El placer del engaño

Aquella mañana en el hospital la vida de Carlos parecía volver a la normalidad, hasta hace unos días siempre había disfrutado de una familia feliz, pero desde el accidente de Ana, la hermana de su mujer, la vida se había transformado en una pesadilla. Aquel accidente parecía cambiarlo todo y a los que más quería, principalmente su mujer que estaba hundida. Era su hermana pequeña, apenas se llevaban dos años de diferencia y se parecían mucho, hasta el punto de que la gente las confundía a simple vista. Ambas estaban muy unidas, tanto que él no se había negado a que viviera con ellos. Por suerte, todo eso era pasado y pronto Ana saldría del hospital.

Carlos a sus 40 años estaba casado con María que tenía 5 años menos que él y ambos vivían con sus dos hijos, junto con Ana, madre soltera de un niño. La casa era un pequeño palacete a las afueras de la ciudad en el que podían vivir todos juntos sin ningún problema, pues tenían una buena posición económica. Habían sido amigos desde pequeños y se llevaban como si realmente nacieran todos en la misma familia y aunque la gente decía que eran un matrimonio de tres, era un rumor alejado de la realidad.

Aquella noche al llegar a casa no había nadie, los niños se habían ido a pasar unos días a casa de sus abuelos para que no percibieran el ambiente de tristeza. Pero Carlos notaba además que algo no iba bien, María se mostraba más seria de lo habitual, el accidente la había hundido mentalmente pero estaba convencido de que había algo más, la conocía demasiado bien. Y no se equivocaba, al acabar de cenar en el salón, se acercó al tocadiscos de su abuelo y puso el disco preferido de ambos, con el que habían vivido tantas cosas buenas, quizás aquello animara la situación, pero cuando se sentó, María lo miró fijamente y con voz sería le espetó fríamente en la cara:

– Carlos, después de lo ocurrido llevo dándole vueltas, lo hablé con Ana y está de acuerdo conmigo; debo decirte que las dos te hemos engañado, no me arrepiento por ello pero hay circunstancias que pueden cambiar después de esta noche.-

Él la miró fijamente sin decir nada, podía sentir la tensión del momento. En cuanto su mujer siguió hablando, dejó de prestarle atención, ese engaño, ese secreto al que hacía referencia ya lo sabía; lo supo desde que sucedió aunque prefirió mantenerlo en silencio. Mientras la voz de se escuchaba en el salón, su mente empezó a recordar ese día:

“Fue hace casi 7 años, exactamente el día de mi cumpleaños, aquel día lo pasé con toda la familia en casa haciendo una barbacoa, un día estupendo. Al llegar la noche mi mujer me tenía preparada una sorpresa, por lo que todos se habían ido a dormir a casa de los abuelos, solo estábamos los dos para otra velada inolvidable, a decir verdad, nos compenetrábamos perfectamente y nos hacíamos gozar el uno al otro, quizás ese era nuestros secreto de la felicidad.

Al irnos a cama, la luz era tenue, me dejé hacer, María me había ido desnudando poco a poco, observando mi cuerpo atlético, le gustaba verme desnudo. Al acabar me llevó hasta la cama para que me tumbara. Fue hasta la radio y empezó a sonar una música, no recuerdo cual pero tenía con una melodía sensual. Me quedé mirando cómo empezaba a bailar al ritmo de la música, se movía con suavidad y ligereza delante de la cama. Con su figura esbelta y piel morena irradiaba hermosura.

Sensualmente empezó a acariciarse su cuerpo, moviendo las caderas de un lado a otro, mientras se quitaba el jersey que llevaba puesto y dejando el sujetador de lencería fina que le había regalado esas navidades. Bruscamente se dio la vuelta, provocativa, sus movimientos de cadera se hicieron lentos mientras se bajaba poco a poco los pantalones; era tan flexible que no tenía necesidad de doblar las rodillas. Aquello me excitaba mucho, tenía un culo precioso, duro y redondo; llevaba un tanga transparente que me dejaba ver perfectamente su y aquello lo volvía loco. Recuerdo que giró la cabeza y sonrió con malicia, también ella estaba caliente al ver cómo me empalmaba solo con mirarla, yo sabía que mi polla le hacía gozar solo de pensar en ella.

Se levantó y se dirigió al sofá individual que tenemos en la esquina de la habitación, se colocó detrás sin dejar de bailar, de espaldas a mí se desabrochó el sujetador y lo dejó caer al suelo; se dio la vuelta tapando con las manos sus pechos redondos y firmes, perfectos con unos pezones duros que podía imaginarme sin verlos. Parecía una verdadera bailarina contorneando su cuerpo. En ese momento se sentó dejándose caer hacia atrás y apoyando el brazo en el respaldo. Levantó las piernas, abriéndolas lentamente, puede ver perfectamente sus pechos y su cara sonriente, podía verla disfrutar, era perfecta.

Sin darme tiempo a seguir disfrutando las cerró, enganchó con los dedos el tanga y lo deslizó por las nalgas, lo suficiente para volverme loco y no ver nada, disfrutaba haciéndome sufrir en ese momento. La canción estaba legando a su fin, así que se levantó y bailó hasta quedar de nuevo de espaldas delante de la cama de espaldas, con el mismo movimiento agachada hacia delante, cosa que no me importaría ver una y otra vez, se quitó el tanga dejándome ver claramente su coño, la polla parecía estallarme deseosa de probarlo.

En ese momento acabó la música, se subió a la cama sonriendo, pensé que empezaríamos juntos, pero me detuvo, era una sorpresa me dijo, sacó unas cuerdas y me ató las manos y pies a la esquinas de la cama, protesté, pero no me hizo caso y me dejó tumbado sin poder moverme. Después sacó un antifaz, no me gustó, yo quería verla, pero tampoco sirvieron de nada mis protestas. En la oscuridad sentí su boca en mi oreja susurrándome que era suyo y que no podía hacer nada, aquello me sonó a cantos de sirena, a las que se comían a los hombres y yo lo estaba deseando. Para mi desconcierto me colocó en la cabeza unos cascos de música previo aviso de que me iba a encantar la experiencia, dejé de oírla y comencé a escuchar una música de naturaleza. No me lo esperaba pero mi mujer nunca me defraudaba, así que me relajé.

Estuve unos minutos esperando, desenado que empezara, aquella noche iba a ser inolvidable, había empezado con ese streptease y seguro que acabaría con algo mejor. En medio de mis pensamientos sentí como su mano me agarraba la polla, por fin. No me defraudó, como una fiera sentí como sus labios la apretaban mientras su lengua me lamía con fuerza el glande mojándolo con su saliva, enseguida el placer recorría mi cuerpo, habíamos aprendido tanto el uno del otro que sabíamos perfectamente como darnos placer y mi mujer siempre lo elevaba al máximo con sus movimientos salvajes al metérsela la boca.

Poco a poco la música me sumergía en un estado de éxtasis mientras no dejaba de chuparla con ansia, no podía reprimirlo, era increíble, pero al una alerta saltó en mi cabeza, no sabía porqué algo se salía de lo normal, María nunca se metió todo el miembro en la boca y ahora podía sentir claramente mi glande tocando casi su garganta y sus labios en mis huevos. Quizás era algo nuevo, una nueva sorpresa, así que no le di más importancia y dejé que el placer me llenara de nuevo, cuando se detuvo, sentía como mi polla chorreaba con su saliva. Ella se movió hacia mí, lo estaba deseando, sus muslos subían rozando mi torso sin detenerse, me aprisionaron como un esclavo y en mi cabeza la música resonaba con más fuerza.

Después la presión disminuyó cuando sentí sobre mi boca su coño mojado, ese fue el momento en el que mis sospechas no hicieron más que aumentar, para mí no tenía sentido, acababa de verla en el baile y aquel vello púbico que sentía no era el de María, no había mucha la diferencia pero si lo suficiente para darme cuenta, ella lo tenía un poco más depilado. Aún así seguí el juego, fuera o no, estaba dispuesto a disfrutarlo y comencé a lamérselo, deslicé mi lengua entre sus labios vaginales, lo tenía tan pegado a la boca que prácticamente esta se hundía en su vagina. Ella a su vez meneaba las caderas para restregar su clítoris conmigo, por momentos no me dejaba respirar y sus jugos llenaban mi boca, pero me excitaba notar como su cuerpo se agitaba y temblaba gozando como una perra en celo.

De seguir mucho tiempo seguramente se abría corrido, por lo que se retiro bruscamente y a la vez dándome un respiro, era todo demasiado extraño. En ese instante pude sentir como agarraba mi polla, llevándola a la entrada de su coño, en menos de un segundo aquella mujer, que estaba seguro no era mi esposa, comenzó a botar sobre con furia, metiéndosela hasta el fondo como quisiese absorberme la vida; fue en ese instante con los movimientos salvajes cuando se desconectó la música. Al momento escuché perfectamente los gemidos de Ana; aquello me descolocó, ¿qué hacía Ana allí?, ¿dónde estaba María y por qué su hermana era la que me estaba follando? Me sentí avergonzado pero el placer era tan grande que no podía resistirme y ambos gemíamos en aquella locura. Parecía una yegua desbocada, saltaba sin parar clavándose mi polla y golpeándome con fuerza los mulos con sus nalgas. No niego que me hubiera gustado poder ver en ese momento.

Intenté aguantar pero aquello parecía una ordeñadora y no pude evitar correrme, aquella locura hacía que mi semen saliese a chorros dentro de Ana mientras no dejaba de repetir una y otra vez en voz alta:

– Si, córrete, dame tu leche, es toda mía, dámelo toda, venga, que me corro, ya, ya, yaaaaa…-

Aquellos gritos solo fueron el inicio de su orgasmo, por lo visto ambas hermanas solían gritar de placer cuando alcanzaban su éxtasis y cuanto mayor era este, los espasmos de sus caderas también aumentaban. Cuando se calmó algo la situación quise desenmascararla preguntando si había gozado. Aquello fue aún más desconcertante, fue la voz de mi mujer la que me respondió, ella había estado contemplando como su hermana me follaba sin decir ni hacer nada.

Al final decidí guardar silencio. Al cabo de nueve meses nació mi sobrino; fue una alegría inmensa para toda la familia y en el fondo siempre supe que aquel niño era mío, al parecer Ana necesitaba un donante para tener un hijo y entre las dos me eligieron a mí”

En ese momento los gritos de María me sacaron de mis recuerdos volviéndome a la realidad:

– ¿Me estás escuchando?¿ Carlos? Solo decirte que lo siento, pero que no me arrepiento de haberlo hecho.

Estuve a punto de confesarle la verdad, que yo ya lo sabía, podía ver en su rostro firmeza pero la amargura de la situación. Ella estaba esperando una respuesta, una reacción, yo sabía que me amaba, que daría su vida por mí, que nuestra familia en ningún caso corría el riesgo de romperse, lo podía ver en sus ojos y decidí arriesgarme seguir con el engaño, en cierto modo era mi venganza.

Empecé a subir la voz, a discutir con ella como si estuviera enfurecido, traicionado, ella no dejaba de pedir perdón pero seguía firme en que no se arrepentía. Al final la situación subió de temperatura y logré llevarla a mi terreno. En medio de la discusión acabamos besándonos y abrazándonos, ella me quería y no estaba dispuesta a perderme, yo seguí fingiendo estar enfadado, pero dejándole hacer y de esa forma acabamos desnudos en el salón.

Sin pensarlo se arrodilló y comenzó a hacerme una mamada, quizás por su empeño, no lo sé, pero era deliciosa, mientras observaba como movía la cabeza metiéndosela en la boca recordé mis pensamientos, María nunca se mete la polla entera, quizás nunca pensó que esos pequeños detalles las delatarían, tuve que detenerla para no correrme tan pronto. Eso la descolocó y al levantarse me besó, al hacerle creer que podía perderme se había vuelto más pasional de lo normal y cogía mis manos para que la acariciara y la tocara. No paraba de repetirme:

– Hazme lo que quieras, soy tuya, amor mío, pídeme cualquier cosa.-

Me quedé pensativo, nos encantaba el sexo y habíamos probado toda clase de juegos, juguetes y situaciones perversas, pero por alguna razón nunca quiso hacerlo, algo que respeté siempre, pero ahora no se me ocurría mejor venganza, así que con voz seria le respondí:

– De lo único que tengo ganas ahora mismo es de darte por el culo.-

Se quedó callada, la noté sorprendida, quizás nunca creyó que le pediría semejante cosa, pero aceptaba que era un precio que debía pagar sin saber que no era necesario. La senté en el sofá, cogí el lubricante y me arrodillé delante de ella , cerró los ojos y se dejó hacer. Tampoco iba a ser una locura, así que me tomaría mi tiempo. La abrí de piernas, sentía espasmos solo de pensar en lamérselo, agarré una de sus piernas por las rodillas y la elevé, sin perder más tiempo me lancé con mi lengua sobre su coño como ella me había enseñado.

La moví lentamente de arriba abajo entre sus finos labios vaginales, sin prisas, eso la ponía más cachonda; de vez en cuando dejaba que la punta se introdujera en su vagina haciéndole creer que la iba a penetrar y subiendo su excitación. empezó a gemir y mover su cadera, extendió el brazo y acarició el pelo de mi cabeza mientras acompañaba los movimientos con gemidos de aprobación. Cuando su excitación subía, le gustaba que le lamieran el clítoris con fuerza, y ella se agarraba los pechos para aumentar el goce.

Comencé a la vez a masajear su ano con las yemas de mis manos empapadas de lubricante. No se alteró lo más mínimo. Seguí lamiendo con fuerza mientras notaba como se relajaba, como poco a poco mi dedo entraba levemente dentro de su culo sin sentir rechazo; era el momento adecuado, sin detenerme lo introduje profundamente; soltó un pequeño grito, no sabía si le gustaba o no, pero con el dedo dentro seguí masajeando y añadiendo lubricante. En ese instante un chorro de flujo inundó mi boca, se había corrido, levante la vista, estaba complacida como siempre y me indicó que siguiera, parecía que todavía no había saciado su apetito.

Seguí lo que estaba haciendo mientras sus flujos parecía ríos por su piel, de nuevo sus gemidos, parecía insaciable, pidiendo más y más y moviendo sus caderas, lentamente fui metiéndole otro dedo hasta tener los dos dedos dentro de su culo. De nuevo un grito, pero ella seguía gimiendo.

Finalmente no pude aguantar más. Me detuve, lentamente saque los dedos, ella se limitó a mirarme desafiante y coger aire. Arrodillado, le agarré las piernas por las rodillas, me acomodé y dejé que mi miembro se apoyara en la entrada de su coño; con un movimiento de cadera la penetré hasta que mis huevos golpearon sus nalgas, aquello la subió al cielo y sus piernas se estremecían, estuve quieto unos segundos y la saqué completamente mojada de flujos vaginales. Tenía una mirada felina desafiante, luchando por hacerse con el control, provocándome a la vez. La miré seriamente para demostrarle que era yo el que mandaba. En ese cruce de miradas le abrí las piernas, sin apartar la vista de sus ojos, coloqué mi glande sobre su ano. En una maniobra teatrera y fingida intentó hacer fuerza para impedirlo, debía hacerse valer pero en el fondo no quería detenerme.

Lentamente empujé, parecía que su culo se resistía, hasta que en un movimiento brusco se hundió dentro. Abrió la boca y cerró los ojos, pero no soltó ningún sonido, seguí, intercambiando los movimientos y hacia atrás, podía ver como se mordía los labios cada vez que la penetraba. Era extraño darse cuenta que después de tanto tiempo era la primera vez que le abría el culo y no sabía si estaba bien o no. Pronto caí en la cuenta de un detalle en el que no había pensado antes. La conocía perfectamente, como reaccionaba y no me había parado a fijarme, así que mire su pecho, María siempre tenía los pezones duros y salidos cuando gozaba, ¡cómo no me había dado cuenta antes! Claramente podía verlos duros y firmes, la muy cabrona estaba intentando engañarme para que para y no admitir que le gustaba.

Al darme cuenta aumenté el ritmo mientras echaba más lubricante, cada vez la penetraba más profundamente. Sus pezones se afilaban más, así que no paré hasta golpearle las nalgas y aumentar el ritmo. Intento aguantar pero finalmente rompió su silencio con acompasados gemidos, llevó su mano al clítoris y comenzó a masturbarse frenéticamente. Verla gozar me puso cada vez más cachondo y no tarde en llenarle el culo de semen. Parecía estar en trance, como loca, como si fuese el orgasmo de su vida estuviera al llegar, gritaba con la respiración entrecortada mientras sus dedos seguían moviendo acaloradamente su clítoris:

– No la saques, sigue metiéndomela, no pares.-

Solo dejó de repetirlo en el instante en el que cambió las palabras por jadeos en el momento del orgasmo, comenzó a temblar y tener espasmos, con la polla podía sentirlos dentro, como contraían y su mano cada vez más mojada mojaba, abría la boca buscando bocanadas de aire para no desmayarse. Finalmente se abrazó a mi todavía con la respiración a cien.

Al acabar estábamos agotados y sudorosos, así que nos fuimos a dar una ducha juntos y relajarnos mientras hablábamos:

– ¡Vaya si has gozado abriéndote el culo! – Le dije tratando de meterme con ella.

– Como si no te hubieras dado cuenta- me respondió tratando de restarle importancia a mi excitación.

– Lo que no entiendo es como nunca quisiste probar.-

– No lo sé.-

– Si lo sabes, ¿no me digas que no me lo vas a contar?-

– Vale, pero te lo digo porque te quiero. De pequeñas mi hermana siempre se ha estado metiendo conmigo y un día me metió un dedo sin querer y me dolió mucho, por eso nunca quise que me encularas.-

– Vaya, seguro que fue sin querer, ja ja ja ja, ¿y ella lo ha probado? –

– La verdad es que tienes razón, lo hizo a propósito, la muy cabrona siempre fue más fuerte. Por lo que me cuenta ella, tampoco se deja.-

– ¿Y no has pensado nunca en devolvérsela?-

Al decirle aquello vi en los ojos de mi mujer una sonrisa maliciosa y desde entonces no dudé en que algún día a Ana le follarían el culo, eso y que mi mujer me pediría que la enculara más a menudo.

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