El adíos a Malawi y a María

Entramos en el edificio y ante nuestras sorpresa encontramos un cartel en ingles que no sindicaba que había salido a comer.

Agotados y sintiéndonos una mierda, decidimos sentarnos en la acera y esperar. Había pasando más de dos horas cuando una mujer se nos acercó al vernos tan blancos y nos indicó que John, el diplomático británico no solía ir por allí y que el cartel de “he salido a comer” era casi perenne. Hacía meses que no lo retiraban.

Tuvimos la suerte de que la mujer sabía donde vivía y allí nos dirigimos. No sabía porque pero la historia del tal John nos sonaba a todos.

Llegamos a la casa y no vimos signos de vida, entramos con cierta prudencia al jardín ya que la puerta del jardín estaba abierta. El timbre de la casa de la puerta no funcionaba y nadie respondía a nuestros golpes. Dimos una vuelta a la casa para ver si había signos de vida.

Al doblar la última esquina de la casa, la que daba a la parte de atrás, nos quedamos los tres sorprendidos cuando vimos a un joven pelirrojo que sodomizaba con fuerza a una negra algo entrada en kilos y que disfrutaba en silencio las penetraciones del británico. No dijimos nada, simplemente contemplamos la espectáculo que la pareja nos daba.

Ambos se corrieron después de unos minutos sin percatarse de nuestra presencia y solo después de haber descargado sus cojones en el calvo coño negro se dieron cuenta de nuestra presencia.

– what the fuck are you in here in my house? – el británico nos dijo dirigiéndose a nosotros desnudo con la polla aún morcillona.

– Hey tranquilo colega – le dije en español.

– ¿qué coño hacen ustedes en mi casa – me respondió en un muy buen español.

– Sentimos interrumpirle en sus actividades diplomáticas, pero necesitamos su ayuda – dijo Rebeca.

– Lo siento, solo ayudo a turistas británicos, Europeos en caso de peligro, de hecho no se que coño hacen en esta parte del país estando la situación en Mozambique como esta.

– La situación en Mozambique ya esta arreglada. De hecho venimos de allí.

– ¿De Mozambique?

– Si, de allí. Logramos escapar del consulado en Quelimano antes de ser tomado por una partida de rebeldes.

– ¿Había un consulado español en Quelimano?, primera noticia.

– Llevaba abierta pocos meses. El caso es que fuimos capturados por los rebeldes hasta que el golpe se fue abajo. Decidimos cruzar la frontera para comunicar nuestro paradero a las autoridades españolas.

El británico aun siguiendo en pelotas cambió su actitud hacía nosotros. La negra se acercó a nosotros tapándose con un brazo sus grandes pechos que caían sobre su estomago y con la otra mano su oscuro coño. No lograba evitar que se le viese como chorros de blanca lefa le fuesen cayendo por la pierna.

Pusimos al británico al día de nuestra aventuras. El tío no había tenido noticias de nosotros. Nos dirigimos a la delegación británica para desde allí poner al día al Foreign Office y al Ministerio de Asuntos Exteriores Español. No queríamos llamar desde casa por eso del control de comunicaciones por dios sabe quien.

El hijo puta de John se rió con ganas cuando vio una serie de Telex provenientes de Londres en la que hablaban de unos diplomáticos españoles desaparecidos, así como la resolución de golpe de estado en el país vecino. El cabronazo se tomaba menos en serió su curro que nosotros.

Después de hablar con unos y otros, quedamos en que volveríamos a comunicarnos con ellos al día siguiente.

John nos llevó de nuevo a su casa y pidió a gritos a su chacha que preparase la cena para todos. María y Rebeca no se cortaron un pelo y se desnudaron allí mismo y se metieron en la piscina.

Las muy guarras en vez de buscar una ducha se habían metido en la pileta para quitarse la roña además de relajarse. A John le dio igual o al menos eso pareció.

La negra entrada en carnes, la de los grandes pechos apareció con una bandeja llena de comida. El cabronazo del ingles se estaba follando a su asistenta al más puro estilo señorito ingles. Las chicas salieron desnudas de la piscina y se aproximaron a la mesa para empezar a picar. No se molestaron en vestirse.

John despidió a la cocinera. Estaba claro que ya nos había dado suficiente espectáculo por el día como para volver a darnos otro con la negra esa noche.

Cenamos estupendamente, John era un gran anfitrión. Nos puso unas copas e incluso me invitó a un puro habano – regalo de un amigo en la embajada en La Habana – me dijo.

Hablamos un poco de todo y al final el diplomático nos condujo a nuestras habitaciones.

Nos despedimos los cuatro y cada uno entró en su cuarto.

No me había desnudado y metido en la cama cuando María entro. No me podía creer que viniese a follar pasado lo pasado. Ni dos minutos después Rebeca entró. Creo que todos necesitamos hablar, cosa que hicimos durante al menos una hora.

Me di cuenta que o no se habían dado cuenta de lo pasado o lo habían superado muy bien.

Me pidieron dormir conmigo esa noche, cosa que acepté. María se metió en mi cama y Rebeca se despojó de su ropa antes de meterse.

– ya sabéis, no me gusta dormir vestida.

– Si, la que no usa bragas hasta las gomas le hacen llagas – contesté sonriendo.

Me gustaba quedarme dormido con María tocándome la polla, cosa que hizo sin demorarse, de verdad que nunca se me pasó por la cabeza acabar follándome a las dos pero cuando Rebeca clavó sus tetas en mi cuerpo y puso la mano al lado de la de María me di cuenta que aquello no tenía buena pinta.

Ambos empezaron a sobarme mi polla y seguidamente mis huevos. Estas dos chicas no tenían limite. Rebeca desapareció bajo las sabanas y apartando la mano de su amiga se metió mi polla en el boca y empezó a mamarmela con ganas. María salió de la cama, se despojó de sus pantalones de pijama prestados y se puso a en cuclillas sobre mi cara dejando su negro coño a menos de dos dedos de mi boca. Yo saqué mi boca y la pase por todo su clítoris. Empecé a chupar.

María se tocaba las tetas mientras yo chupaba, a su vez Rebeca me mataba de gusto con su lengua asesina. María gimió dando un tremendo grito. Jamás había oído gritar de tal manera a la negra, más tarde me confeso que aquel orgasmo fue liberador para ella.

Rebeca sabía cuando estaba a punto de correrme. Simplemente paró y se subió a mi polla. Las dos jóvenes usaban mi cuerpo con ganas. María restregaba su coño contra mi boca mientras Rebeca empezaba a gemir como una loca.

Llevábamos así como quince minutos y cuando las dos chicas se corrían a la vez la puerta se abrió. Rebeca hizo un gesto a nuestro invitado y le hizo venir. Se apoyó sobre mi pecho y señalando su culo le dejó claro al sajón lo que quería.

A John se me marcaba totalmente su polla bajo el pijama por lo que solo tuvo que tirar de la tela un poco para abajo para que esta saliese como accionada por un resorte. El tío no se lo pensó un segundo, apuntó su pálida polla al ano de mi becaria y sin el menos miramiento se la incrustó hasta los huevos. Rebeca abrió la boca al notar dos pollas clavadas hasta el fondo de su ser y empezó a mover su cadera adelante y atrás para recibir el placer que esperaba de ambas herramientas. A esas alturas para mi no era raro que mi polla chocase contra otra polla dentro del cuerpo de una mujer, ni tan siquiera era extraño que aquella se tratase de la polla de un desconocido. Simplemente disfrutaba y hacía disfrutar.

Aquella noche María se negó a ser penetrada, según nos dijo, las comidas de coño le aliviaban sus escozores provocados por el sobreuso de sus agujeros en el cuartel. Pero una penetración en esas circunstancias eran excesivamente dolorosas.

Nos corrimos yo en la boca de María y John en el culo de Rebeca. El tío llevaba meses sin probar un coño europeo y no soltó el cuerpo de mi becaria hasta que la llenó de lefa.

Dormimos como lirones y no permitimos que ningún despertador interrumpiese nuestro sueño. Desayunamos al mediodía un desayuno puramente británico y a eso de la una los cuatro marchamos a la sede diplomática de su Majestad.

John nos puso al habla con nuestro Ministerio, los cuales nos confesaron estar gratamente sorprendidos por encontrarnos con vida. La prensa nacional les habían machacado durante días con nuestra desaparición.

Evidentemente no pudimos contar la historia completa de nuestras aventuras. Lo adornamos un poco, tal y como habíamos quedado durante el desayuno, responsabilizamos a un fallo en el Telex el no habernos dado por enterados y pedimos discreción sobre las violaciones de las chicas. Por último aplaudimos el trabajo incansable de nuestro anfitrión John Conners y dimos la gracias a todo el mundo sin olvidarnos de nadie.

Nos indicaron que un Hércules de nuestro ejercito iría a recogernos, que saldría en unas horas por lo cual en 14 horas estaríamos en una aeronave española de vuelta a casa.

Nos alegramos mucho de poder acabar con aquello pero no daba pena perder a María quien insistía en regresar a su casa una vez pasado el peligro. En un principio pensamos en pedir al Hércules que la acercase, pero cuando volvimos a la lógica, no dimos cuenta que en el pequeño aeródromo de nuestro pequeño pueblo, un avión de esos no podría aterrizar, y segundo no le podíamos pedir al Ministro de Asuntos Exteriores que presidia el vuelo que íbamos a dar un rodeo para dejar a una amiga.

John amablemente se comprometió a llevarla personalmente de vuelta a casa, lo cual tanto Rebeca como yo, agradecimos.

Cuando salimos de las oficinas británicas, aun teníamos más de 12 horas para la llegada de nuestros salvadores.

Nuestra idea era descansar hasta nuestro traslado al aeropuerto, pero María me pidió que la penetrase por última vez y que Rebeca volviese a apoyar su sexo contra su boca. Realmente habían sido unos meses estupendos juntos, pero me parecía excesiva la propuesta de la chica. Aún así viendo a esa diosa de ébano abierta de piernas mostrándome su coño rojo y pellizcándose los pezones tumbada de una piel de cebra, en el suelo del salón de la casa de John, era suficiente argumento para no hacer preguntas y penetrarla a fondo como a ella le gustaba.

Empecé a bombear y María a poner los ojos en blanco. No tardó Rebeca en unirse a nosotros entrado desnuda corriendo en el salón. Puso sus rodilla a los lados de la cabeza de la negra y bajó su correante coño.

– Perdonar, se la quería chupar a John en agradecimiento antes de irnos y una no puede hacer dos cosas a la vez.

Yo penetraba aquel coño con fuerza, lo iba a echar de menos. Rebeca disfrutaba de su comida de coño y se tocaba los pechos mientras movía su hábil cadera a la caza de la mayor cantidad de lengua posible.

John hacía el ademán de unirse, pero aquel era nuestro momento y ninguno le dio una señal de entrada. Solo cuando me corrí agarrando con fuerza aquellas perfectas tetas, dejé paso al británico que penetró el usado coño sin importarle los desperdicios anteriores.

María no paró de comerle el coño a la española, yo aproveché la coyuntura para introducir mi morcillona polla en la boca de mi becaria. Mi idea original era que la chica me limpiase la minga a fondo, pero viendo el resurgir de mi nabo decidí que no era mala idea dejar a la chica comérmela como marcan los cánones.

Follamos con ansia durante más de una hora, quedando los cuatro tumbados con nuestros cuerpos entrelazados una vez todos nos hubimos corrido.

Nos costó levantarnos, ducharnos y acicalarnos. John nos preparó unos gin tonics y algo de picar.

Partimos hacia el aeródromo a la hora indicada.

El Hércules del ejercito aterrizó puntual. Ninguna autoridad local sabía que en esos momento el ministro de exteriores español descendía por la escalerilla de un avión en su ciudad y hacía los honores, y las fotografías que más tarde entregarían a la prensa.

Nos dio mucha pena dejar a María en Malawi, pero la vida debía de continuar.

Dormimos en el avión toda el trayecto de vuelta a España. En Torrejón nos esperaba el Presidente del Gobierno y demás autoridades. Salimos en todos los telediarios.

Evidentemente el consulado se cerró. Después de un mes de vacaciones yo fui asignado a un nuevo proyecto basado en Madrid. Rebeca fue enviada a nuestra oficina comercial en Paris donde acabó su beca. Me imagino que después de pasarse por la piedra a medía ciudad de la luz. Realmente no lo sé.

……

Pasaron 20 años.

Rebeca era alta directiva de Acción contra el Hambre. Después de Paris se había enrolado en esta ONG, la mayor del mundo, y después de varios años entre África y Sudamérica había vuelto a España donde había ido ascendiendo en puesto y responsabilidades en la organización.

María a su vuelta a Mozambique había sido premiada y usando sus contactos familiares había entrado a trabajar en el Ministerio de Asuntos Exteriores del país. Llevaba desde entonces trabajando en Macuto y en estos momentos era la segunda responsable de la diplomacia de su país.

Por mi parte a mis 50 años, era un experimentado diplomático de carrera. Había trabajado en múltiples países y había tenido cargos de responsabilidad en nuestra diplomacia. En estos momentos era el responsable de Ayuda al Desarrollo, departamento responsable de gestión de las ayudas Españolas a países en desarrollo.

No habíamos perdido el contacto del todo. A Rebeca la veía bastante en distintas reuniones de mi departamento con las principales ONG’s. En la suya sabía de nuestra vieja amistad y en general siempre la mandaban a ella. Por su parte Rebeca había visitado Mozambique al menos una vez cada dos o tres años. Según me contó siempre lograba ver a María y correrse con ella una juerga.

No le presté mucho caso al programa del ministerio para los siguientes meses. Un memorándum que se envía a nivel interno con todas las visitas que oficiales que íbamos a recibir en España. Suficiente tenía con dedicarme a lo mío como para estar pendiente de quien venia o no venia a España.

Un whatsapp entró en mi móvil.

– ¿qué piensas de la visita de María? – me escribió Rebeca.

– ¿perdona? – la verdad es que estaba hasta arriba y no sabía de que Rebeca me hablaba.

– María, la Mozambiqueña. ¿No te has enterado?

– Pues no.

– Pues entérate. El mes que viene. Viaje oficial. Pero vamos a cenar. Apúntate – la verdad es que no sabía como tenía esos días, pero aún así dije que haría lo que pudiese.

A punto de llegar el día recibí un mensaje de móvil en el que Rebeca me dijo que cenaríamos en su casa. Me dio la dirección y la hora.

Había cotilleado en google sobre María y la mujer desde luego que había cambiado.

Llegué a mi hora. Encontré la puerta abierta del portal, por lo que subí al tercero. Llamé a la puerta.

Esperé un poco hasta que oí claramente como alguien llegaba corriendo hasta la puerta y abrió.

– pasa, pasa – me dijo rebeca totalmente desnuda y dándome un rápido beso en los labios – María llego hace un par de horas y hemos empezado sin ti.

– ¿Pero no íbamos a cenar?

– Si, vamos a cenar dos veces, vente. María esta esperándonos.

Entré en un cuarto siguiendo a Rebeca.

María estaba desnuda con los ojos tapados. Sus piernas estaba atadas por sus tobillos a las patas de la cama dejándolas totalmente abiertas. Unas correas la sujetaban de las rodillas desde el somier y le impedían cerrar ni un milímetro las piernas. Sus muñecas estaban atadas al cabecero de la cama.

María había cambiado. Sorprendía ver a la antaño escultural mujer, convertida ahora en una obesa mujer, con unos grandes pechos coronados por un amplió pezón cada uno y que caían sobre los laterales de su cuerpo. Sus piernas y sus brazos era grandes y su cuello se unían en esa posición con su barbilla. Debía de pesar el doble que el día que la despedimos en Malawi. Me sorprendía aquel rojo y brillante coño rodeado por una pelambrera totalmente blanca victima de las canas, así como aquellas marcas en su barriga que le caían desde el ombligo hasta su vello publico fruto de alguna cesárea.

El cuerpo de Rebeca seguía estando de infarto. A sus 45 años y sin hijos, la chica se mantenía cojonudamente bien.

La negra suspiraba.

– No te quedes ahí mirando. Desnúdate y vamos a darle a esta zorra su merecido. Hoy es nuestra noche y la vamos a disfrutar.

Me desnudé, saqué mi polla y se la clavé sin miramientos en aquel coño coronado por aquellos grandes e hinchados labios vaginales. María arqueó su espalda todo lo que sus ataduras le permitieron. Abrió su boca fruto de la sensación recibida justo antes que Rebeca posase su raja sobre ella.

La negra sacó su lengua y le dio un lametazo en aquella húmeda cavidad a lo que la ya no tan joven blanca respondió con un gemido.

Estaba claro que estas dos llevaban tiempo recordando tiempos pretéritos y no habían perdido el tiempo.

Metí mi mano por debajo de mis cojones e introduje un dedo en el culo de mi vieja amante. Estaba claro que la mujer lo usaba con asiduidad, no solo estaba completamente dilatado, sino aceptaba mis dedos sin el más mínimo gesto de molestia.

No me quería correr, ya no era aquel diplomático de 30 años y mi polla no aguantaba tantas guerras como antes. Me la follé durante media hora controlando mucho mi placer para evitar correrme. Cuando aquello era inevitable, y aunque María se lo estaba pasando de fabula y debía de decidir o correrme o cambiar de táctica.

Saqué mi polla del coño de la diplomática y bajando mi cabeza la incrusté en su parrús y empecé a comérmelo con glotonería.

Rebeca que había dado durante todo el encuentro sexual, el ya clásico concierto de gritos de placer, se retiró de la boca de su amiga. Se bajó de la cama y se dirigió a un armario. De él cogió un arnés un tanto especial, del aparato no solo salía una polla de muy gran tamaño, sino que también entraba una de gran polla, del mismo calibre. Por el rabillo del ojo pude ver como Rebe subía una pierna sobre la cama e introducía la polla interior de un golpe en su coño. Cerró los dos cierres en sus caderas y agarrando con la mano polla me apartó la cabeza de la negra entrepierna y metió el mástil de goma hasta el fondo y empezó a bombearla con fuerza. Ambas notaban el movimiento de sus pollas en sus coños y gemían a gritos. María desde luego a menor volumen, como siempre había sido.

Rebeca seguía teniendo un culo de escandalo. Al contrario que a María, los años la habían tratado muy bien. Metí un dedo en su bull, esta tampoco lo tenía en barbecho pues al igual que el de su amiga, aceptó el mismo hasta el fondo sin problemas. Quería penetrarla y no lo dudé. Apunté mi capullo contra ese ojete y empujé.

Metí con cuidado mi apéndice en su culete. La polla de goma ocupaba gran parte de su interior, por lo que tuve que meterla con suavidad.

Rebeca estaba en la gloria, jamás la había visto gritar tanto.

– aggggg, Gustavito, me tienes que venir a visitar más ahora que estoy sin novio – y siguió gimiendo.

Rebeca morreaba con María y le mordía los grandes pezones de la negra.

– morden os mamilos meu amor – gritaba María en portugués presa de la pasión.

Ambas se corrieron tensando su cuerpo casi a la vez. Yo aguanté un poco más pero paré sin correrme. La saqué de su ano y las dejé en éxtasis tumbas una sobre la otra. Solté las correas de María con lo cual la negra abrazo con brazos y piernas a su amiga.

Cuando se separaron ambas se volvieron hacia mi y mi dura polla que aún se alzaba mirando al techo de pie al lado de la cama. Rebeca fue la primera que se la metió en la boca sentándose al borde de la cama, María la imitó y agarrándomela por el tallo, la sacó de la boca de mi exbecaria y se la metió ella en la boca. No había perdido un ápice de habilidad mamadora. Las chicas se iban intercalando polla por huevos, huevos por polla. Me corrí en sus caras después de 10 maravillosos minutos de mamada a la limón. Ambas me sonrían con la cara llena de lefa.

Desnudos los tres nos dirigimos a la cocina a preparar la cena, María revisó su móvil y empezó a gritar.

– Rebeca por Deus, pela a CNN agora, algo aconteceu.

– ¿La CNN?, si seguro que esta entre los canales de la tele que nunca veo –

y cogiendo el mando a distancia y poniendo muy graciosamente su perfecto culo en pompa empezó a buscar canales mientras la oronda negra a su lado esperaba ansiosa.

– el golpe de estado esta siendo un baño de sangre. Las fuerzas rebeldes han tomado el parlamento, el palacio presidencial, todos los ministerios y han ejecutado al presidente del país y la mayoría de los ministros del gobierno. Los rebeldes controlan completamente el país…

FIN.

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