrio, cada músculo de mi torso, mis brazos, mi espalda, se marcaba notoriamente mientras me movía. Además había tenido la suerte de heredar el cabello del castaño más puro de mi madre y sus ojos verdes como esmeraldas pulidas.

La suerte me había sonreído y yo le devolvía una sonrisa soberbia. Sabía que despertaba deseo, y a lo largo de los años había aprendido a manejar ese deseo como un arma. Podía detectar hasta la mirada más furtiva que un hombre me lanzara y, si era lo suficientemente atractivo, sabía cuál era la respuesta correcta para terminar entrelazados en un baño público, el auto, un callejón o mi propio departamento. En algunos casos costaba un poco más de trabajo, algunos necesitaban un pequeño empujón para admitir lo que en realidad deseaban, unos cuantos eran tímidos y otros eran heteros. Pero hasta la fecha me enorgullecía de no llevar mancha en mi historial, cada hombre que me había propuesto tener, había acabado a mi lado… excepto uno.

Mi novio, Franco. Hasta el día en que lo vi por primera vez, nunca se me habría ocurrido que llegaría a querer a alguien en mi cama con tanta fiereza. Había asistido a un partido de fútbol del equipo de la universidad como favor a una querida amiga. Lo cierto es que había ido de mala gana, el deporte no era realmente lo mío. Uno no necesita más que un gimnasio bien equipado para mantenerse en forma y entretener la vista con ejemplares masculinos de primera calidad… o eso era lo que pensaba.

Pelo negro y corto, ojos marrones, una barba de dos o tres días y un culo de ensueño fue lo primero que noté. Automáticamente lo marqué como posible blanco y continué mi escaneo del resto del equipo. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Señor Culo Perfecto marcara el primer gol y, en plena euforia, se sacara la camiseta para festejar junto a sus compañeros. Al instante supe que quería ese ejemplar en mi cama, como fuera.

A la semana ya me había inscrito en el equipo de fútbol (aunque mi opinión respecto al deporte no hubiese cambiado) y había averiguado, para gran regocijo mío, que mi objetivo se llamaba Franco y era bisexual. Automáticamente enfoqué todas mis armas de seducción en él: me paseaba desnudo o en ropa interior delante suyo en los vestidores, en las duchas; tocaba sus músculos y hacía comentarios amistosos; le lanzaba miradas significativas… Pero para sorpresa y desconcierto mío, por primera vez, nada de lo que hacía parecía funcionar. No lograba detectar ni una mínima pizca de atracción de su parte.

Pero no iba a rendirme tan fácil. Finalmente, luego de ver que las estrategias más directas no me llevarían a ningún lugar (o al menos no a una cama con él, puesto que el resto de mis compañeros de equipo estaban más que conscientes de mis flirteos), decidí tomar una ruta diferente. Comencé a conversar con él, aprender qué es lo que le gustaba, sus hábitos, lo que estudiaba, donde vivía… Al cabo de un par de semanas ya lo conocía lo suficiente como para poner en marcha la parte dos del plan: invitarlo a salir.

Accedió al instante, tomamos unas cervezas… y acabamos revolcándonos como animales hambrientos uno del otro.

“Lo cierto es que no me va mucho ese rollo de acostarme con alguien sin siquiera conocerlo, ¿Sabes?”, me había dicho luego de que acabáramos de tomar una ducha juntos. Esa misma noche me pidió que fuéramos novios y, considerando que el sexo había sido alucinante y conseguirlo me había costado más trabajo que nunca antes, acepté.

Y, si bien me había conseguido un semental con cuerpo de adonis con el que pasar cuantas noches quisiera; al mismo tiempo había encontrado el enorme placer que se ocultaba en traicionar ese compromiso.

Ahora me encontraba bajo la ducha, el agua caliente me caía sobre la espalda mientras me apoyaba contra la pared con ambas manos y, con los ojos cerrados y una sonrisa, recordaba todo aquello. De repente sentí dos manos fuertes que me recorrían el pecho mientras una boca me recorría el cuello, subiendo hasta mi oído y me mordía el lóbulo, juguetona.

“Al menos déjame abrirte una vez más”, sonreí, siempre querían más.

Con un gemido sentí como una polla dura como una roca se apoyaba entre mis nalgas y frotaba, poniéndome a mil. Con un gemido asentí y abrí las piernas, aún apoyado contra la pared. Luego de todo lo que habíamos hecho aquella noche su polla entro casi sin esfuerzo en mi agujero ya bien abierto. Casi no hubo dolor antes de que los gemidos de placer comenzaran.

Me bombeaba con fuerza y respiraba agitado en mi oído mientras se deleitaba masajeando mi polla y me agarraba de la barbilla para mantener mi cabeza apoyada en su hombro. Era evidente que se moría de ganas por marcarme, morderme el cuello, pero eso estaba terminantemente prohibido. Era algo que siempre dejaba bien en claro antes de comenzar cualquier cosa con cualquier persona: nada de marcas.

Rápidamente encontró ese dulce punto dentro mío que enviaba olas de placer por todo mi cuerpo. Comencé a moverme con él, buscando que golpeara ese punto más y más veces, hasta que ya no pude más. Con un último gemido de profundo placer derramé mi leche sobre su mano, satisfecho. El aún no había llegado al climax, pero se detuvo y salió de adentro mío. Lo miré interrogante aunque sabía qué es lo que seguía a continuación.

“Quiero correrme en tu boca”, lo dijo como una afirmación, y sin esperar por mi aprobación, me empujó hacia abajo, poniéndome de rodillas y apoyando su duro miembro sobre mi rostro.

No me sorprendía, correrse en mi rostro o mi boca era un servicio muy solicitado y uno en el que ya había adquirido mucha experiencia. Simplemente les excitaba que los viera a los ojos con mis profundos ojos verdes mientras me devoraba su miembro hasta el fondo. Era algo que había aprendido yo también a disfrutar. De modo que sin mediar otra palabra, me aparté el cabello de los ojos y me dispuse a lamer con manía su glande, saboreando un poco de su precum mientras recorría su duro abdomen con mis manos y sentía el agua caerle encima.

En seguida comencé a introducirme el miembro entero en la boca, jugando con mi lengua, enroscándola alrededor y moviéndola inquieta. Poco a poco llegué a la base y pude sentir su miembro ocupando mi garganta. Todo esto sin apartar mi verde mirada de la suya y deleitándome en los sonidos que aquel hetero dejaba escapar. Finalmente empecé a retirarme solo para sentir su mano enredarse en mi cabello y empujarme al fondo una vez más. Mantuvimos así un ritmo creciente mientras me dedicaba a masajear sus testículos hasta llevarlo al borde. Su semen estaba caliente y era algo salado, me lo tragué sin dejar escapar una gota y limpié bien su polla antes de ponerme de pie y compartir su sabor con mi lengua.

Finalmente terminamos de ducharnos, nos vestimos y lo acompañé a la puerta para despedirlo. Hizo un último, desesperado intento de arreglar para otra ocasión, me negué una vez más y se fue. Cerré la puerta y vi la hora: 5:40 a.m. Me apresuré a ponerme algo de colonia y cambiar las sábanas de mi habitación. A las 6 en punto Franco golpeó la puerta.

“Alex, ¿nos vamos?” dijo con la misma sonrisa bobalicona que ponía siempre que pasaba a buscarme los sábados para ir a práctica de fútbol.

CONTINUARÁ…

Leave a Reply

*