Dos sementales para mamá

Es una calurosa tarde de Agosto cuando me vuelvo a encontrar con mi colega de la infancia, Pepito Peña, que me invita a un trago con intención de volver a recordar viejos tiempos.

O eso es lo que yo pienso en un primer momento, para darme cuenta pronto de mi error en el momento en que mi viejo amigo deja escapar un suspiro y me suelta:

-Joder, López… Hay que ver lo bien que folla la guarra de tu madre. Nunca te agradeceré lo bastante que me organizases la cita con ella el otro día; he estado con decenas de furcias, pero nunca ninguna me la ha comido cómo lo hizo tu madre. ¡Y qué decir de ese tremendo par de melones que se gasta! -Pepito Peña apura su cerveza de un solo trago y clavando sus ojos en mí concluye-: Macho, cuando me dejó correrme sobre sus tetones, me hizo el tío más feliz del Mundo.

-¿Te gustaría volver a follártela? -Inquiero yo entonces tras dar un trago a mi cerveza con limón, lo que provoca que mi amigo abra unos ojos como platos y boquee varias veces como un pez fuera del agua, antes de exclamar en el tono más feliz que he oído en mi vida:

-¿¡Hablas en serio!?

-Totalmente -respondo con una enorme sonrisa en los labios.

Luego, y todavía sonriendo, agrego:

-Pero esta vez, me gustaría participar -y seguidamente, y ante la sorpresa de Peña, le explico cómo los espié la vez anterior, y aunque en un principio frunce levemente el ceño, luego se echa a reír a mandíbula batiente y exclama:

-¡Pero qué jodido cabrón estás hecho, López! ¡Pues claro que acepto! Entre los dos le vamos a destrozar el coño a la guarrona de tu madre.

Y esa misma noche, mientras mi madre me hace una mamada de campeonato con megacorrida en sus mamellones, le explico mi conversación con Pepito Peña.

-¿Dos megapollones para mí sola? -Murmura mi mamaíta en tono un tanto dubitativo, mientras termina de limpiarme a lengüetazos la lefa que aún gotea de la punta de mi nabo ya morcillón tras la corrida-. No sé qué decirte, Diego… No sé si mi estrecho coñito aguantará semejantes pollones.

-Con lo guarra y viciosa que tú eres, y con lo que te gustan las trancas bien grandes, estoy seguro de que disfrutarás de lo lindo -replico yo, al tiempo que agarro sus tetones y los sobo a conciencia, haciéndola reír y gemir de placer.

Y así queda todo hasta ese Sábado, en que mi madre, con voz de viciosa total, me indica que está lista, que puedo llamar a mi amigo cuando quiera.

Cosa que hago de inmediato, quedando con Peña dentro de media hora, pues es el tiempo que estimo necesitará mi madre para ponerse algo indicado para caldear el ambiente.

Y no me decepciona para nada.

Cuando llega Pepito, mi madre sale a recibirlo con una camiseta tan ajustada, que parece incapaz de contener el volumen de sus megatetones, y una minifalda que apenas llega a ser un cinturón ancho, y se ha perfumado y maquillado como una autentica furcia de rotonda.

La reacción de Peña no puede ser más grata y sincera, ya que cuando mi mamaíta le abre la puerta de esta guisa, él, ni corto ni perezoso, lanza sus manazas hacia su tremenda delantera y exclama, visible y sinceramente complacido:

-¡Válgame Dios, doña Antonia! ¡Las ganas que tenía yo de volver a gozar de semejante par de mamellones!

Tras este prometedor inicio, las cosas, como suele decirse, van rodadas, y cinco minutos más tarde, después de servirnos una cerveza a Peña y una Kas de limón a mí, mi madre se sienta entre ambos y, ni corta ni perezosa, comienza a sobarnos las entrepiernas hasta lograr que nuestras grandiosas pollas casi revienten nuestros vaqueros.

-Mmmm… Miedo me da que me clavéis semejantes trancas de carne en el chochito -gime mi madre mientras se afana en liberar nuestros pollones, en tanto nosotros nos afanamos en sobarle las tetazas y en meterle varios dedos en la húmeda y caliente raja.

-Pues nosotros nos morimos por clavársela hasta el fondo, doña Antonia -jadea Pepito, lanzándose de cabeza a lamer, chupar y morder los melones de mi caliente y viciosa mamaíta qué, como era de esperar, lanza una feliz carcajada, y se deja hacer más contenta que unas castañuelas.

-¿Quién va a ser el primero en taladrarme el chocho con su pollón? -Inquiere poco después mi madre sin dejar de reír y sin dejar de sobar y pajear nuestras trancas duras como piedras y a punto para la acción.

-Creo que eso está más que claro desde el principio -digo yo mientras la empujo contra el sofá, enfilo mi hinchado y morado capullo hacia su chorreante raja, y de un sólo golpe le clavo veinte centímetros de mi megatranca en el chumino, haciéndola soltar un gemido de puro goce.

-Pues entonces a mi me toca follarle la boquita, doña Antonia, dice Peña mientras se agarra su trabuco y apunta con él hacia la entreabierta boquita de mi mamaíta, que emite una risita y estira la mano para acariciar los cojonazos de mi colega cuando éste, ni corto ni perezoso, le mete la polla en la boca.

-¡Joder, mamá! -Exclamo yo sin parar de bombear con mi polla y mis caderas adelante y atrás follándome a la guarra de mi madre-. ¡Cada día tienes el coño más caliente y estrecho!

-¿Verdad que sí, cariño? -Replica ella, sacándose el pollón de Pepito de la boca y frotándose el clítoris hasta alcanzar el orgasmo.

-Ahora me toca a mí, López -dice Peña agarrándose la polla y empujándome para que deje de trincarme a mi madre.

Y mi madre encantada con el cambio.

Y para más INRI, se pone a cuatro patas, ofreciendo su hermoso culo a mi amigo, que lanza un berrido y, sin dudarlo un instante, le clava el pollón por detrás, follándosela al estilo perro.

No os podéis imaginar el goce que es ver los tetones de mi madre bamboleándose adelante y atrás como campanas al ritmo de las bestiales embestidas de mi colega.

Es tal el placer que siento, que me dejo caer en uno de los sillones, y comienzo a pajearme el pollón con total parsimonia mientras mi amigo de la infancia y mi madre follan como berracos en celo.

-¡Quiero vuestra lefa caliente en la boca y en las tetas! -Exclama de repente mi madre separándose de Peña y sentándose en el sofá, dispuesta a recibir nuestras corridas-. ¡Vamos, cabrones, cubridme las mamellas de leche! -Sigue pidiendo mi madre mientras Pepito yo nos agarramos las trancas y empezamos a sacudirlas a ritmo vertiginoso hasta que…

-¡Toma leche, so guarra! -Exclama Peña soltando sobre la carita y los tetones de mi madre un lefazo de los que hacen historia.

Un segundo después me toca a mí, pero yo lo hago directamente en la boquita de la golfa de mi mamaíta, que se traga sin rechistar una corrida que a buen seguro hubiera llenado una taza de café de las grandes.

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