Dos guarronas para mí solito

Es Sábado por la mañana, y como todos los días desde que le confesé mi amor, mi madre me ha despertado con una mamada y corrida sobre sus tetazas.

Hoy, además, es un día muy especial.

¡Es mi cumpleaños!

Cuarenta y un años, que se dice pronto.

Y para celebrarlo, mi mamuchi me tiene preparado algo muy especial según ella.

Yo, como es lógico, me muero por saber qué coño es, pero la guarra de mi madre es muy suya para esas cosas y me ha dicho que hasta la noche nanay de la China, que me tendré que conformar con cascármela cuando me entren ganas, pues ella va a estar súper ocupada preparándolo todo.

Por suerte, luego me ha prometido que me va a gustar mucho, y ha terminado de limpiarme el pollón a lengüetazos.

Y pasa el día.

Y pasan las horas.

Y yo estoy tan impaciente y nervioso, que ni tan siquiera soy capaz de machacármela a gusto y mis dos únicos intentos de pajearme en todo el día son un completo fracaso, y todo lo que consigo es un dolor de huevos y polla monumental.

Y llega la hora de la cena, y mi madre, la muy golfa, sigue a lo suyo como si nada, como si en vez del día de mi cumpleaños, fuera un día como otro cualquiera.

Pero entonces, a eso de las diez y media de la noche, se acerca a mí, y poniendo su mano sobre mi entrepierna, me susurra al oído con voz insinuante:

-Ya falta poco, mi amor. Vas a tener el mejor regalo de cumpleaños de toda tu vida, ya lo verás.

Tras esto, sale de la salita y de casa…

Poco después, me manda el siguiente sms al móvil…: “Métete en mi dormitorio y espera. Ya falta muy poquito, ten paciencia”.

Y yo, como buen hijo que soy, obedezco.

Pasados unos minutos oigo como se abre la puerta del piso y a mi madre gritando:

-¡Estés o no estés listo, vamos para allá!

Y entonces, la puerta del dormitorio se abre y veo a mi madre y a Felisa, la vecina, entrar en el dormitorio vestidas con trajes de colegiala que nada dejan a la imaginación de tan escuetos que son.

-¡Sorpresa! -Exclama mi madre, mientras le mete mano a la vecina, y ésta le mete a ella la lengua hasta la garganta en el beso más húmedo y cachondo que he visto en mi puta vida.

-Vaya, Antonia, tenías razón -dice Felisa mientras se abalanza sobre la cama para agarrarme la polla, que yo acabo de liberar, y muestro a las dos cachondísimas hembras en toda su grandeza y esplendor-. ¡Es la tranca más grande que he visto en mi vida!

Y dicho esto, la guarra de la vecina comienza a pajearme y a comerse mi verga como toda una profesional.

Por como me la está comiendo, juraría que mi madre le ha dado alguna que otra lección sobre cómo me gusta que me lo hagan, cosa que yo, como buen hijo que soy, agradezco a mi madre mientras gimo y jadeo por el estupendo trabajo oral de la vecina. Trabajito al que pronto se une mi mamaíta, ofreciéndome ambas una mamada a dos bocas de las que hacen historia.

-¡Bufff! ¡Pero qué pedazo guarras estáis hechas! -Jadeo una vez han concluido la mamada, dejando mi tranca bien ensalivada.

Tras ello, me incorporo en la cama, quedando de rodillas y con la polla bien enhiesta y en posición de combate, y mirando primero a una y luego a otra, formula la siguiente pregunta:

-Bueno, ¿quién quiere ser la primera en tener mi pollón en su chochito húmedo y caliente? -Y mientras lo digo, sacudo mi verga, primero ante mi madre y luego ante la vecina.

-¡Ufff! -Gime ésta con voz atemorizada-. ¿No me harás daño con eso tan grande?

Al oír esto, mi mamaíta emite una sonora carcajada, y alargando su diestra hacia mi megapolla exclama-: ¡Pues nada, ya está claro quién va a ser la primera!

Dicho lo cual, se tiende en la cama y se abre con los dedos de ambas manos su coñito, gustosamente dispuesta a recibir los treinta centímetros de mi cipote.

Yo me agarro el pollón y lo acerco al chochito peludo y caliente de mi madre, mientras Felisa, tumbada junto a mi madre, se masturba con frenéticos movimientos de dedos y gime y jadea como la perra viciosa en celo que es.

-¡Vamos, Diego, fóllatela! -Comienza a jadear de repente, mientras estira una mano hacia el chocho de mi madre y empieza a frotarle el clítoris y a meter dos dedos en su ardiente raja-. ¡Fóllate a la guarra de tu madre! ¡Sé que lo estás deseando! ¡Clávale hasta el fondo ese pedazo trabuco tuyo!

-¡Mmm, sí, cariño! -Comienza a suplicar también mi mamaíta, sin dejar de abrirse el chumino con los dedos-. Ven y dame toda tu verga en mi chochito caliente y mojado sólo para ti…

Y yo, como buen hijo que soy, enfilo mi nardo hacia el chocho de mi mamita, y de un sólo empellón le meto casi veinticinco de mis treinta centímetros de polla.

La reacción de las dos calentorras y viciosas hembras no se hace esperar, y pronto la habitación de mi madre se llena con el coro de gemidos, suspiros y jadeos de ellas dos.

Finalmente, parece que Felisa también se decide a que le clave el cipote, y al igual que mi madre, también ella me ofrece su coño totalmente abierto y chorreando fluidos vaginales.

Y en ese momento, algo ocurre.

De repente, mi madre, hecha ha furia, se encara con la vecina a grito pelado, diciendo lo siguiente mientras la agarra de los rubios cabellos y comienza luego a arañarla y a golpearla:

-¡Ah, no, so guarra! ¡Ahora el pollón de Diego es mío y no pienso compartirlo contigo!

La reacción de la vecina no se hace esperar, y es tan violenta o más que la de mi madre, y pronto las dos ruedan por el suelo de la habitación completamente desnudas, sudorosas y oliendo a potorro, enzarzadas en una salvaje y sensual pelea de gatas que termina de ponerme cachondo perdido, porque me alzo de la cama y sin poder aguantar más, me acerco a ellas y me corro sobre mi madre y nuestra vecina, terminando la riña con ellas dos lamiéndose mi corrida mutuamente y pidiéndose perdón.

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