El chico del gimnasio

Era uno de esos lunes agotadores que no terminan nunca, hacia las 8 de la noche, como cada semana, me dirigía hacia el gimnasio junto a una amiga, T. Digamos que la amistad con T era algo bastante especial, ya que manteníamos una “competición sin ganadores”, la cual consistía básicamente en contar durante esos paseos desde el punto de quedada al gimnasio a cuántos tíos habíamos conseguido follarnos desde el lunes anterior, y por supuesto a los que nos íbamos a tirar. Era una competición bastante divertida en la que yo perdía de paliza, no porque no follara lo suficiente (para mí 2 tíos diferentes en una semana era un puntazo) si no porque T siempre conseguía embaucar de alguna manera a 1 o 2 más que yo. No me preocupaba la verdad, pero debo admitir que me encantaba escuchar sus historias y los detalles sobre ellas, las cuales no voy a negar me provocaban cierta envidia.

Recuerdo que justo al abrir la puerta del gimnasio ya se podía respirar el olor a sudor y a cuerpos calientes chocando unos con otros, no se podía esperar menos al ser un deporte de contacto. Entramos al vestuario a cambiarnos la ropa por el equipamiento mientras T me contaba la historia del chico al que se había follado por la mañana, no pude reprimir un escalofrío recorriendo la espalda llegado cierto punto, ella debió notarlo porque se echó a reir mientras me proponía cosas indecentes en tono divertido. Me eché a reir mientras la reprendaba por decir esas cosas, cogimos las vendas para las manos, salimos del vestuario y recorrimos el pasillito hasta llegar al tatami.

Seguimos hablando sobre cosas de clase mientras calentábamos, hablamos sobre qué tíos nos parecían más follables del gimnasio, los más guapos y los menos agraciados, fue en ese momento cuando entraron dos chicos nuevos acompañados por el entrenador. Me quedé embobada mirando a uno de ellos, no estaba musculado como los demás tíos del gimnasio, pero era ancho de torso, con unos brazos también bastante grandes y, al parecer, bastante fuertes, las piernas si estaban definidas, tenía el pelo negro corto y cara de niño bueno. Tendría unos veintitantos, yo ni si quiera sobrepasaba los dieciocho, pero después de que T me diera un toque de atención volví a la realidad, dejé de mirarlo con cara de acosadora y se me escapó un pensamiento en voz alta “T, quiero follarme a ese tío”. T se echó a reir a carcajadas al oírme decir eso, como si supiera que lo había dicho de manera inconsciente, me susurró que ni de coña, ¿cómo iba a tirarme a un tío que me sacaba no sé cuántos años y al que veía todos los días?, era una locura, pero viéndole yo deseaba estar loca.

Después del calentamiento y de que el entrenador les enseñara lo básico a los nuevos nos llamó a T y a mí para decirnos que éramos las encargadas de enseñarles a encajar golpes, ¡dioses, tenía que pegarme con aquél adonis al que me había follado cuatro veces en mi mente durante el calentamiento! T y yo no pudimos evitar reírnos ante la ironía de la situación, mientras él y su compañero nos miraban desconcertados. T cogió al otro chico nuevo dejándome a mí con el susodicho, la maldecí en mi mente, pero en el fondo sabía que lo que más me apetecía era pegarme a aquel chico de todas las maneras posibles. Durante el entrenamiento no le pasé ni una al pobre chico, cada oportunidad que tenía de encajarle un golpe la aprovechaba, durante la hora y media de entrenamiento el chico fue haciéndose más hábil, a pesar de lo que pudiera parecer por su físico, tenía mucha fuerza, yo no dejaba de imaginarme esos brazos cogiendome para empotrarme contra una pared. El no paraba de bromear diciendo que si fuera a otra cosa no se iba a contener, y que si a la salida me iba a enterar de lo que era bueno….Al acabar la que tuvo que contenerse fui yo para no masturbarme pensando en él en las duchas.

Después de la ducha de agua fría para bajar mi temperatura salí con T a la puerta del gimnasio, estaba tan congelada que empecé a tiritar. Entonces salió él, al verme así me pregunto que si estaba bien, le respondí de mala manera que a él qué le parecia a lo que respondió que si quería que me diera calor, tuve que reprimir a mi subconsciente de decir en voz alta que suficiente calor me había dado ya dentro del gimnasio. Estuvimos un rato hablando, no recuerdo ni lo que dije porque mi mente estaba ocupada follandoselo repetidas veces en diferentes formas, al final T se cansó de esperar y propuso irónicamente que si queríamos seguir hablando que lo hiciéramos en su casa. Debió ser una ironía tan velada que él aceptó inmediatamente, aunque yo no podía creermelo. Aún flipando intercambiamos números y quedamos pocos días después en su casa. Debo añadir que en muchos de los mensajes el tono era muy subido, por lo que no sabía que esperarme de él cuando estuviéramos a solas. Una de las noches la conversación subió tanto de tono que terminé masturbándose dos veces pensando en todo lo que quería hacerle.

Llegó el día de ir a su casa, serían las tres de la tarde más o menos cuando llegué allí, el me recibió en bata, cosa que me sorprendió bastante, pero más aún me sorprendió cuando me dijo entre risas que no llevaba nada debajo porque le había pillado saliendo de la ducha. No sabía donde meterme, mis mejillas estaban ardiendo y comprendi que me había puesto roja como un tomate. El chico se dio cuenta y se disculpó, me acompañó hasta el salón y se escabulló a su habitación para ponerse algo de ropa. Aunque en realidad a mi lo que me apetecía era arrancársela.

Estuvimos un rato hablando de varias cosas sin importancia, y no se como terminamos tonteando mientras la conversación subía de tono. Llegamos a cierto punto en la conversación que decidimos jugar a un juego, cada uno tenía que ponerle a otro una prueba, y si no la superaba debía quitarse una prenda. Yo empecé muy tímida poniendo pruebas que rozaban lo absurdo, sin embargo el empezó fuerte, y en pocos minutos lo único que me quedaba eran las bragas y la camiseta, mientras el sólo se había despojado de los calcetines. Aunque la camiseta era lo suficientemente ancha para taparme hasta la mitad del culo no podía dejar de bajarmela más y más, y cada vez que lo hacia el se reía mientras me decía que parará. Perdí otra prueba más y me quedé sólo con la camiseta, él cabe añadir que seguía invicto. A la siguiente prueba falle miserablemente y me tocaba quitarme la camiseta, pero la vergüenza hizo que me negara en rotundo, a lo que el respondió que si no me la quitaba yo me la quitaría el. Y antes de que pudiera negarme le tenía encima quitándome la camiseta, lo consiguió sin mucha dificultad y la tiro lejos para que no pudiera taparme. Estaba completamente roja, esa situación hacía que me empezará a mojar más y más viendo como el me miraba lascivamente el cuerpo desnudo, cada vez que intentaba taparme el me quitaba las manos. Me encantaba la forma en la que me miraba, como también me encantaba ver como el bulto de su pantalón iba creciendo más y más. Se levantó del sofá y me miró, cogió mi mano, me levantó y me llevó a una especie de colchón a ras de suelo al lado de la ventana del salón. La única luz que entraba era la luz natural proveniente de la calle a través del gran ventanal, entonces se tumbó y me tumbó a mi encima. “Hazme lo que quieras” me dijo, pero la verdad es que no sabía que hacer, después de tantas cosas que me había imaginado en mi mente que hacerle no sabía que hacer! Viendo que no sabía que hacer empezó el, me agarró de la nuca mientras me empezó a besar, su lengua no dejó ni un rincón en mi boca sin recorrer. Yo no paraba de mojarme y a el parecía que le iba a estallar el pantalón.

Tenía mi entrepierna encima de su ereccion, y no podía parar de frotarme con ella. No pude aguantar más y baje desesperadamente a su entrepierna, le desabroche el pantalón, le acaricié por encima de los bóxer, pase la lengua por encima, la quería dentro, dentro de cualquiera de mis orificios percutiéndome, aparté el calzoncillo, empecé a chupársela con más ansias de las que nunca había tenido por comerme una polla. Me agarró del pelo, sentí como tiraba de él, como su polla llegaba hasta mi campanilla, sentía arcadas y la volvía a sacar. Cuando la sacó completamente estaba tan llena de saliva que chorreaba, chorreaba por las comisuras de mi boca y acababa en mis tetas formando dos finas líneas por el entreteto , bajando hasta la punta de mis pezones duros. No podía apartar la mirada de sus ojos, me miraba lascivamente. Con sólo una mirada me hacía comprender que era su sumisa, y eso me ponía perra…

Me dijo que me pusiera boca arriba, apartó suavemente cada pierna hacia un lado, dejando mi chorreante sexo al descubierto. Entonces empezó a comérmelo mientras me masturbaba, no podía dejar de gemir, chillar, jadear, estaba en puro éxtasis. Cada vez que pasaba la lengua por encima de mi clítoris mis piernas temblaban y la espalda se me arqueaba. Durante unos quince minutos estuvo haciéndome gemir sólo con su lengua y sus dedos, me corrí tres o cuatro veces, dejando empapadas las sábanas, descargué tanto que caló hasta el colchón. Nunca hasta ese momento supe que podía hacer squirting, al principio me sonrojé mucho, pero la cara de él era de satisfacción total, y eso me hizo querer más de él.

Me ordenó ponerme a cuatro patas, me recogió todo el pelo con una sola mano y empezó a sobarme los cachetes del culo, primero el derecho y luego el izquierdo, pasando la mano suavemente por encima mientras con la otra mano tiraba del pelo, me susurraba al oído todas las cosas que tenía pensado hacerme si me dejaba, sin embargo yo sólo sabía decirle que si a todo, gimiendo. Se acercó a morderme el cuello, aproximó su erección a mi culo y empezó a frotarse contra él. Esto tuvo un efecto inmediato en mí, que no pude resistir pegarme más, hacer movimientos con el culo, chorrearle el miembro entero pasando mi sexo por el suyo. Al notar eso me dio un azote, el dolor se mezclaba con el placer de forma que nunca hubiese imaginado. Quería otro, y otro detrás de ese. Volvió a hacerlo después de acariciarme, primero me acariciaba suavemente el cachete para acto seguido azotarme. Me volvía loca, solo quería que me follara, que dejara de dejarme con las ganas de él.

Mis gemidos debieron de dejar claro lo que quería porque puso su miembro justo a la entrada de mi vagina, estaba tan caliente… Entonces la noté entera dentro, no se había molestado en meterla poco a poco, si no que lo había hecho de una, hasta el fondo. Sentí un dolor intenso en el bajo vientre, que se fue disipando a medida que me penetraba, la sacaba y la volvía a meter del tirón, en ese momento raro era que los vecinos no oyeran como gemía a gritos, gemía como una gata en celo, con cada embestida yo hacía más fuerza para meterla más adentro.

Fue acelerando el ritmo, de pausado a más rápido, sin llegar hasta el fondo, me agarró del cuello con una mano desde atrás que me dejaba casi sin aire, y con la otra empezó a hacer presión en mi ano. En ese momento creí ver las estrellas, no sé si por la falta de aire que hizo mis gemidos más silenciosos, o por la presencia de ese dedo pulgar presionando la entrada a mi culo. No sé por qué en ese momento quise que me metiera uno o dos dedos en el culo, nunca me habían desvirgado el ano, pero lo quería, lo quería con tantas ansias… Era tanto el placer que volví a correrme con él dentro, las paredes de mi vagina se contraían y relajaban, pareció gustarle la sensación porque me premió con otro azote más fuerte que los demás.

Después de ese momento de éxtasis, nada más terminar la sacó, quise gritar que no, pero volvió a agarrarme del pelo, obligándome a poner la boca justo en su glande, y se corrió. Notaba como el semen caliente resbalaba sobre mis labios, el pecho, el vientre, se derramaba sobre la cama, mi primer instinto fue metérmelo en la boca para que no se cayera más, quería tragármelo todo, y él me complació metiéndomela hasta el fondo y descargando lo que faltaba. El semen caliente bajaba por mi garganta, incluso me gustó el sabor, quería más… Seguía erecto cuando sacó su pene de mi boca, lo cogí con una mano y relamí el resto mientras miraba su cara de satisfacción. Cuando estuvo limpio volvió a cogerme del cuello para levantarme y ponerme a la altura de su boca, me dio un morreo que me dejó casi sin aliento, para acto seguido decirme que era muy sucia, mientras sonreía susurró que en cinco minutos me quería en la ducha…

Quien iba a decir que mi cuerpo podría soportar otro asalto con esa bestia.

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