El mocho de la limpiadora

Amanecía un precioso día de mayo, la mañana prometía ser soleada y agradable. Una nueva jornada de trabajo. No es que Mariví disfrutara con todas las cosas de trabajo (como cuando alguien había hecho unas deposiciones más descompuestas de lo normal), pero por lo general, ser limpiadora era lo que siempre había hecho, era fácil y se le daba bien. Además, ahora que por fin se había divorciado del golfo de su marido, y que su hija ya se había independizado, le daba para vivir con bastante soltura.

En el centro comercial donde limpiaba todos los días, disfrutaba charlando con sus compañeras de limpieza, con quienes a menudo quedaba los sábados para tomar un café. Pero también se llevaba bien con las cajeras, con el personal de administración, con los mozos de almacén, o con los clientes habituales que ya eran caras conocidas para ella. En los descansos a veces se unía a un grupo variopinto. Aunque no fumaba, le gustaba acompañar en la calle a la gente y conversar de cualquier cosa.

Desde hacía algún tiempo, Mariví se había dado cuenta de que uno de los vigilantes salía fuera a echarse algún cigarro, pero siempre solo. Nunca se juntaba con el resto, y no podía evitar sentir cierta lástima. Además, tenía fama de huraño y antipático; pero como Mariví tenía tanta empatía, se interesó por él. Preguntó a un vigilante joven que cómo se llamaba, y aunque los compañeros le apodaban “el Solitario”, como aquel ladrón de bancos, le reveló que su nombre era José Manuel. Las pocas veces que hablaban, se dirigían a él como Manolo.

De esta manera, pensó que se acercaría a él, para conocerlo un poco mejor. Era casi una obligación moral autoimpuesta; su carácter le empujaba a ayudar a los que consideraba marginados.

– Buenos días –le saludó por el pasillo la siguiente vez que se vieron.

– Buenas… -contestó el hombre.

“Pues sí que parece un poco soso el pobre hombre…”.

No obstante, el día siguiente volvió a encontrarse al segurata en su rutina habitual de limpieza.

– ¿Qué tal, Manolo? Esperando la hora de salir, ¿eh? –decidió que lo mejor era dedicarle una frase amable, sin importar el contenido.

– Sí, jeje… qué ganas… -contestó el hombre, que a Mariví ya no le parecía tan tosco.

– Jajaja yo también, no te canses –con eso bastaba por hoy.

Por la tarde, mientras se duchaba, se acordó del encuentro con el guardia. Era grandote, y no era feo; aparentaba tener más que los cincuenta y dos que ella acababa de cumplir. Salió de la ducha y contempló su cuerpo desnudo en el espejo: se sintió orgullosa; no tenía el pecho grande ni falta que le hacía, le gustaban sus tetas pequeñas y firmes; estaba delgada y fibrosa, merced a una genética envidiable, a las exigencias propias de su trabajo, y a las caminatas que tanto le gustaban. Una buena mata de pelo negro reinaba en su entrepierna, en contraste con sus rizos rubios. Miró su hirsuto sexo ahora mojado, e intentó recordar la última vez que se lo depiló completamente, como le gustaba antaño. ¿Cuánto hacía que no se rasuraba el coño? Desde después del divorcio, cuando estuvo saliendo unos meses con aquel divertido cuarentón, pero con el que la cosa no salió bien.

Y aparte de él, no había tenido prácticamente ningún rollo ni aventura. Volvió a mirarse el vello oscuro. Se lo mesó con los dedos, y cogió la cuchilla con intención de afeitárselo del todo. Pero cuando iba a empezar desistió; le gustaba así.

Por la mañana se vistió con ropa de calle; aunque le permitían ir con la ropa de trabajo fuera del centro comercial, no le gustaba. De modo que al llegar a su puesto se cambió en la sala que hacía las veces de vestuario. Se estaba bajando las bragas cuando entró su compañera de turno. Ésta nunca se desnudaba: Mariví no había pasado de verla con medias marrones hasta la rodilla y ropa interior negra, suponía que para disimular sus kilos de más.

– Chica qué manía tienes de cambiarte entera cada día –dijo la compañera gordita, mirando a Mariví, quien siempre había pensado que despertaba en su amiga cierta envidia, debido a su físico delgado a pesar de la edad.

– Es que no me gusta limpiar con lo mismo que después llevo en casa, ni siquiera los calcetines –dijo Mariví, desnuda por completo, mientras rebuscaba en su bolsa ropa interior -. Además se pegan olores y no me gusta nada, ¡puagghh!

Le gustaban las braguitas de algodón y sujetadores deportivos, y eso se puso. Por lo demás, ataviada únicamente con el ligero vestido de trabajo, iba muy cómoda y fresca. Empezó la ronda de limpieza: puerta exterior, escaleras, pasillos, rampa mecánica. Dejaba para después los baños; era lo que menos gracia le hacía. Primero limpió el de mujeres, que no le daba demasiado asco porque solían estar bastante limpios. Luego comenzó el de caballeros. Siempre daba algunas voces por si había alguien haciendo pis o evacuando.

– ¡Que paso…! –avisó, al tiempo que entraba en los cuartos de baño.

No contestaron ni vio a nadie en los lavabos ni urinarios, así que avanzó. Pero al llegar a los váteres, había uno abierto. Un señor estaba meando.

– ¡Uy perdón! –se sobresaltó Mariví. Se dio cuenta de que era Manolo, y sin saber el motivo, no se apartó. Se quedó mirándole.

– Nada tranquila, en seguida acabo… -contestó Manolo, girando la cabeza para ver quién era.

Mariví siempre había respetado a todo el mundo con el que se había topetado en el w.c., retirándose rápidamente y apartando la mirada. Incluso a un joven al que sorprendió masturbándose sin el pestillo echado, a quien el sobresalto de verse descubierto le causó una súbita corrida que salpicó la ropa de Mariví, y que por supuesto tuvo que limpiar también del suelo, después de que el chaval saliera despavorido.

Pero esta vez no. No se marchó. Le hubiera gustado asomarse y verle la polla al vigilante, pero eso ya no se atrevió. Se conformó con quedarse en el umbral, esperando a que terminara. Y no se apartó cuando el hombre salió, intentando acercarse a él lo máximo posible, y deseando que le rozara con las manos, aún sin lavar, que acababan de tocar su miembro.

Se puso a fregar el váter, mientras oía el grifo en el que Manolo le lavaba las manos. Había tenido un pequeño calentón pero ya se le pasaba. Y los olores que ahora mismo aspiraba, mezcla de residuos humanos y productos químicos, no contribuía a excitarla demasiado. Pero en ese momento… ¡zas! Notó cómo le palpaban el culo. Se llevó un buen susto y se dio la vuelta sorprendida.

– ¡Ay! Jajaja pero Manolo, qué haces! –fue lo que le salió. No quería parecer enfadada; de hecho le agradó el atrevimiento del segurata.

– Tú qué crees, si lo estás deseando… -vaya con el soso de Manolo, menudo canalla estaba hecho.

– No no, me parece que te has equivocad… -tenía que hacerse un poco la dura, pero la desarmó completamente chupándole el cuello y besándola-. Mmmmhhh… Manolo…

“Caray cómo le apesta el aliento; este fuma como un carretero”, pensó Mariví mientras se besaban. A pesar de ello, siguió besándose con él, y permitió que le tocara todo el cuerpo y le quitara el vestido. Se agachó y le desabrochó los pantalones, con intención de chuparle la polla. Al hacerlo, descubrió con fastidio que el olor abajo era peor que arriba. “Caramba con Manolo, este no se ducha hace siglos… voy a seguir por educación”.

– ¡Espera! ¡La puerta! –se acordó de que la puerta estaba abierta, y salió corriendo a cerrarla con llave; era la excusa perfecta para no chupársela más por el momento.

Al volver, Manolo estaba en pelotas. Se bajó las bragas procurando que no tocaran el suelo, mientras él le quitaba el sujetador. Se dio la vuelta ofreciéndole el coño por atrás (así no tenía que chuparla más), y él la penetró. Le gustó y no le importó gemir, ya que no les oirían. Pero cuando más estaba disfrutando, llegó la corrida del vigilante. “Qué poco ha durado el tío… Además en un baño sucio y con meaos en el suelo; pfff para olvidar. No repito con este ni de broma”.

Pero tenía que guardar las apariencias y no quería hacer sentir mal al hombre; así que le sonrió y le besó en la comisura de los labios. “En la boca no, que no quiero olerle el aliento otra vez”.

– Me llamo Mariví –le informó, porque estaba convencida de que él no tenía ni idea de cómo se llamaba. Además nunca se había dirigido a ella por su nombre.

– Mariví… -repitió él pensativo, mientras ella se vestía, segura de que a partir de ahora sólo compartiría con él educados saludos por el pasillo.

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