Días de sueños húmedos

Desperté temprano aquella mañana ya lejana en el tiempo. Durante unos extraños instantes, no recordé quien era, ni el lugar en el que me encontraba. La habitación, enjalbegada de blanco y con pocos y rústicos muebles, no despertaba en mí ningún recuerdo. Luego, poco a poco, logré centrarme. Supe quien era, y donde estaba y, sobre todo, por qué. Sí. Supe que era estudiante universitario, y que mi edad era de veinte y dos años y que estaba allí, en aquella habitación, invitado, junto con un buen amigo, Alex, por dos de nuestras mejores amigas, Daniela y Elisa. Ellas nos habían llevado hasta aquella casa -que se encontraba en un lugar lejano, que disfrutaba del privilegio de tener una exótica playa a pocos kilómetros – para disfrutar de unos días tranquilos y así, desconectar y recuperarnos del esfuerzo que habíamos realizado todos para presentarnos a los exámenes finales del año. De hecho, ellas habían invitado a otros amigos además de a nosotros, pero finalmente, solo Alex y yo acudimos a la llamada de las dos chicas. Debo decir, ante todo, para que las cosas queden claras, que ni Alex ni yo salíamos con Daniela, ni con Elisa. Ni con ninguna otra, y ellas dos también se encontraban en la misma situación, es decir, solteras y sin compromiso. Formábamos parte de un grupo de amigos, o compañeros, más o menos grande, que se reunía a veces para tomar algo, intercambiar apuntes, salir los fines de semana, ir de copas…Pero nada más. Yo alguna vez, había intentado, con torpeza de primerizo, invitar a Daniela a salir pero nunca había conseguido nada y ella , con elegancia, se las había arreglado para rechazarme sin mostrar desprecio por mí, al contrario de lo que suelen hacer en general las mujeres cuando te dicen que no.

No me había importado. Sentí algo, es cierto. El rechazo siempre duele, y a mí me dolió. Pero lo superé y no le guardé rencor a Daniela. Al menos, no mucho. Podía verla, hablar con ella de fruslerías y salir con ella y con Elisa, sin problema alguno por mi parte. Sé que ella esperaba que se produjeran esos problemas, sé que esperaba que yo no contestara a sus llamadas, o que me negara, con débiles excusas, a salir con el grupo de amigos si ella iba, pero no sucedió nada de eso. Me tragué mi orgullo, y fingí que todo iba bien, a pedir de boca ,viento en popa y a toda vela. No era verdad. No estaba destrozado, pero algo se había roto en mi interior, algo así como si supiera que las cosas ya no iban a ser como antes. De todos modos, como dije, fingí. Me di cuenta de que todos lo hacían, de que todos fingían en mayor o menor grado y yo, alegremente, me uní a la fiesta de la mentira. Más tarde, mucho más tarde, años después, comprendí que en aquel momento empezó a forjarse en mi alma la forma de ser que ahora me caracteriza. Una forma de ser que sabe que el mundo se basa en la mentira y que sin la mentira, todo se acabaría. La mentira es la base de la humanidad, la base de la civilización, el mayor invento del hombre, su mayor genialidad. Sin la mentira, no podríamos sobrevivir.

Pero en aquellos lejanos tiempos de mi añorada juventud, yo todavía creía, ingenuamente, que la verdad era la base de la felicidad. Qué estúpido. Bien, debo continuar. Y para ello, tengo que hacer un inciso descriptivo. Sí, debo describir, o al menos dar una idea aproximada de cómo eran Daniela y Elisa, nuestras amigas, las chicas que nos habían invitado a Alex y a mí a pasar unos días de asueto en el campo. Empecemos por Daniela, mi elegida, podríamos decir. Daniela no era bonita. En realidad, creo que se podría caracterizar sin mucho esfuerzo en la categoría de las mujeres feas. Ello en sentido objetivo, claro, porque ya he dicho que a mí me gustaba, o por lo menos, me atraía. Se trataba de una mujer un poco alta, delgada y de piernas largas, no muy bien moldeadas por la naturaleza, como pude comprobar todas las veces que se ponía un bikini en la playa. Su piel blanca relucía, o eso me parecía a mí, con una especial belleza, pero eso bien podía ser un efecto de mi enamoramiento. En cuanto al tamaño de los pechos, ese detalle en el que tanto nos fijamos los hombres, era mediano, tirando a pequeño. No la había visto desnuda, por supuesto, al menos, no hasta esos días de vacaciones, aunque eso ya llegará. Hasta entonces, tan solo la había visto en bikini, y en esa prenda, sus pechos lucían , como dije, de un tamaño mediano, aunque yo sospechaba que en realidad eran pequeños, bastante pequeños, pues creía que el bikini se los realzaba. No me equivocaba, desde luego. En cuanto al resto de su cuerpo, su cintura era inexistente o casi, y su trasero era bastante plano, aunque amplio, eso sí. ¿Y su rostro?¿Era de los que movilizan mil barcos? Pues no, la verdad. Su rostro era ovalado, de ojos pequeños y oscuros, de boca larga y de labios finos y su nariz era inconsistente. Su pelo, corto y trigueño, le caía a mechones sobre la frente y a mí eso me hacía gracia. Pero nada más. La verdad, como ya he dicho, es que, desde un punto de vista frío y objetivo, desde fuera de nuestro pequeño grupo de amigos, sería considerada, sin dudarlo, una mujer fea. Y sin embargo, a mi me gustaba. Hoy en día, a veces pienso en ella y no logro entender la razón de mi empecinamiento, pero entonces, ah, entonces era distinto. Entonces, cuando el mundo era joven, y yo también lo era, Daniela se había aposentado en mi corazón y, aunque dije que no me destrozó su negativa a salir conmigo, si que sentí algo. Algo así como un golpe bajo, que te deja sin aliento y sin saber qué decir. Porque ella me gustaba, o eso creía. A lo mejor, simplemente, se trataba de algo más sencillo y a la vez más complicado. A lo mejor, no era que estuviese en verdad enamorado de ella, sino que, dada la escasez de mis relaciones femeninas, ella estaba a mi alcance y me auto-convencí de que era bella y apetecible. Puede. El hecho, incontestable, era que me atraía y que, algunas veces, con vergüenza, lo admito, elaboraba fantasías sexuales con ella como protagonista. Nada del otro mundo, nada pervertido ni nada de eso. Solo me la imaginaba desnuda y poco más. Y eso me gustaba, desde luego. En fin. La juventud y la inexperiencia son así, supongo. Todo nos parece nuevo y reluciente, y no caemos en la cuenta de que , realmente, todo es de segunda mano. O de tercera.

¿Y Elisa? Pues Elisa era la mejor amiga de Daniela. Era más baja de estatura que ella, y, debo decirlo, igualmente fea, o incluso más. Aquí, sin embargo, tengo que hacer una disquisición y es que respecto a Elisa, mis sentimientos no eran los mismos que me embargaban en relación a Daniela. Elisa era simpática, siempre hablaba conmigo y yo la consideraba mi amiga, una buena amiga. A veces salíamos por ahí, sin complicaciones de ninguna clase y tomábamos algo y hablábamos de todo un poco. Nunca consideramos que esas salidas fueran citas, era más bien una amistad alegre y sana. Me caía bien, muy bien, y eso es todo. O eso era todo, o había sido todo, hasta aquellos días en el campo, aquellos días que cambiaron nuestro mundo. Elisa, la simpática Elisa, la amiga para todo y de todos, era, como dije, más baja que Daniela. Su rostro era más bien recto y de pelo negro y apelmazado. Ojos grandes y profundos, pero algo saltones, boca grande y de labios gruesos, piel blanca , blanquísima, nariz grande y prominente. En cuanto a su cuerpo, al igual que Daniela, parecía carecer de cintura y sus piernas, como había podido comprobar en la playa, eran pequeñas y macizas y, en realidad, mejor moldeadas que las de Daniela. Su trasero era más grande y más voluminoso que el de su amiga, pero sus pechos…sus pechos eran aún más pequeños y eso parecía afectarla en demasía. A mí no me preocupaba, pues no me fijaba en ella desde el punto de vista sexual. Al menos, dejé de fijarme en ella sexualmente la primera vez que Daniela me la presentó y pensé que la pobre me daba pena, tan fea me parecía. Y sin embargo, la vida da muchas vueltas. Al cabo del tiempo, ya no me parecía fea en absoluto. No la creía bella y no competía en mi alma con Daniela, pero ya no la veía como una mujer fea. Hay que ver lo que es la costumbre. Consigue milagros, la verdad.

Ahora, debo hablar de Alex, mi amigo. De mi misma edad, compartíamos mesa en la clase ya desde el instituto y , ya en la universidad, seguimos siendo buenos amigos. Éramos de parecida complexión: estatura media, ni gordos ni flacos, pelo negro los dos, ojos oscuros y poca musculatura. Alex. Siempre había sido mi mejor amigo, siempre. Hablábamos de todo, de lo divino y de lo humano, con esa ingenuidad de quienes aún no han vivido lo suficiente y creen , todavía, que pueden elegir. A veces, nuestras conversaciones duraban horas, y se nos hacía de día frente a una cerveza, o unos refrescos, o, simplemente, mirando las estrellas, tirados en una playa lejana. Éramos amigos. Y eso parecía definirlo todo y definirnos a nosotros mismos, pero sobre todo, parecía protegernos. Porque a veces yo sentía como si algo extraño y misterioso aleteara en torno a nosotros, en torno a nuestra amistad, algo que estuviera a punto de ser revelado, pero que , por alguna razón, siempre, en el último momento, permanecía oculto. Una vez, meses antes de ir a aquella casa con nuestras amigas, ese algo extraño e inverosímil, había estado a punto de manifestarse. Era un día soleado, en una playa poco frecuentada. Ya era tarde, y, protegidos de miradas no deseadas por unos matorrales, nos preparábamos para regresar a la ciudad. Alex, creo que sin pensar, durante un instante, se quedó desnudo frente a mí. Lo miré con extrañeza y, sin poder evitarlo, como si estuviese poseído por un espíritu burlón, dirigí mi mirada hacia su miembro. Él observó la dirección de mis ojos, y me miró a su vez. Solo entonces comprendí que yo también estaba desnudo y que Alex también dirigía su mirada hacia mi miembro viril, porque yo, al mirarlo, había suspendido el acto de subirme los pantalones. No dijimos nada, simplemente, nos vestimos apresuradamente y cancelamos ese recuerdo en nuestras mentes, pues nunca hicimos referencia a él, ni siquiera en broma. Fue como si nunca hubiese sucedido. Como si hubiese sido un sueño. Pero yo sabía que no lo había sido.

Durante las oscuras y calientes noches que siguieron a esa escena en la playa, extrañas ensoñaciones en las que aparecía Alex totalmente desnudo invadieron mi mente y lograron, en algunos casos, suscitarme inopinadas erecciones. Pero yo, con tenacidad, apartaba de mi aquellas imágenes y debo decir que el éxito me sonreía en esta labor. Por parte de Alex, no sé qué pensó o que sintió o si se vio turbado también por imágenes mías en las que yo le mostraba mi desnudez. No lo sé. Solo sé lo que ocurrió después, lo que empezó a ocurrir aquella mañana en la que me desperté temprano y , desconcertado, no supe siquiera en donde me encontraba

Como ya dije, pronto logré centrarme y recordar. La habitación blanca me reveló sus secretos y todas las imágenes volvieron a mí, todas las imágenes de mis amigas, de Alex, de nosotros riendo o fingiendo reír en noches y días de amistad, allí, en aquella casa.. . Y entonces, con sorpresa, comprobé que tenía una imponente erección. Había hecho mucho calor la noche anterior y decidí dormir desnudo, tapado solo por una débil sábana. Ahora, por la mañana, la sábana había desaparecido, tirada en el suelo y yo, pobre y turbado de mí , lucía una erección. Me quedé mirando mi pene durante unos instantes. Sentí la tiranía del deseo apoderándose de mi voluntad. Sabía que debía resistirme, que no estaba solo en la casa y que cualquier cosa podía pasar , que era posible que alguien me viera, y ya podía imaginar el bochorno subsiguiente. Pero nada de eso logró detenerme. Cuando el cuerpo quiere algo, es muy difícil resistirse. Así pues, en completo silencio, con movimientos lentos y sigilosos, empecé a masturbarme. Lo necesitaba, la verdad sea dicha. Llevaba allí varios días, días en los cuales la visión de los cuerpos de Daniela y de Elisa había ofuscado mi mente. Las había visto infinidad de veces en bikini, cerca de mí y había tenido sus pieles blancas y suaves a escasa distancia de mis manos. No me había atrevido a hacer nada, pero a veces pensaba que ellas estaban solo esperando a que me decidiera. Sus muslos desnudos, sus espaldas blancas y apetecibles, sus rostros de mujeres jóvenes, todo ello me turbaba y me desconcentraba, excitándome. Eran feas, ya lo dije, pero aquella mañana a mi no me lo parecían, y habría dado cualquier cosa porque aparecieran allí, en aquel crítico momento, desnudas y dispuestas a todo. Pero no aparecieron.

Me masturbé. Lo hice suavemente, delicadamente, disfrutando cada segundo y cada gesto de mi mano derecha. Mi pene respondía como nunca antes lo había hecho en ninguna otra de mis solitarias experiencias sexuales y creí que todo saldría bien, que podría alcanzar el orgasmo y, luego, una vez satisfecha mi necesidad sexual, volver a mi vida normal allí sin problema alguno. Sin embargo, eso , que parecía factible, no iba a suceder. Ignorante de lo que el destino me tenía reservado, cerré los ojos y me dejé llevar. Pensé que lo mejor era terminar ya y la verdad es que lo estaba deseando y mi cuerpo entero me lo pedía a gritos. Aceleré el ritmo de los movimientos de mi mano. Y entonces, noté que algo no iba bien, que no iba como debería. Tuve la certeza de que había alguien más en la habitación y por un momento fantaseé con la idea de que se tratara de una de las chicas. Sonriendo estúpidamente, abrí los ojos. Y allí estaba, desafiando todas mis fantasías. Allí estaba, en pie, delante de mí. Alex, totalmente desnudo, haciendo gala, también , de una imponente erección.

Nos miramos en silencio. El sol ya bañaba la habitación y las penumbras se disipaban a pasos agigantados. Todavía había paz en la casa, las chicas aún no se habían levantado y creo que los dos supimos, sin decirlo, que teníamos poco tiempo para lo que fuese que tuviese que ocurrir. Yo aparté la mano de mi pene y Alex lo miró largamente. Yo hice lo mismo con el suyo y así permanecimos, quietos y mudos, durante lo que me pareció mucho rato. Luego, al fin, él se movió , se acercó a mi cama y se tumbó junto a mí. Ahora, estábamos los dos juntos en la cama, ambos desnudos, ambos mostrando nuestros penes erectos. Era una situación harto embarazosa y si una chica se hubiese presentado, seguramente no habríamos podido justificarlo. Pero yo no pensaba en eso, la verdad es que no pensaba en nada. Era como si mi cuerpo hubiese tomado el control y mi mente no tuviese nada qué decir. Por un momento, sin embargo, valoré la posibilidad de levantarme , muy alterado y expulsar a Alex de mi habitación. Podría haberlo hecho y él no hubiese podido oponer ninguna resistencia eficaz, puesto que había sido él quien se había colado en mi intimidad. Pero no lo hice. No lo hice, porque quería ver qué sucedía a continuación, quería forzar las cosas, ver si algo extraño y espectacular sucedía, y, también, porque me sentía muy excitado sexualmente. No solo por la situación en la que me encontraba, sino también, por todos aquellos días de tensión sexual acumulada, viendo a las chicas semi-desnudas, en bikini, luciendo sus cuerpos blancos y apetecibles. Todo eso pasaba ahora factura y mi cuerpo necesitaba descargar la tensión. Así pues, no hice nada, no tomé ninguna decisión, y dicen que no tomar ninguna decisión, en algunos casos, es tomarla realmente.

Alex deslizó su mano hacia donde yo me encontraba y acarició mi miembro endurecido. Sé que en ese momento debí pararlo todo, detener toda aquella locura, pero no pude. No podía hacerlo, me sentía arrastrado por una suave y sensual corriente a la que no quería oponer resistencia. Alex acarició mi miembro y continuó haciéndolo, con extrema suavidad, durante largos, tensos, y deliciosos minutos. Yo sentía que oleadas de placer y deseo pugnaban por hacerse oír y me estaban obligando a deshacerme en gemidos. Pero me contuve. Logré contenerme y sólo ahogados gemidos evidenciaron qué sentía en aquellos momentos. De cuando en cuando lanzaba tímidas miradas al pene de mi amigo y veía que lo tenía duro, y tembloroso, tan duro y tembloroso como el mío, y supe que deseaba ser correspondido, que deseaba que yo se lo acariciara a mi vez. Pero no lo hice, no podía hacerlo. De algún extraño modo, mi torturada mente argüía que, si no se lo tocaba, no había pasado nada, no había vulnerado mi dignidad de heterosexual. Y logré contenerme y no tocárselo. Al menos, por el momento. Su mano, el contacto con su piel, con la caliente piel de otro ser, me estaba volviendo loco de placer. Yo era virgen, y nunca antes había estado en una situación como aquella, ni con hombre ni con mujer. El sentir las caricias de su mano, su calor, su temblor, directamente sobre mi pene, era demasiado intenso para pensar siquiera en negarme a experimentarlo. Y Alex lo sabía. Eso seguro. Se me notaba en la respiración entrecortada, en mis gemidos ahogados, en mi mirada perdida. Sonrió y cerró los dedos de su mano en torno al tronco de mi pene. Luego, despacio, empezó a masturbarme, estrujándome el miembro con delicadeza, subiendo y bajando su mano cada vez con mayor rapidez. Yo estaba perdido, y lo sabía. Pero era una dulce derrota aquella, y decidí disfrutarla, no solo porque la mano de Alex me daba placer, sino porque , de un modo extraño, difícil de explicar, yo sentía, en aquel momento, que si me deshacía en gemidos y dejaba que mi amigo continuase con lo que estaba haciendo y yo alcanzaba el orgasmo, eso, sería una especie de humillación para mí. Y eso, llegar a una humillación, era lo que quería; o quizá no se trataba de humillarme, sino más bien de alcanzar un estado de abandono total y completo de mi mismo en brazos de la lascivia pura y dura, en brazos de la lujuria, un apartamiento de mi ser de todas las convenciones del buen comportamiento que hasta entonces me habían guiado.

En muy poco tiempo, llegué a encontrarme muy cerca del clímax, con mi pene temblando y ansioso y todo mi cuerpo anhelando la liberación final. Alex movía su mano cada vez con mayor rapidez y yo sabía que dentro de poco esa mano me llevaría al orgasmo. Lo miré a los ojos y en ellos vi su deseo, su excitación. Él también gemía y temblaba y respiraba de modo entrecortado. Su miembro, endurecido y grueso, se movía de un lado a otro, al compás de los movimientos de su cuerpo. Me suplicaba, sin palabras, que se lo acariciara, que, por lo menos, lo tocara una vez. Y no sé, ahora, si fui yo, mi mente consciente, quien se decidió o lo hizo mi cuerpo por mí, pero lo cierto es que alargué mi mano y abarqué con ella el pene de mi mejor amigo. Se lo acaricié, sentí el calor de la piel tersa y suave que lo cubría, sentí su poder, su grosor, su ansia escondida. Lo estrujé suavemente y noté como mi propia excitación sexual subía varios grados. Alex inició entonces un rapidísimo movimiento de vaivén con la mano que empleaba para darme placer y en un instante, sin poder siquiera pensar en evitarlo, estallé en un violento orgasmo. Me corrí, deshaciéndome en humillantes gemidos de placer, cerrando y abriendo mi boca y mis ojos, y lanzando al aire varios chorros de semen caliente y cremoso. Casi al final de mi delicioso orgasmo, miré a mi amigo y vi que él también se corría. Yo no había soltado su pene y ese hecho, unido al de ver cómo me corría, provocaron, sin duda, su orgasmo. Lanzó varios chorros de semen al aire, y sentí como mi mano se mojaba con aquella crema cálida y viscosa. Miré hacia abajo y contemplé la mano de Alex, que también se encontraba cubierta por mi semen. Y así permanecimos los dos varios minutos, sin movernos, sin decir nada, simplemente respirando y recuperándonos del orgasmo experimentado, allí tumbados, desnudos los dos, en mi cama, cada uno con una mano en el miembro del otro. Al poco, sin embargo, retiramos nuestras manos de las partes íntimas del otro. Vi como mi miembro caía hacia un lado, exhausto y sin firmeza, pero aún con un respetable grosor. Lo mismo le pasó al pene de Alex. Y justo entonces, nuestras miradas se encontraron y no supimos decir nada, explicar nada. Vi en sus ojos la misma turbación que sabía se leía en los míos. Sentíamos, o por lo menos, yo lo sentía entonces, que aquello no había estado bien. Algo dentro de mí, ahora que ya había satisfecho mi deseo animal e inexorable, me empujaba a repudiar lo que había ocurrido. Me arrepentí de haber caído, de no haber opuesto resistencia alguna al torbellino de deseo que me había arrebatado. Ni siquiera quería pensar en lo que podía o no significar el hecho de haber permitido que mi mejor amigo, totalmente desnudo, se acostase en mi cama y me acariciase el miembro. Alex debió pensar algo parecido, pues, en silencio, tal y como había venido, se fue, levantándose y saliendo por la puerta con gran sigilo, no sin antes dedicarme una mirada extraña, que podía significar cualquier cosa. Yo sostuve su mirada y luego, bajé la vista. Alex se fue y lo último que vi de él aquella mañana fue su trasero desnudo.

CAPÍTULO SEGUNDO.

DANIELA Y ELISA BAJO EL SOL.

Permanecí tumbado boca arriba en la cama, desnudo, con el miembro mojado, durante varios minutos. Sabía que debía levantarme , ducharme rápidamente y vestirme, antes de que comenzase el movimiento en la casa. Sabía, también, que debía elaborar un plan de comportamiento en relación a Alex, un plan que excluyese cualquier posible nuevo encuentro erótico entre nosotros dos. Y, sobre todo, debía evitar que nadie me viese en el estado en que me encontraba, desnudo, con el pene y mis muslos y mis manos llenas de semen. Pero no me decidía a actuar. Solo quería permanecer allí tirado, sin hacer nada, sin hablar, sin pensar, sin sentir. Poco a poco, no obstante, la cordura se impuso en mi atribulado cerebro y logré levantarme y dirigirme al baño, llevando ropa limpia. El agua de la ducha, caliente primero y fría después, me despejó casi por completo, aunque la sensación de haber cometido un terrible error persistía en mi interior. Recuerdo que dejé que el agua reparadora recorriera todo mi cuerpo desnudo durante largo rato, como si así pudiera eliminar cualquier rastro de lo que había pasado. Y recuerdo también que, por un terrible segundo, las imágenes de aquella mañana, de Alex desnudo, acariciando mi miembro viril, me dominaron y sentí que me empezaba a excitar de nuevo. Corté por lo sano, bloqueé como pude mi mente y terminé de ducharme. Seco y vestido, acicalado, salí de la habitación dispuesto a encontrarme a Alex y a fingir que no nos habíamos visto desde el día anterior. Pero no fue necesario.

Llegué a la cocina, desde donde me alcanzaban tenues sonidos de vida. Daniela y Elisa estaban allí ya, pero de Alex no había rastro. Seguro que seguía en la cama, atormentado. Eso es lo que pensé. Pero me equivocaba.

–¡Hola, buenos días!– me saludaron las chicas, sonrientes, casi al unísono. Yo, sin pensar, sin responderles casi, inquirí enseguida, sin tacto ni preparación alguna, por el paradero de Alex.

–Se fue esta mañana temprano. Nos dejó una nota, por lo visto recibió una llamada anoche, muy tarde y tiene que regresar a la ciudad. Nada grave, cosas de familia, dice. Estará aquí de vuelta mañana, o esta noche, no lo sabe seguro.– me dijo Daniela, mirándome con cierta extrañeza. ¿O quizá era yo quien ponía la extrañeza en sus ojos? Solo entonces fui consciente de que tanto ella como Elisa llevaban muy poca ropa encima, en concreto, solo unos trajecitos cortos, claros, muy finos y transparentes, de esos caseros, que las dejaban a ambas con las piernas desnudas a la vista. A pesar de que en cualquier otro momento me habría gustado mucho mirar a hurtadillas a mis compañeras y disfrutar admirando aquellos muslos desnudos y, por qué no, los traseros que se adivinaban bajo la tela de los trajes, no me atreví y desvié la mirada. Acobardado. Temía, pobre y desgraciado de mí, que al mirarlas una y otra vez comprobase, aterrado, que ya no me excitaban las carnes femeninas. No quería enfrentarme a esa posibilidad, que se me antojaba horrible, y preferí pensar en otras cosas, hablar como un loco, todo ello, sin mirarlas jamás con ojos de auténtico hombre. No podía arriesgarme, prefería que ellas pensaran que yo era un poco raro y estúpido a tener la certeza de que ya no me atraían las mujeres. Temblaba de miedo solo de pensar en convertirme en homosexual, lo reconozco. Ahora, no me hubiera importado lo más mínimo serlo o no, porque con la edad uno se da verdaderamente cuenta de lo que importa y lo que no, pero en aquella época ya lejana, yo quería sobre todo encajar, ser igual a los demás, que nadie pusiera reparos a mi presencia. Ser uno más.

–¿Vienes a la playa con nosotras?– me preguntó Elisa, sonriendo y acariciando de pasada mi mano.– No nos gusta ir siempre solas.

–Si- acotó Daniela, desde la parte más alejada de la cocina– nos hace falta un hombre. A las dos.

Y se rieron, con el fulgor de la juventud brillando en sus ojos. Yo también reí y les aseguré que iría con ellas después del desayuno. Lo celebraron con risas y palmoteos infantiles y nos dedicamos a comer. No recuerdo muy bien de qué hablamos. Sé que hubo risas, chistes malos, miradas cómplices entre las dos chicas y , sobre todo, sé que yo estaba temblando de miedo, como un flan, pues dudaba de mi hombría y no quería ponerla a prueba. Sin embargo, logré pasar la prueba de algún modo y pronto me encontré a solas en mi habitación, vistiéndome para ir a la playa, mientras oía a las chicas reír y hablar a gritos. ¡Cuánto deseé en aquellos momentos que la mañana no hubiese sucedido nunca, que todo hubiese sido un sueño húmedo que se disipa al despertar! Pero sabía que había sido real. Alex y yo desnudos sobre la cama, sosteniendo cada uno el miembro en erección del otro. Me odiaba a mí mismo por mi debilidad, por mi falta de dignidad, por mi miedo a actuar y sobre todo, por mi lujuria, que me empujó a dejarme llevar y a desear, por encima de cualquier consideración, alcanzar el orgasmo. Elucubrando explicaciones racionales de lo ocurrido, me dije que la culpa de todo la tenían las chicas, por habernos invitado, por habernos encerrado allí con ellas, viéndolas todo el día en bikini y en trajecitos cortos. Era demasiado. Yo, que solía masturbarme con frecuencia, había sufrido una abstinencia casi insoportable, y, encima, todos los días veía muslos femeninos, espaldas femeninas, bocas y pies femeninos, y eso acaba pasando factura. Por esa razón estaba como estaba, a punto de estallar, anhelando un orgasmo de la forma que fuese y, por desgracia, Alex llegó en el momento más inoportuno. Por eso sucedió lo que sucedió, por nada más.

Una vez llegué a esa conclusión, pude serenarme y terminar de vestirme. Recogí mis cosas y fui a poner el coche en marcha. Las chicas se me unieron pronto y poco después, desembarcábamos en la playa, en un día soleado como pocos. Un inciso. Creo que ahora, muchos años después, hace menos sol que en mi juventud. Estoy casi seguro que no se trata de ningún disparate, creo que hace menos sol, debe ser por el calentamiento global…o algo así.

En la playa, instalados cómodamente, eché por primera vez aquella mañana un tímido vistazo a los cuerpos de mis amigas. Las dos llevaban bikinis y debo decir que no les sentaban nada mal, a pesar de que, como ya dije, ellas no eras precisamente bellezas. Pero sus cuerpos resultaban bastante apetecibles tal y como iban ataviadas y me alegré, internamente, porque al mirar sus traseros escasamente cubiertos por los bikinis, sentí algo. Sentí que mi miembro revivía. Si. No todo estaba perdido, aún me atraían las chicas. No saben la alegría que me embargó en aquel maravilloso momento. Me habría abalanzado sobre ellas y las habría desnudado allí mismo, de tan contento como estaba. Pero no lo hice, claro está. Seguí dándoles conversación, hablando de nimiedades, como siempre, procurando que los silencios no pesaran demasiado entre nosotros. Elisa hizo un tímido intento por dejarnos solos a Daniela y a mí, con la evidente intención de lograr que intimásemos, porque, seguramente, la buena de Elisa creía que yo todavía tenía oportunidades con su amiga. Pero no era así y yo lo sabía. No obstante, dejé que lo intentara. Y, como no podía ser de otro modo, Daniela impidió la maniobra de su mejor amiga y logró que nos quedáramos los tres juntos, de un modo bastante cortante, casi ordenándole a Elisa que no se moviera , que no se atreviera a dejarla sola conmigo. No había posibilidad con ella. Yo debía entenderlo y no intentar nada de nada. Eso era lo que quería decir con su comportamiento. Debo indicar aquí que, en ese momento, al sentir clavada en mí la compasiva mirada de Elisa, me sentí realmente herido. Daniela me había despreciado delante de su mejor amiga, que era también amiga mía. Era horrible, y noté un vacío en el corazón, como si me hubieran arrancado algo muy importante. Y quizá fue así. Sin embargo, tengo la costumbre de aparentar indiferencia con mucha facilidad y logré recuperarme con relativa rapidez del golpe. Dije una sarta de estupideces que no venían a cuento, hablé del tiempo y de política y al fin, conseguí que todos olvidáramos lo que había sucedido. Daniela, entonces, dijo que quería darse un buen baño en el mar y saltó de la toalla, lanzándose al agua casi sin darme oportunidad para responder algo coherente. Allá fue y yo me limité a mirar su espalda desnuda y su trasero, que a mí me parecía hermoso, agitarse al compás de sus pasos ligeros, azuzada como estaba por el calor de la arena que la separaba de la orilla.

–Yo…no sé qué le pasa– susurró Elisa, sonriendo, y rozando con su mano levemente una de las mías.– Normalmente no se comporta así. Perdónala.

–No tengo nada que perdonar– le contesté, un poco adusto. Me dolió tratar con cierta dureza a Elisa, que no era más que una buena chica que deseaba hacer lo correcto.– Ella siempre ha sido así, no digas lo contrario. Tú eres su mejor amiga, tú lo sabes. Hablas así de ella porque eres muy buena persona, Elisa. Muy buena. No te merece como amiga.

–Calla, no digas eso. Daniela no es mala, es solo que…que…a veces, las cosas no salen como ella quisiera y, y..

–Dejemos el tema por hoy, Elisa, disfrutemos del mar, y del sol. Daniela no va a cambiar y quizá yo la haya presionado demasiado. En realidad, he sido un estúpido al creer que una mujer como ella va a sentir algún interés por alguien como yo.

Daniela volvió del agua. Su cuerpo blanco brillaba perlado de gotas saladas y chorreantes. Su pelo cobrizo lucía con más fuerza bajo el sol y sus ojos, parecían más brillantes. Debo reconocer que sentí un ramalazo de deseo inesperado y dejé que mi mirada hambrienta recorriera todo su cuerpo, deteniéndome en sus muslos y sus pequeños y saltarines pechos. Debió darse cuenta, por supuesto, porque enseguida se tumbó sobre una toalla, boca abajo , ocultando casi todo su cuerpo de mis miradas.

–Elisa, ponme algo de crema, por favor.

Y Elisa, sumisa y sonriente, acudió presta a ponerle crema a su amiga. Mi intención primera fue quedarme allí y disfrutar del siempre excitante espectáculo de una mujer en bikini aplicándole crema protectora a otra que también está en bikini, en una soleada playa. Sin embargo, Elisa me dirigió una tierna mirada que suplicaba que me fuera. Evidentemente, sabía que a Daniela no le gustaría que yo la mirase en este momento. Me levanté, aduje que tenía ganas de pasear y me largué. Me sentía furioso, sin saber muy bien la razón. Daniela no había dicho nada en concreto, aunque sus inequívocas órdenes a Elisa para que no la dejara sola conmigo constituían, de por sí, un argumento suficiente para sentirme realmente herido en mi dignidad.

Paseé sin rumbo fijo, acariciando la idea de marcharme de allí sin decirles nada. Pero no podía hacerlo, Elisa no se lo merecía y, pensé, Daniela tampoco. No podía llevarme el coche y dejarlas allí tiradas, sería el final de nuestra amistad y eso , junto con la amistad de Alex, era lo único que tenía. No quería sentirme solo. Los necesitaba. Dejé que el sol cayera sobre mi cabeza, me di un buen baño en las aguas cristalinas de aquella playa y emprendí el regreso al lugar en donde las había dejado.

–¿Ya estás de vuelta?– me preguntó Daniela, sin siquiera dignarse mirarme– Pues vámonos, ya me cansa estar aquí.

Elisa estaba recogiendo y me miró con algo parecido a la súplica en los ojos. No quería que yo protestara, que yo respondiera a la evidente provocación de Daniela. Tragándome mi orgullo, bajé la cabeza y empecé a recoger a mi vez. Pronto estuvimos preparados y nos dirigimos de nuevo al coche.

El viaje de vuelta fue silencioso y más bien lúgubre. Cuando llegamos a la casa, que, a pesar de estar relativamente cerca de la playa parecía rodeada de profundo campo, el cielo se había nublado, como nuestros corazones de jóvenes estúpidos. En silencio entramos en la casa y en silencio fue cada uno a su habitación. Me duché de nuevo, para limpiar la sal del mar y bajé a decirles a las chicas que me iba a quedar en mi habitación leyendo un libro que tenía muy abandonado.

–Como quieras– me contestó Daniela, muy altiva.– Comemos dentro de un par de horas.

Elisa no me dijo nada y fingió estar muy atareada con los platos en la cocina. Yo inicié una prudente retirada y me fui a mi habitación. Una vez en ella, una vez en la seguridad de mi alcoba, tumbado boca arriba, me dejé arrastrar por la insidia. ¿Por qué tenía Daniela que tratarme así?¿Qué le había hecho yo? Simplemente, la había cortejado. Eso era todo. Y Elisa se había dado cuenta, es cierto, pero eso no era nada malo. Y entonces caí en la cuenta. Sí, eso era lo malo. Daniela no quería que nadie supiera que yo, un pobre muerto de hambre que no tenía futuro, me había atrevido a esperar de ella algo más que una banal amistad. Y no quería porque la gente podría pensar que ella, Daniela, me había dado pie, que había algo detrás de mis intenciones, que habíamos intimado. No, no quería ser relacionada conmigo y le repugnaba que Elisa, con toda su buena fe, intentase emparejarnos. Estaba furiosa con ella, y conmigo, por esa razón.

Intenté serenarme. Y, cosa rara, lo conseguí. Entré en un estado de, digamos, meditación, durante el cual no pensé en nada. Dejé la mente vacía, pues una vez alcanzada la iluminación acerca de los motivos de Daniela para detestarme, sentía que debía descansar. Y lo hice. No sé cuánto tiempo estuve allí tumbado, en medio de una nada mental que me hacía sentir muy bien, en paz. Solo sé que , cuando los sonidos de la cocina y las risas de las chicas me sacaron de mi somnolencia, habían pasado casi dos horas y se acercaba el momento de la comida. Me levanté, fresco y liberado. Sonreí al espejo y supe, con claridad meridiana, que nunca había estado enamorado realmente de Daniela. No la quería, y ni siquiera la apreciaba como amiga. Sentía, eso sí, cierto deseo sexual hacia ella, que me empujaba a imaginarla desnuda y a masturbarme viendo esa imagen en mi mente, pero eso no era amor. En realidad, yo, simplemente, la había elegido de entre mis escasas conocidas para representar el papel de Dulcinea. Necesitaba una mujer en la cual pensar, una mujer a la cual definir como mi amor, mi enamorada. Una mujer en la cual focalizar la desazón que me producían las sensibleras canciones de amor que solía escuchar a solas. Una mujer ideal, una flor virginal y pura, una maravillosa mujer que, a su tiempo, comprendería que yo era lo mejor para ella y se entregaría a mí con lágrimas en los ojos. Pero eso no era real. Era solo una elucubración muy rebuscada de mi mente, que, como todas las mentes, hacía lo posible y lo imposible por agradar a su dueño y señor. En definitiva, mi amor hacia Daniela no era más que una mentira. Si acaso, como dije, sentía algo de atracción sexual hacia ella, pues, a pesar de ser fea, era, junto con Elisa, la única mujer dentro mi radio de acción. Bueno, en la clase existían otras chicas que también me gustaban, pero quedaban fuera de mi alcance, o al menos eso parecía. Mi mente me había jugado una buena pasada. Me había construido un castillo en las nubes, con Daniela como su soberana indiscutible. Y ella no era nada de eso. Yo no la amaba y ella no sentía por mí sino indiferencia. Y, ahora, desprecio.

Las voces de las chicas sonaron más intensas. Era evidente que la tensión que entre ellas había vislumbrado en la playa se había disipado y ahora me tocaba a mi representar mi papel de perfecto amigo. Me levanté y me acerqué a la cocina. Daniela, con el rostro radiante, me recibió con una sonrisa de oreja a oreja que se me antojó un tanto forzada.

–¡Mira! Tenemos de todo para comer, Elisa es un sol, de verdad

Asentí. Elisa había preparado un banquete y parecía que su amiga del alma se lo agradecía serenando su rostro y sonriendo, cosa que, a la pobre Elisa le sentaba como un bálsamo bienhechor. La miré a los ojos y comprendí, en aquellos oscuros lagos, que adoraba a Daniela y que, de algún extraño modo que apenas logré entonces atisbar, se sentía dominada por ella. Y por eso le permitía todo y le perdonaba todo. Daniela era su mundo. Pero ya no lo era para mí.

–Tienes razón, Daniela– dije, mirando a Elisa– Elisa es una cocinera estupenda.

Seguí varios segundos sin mirar a Daniela. Y mientras la enfurruñaba al no hacerle caso, pensé que Daniela, en realidad, solo era una fea con ínfulas de mujer hermosa. Esas ínfulas se las había dado yo, al cortejarla. Al hacerlo, había, sin quererlo, reforzado su creencia en que ella era verdaderamente, si no guapa, al menos muy mona, y que se merecía lo mejor, es decir, un hombre guapo, musculoso, rico, por supuesto, y a ser posible un poco tonto. En lo de tonto, yo podía complacerla, pero en lo demás le fallaba estrepitosamente, así que Daniela pronto me borró de su lista de posibles. Ahora, al fin, la veía como era en realidad, sin la máscara que mi falso enamoramiento había puesto en su rostro, convirtiéndola en un ángel de bondad y amor. Sí, me dije, eres solo una pobre fea que se cree muy guapa. Fui cruel, pero al pensar eso me liberé aún más de su influjo y me sentí mucho mejor. Solo entonces la miré y la complací hablando de tonterías sin importancia. La comida transcurrió por los cauces previstos y pronto dimos buena cuenta de las viandas que la servicial Elisa había preparado para nosotros.

–Ha estado todo muy bueno, Elisa– le dije a la sonriente cocinera, y Elisa me regaló una espléndida y azorada sonrisa de agradecimiento. Y por un momento, no la consideré fea, ni por asomo. Sin embargo, rechacé la incipiente sensación que se insinuaba en mi pecho, porque la reconocí como lo que era: una simple reedición de mi enamoramiento falaz por Daniela, ahora con Elisa como su sustituta. No, no podía caer de nuevo. Desvié la mirada, sin dejar de sonreír y aduje que tenía ganas de echar una siesta. Vi algo parecido a la decepción en el rostro de Elisa, pero fui inflexible. No podía hacerlo de nuevo, no podía mentirme a mí ni mentirle a ella. Así pues, me fui y regresé a mi habitación, dejándolas solas. Lo que hablaron entre ellas, no lo sé. Supongo que cuchichearon sobre mí, pero solo lo supongo, con cierta vanidad masculina. Lo que sé es que de verdad tenía ganas de dormir, de descansar algo. Y lo hice. Me dejé llevar por el ensueño y dormí un par de horas de un tirón.

CAPITULO TERCERO.

ELISA EN LA TARDE.

Desperté, con la aguda sensación de que había alguien más en la habitación. Me sentía lánguido, laxo, relajado. Me había echado sobre la cama casi desnudo y ahora , al igual que me ocurrió durante la mañana, notaba que estaba experimentando una erección. Me extrañó, porque por las tardes no suelo sentirme excitado en demasía. Sin embargo, pronto algo más extraño atrajo mi atención. En la habitación, se escuchaba una respiración entrecortada. Y no era la mía. Realmente, no estaba solo allí. Incorporándome un poco, miré hacia mi cintura. Y ahogué un gemido de sorpresa.

Allí, acurrucada desnuda en torno a mi entrepierna, se hallaba Elisa. Me estaba acariciando el miembro y sonreía, mirándome con sus ojos un poco saltones y tristes.

–Elisa– susurré, con miedo a que Daniela nos oyera– Elisa…¿qué estás haciendo?¿Estás loca?

Me miró con algo parecido a la decepción y la tristeza pintadas en el rostro.

–¿No te gusta?¿Quieres que me vaya?¿Tan fea te parezco?

-¡No, nada de eso!– le dije, reconfortándola, o eso creí, con una de mis mejores sonrisas, mientras sentía como, inexorablemente, mi pene crecía y se hacía más grueso y la excitación me dominaba. Elisa continuó acariciando mi pene, sonriendo. Debo reconocer que había realizado una gran labor y que mi erección era verdaderamente intensa.

–Elisa– le dije, con ternura no fingida– Elisa, no tienes que hacer esto, no tienes que…desnudarte y…y…hacerme…lo que estás haciendo.

–¿No te gusta verme desnuda? Sé que no soy tan guapa como Daniela, pero..¡mira!

Por un momento, dejó de masajearme el miembro y se contoneó ante mí, mostrándome, impúdica, sus partes más íntimas, cubiertas por un abundante y negro vello. Sus pechitos saltaron, alegres e incluso se dio la vuelta, para mostrarme su gran trasero desnudo. Luego, volvió a su labor y , sin dejar de sonreír, me sostuvo de nuevo el pene con una de sus blancas manos.

–Nunca…nunca había tenido entre mis manos una…un…es decir…nunca había tenido entre mis manos…una…polla….– me confesó, bajando mucho la voz y riendo, azorada, avergonzada y con el rubor subiendo a sus mejillas.

–Mira, en primer lugar– le dije, poniéndome burlonamente serio– eres más guapa que Daniela, no lo dudes. Y en segundo lugar…¿de verdad es la primera vez que sostienes entre tus manos…una de estas?

Elisa rió, divertida y agitó mi endurecido miembro al hacerlo. No sé si lo sabía, o era consciente de ello, pero yo estaba muy, muy excitado, y no podía prever cómo iba a terminar aquello.

–Elisa…– le dije, lo más serio que pude– Elisa, escúchame. Me estás excitando demasiado. No sé si podré contenerme, así que creo que es mejor que…que te vayas.

–No– contestó– no me voy a ir. Porque ahora, voy a….voy a chupártela… ¿No quieres que te la chupe?

La atraje hacia mí y la besé en los labios, penetrando con mi lengua dentro de su boca. El beso duró largo rato y cuando terminó, Elisa estaba roja como un tomate y su corazón latía apresuradamente, pegado al mío, con sus pechos pequeños aplastados contra mi pecho.

–Chúpamela, Elisa, por favor. Lo necesito. Hazlo ya.

Elisa tomó mi miembro con delicadeza entre sus dedos blancos y suaves y se lo llevó a la boca. Sonrió, separó los labios…y lo engulló.

Sentí como sus labios aprisionaban mi pene, como mi miembro penetraba en su boca. Sentí el contacto con su lengua y luego, con su abundante saliva. Elisa empezó a chupar. Gemía al hacerlo y su boca emitía suaves y características chasquidos, propios de una intensa actividad succionadora. Su rostro amable reía, con una mezcla extraña de tristeza y placer, mientras su boca, grande y de gruesos y sensuales labios, me chupaba realmente a fondo.

–Elisa– le dije, acallando mis gemidos– Elisa, no tienes por qué hacer esto si no quieres…no tienes por qué…chupármela.

–Pero es que yo quiero hacerlo– me dijo, sacándose por un instante mi pene de la boca.– Me gusta mucho tu polla. Sabe muy, muy bien, y huele muy bien también…Nunca había chupado una antes, por supuesto, pero me gusta y mucho.

Y se metió nuevamente mi verga dentro de la boca. Sus grandes y gruesos labios abrazaron mi duro miembro y su saliva lo envolvió. Empezó a chupar de nuevo, haciendo mucho ruido. Sus ojos saltones me miraron con ternura y con algo de ironía y pronto no pude contenerme.

– Elisa…Elisa…E…li…sa– gemí, acariciándole la cabecita. Y sin intentar resistir más, exhalé un profundo gemido de intenso placer y me corrí dentro de su boca. Ella aguantó todo lo que pudo y luego, separó sus gruesos labios rojos y dejó que el semen caliente se le derramase hacia abajo. Yo estaba avergonzado. No había aguantado ni cinco minutos. En realidad, creo que Elisa consiguió que me corriera en menos de tres minutos. O de dos.

–Oh, Elisa , perdóname…me he corrido tan rápido…qué vergüenza, yo…yo…

Mi pene goteaba. Elisa lo agarró con una sonrisa y se lo restregó por toda la cara, manchándosela de semen. Luego, me besó el glande rojo y palpitante y después lamió toda la superficie de mi verga.

–No te preocupes por eso. Me ha gustado mucho chuparte la polla, y me ha gustado mucho el sabor de tu semen. Me lo he tragado casi todo. De hecho…

Elisa me miró sonriente, acariciando mi pene mojado, manchándose los dedos de la mano. Su boca entreabierta rezumaba semen – mi semen– y sus ojos brillantes y lascivos invitaban a practicar todo tipo de ejercicios sexuales…Sentí que mi pene, a pesar de haber descargado, volvía a encenderse con rapidez. Elisa, la desnuda y cimbreante Elisa, enroscó su mano derecha en torno de mi verga y empezó a moverla hacia arriba y hacia abajo, lenta y suavemente, pero con firmeza. El contacto de su piel, la suavidad de su palma, me excitaron mucho más de que lo había hecho el contacto con la mano de Alex. Reconfortado por esa realidad, me dejé llevar y en pocos segundos, lucía de nuevo una erección bastante presentable. Elisa no había dejado de mover su mano hacia arriba y a hacia abajo, apretando y estrujando mi pene con delicadeza, pero con efectividad.

–Elisa…­– susurré, mirándola a los ojos– Elisa, estabas diciendo algo…

–Oh, sí– contestó ella, sonriendo una vez más y agitando un tanto sus pequeños pechos desnudos, adornados con un par de pezones en completa erección– te estaba diciendo que, de hecho, me estoy planteando la posibilidad de…bueno…de hacerte otra mamada. Si tu quieres, por supuesto.

Sus palabras, como es de suponer, me excitaron y lograron un aumento considerable del grosor y dureza de mi pene. Si a esto le añadimos que Elisa acercó su boca a mi glande y expelió, sensualmente, su aliento cálido sobre el mismo, será posible comprender como me sentía.

– ¿Qué me dices?– continuó Elisa, relamiéndose con indiferencia y fijando en mí, sus ojos saltones y excitados.– ¿Te hago otra mamada?

Asentí , sin atreverme casi a respirar. Elisa engulló mi verga con su boca mojada y ansiosa, sonriendo con sus ojos brillantes, y empezó a chupármela, por segunda vez. Cerré los ojos y notando el contacto de los labios y de la lengua de mi amiga en torno a mi verga, me dejé llevar por el placer, que me inundaba en oleadas cálidas y maravillosas.

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