El hermano de mi amigo

Quiero contar algo que me ocurrió hace muchos años, pero que aún me excito cuando me acuerdo de aquellos hechos ocurridos cuando todavía estudiaba el bachillerato.

Yo de jovencito siempre fui muy fino y poca cosa, delgadito, con cara de niña, para mi desgracia, mis brazos eran finos como los de las chicas, fui barbilampiño hasta los 22 ó 23 años y además tenía una cara de facciones suaves y unos bonitos ojos verdes que ayudaban a dar una impresión casi femenina de mi persona.

Con todo esto no era de extrañar que mi cuerpo pudiera ser apetecible para algún que otro chico en esas edades que todo son hormonas y deseo sexual, además eran los años de la represión sexual, advertencias continuas, rezos y misa diaria en el colegio religioso donde estábamos estudiando, confesiones semanales obligadas: “¿Cuántas veces?, hijo mío” y amores por chicas inalcanzables que había que suplir a base de pajas.

Uno de mis mejores amigos pertenecía a una familia de 4 hermanos, su hermano mayor, que iba al curso superior, era fuerte y musculoso, de apariencia tremendamente viril y como además era bien parecido, exitoso con las chicas. Era el que le enseñaba a su hermano (mi amigo), todo lo que sabía y después él me lo enseñaba a mí. Así aprendimos a masturbarnos y lo hacíamos juntos en cuanto teníamos ocasión. A pesar de prometernos no contarlo a nadie, aparte de que cada cual se hacía su paja, creo que mi amigo le debió de contar algo a su hermano Carlos. Yo notaba por sus comentarios, gestos y detalles que últimamente se arrimaba bastante a mí. A la hora del bocadillo venía a comérselo a donde estábamos nosotros, también si su hermano no estaba; a la hora de marchar a casa nos acompañaba, lo que nunca había hecho hasta entonces; venía a mi casa a buscar a su hermano…

Un día se empeñó en acompañarme a mi casa, a 100m de la suya, y yo, extrañado pero a la vez alagado, dejé que lo hiciera. Al llegar, sin preguntarme nada, él mismo le pidió permiso a mi madre para que yo le acompañara a comprarse una revista de jóvenes a la librería, no pude negarme delante de mi madre pero al salir de casa sí que le pregunté el porqué de aquello. Mintió diciéndome que quería compartirla conmigo porque yo le caía muy bien y alguna otra tontería que no conseguía hacerme creer.

En lugar de ir a la librería por el camino lógico, cogió una calle y me dijo que así tardábamos un poco más en llegar; yo ya comenzaba a desconfiar, estaba receloso pero al mismo tiempo me mataba la curiosidad. Algo extraño esperaba que pasara en cualquier momento, no sabía si sería una broma de mis amigos (su hermano entre ellos), una sorpresa agradable… o una desagradable.

Con la mirada le interrogaba y él, por un par de veces, me quería tranquilizar diciéndome que confiara en él. Por supuesto que entonces fue cuando más desconfié y dispuesto a darme la vuelta para irme a mi casa, me retuvo a la fuerza y me arrastró los pocos metros que nos faltaba para llegar a una vieja casa abandonada que utilizábamos a veces para jugar y me empujó hasta adentro, aunque yo gritaba y le insultaba, como a aquella hora de la tarde de invierno y en aquella calle, no pasaba nadie, se salió con la suya y ya en un lugar fuera del alcance de la vista de los viandantes, me inmovilizó y me tapó la boca con su mano.

-Tranquilo que no te voy a hacer ningún mal, solo quiero que goces más todavía que cuando te haces una paja-, me dijo.

Al ver que ya no hacía ninguna fuerza para escapar, aflojó la presión, sacó su mano de mi boca y sin soltarme del todo, demostrando que todavía no se fiaba de mí, comenzó a abrir mi bragueta buscando mis partes íntimas. Yo me resistía y por tanto él no aflojaba la presión, me di cuenta de que yo no iba a conseguir soltarme antes de que él lograra su objetivo así que opté por utilizar la inteligencia contra la fuerza bruta.

Dejé que llegara libremente a mis partes íntimas y me le quejé de que me estaba haciendo daño, entonces dejó que me levantara aunque cerrando con su cuerpo un posible escape por mi parte, no lo intenté en espera de mejor ocasión. En cuanto estuve de pie, me bajó la ropa de cintura para abajo hasta los tobillos, entonces comprendí que no podría salir corriendo en un descuido como era mi intención y comencé a urdir otra salida a aquella situación tan indeseable.

Carlos, mi violador en grado de tentativa hasta entonces, se puso a sobarme con descaro mi flácido pene y mis huevos, utilizaba las dos manos aunque una de ellas la llevaba de vez en cuando a mis glúteos, entonces notaba el agradable calor de su mano en aquel frío ambiente acorde con la estación. Mi interés por escapar de la situación y la repulsa que estaba sintiendo a aquel acto, hacía que mi pene siguiera en el mismo estado, no como el de él, tal y como pude comprobar cuando cogió mi mano para llevármela hasta su paquete; primero con el puño cerrado y después con la palma abierta cuando me obligó a abrir la mano para que se la tocara todavía por encima del pantalón.

Se comenzó a desabrochar la bragueta y entonces pensé que si se bajaba los pantalones estaríamos en igualdad de condiciones y podría tener yo más probabilidades de escapar, pero en cuanto pudo sacó su verga erecta y comenzó a pajearse. Llevó mi mano abierta a su pene y me ayudó a cogérsela. Yo no había tocado otra polla en mi vida más que la mía, me sorprendió la suave textura de aquella piel y la dureza de la carne que tenía en mi mano y aun a pesar de la repulsa que seguía sintiendo, sentí por un instante que me podía gustar.

Su preocupación era que a mí no se me subiera, me dijo:

-Piensa en alguna chica que te guste, en la que piensas cuando os pajeáis con mi hermano.-

-No puedo.-

-Dime ¿Quién te gusta?-

Y entonces encontré la oportunidad de devolverle parte del daño que él me estaba causando contestándole:

-Tu hermana-.

Lejos de sentarle mal esta confesión, que era bien cierta, me quiso convencer de que procuraría ayudarme para que pudiera ligarla si ahora colaboraba con el asunto en el que estábamos inmersos.

-Imagínate que es mi hermana la que te está tocando, cierra los ojos y piensa en ella.-

Evidentemente me resultaba muy difícil hacer lo que me estaba pidiendo cuando mi intención y mi preocupación era escaparme de allí lo más pronto posible.

Como veía que no se me levantaba, con una tierna sonrisa que de alguna manera me desarmaba, me dijo casi suplicando:

-Déjame que te la chupe y si no te gusta te dejaré marchar.-

Aquello ya era otra cosa, me daba la oportunidad de decirle basta ya, solo por dejar que me la chupara, además noté que era sincero en esta ocasión, me ofrecía una buena salida para aquella situación tan embarazosa, pensé que era lo mejor; dejaría que me la chupara un ratito y cuando viera que no se me levantaba, él mismo daría por terminado el intento de seducirme.

Accedí a su oferta y enseguida se arrodilló ante mí, cogió mi pene con una mano con suavidad inusitada y como el que se lleva a la boca una copa del mejor vino para poderlo catar, puso sus labios alrededor del flácido miembro y ayudándose con la lengua fue dando suaves lametones por toda la superficie del todavía colgante pene. Cuando ya estaba todo mojado de su saliva, cerró sus labios atrapando el miembro que se resistía a crecer y con una suave succión se lo metió todo en el interior de la boca. Allí comenzó entonces el trabajo con su lengua jugando con el trozo de carne que bailaba holgado en la cavidad bucal que lo albergaba.

No me desagradaba, esa fue mi primera sorpresa, pero yo aguantaría solo un poco más aquel incipiente gusto que comenzaba a sentir y podría quedar libre, me marcharía a mi casa, ocultaría a todo el mundo semejante incidente, me guardaría para siempre del contacto con Carlos, buscaría reafirmar mi hombría con la primer chica que me hiciera caso; mientras, me masturbaría en soledad con el pensamiento puesto en cualquiera de las que conocía…incluso con Carmen, la hermana de Carlos, ¿por qué no?, con lo buena que estaba, un año menos que yo, delgadita, tetitas firmes, piernas largas, culito respingón, cara angelical, ojos grandes, oscuros, brillantes, vivos, sonrisa abierta, amable, dulce, encantadora, dicharachera, alegre y pizpireta, como a mí y a cualquiera de los de mi edad nos gustan, un primor.

¿Fue por pensar en la remota posibilidad de alcanzar el favor de Carmen con la intermediación de su hermano como me prometía?, ¿fue por el suave cosquilleo que sentía en la punta de mi pija?, ¿fue porque surgió ese lado femenino que todos los hombres tenemos escondido dentro?, ¿fue porque olvidé los tabúes impuestos por todos los que me rodeaban? o ¿fue porque me dejé llevar por el puro placer que Carlos en su afanoso cometido me estaba proporcionando? Fuese lo que fuese, mi pene crecía en el interior de su boca que ya no podía abarcarla toda, ahora se ayudaba con la mano en la base de mi polla y yo estaba deseando que siguiera.

Sopesé la posibilidad de que parara de chupármela y me dijera que ya me podía marchar, entonces tendría que ser yo quien le pidiera que siguiera; estaba dispuesto a hacerlo, es más, si para ello era preciso tenérsela que chupar a él, lo haría con sumo gusto. Por si acaso, me adelantaría a los posibles acontecimientos:

-Déjame que ahora te la chupe yo.-

Seguramente sorprendido pero solícito, se levantó del suelo y bajándose, esta vez sí, los pantalones, me ofreció su polla. Estaba húmeda y brillante, al acercarme me llegó un olor que lejos de desagradarme despertó más si cabe la necesidad de probar aquel mi primer pene.

Si cuando tuve que tocársela con la mano la noté suave, ahora con mis labios y con mi lengua me parecía la mayor delicia de este mundo. De inmediato, Carlos alcanzó un estado como extasiado, las manos en mi cabeza, la pelvis ligeramente echada hacia delante, inmóvil mientras yo hincaba una rodilla en el suelo y movía rítmicamente la cabeza adelante y atrás, con una mano le aguantaba la base de la polla y con la otra sobaba mi propia polla. De momento, le oí una fuerte exhalación y acto seguido noté un chorro de esperma golpeando en el paladar, no había pasado ni medio minuto desde que comencé a chuparle la polla. Aquella sensación en mi boca, la satisfacción de comprobar que quien está contigo llega al orgasmo y el propio placer que yo me estaba dando con la mano, hicieron que me llegara a mí también, el orgasmo deseado; no pensé a dónde podían ir a parar las gotas que eyaculaba, simplemente me corría y ya está. ¡Qué pronto nos corríamos a esa edad! ¡Qué poco aguante!

Carlos sí que se fijó en que una parte del esperma había alcanzado una de sus piernas y la ropa que rodeaba sus tobillos, se aprestó a limpiar la ropa mientras yo escupía el contenido de mi boca. Se quejó de que no hubiera tenido más cuidado pero demostró comprensión, dijo que las manchas que le iban a quedar ya las ocultaría como pudiera y entonces me miró fijamente y me preguntó que si me había gustado.

-¿Tú qué crees?-

-¿Podremos repetirlo pronto?-

-Cuando quieras Carlos y ten presente la promesa de hacer algo para que tu hermana se fije en mí, eso me lo debes.-

-Haré lo que pueda, de momento lo único que te prometo es traerte para la siguiente ocasión una de sus bragas.-

-Bien, pero procura llevarla puesta tú.-

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