El primer día de aquel encuentro.

Me llamo Paulina, tengo 24 años. Vivo en la ciudad de México. Estudio la universidad.

Puedo decir que no soy ni santa, ni puta. Pero sin duda me encanta seducir a los hombres (y a algunas mujeres), para que me hagan suya. Eso sí, siempre y cuando yo quiera, me guste y se me antoje. Vamos que la liberación femenina también era en este aspecto ¿no?

En fin, puedo decir que fea no estoy. Soy una muchacha de cabello largo, negro a media espalda, ojos grandes cafés. Mi cuerpo es bonito creo yo; soy alta, tengo cuello largo, cara ovalada, piel tersa, clara. Sostengo un 38 C de busto y una cintura si no delgada, por lo menos definida. Y unas caderas grandes. Con un culo respingón que diario he de trabajar en el gimnasio de la escuela.

Por lo mismo, hay uno que otro que me al pasar me mira y me dedica uno que otro cumplido barato.

En la escuela nunca había habido algo interesante. Hasta que llego aquel profesor hace unos tres meses. Era alto, de mi estatura; piel morena, ojos expresivos, brazos fuertes, espalda ancha. Bueno, todo un bombón a mi punto de vista. Se llama Eduardo.

Eduardo llego uno de esos días en los que yo andaba corriendo por todo el campus buscando a mi asesor de la tesis. Era un día nublado, con algo de llovizna.

Yo corría entre las personas que pasaban con libros, la mochila, el termo con café y el portafolio de la laptop.

No lo vi, juro por Dios que no vi cuando estrellé mi codo en su cara y caí de bruces contra el ¡Qué vergüenza! Me disculpé, e inmediatamente corrí hacia el otro lado.

Me sentía totalmente avergonzada, además de que en el ajetreo de la caída una de sus manos sin quererlo claro está, toco mis senos. Y mi entrepierna se acercó a la suya y note una pequeña erección. Por el frío supongo.

Ese día mis labores terminaron tarde, pero no tanto como para no pasarme al gimnasio y hacer algo de ejercicio. Además llovía a cantaros.

Tome mis cosas, me dirigí al coche y tomé la mochila donde llevaba la ropa de ejercicio. Cuando de repente siento una mano en mi hombro. Era él.

-Disculpa, me podrías indicar dónde está el gimnasio.-

Cuando me miró y se dio cuenta quien era, sonrió y yo, de nuevo me puse algo nerviosa y avergonzada. Aun así le dije que yo también iba para allá, que me siguiera.

Tomamos nuestras cosas y caminamos un pequeño tramo del campus a la puerta del gimnasio.

Cuando entramos, me dirigí a los vestidores, me cambie de ropa y salí hacia las caminadoras.

Cuando lo vi, con su ropa deportiva me quedé embobada.

Tenía unos brazos fuertes, la espalda ancha, las piernas trabajadas, manos fuertes.

Cuando reaccione él me estaba viendo intrigado como preguntándose así mismo por qué lo miraba.

Así que seguí mi camino, y me percaté que solo había otras dos personas a parte de nosotros.

Tome mi reproductor de música y encendí la caminadora. Así estuve por una hora, corriendo.

Cuando me percaté del reloj, tome mi agua y me dirigía a las duchas. El seguía trabajando. Pero cuando me vio, solo sonrió y siguió en lo suyo. Yo para no verme más obvia de lo que ya me veía, caminé más rápido diciéndole hasta mañana. Conseguí entrar a las regaderas con un sentimiento extraño. Me sentía excitada.

Cuando sacaba mi ropa de la maleta, una chica salió de ahí y me dijo nos vemos mañana Pau. Solo sonreí, lo único que quería era entrar a la regadera, mojar de agua caliente mi cuerpo y masturbarme un rato con la única imagen que no salía de mi cabeza. Su cuerpo.

Entré a bañarme y recordé como sus manos grandes tomaban las pesas y su pecho hacia el trabajo. Me imagine entre esos brazos, con esas manos acariciando mis pechos, mis muslos, llegando a mi entre pierna. Me imaginé como sería su pene. Las venas que tendrían, el largo, el ancho, la cabeza; como serpia si la tuviera entre mis labios, entrando y saliendo de mi boca hasta que me ahogara con ella. Como se sentiría tenerla entrando y saliendo de mi vagina, de mi culito, mientras el jalaba mi cabello y torturaba mis pezones con sus manos.

Estaba en pleno clímax, imaginándome todo esto. Cuando escuché un ruido. Inmediatamente cerré mi boca para que nadie escuchara mi orgasmo. Pero no pude evitarlo, este, termino con un fuerte sonido.

Para mi sorpresa era él. Soltó una carcajada antes de decir… ¡Lo siento Sigue en lo tuyo!

¡Carajo! Es que no iba a dejar de hacer cosas que me avergonzaran enfrente de él.

Al final para tranquilizarme a mí misma, me dije. Que él no debería de haber estado ahí, que las duchas eran para nosotras que las de ellos estaban en el piso de arriba.

Terminando de vestirme y de taparme bien, salí de ahí.

Gracias a Dios era viernes y tendría el sábado y el domingo para descansar, si es que no decidía salir.

Por situaciones adversas a mí, mis padres tuvieron que trasladarse a vivir por un tiempo a España, mi papá al ser un empleado de confianza, lo movieron de puesto de trabajo y él está allá siendo jefe de otros tantos.

Por lo que, vivía sola. Terriblemente sola, aunque realmente no me quejaba.

Llegaba cuando quería, cuando podía o cuando se me daba la gana. Aunque a decir verdad, era muy responsable en ese sentido. Solo han entrado a mi casa unos cuantos hombres, a hacer lo suyo y después, los despido con un beso rápido en la puerta.

Pensaba en salir y conseguir a uno de estos chicos en un bar cercano, siempre había varios ahí, que recién cumplían los 20 años y siempre estaban en busca de alguna incauta que quisiera irse a la cama con ellos.

Mientras pensaba en esto, llegué a mi coche. Salí del estacionamiento y ahí lo vi. Estaba sentado en las bancas del transporte público. Desafortunadamente por la hora y lo fuerte de la lluvia, no pasaría ni un alma.

Así que disminuí la velocidad y baje la ventanilla. Cuando llegué a su altura, le dije. ¿Quieres que te lleve a algún lado?, a estas horas ya no pasa ningún tipo de transporte y un taxi te cobrará carísimo solo por salir de esta zona.

Me dijo si no sería molestia, que aún no podía conducir su auto, y que las reparaciones eran costosas.

Le dije que no tenía problema, que de todas formas, no tenía nada bueno que hacer. Salvo llegar a tener sexo con alguien en el mejor de los casos, pensé.

Cuando abrió la puerta y se sentó en el lado del copiloto me miro y me dijo hacia donde iba.

Justamente no me alejaría tanto de casa.

Así que tome rumbo hacia allá. En el camino hablamos de la escuela, del golpe que le di, de cómo había sido su primer día.

Le comenté que estaba haciendo la tesis final. Lo difícil que era vivir sola y lo divertido que era también.

Sin darnos cuenta, llegamos a nuestro destino. Pero ya sin pensarlo, le pregunte si quería ir a un bar cercano y seguir platicando. El aceptó. Y me dijo que si no preferiría cambiarme de ropa.

Sonreí y dije que no. Me sentía cómoda en mis jeans viejos y como acababa de bañarme, no tome mucha importancia. Total solo era una copa y luego a dormir.

Entramos a un lugar algo rustico, no había mucha gente y la música era muy buena.

Tomamos una mesa y pedimos cervezas. En medio de la plática me percaté de que muchas chicas lo miraban, y no precisamente miradas coquetas, eran totalmente devoradoras.

Él se dio cuenta que miraba para otro lado y cuando me pregunto que sucedía le dije en tono burlón. Nada hombre que todas aquí te quieren llevar a la cama.

Sin darme cuenta, me metí en el paquete.

El me miro, seductoramente y con una voz sumamente sexy me dijo: -¿Todas?, ¿Tú también?-

Yo, debí ponerme roja, y solo sonreí.

Seguimos platicando de su vida, de la mía, de nuestros gustos, de nuestras películas favoritas, etc. Y cuando se terminaron los temas básicos de conversación.

Me pregunto si tenía novio, novia o algún tipo de relación con alguien.

No, fue mi respuesta contundente. ¿Y tú? Pregunté.

No yo no, eso de las relaciones formales no es para mí. Prefiero algo casual, sin compromisos, y totalmente libre.

¡Por fin alguien que piensa como yo! Dije. El solo me sonrió.

Cuando descubrimos que ya iban a hacer las dos de la mañana. Pagamos la cuenta y salimos del local.

Yo, abrí el coche para que sacara sus cosas. Esperaba para despedirme. Pero en eso él se quedó recargado en mi coche y me dijo: – No te lo he dicho, pero tienes unos ojos bellísimos.-

¡Gracias! respondía con algo de rubor en las mejillas. Entonces, algo extraño paso, se acercó a mí, me tomo por la cintura y me beso.

Mientras respondía al beso, no sé en qué demonios pensaba, pero tome su cuello y lo apreté con más fuerza a mi cuerpo.

Y sentí una mano recorriendo mi cintura, hasta llegar a la cadera y posteriormente a mis nalgas.

Lo deje estar ahí, el beso comenzó a ser mas necesitado, mas sexual. De un momento a otro, sus manos tomaron ambas nalgas y me elevaron en el suelo, yo cerré mis piernas alrededor de su cadera, para no caerme, y el, me apoyó contra el carro.

Nos separamos para poder respirar, nos miramos y le dije. ¿Quieres ir a mi casa?, el asintió y nos metimos en el coche. Pero esta vez lo dejé conducir.

Mientras él tomaba camino hacia mi casa con el GPS, yo le baje el cierre del pantalón y busqué entre la ropa aquel miembro que me había imaginado más temprano.

Cuando lo saqué inmediatamente lo metía a mi boca. Sabía delicioso, y el largo y el ancho me sorprendieron, era más grande de lo que había imaginado. Lo tome hasta el fondo de mi garganta, y el solo gemía muy bajo.

Como no estábamos lejos de mi casa llegamos rápido. Pero antes de salir, el tomo mi cabeza y empezó a follar mi garganta.

Lo hacía duro, fuerte y yo gustosa recibía esas embestidas en mi boca. Esperando probar su leche caliente. De un momento a otro, me dijo. ¡Me voy a venir! Y tomo mi cabeza con más fuerza y en una de sus embestidas, lleno de leche mi boca, soltando un sonoro rugido. Yo solo sonreí y me trague aquel delicioso esperma.

Cuando bajamos del coche, el me tomo por la cintura y me cargo, mientras llegábamos a la puerta.

Baje de él, y abrí, inmediatamente después de cerrar la puerta, el me tomo por los pechos mientras besaba mi cuello y caminábamos hacia la sala.

Desabrochó mi sostén y quito la blusa que llevaba puesta, a la vista salieron mis senos y el cómo poseso los lamio, los mordió y los apretó.

Bajó mis jeans y descubrió mi tanga, tiró de ella y escuche la tela romperse.

Cuando por fin quitó lo que quedaba de tela, separó mis piernas y se encontró con mi vagina completamente depilada.

El cómo animal, comenzó a devorarme, me lamio los labios, me succionó, mientras acariciaba mis nalgas desde atrás. Apretaba mis pechos y me daba nalgadas.

Después de hacerme venir, y que yo gimiera mi orgasmo, él se rio, y me dijo: ¡Así que eras tú la de las regaderas!

Yo asentí, mientras me incorporaba a quitarle la ropa, mientras le decía que me imaginaba follando con él.

El, quito su bóxer, y ahí lo vi, ese miembro en todo su esplendor. Era grande y sumamente delicioso. Pero poco tiempo me duró verlo y relamerme al verlo.

Él se colocó enfrente de mí, y sin miramientos me la clavó toda y hasta el fondo. Yo, gemí. Era realmente el más grande que alguna vez había probado. Mientras comenzaba el mete y saca, yo tomaba mis pechos y los apretaba, acariciaba mis pezones y lamia mis dedos para lubricarlos.

El lo hacía rápido, duro, fuerte, mientras me decía palabras totalmente perversas.

Me estaba volviendo loca, y de repente saco su pene de mí y me pidió que me volteara. Me puse con el culo en pompa y el me dio dos nalgadas una en cada cachete.

Mientras se relamía, colocó su verga en mi entrada, y tomó mis caderas y de nuevo me la clavó de un solo golpe.

Me daba nalgadas a cada embestida y con la otra mano jalaba mi pelo para tomar impulso. Mis tetas bamboleaban al ritmo, y en la habitación se escuchaba solamente el golpeteo de sus huevos contra mi piel.

Me sentía desfallecer cuando llego mi segundo orgasmo. Este más fuerte que el anterior.

Grite como loca, mientras él seguía martillando mi vagina con su pene.

De un momento a otro me dijo, que si podía metérmela por mi culo, a lo que yo solo asentí.

Como me encontraba boca abajo, el abrió mis nalgas y comenzó a lamerme el culo, mientras seguía dándome nalgadas o moviendo mis nalgas. Yo gemía, su lengua sin duda hacia maravillas.

Así que le di mejor libertad y separé un poco más mis piernas, Mi vagina estaba toda mojada, y para sentir mucho mejor, comencé a frotar mi clítoris.

El, ocupaba todos esos jugos que salían de mi vagina y los embadurnaba en mi ano.

Cuando estaba lubricada, metió dos dedos de golpe, yo me quedé quieta, me dolía, pero poco a poco mi esfínter se acostumbró a la intromisión.

Pasados unos minutos, viendo mi excitación y movimientos metió otro dedo. Me quedé quieta por un instante y después comencé a moverme hacia sus dedos. El queriendo recuperarlos y yo metiéndolos de nuevo.

Cuando estaba mi culo a punto, él tomó su pene y colocó su cabeza en mi entrada, y de un solo golpe, metió todo su largo en mi interior. ¡Dios! Grite.

Se sentía tan bien, me sentía tan llena. Comencé a moverme, tomé la iniciativa y comencé a mover mis caderas, y comenzó a hacer lo mismo.

Y de un momento a otro ya estaba taladrando mi culo. Dándome duro mientras me decía lo puta que era y lo bien que apretaba mi culo.

Entre tanto jaleo, el comenzó a hacer los movimientos más rápidos y fuertes, las nalgadas se intensificaron y el jalón de cabello era mucho más fuerte.

Mi orgasmo se estaba formando cuando me dijo que se vendría, yo le supliqué que no la sacara de mi culo. Que quería que me llenara de leche.

El asintió y siguió con sus fuertes movimientos. Esta vez una de sus manos se colocó en mi vagina y comenzó a sobar mi clítoris.

Cuando sentía que ya no podía más levante mi cuerpo hasta que su pecho toco mi espalda. El reacciono a esto y subió sus manos a mis tetas, apretó los pezones y luego abarcó con su mano toda mi teta justamente en ese momento mi orgasmo se profundizó y apreté mis esfínteres por instinto, y el, se vacío en mi interior. Sentí los chorros de semen invadiendo mi ano.

Y cuando se relajó, salió de mi interior acompañado de su corrida.

Me quedé dormida por el ajetreo.

Cuando desperté, me encontré sola en mi habitación.

Supongo que me llevo anoche pensé.

Él no estaba y lo agradecía. Aunque sabía que lo vería el lunes.

A partir de ese momento, somos amigos, pero cada viernes, vamos al mismo bar y repetimos la misma hazaña.

Total, ninguno de los dos quiere compromisos y lo quiero sí, pero bien dentro de mí. ¡Nada más!

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