El chico del tren

A las 7:30 de la mañana cogí el tren (medio dormido) para ir a trabajar. Mi rutinario trayecto consta de 40 minutos de tren cada mañana en la que suelo escuchar música acurrucado en un asiento, cerrando los ojos a ratos; aunque, ese lunes los mantuve bien abiertos.

Entré al primer vagón (que suele estar más vacío) después de tirar mi cigarrillo a medias. Al entrar repasé con la vista el vagón, en busca del mejor sitio para sentar-se. Me senté solo en un compartimento, con los pies estirados en el asiento de delante. A los pocos segundos levanté la vista: un chico alto, de pelo rubio, muy guapo se sentó en el asiento colindante a mis pies. Llevaba unos shorts y una camiseta imperio gris que se ceñía a sus músculos de forma perfecta. Quizás debido a que me quedé un buen rato repasándolo con la mirada, casi babeando, me echó una descarada sonrisa que hacía irradiar su rostro indescriptiblemente.

Yo bajé la vista a mi móvil con cierto disimulo, un poco avergonzado. El tren ya había arrancado y cada segundo que pasaba allí parecía una hora, finalmente, también estiró sus piernas en el asiento de mi izquierda mientras me miraba fijamente. Aunque me sentía realmente intimidado por su mirada, más que por su presencia, me atreví a mirar-lo por segunda vez. Nuestras miradas se encontraron unos segundos hasta que esbozó una sonrisa en sus labios perfectamente proporcionados, sonrisa que devolví con rapidez.

A penas llevábamos quince minutos de trayecto cuando él deslizó su mano derecha por sus pectorales y descendió con mucha gracia hasta su fornido abdomen mientras me echaba miraditas que notaba aunque no viese. De ahí fue bajando hasta encontrar el botón de sus pantalones, que desabrochó sin rodeos. Acto seguido, su mano se introdujo lentamente dentro de sus calzoncillos, para mi sorpresa. Obviamente, no pude evitar mirarlo entonces y sonreírle con nerviosismo.

Entendió mi mirada como una aprobación a lo que haría acto seguido: volteó la cabeza hacia atrás para comprobar que no había nadie y con la otra mano sujetó el bóxer y el pantalón mientras liberaba su chorra de toda protección.

Debo admitir que a lo largo de toda mi vida he visto pollas de todos tamaños, colores y gustos… pero, esa en especial, era la más apetecible que había visto en mi vida.

Con una sola mirada, ambos llegamos a la conclusión de que era entonces cuando yo entraba a formar parte del espectáculo. Con muchos miramientos y reprobaciones morales internas, bajé las piernas al suelo y me estiré hasta su miembro, el cual agarré con una mano.

Empecé a masturbarle lentamente, palpando cada centímetro de su herramienta con mucho deleite; aunque no tardaría mucho en llegar al siguiente nivel, que suponía un extra de placer para ambos.

Sin ya importarme la gente ni el mundo en general, me incliné aún más y me lo metí en la boca. Me invadió un sabor salado y un calorcillo que, en un movimiento, se propagó a mi garganta. Mientras chupaba con cierto entusiasmo su pene, echaba esporádicas miradas hacia arriba, su rostro expresaba una sola cosa: placer.

Poco a poco fui incrementando el ritmo, causando agitaciones en su entrecortada respiración, hasta que con una mano me hizo parar. En ese momento pensé ¿Habré hecho algo mal?

Con un simple gesto de cabeza entendí de que se trataba: quería devolverme el favor “antes de que el tren llegara a su parada”… Me recline sorprendido y empecé a desabrocharme el pantalón reprimiendo mis impulsos de prudencia. Cuando iba a sacar mi polla (entonces “morcillona”) de mi bóxer, él me detuvo y con esa misma mano empezó a frotarme el paquete. No podía estar más cachondo, hasta que de un estirón me la sacó y engulló sin más preámbulos.

Quizás advertidos por lo que podría estar ocurriendo allí, ninguno de los que subió al vagón se aproximaba a nuestra zona, lo cual le permitió seguir con su majestuoso trabajo. Su lengua se fundía con mi tranca, en un ir y venir de lametazos que me hacían estremecerme… Cada vez estaba más cerca: tanto del orgasmo como de mi parada. Con una de mis manos intenté advertirle que me correría pronto, aunque eso no parecía preocuparle mucho. El resultado de una semana a dos velas llenó su boca en apenas tres espasmos, a la vez que una voz anunciaba “Propera parada: Barcelona Sants”. Después de dejar que relamiera los restos que quedaban en mi abdomen, tuve que ponerme presentable con cierta prisa, mientras el tren aminoraba la marcha.

Probablemente no tuve valor suficiente para pedirle su número, o quizás no era lo más apropiado; pero no pude evitar levantarle la cara cabizbaja apoyándome en su barbilla y plantarle un buen morreo que correspondió con creces, antes de salir con prisas por la puerta del vagón que amenazaba con cerrarse.

Tengo que admitir, que de camino al curro no pude evitar olisquear en un par de ocasiones mis labios humedecidos con su saliva, lo cual me hacía sentir ligeramente culpable por haberlo dejado a medias…

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