El polvo en el camino

El pasado 22 de septiembre, último día de verano, puse fin a mi periplo por la senda GR-92 que recorre la costa mediterránea. Había comenzado tres semanas antes en el sur de Francia y mis obligaciones no me permitían continuar más por aquellos inolvidables pinares y campos de algarrobos; con el mar a mi vera, a veces calmado y otras con alegres puntillas revoltosas.

Tres semanas sin internet: Con mis reflexiones, recuerdos y asombros me bastaba para ser feliz. Pero en la GR92 no abuna la soledad. Hay multitud de caminos transversales y pistas de tierra por donde transita gente hacia las innumerables calas.

Salí de Hospitalet del Infante con intención de llegar hasta La Ampolla, meta final de mi aventura El día era precioso, luminoso. Poca gente en el camino, y alguna que otra playa nudista. A media hora de La Atmella vi, a unos veinte metros delante de mí, a un extraño sujeto quieto tras un matorral, con el torso desnudo y el moreno muy intenso. Vestía un pantalón negro y zapatillas de deporte… Me extrañó que vistiera un pantalón inapropiado para transitar aquella senda, un pantalón negro como el del camarero de una Tagliatella, o del testigo de una boda…

Tras un matorral de jaras miraba, con atención felina, la cala de abajo donde una pareja de jóvenes se bañaban; miraba muy atento, con la barbilla levantada. Yo, al verle, también quedé quieto, observándole… De inmediato bajó a la cala donde estaba la joven pareja: ella era rubia con un tipo muy hermoso y una larga melena de pelo liso; de piel clara y con bikini amarillo; él tenía el pelo negro, como su bañador. El enigmático sujeto irrumpió en la arena muy rígido, y con la vista clavada en el horizonte marino. Se desnudó totalmente y adentróse en el agua como un autómata, con la barbilla levantada. Parecía el baño de un demente…

Conforme aquel hombre se adentraba en el agua, la pareja salió hacia sus toallas, que estaban junto a dos perros blancos de la misma raza, atados a un tronco reseco.

Continué mi marcha hasta divisar una pequeña cala donde bajé para bañarme. Y estando allí llegó aquella pareja de jóvenes, con sus perros. Extendieron sus toallas y se recostaron en ellas, con los perros atados en mitad de la cala.

Al salir del agua pasé junto a los caninos que me ladraron ruidosamente. Yo me acerqué cariñosamente para calmarles.

– No te preocupes, que no ladran, me dijo el chico.

– Ya, ya, gracias.

Se acercó el joven, como para excusarse, y tras calmar a los perros nos pusimos a hablar sobre su raza, costumbres, etc; eran machos. “ En esta cala los machos estamos por parejas”, me dijo.

– Bueno a tu chica no le hace falta otra que le acompañe, con lo guapa que es le basta.

Mi comentario le hizo gracia y le gritó a ella:

– “Diu que ets molt maca” (dice que eres muy guapa)

Ella, muy sonriente, se acercó a nosotros. “ Pues me había dicho que eres muy atractivo” me dijo él mientras aquella hermosa joven se acercaba a nosotros; nos saludamos y verdaderamente era una joven muy guapa, con una cara que transmitía una especie de inocencia.

Tras una conversación de cumplido sobre mi actividad pedestre (mi mochila me delataba) el joven agarró a los perros y dijo que les iba a dar un paseo. Y al decirlo enarcó las cejas hacia ella… Y así quedamos solos, hablando de los perros que se alejaban, y como el Sol picaba le pedí ir a la pequeña sombra donde había dejado mi toalla. “Prefiero tomar el sol” me dijo: “ tú te pones a la sombra y yo al Sol” Y así fue como continuamos la charla; junto a mí su blanco cuerpo irradiaba una luz que me recordaba la que cae del Cielo en el cuadro de Goya “La comunión de san José de Calasanz”.

Yo le daba menos de treinta años. Yo le sacaba unos veinte. Era bonita y me gustaba.

Se interesó por mi caminata y me preguntó si era aburrido andar siempre junto al mar.

– “¿Aburrido? ¡ Qué va! Al principio me asombró el monasterio de san Pedro de Rodas, y ayer quedé prendado de la casita donde María Moliner escribió su célebre diccionario. Y antes, en Palamós, admiré el palacete de Sert, visitado por Ava Gadner, Sinatra, Dalí, Marlene Dietrich, Visconti, y Coco Chanel…”

Quedó asombrada de tantas cosas que se pueden ver y me dijo que se interesaría por la senda. Entonces le comenté la anécdota ocurrida en la otra cala de donde habían huido..

– Es que aquel hombre daba miedo…

– ¿Y yo no os daba miedo?.

– No, tu pareces un hombre interesante…

– ¿Una persona puede ser interesante y otra suscitar rechazo sin conocerla? La verdad es que si, pues tu me pareces una mujer muy atractiva, con una hermosura aplastante.

– Pues tu me pareces un maduro muy atractivo, como el que siempre he soñado…

– Lo malo es que todos nuestros devaneos van a quedar en humo, porque tienes una pareja que está a punto de volver.

– ¡Ja, ja!. Es mi marido, pero somos una pareja abierta. Tenemos establecido que cuando uno de nosotros está a gusto con otro, se le deje campo abierto. Él tardará en volver de pasear a los perros, porque se ha ido de propósito.,,

– ¿Tenemos pista abierta para todo?

– Por mi parte si. Y esta noche le contaré cómo ha sido lo nuestro…Le pone mucho.

Mi polla alcanzó un volumen que percibió con una sonrisa. A mi vera había una visera de roca, a modo de gruta, con una losa de piedra de unos ochenta cms. de altura y unos tres metros de largo, que ocultaba su interior y donde había dejado mi cantimplora a refrescar. Le propuse adentrarnos y disfrutar de la ocasión, a lo que accedió con una sonrisa. Nos levantamos, me puse a la grupa sobre la losa, y me metí dentro; coloqué la toalla sobre la piedra para que no se dañara y con la mano hice de apoyo a su pie; al girar cayó sobre mí, quedando sentada encima de mi polla…

– Vaya dura que la tienes, me dijo riendo…

– Desde hace mucho rato.

De rodillas nos desnudamos mutuamente y luego no hubo un momento de calma. Nuestros cuerpos iban y venían sobre las toallas, giraban y mezclábanse, furiosos y frenéticos, sin lograr un momento de tranquilidad… Siempre con sus ojos embellecidos. Me recreo en dilatar aquel instante.

Tras el polvo me asomé por la visera, de rodillas, con mi barbilla apoyada sobre mis manos. Me dijo “Espera”, y puso su cabeza entre mis piernas abiertas para lamer mis huevos, y mi polla… (“Sabes a sal..”). Y así volvimos a la palpitación del juego renovado. Tras unos minutos de inmenso placer me corrí en su boca; ella se izó, se colocó tras de mi, también de rodillas y mientras abrazaba mi cintura derramó el semen por mi nuca, que se deslizó templado antes de extenderlo con su lengua. Luego giró mi cara con su mano para besarnos; su lengua sabía a semen salado…

Habíamos quedamos exhaustos, y así permanecimos un rato descansando sobre las revueltas toallas.

Cuando salimos hacia la playa nos bañarnos juntos, adentrándonos de la mano. Sabíamos que mientras no oyéramos a los perros podíamos besarnos con deseo.

Luego, a lo lejos, se oyeron ladridos de perros.

Mi aventura llegaba a su fin…

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