El Vagón del metro

Todas las mañanas cojo el metro para ir o volver del trabajo en la ciudad, soy un currante más de los que por la mañana vamos con los ojos pegados y la prisa metida casi por instinto en el cuerpo. Es cierto que yo puedo llegar a la hora que me de la gana y volver cuando yo quiera, pero si que tengo que cumplir con mis 45 horas semanales y me las administro según me convenga. Casi siempre cojo el penúltimo vagón y me apoyo en la puerta que da paso al siguiente vagón mirando el móvil o con algún periódico leyendo las noticias. Como siempre hago el mismo trayecto en el mismo sitio con alguna gente que también coge el mismo metro te acabas saludando, sobre todo con una señora algo mayor que a mi parecer debe de ser un encanto de mujer. Desde hace un tiempo solo cojo el metro a esas horas por verla y saludarla.

Una de esas mañanas el metro se quedó parado por una avería entre dos estaciones. La señora y yo fue cuando comenzamos a hablar sobre la avería y de podría ser. Yo miraba el reloj pensando a que hora llegaría al trabajo y a que hora tendría que salir. Ella me preguntó:

– ¿Llevas mucha prisa?

– Si, aunque no tengo hora de entrada ni tampoco de salida, a la semana tengo unas horas que cumplir y estaba pensando a que hora tendría que salir.

– Que buen trabajo ¿no?

– Bueno, a medias. No todo lo que reluce es oro.

– Pues como todos los trabajos. Yo hace unos años me jubilé del mío y ahora voy todas las mañanas a ver mi hija, a mis nietos, como con ellos y luego por la tarde vuelvo a mi casa.

– Eso es vida – dije yo.

– ¡Uy que va!, todos los días es lo mismo. Mis nietos no levantan la cara del móvil o de las tablets esas, mi hija no para en casa entre recoger, limpiar… y yo intento hace rlo que puedo pero ella no me deja porque quiere que yo descanse, ¡que descanse mas me dice! ¡ni que no descansara ya!

– Mira que atenta es su hija. Ya quisiera yo tener a alguien que me hiciera las cosas de casa – dije yo.- Menos mal que es un piso muy pequeño y se tarda poco.

El metro entonces comenzó de nuevo a andar y seguimos hablando.

– A mi me cuesta un triunfo hacer las cosas de casa, si fuera por mi tendría platos y vasos de usar y tirar.

– Anda, mira que sois los jóvenes. Tampoco es para tanto.

Seguimos hablando de nuestras casas hasta que llegué a mi estación y me despedí de ella hasta el día siguiente.

Ese día me quedé pensando en la señora y en nuestra conversación, no se porqué pero así fue. Al día siguiente nos volvimos a encontrar en el mismo sitio y nos saludamos como siempre.

– Buenos días – dije yo.

– Buenos días – dijo ella.

– De camino al trabajo ¿no? – me preguntó.

– Si, pero sin ninguna gana porque además esta semana ya he cumplido las horas – dije yo.

– Entonces, ¿Por qué vas?

– Por terminar unos textos y no volver hasta el martes por la mañana.

– Yo hoy no voy a ver a mi hija, me he cansado de ir. Hoy libro, jejeje. – Dijo ella – Hoy voy al médico a por unos resultados y luego me voy a ver una casa que tengo al lado de la jefatura de tráfico, me tomaré un café allí, regaré las plantas y volveré a mi casa.

– Yo mataría por un café ahora mismo – dije yo suspirando.

– Oye, y porque no me acompañas al médico y luego nos tomamos ese café, ¿te apetece?

Yo me quedé asombrado por la proposición de la señora, pero que coño, un café que no supiese al aguachirri de mi cafetera me vendría bien.

– Pues si, a la mierda, perdón, a la porra los textos, vámonos a por ese café – dije yo sonriéndola.

– Muy bien. Yo elijo el lugar.

– Me parece muy bien – contesté yo.

Nos bajamos en la siguiente parada, salimos del metro y cogimos el autobús. Nos costó meternos porque venía hasta arriba y no entraba ni un alfiler. Yo hice hueco para nosotros dos en la puerta de atrás para poder salir mejor pero un gordo con traje se coló entre ella y yo. Tosiendo le di un codazo en el costado al gordo y me puse al lado de ella. Nuestros cuerpos se rozaban con el movimiento del autobús, con los frenazos y arranques nos echábamos uno encima del otro sin poder evitarlo. Una señora que iba sentada se levantó y rápidamente le guarde el sitio para que pudiera sentarse. Yo me puse de pie al lado de ella, con mi paquete a pocos centímetros de su cara que con los arranques, frenazos y el tiempo que llevaba sin acostarme con nadie, pues la llevaba bastante gorda. Seguimos hablando de su hija y sus nietos, mientras ella sacaba sus fotos de su bolso. Cuando cambiaba de foto buscando en su bolso, con su codo me tocaba el paquete. Yo pensaba que lo hacía sin querer y no le dí importancia, además no me podía alejar porque no había mas espacio. Ella seguía a su historia y yo no hacía nada más que pensar en su codo tocándome el paquete. Llegamos a la parada y nos bajamos del autobús. Nos dirigimos a su casa y llegamos a una casa adosada justo detrás de la jefatura de tráfico, enfrente de un parque muy grande con un lago.

– ¡Ala! ¡que bonita! – Exclamé yo – ¡lo que daría por tener una de estas!

– Era donde vivía con mi marido, pero al morir hace unos años me fui a un piso que por entonces, teníamos alquilado que coge mas cerca de donde vive mi hija.

– Vaya gozada de sitio.

– ¿Te gusta?

– Claro que si, si yo viviera en uno de estos… – me quedé pensando

– Bueno, seguro que si te lo propones, lo consigues – me dijo ella abriendo la cancela y quitando la alarma – Pasa, pasa. Este es el salón, el baño está ahí y las habitaciones están en este pasillo. Hay tres mas arriba, pero por no subir las escaleras, nunca subo – me explicaba.

Yo estaba atontado mirando aquel palacete comparándolo con mi piso mentalmente.

– Vente a la terraza, veras que bonita la tengo con sus flores y plantas.

Cuando llegamos aquello parecía la selva, había macetas por todos lados. Las de arriba ocultaban la vista de la terraza de los mirones y ademas un toldo cubría la mayor parte del mismo.

– ¿Quieres ese café entonces o no? – me preguntó la señora. Yo miraba embobado para todos los lados sin hacerla caso.

– ¡Eh! ¡Despierta! – exclamó.

– Si, si. Claro que si. Con leche del tiempo si tienes, por favor – contesté yo.

– No tardo en hacerlo, ahora mismo vuelvo.

Yo me metí dentro otra vez y miraba la casa de nuevo, se notaba que hacía mucho tiempo que allí no vivía nadie. Me acerqué a la cocina y le pregunté donde estaba el baño. Me señaló donde era casi acompañándome hasta dentro. Me metí y pude ver que le hacían falta un montón de cosas y que otras estaban para arreglar o cambiar. Al salir me dirigí a la cocina a la vez que ella salía y nos chocamos echándonos el café por la ropa y tirando las cosas al suelo.

– ¡Los siento, lo siento! Perdóname, no te he visto salir – dije yo agachándome a recoger todo.

– No, no, déjalo ahí, no sea que te cortes. Ha sido culpa mía, es que no estoy acostumbrada a tener compañía aquí y salgo como las cabras de la cocina. Déjame que te limpie – no terminó de decir su frase cuando se fijó en mi camiseta y mis pantalones totalmente llenos de café y la leche – ¡vaya como te he puesto! ¡Vaya por dios! ¿Y ahora que hacemos?

Yo me miré y vi que incluso chorreaba café y leche por el final de mis pantalones, me encogí de hombros y la miré como diciendo: “ya hora que”.

Ella se dio media vuelta y se dirigió a la cocina y trajo un rollo de papel y cortando varios trozos me los daba para secarme, pero las manchas seguían ahí.

– ¿Sabes lo que te digo? Ahora mismo te bajo una bata mía, te quitas la ropa y la metemos en la lavadora para limpiarla.

– No, no, de verdad, no hace falta – dije yo.

– ¿Y que piensas hacer? ¿irte así para casa? – me contestó ella.

– Pues no, es verdad. No puedo irme así.

– Venga, quítate la ropa y la lavamos.

Con esfuerzo se subió a una de las habitaciones de arriba y me bajó una bata azul más bien corta, yo diría que sería de ella. Me metí en el baño y me quité la ropa pero al verme los calzoncillos vi que también estaban manchados.

– Joder, ¿esta señora que traía un tanque de café o que? – pensé al verme.

– Pásame toda la ropa, todo lo que tengas manchado me la das que pongo la lavadora ahora mismo – me dijo la señora desde fuera.

– Vale, no se preocupe, ya voy – dije desde dentro. Me puse a pensar en que hacer, si darla también los calzoncillos o no. Al final no me los quité y le dí solo la camiseta y el pantalón. Salí del baño con la bata abrochada por la cintura que casi no me pasaba del culo.

– Lo siento hijo, pero es que no tengo otra – me dijo ella al verme con aquello tan corto.

– No se preocupe, no pasa nada – dije yo mirándome.

– verás como dentro de nada ya están secos.

La señora se fue con mi ropa a la cocina y la metió en la lavadora. Al volver me vio que los calzoncillos también estaban manchados.

– ¿Por qué no me has dado también eso si están manchados? – me dijo

– ¿El que? – dije yo haciéndome el tonto.

– Los calzoncillos hijo, los calzoncillos – me dijo ella.

– No se preocupe por eso de verdad, no les pasa nada – dije yo

– Nada, nada, quítatelos y los lavamos antes de que sea mas tarde.

– Que no, de verdad. Cuando llegue a casa los lavo y si se quedan mal pues los tiro y ya está – dije yo.

– No, dámelos por favor – me pidió ella.

– Vale, vale. Voy al baño a quitármelos – dije yo.

– Vale, pero date prisa que si no, luego no puedo abrir la lavadora – me dijo ella mientras me alejaba.

Me metí en el baño, me quité los calzoncillos y salí.

– ¡Que vergüenza! – dije yo intentando taparme con la bata.

– Anda, anda, no seas crío. No pasa nada, – me dijo ella intentando apaciguar la situación.

– Joder, si es que se me va a ver todo – pensé para mi.

Al volver la señora me dijo que pasásemos al salón para que nadie me viera así y me senté en un sillón intentando taparme con su bata.

– Que mono estas con mi bata, te queda bien – me dijo mientras la señora se sentaba en el rincón del sofá – ¿que haces allí? Vente aquí al sillón – me dijo mientras apoyaba su mano haciéndome señas para que me sentara con ella al lado. Yo me levanté y me senté a su lado, donde ella me dijo y nos servimos una taza cada uno de café que todavía había.

– Bueno, ¿y tu que? ¿tienes novia o algo? Cuéntame algo sobre ti, ya que tenemos que estar aquí todavía un buen rato – me preguntó

– ¿Yo? Que va, hace años que no estoy con nadie. Solo me dedico a mi trabajo y poco mas – la dije yo – No me queda tiempo para más, la verdad.

– Pues yo pensaba que tendrías novia o pareja, como ahora no puedes decir solo novia, que puede ser novio también – dijo ella bebiendo de su taza.

– ¿Novio yo? Que va, me encantan las mujeres – dije yo riéndome de su pregunta – yo los hombres como amigos nada más.

– Es que con estos tiempos cualquiera sabe. Lo mismo te crees que el hijo de tu vecino de toda la vida ya se habría casado y tendría hijos y resulta que es de la otra acera – dijo ella.

– Tampoco es nada malo, hay gente que le gusta el pescado y a otros la carne – dije yo acomodándome contra el respaldo del sofá. No me acordé de que llevaba la bata y se me subió dejando casi mis partes al descubierto, se me veían parte de los testículos y el capullo. Ella se giró poniéndose de frente a mi con su taza en la mano y seguía hablándome:

– Yo desde que mi marido se murió el pobre, no he querido irme con nadie, prefiero quedarme con mis nietos y mi hija –me dijo bebiendo de su café mirándome como se escapaban mis partes por debajo de la bata.

– Yo solo he tenido algún royo de una noche y nada más. Pero no siempre – dije yo bebiendo de mi taza.

– A pero, ¿eso existe? – me preguntó ella.

– Si, dos personas quedan una noche o un día o cuando sea y pues eso… y luego cada uno por su lado – la expliqué yo.

– Joe con la juventud, que adelantados sois – dijo ella – en mi época si te juntabas con alguien ya era para siempre.

– Ahora ya no, la gente no quiere compromisos – dije yo.

– Pues me parece bien, que hay que vivir la vida, La vejez llega pronto – dijo ella echándose para delante a por mas azúcar. En su camino sus ojos se fueron a intentar ver mas mi polla descansando sobre mi pierna sin que yo me diera cuenta – Voy a ver la lavadora como va, a veces pierde un poco de agua – Se levantó del sofá y se fue a la cocina. Al poco volvió y traía un botón de su camisa desabrochado, el primero de arriba.

– No pierde agua – dijo sentándose mirando mi polla de nuevo – es que la pobre es muy vieja como yo y ya no trabaja igual.

– Que va a ser usted vieja, ya quisiera mas de uno y una estar como usted – la dije poniéndola una mano en su hombro.

– ¿Qué no soy vieja dice? – dijo ella riéndose – A mi edad yo podría decir que casi he inventado el fuego, jejeje.

– Que va, no es usted tan mayor. Ya me gustaría cuando yo llegue a su edad estar como usted – la dije yo.

– Bueno, ya lo verás. Yo no estoy como antes, guapa y vivaracha, ahora solo soy un estorbo para todos – me dijo ella.

– No, eso no. Nadie es un estorbo, todos servimos para algo. Cada uno en su medida – la dije yo intentando consolarla – ¡si yo fuera mas mayor la cortejaría!

– ¡jajaja! Que majo eres, no entiendo como no tienes novia – me dijo ella poniéndome la mano en mi pierna desnuda. Ahí fue cuando vi que mis partes se asomaban por debajo de la bata e intenté tapármelas cambiando de postura.

– Emm… perdón, no me he dado cuenta, lo siento. No pretendía nada – la dije yo disculpándome.

– No pasa hijo, es que no tengo una mas larga y claro, pues todo se asoma – dijo ella sonrojada.

– A ver si así no se asoma nada – dije yo tirando de la bata para abajo.

– No te preocupes, a mi edad ya no me asombra nada ni nadie con nada – dijo ella llevando la mano a su pecho desabrochándose el siguiente botón.

– Pero es que no es de recibo que ande yo enseñándola nada, y menos eso – dije yo.

– ¡Uy si solo fuera eso! Por lo menos eso me alegra la vista ¡jajaja! – Dijo ella mientras se ponía de nuevo enfrente mía apoyada en el respaldo del sillón – las de los viejos están todas arrugadas y caídas y por lo menos esa no está arrugada, ¡jejeje!

– Mira que suelta está la señora – pensé para mí.

Bebimos de nuestras tazas y las dejamos encima de la mesa.

– Pues que sepa que usted no está tan mal y con lo maja que es, ¡Si yo fuera mas mayor usted no se escapaba! – la piropeé intentando animarla.

– Me vas a sacar los colores hijo, muchas gracias – me dijo poniendo su mano encima de la mía – muchas gracias por decirme algo tan bonito. Ya nadie dice esas cosas.

– Es que ya nadie se fija en nadie – la dije yo.

– Bueno, voy a llevar todo esto a la cocina y vengo enseguida – dijo ella levantándose.

– Espere que lo llevo yo, no se preocupe, quédese ahí – la insistí.

– No, no. Las llevamos los dos y arreglado – dijo ella dándome las tazas y el azucarero.

Yo me levanté del sofá y la bata también pero como ella iba delante no me preocupaba por que me viera nada. Al llegar a la cocina y mientras ella seguía de espaldas a mi, solté rápido todo y me tiré de la bata para abajo volviéndome a tapar.

– He visto que en el baño, tiene varias cosas mal y otras para arreglar – dije apoyándome en la encimera.

– Si, las cosas se estropean y como no tengo a nadie que me lo arregle, pues ahí están – dijo ella fregando las tazas.

– Yo si quiere puedo venir a ayudarla con eso – me ofrecí.

– Muchas gracias hijo, no sabes cuanto te lo agradezco – me dijo ella – en estos días ya hablaremos de ello.

– vamos al salón – me dijo dándome paso con su mano.

– SI, no sea que alguien me vez con la bata y usted y vayan a pensar cosas que no son – dije yo en broma.

– Ya quisieran ellos tener que darles yo que pensar. Si, mejor, mejor. Que aquí la gente es muy chismosa. – dijo ella detrás de mi por el pasillo.

– ¿Le importa si voy al baño? – pregunté

– No, claro que si, ya sabes donde es – me dijo ella.

– No tardo.

Me metí dentro del baño, hice mis cosas y salí de nuevo hacia el salón. Al llegar ella no estaba y la llamé.

– Estoy en la habitación del fondo – dijo ella.

– Vale, estoy en el salón – dije yo.

– No, vente si quieres – me dijo ella.

Yo me acerqué a la habitación del fondo donde ella estaba y abrí al puerta. Estaba sacando unas cosas del armario y me ofrecí a ayudarla.

– Déjeme a mi.

– Gracias, me tienes que bajar eso de ahí arriba – me señaló con la mano hacia una bolsa grande.

Me subí a una escalera y pensé que la señora me vería todo desde abajo pero al mirar donde estaba, estaba al lado del cabecero. Así que aproveché que estaba allí para bajar la bolsa lo antes posible y que no me pudiera ver nada, pero la bolsa se resistía a salir y tardé mas tiempo. La señora se puso debajo de mí mirando hacia arriba del armario. Yo pensé que bueno, ya que antes me había visto todo, pues que por una vez mas, no pasaba nada. Y abrí un poco mi pierna dejando algo más a la vista. No me di cuenta que por delante también se me había abierto y mi pene se escapaba por allí. Ella cogió la esquina de la bata y me la puso por delante.

– Vaya con la bata – dijo ella – está tonta.

– SI, muchas gracias por taparme – dije yo mientras sujetaba con las manos arriba la bolsa y me ponía de puntillas encima de la escalera. Desde arriba pude verla el canalillo y aunque con la camisa no parecía tener muchas tetas, el canalillo decía algo más. Al mover mi pierna se me volvió a abrir la bata dejando salir de nuevo al canario.

– Como estamos hoy, no quiere tapar nada – dijo ella intentando tirar de nuevo de la bata para ponerla delante – lo siento pero no soy capaz, no llego. Hasta que no bajes no te las vas a poder colocar.

– No se preocupe ya, no se ni cuantas veces me la habrá visto – dije yo tomándomelo a cachondeo.

Logré bajar la bolsa del armario y ella alzando sus manos cogió la bolsa la agarró por las asas y al bajarla hacia el suelo con su antebrazo me rozó mi pene.

– Muchas gracias por tu ayuda. No se si hubiera podido yo sola – me dijo con una sonrisa.

– Nada, no se preocupe.

Nos fuimos al salón y nos volvimos a sentar en el sofá.

– Me vas a perdonar, no quiero ser indiscreta pero me gusta tu… ya sabes… la tienes bonita – me dijo la señora.

– Emm… pues gracias – dije yo cortado.

– No te sonrojes, es verdad. Me parece bonita y como te he dicho antes, por lo menos me alegra la vista – me dijo la señora.

– Joder con la señora, no está suelta, está descontrolada – pensé para mi.

– Y hace mucho tiempo que nadie me alegra la vista – siguió – ya nadie querría nada con alguien como yo.

– Yo he decirla y confesarla que desde lo alto de la escalera la he visto su… canalillo – dije contrarrestando – y también es muy bonito. A muchas chicas ya les gustaría poder lucir uno como el que tiene usted – la dije con mi mano apoyada en su hombro mientras ella se ruborizaba.

– ¿Se me veía? Que vergüenza – dijo ella – pero bueno, ya que tu o la bata me la enseñabais pues yo tenía que corresponderte – me dijo la señora poniendo su mano encima de la mía.

– Una por otra – dije yo – cada uno tiene sus cosas y si además, consiguen alegrar la vista de los demás, pues sinceramente, bienvenido sea, ¿no¿

– Bueno, bueno, que tu por lo que he visto no vas mal de tus cosas – me dijo guiñándome un ojo.

– No, no. Tampoco es para tanto – dije yo.

– Si, yo no he visto muchas pero así lo que yo he podido ver, si está bien – dijo la señora – ¿te puedo preguntar una cosa?

– Si claro, lo que sea – dije yo.

– ¿puedo vértela entera? – me preguntó.

– ¿Perdone?

– Si, que si puedo vértela, toda – me volvió a decir.

– Hombre, no se, discúlpeme, pero creo… -dije yo titubeando

– ¿No le harías un favorcito a una señora mayor? – me dijo.

– Bueno, si solo es verla, vale. – dije yo.

– Si – me dijo ella.

– Vale, pues… – me desabroché la bata, me abrí de piernas y la enseñe mi polla apoyándola en la palma de mi mano .

– ¿Ves? Lo que yo te decía, si es más grande – dijo ella.

– Bueno pues ya está – y me cerré la bata.

– ¿Si te pidiera una cosa podrías hacérmela?

– Depende de lo que fuera, yo hay cosas que no sé hacer.

– ¿Porque no te quedas sin nada?, ya que estas… – me dijo ella.

– No, mira mejor dame mi ropa y me voy – dije yo levantándome del sofá. Me fui a la cocina y esperé que viniera la señora a abrir la lavadora.

– Espera, espera, no te enfades, solo era una pregunta sin mala intención – me dijo. Y ni corta ni perezosa metió su mano cogiéndomela – Y que suave es. Que pena que quieras marcharte. Podrías hacerme un poco mas de compañía…

– Mire señora, no es que no quiera pero como comprenderá, no creo que sea muy buena idea que usted y yo…

– Mira, yo no te estoy pidiendo nada del otro mundo, solo quiero que me acompañes durante esta mañana pero ya que te la he visto varias veces pues me gustaría que me hicieras ese favor. Además, entre llevar mi bata y no llevar nada, es lo mismo.

Sus manos eran muy suaves y que yo, bueno, pues hacia mucho tiempo que no había tenido marcha y para una mano que me la toca me hizo cambiar de opinión.

– Vale, pero solo un rato. – dije yo.

– El tiempo que quieras – me dijo ella pegándose a mí, abriéndose la camisa – y para que veas lo que te lo compenso, yo creo que debería también quedarme como tú – Se terminó de quitar la camisa y la tiró al suelo. Dejó un par de tetas apretadas por el sujetador que madre mía, eran más grandes de lo que me hubiera imaginado. Mi polla comenzó a crecer al ritmo que su mano me masturbaba y puse mi mano en su culo.

– Pero esto también quiero verlo fuera – dije yo

– Claro, si tú estás desnudo, yo también.

Se descalzó y se bajó la falda dejándome ver unas bragas de color blanco que ocultaban el mayor secreto de la señora. Empujó con su pie la falda hacia donde estaba la camisa y con sus manos se bajó las bragas dejando al aire su coño que para mi asombro casi no tenía pelos.

– Ya estoy igual que tú – me dijo poniendo sus brazos en jarras luciendo su cuerpo.

– Bueno, pues ahora me toca a mi – dije yo tirando mi bata al suelo luciendo mi morcillona polla – bueno, pues si quiere, nos podemos ir al sofá.

– Buena idea, estaremos mejor allí – dijo ella ofreciéndome su mano. Yo gustosamente se la cogí y nos fuimos al sofá y nos sentamos uno enfrente del otro, ella con una pierna encima del sofá y yo en la misma postura dejando mi polla apoyada sobre un cojín.

– Pues ya estamos, ¿Quieres algo del mueble bar? – me dijo ella.

– Es muy pronto para mí, pero si usted se bebe una conmigo, si quiero – dije yo

Se levantó y se fue al mueble bar que estaba en la parte baja, poniendo su culo en pompa me ofreció varias bebidas.

– Hay ron, ginebra y vodka – me dijo

– Pues Vodka – dije yo

Sacó dos vasos y los llenó. Brindamos y bebimos el primer trago. Al cabo de una hora casi llevábamos más de media botella en chupitos.

– Joder con la señora – pensé yo – si que aguanta el alcohol.

– ¿te importa que ponga un poco de música? – me preguntó.

– Que va, póngala. Mejor acompañados estaremos – respondí mientras mi lengua se trababa en mi boca.

– Ya te está haciendo efecto el alcohol, no te preocupes, a mi ya me tiene chisposa – me dijo ella mirando entre unos discos.

– Es que a estas horas y que el vodka no es mi fuerte… – me disculpé.

– A todos nos afecta, es normal – me dijo ella metiendo un CD en la cadena de música. Era un CD de bailes lentos echo de canciones versionadas de los 70´s y 80´s.

– ¿Bailas? – y me ofreció su mano.

– Bueno, pero soy muy patoso y no sé mucho – dije yo bebiéndome el vaso de un trago.

Me levanté y me puse frente a ella agarrándola de la cintura y de su mano.

– Acércate a mi que no muerdo y así no se baila – me dijo apretándome contra ella. Nuestros sexos se quedaron pegados el uno contra el otro mientras comenzábamos a bailar lentamente. Ella apoyó su cabeza contra mi pecho y yo mi barbilla en su cabeza. Mi polla comenzó a despertarse al contacto con ella y yo no podía hacer nada por evitar que no se levantase.

– Perdón – dije yo.

– ¿perdón porque? – me miró ella extrañada.

– Por mi… esto – y moví mi pene frotandolo contra su coño.

– No me importa, me gusta que todavía alguien se alegre conmigo – me dijo ella – y me hizo pegarme mas a ella apretando su mano en mi cintura.

– Muévete un poco mas que pareces una estatua. Déjate llevar por la música – me dijo ella.

Cedí en mis movimientos y me dejé llevar por ella.

– ¿Bebemos otra? – la pregunté

– Si, échame otra – y llené otros dos vasos de vodka y cogimos cada uno el suyo. La señora se dio la vuelta apoyando su culo contra mi polla enterrándola entre sus nalgas. Brindamos y nos bebimos el vaso de un trago.

– ¿Puedo ir al baño? Lo siento pero es que al beber me dan ganas de mear – la dije disculpándome por separarme de ella.

– SI pero también tengo que ir yo – me dijo ella. Y me agarró la mano llevándome hasta el baño. Ella se sentó en la taza y a mi me dijo que si quería mease en el bidé que estaba justo a su lado. Yo no me corté y comencé a mear a la misma vez que ella. Ella me la cogió apuntando mejor que yo dentro del bidé.

– ¿Mejor no? – me preguntó.

– Si, si. Mucho mejor – contesté yo.

– Ahora cuando termines coges un poco de papel del rollo de ahí arriba y me das un poco – me dijo señalando un armario con unos rollos de papel higiénico. La corté un trozo y se lo dí. YO había terminado pero ella no me soltaba la polla. Me tiró de ella acercándosela y con su otra mano me la secó de cualquier resto.

– Ya está seca – y elevándola la dio un beso – me encanta tu pene, no se que tiene de distinto pero me gusta – y la volvió a dar otro beso. Ahí mi polla se terminó de poner dura en su mano sin que ella dejase mirarla. Se levantó de la taza y al salir del baño sin soltármela me guió al salón. Yo no pensaba mirándola como me llevaba como si fuera un perrito saliendo de paseo.

– Siéntate conmigo – me dijo. Me sirvió una copa y volviéndomela a agarrar empezó a derramar la bebida sobre mi polla haciendo que se escurriera por mi glande poniendo ella su boca debajo. Cuando dejó de caer bebida me agache abriendo mis piernas apoyando mi glande sobre sus labios abiertos sorbiendo la bebida.

– Mejor así – me dijo ella sorbiendo las últimas gotas. Con su mano guió mi capullo hacia abajo apuntando hacia su boca. Se metió mi glande limpiándomelo de cualquier resto de alcohol. Fue una sensación rara el sentir el interior de la boca de ella, nunca me había pasado con otras chicas. Nos sentamos en el sofá pero esta vez yo la acomodé entre mis piernas quedándonos uno enfrente del otro. Ella jugaba con mi polla en sus manos mientras me hablaba:

– Hacía mucho tiempo que no tenía una de estas, me gustaría que me dejaras tenerla todo el tiempo.

– Claro, por mi no te cortes – la dije sonriéndola.

– Cuando te la vi por primera vez me enamoré de ella. Ojala la hubiera conocido antes para poder haberla conocido mejor.

– ¿Cómo que conocerla mejor? – pregunté extrañado al no saber a que se refería.

– Pues a que si tuviera menos años poder ya sabes, a que me hicieras el amor – me dijo sonrojada.

– ¡Pero para eso no hay edad límite! Yo pienso que para hacer el amor no hay fecha, hasta que el cuerpo diga – la respondí.

– ¿Pero quién va a querer hacer el amor conmigo? Mira mis tetas, están flácidas, caídas, mi vagina es fea y ya no es lo que era tampoco – me dijo abriéndose los labios.

– Mira, a mi me la has puesto dura y eso no lo consiguen todas – ella me miró y me sonrió.

– Tengo que decirte que cuando te vi con mi bata puesta me dieron ganas de encerrarte aquí y así poder tenerte siempre, que solo yo pudiera disfrutarte. Te parecerá una locura o una desfachatez por mi parte pero después de tanto tiempo sin conocer hombre pues, una también necesita amor…

Yo la sujete la cara y la besé. No se como pude hacerlo o si estando sobrio volvería a hacerlo pero lo que me llevó a hacerlo yo creo que fueron sus palabras. Ella abrió su boca y me facilitó la entrada de mi lengua. Sentir su lengua y su sabor fue algo maravilloso, no tengo palabras para describirlo ni forma de hacerlo. Ese besó duró un tiempo que para mi fue muy corto hasta que el timbre de la puerta sonó y nos despertó de nuestro sueño. Ella me dijo que subiera a la primera planta y me metiera en la habitación y así hice, tal cual estaba subí a la habitación y me quedé allí. Ella se puso la bata y fue a mirar quien habría llamado. Era su vecina de al lado, pasaron a la cocina y estuvieron hablando un rato. Empecé a impacientarme por la espera allí arriba hasta que oí su voz llamarme.

– Baja cuando quieras.

Yo abrí la puerta y bajé en pelotas de nuevo. Al llegar a la cocina me encontré a la vecina y a ella sonriéndome como si fuera normal que un tío estuviera desnudo por allí.

– Vaya, vaya. Que guaperas te has buscado – dijo la vecina mirándome de arriba abajo repasándome con sus ojos. Os he visto desde la terraza porque os habéis dejado la ventana abierta – dijo la vecina. Yo miré a la ventana que ya estaba cerrada y me cagué en todo lo cagable por ese fallo pensando que la vecina nos la montaría o diría algo a la gente, seguramente sería nuestra ruina. Esta señora tendría la misma edad y un cuerpo un poco mas delgado que el de la señora pero su culo era mas grande. La verdad es que para mi era perfecto. La señora le ofreció que se tomara una copa con nosotros haciéndola pasar al salón. Yo las miraba perplejo por lo cortante que era la situación y la señora me guiñó un ojo invitándome a pasar también. Las seguí y ellas se sentaron en el sofá y a mi me hicieron sentarme en el sillón. Yo me tapaba con mis manos y cruzando mis piernas para esconder mi polla.

– Quiero saber todo – dijo la vecina acomodándose – ¿que habéis echo?

– No hemos hecho nada, aún, estábamos a punto hasta que llamases tú – dijo la señora – hemos tomado unas vasos de vodka y estábamos hablando y conociéndonos, ¿A que si? – me preguntó mirándome.

– Eh, si, si. Estábamos conociéndonos – contesté yo tartamudeando.

– A si que conociéndoos, ¿Y para eso lo hacéis desnudos? – dijo la vecina destapando parte de la bata de la señora que ni se inmutó.

– ¡Pues si cotilla! ¡Que todo lo quieres saber! Conozco a la gente como me da la gana – contestó la señora.

– Pues yo también quiero conocer así a la gente – dijo la vecina volviéndome a repasar con la mirada – Vaya al que te has buscado, no está mal. Solo me faltaría verle como está de preparado, ¿tú que dices? ¿Puedo verle o no? – le preguntó la vecina a la señora.

– Si el quiere, por mi encantada – dijo la señora cociéndola de la mano.

Yo la miré negándome con la mirada pero ella me hizo una señal con la mano de que me levantara. No se porque me levanté ni porque además me acerqué a ellas poniéndome enfrente tapándome con las manos.

– ¿Puedo? – Me preguntó la vecina destapándome con sus manos – No está mal, las he visto mejores pero no está mal – dijo el vérmela. Con el susto de antes de la puerta se me bajó casi ipso facto y la tenía por decirlo así, casi escondida.

– Pues si la vieras cuando está despierta, te enamorarías de ella – dijo la señora pícaramente.

– Pues tendré que verla despierta o eso espero – dijo la señora.

– No sé si… – dije yo trabándome.

– No te preocupes por eso, yo sé como hacerlas despertar, que una es vieja pero no he perdido la práctica – dijo la vecina.

Me sentó entre las dos y con suaves caricias con sus manos me tocaba todo el cuerpo. La vecina fue desabrochándose la camisa dejando verla sus dos tetas. Su mano llegó a mi polla y lentamente me masturbaba bajo la atenta mirada de la señora que me acariciaba el pelo. Yo como un perrito que necesita cariño me dejaba hacer por ellas. Mi polla se empezó a despertar en las manos de la vecina que poco a poco subía el ritmo de su mano hasta que estuvo bien empalmada.

– Vaya, pues si es para enamorarse de ella – dijo mirándomela – que suerte tienes de tener algo así.

– ¿Gracias? – dije yo.

– A mi me tiene loca. Cuando tú has llamado la tenía como ahora entre mis manos y madre mía. Si fuera por mí estaría con ella día y noche – dijo la señora suspirando.

La vecina se levantó y se fue despojando del resto de su ropa hasta quedarse desnuda también. La señora se quitó la bata y la extendió por el respaldo.

– ¿Y que tal es? – preguntó la vecina.

– Pues íbamos a ello – dijo la señora – pero yo creo que ya podemos seguir donde estábamos.

Yo como podía con mis manos las tocaba las tetas y jugaba con sus pezones entre mis dedos. Me pusieron cada una de mis piernas encima de cada una de ellas dejando mis huevos colganderos y mi polla mirando al cielo. La lengua de la vecina me recorría el cuello y su mano me masturbaba mientras comenzaba a besarme de nuevo con la señora. Cuando me cansé de ese juego me puse de pie frente a ellas y se la llevé a la boca de la vecina que en principio rehusó metérsela pero que la señora no dudó en llevársela a la suya. Parecía toda una experta en mamarla y no dudaba en repasármela de principio a fin. La vecina miraba como la señora me chupaba la polla mientras ella se relamía y se sobaba las tetas. Eche para atrás a la vecina y la abrí de piernas dejando su coño para que hiciese lo que quisiera. Yo la coloqué en su entrada y poco a poco fui metiéndosela hasta tenerla dentro y mis huevos quedaron apoyados en su culo. La vecina puso los ojos en blanco mientras sus músculos encerraban mi polla dentro de ella. Comencé a metérsela y sacársela cada vez más deprisa hasta que deduje dejarla bien servida. La verdad es que ella no me atria mucho y decidí intentar librarme de ella lo más rápido posible para poder seguir con la señora, quería descargarme en ella. La separé las piernas y me puse encima de la señora que me miraba con ojos de deseo. Primero se la froté por su coño abierto haciéndola sufrir un poco hasta que yo no pude aguantarme más y poco se la fui metiendo. A ella fue como desvirgarla de nuevo, me costaba introducirla hasta que fue cediendo y como a la vecina se la metí toda. A ella quise hacérselo despacio y disfrutar de ella todo lo que pudiera antes de correrme. Me eché sobre la señora y volvía a besarla mientras estaba dentro de ella. Estaba en la gloria y hubiera dado lo que fuera por seguir así siempre con ella. La vecina se puso detrás de mí y acariciándome el culo fue besándome el ano. Estuve un rato penetrándola hasta que me corrí dentro de la señora dejándola abierta de piernas a mi lado con mi semen dentro de ella. Con mi mano guié la cabeza de la vecina que esta vez si que me la chupó. La señora se levantó del sofá y nos llevó de la mano al baño y me metieron en la ducha. Sus cuatro manos me acariciaban mientras me enjabonaban. Sus manos se peleaban por enjabonarme la polla y tras unos minutos consiguieron volver a ponerme la polla morcillona. Si una me enjabonaba la polla la otra me hacía lo mismo con mi culo. Me sacaron de la ducha y me secaron ambas. Tras unos minutos me llevaron al retrete y la señora me agarró la polla y la apuntó hacia el para que mease. Ambas me miraban como meaba y al terminar me secaron la punta y me la sacudieron. Fuimos agarrados por la cintura al salón y nos tumbamos sobre la alfombra y nos pusimos a hablar.

– Veo que si sabes usarla – dijo la señora pasando su mano por mi polla – espero que vuelvas a venir.

– Espero que si me dejen volver – contesté yo.

– Volverás si tú quieres – dijo la señora.

– Claro que quiero – dije yo – tal y como me la ponéis como para no volver.

– ¿Y como te la ponemos? – preguntó la vecina levándomela.

– Pues así – y mi polla volvió a ponerse dura de nuevo.

– ¿Otra vez está así? – Exclamó la señora – no se como vamos a acabar como no se quede quieta.

– Que suerte has tenido con este – dijo la vecina.

– ¡Ya te digo! Pero es mía recuérdalo.

– Si, pero me dejarás usarla de vez en cuando ¿no? – dijo la vecina.

– ¡Tu ya tienes a tu marido avariciosa! Quieres quedarte con todo – exclamó la señora.

– ¿Cómo que tienes marido? – exclamé yo.

– Si, vive aquí al lado pero está sordo como una tapia y la suya ya no le funciona… y menos aún como esta – dijo dándome una palmada suave en mi polla.

– Casada y corneadora – dije yo.

– Corneadora no, necesitada mejor dicho – dijo ella seriamente.

– ¡Eh! Que no soy yo el que está casado – la reproché.

– Bueno. Corazón que no ve, corazón que no siente – dijo ella.

– Dejarlo ya. Ya está hecho y no tiene solución – dijo la señora – pero te repito que es mía y solo puede llenarme a mí.

– Si, si pero a mi que me de lo mío también.

Tras unos minutos de charla la vecina se fue de la casa asegurando que no diría nada mientras a ella la tuviera contenta. Nosotros volvimos a follar en la habitación y podría decir que pasé el fin de semana en esa casa. Yo dejé mi trabajo y me fui a vivir con la señora como si de un inquilino se tratase. No follamos todos los días pero a veces por la noche cuando ella se toma su pastilla para dormir me aprovecho de ella y me la follo sin que se entere. Ella por su parte me hace ir desnudo por casa y que me depile para poder vérmela bien. Yo estoy encantado con ella, siempre que puede juega con mi polla en sus manos, nunca se cansa de hacerlo. Si estamos viendo una película o si vamos a cenar fuera mete su mano por mi bragueta y no la suelta hasta que termina o se queda satisfecha. Últimamente me pide que me masturbe delante de ella en la terraza y cuando eyaculo lo mete en un vaso y se lo da a la vecina. No se que hará con ello pero a mi no me interesa, la verdad.

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