El taxista

-Buenas noches, ¿adónde?

-Hola, al Paseo Marítimo de…

-Ok –confirma el taxista-. El bar ese donde te he recogido es de ambiente, ¿no? –interroga tras un momento de silencio.

-Sí –contesto sin más mientras me pica la curiosidad y le observo más detenidamente desde el asiento trasero.

-No he estado nunca en uno –aclara.

-No te pierdes nada –le confieso.

-¿Por? –investiga.

-No sé. Bueno quizá sí. A mí no me gustan ese tipo de bares.

-¿Por qué vas entonces? –continúa con su cuestionario.

-Una amiga canta allí.

-¿Travesti?

-No –respondo secamente.

-Ok, ok. ¿No eres gay entonces?

-No tiene nada que ver. No me gustan los bares de ambiente y punto.

-Vale, vale. Sólo quería hacerte el trayecto más agradable –comenta en un tono algo neutro y se calla.

-No eres de aquí, ¿no? –le pregunto tras darme cuenta de que he sido algo borde.

-No –dice seco.

-Por el acento más que nada –continúo.

-Tú tampoco –matiza.

-No, yo soy de Madrid. Estoy pasando aquí unos días.

-Yo también.

-¿También que eres de Madrid o también que estás pasando unos días?

-De Madrid –se ríe-. De Leganés.

-Lo conozco. ¿Y qué hace un taxista de Leganés viviendo por aquí?

-¿Te suena eso de la crisis? –pregunta sarcástico.

-Algo he oído –sigo con la ironía-. Yo lo hice al revés. Con la crisis tuve que marcharme a la capi porque aquí no iba a encontrar trabajo.

-¿Vivías aquí? –preguntó sorprendido-. ¿Cómo es? Yo lo veo algo aburrido.

-Lo es si no conoces mucha gente –me expliqué-. En invierno esto está muerto.

-Tiene pinta, sí. O sea que a ti te fue bien aquí.

-Sí, es verdad que es tranquilo y no hay mucho que hacer, pero no sé, eso de vivir al lado del mar…

-Ya pero de eso no se come ni uno se entretiene –se queja.

-¿No conoces a nadie por aquí?

-Llevo desde julio nada más. Tengo un amigo en Mojácar y a mi ex cuñado, que es el que me enchufó en esto del taxi.

-Pero trabajando de noche conocerás mucha gente que sale de fiesta y eso, ¿no?

-Ya, bueno. Pero tampoco soy muy conversador. Y por las noches la mayoría van borrachos y son turistas.

-Pues como yo entonces –nos reímos.

-Así es. Tampoco he tenido suerte contigo –confiesa.

-¿Por? No voy tan borracho. Aunque he de decir que para estar en un bar de esos necesito beber, no te voy a engañar.

-¿Tan malo es? –pregunta curioso.

-Bueno, ¿por qué no lo descubres por ti mismo? –le aconsejo.

-Hombre, no sé. Me da apuro ir solo o que me reconozca alguien.

-Ese es un riesgo que tienes que correr. Pero no hay más bares de ambiente por aquí. Pasado mañana actúa mi amiga otra vez. Si quieres ir…-le invito.

-Curro esa noche.

-Ok –digo con cierta decepción.

-Pero mañana la tengo libre. Aunque no actúe tu amiga, si tú quieres…

-Vale, creo que no tengo nada mañana –me hago el interesante.

-¿Apuntas mi número? –le pido-. Mi teléfono está sin batería.

-Ok, en cuanto pare me lo das. ¿A qué número del Paseo vamos?

-Al sesenta y nueve.

-Vaya número –se ríe.

-Ya te digo –me hago el simpático-. Está un poco más adelante.

-¿Por aquí?

-Sí, espera…Aquí mismo.

-Son 17 euros.

-Aquí tienes. No me des cambio.

-¿Me das tu número entonces?

-Claro, apunta. 666

-Joder, otro número bonito…

-Ja, ja. Sí, estoy rodeado, si creyera en esas cosas…

-Ja, ja. Pues nada, mmm ¿tu nombre?

-Ángel

-Encantado. Yo Alberto –me dice mientras se gira a darme la mano-. Ya te tengo grabado. Mañana te envío un Whatsapp.

-Vale, cuando quieras. Un placer. Que tengas buena noche.

-Gracias. Hasta mañana –se despide.

Algo ilusionado y contento subí las escaleras. Que no me guste ir a bares de ambiente es precisamente por el ambiente, por la sensación de que todo el mundo no sólo te mira y analiza, sino que además te evalúa. Y no debo aprobar nunca, porque el segundo motivo de que me disgusten es que nunca ligo. Pero ese día tuvo algo de positivo al conocer a Alberto, aunque fuera en un taxi. Casi mejor, pues es una situación casi normal, una manera de conocer a alguien espontánea, no forzada en un bar para gays o a través de Internet. Puse a cargar mi teléfono en cuanto entré a mi casa, pero tras encenderlo Alberto aún no me había dado un toque o algo así.

Fue mi último pensamiento justo antes de ceder al sueño y el primero a la mañana siguiente. Tampoco había entonces señales del taxista. Estaría durmiendo si había trabajado hasta tarde. Continué pues con mi vida normal y fui a casa de una de mis amigas a tomar un café, tal como habíamos quedado el día anterior. Allí le conté lo del taxista sin darle tiempo a que me preguntara qué tal.

-Tía, creo que anoche ligué –le informé mientras le daba un beso en la mejilla.

-Cuenta, cuenta.

Y le conté y se alegró por mí. Ya sólo quedaba esperar a tener noticias de Alberto. Fuimos a la playa hasta la hora de comer. Aquel día yo almorzaba con ella en casa de sus padres, una familia encantadora que me acoge con los brazos abiertos cada vez que voy. Estando allí recibí por fin el Whatsapp de Alberto: “Hola, este es mi número”. “Ok, me lo grabo”.

-Tía, me ha escrito –le dije.

-Ains, que mi “Pincelín” (así me llaman mis amigos de la playa) ha ligado.

Bueno, eso de que había ligado era muy relativo porque lo mismo el taxista sólo quería a alguien que le acompañase al bar en el que me recogió. Total, él sabía que yo no era de allí y que me iría pronto, así que no creí en ese momento que pudiese desear algo más. ¿Y por qué tengo que pensar tanto ante este tipo de situaciones? Pues no lo sé, pero no puedo evitarlo. El caso es que después de ese mensajito vinieron muchos más durante toda la tarde. Imagino que con el objetivo de ir conociéndonos un poco más, y lo cierto es que Alberto me estaba cayendo bastante bien. Quedamos finalmente en que me recogería en mi casa sobre las 21:30 para tomarnos antes unas cañas.

-¿Qué tal? –me saludó al tiempo que me acercaba la mano.

-Bien, ¿y tú? –respondí soso.

-A ver dónde me vas a llevar –dijo.

-A un par de sitios de tapas si te parece bien.

-¿Aquí en el pueblo?

-Sí, ¿algún problema?

-No, no. Por saberlo nada más.

-Entonces, ¿nunca has estado en un bar de ambiente? –le pregunté mientras le daba el primer sorbo a la cerveza.

-La verdad es que no –contestaba tímido mientras miraba a su alrededor como para asegurarse de que nadie nos escuchaba.

-Siendo de Madrid…Por aquello de Chueca, más que nada.

-Ya, bueno. Hace años sí que estuve en uno de ellos. Pero iba con amigos y tal. No es lo mismo.

-¿Y por qué quieres ahora? –curioseé.

-¿Tú qué crees? –fue su respuesta dándome a entender que sí, que era gay.

-¿Cómo ligas entonces? –inquirí.

-No ligo –rió.

-No me lo creo.

-En realidad voy a zonas de cruising o a través de internet –confesó.

-Por aquí hay una.

-Ya, pero no he ido. ¿Tú cómo ligas? –preguntó.

-Tampoco ligo, y en mi caso sí que es verdad.

-¿Cómo es eso?

-Pues que ni por internet. Y a zonas de cruising no he ido nunca.

-O sea que ligas con taxistas que te recogen en bares –bromeó.

-Si yo te contara…-dije descorazonado.

-Pues cuéntame.

-No, no es plan de ponerme a hablar de mis desventuras.

-¿Desventuras? –repitió extrañado.

-Sí, lo mío no han sido aventuras. Tengo muy mala suerte. Pero no voy a seguir, que siempre tengo la sensación de que me quejo mucho en ese aspecto.

-¿No tienes pareja?

-¡Qué va!

-¡Qué raro!

-¿Por? –pregunté con curiosidad.

-No sé, tienes pinta de ser un tío de esos a los que les mola tener pareja.

-Que me mole es una cosa y tenerla es otra bien distinta…

-Pues no lo entiendo.

-Da igual –intenté zanjar.

Quiso seguir averiguando sobre mí y yo acabé por contarle, pero sin dar muchos detalles. Después hablamos de Madrid, de cómo era vivir en la costa y demás temas sin mucha transcendencia. Tras la cena, y ya con seis o siete cervezas fuimos a una terraza del paseo marítimo para tomar una copa, pues consideramos que aún era pronto para ir al pub gay. Estando allí delante de un mojito surgió un problema.

-Ángel, estoy pensando que tenemos un problema.

-¿Cuál? –pregunté con cierta inquietud.

-Pues que ninguno de los dos puede conducir.

-Cierto, pero pillamos un taxi. Yo siempre voy allí en taxi.

-Si hombre, ¡cómo me va a llevar uno de mis compañeros a un bar de gays!

En este punto he de explicar que los taxis en la zona de mi pueblo funcionan de manera peculiar, no como en las grandes ciudades. Todos los vehículos pertenecen a una empresa que contrata a conductores para llevarlos. No es como en Madrid, que cada uno es propietario del coche que lleva. Por tanto, de ir en taxi, tendría que llevarnos a la fuerza un compañero de Alberto.

-Pues sí, tenemos un problema –confirmé-. Pero a las malas podemos decirle que nos lleve a una zona cercana y nos vamos andando.

-¿Hay bares de copas por allí?

-Sí, pero sinceramente creo que no tienen buena fama.

-¿Y eso?

-Creo que son para swingers.

-¿Qué es eso?

-Intercambio de parejas.

-Joder, vaya zona –se lamentó.

-Pues no sé, Alberto. Yo llevaría mi coche, pero hoy seguro que hay controles de alcoholemia.

-Ya, se ponen en la zona de los hoteles. Los veo todas las semanas. Es arriesgado. ¿No hay atajos o caminos?

-Qué va.

-Hombre, se me ocurre que podrías tú pillar un taxi e ir yo unos minutos después. Y en el caso de que haya controles me llamas y me doy la vuelta -propuso.

-No sé. Es un poco temerario. Te quedas sin curro como te cacen. Imagina que en esos minutos se ponen. Yo no lo haría.

-Tienes razón. Vaya mierda entonces. ¿No conoces a nadie que nos pueda llevar? –me preguntó.

-No, mis amigos están ya durmiendo, que no suelen salir. Y la que actúa en el sitio ese no conduce.

-Qué lástima. Teníamos que haber empezado con las cervezas por aquella zona. A la vuelta es más fácil que nos pueda traer alguien o yo qué sé.

-Bueno, si quieres otro día lo hacemos así. ¡O no bebas alcohol!

-Sí hombre, para una vez que salgo. ¡No bebas tú!

-Ja, ja. Yo soy muy borrachuzo. Necesito alcoholizarme.

-Vaya dos, estamos apañados.

Hubo un momento de silencio, de cierta desolación por parte de Alberto por no poder ir al bar de ambiente con las ganas que tenía. Yo también sentí algo de pena, pero por otro lado podríamos seguir bebiendo por allí. Total, mi intención era salir con él, e ir al bar ese no me apetecía demasiado porque como dije antes no me gusta. Pero si nos quedábamos en aquella terraza y seguíamos bebiendo Alberto tendría otro problema, pues no vivía en mi mismo pueblo.

-Oye, ¿cómo pensabas volverte a tu pueblo? –le pregunté.

-Confiaba en que me llevaras tú si no bebías, o que se hiciera de día cuando ya no hay controles.

-Ya, ya –bromeé- O que ligaras con alguno que te invitara a su casa-. Alberto se rió.

-¿Me vas a invitar tú a la tuya? –dijo pícaro.

-No pensaba –seguí con la broma.

-¿Vives solo?

-Sí.

-Uhmmm.

¿En serio? Lo cierto es que no me había planteado que Alberto se pudiera quedar a dormir en mi casa, así que su idea me resultó atractiva y un cierto cosquilleo acompañado de ansiedad me invadió de repente. Si al final dormía en mi casa habría muchas posibilidades de que ocurriera algo entre nosotros, ¿o no? A saber; conociéndome, o sabiendo cómo me comporto, o los descerebrados con los que me he juntado, cualquier cosa era posible.

Tras llamar al camarero para pedirle una copa, éste nos avisó de que sería la última, ya que cerraban en un rato. Aceptamos de todas formas, y se ve que durante el tiempo que tardó en traerla a la mesa, a Alberto le dio por maquinar algo.

-¿Hay algún garito al que podamos ir después? –le preguntó al camarero.

-Aquí en el pueblo no; los de esta zona somos los últimos en cerrar.

-Me lo imaginaba…pero ya ves que no estamos ninguno para conducir –siguió el taxista.

-Bueno, yo me voy ahora a la zona… y allí sí hay bares. Si queréis os llevo.

Alberto sonrió como si hubiera visto el cielo abierto. Yo sólo en parte, porque me dio por creer que quizá a Alberto no le resultaba atrayente la idea de irnos directamente a mi casa. Puede que fueran sólo ganas de fiesta. O quizá no le gustaba, qué le íbamos a hacer. Así que apuramos nuestra copa y nos marchamos. A esas alturas no iba a decir que no para no quedar como un amargado o qué sé yo. En el trayecto descubrimos que el camarero no iba al mismo pub que nosotros, aunque nos invitó a acompañarle.

-No te preocupes. Nos daremos una vuelta por los bares a ver qué hay. Aunque igual luego te buscamos –aclaró Alberto.

Pero mintió, porque entramos directamente al bar de ambiente del que me recogió la noche anterior. Nos acercamos a la barra para pedir una copa y Alberto me preguntó que qué se hacía en estos casos.

-¿Cómo que qué se hace? –inquirí extrañado.

-No sé. ¿Hay que entrar en el cuarto oscuro?

-No es obligatorio –me reí burlón.

-Ah, no sé. Es mi primera vez. ¿Entonces?

-¿Entonces qué?

-¿Qué hacemos?

-Pues puedes esperar a que te entre algún tío, o entrarle tú, o yo qué sé.

-¿Tú cómo lo haces normalmente?

-Yo no hago nada. Claro que así me va…

Alberto oteó por el local pero entendí que no vio nada interesante.

-Acompáñame al cuarto oscuro, anda.

-No –rechacé tajante.

-¿En serio? –se extrañó.

-En serio. No he entrado nunca y no lo voy a hacer hoy.

-¿No tienes curiosidad?

-No valgo para eso –traté de zanjar el tema.

No insistió, pero hizo lo que me temía. Se metió en el cuarto oscuro él solo y yo me quedé también solo apoyado en la barra pasándolo mal y aburrido, tratando de hacerme el interesante y disimulando como si estuviera esperando a alguien cada vez que algún tipo me miraba para que no pensase que había ido hasta allí sin acompañamiento, lo cual me resultaba de alguna manera patético. Además, me creó cierto sentimiento negativo la idea de que Alberto pudiera ligar. No sé si celos o envidia o a saber. Tampoco sé cuánto tiempo estuvo dentro, pero se me hizo eterno. Por fin le vi aparecer de nuevo sonriente aunque un tanto avergonzado.

-Joder, un pavo me la acaba de chupar –me contó.

-Genial, ¿no? –No pude decir nada más por la repentina opresión que sentí en el pecho y la garganta-.

-¿Otra copa? –propuso.

Y yo acepté, claro. Porque no quería quedar mal con un tío al que acababa de conocer y que no se hiciese una idea equivocada de mí. Si es que soy idiota. Y en vez de profesor debería haberme hecho actor por lo bien que se me da disimular. Así que como si nada continuamos con nuestra nimia conversación hasta que optamos por marcharnos. Yo pasé por aquel sitio sin pena ni gloria, y el taxista se había llevado una mamada como quien no quiere la cosa. Requeteidiota. Nos acercamos al garito donde estaría el camarero con la intención de que nos llevara al pueblo. Vimos su coche donde lo había dejado y decidimos esperar. Nos fumamos un cigarro y el chaval apareció.

-¿Nos llevas? –le asaltó Alberto.

Y un cuarto de hora más tarde estábamos frente al coche del taxista, muy cerca de mi casa.

-¿Vas a conducir entonces? –le pregunté.

-Sí, no creo que haya controles hacia allí.

-Como quieras –no me dio la gana de insistir.

-¿Tu invitación sigue en pie? –dijo.

-¿Cuál?

-¿Me has hecho más de una y no me he enterado? –sonrió.

-¿La de quedarte a dormir?

-¡Claro!

-Ah, vale. Como has dicho que te ibas…Pero sí, claro, quédate si quieres.

Y se quedó. Y al llegar a casa nos pusimos una copa. Y efectivamente, y como era de esperar, pasó lo que tenía que pasar. No recuerdo muy bien cuál fue el detonante, pero sí veo con nitidez cómo nos besábamos aún sentados en el sofá de mi salón. Y de ahí a la cama, ya desnudos y empalmados acabando la noche como ambos deseamos desde el principio, aunque no sé si él con la persona que se imaginaba. Yo sí, porque el taxista me moló. No era especialmente guapo, pero tenía algo que me atraía. Al verle sin ropa tampoco enseñó un cuerpazo con músculos ni un gran culo, pero un poco de vello y unas carnes prietas me excitaron sobremanera. Su perspectiva era peor, supongo, pero no le frenó.

Así que nos magreamos y sobamos durante un tiempo hasta que me decidí por chuparle la verga. Reconozco que los olores normalmente me excitan, pero en aquel instante y junto con el sabor a semen de la corrida del cuarto oscuro por no haberse lavado me parecieron demasiado intensos. Por tanto, no me detuve mucho simplemente porque no me apetecía, y busqué de nuevo su boca para besarle. Supongo que así probaría su propio olor y fue por lo que se marchó al baño sin decir nada más que preguntarme dónde estaba. Pensé que se lavaría o algo así, pero se ve que lo meditó y volvió sin haber usado el váter o el grifo.

-¿Nos damos una ducha? –propuso, aunque no supe si se refería a los dos juntos, por separado, porque quizá no fuera él el único que olía mal…

-Espera que te doy una toalla.

Al ver que iba a encenderme un cigarro mientras él se duchaba me preguntó si no le acompañaba. Me quedé un poco parado al principio, pero asentí con la cabeza y nos fuimos al baño. Allí, ya con el grifo abierto y ambos debajo de él continuamos besándonos. En un momento dado, Alberto hizo fuerza con su mano sobre mi hombro insinuando que me agachara para mamársela. No me gustó el detalle, he de decirlo, pero al menos ahora su polla sabía mucho mejor. Sin embargo, la postura era menos cómoda que en la cama, así que tampoco me detuve mucho tiempo. Él se limitó a darme lametazos en el cuello, la oreja, los pezones…pero poco más. De vez en cuando sí que dirigía su mano hacia mi verga para masturbarla, y lo mismo hacía yo. Cogió el bote de gel y me ofreció un poco en la mano. Nos aclaramos y volvimos a la cama.

Allí noté que Alberto pretendía meterla en caliente cuando me giró y me puso boca abajo. Sentir su lengua sobre mi culo fue realmente excitante, pero cuando predije que iba a meterme su polla sin más le frené y le pregunté si llevaba condones. Su respuesta negativa hizo que me diera la vuelta y él pilló la indirecta. “Lo entiendo”, dijo. Y entonces se tumbó a mi lado esperando que quizá le volviera a chupar la polla, pero al ver que no me separaba de su boca cogió mi mano y me la llevo hasta su verga. Comencé a pajearle y él hizo lo propio conmigo. Y así seguimos hasta que nos corrimos.

Después hubo otra ducha, esta vez por separado. Luego un cigarro juntos y apagamos las luces de mi habitación para tratar de dormir. Me gustó que Alberto se quedara allí conmigo. Más aún cuando se despertó y me dio un “buenos días” con un abrazo y un beso. Tomamos café y anunció que se marchaba. Esa noche él curraba, y yo en teoría iba de nuevo al bar de ambiente a ver a mi amiga. Hablamos por Whatsapp durante la tarde, pero ninguno dijo nada comprometedor hasta que nos despedimos antes de que empezara a trabajar. A las tres de la mañana recibí un mensaje suyo: “¿dónde estás? He tenido un hueco y he entrado en el garito de ayer”. Le conté que ya me había marchado por estar cansado debido a lo poco que dormimos. Él ya no contestó. Imaginé que se metió en el cuarto oscuro a que le hicieran una mamada, o quizá que volvió a coger el coche. A eso de las siete de la mañana recibí otro: “he conseguido condones”. Lo leí y me quedé pensativo con el teléfono en la mano y la mirada fija en la pantalla. No supe qué escribir, y no lo hice. Parecía estar claro que quería venirse a mi casa para follarme. Lo que no tenía yo tan claro es que a mí me apeteciera. Ya no sólo por ganas, sino porque se saliese con la suya. Imaginaría que a mí me encantaba que me follaran, pero realmente él no lo sabía ni trató de averiguarlo. Creo que finalmente sí que quedé como un amargado. Será que lo soy de verdad.

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