El profesor de spinning

Hola a todos!

Escribo desde Valencia. Tengo 21 años, mido 1’77 y peso unos 69 kg. Soy un chico bastante normal, pero desde que voy a la universidad me he relacionado con un tío que está muy muy bueno. Éste fue quién me recomendó apuntarme a su gimnasio. Fui con él un par de días pero me aburría cual ostra, así que decidí empezar a acudir a clases dirigidas. Os relato qué me pasó en una de ellas.

El primer día que fui a una de las clases de spinning me quedé un poco sorprendido. Vengo de un pueblo de no más de 15.000 habitantes donde todos nos conocemos. Aquí la gente iba bastante a la suya. La gente llegaba, hacía la actividad y se iba a su casa. No había demasiada relación profe-alumno ni alumno-alumno. Esto me gustó mucho, ya que no me sentí nada excluido del grupo, era uno más. La clase es bastante amplia, con 60 bicis, se suele impartir con la luz apagada.

La clase solía estar compuesta por mujeres, lo que me ayudó a centrarme en la faena. Sólo había un elemento distrayente, el profesor de los martes y jueves. Ése tío me hacía sudar sin haber subido a la bici siquiera. Os lo describo: se llama Ángel, tendrá no llegará a 30 años, calvo/rapado, depilado, 1’80 y pico, bastante fibradete, con buenas piernas y tatuajes un poco canis para mi gusto. Viste ropa de spinning, con unas mallas tan apretadas que no cabe ni un átomo y que, como consecuencia, le dibujan un rabo que me hace salivar de lo lindo…

No sólo me encantaba ir a sus clases por la alegría que me daba a la vista, sino que encima era el que mejores clases impartía. No sabía motivarnos mucho, pero variaba en sus ejercicios, lo que hacía las clases mucho más amenas. Además, la competencia era tan baja, que yo destacaba frente a los demás. No es que sea Indurain, pero era de los pocos que aguantaba el ritmo de la sesión (no es ningún mérito teniendo en cuenta que la media de edad de las clases solía ser de 46 años aproximadamente).

A raíz de esto, empezamos a ir hablando un poco más. Las conversaciones no solían pasar del “hola, ¿qué tal?” o “buen trabajo”. Pero con esa voz de macho que tiene el cabrón, me bastaba como para dedicarle alguna pajilla al final del día.

Una vez, se acercó hacia donde yo estaba, después de tantas sesiones creía que se me daba bastante bien, cuando de repente:

-Tienes el sillín demasiado bajo, debes ponerlo más alto o te joderás las rodillas.

En ese momento casi me muero de vergüenza, así que me bajé y entre los dos lo pusimos a la altura que me recomendó. Le toqué por primera vez la mano, pero no creí que fuese nada especial, ya que fue para arreglar el problema que me había indicado.

Las clases siguieron sin sobresaltos, hasta que un día, cuando terminó la clase se acercó a mi bici y me preguntó si tenía prisa, que quería corregirme una postura:

-Monitor: No suelo insistir en estas cosas con nadie, pero veo que te lo estás tomando en serio y debes perfeccionar la técnica. –Siguió diciéndome no sé qué de que mi espalda tenía que hacer una parábola y los brazos torcidos a X grados…-.

Entonces, su mano se deslizó desde mis hombros hasta donde termina la espalda, dibujando un camino con sus dedos. Y subrayó:

-Los glúteos deben estar en posición de sentadilla, para ayudar a ser más flexible. Saca glúteos.

Me puse como me indicó mientras le miraba a los ojos, estaba muy cachondo y nervioso a la vez. El empezó a mover su mano por los glúteos indicándome que lo estaba haciendo mucho mejor. Mi mirada se dirigió a su paquete, que señalaba hacia arriba a la izquierda, con forma de calabacín. Entonces, entraron los del siguiente turno y yo maldije a la humanidad. Ángel me informó de que terminaba en una hora, y me invitó a volver para seguir corrigiéndome.

¡Qué hora más larga! Me puse a hacer máquinas, cosa que odiaba con toda mi alma, echando vistazos a la clase de spinning y rezando porque se encendiese la luz. Cuando terminaron, me acerqué.

-Monitor: ¿Vamos a mi vestuario?

-Yo: ¿Perdón? Creía que venía a corregir mi postura al pedalear.

-Monitor: Allí también podemos corregir posturas, y no te hagas el tonto que sabes de sobra a qué venías. –Lo digo tocándose el paquete con cara y tono de chulo subnormal. En ese momento yo estaba tan cachondo que me dio exactamente igual.

Salimos de la clase y yo le seguí como un perrito. Entramos en su vestuario y:

-Monitor: arrodíllate y empieza a mamar, zorra.

Ya vi que no destacaba por su sutileza, pero yo estaba cegado con su rabo, quería descubrirlo enseguida, así que desenvolví mi mejor regalo. ¡Qué pollaza tenía el cabrón! 18 centímetros de rabo gordo, con una vena que le surcaba el mismo. Eso sí, olía que alimentaba, después de estar pedaleando 3 o 4 horas, eso era como cuando pasas por Stradivarius o Bershka, una hostia de olor fuerte. Este olor era mucho más agradable para mí, estaba absorto mirándola…

-¿Qué haces, coño? Llevas “gipiándome” el rabo desde que entraste a la primera clase y ahora que lo tienes delante no te decidas? –Y se lo guardó en los calzoncillos.

Yo lo volví a sacar y empecé mi mamada. ¡Qué sabor más fuerte! Era un cóctel de lefa, meos y sudor y yo estaba dispuesto a saciarme con él. Lamía la cabezota, recorría toda su longitud con mi lengua, chupaba sus pestilentes huevos, la pajeaba, me la metía en la boca, me la sacaba… No podía parar de intentar darle placer. Lo que él no sabría es que el que más placer estaba recibiendo era yo mismo. Pareció que no le gustaba que fuese yo quién tenía el control de la situación, así que me acostó en un banco de madera más incómodo que una cama de pinchos y se sentó sobre mi pecho. Comenzó una de las folladas de boca más frenéticas que he sufrido-disfrutado nunca. No se daba cuenta de que no me cabía entera (en verdad creo que se la sudaba) e intentaba por todos medios. Como resultado, yo no paraba de ahogarme y me caían babas como a un octogenario.

-Monitor: Traga puta. Con esa cara de niño bueno y cuánto te gustan los rabos.

La mandíbula me dolía mucho pero él seguía. Estábamos disfrutándolo mucho, hasta que, inesperadamente:

-Monitor: en cero coma voy a lefarte entero, cuando eso ocurra quiero que te largues sin mirarme a la cara, una vez me corro me da asco el mariconeo, así que vete o atente a las consecuencias.

Dicho esto, me la metió y me disparó 4 trallazos de lefa espesa que me cayeron por la comisura de los labios y el cuello. Se levantó. Yo me estaba limpiando un poco con la mano cuando me dijo:

-Monitor: ¿Qué parte de “lárgate” no has entendido? Vete cerda. Adéu.

¡Qué humillado me sentí! Cogí mi toalla y salí de allí. Tuve que cruzar medio gimnasio hasta llegar a los baños, intentando limpiarme la lefa por el camino y disimular. Menudo hijo de puta, no pensaba volver a verle nunca más.

…¿o sí?…

Leave a Reply

*