Dos adolescentes muy calientes

Por aquella época contaba yo dieciocho años. Aunque tenía un aspecto bastante maduro para mi edad, seguía siendo un crio. Durante las vacaciones, tras haber aprobado todas las asignaturas del trimestre (sus buenas horas de estudio me costó), en mi mente solo había lugar para tres cosas: divertirme, divertirme y divertirme.

Por primera vez, los colegas del barrio habíamos conseguido, y a buen precio, una casa para celebrar la Navidad. Los días no festivos, aquel tugurio nos servía para darnos algún que otro revolcón clandestino. Pero ni todos tenían novia formal, ni las chavalas del pueblo eran tan fáciles como nos gustaría. También estaban, como era mi caso, los que sus chicas no se dejaban meter mano así como así, pues la habían educado para ser una mujer decente y de su casa.

Se terminaba el período de alquiler del local y seguía sin probar los colchones del reservado. Hoy por una cosa, mañana por otra y al final nada. Las veces que había embaucado a Eva, mi novia, para que entrara conmigo en la habitación oscura, lo único que había conseguido era comerle la boca, magrearle las tetas y un buen dolor de huevos, porque era intentar algo más y sus palabras eran siempre las mismas: “¡Tú me has tomado a mí por una cualquiera!”

Como sus viejos los días entre semana no querían que volviera más tarde de las diez y media. Una vez la dejaba al amparo de su hogar, me regresaba a nuestro pequeño club de fiestas. Habitualmente había poca peña, solo algún rezagado que otro que, al igual que yo, no tenía ganas de volver a casa. Nuestras charlas, la música y los cubatas no es que fueran nada del otro jueves, pero era mejor que el muermo televisivo familiar.

La noche de marras, junto a los dos borrachos conocidos de turno, Fernando y Antonio, se encontraban la Debo y la Vane, dos chavalas que solo aparecían por el barrio cuando no tenían quien las “cubrieran”. Eran dos tías que solo les interesaba ir a la moda, tener pasta y divertirse. Empezaron en la academia de peluquería, pero lo dejaron porque había que estudiar y era un esfuerzo excesivo. En nuestra época actual se dirían que eran unas ninis (ni estudian, ni trabajan) en aquella época eran unas simples catetas modernillas, que se daban “aires” de lo que realmente no eran.

He de admitir que las dos tías estaban que crujían de buenas: eran guapas, tenían unos estupendos globos y un mejor pandero. Quizás lo que las desmerecía mucho era lo “extra-ordinaria” que eran (extra por parte de padre y ordinaria por parte de madre), ¡ las pobres eran horteras como ellas solas!

Dado que llevaban el mismo peinado, se maquillaban igual, se ponían ropas muy parecidas, con una altura y aspecto físico casi idéntico, era dificilísimo distinguirlas. Una parecía un clon de la otra. De no ser porque la Vane estaba teñida de morena y la Debo de rubio platino, quien no las conociera bien se podría pensar que eran gemelas, pues eran tan iguales como dos putas gotas de agua.

Entre las cualidades de las muchachas, estaban que eran de bragas descuidadas. A sus dieciocho años se podía decir que sabían muy bien lo que era una polla, qué hacer con ella y qué utilidad darle.

A la Vane el novio que la había durado más había sido uno que estuvo con ella cuatro semanas: De Semana Santa a Feria de Sevilla. El mayor tiempo que permaneció sin pareja: un mes. El que estuvo con una pierna rota en casa sin poder salir a la calle.

A la Debo, su compañera de tropelías, todo el mundo la tenía por una guarrilla igual que a la otra. Mas yo sabía a ciencia cierta que era bien distinta, si zorreaba por ahí, era por la mala influencia de su amiga. Recuerdo que en la época que salimos juntos, la muy cabrona de su amiga, como no le gustaba yo para ella, hizo todo lo posible para que terminara conmigo y me mandara al carajo.

Aunque después me alegre un taco (Deborah no le llega ni a la suela de los zapatos mi mujer), en aquel momento lo pase muy mal. Dicen que el primer amor te deja huellas. El primer beso y la primera vez que haces el amor también. En ella coincidieron todas esas circunstancias y la verdad es que me costó un huevo superarlo.

La ruptura me dejó un poco hecho polvo, pese a ello, siempre que veía a Deborah y a su “amiguita” del alma intentaba comportarme como una persona civilizada y nunca le reprochaba nada a ninguna de las dos. Ni merecía la pena, ni iba a ganar nada con ello. Además, yo estaba de puta madre con Eva y agua pasada no mueve molino.

Tras los dos consabidos besos y las felicitaciones Navideñas, la “dulce” Vane nos dio (sin pedírselas) las pertinentes explicaciones de porque estaban en el local y a aquellas horas de la noche.

—Esta —dijo señalando a su amiga con un ademan artificioso —y yo hemos descubierto que nuestros novios nos ponían los cuernos con dos mierdosas pijas de la Ponderosa y hemos cortado con ellos.

Los tíos, a los que ella llamaba “sus novios”, eran dos niños bien de una barriada de chalets del extrarradio de Alcalá de Guadaira, quienes únicamente buscaban en las inseparables amigas un agujerito calentito donde meterla. Si nuestras dos conocidas se podían considerar unas ninis, aquellos dos chavales no eran mucho mejor. Aunque si tuviera que ponerles algún calificativo sería paque (Paque voy a estudiar o trabajar, si mi padre me lo paga todo).

Aquellos dos tipos, que yo supiera, tenían novias formales de varios años. Por eso no me cuadraba mucho el rollo que la Vane nos estaba largando de que le habían puesto los cuernos. Me atrevería a decir que se habían cansado de ellas o que sus chicas se habían enterado de su doble juego. Cualquier cosa, menos que ellas los habían dejado. Todos sabíamos que para cualquier tío aquellas dos chavalas eran como los “Kleenex”: de usar y tirar.

—La Debo y yo es que nos damos mucho a valer y no ha nacido el tío que se burle de nosotras.

Fernando, Antonio y yo escuchabamos el rollo patatero que nos estaba largando como si nos interesara. Lo cierto es que ni nos importaba, ni nos creíamos una pizca de lo que nos estaba contando. Si no la cortábamos en seco, era porque sospechábamos que aquellas dos estaban allí buscando algo y, como buenos cazadores que éramos, no íbamos a espantar a las liebres.

Una vez la extra-ordinaria Vane se cansó de despotricar de los dos pijos de la Ponderosa, comenzó a revelar el verdadero motivo que las había llevado a nuestro garito.

—… como sabemos que ustedes están fartitos y nosotras estábamos con ganas de vengarnos de los dos mamarrachos esos. Nos dijimos: ¿y por qué no le hacemos una visita a los colegas del barrio a la casa que tienen para las fiestas? —Al decir esto último gesticuló de una manera más exagerada de lo normal, como si intentara hacerse la graciosa — Si queréis echamos un buen ratito y matamos dos pájaros de un tiro: nosotras nos vengamos de nuestros ex y vosotros os lo pasáis bien.

La normalidad con la que soltó aquello nos dejó un poco perplejos, pero como ya sabíamos del píe que cojeaban, no nos extrañó lo más mínimo. Oportunidades para mojar la croqueta no se presentaban todos los días y mucho menos con tanta facilidad. Mis dos amigos y yo nos miramos, nos encogimos de hombros sin saber que decir. Más Antonio con su particular ir de frente sin pensar, dijo algo, que no por obvio, dejaba de ser menos cierto:

—Vane, ¿no te has dado cuenta de que habemos tres tíos y vosotras sois dos?

La Vane se quedó mirándolo fijamente, clavó su mirada en él como si fuera alguien insignificante. Levantó sensualmente los brazos hacia arriba y se recogió la negra melena en una improvisada cola. Tras unos intensos segundos de silencio, en los que nos tuvo en ascuas, dijo:

—¿Y quién te ha dicho a ti que nos vayamos a dividir por grupos?

La tajante e improvisada respuesta nos cogió a todos fuera de juego. Incluso a la Debo quien, sin meditarlo, tiró de la manga del chaleco de su amigo como esperando una explicación ante la desorbitada proposición.

Si hasta aquel momento, la idea de echar un casquete con aquellas dos pibas nos tenía con el nabo más duro que el mango de un paraguas, la leve insinuación de una orgia nos puso a mil por mil, solo nos faltó jadear como perros salios.

Me fije en la Debo, no sabía si aquello iba en serio o en broma. Por más que le reclamaba una explicación con la mirada a su amiga del alma, esta no la sacaba de dudas. Estaba claro que mi ex, podía ser guarrilla pero no tanto como para hacérselo con todos a la vez. Máxime formando yo parte del grupo. Dicen que donde hubo llama siempre quedó rescoldo, en el caso de ella y yo no podía ser más cierto. Puede que hubiésemos dejado de salir, pero la atracción física y el afecto todavía seguían estando presente.

Frunció el ceño e intentó decirle que aquello no le parecía correcto. Sin embargo, la Vane parecía tenerlo todo planeado y pasó olímpicamente del gesto de disconformidad de su compañera de tropelías. Se fue para Fernando y le metió mano al paquete. Sin dejar de acariciar el bulto del pantalón de mi amigo, como si aquello careciera de importancia, nos dijo:

—Pues lo mejor será que cerréis la puerta a cal y canto, no vaya a ser que a alguna de vuestras novias le dé por venir y mañana seamo la comidilla del pueblo.

Fernando, que era muy formal para esas cosas, hizo un gesto de desaprobación a la desfachatez que había soltado la chavala. Creo que hasta estuvo a punto de soltarle una fresca, pero miró de arriba abajo al bomboncito que le estaba poniendo la picha a punto de caramelo y se calló. Ya lo dice el refrán: “cuando la de abajo se pone tiesa, nadie piensa con la cabeza”.

Sin decir esta boca es mía, se colocó bien la verga bajo los vaqueros y fue a cerrar la puerta, tal como le había pedido el putón verbenero de la Vane.

Al regresar, comprobó que el ambiente se había ido caldeando. La Vane se había puesto a bailar delante de nosotros, moviendo mucho el culo y las caderas. La gachi estaba taco de buena y lo sabía. Nada más vio llegar a Fernando, cambió su forma de contonearse y simuló hacer un “strip-tease”. Fue verla remangarse levemente el chaleco y sentí como mi calvo cabezón se movía dentro de los gayumbos.

En el momento que se quitó el ajustado suéter rojo que llevaba puesto y nos dejó ver un minúsculo sujetador, que apenas le tapaba medio pecho, a mis colegas y a mí se nos iba a salir los ojos de las cuencas. ¡Qué riquísima estaba la cabrona!

—Anda ponerme la del Tom Jones de “Full Monty”.

Antonio, que no tenía un no para la descarada chavala, fue corriendo al equipo de música y, tras localizar el CD, seleccionó la canción que le habían pedido.

—¡Sentaos!—Dijo Vane que comenzó a creerse que teníamos algún interés en sus nulas habilidades artísticas —así me puedo lucir mejor.

La escena tenía mucho de peliculera e irreal. Mis dos amigos y yo estábamos sentados, codo con codo, en uno de los diversos sofás que había en los laterales del extenso salón y la tía contoneaba su cuerpo a escasos metros nuestros al compás del “You can leave your hat on”. Por su parte, la Debo intentaba mantenerse al margen de sus desatinos, pero sin éxito alguno, pues aquello se estaba saliendo completamente de madre y la estaba cogiendo en medio.

Fernando, que estaba ya que se subía por las paredes, se levantó y se colocó detrás de la muchacha. Sin recato de ningún tipo, se puso a refregar el bultaco por su trasero (Para que su rabo rozara los glúteos de la chica tuvo que agacharse un montón, pues mi colega medía más de metro ochenta y la zorrita de la Vane apenas llegaba al metro sesenta).

La chavala al sentir el duro pollón de sus nalgas, sin dejar de moverse por un segundo, alargó su mano hacia el prominente bulto y lo acarició de un modo vulgar. No obstante, no estaba dispuesta a compartir su minuto de gloria y le pidió, con un gesto, que volviera a sentarse.

La musiquilla era genial para un despelote, pero la bailarina tenía menos gracia que ponerle una película muda a Stevie Wonder. Contoneando sus caderas de forma exagerada, se desprendió torpemente de la falda. Cualquier parecido de sus movimientos con un baile erótico era pura coincidencia. Sin embargo, fue quedarse solo en braguitas y sujetador y los tres nos pusimos a gritar como si Ronaldo hubiera metido un gol.

Antonio, con su “sutileza” habitual, pidió a la Debo que se despelotara también. La chavala en principio se negó, pero ni él ni yo estábamos dispuesto a no verla en bolas, como si lo tuviéramos planeado de antemano, nos arrodillamos ante ella y, poniendo voz de penita, empezamos a suplicarle que lo hiciera:

—¡Tía enróllate! ¡Mira como la tengo!—Al decir esto último Antonio se metió groseramente mano al paquete — No me puedes enseñar el pastel y después no dármelo a probar.

—¡ Porfa desnúdate! —Mi voz intentaba dar lastimita, pero no podía disimular el cachondeito que me traía entre manos — ¡Tía, si supieras el montón de pajas que me he hecho pensando en sus tetas!

La chica se nos quedó mirando, sin poder aguantarse la risa y moviendo la cabeza en señal de perplejidad nos dijo:

—¡Tenéis más peligro que una caja de bombas!—Hizo un gesto de resignación y se unió a su amiga en el centro de la pista.

Al principio, le costó un poco seguir el ritmo y tardó un poco en acoplarse a la alocada forma de bailar de la Vane. No obstante, al sonar las primeras notas del “Moving on up” de los M-people, dejó que la música envolviera su cuerpo y empezó a agitar sus caderas de un modo netamente sensual.

Casi sin darse cuenta, se desprendió de la ropa con una gracia inusual. Parecía que había nacido para calentar al personal, si ver a su amiga en paños menores me había “embrutecido”, verla a ella en ropa interior me puso con el nabo, ¡que me dolía de duro que lo tenía! Busqué el rostro de mis amigos y me recordaron a los toros a punto de embestir el capote. ¡Les faltaba únicamente echar la tierra patra!

Vane al sentirse desplazada por su amiga, se puso a bailar mucho más exageradamente. Como no consiguió llamar nuestra atención, decidió poner toda la carne en el asador y, poniéndose la mano en la entrepierna, nos dijo:

—Si queréis ver el premio que se esconde debajo, me la tendréis que quitar…

Sin meditarlo ni un segundo, mis dos amigos se fueron para ella. Sin preámbulos de ningún tipo, Antonio metió su mano derecha bajo las bragas de la muchacha. Fue simplemente acariciar su vello púbico y no pudo reprimir un bufido, a la vez que se mordía levemente el labio inferior.

Observé a Antonio, la verdad que a sus dieciocho años estaba hecho todo un tiarrón. No sé si porque trabajaba en el campo o era herencia genética de esa, pero tenía unas espaldas anchas y unos brazos muy fuertes. Al igual que yo, no era refinado ni nada por el estilo. Como era pelirrojo y bastante apañado, cuando íbamos a las discotecas de Sevilla las tías se le solían acercar bastante. No obstante, era abrir la boquita y el sambenito de cateto de pueblo salía relucir irremediablemente. Con lo que las gachis del mismo modo que se le acercaban, se marchaban y lo de ligar en la capital solo lo conseguía al final de la noche, con las tías de “saldos y oportunidades”.

La verdad es que el tío tenía cara de follador nato y, a pesar de la inexperiencia que tenía por aquella época, se estaba deleitando metiendo los dedos en la caliente raja. No sé qué carajo le estaba susurrando a la Vane, que esta ponía cara de traviesa y soltaba risitas tontas.

Fernando, por su parte, se había colocado detrás de la chavala y tras refregar concienzudamente su bulto contra el culito de la chica, le bajó el sujetador y acarició levemente sus pezones. Un gritito de placer salió de los labios de nuestra amiga, quien le correspondió llevando la mano a su bragueta. A continuación, roto el hielo, las manos del chaval metieron un buen magreo a los enormes pechos. No contento con tocarlos, se inclinó sobre ella, hundió la cabeza entre ellos y comenzó a acariciarlos con la lengua.

La Vane estaba mejor que en coche. Tenía un tío metiéndole los dedos en el chocho y otro chupándole las tetas, al tiempo que le metía un masaje en ellas que no se lo saltaba un guardia.

Tan absorto estaba viendo la que estaban organizando aquellos tres, que ni me di cuenta que la Debo se había sentado a mi lado. Como si fuera lo que tocara y, dejando a un lado nuestro pasado en común, comenzó a acariciar mi pecho. Sentí como si el tiempo hubiera retrocedido y comencé a besarla de un modo que me pareció hasta un pelín cursi.

La grosera de su amiga, al ver lo tierno que nos habíamos puesto, en plan broma, regaño a mi ex:

—¡Debo cariño, déjate de milongas! Aquí hemos venido a follar, no a darnos besitos y cariñitos, ¡ni que estuviéramos rodando la “Topacio” esa de la tele!

Mi acompañante, como si las palabras de la otra chica fueran ley, se bajó el sujetador y me mostró sus pechos, tan redondos y hermosos como los recordaba. Sin poderlo evitar, me relamí el labio inferior y enterré mi cabeza en ellos. Tras chupetearlos de un modo salvaje, me puse a darle pequeños mordisquitos. Preso de la pasión, la empujé sobre el sofá, me tendí sobre ella y refregué el bulto de mi entrepierna contra su coño.

Sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, busqué con la mirada a los otros tres. La Vane había comenzado a tomar la iniciativa y mientras mis amigos la acariciaban sin finuras de ningún tipo, desabrochó el cinturón de Antonio con la intención de liberar su pájaro de la prisión. Fue sacarlo fuera y no pudo reprimir una exclamación:

—¡Jo, Antoñito! ¡Vaya peazo polla que te gastas!

La verdad es que la tía tenía más razón que un santo. Me sorprendió hasta mí. Aunque sabía que se gastaba un buen mandao, pues alguna vez que otra lo había visto en bolas. No obstante, no era lo mismo verla floja y pendulona que funcionando a toda pastilla.

La observé detenidamente y no solo era grande (por lo menos veinticinco centímetros), era tan ancha como un vaso de tubo. Una cabeza que parecía la de una tortuga y un tronco con más venas que el pescuezo de un cantao. Pensé que a una tía no le entraba aquel bestiajo ni de coña, que la reventaría por dentro al metérsela. Lo que es la inocencia y el poco mundo.

La Debo y yo, dejamos de hacer nuestras cositas y nos pusimos a mirar absorto el pedazo de verga de nuestro amigo. Estaba sorprendida hasta la Vane que, tras catar con su mano la mercancía, apartó suavemente a Fernando. Nos miró con su mayor cara de zorra y se agachó ante el dueño de tamaño fenómeno de la naturaleza.

Agarró fuertemente el “manubrio” de Antonio y se puso a masajearlo, hasta que descubrió por completo el glande. Tras acariciar con la lengua la puntita, introdujo la gigantesca cabeza de flecha entre sus labios. Su gesto fue respondido por dos bufidos de mi amigo.

—¡Joder, cabrona, cómo la chupas!

Fernando, al ver con el desparpajo que la jovencita comenzaba a mamar la colosal verga, no pudo reprimirse ya más y se puso a acariciarse el paquete de un modo tan provocativo como soez.

De todos los que estábamos allí, quien menos me pegaba que participara en aquello era él. Era el clásico chaval educado y que nunca había roto un plato. Era buena persona, aunque un poco muermo a veces. Aunque no era tímido, tampoco era tan lanzado como yo o Antonio.

Fernando era el clásico pijo de pueblo, un quiero pero no puedo. Como era alto, moreno con los ojos verdes y bien parecido, tenía bastante éxito con las chavalas, pero como tenía novia formal era un menú prohibido para tipas como la Vane, que estaba viendo el cielo abierto con la improvisada orgia de aquella noche.

La muchacha al ver su predisposición, sin dejar de chupar el gran carajo que tenía ante ella, le hizo un burdo gesto para que se uniera a la fiesta.

El espigado muchacho, sin reflexionarlo siquiera, sacó rápidamente su erecto rabo y lo acercó a la cabeza de la chavala. Aunque el miembro viril de Fernando no era pequeño, sino todo lo contrario, desmerecía mucho junto al de Antonio. Pero aquello no fue ningún impedimento para la calentona jovencita, que dividiendo sus atenciones entre ambos, se pegó un atracón de pollas de los de antes.

Harto de mirar, cogí y le baje las bragas a la Debo. Me agaché ante ella, le abrí las piernas y hundí mi cabeza en su coño. Hacia un siglo que no me comía un buen chochito, pero aquello resultó ser como montar en bicicleta: nunca se olvida del todo. Fue simplemente pasar la lengua por la caliente raja y sentí como si hubiera nacido para hacer aquello. Como un poseso, froté, lamí y mordisqueé la salada almeja.

No debí hacerlo muy mal, porque mi ex comenzó a suspirar y a pegar quejidos. Creo que no se lo habían comido tan bien en su puñetera vida. Lo mismo me agarraba la cabeza con fuerza para que no dejara de comérselo, que clavaba los dedos en el tapizado del sofá, pidiéndome que no parara de chupárselo. Estaba claro que si cuando era mi novia era un poquito ligerita de cascos, desde que me dejó se había soltado el pelo de un modo tremendo.

La Vane, al comprobar lo bien que se lo estaba pasando su amiga del alma, se sacó la polla de Fernando de la boca y sin dejar de masturbar a Antonio, dijo:

—¿Quién de los dos quiere comerme el potorro?

La “delicada” pregunta fue respondida afirmativamente por los dos muchachos. Pero fue Fernando quien se llevó el gato al agua, pues la muy putita no estaba dispuesta a renunciar a seguir chupando la hermosa tranca de Antonio.

Separé levemente la cabeza del chocho de la Debo y contemplé como la otra chica se acomodaba en el asiento que quedaba frente a nosotros. En un gesto cargado de vulgaridad, abrió las piernas y mostró completamente el interior de su vulva. Mis colegas, ante su falta de decoro, se limitaron a representar el papel que les había tocado. El primero se agachó ante ella y se bajó al “pilón”, mientras que el otro, subiéndose a uno de los brazos del aparatoso butacón, le metió bruscamente su pollón en la boca.

Parecía una escena de una película porno, me llevé la mano a la churra y creí el pantalón iba a terminar reventándose. ¡Estaba dura como el acero!

La Vane al sentirse observada, echó hacia atrás su negra cabellera, con la única intensión de que la Debo y yo viéramos el trozo de cipote que ese estaba tragando. Para que no tuviéramos ninguna duda, se la sacaba y se la metía de forma continuada, dejando ver el carajo de Antonio en todo su esplendor. Me dio la impresión de que estaba todavía más grande que antes. Estaba clarísimo que la muchacha quería ser el centro de atención, quien era yo para negarle tal capricho. Así que para animarla más le solté una de mis chorradas.

—¡Vane miarma, córtate un poquito! Con el pedazo de tranca que se gasta el colega, como te dé en la campanilla, te vas a terminar asfixiando y te tendremos que llevar a urgencias a que te ponga una bombona de oxígeno.

—¡No me hagas reír, cabrón! Que entonces va a ser cuando me atragante de verdad —Dijo la Vane soltando una pequeña carcajada y volviendo a tragarse el trabuco de Antonio, quien seguía sonriendo por mi ocurrencia.

La Debo al ver que la tenía abandonada, tiró de mi cabeza para que no siguiera con la broma y me dijo en un tono casi autoritario:

—¡Déjate de gilipolleces y sique con lo que estabas haciendo, que me estaba dando mucho gustito!

—¿Te está gustando? ¡Qué perra eres! Pues a mí también me gustan que me hagan cositas —Al decir esto último, me metí con descaro un fuerte agarrón al paquete.

—¡Po sácate la polla que te voy a pegar una mamada que lo vas a flipar en colores!

No había pasado ni un minuto y habíamos intercambiado los papeles. Yo me había sentado con las piernas abiertas y ella arrodillada entre mis piernas me pegaba un lavao de “cabeza” de película (de las del Rocco Siffredi, ¡claro está!).

Mientras mi ex se dedicaba a comerse mi cipote de punta a cabo, apoyé mis brazos sobre el respaldar del sofá y con la cabeza echada levemente hacia atrás, me dedique a contemplar los jueguecitos sexuales de mis dos amigos con la calentorra de la Vane.

Ante mis ojos se ofrecía una pantomima de película porno, aunque no había nada simulado y nada era en diferido, sino que todo era puro directo.

Observar como aquel extraordinario misil atravesaba, una y otra vez, los labios de la chica, y como Fernando le pegaba una buena comida de coño, consiguieron ponerme a cien por hora. Si a eso le sumábamos la extraordinaria mamada que me estaba haciendo la Debo, debía hacer un soberbio esfuerzo para no terminar corriéndome en la boca de la muchacha.

De aquello creo que mi ex ya se había percatado y como la buena experta chupadora de pollas en que se había convertido, alternaba lo de meterse mi rabo por completo en su boca, con golpear suavemente la cabeza con la lengüita y me succionaba los huevos cuando le parecía. Lo estaba haciendo de putísima madre, ¡para hacerle la ola!

La Vane harta ya de lamer y de que lamieran, puso caro de que necesitaba algo más contundente y le pidió a Fernando que le acercara el bolso.

Mi colega despegó la cabeza de entre las piernas de la muchacha y la miró fijamente, como buscando una explicación a su petición.

—¡Tío!, ¿no querrás metérmela a pelo?

Oír a la Vane insinuar que allí se iba a empezar a follar ya, me puso la polla que podía picar piedras con ella. Tanto que, de un modo que rozó lo brusco, empujé la cabeza de mi ex para que se tragara mi nabo en todo su esplendor.

Fernando tras colocarse el “gorrito pa el nene”, se sentó en el butacón e invitó a la chavala que se sentara sobre él. Ella, ni corta ni perezosa, se colocó en su regazo, ensalivo sus dedos y se los llevó al coño, acto seguido se metió la polla de golpe.

Dado que en aquella postura le era muy difícil seguir chupándosela al otro chaval, y como no estaba dispuesta a dejar de saltar sobre el pedazo de polla que tenía ensartado en el coño, terminó diciendo:

—¡Antonio, vete al sofá con el Iván y que la Debo se la chupe a los dos!

Su amiga, al oír aquello, no dejó que Antonio tomara asiento y se abalanzó como una perra en celo sobre la monumental tranca. Dado que no estaba dispuesto a prescindir del calor de aquellos fogosos labios, me coloqué junto a Antonio y de un modo tal que ella tuviera acceso también a mi pene.

—Debo, estás de suerte hoy —Le dije mostrándole mi churra cabezona como si fuera un trofeo —en la frutería los nabos estaban de oferta y te vas a comer dos por el precio de uno.

Mi ex sonrió levemente, se posicionó entre los dos y fue alternando las mamadas de una polla con otra, como si llevara toda la vida haciendo aquello. Mientras chupaba el carajo de uno, pajeaba al otro a consciencia.

El instante era libidinoso al cien por cien, Antonio y yo no solo estábamos disfrutando de sexo oral del bueno, sino que a escasa distancia teníamos un espectáculo de lo más estimulante. Ver saltar a la Vane sobre la pértiga de Fernando al ritmo de sus desmedidos gemidos, propiciaba que nuestras vergas se llenaran de sangre y se hincharan a más no poder.

Sin embargo, las emociones estaban lejos de llegar a su fin. La Debo, en un gesto completamente espontaneo y movida por el fuego de la pasión, acercó mi glande al de Antonio y se puso a pasar la lengua al unísono sobre ellos.

Fue notar el contacto del cipote de mi amigo y una salvaje sensación de placer recorrió todo mi cuerpo. Nunca anteriormente había sentido algo parecido. Las entendederas se me nublaron, deje de ser Iván Izquierdo y me transformé en el hombre Polla (“Carajo-man”, para los amigos).

Busqué la mirada de Antonio y este me guiñó un ojo. Por su gesto, pude comprender que también se lo estaba pasando dabuten.

No contenta con refregar una polla con otra, mi antigua novia hizo algo cuanto menos inesperado: Se situó entre los dos, levantó sus tetas, colocó ambos penes en su canalillo y comenzó a restregarlos como si los estuviera masturbando. En la medida de sus posibilidades, iba acercando su lengua a los enrojecidos capullos, los cuales, con cada roce, se hinchaban aún más.

La postura era cantidad de complicada, al poner una churra junto a la otra, mi cuerpo y el de Antonio se acercaron de un modo bastante incómodo. Tórax contra tórax, invadiendo cada uno por completo el espacio vital del otro. Para suavizar la situación, eché un brazo por encima de los hombros a mi colega, quien me respondió con un guiño de complicidad.

Nos sacaron de nuestro libidinoso ensimismamiento, unos escandalosos jadeos.

—¡Meee corrrooo! —Gritó Fernando.

Al escuchar aquello, la Vane dejo de cabalgar sobre la polla de nuestro amigo y, con un ademán bastante vulgar, se sacó el erecto mástil de su raja.

Sin dedicar siquiera una mirada al muchacho que hasta unos breves segundos la había estado penetrando, se dirigió a donde estábamos nosotros y agachándose junto a la Debo, se dispuso a acompañarla en su sensual juego.

—¡Debo tía, déjame una! ¿No querra las dos pa ti sola? —No había concluido de decir aquello y ya había sacado mi churra de su acogedor encierro. Sin darme tiempo a reaccionar, comenzó a chuparla como una posesa.

La Vane era un poquillo más bestia mamándola que su amiga. No solo se la tragaba entera y jugaba con los huevos al mismo tiempo, sino que cuando se cansaba lamía el capullo como si fuera un helado. Miré a mi compañero, quien parecía estar en el séptimo cielo y le dije:

—¡Vaya tute que nos están metiendo pare! Yo no sé tú, pero yo llevo ya un rato aguantándome pa no correrme.

Antonio no me respondió, simplemente lanzó un largo bufido, saco el nabo de la boca de la chica y echándose levemente hacia atrás para no mancharla, apretó su verga. Segundos después de la cabeza de esta brotaba un tremendo chorro de leche. Irremediablemente, algunas gotas fueron a parar al pelo de la muchacha, quien, al percatarse de ello, hizo un leve gesto de fastidio.

Mientras se recuperaba de la brutal corrida y aguardaba que su respiración volviera a la normalidad, nos miramos con una sonrisa cómplice, agachamos la mirada y ambos nos pusimos a contemplar a Vane, que seguía con sus labios pegados al falo de mi entrepierna y succionándolo como si le fuera la vida en ello.

Segundos más tarde, ya no había una única boca mimando mi polla. La Debo, al comprobar que Antonio no tenía la picha para más “farolillos”, se había unido a la “fiesta” y se dedicó a pasear la lengua por los pelos de mis huevos, mientras su compañera mamaba fuertemente mi capullo.

Entre las dos me estaban matando de gusto. Un placer inconmensurable recorrió mi cuerpo. Sin poderlo evitar, me corrí. A diferencia de Antonio, no pude recular para detrás y toda mi esperma fue a parar por completo a la boca de la Vane.

Durante un instante me sentí mal por lo que había hecho, hasta estuve tentado de pedir perdón por lo ocurrido, pero al ver lo que aquella tía hizo a continuación, comprendí que no había motivos para disculparse.

La Vane, en un gesto grotesco, sacó la lengua mostrando a todos el blanco grumo que descansaba sobre esta y, sin dar tiempo a reaccionar a su amiga, la besó compartiendo con ella el fruto de mis cojones. Miré a mis amigos, aquel momento lésbico los había dejado tan atónitos como a mí.

El espontaneo muerdo llegó a su fin, tan súbitamente como se inició. Las calenturientas chavalas al ver que, tanto Fernando como Antonio, se habían subido el pantalón, supusieron que allí no había más tela que cortar. Del mismo modo impersonal que comenzó la orgía, la dieron por concluida.

—¿Dónde está el baño? —Preguntó la Debo, cubriendo escuetamente sus pechos con el pequeño sujetador.

—Al fondo a la derecha —Le respondió Fernando, quien ya se había vestido por completo

—¿Te ha entrao ganas de mear ahora? —La voz de la Vane sonó más desagradable de lo habitual.

—¡Qué mear ni qué coño! ¿Tú has visto cómo tengo el pelo? —Señaló el mechón de pelo sobre el que había caído las gotas de esperma.

—¡Anda tonta no te lo quites! Si la Cameron Díaz en “Algo pasa con Mary” decía que eso era fijador.

—¡Tía, qué malage te pones después de follar! ¡Anda échame una mano, porfa!, que tú te das más maña que yo para estas cosas…

Minutos después volvieron del servicio, por su aspecto nadie diría que habían participado en una pequeña bacanal. Fernando, al verlas llegar al salón, se despidió de ella con dos fríos besos en la cara y se marchó como alma que lleva el diablo.

Antonio y yo nos servimos un cubata, las dos chavalas se tomaron uno a medias, pues no querían llegar demasiado tarde a casa. Un cuarto de hora más tarde, ambas se despidieron dando un efusivo pico a cada uno.

Una vez las dos chicas se marcharon mi colega y yo, mientras nos terminábamos de tomar la copa, comentamos lo sucedido, y como si se tratara de un partido de futbol, hacíamos énfasis en las mejores “jugadas”.

—¡Joder pare! ¡Vaya manera de follar!

—Eso es sacarle punta al lápiz y lo demás es tontería.

—La verdad, es que estas dos son más putas que las gallinas…

FIN

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