El sueño de desvirgar a mi cuñada

Mi cuñada nació por sorpresa diez años después, cuando mis suegros tenían ya tres hijos criados. Mi mujer, hasta entonces la pequeña de la casa, había cumplido ya once años cuando nació Genoveva. Fue una sorpresa en todos los sentidos, según me explicaron cuando yo llegué a la familia. Fue una sorpresa que mi suegra se quedase embarazada a los cuarenta; fue una sorpresa para mi suegro que no se enteró de nada, según su madre porque bebía demasiado; y fue una sorpresa por el color de la piel de la niña. Mi cuñada tenía la piel tostada mientras que todos los demás la tenían muy clara. Echaron la culpa a algún antepasado que nadie recordaba y el médico no les quiso quitar ese consuelo. Sólo la abuela paterna insinuó que algo tenía que ver con la habitación que alquilaban para ganarse unos duros extras. Algo de cierto habría porque por allí pasaron desde estudiantes, mecánicos montadores, instaladores del tendido eléctrico hasta funcionarios de paso temporal por la Diputación.

Genoveva era una muchacha muy delgada y huesuda a los doce, a los catorce y a los veinte años. Yo la conocí a los doce y le gustaba desnudarse al llegar a casa después del colegio. Se quitaba el vestido y se quedaba en bragas. Dos años más tarde, a los catorce, continuaba haciendo lo mismo. Su cuerpo no había cambiado notablemente y su infantilismo tampoco. Al menos a simple vista. Yo sí que percibí que sus pezones habían crecido un poco, y las aureolas eran más amplias y formaban ya una leve prominencia. También noté que desapareció la hendidura que se formaba en sus bragas coincidiendo con la obertura de su coñito infantil. Habían engordado su pelvis y los labios de la vagina, formando un bulto apreciable, como si tuviese puesta una pequeña compresa. La niña, por lo demás, tenía unos labios gruesos y una cabellera morena envidiable.

A todas estas provocaciones que me excitaban cada día más, sufría continuamente sus retos inocentes.

Se abalanzaba sobre mi en el sofá y se colocaba a horcajadas intentando sujetarme y presumiendo de vencerme en una supuesta pelea. Le gustaba que le hiciese cosquillas. O se sentaba en mi regazo para que la abrazase como a una niña pequeña. A los doce años despertaba en mi una incipiente erección; a los catorce se reía al notar el bulto en mis pantalones. Confieso que me aprovechaba de esos juegos para tocarle los pezones, las nalgas, los muslos y hasta pasar mi mano por sus bragas para notar su coñito.

La vi desarrollarse lo poco que evolucionó su cuerpo en esos dos años. Dejó de bajarse ligeramente las bragas para enseñarme el vello que le crecía que le crecía en la pelvis; o echárselas a un lado para que viese los que brotaban en los márgenes de los labios mayores. Seguía sin embargo enzarzándose en peleas simuladas hasta que notaba el bulto en los pantalones. Entonces lo cogía y me preguntaba qué me sucedía. Luego se ruborizaba y se refugiaba en el lavabo.

Tras casarme con su hermana, venía un par de veces a la semana para hacer un poco de limpieza. Había finalizado la edad escolar y, con dieciséis años, su aspecto físico no ofrecía confianza para que la contratasen en ningún sitio. Estaba muy delgada y apenas acumulaba algunas carnes en las nalgas. Ya no se metía conmigo. Mentalmente, daba la impresión de haber crecido.

La sorprendí jugando con la lencería blanca de mi mujer una mañana que tuve que volver a casa a buscar una documentación. No me oyó. Tenía puesta la música, unos discos de jazz que utilizábamos mi esposa y yo como banda sonora de nuestras sesiones de sexo. Antes de salir, eché un vistazo a la habitación donde supuse que estaría ella. La puerta no estaba cerrada del todo.

Se movía al ritmo lento de la música, acariciándose los costados, simulando que bailaba con otra persona. Llevaba puesta una braguita, medias con liguero y un corsé. Su cuerpo esquelético no conseguía llenar aquellas prendas. Se contoneaba sensualmente y besaba a una boca inexistente.

La observé un par de minutos. Los suficientes como para que emergiese una erección potente. Las aureolas de sus pezones parecían más grandes bajo el raso del corsé y los minúsculos pezones sobresalían como pequeños garbanzos sobre una leve prominencia de lo que años más tarde se convertiría en una mama. Me marché tras ver cómo arrastraba una mano por su vientre y la introducía en la braguita transparente. El vello del pubis había formado un pequeño bosquecillo desde la última vez que me los mostró.

Pasé el día viviendo una contradicción y con mi herramienta alternando entre morcillona y dura. Al mediodía había aflojado la presión y, como tengo la fea costumbre de no llevar calzoncillos, se había posado sobre mi muslo. Se habían escapado unas gotas de mi capullo y me creaban incomodidad. Pasé la tarde con un trabajo mecánico ante una taladradora y eso me permitió idear la manera de follarme a mi cuñadita. Empezó como una fantasía, pero se convirtió en un plan. Me la follaría.

La podría encontrar en casa dos días más tarde, el jueves. Pediría a mi jefe un par de horas libres con la excusa de que vendría el revisor de la caldera de gas. Esa mañana, antes de salir, pondría junto a la lencería de mi mujer un consolador negro de dieciocho centímetros para que mi cuñada se excitase hasta perder la noción de la realidad al soñar con una polla de ese tamaño.

Debería llegar a casa sobre las diez de la mañana, una hora más tarde que ella.

Entraría sigilosamente para sorprenderla en el momento más comprometido. La dejaría tiempo suficiente para que jugase. Quería verla de nuevo contemplándose ante la luna del armario. Dejaría que creciese su excitación mirándose desnuda o ataviada con la lencería erótica, pasando el consolador por sus tetitas, su vientre, entre sus nalgas y entre sus piernas, colocándolo entre los labios del chochito.

Esperaría a que iniciase la exploración de su cuerpo. Estaba convencido de que primero tocaría sus pechos incipientes. Observaría el volumen de sus pequeñas tetas, adolescentes todavía. Pondría su mano infantil sobre cada una de ellas para comprobar su tamaño. Se pellizcaría los pezones y tiraría de ellos en su afán de hacerlos crecer.

No interrumpiría su imaginativo proceso de excitación. La dejaría estrujarse las minúsculas tetas y cogerse los pezones provocando ese pequeño dolor que se torna delicia al aflojar la presión levemente. Sabía que el ardor que nacía en su pezón recorría el camino descendente hasta su entrepierna produciendo pequeñas punzadas de gusto. Apretaría los muslos y cruzaría las piernas al notar en el interior de su coñito la lubricidad.

Llegaría ese momento en el que, tras pasar su mano por el costado para coger su cintura y acariciar su cadera, la posaría unos instantes sobre su vientre. Poco a poco descendería hasta que sus dedos tocasen el vello sedoso que cubre el pubis. En mis pensamientos, el delgado, casi esquelético, cuerpo de mi cuñada se electrizaba al contacto con el raso de la lencería. Alcanzar, en su deambular, la leve prominencia de la pelvis con el matorral ensortijado inyectaría un torrente de placer en sus entrañas.

Gemiría como una gatita enfebrecida por el descontrol de las delicias abrasadoras que brotaban de sus entrañas. Absorbida por la necesidad de ir más allá, de alcanzar niveles más elevados de voluptuosidad, se acariciaría los gruesos labios y los separaría para encontrar los húmedos pétalos que abren la entrada a un universo desconocido aún para ella. Se tumbaría sobre la alfombra para ofrecer su sexo a un ser imaginario. Y colocaría la punta del consolador entre esos labios, introduciría levemente la punta en el agujero encharcado de su coñito. A partir de ahí, soñaría. Soñaría con un falo de carne ardiente que se introdujese suavemente abriendo sus piernas para facilitar el deslizamiento interior. Y mientras sus pensamientos imaginaban lo desconocido, acariciaría muy levemente el clítoris que emergía provocador y brillante.

Apostado tras la puerta, me despojaría de mis pantalones. Las palpitaciones de mi polla nublarían mis sentidos, pero tendría paciencia aún. Aguardaría a oír sus primeros gemidos para presentarme ante ella con el falo enhiesto y babeando las primeras gotas fruto de una erección prolongada. Se sorprendería. Preguntaría que desde cuándo estoy allí. Y no la daría explicaciones. Sin más, pondría mi polla al alcance de su boca. Ella giraría la cara o echaría la cabeza hacia atrás, pero yo la cogería con mis dos manos y la obligaría a notar el ardor del miembro de su cuñado en la cara. Se rendiría inmediatamente. Bien ante mi fuerza, muy superior a la suya, bien a la tentación que alimentó durante varios años. Aún así, esperaría a que le ordenase lo que debía hacer. Y le diría que besase el capullo y después lo chupase. Y lo haría con glotonería. Hasta atragantarse.

Entonces ya se me habría entregado, aunque al sacar mi polla de su boca y soltar su cabeza hiciese un amago de querer huir. Sólo ronronearía cuando la cogiese por la cintura y pegase mi cuerpo al suyo. Le susurraría al oído que la iba a enseñar un nuevo mundo. Besaría su boca sedienta. Pellizcaría sus pezones hasta oír sus quejidos. Y le iría susurrando al oído que besaría sus pechos adolescentes. Y mis labios dibujarían el camino hasta su vientre con besos.

Apuesto a que al llegar a su ombligo sería presa de los nervios y de la excitación. Tendría dudas. Llegaba la hora de hacer realidad sus fantasías y encontrar la respuesta a sus provocaciones. Contemplaría su expresión al sentir mis dedos enredándose en su vello y acariciar los gruesos labios que provocan el bulto de su coñito en las bragas.

Se chorrearía al sentir las yemas de mis dedos repartiendo el flujo viscoso y lubricador por todo el coño, especialmente depositándolo en el clítoris. Temblaría. Se estremecería. Tendría alguna convulsión. Pero se habría entregado completamente a mis caprichos. La besaría en la boca con un beso lleno de lujuria, llevando mi lengua por sus labios y metiéndosela hasta la campanilla, para que recordase que había chupado mi polla. Perdería el sentido y casi la consciencia al verse excitada como mujer. Utilizaría yo el flujo que manaría en abundancia de su chochito para lubricarle al ano e introducir un dedo. Se vería penetrada, aunque fuese por un dedo, pero también imaginaría que llegaría algo más que un dedo. Entraría en una fase de jadeos y gemidos ante cualquier ligero contacto. Tendría el clítoris inflamado y el coño encharcado. Sería como una muñeca de trapo en mis manos, dispuesta a satisfacer cualquier capricho que se me ocurriese.

La tomaría en brazos y la llevaría a mi cama, la cama en la que tantos orgasmos había arrancado a su hermana mientras pensaba en esa chiquilla escuálida. Mientras imaginaba si en ese cuerpo huesudo podían esconderse orgasmos como los de su hermana tetona y culona.

Me echaría sobre ella y después de frotar mi polla con su pubis, me arrastraría hasta dejar mi boca pegada a su coño. Lo devoraría. Paladearía hasta la última gota del flujo que bajase de su vagina. Lamería y chuparía los labios gruesos de los que brotaban algunos de los vellos. Mi lengua jugaría con los pétales de sus labios menores, y se detendría en el clítoris hasta conseguir que las convulsiones de una primera corrida amenazasen con dislocar todos sus huesos.

Antes de que recuperase la calma, me arrodillaría ante ella, y atrayendo su cuerpo hacia mi, tomaría sus labios menores con mis dedos y abriría el coño para colocar la punta de mi polla descapullada a la entrada del orificio. Amagaría con meterla para excitar su deseo y su miedo ante su primera penetración, ante el dolor que sufriría al rasgar su inocencia. Y yo aprovecharía esa incertidumbre para hurgar en su ano con mis dedos hasta dilatarlo lo suficiente para introducir al menos dos. Y a continuación presionar con la punta del capullo hasta logar acoplar la punta en la entrada, empujar ligeramente para hacerla sospechar que la penetraría por ahí.

Se pondría muy nerviosa. Emitiría algún sonido gutural de protesta o de queja por mi indecisión. La besaría en la boca hasta absorberla, y poseerla mentalmente con mi avidez. Retomaría mi posición, para colocar otra vez mi capullo a la entrada de su chochito y esta vez sí empujaría hasta forzar la introducción y topar con esa frágil obstrucción que certifica su virginidad vaginal. Presionaría con suavidad esperando la rasgadura definitiva entre sus quejidos y su deseo. Y, finalmente, empujaría enérgicamente y con decisión hasta lograr introducir toda mi polla abrasadora. Esperaría, tumbado sobre su cuerpo frágil y deleitándome con sus labios, a que se atenuase el dolor y el escozor de sus entrañas para embolear(*) su vagina con suavidad durante una eternidad, conteniendo la eyaculación en cada una de los clímax a los que me llevaba la fricción en la estrechez de la vagina. Cuando se hubiese repuesto del dolor, volvería a comerle el coño para aliviar por completo su desazón y sustituirla por una nueva sublimación del placer. Utilizaría su entrega para volver a dilatarle el ano y, cuando la llevase de nuevo a la cima de las delicias, se la metería de nuevo lentamente en el coño para completar su orgasmo.

Giraría su cuerpo y la colocaría a gatas. Besaría y lamería el rugoso botón del ano para facilitar de nuevo su dilatación. Introduciría un dedo lubricado con crema; luego dos; y finalmente colocaría la cabeza de mi polla a la entrada para ir forzando lentamente la penetración. Una vez conseguida la introducción total, la embolearía suavemente. La sacaría completamente y se la volvería a meter para dejar el esfínter completamente habituado a la penetración.

Esperaría sus reacciones unos minutos hasta detectar si la follada anal también le daba placer físico o sólo placer masoquista.

Y, finalmente, le preguntaría dónde quería recibir mi lechaza. Le dejaría dos opciones, en lo más profundo de su vagina, o en la boca. Si me corría a la entrada del cuello del útero, como me gustaría, mientras me bebía su boca, podría preñarla. Sería un problema muy embarazoso. Estoy seguro de que ella me dejaría elegir. Así que me correría en su boca. Llenarle toda la cavidad de la lechaza espesa hasta que se le cayese por la comisura de los labios. Le ordenaría que se la tragase poco a poco, paladeando el sabor intenso. Y tendría que seguir chupando mi polla hasta dejarla bien limpia.

Tras ese polvo, la tendría a mi disposición para siempre. Dispondría de sus tres orificios con los que podría darme gusto cada vez que me apeteciese.

El plan estaba pergeñado.

Mi jefe no me puso ninguna pega mientras sacase las piezas que tenía que acabar esa semana. Salí con tiempo suficiente para tomar un café antes de subir a casa.

Subí nervioso. No sabía dónde poner las manos. Mi herramienta permanecía escondida como una tortuga asustada.

Abrí la puerta sigilosamente. Se oía a Louis Amstrong y el “What a wonderful worl” que a mi mujer y a mi nos gustaba escuchar tomando algo después de una intensa sesión de orgasmos. Ella no se conformaba con menos de seis y yo con uno dejaba de existir.

Miré en la habitación donde sospechaba que estaría ella con sus juegos. No estaba. Tampoco estaba en el comedor, ni en la cocina. Oí algo en el dormitorio. Me acerqué despacio.

Las puertas del armario estaban abiertas y ella removía el contenido de los cajones. Encontraría los condones, y un par de vibradores de mi mujer. Esperé un par de minutos. Ella continuaba sin apercibirse de mi presencia. Me asomé. Allí estaba. Mi suegra . Ataviada con una bata medio desabotonada y dejando escapar parte de sus tetas voluminosas y los muslos gordos y blancos. Me miró un instante y sonrió. Ante ella estaban los condones y los consoladores.

Dije hola, puse la excusa de que me había dejado el carnet de identidad y salí sin esperar respuesta.

(*) Acción de meter y sacar la polla durante el coito tanto en la vagina como en el ano.

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