El congreso: el primer día.

La verdad apenas estaba prestando atención al ponente. Solo recordaba las palabras de Luis… “Es como el viejo león sin dientes… necesito sentir la sensación de volver a cazar… de sentirme joven otra vez”…

Ni siquiera sabía si Luis lo decía de verdad o solo lo pensaba. Solo que en esa conversación con su amigote, fanfarroneando, chuleando, presumiendo de “hacérselo” parecía tan real…

Por primera vez en mi vida me lo planteé. Luis, mi marido, podía estar engañándome, podía no serme fiel. Es más seguramente no lo era.

Y el ponente dale que te pego. Y sin poder quitármelo de la cabeza. Y acababa de empezar el congreso. Uf. Menudos cuatro días me esperaban.

A la salida terminamos todos en el Hall del Hotel. Charlas animadas. Presentaciones… Necesitaba despejarme. Y aparecí, no sé cómo, en medio de grupo en el que no conocía a nadie. Mejor.

Amable. Simpático. Atractivo. Silencioso. Apenas hablaba, aunque tenía una voz muy bonita. Si, madurito, con su pelo canoso, gris, impecablemente trajeado. Un compañero más. Y ese aroma que me era familiar, que en cierto modo me recordaba a Luis. No a Luis exactamente no, a la oficina de Luis.

Subimos riendo en el ascensor. No, no había bebido. No puedo culpar al alcohol.

Y me vi en su habitación. Tan solo era entrar un segundo. Coger una cosa y salir. Directamente no me invitó a entrar, podía esperarle en la puerta si quería, pero entré con él.

Me rodeó. Me besó. No, no me besó, no. Me morreó. Y no aparté la boca ni le puse freno. Así, tal cual lo cuento. Ni palabras, ni preliminares, ni nada de nada. Directo al grano.

Sus manos recorrieron mi espalda hasta las nalgas. Y visto y no visto. Mis senos estaban aprisionados por sus manos. Apretados. Estrujados con decisión. Reposando en la palma de sus manos. Sopesándolos. Rodeándolos. Mirándome a los ojos. Inexpresivo. Silencioso. Seguro de sí mismo.

Miré hacia abajo. Los pezones destacaban bajo la blusa. Esto no está bien, pensaba, desde luego que no. Estaba casada con Luis y…

Y de repente, mis pechos estaban desnudos. ¿Cuándo me soltó los botones de la blusa? ¿Cuándo me les sacó del sujetador?

Flotaba en una nube. Perdí la noción del tiempo y del espacio.

Me veo reflejada en el cristal del balcón. De rodillas, y apoyada en la cama con las manos. A cuatro patas. Siento mis pechos colgar. No soy consciente de que me haya colocado así.

Mi falda está remangada, subida sobre la cadera. Mis bragas en la mitad del muslo. .

No digo nada. Sé lo que va a pasar.

Noto como la coloca en mi entrada. Separa un poco los labios de mi sexo. Busca el orificio.

¡Dios mío!

Un empujón violento. Potente. Ha entrado en mí abriéndome bruscamente. Duele. Está todo dentro. De una sola vez. Me ha hecho gritar. Me tiene sujeta por las caderas.

Sus penetraciones son rudas. Fuertes. Violentas. No es suave. Es duro. Inesperado. Pero con un ritmo acompasado. Como si fueran espasmos o latidos. Noto como se bambolean mis pechos con cada una de sus embestidas. Y cada empujón, me arranca un jadeo, un gemido.

Sí, me oigo a mí misma jadear. Ya no me duele el sexo. Todo lo contrario. Ahora la noto entrar dentro de mí con una facilidad tremenda. Resbala. Y cada vez que entra, un escalofrió me recorre entera. Estoy gimiendo.

Oigo el plas, plas de los cuerpos al chocar. Un azote. Pica. No duele. Ha sonado pero no duele. No me desagrada.

Y ese hormigueo. Los brazos me tiemblan. Me falta el aire. Suspiro. Jadeo. Gimoteo. Cada vez más alto. Chillo.

Su ritmo es más rápido. Me está poseyendo. Me está montando como a una yegua. Es lo que dicen las películas… Y yo soy su yegua.

Espasmos de placer me dominan. No me sostengo. Tengo que caer de bruces sobre la cama. Él me sigue. Me aplasta mientras, me penetra profundamente.

Me gira. Me da la vuelta en el aire. Veo volar mis bragas. Están rasgadas. No se tumba, se tira encima de mí. Mete las manos bajo mis rodillas y me separa las piernas. Completamente abierta para él. Entregada. Vergonzosamente expuesta. Me mira. Sus ojos están cargados de lujuria.

Vuelve a entrar en mí. No puedo evitar chillar. Me arqueo al recibirle. Es una descarga eléctrica. Un espasmo completo. Todo mi cuerpo tiembla. Quiero ese pene. Necesito ese pene.

Es fuerte. Me besa con ansia. Me mima a veces. Otras sus manos me acarician tan fuerte que es como si quisiera arrancarme la piel. Me penetra. No para. No se detiene. Me empuja. Como con saña. Presiona más y más. Queriendo entrar dentro de mí. Traspasarme. A veces noto como sus testículos chocan contra mi vagina. Parece como si nunca se lo hubiera hecho a una mujer. Aunque sé que no es cierto. Que lo debe haber hecho miles de veces… pero aun así, lo hace con ganas, con pasión, con verdadero deseo…

Noto como dentro de mí su pene se endurece. No tomo nada. Me puede dejar…. ¡¡¡No!!!… Un grito sale de mi garganta. Incontrolable. Pero no grito pidiéndole que pare, todo lo contrario, quiero que siga, que eyacule dentro de mi si quiere. Tiemblo.

Me penetra intensamente. Profundamente. Y jadea. Grita. No, más bien gruñe… Está eyaculando en mi interior.

Luego la calma. Las respiraciones agitadas que se van calmando. Me siento llena. Repleta. Una especie de letargo. Como de duermevela.

No se cuánto tiempo llevo tumbada de bruces. Medio desnuda. Mis nalgas y mi sexo aún siguen al aire. Se ha ido al baño.

Aun noto el cosquilleo. Acaban de follarme. Acaban de echarme un polvo bestial.

He sido infiel a Luis. Por primera vez en mi vida le he engañado. Y no me importa. No me siento culpable.

Me desnudo de todo. Tiro la ropa más bien. Me meto en la bañera… No. Prefiero una ducha. Mi sexo está irritado… que bobadas. Mi coño está al rojo vivo, no tengo porque seguir siendo una cursi, pienso en voz alta… Soy una tía a la que acaban de joder, a la que acaban de cepillarse… y muy bien por cierto…

Y acaban de correrse en su interior… veo cómo sale semen de mi coño. Un poco rezuma aun.

Y no me siento mal… sigo con esos espasmos, con esos temblores… y al tocarme…Ha sido un segundo. Solo un segundo pero es suficiente. No puedo apartar la mano.

Si esto no lo hacía desde que tenía 15 años… desde aquella vez que lo hice por probar y me dio tanta vergüenza que no volví a repetirlo…

Me veo en el espejo. Mis pechos bailan. No, mejor dicho, mis tetas tiemblan. Aunque ya estén algo caídas. Y no me veo gorda. Sí, tengo barriguita. Pero no estoy tan gorda como para no atraer a un hombre, como para no despertar en él su pasión. Mi celulitis ha desaparecido. Me veo atractiva. Soy una tía follable, apetecible… Es lo que dice Luis a sus amigotes cuando ve a alguna de mis amigas. Y por lo que acaban de hacerme debo seguir siendo muy apetecible.

Me he vuelto a sentir mujer. He vuelto a sentir el ansia de cuando era adolescente y me moría cada vez que un chico me tocaba. Y a este no le ha importado nada de lo que a veces me dice Luis:. Ni mi tripita de cuarentona, ni mi celulitis, ni siquiera que tenga “demasiado vello en el pubis”… Nada. No le ha importado nada. Me ha poseído. Y me ha hecho gozar como hacía año que no disfrutaba.

En cierto modo comienzo a entender eso que dice Luis, lo de volver a sentirse joven, un viejo león que aún conserva sus dientes…

Sí, ya sé que solo es sexo, que no le importo, que estoy casada. Pecado. Adultera. Infiel. Hasta puta si quieres. Conozco de sobra esas palabras. Me da igual. Solo puedo decir que he sentido pasión, deseo… y la no apatía ni la desgana con que me lo hace muchas veces Luis.

Me meto con él en la cama.

Me despierto y miro de reojo el reloj. Estoy agotada. Son casi las ocho. Hora de ir al congreso o por lo menos de empezar a levantarme… No pude. Estaba allí durmiendo a mi lado. No me lo pidió. Fue ver sus enormes testículos y tuve que lamerlos. El pene no. Sus testículos. No sé por qué me llamaban tanto la atención. No me había pasado nunca con ningún hombre.

Se despertó sonriendo a medida que su polla revivía.

-. Déjame mear… no seas ansiosa…

No esperé a que volviera. Bien pensado yo también tenía ganas.

Mientras se lavaba las manos me abracé a él por detrás. Quería sentir su calor.

-. Ummm… ronroneé… este ambientador es como el que tiene a veces mi marido en la oficina.

Me miró como diciendo ¿pero qué dice esta tía?. Es igual, cosas mías.

Cambiamos el orden. Ahora me tocaba lavarme a mí las manos y él se puso detrás. Sentía su aparato duro, tieso en mi espalda, justo encima de mis nalgas. Metió las manos bajo mis hombros y me agarró los pechos. Vi en el espejo como me los magreaba, cómo jugaba con mis pezones, cómo se excitaban y ponían de punta. Es divertido.

Como si no me importara lo que estaba haciendo conmigo, miraba sus cosas… la maquinilla de afeitar… el peine… su cepillo de dientes… las colonias… y ese botecito con los colorines tan llamativos.

Fue bajando la mano por mi estómago, por la tripa de cuarentona que según Luis estaba echando. Metió la mano entre las piernas… Nada más sentir sus dedos me derretí. Tuve que cerrar los ojos y jadear.

Me giró sin dejar de masturbarme. Metió sus dedos. Estaba ya a punto de alcanzar el orgasmo.

-. Joder… estás calada. Uffffff tienes el coño encharcado… ¿de ahora o de la corrida de ayer?…

No respondí, solo jadeaba. Y temblaba con sus caricias. Los dos sabíamos perfectamente qué eran esos fluidos.

Sacó los dedos y me les dio a oler… Olía a semen… era su semen. Me hizo lamerlos…

Me apretó aún más contra él. Sentía su pene en mi estómago. Me iba a volver a hacer suya. Y yo lo estaba deseando. Su mano se apoderó de mis nalgas. Clavo en ellas sus dedos. Luego, su dedo resbaló entre ellas. Y se colocó encima de mi ano, justo sobre mi esfínter. Un escalofrío. Un gemido cuando empujó un poco.

-. No lo hecho por ahí…

No sé si me lo iba a preguntar o no, pero me anticipé. Nada más. Al decírselo sabía perfectamente que iba a querer estrenar esa vía. Y yo que la estrenase claro.

-. Vete a la cama y espérame.

Volvió del baño. Yo estaba tumbada de frente… con las piernas separadas. Le vi con el tubo de colorines en la mano. Me dijo que era de vaselina. Abrió el botecito. Un aroma intenso, pegajoso, empalagoso, dulce, inundó la habitación.

Y otra vez vino a mi ese el olor. Él dijo que lo que traía era vaselina. En ese momento lo supe. Bueno más bien lo confirmé. Era el extraño olor de algunas noches de Luis. Y no era el “ambientador” de la oficina… Ahora sabía lo que era. Y ya solo pude pensar en Luis. Y recodar su voz de fanfarrón cuando hablaba con sus amigotes de Roció, su secretaria… de lo del león viejo y sin dientes… El muy hijo de puta no solo se estaba acostando con ella, hacía de todo.

Su pene rígido me apuntaba. Le fue untando.

Por un momento me imaginé la escena. Presentarme en la oficina cuando Luis estuviera con Rocío. “Hola… mira os traigo este regalito… Y Rocío como siempre tan educada y cumplidora… no si no tenía que haberse molestado… no es nada bonita… solo un poco de perfume”… Y ver la cara que pondrían los dos… pagaría millones…

Sonreí. Me estaba mirando. Seguramente interpretó mi sonrisa de otra forma.

Date la vuelta. Me colocó de bruces. Un par de azotes. Uno en cada nalga. Estaba algo fría. Noté como extendía esa crema alrededor de mi esfínter. Metió el dedo empujando el lubricante. Agarré con fuerza la almohada. Como él me dijo. La mordí. Repitió la operación. Más lubricante. El dedo entró más profundamente.

Se subió a la cama y me abrió las piernas un poco. Sus rodillas en medio. Se tumbó encima de mí. Todo su peso en mi espalda. Luego sus manos separaron mis nalgas. La noté en mi entrada. Una presión que empujaba.

-. Ahora si vas a morder la almohada… Voy a romperte el culo so puta, me dijo susurrando al oído….

Su voz sonó lasciva. Morbosa. Dominante. Su humillante insulto me excitó.

-. ¿A todas nos llamas putas?, le pregunté jadeando.

-. No… solo a las zorras casadas como tú… ¿te molesta?

No le contesté. Si así se lo hacía a las otras, si así se las follaba y las llamaba putas, me daba igual. En ese instante yo quería lo mismo, quería ser su puta…. Y que me lo llamara.

-.Sigue, hazme lo que quieras… dime lo que quieras… llámame puta… o lo que te apetezca…. Y lo dije. Pero lo dije de verdad. Jamás me he entregado tanto ni he sido tan sincera con un hombre: Soy tuya.

Sabía perfectamente que en cuanto entrara en mí, nada volvería a ser igual. Ya no sería más de Luis, mi marido. Sí, me acostaría con él, pero ya no sería su mujer…

Y sin avisar, su polla entró en mi recto. De un solo golpe. Entera. Un dolor profundo, intenso. Agudo. Un latigazo. Todo mi cuerpo se tensó, se convulsionó. Ahogué un grito mordiendo la almohada con todas mis fuerzas.

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