El buen vecino

Cuando llamas a las puertas de Hollywood, lo menos que puedes hacer es estar ahí si te abren. Yo llevaba tiempo llamando insistentemente, y mi agente estaba a puntito de conseguir que me oyeran. ¿Nunca habéis tenido esa agradable sensación de que ha llegado tu momento? A mí me pasó, pero justo cuando mi visado estaba a punto de expirar.

Fue mi agente quien me lo propuso.

– ¿No tienes ningún amigo que esté dispuesto a hacerte ese favor? Ya sabes que yo estoy casado, si no…

– ¡Joder, Adam! ¡Se notaría mucho! Y no, no tengo ningún amigo a quien pedírselo. Todos están casados o comprometidos, y sus novias me matarían. Nos matarían a los dos sólo de pensarlo.

– Pues, chica, es o eso o volver a España, y ya sabes que este papel no va a esperar por ti. Si no estás el día que quieran hacerte la prueba, se la harán a otra.

– Lo sé… lo sé…

Se me ocurrió de repente: el vecino buenorro que siempre andaba buscando chollitos (que no chochitos, que también) domésticos aquí y allá porque, para variar, andaba pelado.

Recordé la tarde que se pasó entera arreglándome la tubería del fregadero a instancias de nuestro casero. Así consiguió aguantar otra semana más sin que lo echara. La verdad es que tenía suerte de que aquel edificio viejo necesitase una chapuza tras otra.

Se embutió bajo el fregadero apenas cubierto con los vaqueros para no mancharse la camiseta, y… madre mía. En un momento dado, me di cuenta de que estaba alelada mirándolo descaradamente, apoyada en la mesa de la cocina con mi café en una mano y el que acababa de ofrecerle en la otra. Él también se dio cuenta al dejar momentáneamente de lado el trabajito, dispuesto a tomarse un relaxing café con leche por cortesía mía.

Me sonrojé a causa de la pillada monumental, y encima él se me acercó con una sonrisa perversa en la cara. Se quedó frente a mí, aguantándome la mirada, diría, pero es que yo era incapaz de sostenérsela. La mirada, digo.

A pesar de que quería apartarme para esconder mi vergüenza en cualquier otra parte del apartamento, el tío se me quedó tan cerca que no me atreví a moverme. Se tomó el café a apenas unos milímetros de mí, y recostada como estaba sobre la mesa de la cocina, su torso desnudo cincelado con pesas y flexiones quedaba a la altura de mis ojos y me pedía a gritos un lengüetazo que rescatase a esa pequeña gotita de sudor indefensa que se perdía camino de… Ufff… Dios bendiga el calor de Los Ángeles en pleno verano.

– Bueno, tal vez mi vecino… Siempre anda pelado de pasta -le dije a Adam.

– Mira a ver, anda, pero date prisa.

– Joder, se va a notar mucho.

– Bueno, eres actriz, ¿no? A poco que el chaval sepa disimular, pasaréis por una pareja de enamorados.

– No sé… Hablaré con él a ver qué opina. A mí me echarían, pero él podría ir a la cárcel por el chanchullo.

– No os va a pasar nada, ya lo verás.

– Es que si nos pillan… para empezar me moriría de vergüenza. Y ya podría ir olvidándome de Hollywood.

– No exageres, mujer. A Hollywood se la sudará todo con tal de que les hagas ganar pasta con sus películas.

– Ya veremos…

Antes de hablar con él, decidí pasar por mi apartamento para cambiarme. Me puse mis vaqueros negros más ceñidos, los cuales me hacían un culo digno de admiración, y rematé con una camiseta corta amplia que me caía por un hombro. Debajo me puse un conjunto sexy en tono fucsia, a juego con las flores del dibujo de la camiseta blanca. Se me veía uno de los tirantes debido a la caída natural de la camiseta, caída casual pero provocativa a la vez. Además, el tanga me asomaba discretamente por detrás en cuanto me inclinaba un poco. Rematé el modelito con unos zapatos negros de tacón. Casar no sé si se querría casar, pero follarme seguro.

Llamé a su puerta, que se hallaba justo al lado de la mía, con unos firmes toques de nudillo. Sentí cómo se acercaba y respiré hondo.

– Hola, vecinita –me dijo juguetón tras abrirme la puerta mientras me miraba de arriba abajo-. ¿Se te ha acabado el azúcar?

– No, se me ha acabado el visado –le susurré-. ¿Puedo pasar un momento?

– Claro.

Se hizo a un lado y me dejó sitio para pasar.

– ¿Qué vas a proponerme? –me preguntó nada más cerrar la puerta-. Supongo que no te has puesto tan sexy para nada.

Se acercó a mí y metió un dedo por mi camiseta mientras terminaba la frase, como pretendiendo remarcar sus palabras, pero sé que quería acariciarme el escote con el dorso del dedo en realidad. Mi piel se erizó ante su contacto. Y mis pezones.

Le propuse la idea, y aceptó, aunque no quiso mi dinero a cambio. Aceptó a cambio de sexo. Dijo que, ya que iba a ser mi marido, quería follarme como tal siempre que quisiera. A mí me pareció bien, como para parecerme mal. Y eso por no decir que yo encantada de la vida.

Mantuvimos durante varios días charlas de horas y horas en las que nos íbamos conociendo un poco más de cara al evidente futuro control de nuestro matrimonio. Los americanos hasta ahí saben sumar: matrimonio repentino días antes de expirarme el visado… Muy listo no había que ser.

Lo único que me extrañó fue que quisiera esperar a la noche de bodas para consumar el acuerdo. No lo tenía por un hombre clásico.

Nos lo tomamos medianamente en serio e invitamos a unos cuantos allegados. Nos lo pasamos genial durante la ceremonia. Nuestros amigos hicieron muy buenas migas entre ellos y resultó divertidísimo el día.

Llegamos sumamente borrachos a la noche, por lo que tuvimos que aplazar la luna de miel hasta el día siguiente, contando con que nos lo permitiera la resaca. Aunque a la hora de la verdad, quien nos aguó la fiesta justo cuando íbamos a entrar en materia, fue el tío que se presentó de improviso a investigar nuestro matrimonio. No me imaginaba que los americanos fueran tan rápidos en estos temas. Supongo que están a la que salta.

Ben (mi recién estrenado marido) acudió desnudo para ver quién llamaba a la puerta. Nos mosqueó sentir que llamaban primero a la mía y a continuación a la suya, donde nos encontrábamos.

– ¿Quién es? –preguntó antes de abrir.

– Me llamo Thomas Johnson. Vengo en representación del Gobierno de los Estados Unidos. Me gustaría hacerles unas preguntas a usted y a su esposa acerca de su matrimonio.

El bruto de Ben le abrió tal cual, tapándose a duras penas el miembro con una mano.

– ¿En qué podemos ayudarle? –le preguntó con guasa.

El pobre hombre se quedó un tanto pillado ante la escena.

– Verá… yo… como el visado de su mujer estaba a punto de expirar… creemos que podría tratarse de un matrimonio de conveniencia… y claro… estamos obligados a investigar.

– Claro. Lo entiendo. Pase. –Se hizo a un lado para que entrara. Gracias a la puerta abierta del dormitorio yo lo estaba viendo todo desde la cama, tapándome con la sábana-. ¡Cariño! ¡Ha venido un señor del gobierno! ¡Tápate! Pase, mi mujer está en el dormitorio.

Ben le abrió camino. A pesar de que me estaba cagando en todo por la vergüenza que me producía la situación, sólo de pensar en la cara que estaría poniendo Thomas al tener que seguir el culo desnudo de Ben me entraba la risa.

No creí que fuese a meterse en el dormitorio, suponiendo como debía que yo estaría igual que mi marido, pero sí que entró tras Ben. Estaba cortadísimo. Más o menos como yo.

– Anoche estábamos demasiado borrachos para consumar el matrimonio…

– ¡Ben! –le grité.

– … así que íbamos a meternos en faena ahora…

– ¡Ben! –ni puto caso.

– … vamos, que nos has pillado en mal momento.

Thomas sonrió tímidamente. Supongo que la escena tenía gracia: Ben con la polla morcillona asomándole entre la mano con la que la cubría, yo roja como un tomate echándole la bronca por su desfachatez apenas tapada con una sábana, y el notario del estado ahí delante para dar fe de todo.

Por si fuera poco, Ben dejó de taparse y me obligó a mí a hacer lo mismo arrebatándome la sábana de un fuerte tirón.

– ¡Beeeeeeen!

Me tapé con las manos como pude.

– Lo siento Thomas, pero voy a tirarme ya a mi mujer, así que, con tu permiso… Por mí puedes quedarte para comprobar si nuestro matrimonio es de verdad o no. Lo único que me importa ahora mismo es metérsela hasta atrás.

A medida que hablaba, su pene iba creciendo e irguiéndose. Esa manía que le entró de querer esperar a la noche de bodas le pasó factura e hizo que lo deseara cada vez más, hasta el punto de que ya le daba igual todo. Bueno, seré realista: yo también llevaba mucho deseándolo, y, por un lado, me moría de vergüenza, pero… por otro lado…

– ¡Ben! ¡No! ¡Ben! –le grité según se tumbó sobre mí-. ¡Ben! ¡Be…!

Como había prometido, me abrió las piernas y me la metió hasta atrás de una rápida estocada, dejándome sin aliento, con la boca abierta y su nombre a medio terminar.

– ¿Has visto, Thomas? –le dijo Ben-. Si le metes la polla, se calla automáticamente, como si se la metieras en la boca, en realidad. Siempre me ha hecho gracia eso.

No tenía ni idea de cómo conocía ese detalle, dado que nunca antes habíamos follado. Supuse que me había escuchado con mi último novio.

Empezó a bombear suavemente, y yo fui recuperando la respiración. De reojo intuía que Thomas seguía allí. No me lo podía creer. Lo miré y entonces Ben me embistió más fuerte, haciéndome gemir. Thomas nos miraba sin pestañear, muy serio. Me fijé en su paquete para comprobar si se estaba empalmando con la situación. Al darse cuenta, él empezó a acariciárselo, aclarándome la respuesta.

Ben me embistió a lo bestia una vez y aguantó así dentro de mí unos segundos, momento que aprovechó para incorporarse un poco y mirarme fijamente a los ojos. Después giró la cabeza para ver si Thomas seguía allí. Estaba cerca del marco de la puerta, de donde no se había atrevido a separarse.

– Pasa, hombre. Y siéntate ahí –le indicó con un movimiento de cabeza la silla que tenía bajo la ventana con vistas a la cama. Thomas obedeció en silencio-. Como verás, me la estoy follando a pelo, pero no es que queramos tener un bebé tan pronto, de hecho, está tomando la píldora. Lo que pasa es que le encanta que se la follen a pelo y que se corran dentro de ella.

Lo miré atónita. Yo no le había dado ese detalle. Volvió a bombear dentro de mí.

– ¿Verdad, cariño? –Me embistió fuerte-. Díselo a este señor. Dile que te gusta que te follen a pelo.

Sus movimientos eran cada vez más rápidos. Me tenía excitadísima.

– Díselo –insistió-. ¡Vamos!

Me estaba torturando para que confesara.

– ¡Sí! ¡Sí! –grité.

– ¿Y sabes qué más le gusta, Thomas?

Se incorporó, saliendo de mí, y me guió un tanto bruscamente para que me pusiera a cuatro patas con las piernas abiertas y la cabeza apoyada en el colchón con los brazos extendidos hacia delante. Era mi postura favorita, pero tampoco se lo había dicho. Me tenía desconcertada por saber tanto de mí.

– Mira: le encanta ofrecer el coñito.

Acto seguido, se puso a practicarme sexo oral. Empecé a sospechar que había oído más de la cuenta cuando follaba con mi ex, ya que eso de que me gustaba ofrecer el coñito me lo había dicho él en alguna ocasión.

Giré la cara hacia Thomas, y vi que se estaba masturbando. Ben no paró hasta que me corrí entre gritos. Entonces, siguió hablando.

– Y hay algo más que le encanta –añadió-. Le gusta mucho ir a locales de intercambio de pareja y que dos tíos se la metan al mismo tiempo. ¿Alguna vez lo has hecho, Thomas?

Eso sí que no podía saberlo por escucharme con mi ex, ya que nunca lo habíamos hecho en casa. Sólo en locales. Estaba deseando preguntarle cómo sabía todo eso, pero estaba tan excitada que no podía ni hablar.

– Acércate, Thomas. Vamos a metérsela los dos a la vez y verás cuánto le gusta. Pero antes coge un condón del primer cajón de la mesita. Lo de follar a pelo es sólo para mí; ventajas de ser el marido.

Thomas prácticamente se abalanzó a coger un condón, perdiendo ropa por el camino. Entretanto, Ben me cogió del brazo para que me levantara de la cama.

– Túmbate a lo ancho, Thomas. Te veo demasiado impaciente, así que será mejor que estés tú debajo.

Se tumbó al borde de la cama con la polla tiesa, ya con el condón puesto. Yo me inserté encima de él y lo cabalgué suavemente unos segundos, saboreándole bien adentro. Después, Ben me posó la mano sobre la nuca y me empujó dulcemente hacia delante. Suavemente, me introdujo el pene dentro de la vagina, y así me follaron los dos a la vez hasta que me corrí por segunda vez. Thomas no pudo más y me acompañó.

Cuando nuestros orgasmos se calmaron, Ben salió de mí y me hizo levantarme hasta que el miembro de Thomas salió también. A continuación, volvió a penetrarme y me sacudió duro para correrse él también.

Tenía a Thomas debajo de mí, mirándome con deseo todavía. Me acerqué más a su cara y nos besamos con intensidad. Comenzó a sobarme los pechos, estrujándolos y jugando traviesamente con los pezones.

– Mastúrbame –le pedí en un hilo de voz.

Volvió a besarme con ímpetu y frotó fuertemente mi clítoris a la vez que Ben estimulaba mi punto G. Así me corrí salvajemente por tercera vez, y en esta ocasión fue Ben quien me acompañó.

Cuando salió de mí, me dejé caer exhausta sobre la cama. Lo único que podía hacer era respirar, y eso a duras penas.

– Bien, me ha quedado claro que vuestro matrimonio va en serio –dijo Thomas al fin con una sonrisa traviesa en la cara-. ¿A qué local de intercambio vais?

Ben me miró. Según parecía, era el único detalle de mi vida sexual que se le escapaba.

– Al Harriet’s –le contesté.

– Lo buscaré. Espero veros allí para las siguientes entrevistas de rigor. A ver si os pensabais que con una bastaría.

Mostraba una sonrisa radiante.

– Allí estaremos –dijo Ben.

Thomas se vistió y se marchó, dejándonos a solas a Ben y a mí.

– ¿Cómo sabías todo eso sobre lo que me gusta? –le pregunté al fin.

– ¿Recuerdas aquella vez que os pillé a tu novio y a ti en el pasillo? Él te estaba masturbando cuando os saludé. Ni siquiera me habíais oído llegar.

– ¡Ah! Sí…

Como para olvidarme de aquello. Menuda vergüenza…

– Tú abriste corriendo la puerta –siguió-, y, con el calentón, no os disteis cuenta de que quedó mal cerrada. Disfruté mucho viendo cómo te pedía que le ofrecieras el coñito mientras comentaba la jugada de lo que acababais de hacer en el otro sitio. A ese tío le encantaba decirte al oído lo mucho que te gustaba esto o lo otro, ¿verdad? Debería darle las gracias por la tremenda corrida de aquel día. Y por esta. Por cierto, deberías limpiar el jarrón de tu entrada por dentro. Esa noche no pillé otra cosa a mano…

Reí con ganas. Sí, deberíamos darle las gracias.

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