El sueño de los maricas.

Me gusta mi trabajo. Soy profesor de instituto, y aunque la gente crea que mi trabajo debe ser una especie de infierno cotidiano, la realidad es que los estudiantes suelen ser gente agradable… y que el buen sueldo y las vacaciones compensan bastante. Lo único malo es que como llevo pocos años, aún tengo que ir de provincia en provincia… hasta que por fin consiga una plaza en mi ciudad.

La historia que os vengo a contar es lo que me ha sucedido este curso. Aún estoy asimilando todo lo sucedido y cuánto ha cambiado mi vida… A veces, cuando llegamos a un sitio nuevo, no sabemos hasta dónde ese sitio, y su gente, nos va a afectar y van a pasar a formar parte de nuestra historia. Esta es la historia de un curso, de un pueblo… pero, sobre todo, es la historia de Nono.

Cuando llegué al que sería mi nuevo pueblo no sabía mucho de él. Apenas que era una región algo depauperada y problemática, y que en ella había ciertos problemas con la inmigración y el menudeo de sustancias. Me consolaba pensar que, al menos, era un pueblo costero, y que cerca había sitios interesantes para hacer turismo. Aún no había visto mi nuevo piso, pero ya lo tenía apalabrado después de contactar por internet con mi nueva casera que, harta de familias y morosos, quería en su piso a un joven profesor que no le diera problema de ningún tipo.

Llegué a mi portal gracias al GPS, y parece que Mari me estaba esperando en la ventana, ya que instantáneamente salió a recibirme. Nada más verme me saludó efusivamente y no me dejó sacar mi equipaje, directamente me subió al piso para que lo viese. Me mostró, orgullosa, mi nueva casa. Era un edificio pequeñito, cerca del paseo marítimo. Antiguo, pero bien conservado. Sólo dos plantas, y dos pisos en cada planta. En la segunda planta estaba mi casa, y la puerta de enfrente era la suya. No me moló mucho la idea de vivir frente a mi casera… pero la señora parecía simpática y pensé que no me venía mal tener un contacto conocido.

Nos pusimos a hablar en mi nueva cocina, e intentando que me dejase solo le dije que iba a empezar a subir las cajas que traía en el coche. Ella me dijo “No te preocupes. He llamado a mi Nono, y ya viene para acá. Él te echa una mano, y en un ratito lo tenéis todo por aquí”. Al preguntarle por “su Nono” me contó que era su hijo, ‘un poco bala perdida, pero de buen corazón’, y justo en ese momento sonó la puerta, que Mari abrió como si aún fuese su casa.

– Mamá, qué coñazo. No sé porqué has tenido que cortarme el rollo. Estaba en la playa con los colegas, echando un partidito… Mira como vengo. No creo que el alquiler del nuevo incluyese servicio de mudanza…

– Calla, niño, que está aquí. Os presento: Mario, Nono.

En ese momento me acerqué a la puerta, de la que me mantenía alejado para darles intimidad, y por fin vi a Nono. Esa visión quedará para siempre en mi retina. Fue el principio de todo. Intenté mantener el tipo, pero ante mí, apoyado en el marco de la puerta, se encontraba un ejemplar de macho joven, un potro bravío, exudando virilidad y confianza, que me miraba retador.

Los gays sabemos que la mayoría de los machos heteros, desde el primer segundo que ponen su mirada en nosotros, saben que están ante una marica. Casi todos creen que estaríamos locos por tirarnos a sus pies… pero son muy pocos los que tienen razón.

Me di cuenta del segundo exacto en el que Nono se dio cuenta de todo. Primero me miraba con cierto recelo… pero al cruzar la mirada conmigo y descubrir el pastel, hubo unos insignificantes cambios en su rostro (una sonrisa sarcástica, una cierta mirada de autosuficiencia) que nos hizo a los dos saber que él sabía qué era yo, y que me había pillado boquiabierto.

Le acerqué la mano, intentando mantener el tipo, y me la extendió, agitándola con un poco más de fuerza de la necesaria… como tratando de demostrar quién era ahí el macho. Ante mí, me sonreía un joven, de unos 19 o 20 años, recién vuelto de la playa. Unas chanclas de goma, un bañador por la rodilla con palmeras, y una camiseta de tirantas que dejaban ver sus brazos y sus hombros, pero también parte del lateral de su cuerpo, en la zona de las axilas y el costillar. Estaba enrojecido, sin duda por la prisa con la que había llegado, pero también por un leve rubor producido por el sol de verano. Perlas transparentes recorrían su frente, y dejaban apelmazado su pelo algo largo por delante, y castaño muy claro. Al darme la mano estaba algo húmeda, por haberse acabado de enjugar la frente. Él mismo exudaba juventud y verano, y también una temperatura corporal muy alta, que casi empaña mis gafas.

En ese momento Mari se deshizo en excusas y se metió en su casa. Yo estaba muerto de vergüenza ante la perspectiva de pasar un rato con ese macho, y no supe cómo romper el hielo. Sólo esbocé un tímido… “Siento el marrón que te ha caído… le dije a tu madre que no hacía falta…”. Él se encogió de hombros y, sin quitarme una mirada de pupilas grises, me dijo: “Cuanto antes empecemos, antes terminamos”.

Empezamos a descargar el coche. Como ambos estábamos intentando demostrar nuestra fuerza y habilidad, terminamos muy rápido… pero agotados. En cuanto subimos las últimas cajas, me hizo un comentario sobre el gran número de cajas que tenían en un dorso la palabra “libros”, y los dos nos reímos. Ya estábamos más relajados. Y él había empezado a mostrar una sonrisa sincera y noble, casi infantil, que no correspondía con la primera imagen que de él tuve.

Los dos estábamos empapados en sudor, pero como estaba recién llegado no tenía nada que ofrecerle y así se lo dije. “No te preocupes, dame algo suelto y bajo a la tienda de la esquina por unas birras”. Me quedé algo parado por lo que me pareció un gesto algo aprovechado… pero, titubeando, le dije que claro; busqué la cartera, y le dije que sólo tenía cincuenta euros. Me los cogió de la mano y me dijo que ahora vendría.

Conforme Nono salía de mi nueva casa con mi billete, recordé las palabras de su madre, y supe que no iba a volver a ver el billete. Me senté en el sofá donde él acababa de estar sentado. Aún estaba allí su presencia, su humedad. Un leve tono de sudor de macho joven, mezclado con el salado del agua del mar, y un embriagador after shave cuya fragancia era más propia de varones mucho mayores que Nono. Me encantó ese detalle. Ese gusto por lo sencillo, lo inmortal. Me encantaba Nono, y su recuerdo empezó a formarme una buena tienda de campaña. Recordaba sus tensos tríceps cogiendo cajas; sus gruñidos de esfuerzo al arrastrar cosas pesadas; sus gotas de sudor cruzando su cuello e internándose bajo la camiseta; su leve aroma que percibía cada vez que nos cruzábamos; el rubio y escaso vello de sus axilas sin depilar, que mostraba con orgullo cada vez que se atusaba el pelo para que el sudor no le pegase el flequillo a la frente; y hasta el par de veces que con gran esfuerzo gutural, echó dos buenos lapos a la carretera, acompañando el acto de escupir con todo su cuerpo, que se movía en contracciones.

En esas estaba yo, empezando a notar ciertas humedades, cuando volvió a sonar la puerta. Parece que había sospechado injustamente de Nono, y que estaba de vuelta con las cervezas. La excitación y los nervios no me dejaron reaccionar, y le abrí directamente la puerta, sin cubrir del todo mi empalme.

Nono pasó directamente, me rodeó casi sin mirarme y se tiró al sofá. Y ahí estaba yo, de pie delante de ese niñato, hijo de mi casera, tirado en mi nuevo sofá, sudado después de una tarde de fútbol y mudanza, y bebiéndose una cerveza que me había salido bastante cara.

Me abrió una y me la ofreció, y yo me senté tímidamente a su lado. Después de unos segundos en silencio, Nono rompió el hielo con un sonoro eructo que hizo retumbar el salón. Le miré con un poco de cara de asco y me dijo “Bienvenido a mi pueblo, jejeje. Aquí hacemos las cosas así”. Ese comentario hizo que nos relajásemos y nos sintiésemos más cómodos. Empezó a contarme curiosidades sobre su barrio, y sobre su familia, y al llegar a su madre, me advirtió.

– Mi madre es muy cotilla… y tiene la puerta justo enfrente tuya, así que cuando traigas tíos no hagas mucho ruido, que ella es de las que se pone a espiar desde la mirilla.

– ¿Perdona…?, jeje, creo que te confundes –dije nerviosísimo, y sin saber por donde quería llevar ese tío la conversación.

– ¿Cómo que me confundo? ¿Después de como te has pasado la tarde embobado mirándome vas a ser capaz de decirme que no eres marica?

– ¡Qué va! ¡Qué dices! ¡A ver si el marica vas a ser tú! –le dije totalmente nervioso, a la defensiva y sin saber reaccionar.

Nono me miró con algo de desprecio, le dio un trago a su birra, volvió a eructar, me miró a los ojos y, enarcando los suyos me dijo muy suavemente, casi en un susurro: “Yo lo que soy es… el sueño de los maricas”.

Yo le aparté la mirada. No podía aguantar más esa situación tan tensa. Estaba empalmadísimo y no quería que él lo viese. Aún conservaba algo de orgullo (que iría perdiendo conforme el curso avanzase). Bebí otro trago, para darme un momento y pensar qué decir. Pero él se me adelantó.

– Me estás diciendo que si ahora mismo te digo que puedo enseñarte el nabo, ¿te negarías? –me dijo, casi al oído, muy cerca de mí, tanto que olía su esencia.

Se me nubló la vista. Nunca había estado en una situación tan morbosa. Ese niñato sudado, ofreciéndome, o eso parecía, enseñarme la polla. Susurrándome al oído.

– No, no, jejeje, no he dicho eso… -dije tartamudeando.

– O sea, que quieres verme el nabo, ¿verdad? –dijo remarcando morbosamente la palabra nabo.

– Sí…

– Dilo.

– Quiero verte el nabo.

– ¿Así habla un maestro?

– Quiero verte el nabo, por favor.

– Bueno… puedo considerarlo… pero eso no es gratis, lo sabes, ¿no?

– ¿Cómo…?

– Que me quedo con el dinero que me has dado antes. Considera las birras un regalo de bienvenida. 25 por la ayuda en la mudanza, 25 por verme el nabo… -a esas alturas estaba muy cerca de mí, apoyado en mi hombro, con los ojos entornados.

– Claro, no hay problema… Hay trato.

– Jajajajaja, “hay trato”, dice el maricón. Pues claro que hay trato. Aquí va a haber trato cada vez que yo lo diga.

Con las mismas se levantó y dio un par de pasos. Estaba como a un metro de mí, mientras que yo estaba medio tumbado, completamente ido. Se levantó un poco la camiseta de tirantas, dejando ver un poco de vello que se perdía debajo de su ombligo saliente. Era rubio, pero visible. “Este cabrón no se depila”, fue lo primero que pensé. Qué morbo. Antes de empezar a bajarse el bañador, se metió toda la mano derecha. Se toqueteó. Removió sus dedos entre sus pelotas. Hundió sus yemas entre su vello rizado. Se movió el rabo, como quien agita una botella. Se impregnó bien de su propio olor de macho, hundiendo la mano hasta el fondo. La saco de su bañador, aún puesto, y se la pasó por la cara.

– Ufff… qué pestazo a sudor tengo acumulado de todo el día. Una tía no se me acercaría ni pagando, pero creo que tu caso es distinto…

Sólo logré asentir. Fui a incorporarme para acercarme a ese macho. Pero me paró, tajante: “Tranquilito, que te he ofrecido verme el rabo, ni una cosa más”. Me volví a alejar, intentando no espantar a aquel ciervo joven, orgulloso de su osamenta.

Al niñato le gustaba el juego lento. Cuando me vio otra vez alejado de su cuerpo, acobardado ante la posibilidad de enfadarlo, siguió jugando. Se siguió oliendo la mano, y en un movimiento rápido, sin avisar y sin que lo esperase, se bajó el bañador hasta la mitad del muslo, pero tapando sus partes pudendas con la mano que le quedaba libre.

Qué visión, aquel joven mozo, en mitad de mi salón, con los pantalones a medio muslo, tapándose su rabo juvenil con una mano, después de haberse pasado el día sudando, y tratando de excitar a un maricón que le doblaba la edad, a cambio de unos billetes.

– ¿Estás listo para verla? Abre bien los ojos, que esto no se olvida… y no vas a tener muchas posibilidades de vérsela a un ejemplar como yo.

Yo sólo pude colocarme bien las gafas, y tratar de respirar haciendo el menor ruido posible. No quería espantarlo. Ese milagro de la naturaleza tenía que desarrollarse sin mi intervención.

– Tres, dos, uno… ¡Ahí tienes la anaconda! –dijo mientras levantaba los brazos.

Nono era un poco payaso, y no se quedó quieto para que yo pudiese admirar esa obra de la naturaleza. Se puso a balancearse para que la polla le bailase. Pero, en esos seis o siete segundos, pude distinguir perfectamente una polla blanca y gorda, contundente, sin descapullar. Bajo ella colgaban, indulgentes, unos huevos densos, de un tamaño especialmente llamativo; de esos que sólo te caben de uno en uno en la boca. Y todo estaba coronado por algo que ya había sospechado: una buena mata de cabello pajizo, no del todo rizado, que era el último ornamento que todo aquello necesitaba para ser perfecto.

A Nono se le pasaron las ganas de bromear cuando, mientras hacía su baile de broma, cruzó su mirada conmigo, y vio mis ojos desencajados, mi boca casi babeante, mi expresión enajenada. Creo que ello le dio mal rollo, porque con las mismas se subió el bañador, privándome de lo más bello que jamás había visto.

Y con las mismas dijo, “me piro”. Casi me dieron ganas de llorar, no podía perder aquello de vista. Pero cuando él ya estaba casi acercando su mano al pomo de la puerta, logré balbucear “por favor, déjame olerte la mano”.

Me miró con un desprecio infinito: “este es el que hace tres minutos negaba ser maricón…”. Me acerqué a él, arrodillándome para ponerme a la altura de su mano y que sólo la tuviese que extender. Él la abrió, la volvió a oler, y me preguntó escéptico “¿esto es lo que quieres?”. Cuando afirmé con la cabeza todo pasó demasiado rápido. La misma mano que acababa de volverse a oler trazó una trayectoria por el aire y me cruzó la cara. Yo, por la sorpresa y la humillación, más que por dolor, dejé escapar un quejido involuntario.

Me miró con asco, y antes de salir de mi nueva casa, sólo me dijo “como te vuelvas a acercar a mí, te reviento”.

Y salió de mi casa. Por un segundo, pensé que salía de mi vida. Qué equivocado estaba yo… Qué poquito tardaría en volverlo a ver.

Pero al día siguiente era mi primer día de clase en el nuevo instituto, así que más me valdría reponerme. Menos mal que esa noche, después de todas las emociones, dormí como un tronco… porque os aseguro que, desde el día siguiente conciliar el sueño me costaría bastante.

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