Duelo de mamadas

Me podría perder en los ojos de aquel hombre, nunca nadie, ni hombre ni mujer, se había adueñado tanto de mi voluntad, nunca antes había confiado tan ciegamente en nadie… Dice que el amor es ciego, yo añadiría que, a veces, también es idiota.

Hacía dos años y dos meses que conocía a Enrique y en mi fuero interno creía conocerlo de toda la vida. Cada gesto, cada palabra que salía de su boca me encantaba, disfrutaba cada momento que pasaba con él y su voluntad era la mía.

Aquella tarde habíamos estado almorzando con unos amigos y conocidos suyos en una especie de reunión navideña. Pese a que no me había presentado como su novio, ni nada por el estilo, todo el mundo me trataba como a su pareja, pues nuestra relación sentimental era una especie de secreto a voces.

La sobremesa dio lugar a unas copas acompañadas de agradables tertulias y yo, dejándome mecer por el placer de las palabras, me tomé mi primer cubata del día.

La noche siguió a la tarde y los más rezagados nos fuimos de tapas por la zona de la Plaza del Salvador. Las horas se deslizaban deprisa por unos sorbos de alcohol, los cuales saboreamos como si de la misma felicidad se tratara.

A las doce de la noche solo quedábamos dos parejas: Paloma y Nacho, su novio de aquella época, Enrique y yo. Desinhibidos como estábamos decidimos que aquella noche no debía acabar nunca y que la ciudad estaba abierta de par en par para nosotros.

Nuestra siguiente parada fue la discoteca Catedral, un antro sevillano en el cual, pese a no ser de ambiente estrictamente gay, era frecuentado por heteros curiosos y se podía ligar bastante.

El gorila de la puerta conocía a Paloma y nos dejó pasar sin problemas. Soltamos los abrigos en el guardarropa y nos adentramos en aquella ensordecedora celda de luz y humo.

La fauna urbana que pululaba por el local era bastante variopinta, sin embargo pese a la variedad de atuendos que se correspondían con perfiles de diferentes convicciones sociales, la mayoría respondían al perfil de rebeldes aburguesados, quienes pretendían que aquella noche de sábado diera sentido a sus vidas. Una estridente música, unas copas de alcohol o alguna otra droga no autorizada les ayudarían a salir de su rutina diaria y a creer, por un momento, que la añorada felicidad estaba casi al alcance de sus manos.

—¿Qué vas a tomar? —me dijo cariñosamente Enrique al oído, mientras pegaba sutilmente su cuerpo al mío.

—Un zumo o cualquier cosa que no tenga alcohol…

—¿Un zumo? ¡Anda no seas “moña”!

—¡Niño, qué llevo dos! —Exclamé con cierto recelo— ¡Qué después me pongo muy pesado!

—Y muy cariñoso también —Enrique bajó la mirada y, mostrando el granuja que llevaba dentro, me sonrió.

—…pero…

—¡No hay peros que valga! —Levantó la mano cariñosamente dándome a entender que todo lo que dijera no serviría para nada—¿Qué estabas tomando?

—Ron con cola —contesté rindiéndome ante su zalamería.

Mientras “los hombres” fueron por la bebida, Paloma y yo nos quedamos esperando junto a una de las mesas altas que había estratégicamente colocadas en la antesala de la pista de baile.

Pese a que solo habíamos coincidido tres o cuatro veces a lo sumo, la chica me caía bien. La observé minuciosamente y no pude más que pensar en ella como un producto de consumo nocturno. Aunque no tenía ni un gramo de más, Paloma era una mujer voluptuosa. Aquella noche andaba encorsetada en un ajustado vestido negro de mangas cortas, con unos pechos a punto de estallar bajo la oscura tela y subida como iba a unos enormes tacones de aguja, no podía evitar que sus caderas y glúteos vibraran a cada paso que daba. Su atuendo se completaba con unos largos pendientes plateados que le descansaban sobre los hombros y un collar a juego. Era más que obvio que todo lo que la atractiva joven llevaba encima era de diseño, muy exclusivo y muy caro.

Pero lo que más me gustaba de ella (y me sigue gustando son sus rasgos, no es que sea una de esas bellezas al uso pero tiene algo que me cautiva, no sé si son sus pequeños labios, su nariz chatilla, sus enormes ojos pardos o ese cabello suyo que normalmente lleva corto y teñido de rubio. Fuera lo que fuera, aquella chica me caía bien y ella lo sabía.

Lo único que no me terminaba de convencer de ella era su insistencia en querer convencer a todo el mundo de lo moderna y liberal que era, cuando la mayoría de la gente sabía que era una niña bien, pues su tufillo pijo no se lo quitaba ni vistiéndose a lo Marilyn Manson.

Lo de que la muchacha estaba en el “taco” era evidente, debido a su generosidad se había ganado alguna que otra amistad parasitaria y esto se podía extrapolar a los sus numerosos ligues que, según me contaba Enrique, se aprovechaban de lo desprendida que era.

Por eso no era de extrañar que sus ocasionales parejas parecieran salidos de una pasarela, pues la importancia que ella no le daba a su dinero, si se la daba al físico de los que se llevaba a la cama. Los tíos que iban con ella no solo eran guapos y estaban buenos, sino que parecían tener clase (Aunque todos sabemos que parecer y ser son dos verbos semánticamente distintos).

Nacho, su acompañante de aquella velada, era un moreno bastante apuesto: unos hermosos ojos negros brillaban sobre un rostro en el que todo era asimétricamente hermoso, una nariz en su medida justa, unos pómulos altos y unos labios carnosos que cuando sonreían le daban un aire encantador. Aunque lo que más llamaba la atención de él era su altura, para mí que tendría que medir sobre metro noventa pues le sacaba unos cuantos centímetros a Enrique y, si a eso, le sumábamos un cuerpo atlético y sin nada de grasa, quedaba bastante claro los “valores” humanos que Paloma había encontrado en él.

Recién regresaron nuestras parejas con las bebidas, sonó una música a la que la pizpireta muchacha llamó “su canción” y pegando un tirón a Enrique se lo llevó a la pista de baile donde estuvieron un buen rato, dejándome en compañía de Nacho que resultó ser todo un dechado de monosílabos, dándome a entender que toda conversación que no estuviera basada en su persona no le interesaba lo más mínimo.

Como el aburrimiento estaba servido con el adonis que me acompañaba, clavé mi mirada en mi novio y Paloma. Enrique a sus cuarenta y cuatro años todavía era capaz de moverse como un adolescente en la pista y el hecho de que todavía su porte de bailarín fuera diana de las miradas femeninas, no hacía más que alimentar su más que enorme ego.

La verdad que yo no estaba perdidamente enamorado de él porque sí, era un ejemplar de hombre bastante peculiar: alto, moreno, guapo, unos ojos verdes que quitaban el “sentio” y una sonrisa capaz de seducir al más pintado. Decir que yo besaba el suelo que el pisaba, sería quedarse corto.

Al regresar de la pista de baile Paloma compartió una breve confidencia con su chico, Enrique me pidió que los esperara allí un momento y sin darme ningún tipo de explicación me dejaron solo.

A falta de otro entretenimiento, el rato siguiente lo pasé conversando con mi silencioso cubata de ron, el cual ya empezaba a hacerme efecto y bajaba poco a poco las defensas de mi raciocinio.

Aunque no sabía a ciencia cierta donde habían ido, ni lo que habían hecho mis tres acompañantes, no había que ser ningún Sherlock Holmes para intuir que su ausencia estaba implicada con el polvo blanco para la nariz, prueba de ello fue el desaforado brillo de alegría que a su regreso pude ver en los ojos de Paloma.

Interrogué a Enrique por si había tomado parte del asunto, me dijo que no que simplemente había vigilado la puerta del servicio. Lo miré a los ojos buscando la mentira y no la encontré. En mi contra tengo que decir que no era muy buena máquina de la verdad, pues la sinceridad no fue precisamente uno de los ingredientes de nuestra relación y nunca me apercibí de ello.

En un momento determinado, la discoteca se llenó de forma desmesurada y lo que estaba siendo un momento agradable se transformó en una ruidosa multitud de individuos, cada uno luchando por su trozo de espacio. Unos cuantos empujones, pisotones y aplastamientos después, decidimos salir de aquella aparatosa jaula de sonido, luces y olores.

En la puerta Enrique, quien no estaba dispuesto a que la noche concluyera, invitó a Paloma y a Nacho a tomar la última en su casa, la cual quedaba bastante cerca.

Durante el camino, Paloma que hasta el momento se había mantenido distante de Nacho y solo se acercaba a él para lucirlo como si se tratara de una especie de trofeo, se puso muy melosa y abrazándose a él por la cintura, comenzó a meterle mano descaradamente, sin importarle para nada ni nuestra presencia, ni los viandantes.

Al principio le acariciaba efusivamente por el tórax, más tarde le pegó una cachetada en el culo, para terminar cogiéndole el paquete de manera más que evidente. El candidato a participante del Gran Hermano se sometía a los caprichos de la voluptuosa joven, y si se sentía avergonzado por hacerlo a ojos de todos, no daba muestra alguna de ello.

Una vez en la casa de Enrique, la pasión de Paloma fue en crescendo. Mi novio, como si sus muestras de fogosidad carecieran de importancia alguna, les pidió gentilmente que se acomodaran.

Una vez nos quitamos la ropa de abrigo. La efusiva parejita se sentó en una de las piezas del extenso sofá negro, el cual ocupaba casi por completo el testero del salón de Enrique.

—¿Qué vais a tomar? —la voz de mi novio sonó mecánica y carente de emotividad alguna.

—Yo un Chivas con agua y Nacho estaba tomando Rives con tónica —contestó Paloma como si tal cosa, interrumpiendo momentáneamente la inspección que su lengua estaba haciendo en la garganta de su ocasional pareja.

Acompañé a mi chico a la cocina a preparar las bebidas, este como si se hubiera contagiado de la calentura de su amiga, aprovechó el momento para darme un largo y apasionado beso.

Fue sentir sus labios sobre los míos y mi pene aumentó de tamaño, enfermedad que por lo visto era bastante contagiosa, pues la entrepierna de Enrique evidenció algo parecido.

Unos minutos y unos cuantos besos más tarde, regresamos al salón con la bebida. Lo que nos encontramos allí me dejo sin palabras: Nacho se había tendido sobre el asiento de tres plazas y, sentada sobre su pelvis, Paloma remedaba el acto sexual.

Miré a mi novio en busca de alguna explicación, este ni se inmutó y colocó sus copas sobre unos posavasos que había en una pequeña mesa de cristal junto a ellos con total pasividad.

Me invitó a sentarme con él, en otra pieza del negro sofá de cuero. Me dio mi vaso, cogió el suyo, me echó el brazo por los hombros y, sin alterarse lo más mínimo, se puso a mirar a la pareja como el que ve un partido de tenis.

Yo estaba petrificado, sentimientos contradictorios nacían en mi interior. Por un lado quería largarme de allí pues aquello me parecía que se había descontrolado totalmente, pero una parte de mí me tentaba a seguir mirando como si el placer de lo prohibido y desconocido pesara más que el sentido de lo correcto.

Me aferré a la seguridad del ancla que era para mí el amor, que yo creía, me procesaba Enrique y me quedé allí esperando que los acontecimientos se resolvieran por ellos mismos.

Paloma y Nacho nos lanzaron una breve mirada y continuaron con su improvisado show con total desparpajo, pues nuestra presencia lejos de molestarle parecía alimentar su libido.

Las manos del atlético joven se aferraron a las nalgas de la calenturienta muchacha, la magrearon soezmente para terminar metiéndose bajo la negra tela del vestido. Sin recato de ningún tipo introdujo las manos en el interior de las bragas, unos placenteros quejidos de Paloma evidenciaron que aquello había dejado de ser un juego exhibicionista y habían pasado a mayores.

Como si se tratara de una partida de ajedrez, Enrique hizo su primer movimiento, tras desabotonar mi camisa, metió la mano que me tenía echada sobre el hombro en su interior y comenzó a acariciarme una tetilla. Fue sentir sus dedos sobre mi piel y mi polla, la cual estaba más que despierta, pareció moverse como si diera saltos de alegría.

Frente a nosotros, nuestra amiga se había deslizado a lo largo del cuerpo de su acompañante y, arrodillada entre las piernas del muchacho, plegaba su cuerpo para acercar su cabeza a la pelvis de este.

Miré de reojo a mi novio, se comportaba como si fuera un autómata, y sin despegar la vista de la caliente escena, pegaba sorbos cortos a su bebida al tiempo que deslizaba mi pezón entre sus dedos.

Paloma, no sé si presa del alcohol o de las drogas, se mostraba absolutamente desinhibida y de manera ceremonial paseaba la boca por la abultada entrepierna, Nacho, mientras tanto empujaba suavemente la nuca de la muchacha.

Enrique me quito la mano de la tetilla y la puso sobre mi mano, tras acariciarla afectuosamente durante unos segundos, tiro de ella y la llevo a su paquete. En un principio, intenté negarme pero fue hundirme en sus preciosos ojos verdes y mi voluntad se volvió tan pequeña que dejó de existir.

Fue apoyar mis dedos sobre la dureza de su virilidad, mis sentidos se resbalaron por un descontrolado torbellino y la pasión comenzó a gobernar cada uno de los poros de mi cuerpo. Puede que el alcohol derribara barreras morales, pero en todo momento tenía claro lo que hacía y lo que quería. Mi única excusa fue que, como siempre, el sexo me confundió…

Paloma, poniéndose el mundo por montera, había sacado el pájaro de Nacho de su jaula, mostrándonos de forma patente el intenso masaje que estaba dedicando al hermoso instrumento sexual. Supuse que los continuados abusos del día habían mermado su virilidad, pues toda la dedicación de mi amiga no conseguía levantar por completo aquel mástil medio flácido. No obstante, cada vez que la mano de la chica dejaba entrever su glande, aquella rojiza porción de carne se me antojaba una muy deliciosa golosina.

Al contemplar aquel miembro viril, mis hormonas tomaron el timón de mis sentidos e intuitivamente comencé a acariciar con más fuerza la abultada entrepierna de mi novio, quien sin miramientos de ningún tipo comenzó a hacer ademán de desabrocharse el cinturón. Por un momento estuve tentado de largarme y no seguir avanzando en aquel laberinto sexual, pero me deje guiar por los pensamientos de mi polla y no objeté nada cuando Enrique sacó fuera su verga.

Mi chico estaba plenamente empalmado, sobre el tronco de su polla se marcaban las abultadas venas dándole un aspecto tan vigoroso como deseable. La virilidad de aquellos casi veinte centímetros de vibrante musculo era evidente y me agaché ante él como si estuviéramos en la más completa intimidad, observé muy minuciosamente cada pliegue y cada vena de aquel erguido estandarte de masculinidad. Tras devorarlo con la mirada, di un leve beso sobre la piel de su prepucio y abrí de par en par la puerta hacia el libertinaje.

Olvidándome de las consecuencias y para facilitar la accesibilidad a aquella maravillosa herramienta de placer, le bajé los pantalones y el bóxer hasta media rodilla. La punta de cada uno de mis dedos, tímida y sensualmente recorrieron aquel tronco de sangre y carne, desde la cabeza a la punta. Lo agarré suavemente y simulé que lo pajeaba de un modo casi escénico.

Estaba claro que había dejado la vergüenza aparcada en un rincón, pero aun así mi convencionalismo disfrazado de hipócrita buen cristiano no me dejaba dar el paso que mis instintos le pedían a mi cuerpo y mi cerebro, como si fuera una especie de Pepito Grillo, me gritaba que no lo hiciera. Busqué los verdes ojos de Enrique y estos me dieron su bendición. Lancé una visual a la pareja del sofá de enfrente y Paloma, arrodillada del mismo modo que yo, hundía el ardiente falo de Nacho hasta el fondo de su cavidad bucal.

Su mirada y la mía se cruzaron por un momento. Un pernicioso gesto se dibujó en su rostro, se sacó la vibrante bestia de la boca, apartó su cabeza y me la enseñó en todo su esplendor. Si anteriormente aquella verga me había parecido una delicia, ahora al contemplarla con una erección en toda regla, no podía reprimir que me apeteciera acariciarla y saborearla muchísimo más.

Mi amiga, sin dejar de mirarme por el rabillo del ojo, dio un lengüetazo en su punta, logrando con ello que Nacho diera un prolongado suspiro. Yo, que ya había perdido todo recato, agarré el nabo de Enrique e hice lo mismo.

Su siguiente movimiento fue agarrar suavemente los testículos del muchacho y, haciendo uso de ellos como una especie de palanca, dejo que el enorme falo taladrara su garganta hasta el fondo.

Aquello me pareció un desafío y sin amedrentarme, hice otro tanto con la de mi novio. Un profundo suspiró rebozó de sus pulmones, nunca antes le había hecho una cosa así y, por lo que pude deducir, fue para él una sorpresa de lo más placentera.

Paloma me lanzó una mirada felina y, sacando su lengua de un modo vulgar, se relamió los labios. Apretó suavemente el cipote de su amante, me mostró su oscura cabeza, y después la dobló levemente hacia abajo, lo mantuvo cerca de su escroto durante un instante y después lo soltó, para que cimbreara libremente; ver moverse aquel oscuro y tieso falo de un lado para otro, fue como combustible para el desenfreno que nacía en mi interior.

Proseguí con nuestro silencioso duelo e hice lo mismo con la polla de Enrique, la cual también vibró como prueba de manifiesta dureza. Sin pensármelo más me la metí en la boca de golpe, mirando de reojo en todo momento lo que hacia la provocativa mujer.

Nuestra amiga, al ver que aceptaba todo y cada uno de sus retos, subió el nivel de la sexual contienda. Con total desparpajo se bajó los hombros del vestido y sacó sus tetas fuera. Sus pechos eran preciosos, grandes sin ser enormes, redondos y totalmente simétricos (Con el tiempo supe que no eran producto de la madre naturaleza, sino del buen hacer de un cirujano con su bisturí).

Acercó los sensuales senos al envarado falo de Nacho. Introdujo aquel en su canal central, y le realizó una masturbación en toda regla, por los suspiros prolongados del muchacho aquello debía de ser de lo más satisfactorio.

Estaba claro que mis recursos ante aquella variedad sexual eran nulos, dando aquel round por perdido tome la iniciativa e hice algo a lo que, supuse, un hombre heterosexual cien por cien como Nacho, no accedería.

Empujé suavemente los glúteos de Enrique un poco hacia arriba, con el único objetivo de tener acceso a ellos. Una vez el enmarañado agujero estuvo a mi alcance me ensalive un dedo y lo acaricie suavemente. Sin dejar de clavar mi mirada en la de mi amiga, posé mi lengua sobre el caliente orificio al tiempo que los primeros bufidos de placer de Enrique llenaban el aire.

Paloma, para mi sorpresa, imitó mi gesto, y por lo que pude intuir por los quejidos de su amante, de manera muy exitosa. Descubrí de golpe y porrazo, que el culo en los hombres era una zona erógena bastante sensible y que la posibilidad de gozar de un beso negro era independiente de que te gustaran las pollas o los coños.

Eché mano de mi ingenio y me dispuse a hacer algo que, consideré, no entraba en los cánones eróticos habituales de un heterosexual. Aunque Enrique era activo, alguna vez que otra me había pedido que le introdujera un dedo en el ojete al tiempo que se la chupaba, así que sin meditarlo mucho embadurne mi índice de saliva y delicadamente fui rompiendo con él las defensas del más que empapado orificio.

Nuestra amiga, sin dejar de masturbar a Nacho, contempló como yo hacía gozar a Enrique. Sin inmutarse echo un pequeño escupitajo en el ano de su amante y posó un dedo sobre él. Jamás olvidaré la imagen de aquella larga uña pintada de rojo clavándose en la peluda entrada. Desconozco si era la primera vez que irrumpían en él o aquel culo ya había sido profanado anteriormente, pero era más que evidente que en los prolongados jadeos que emitió Nacho, el placer enmascaraba por completo al dolor.

Del mismo modo frenético que su agujero era perforado, el joven heterosexual se comenzó a masturbar. Apretaba su verga de un modo tal, que parecía que su glande fuera a estallar como un globo. Emocionado por el espectáculo que se mostraba ante mí, conferí más pasión a mis actos. Por su parte, Enrique se masturbaba con el mismo ímpetu que el amante de Paloma.

Al igual que dos trenes sincronizados, los dos hombres alcanzaron el orgasmo al unísono, una abundante corrida brotó del glande de Enrique, con tanta fuerza que algunas gotas fueron a parar a su camisa.

Nacho estaba hecho todo un semental. Las eyaculaciones de Enrique eran copiosas, pero la del postulante a las pasarelas me pareció muchísimo mayor, lo que pude intuir, por la gran cantidad de semen que resbalaba por el reverso de su mano.

Paloma me volvió a lanzar otra mirada morbosa y mordiéndose la punta de la lengua, mojó sus dedos en el caliente y blanco líquido y, como si fuera un bálsamo, lo extendió por sus senos.

Como estaba claro que yo carecía de unas voluptuosas tetas como las de ella y que pasar la leche de mi chico por mi pecho carecía de cualquier atractivo sensual. Jugué la baza de tener una pareja estable, mojé mis dedos en la mancha de esperma que descansaba sobre la pelvis de Enrique y con una total falta de cautela me los llevé a la boca. Mientras saboreaba aquel manjar de vida muerta, levanté la cabeza con total altanería. Paloma, ante el peligro que entrañaba hacer aquello con un casi desconocido como era Nacho para ella, me miró dándome a entender que era yo quien había ganado la partida.

Nota del autor: Este texto es un extracto (con algunas revisiones) del relato: ¡Cuidado con Paloma!, que fue publicado en mi cuenta el catorce de mayo del dos mil catorce. He decidido darle una nueva oportunidad con este nuevo formato y con un título más sugerente. Espero que si no lo conocías te haya gustado, y si ya lo habías leído, no te haya molestado recordarlo.

Un saludo.

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