Ella 19 y yo 48

Estaba cansado de manejar, era de noche, así que cuando apareció una estación de servicio y un parador decidí detenerme y continuar viaje al otro día.

Al costado de la ruta, a la entrada de la playa, vi a cinco chicas jovencitas, separadas cada tres metros, apenas vestidas, ofreciendo sexo pago. Pensé que, luego de bañarme y cenar, buscaría alguna.

Detuve el auto al lado de una piba de lindas piernas y le pregunté cuanto pedía, que hacía, y en dónde. Me midió y con tono ausente respondió: “Pete, cincuenta; simple, cien; completo, doscientos. Eso en el auto, sino, en las piezas del parador, que cuestan 70 pesos”

– Voy a alojarme ahí; ¿cuánto pedís por la noche?

– ¿Cuántos años tenés? –retrucó.

– 48; ¿por qué?; Vos, ¿qué edad tenés?

– Porque no me quedo con viejos, pero vos parecés bien…; Te cobro quinientos. Y Tengo 18.

Reinicié la marcha. Me excitó la putita, pese a su poca onda. Cargué combustible y estacioné delante del albergue.

Al bajar observé a una jovencita sentada en un banco. Bonita, delgada, vestía una calza blanca que marcaba preciosas caderas y culito y una remera rosa, sobre breves y firmes tetas sin corpiño. Le calculé menos edad. A pesar de la ropa provocativa, el aspecto de la piba no parecía de puta.

“Qué rica pendeja para coger toda la noche”, pensé. Me imaginé chupando su conchita estrecha, suave, rosadita… Y hundiendo mi cara, mi lengua, en ese culito tierno… Pero, el único modo de cumplir mis deseos era que ella alquilase su cuerpito.

Si bien poseo buen aspecto, soy casi cincuentón; fácil, la diferencia de edad entre ambos debía ser de 30 años… La realidad era que el único modo que tenía de coger con pendejas era pagando.

En la ciudad donde vivía, me visitaba los viernes Leticia, una morochita de 21 años, quien compensaba su ordinario rostro con un cuerpo sensual y lujuriosa disponibilidad. Me daba todo, incluso cola; permitía mi pasión lamedora de concha; comía con dedicación mi pija; se dejaba llenar de leche y hasta la saboreaba. Todo a cambio de mil pesos semanales.

Los restantes días debía buscar en la computadora lindas nenas y pajearme. Por eso, cuando la putita de la ruta me dijo 500 la noche, me pareció barato.

Sin embargo, esa piba no podía compararse con la preciosa sentada en el banco. Pero era demasiado bonita para ser puta de calle, y si cobraba por coger, debía pedir mucho dinero.

Seguramente el confundido era yo: la chica tal vez era hija de los dueños del parador o de la estación de servicio. Si, mejor ni mirarla. Lo único que me falta era que me denunciasen por pedófilo, lejos de mi casa. Me baño, ceno, y después busco a la trola de la ruta. Evitaba chicas menores de edad, e intuía que esa minita mintió su edad y era más chica.

Continué caminando hacia el albergue. Al pasar al lado de la adolescente bonita sentada en el banco, sin mirarla, advertí mano tocando suavemente mi brazo izquierdo. Y una cálida, tierna, delicada voz me detuvo.

– Señor…, perdone… ¿puedo hacerle una pregunta…?

– Decime… – contesté, simulando mi sorpresa.

– Usted…, ¿va a pasar la noche en este parador?

– Si; ¿por qué?

– Este… pasa que tengo un problema…; y usted parece un buen hombre, serio… ¿Puedo pedirle un gran favor…?

No supe cómo reaccionar. Me asaltó la desconfianza; pensé que la piba, con ese aspecto ingenuo, en realidad fuese anzuelo de delincuentes. Y al mismo tiempo intuí que estaba delante de una gran oportunidad… La recorrí con mi mirada, mientras imploré a mi cerebro lucidez.

-No entiendo… ¿Vos vivís por acá?

-No señor, no; por eso le pido ayuda; tengo miedo, estoy sola…

Sentí pena por la chica. Debía ayudarla. Decidí postergar el baño.

-Acompáñame; vamos a cenar y me contás…

Dos horas después, la pendeja entró conmigo al albergue, a una habitación con dos camas. La registré como Dianna, mi sobrina. En la recepción le entregaron su mochila, la cual había pedido que se la guarden hasta que llegase su tío.

Durante la cena, Dianna, de 19 años, tal como verifiqué en su documento, me contó, llorando, con cruda franqueza, su problema.

Haciendo dedo había llegado allí, media hora antes que yo, tras recorrer casi mil kilómetros desde su casa. Su madre la había expulsado del hogar, luego de que la descubriese acostada con su padrastro, un hombre de 45 años.

El padre de Dianna había muerto tres años atrás, a los 50 años, en un accidente de tránsito. “Mi papá era todo, yo era su reina, me decía; mi mamá estaba celosa, y como ella le hacía la vida imposible, papi prácticamente dormía conmigo. Siempre nos acostamos desnudos, abrazados. El me explicó que eran las cosquillas que yo sentía abajo, y me enseñó a calmarme. Pero nunca me cogió, como decía la bruja de su esposa. Papi solamente me acariciaba, y yo a él…”.

Dianna relató que tras la muerte de su padre, los días eran tristes, y las noches se le hicieron insoportables; pese a las pajas que se daba, extrañaba las caricias, los dedos, el palo de carne sobre su cuerpo.

Un año después del accidente fatal, llegó a su casa el novio de su madre. Ella lo detestó.

“Una madrugada, yo ya tenía 18 años, fui a la cocina a buscar gaseosa. Estaba desnuda, como me acostaba siempre. Al pasar por el living vi a mi padrastro delante de la computadora, con el pantalón y el calzoncillo abajo. Estaba mirando videos pornográficos de trolitas. No se por qué hice ruido a propósito. El se puso de pie para tratar de tapar con su cuerpo la pantalla, pero quedó de frente, en bolas, con su pene parado. Y yo me quedé paralizada, desnuda. Me fui corriendo a mi cuarto y me tapé con las mantas. Al ratito me dieron ganas de acariciarme; tiré al costado lo que me cubría y me puse boca abajo, para dedearme. En eso estaba, disfrutando, mojadita, con los ojos cerrados, cuando sentí una lengua caliente en mi cola. Me quise dar vuelta y el novio de mi madre me sujetó, y sin decir nada me mandó su pija en mi concha. Me encantó, como estaba bien mojada entró toda, y gocé… A partir de esa noche, día por medio, cogíamos. Y así fue hasta hace una semana, cuando mi mamá entró a mi habitación y me vio sentada sobre la estaca de su novio metida dentro de mi…”

Luego del relato de Dianna, le aseguré que la llevaría hasta la ciudad donde vivo, adonde llegaría al mediodía. Más allá de la caliente historia, y mis deseos de comprobar las habilidades sexuales de la nena, me controlé. Mientras ella se bañase, iría a buscar la putita de la ruta.

-Andá a bañarte, sin apuro; yo voy a tomar un café y leer un rato así vos estás cómoda y te acostás para dormir –le dije.

-No le creo; usted se va a buscar a una de esas chicas baratas…

-¡No, nada que ver!

-Alberto, ¡no se vaya por favor!; no me deje sola… ¿Qué le parece si primero se baña usted, se acuesta, y después me baño yo? Si quiere, bañado, apague las luces; yo no voy a hacer ruido…

Concedí su pedido. Me di una ducha y envuelto en un toallón salí del sanitario y me metí a mi cama. Dianna fue a bañarse. Al escuchar el agua correr y quedarme solo pensé en masturbarme, pero deseché el deseo y cerré los ojos, dispuesto a dormir.

Estaba entregándome al sueño cuando escuché a la adolescente hablarme.

-Señor, discúlpeme, es lo último que le pido…

-Decime Dianna … -respondí, abriendo mis párpados e incorporándome sobre el colchón.

Mi respiración se detuvo. A contraluz de la iluminación del baño, delante de los pies de mi cama, estaba el cuerpo desnudo, delgado, esbelto, de una belleza descomunal.

-¿Puedo acostarme con usted?; no piense mal, no vaya a pensar que soy trola, yo sé que está cansado, no quiero provocarlo; solamente me dormiría si usted me abraza…

– Dianna, yo estoy desnudo, y vos también… aunque podrías ser mi hija, soy hombre, y no sé… me parece que va a ser incómodo para vos y para mi…

-¡Por favor!; y yo tengo confianza en usted…; pero si no quiere…- dijo entristecida, para de inmediato reclamarme:

-¿No le gusto…? – y giró su cuerpo dos veces, mostrándome su colita.

– Dianna, ¡sos preciosa!; pero te soy sincero: si te acostás conmigo, no voy a conformarme con abrazarte…

-Yo también quiero coger… -expresó sin pudor.

La pija se levantó, entusiasmada. Retiré la manta y la mostré orgulloso.

-¡Entonces, vení bebé…!

La bonita lanzó una exclamación de asombro, sonrió con picardía y avanzó, lentamente, hasta el costado derecho de mi cama.

-Alberto, ¡es inmensa!, ¡y relinda!; ¡me encanta! ¿Me dejás tocártela? –preguntó, tuteándome.

-Carito hermosa, ¡es tuya!; hacé lo que quieras con mi pija…; pero primero, vení, sentate sobre mis piernas, quiero tocarte…

La pendeja subió a la cama, abrió sus largas piernas y se sentó sobre mis muslos, quedando ambos frente a frente. Apenas sentía su peso; calculé que no debía superar los 45 kilos.

Estaba maravillado: una jovencita preciosa, educada, arrebatadoramente sexy, estaba a centímetros de mis ojos y mis dedos. Quedé en silencio, admirándola. Para mí era perfecta: hermoso rostro, cuello alto, hombros frágiles, brazos delgados, pechos pequeños pero duros, cintura finísima, vientre plano, y una vagina sabrosa, depilada… Y además, ¡no estaba pagando!

Con timidez, temiendo que un movimiento de mi parte evaporase la maravilla, adelanté mis manos hacia el cuerpo de ensueño. Mi derecha acarició las tetas, mientras que la izquierda fue al vientre, cintura, espalda, cola…

Ella puso sus dos manitas en mi verga. ¡Qué suavidad placentera!; comencé a gemir… Me di cuenta que si no me separaba, acabaría en breve. Tomé sus manos y las besé.

-Recostate, boca abajo, te voy a hacer gozar…-ordené.

Dianna sonriente, se colocó de costado, apoyada en un codo.

-¿Qué querés hacer?

-Chuparte ahí abajo…; seguro ya sabés como es…

-No, nunca me chuparon… La que chupaba era yo…

-¿Vos te hacés la paja?

-Cuando no cogía, si…

-Bueno, lo que te voy a hacer va a ser más rico…

La experiencia me había enseñado a comenzar al revés de la costumbre masculina. En la cama, empezaba abajo, en los pies, y Dianna los tenía bonitos. Los besé, acaricié, dedicando tiempo a cada uno de los deditos. Estando boca abajo recorrí con mi lengua y labios por la pantorrilla, me detuve en la parte posterior de la rodilla, y continué lentamente avanzando. Llegué al culito, que masajeé, hasta alcanzar su conchita. Ya estaba húmeda, caliente, olorosa… Mi lengua recorrió los labios rosaditos, y suavemente fui separándolos, mientras mis dedos paseaban por los muslitos suaves, las nalgas, las tetitas, las axilas.

Sin apurarme, llegué al clítoris palpitante de Caro. Me concentré en ese pedacito, besándolo, mordiendo, aspirando, en tanto que brotaban los juguitos de la pendeja. Ella ya gritaba, y sus manos empujaban mi cabeza, y sus caderas se agitaban salvajes…

-¡Si amor, si papi, ahí, si, si, seguí, seguí…! ¡Agh mmm, la puta! –exclamó.

Jadeaba como yegua, sus orgasmos llegaban, por lo que metí mi dedo índice en la conchita mientras retuve su clítoris entre mis labios, moviéndolo en círculos con la lengua. Y su cuerpito se arqueó, me puteó, gritó insultos, y tuvo tres orgasmos seguidos…

Me deslicé al costado, agotado, con toda la cara mojada por sus jugos, feliz de haber comido a una pendeja hermosa. Cerré los ojos. Repasé mentalmente las delicias de la nena que tenía a mi lado.

De pronto, mi pija, semierecta, quedó dentro de una cavidad acogedora. Dianna, entre mis piernas, estaba tragando mi pene. Sus manitos acariciaron mis pelotas y el estremecedor espacio entre estas y mi culo. En segundos logré la máxima erección, y ella, con la lengua, dejó el glande expuesto.

-¡Esto quería!: pija, pija, me encanta la pija, amo tu pija…; la tenés hermosa…; dámela, dame leche…

Y continuó mamándomela; mamaba terriblemente, se tragaba los 18 cm de pija dura hasta ahogarse, lamía el tronco, los huevos, mientras sus manos me apretaban las nalgas.

-¿Te gusta que te coma la pija?

-¡Si…!

-¿Te gusta que sea una putita sucia con vos?

– ¡Mmm…!

-¡Entonces culeame!, ¡meteme la poronga!, ¡reventame, dámela hasta el fondo!

II

Eran las 2 de la madrugada cuando desperté, con calor y sed. El delgado cuerpo desnudo de Dianna yacía encima de mí. Apenas pesaba; su cálida respiración sentí sobre mi pecho.

Una preciosa pendeja, de una belleza descomunal, arrebatadoramente sexy, de hermoso rostro, cuello alto, hombros frágiles, brazos delgados, pechos pequeños pero duros, cintura finísima, vientre plano, y una vagina sabrosa, depilada… habíamos cogido durante casi tres horas. ¡Y no era una puta, no tuve que pagarle para culear! Ella, 19 años; yo, 48…

La había chupado, lamido, besado por todo su cuerpito hasta arrancarle tres orgasmos que me habían empapado mi cara. Luego, en su amorosa conchita depilada, mojada y palpitante, hundí mi verga grandota y dura, mientras mis manos y lengua andaban frenéticas por sus tetitas, axilas, orejas, logrando otros tres orgasmos y mi profusa acabada en su interior. Y balbuceante me rogó que le chupara la vagina, extraiga la boca mi semen mezclado con sus jugos y la bese en su pequeña boquita para probar ella los viscosos fluidos. Y así, enchastrados, nos dormimos.

Los cercanos, calientes recuerdos, volvieron a excitarme. Con sumo cuidado fui corriéndola a mi costado derecho y giré para dejarla acostada, boca arriba. Lentamente me deslicé hasta levantarme y quedar de pie, al lado de ella.

Quería contemplar a Dianna; admirarla, gozar en silencio su juvenil belleza. Surgieron en mi memoria los primeros versos de Pablo Neruda: “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos/ te pareces al mundo en tu actitud de entrega”. Me parecía increíble haber lamido, recorrido con mis labios, penetrar con mi pija a una nena tan preciosa… Las delgadas, largas piernas semiabiertas concluían en una vagina rosadita, puerta de la maravilla, entrada a tu clítoris de miel, sobre el cual, como abeja voraz, había posado mi lengua…

Sin darme cuenta, mi mano derecha estaba moviendo mi pija. Me reté, me dije pajero estúpido; era la costumbre… Sin hacer ruido fui a buscar mi celular y empecé a fotografiar la desnudez de Dianna. La verga seguía parada; la acerqué a los labios de la nena… cerré los ojos…

La dulce voz de la pendeja me despabiló.

-Yo también me desperté con ganás…

Y comenzó a chuparme la pija…

-Bebé, ¿sos mi putita?

-¡Si papi!, ¡dame pija…!

-Esperá…, ponete en cuatro patas; quiero ver bien paradito tu culito… -dije.

Ella me obedeció. Era un colita hermosa, con forma de manzanita, piel suavísima… Separe sus nalgas duras y apareció un agujerito pequeño, rojito, cerrado… Bajé con mi lengua para chupar y lamer entre su concha y culo. En segundos volvió a mojarse, y con esos juguitos en mi lengua fui entrando en el convocante circulito. Al sentir como se dilataba metí mi índice derecho, luego dos dedos, tres…

-Papi, ¡por favor, por ahí no…!

-¿Sos virgen ahí?

-De pija si…

-¡Ahhh!; ¿Te pajeaste por atrás?

-Sí, pero tu verga es muy gruesa… ¡Me vas a reventar…!

-De a poquito mi amor… Te va a encantar…

Y antes que me responda le metí la poronga entera en la vagina. Ella dio un brinco y luego movió su trasero en círculos, en tanto que yo jugaba con mis dedos dentro de su culito. Al notar que estaba a punto de acabar, se la saqué y rápidamente se la clavé por atrás.

Dianna pegó un grito e intentó separarse, pero yo la sujeté firmemente por las caderas hasta sentir que mis pelotas golpeaban su concha. Mi carne estaba dentro.

La nena puteaba, lloraba, gemía, pero no se separó… Su culito caliente, mojado, muy apretado, empezó a moverse rítmicamente; ella ya estaba gozando. Su cabecita estaba apoyada sobre la cama, como sus rodillas, por lo que aprovechando el espacio libre dirigí mi mano izquierda a la conchita, para masturbarla. Pero ella llegó antes… Y además de tocarse, con su manita mojada me acariciaba y apretaba los testículos…

Eso me estremeció, cerré los ojos, sentí que tenía otros orgasmos, y no aguanté más y creí desmayar mientras mis descargas inundaban su culo…

Ella 19; yo, 48 (III)

Poco antes de las 10, Dianna y yo estábamos desayunando en el bar del albergue. Cualquiera que nos observase creería que el señor maduro y la linda adolescente eran, tal como me había registrado, un tío y su sobrina.

En realidad estaba junto a una preciosa pendeja, sexy, de hermoso rostro, cuello alto, hombros frágiles, brazos delgados, pechos pequeños pero duros, cintura finísima, vientre plano, una vagina sabrosa, depilada… Lo sabía pues ese cuerpito delicioso había lamido, besado, chupado, cogido… ¡Y no era una puta, no tuve que pagarle para culear! Ella, 19 años; yo, 48…

Las diferencias etarias eran perceptibles en los distintos aspectos: yo estaba ojeroso, ojos rojos, andar cansino; ella, radiante, fresca, vital. El corto y vaporoso vestido celeste de una pieza sobre su cuerpo resaltaba su preciosa y sensual figura delgada.

Dianna se acomodó en el asiento a mi lado pues habíamos convenido que la llevaría hasta la ciudad donde vivía. Teníamos seis horas de viaje por delante. Los primeros 90 minutos se entretuvo cebando mate, contando trivialidades y mirando por la ventanilla. Luego se durmió profundamente. De reojo la miré; sus largas piernas semiabiertas y los muslos firmes cubiertos por el vestido, apenas una palma debajo de la entrepierna, me excitaron; sus pechos de adolescentes, sin corpiño, se percibían debido al audaz escote; y su carita de muñequita lograron que tenga que acomodarme la erección. Disminuí la velocidad para estirar mi brazo derecho y apoyar mi mano en el muslito izquierdo. No reaccionó. Comencé a acariciarla y, lentamente, subiendo el vestido. Mi intención era llegar hasta su bombacha, pero casi me salgo del carril al ver que no llevaba ninguna; ¡la hermosa pendeja estaba con la conchita depiladita al aire!

Concentré mi visión en la ruta, que en ese trayecto era una extensa recta, regulé la velocidad a 60 km por hora y puse mi mano con la palma sobre la vagina. Así la deje largo rato, sin mirarla, hasta que suavemente fui bajando y subiendo el dedo mayor entre los labios vaginales. Sin detener el ritmo hice lo mismo con el índice, logrando con los dos dedos entrar en esa cuevita calentita. La nena se movió, abrió algo más sus piernas, y sin despertarse comenzó a gemir. Poco después sentí como se humedecían mis falanges.

En ningún momento retiré mi vista de la ruta, pero como me molestaba mi pija erecta apretada por el pantalón saqué un momento la mano de la concha que estimulaba para aflojar el cinto, bajarme la bragueta y el bóxer para permitir salir la verga dura y mojada. Respiré aliviado y volví con la mano a la conchita. Cada entrada de los dedos, el sabroso agujero se humedecía más, a la vez que Dianna movía su pelvis arriba abajo y gemía, sin abrir sus ojos. Calentísimo, llevé la mano que pajeaba a la pendeja a mi boca para probar esos juguitos; los sentí riquísimos, y sin querer exclamé eso:

– ¡Mmm!; ¡qué ricos…!

– ¿En serio?; gracias…; ¡me encanta lo que me hiciste…!; ¡yo también quiero probar, los tuyos…!

– ¡Nena!; discúlpame, no quería despertarte…

– Despertame siempre así… pero ahora me toca a mí… – dijo Dianna entre suspiros y fue con su boca hacia mi pija levantada.

Pegué un brinco sobre el asiento al sentir la calidez de los labios de la pendeja sobre mi glande. Me esforcé por no cerrar los ojos y atender el manejo mientras la verga bailaba en esa cavidad bucal. Su lengua no se quedaba quieta: lamía el tronco, las pelotas, el agujerito… Y su saliva y mis líquidos presemen mojaban la carita y el asiento. Las sensaciones eran maravillosas, la nenita hermosa chupaba de primera…

Debía hacer algo para no acabar tan pronto, quería gozar más; llevé los dedos que habían andado por la conchita a mi boca, los chupé para dejarlos empapados…

– Bebita, arrodíllate sobre el asiento, pará tu culito… -pedí.

Dianna obedeció sin soltar su chupete. A mi derecha contemplé el mejor paisaje: una cabecita rubia entre mis piernas; una espaldita regia, y unas nalguitas espectaculares, levantadas… Mis dedos fueron a la vagina toda empapada, de allí al agujero trasero y acariciaron, hasta lograr abrirlo, y meterlos, y moverlos adentro. La pendeja comenzó a aullar y a moverse convulsivamente, atravesada por orgasmos continuos.

– Amorcito, pará, si seguís voy a acabar… -alcancé a decirle.

– ¡Eso quiero!, ¡dame toda tu lechita!

Tenía segundos. Llevé el auto hasta la banquina, puse las balizas y detuve el motor. Apenas estacioné salió de mi garganta un alarido, y de la pija un fuerte chorro de semen. Dianna se atragantó, por lo que la leche desbordó su boquita y se derramó por el pene y cayó al asiento. Los restantes chorros los tragó. En tanto la verga continuaba latiendo, ella usó su lengua para lamerla. Yo había cerrado mis ojos. De pronto sentí que sus labios buscaron los míos, los abrió, y me besó, pasándome los restos de mi acabada. La atraje hacia mi cuerpo, tomándola de sus nalgas, para abrazarla fuertemente, buscando su lengua con la mía…

IV

Alrededor de las 16 llegamos a mi ciudad. Durante el viaje, acepté el pedido de Dianna de quedarse unos días en mi casa, hasta que ella se ubicase.

Conduje a la muchacha a un dormitorio amoblado con cama y placard, al lado del segundo baño; el principal se encontraba dentro de mí habitación. Le entregué sábanas, mantas, toallas y toallones.

-Caro, ponete cómoda, bañate, descansá; yo voy a ducharme y descansar una hora. En dos horas comemos algo –le dije.

Al terminar con mi higiene fui a mi cama de dos plazas, con intenciones de hacer una siesta. Empero, al cerrar mis ojos, recordé los momentos de placer, las cogidas con la pendeja.

Yo, un hombre de 48 años, tenía la fortuna inédita de haber gozado con una nena preciosa, una hermosa nena de 19 años, delgada, cuerpito duro y delicado, piernas de muslos firmes, pechos deliciosamente pequeños, conchita suave y sabrosa, un culito para delirar; una bellísima, terriblemente sexy lolita…

Pues si su edad real era excitante, en realidad aparentaba al menos tres años menos. En su bonita carita delicadamente ovalada, de rasgos aniñados y suaves, resaltaban sus ojos grandes, color miel, de mirada inocente y a la vez pícara. Y su graciosa naricita, armoniosamente respingada, y sus labios carnosos, los cuales parecían iluminarse con sus sonrisas.

Las imágenes en mi cerebro me quitaron el sueño y alzaron mi pija. La rodeé con la mano derecha para apretarla suavemente. ¡Estaba orgulloso de su suerte!; ¡Esta carne dura había recorrido el interior de una conchita inigualable, y largado mi leche allí dentro!

La única preocupación, mejor dicho, las dos preocupaciones, eran que temía enamorarme de Caro; y que ella, en algún momento, tal vez al otro día, se fuera.

Mis pensamientos fueron bruscamente interrumpidos al ver a la piba en la puerta. Desnuda. Con una taza en su mano izquierda.

-¿Puedo descansar al lado tuyo? –me preguntó con voz dulce.

-Si amorcito…, precisamente pensaba en vos…

-¿En mí?; ¿Qué pensabas?, si puedo saber… Vine porque yo también estaba pensando en vos… Si me contás, yo te cuento… – dijo y se recostó a mi derecha.

-Bueno, varias cosas… Una, ¿qué planes tenés a partir de mañana?

Dianna me miró tiernamente y se hizo un ovillo a mi costado.

-No tengo ningún plan. Lo único que quiero es quedarme con vos, si querés, si te gusto, hasta que te cansés de mi… – exclamó, mientras se soltaba su pelo y paraba al lado de la cama, mostrándome toda su hermosura.

-Decime: ¿te gusto? Vos me gustás mucho; y no lo digo por lo rico que hacés el amor, por esa preciosura que me metiste; me encanta como sos, como me tratás, tu ternura de hombre hecho y derecho… Quiero amarte, ser tuya, que me amés… Y que me hagás el amor, y sino no cogemos, que me dejés acariciarte, besarte. Pedime lo que quieras, pero déjame estar con vos… -sostuvo, y se arrodilló sobre la cama, acercando sus labios a los míos.

Quedé boquiabierto. Me costaba comprender que una muchachita hermosísima, de 19 años, se ofreciese sin pedir dinero a un hombre veintinueve años mayor.

-Pero no me contestés ahora… Estoy recién bañadita, tengo la conchita perfumada… ¿Querés probarla…? –dijo, y abrió sus maravillosas piernas.

Y mi lengua se hundió entre sus pétalos…

V

Dianna dormía plácidamente a mi diestra.

Apenas cubierta con una bombacha de motivos adolescentes. ¡Qué hermosa pendeja tenía la suerte de admirar a mi lado! Su cuerpo era un poema. Una preciosura con hermosas tetas, abierta de piernas, conchita encantadora…

Descendí para acercar mi cara a su entrepierna. ¡Qué fragancias cautivantes!: olor a flujo, sudor, piel joven… Tres horas antes habíamos gozado juntos. Con un dedo bajé suavemente la prendita íntima. Saqué mi lengua y la pasé por la vaginita depilada, y así seguí, arriba y abajo, besando, chupando, empapando con mi saliva esa vulvita.

– Papi, ¡qué hermosura como me despertás! – expresó, con su voz tan dulce.

Me detuve y regresé a su costado.

– ¡Me encanta comerte…!; pero Carito, quiero hablar sinceramente con vos… – le dije, con expresión seria.

Ella se incorporó, mirándome con preocupación.

– ¿Qué pasa?; ¿hice algo mal?

– ¡No amorcito!, ¡estoy feliz con vos!; se trata de mi… – respondí.

– No entiendo…

– Hace dos semanas que te quedaste a vivir conmigo, y en lugar de ocupar tu dormitorio, tu cama, te acostás a mi lado…

– Ahhh, es eso…; estás incómodo, querés dormir solo…; entiendo: querés tu privacidad… Estás cansado de mí… – balbuceó Dianna, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

– ¿Qué decís?, ¡nada que ver!; ¡me encanta que duermas conmigo!; cada día te deseo, te quiero más…

– ¿Entonces?, entiendo menos…

– Vos dijiste una palabra, esa es la única cierta…

– ¿Cuál?

– Cansado…; en realidad, cansancio…; pero no de vos…

Dianna apoyó la espalda contra la pared, estiró sus piernas, me miró fijamente y comenzó a reírse.

– ¿De qué te reís? – le pregunté.

– ¡Ja, jaja, jaja…!; perdóname, ahora entiendo… ¡Y sos un tonto!; ¡por eso me río! –respondió.

– Ahora no entiendo yo; explícame…

– ¡Qué no me importa si no la tenés siempre dura!

Me dejó con la boca abierta. Y aún sorprendido por las palabras de la preciosa piba, la boca abierta, pero de ella, fue hasta mi pija blandita y la chupó. Apenas instantes, pues luego me dijo:

– ¿Ves?; la tenés chiquita ahora; me doy cuenta que así no podés metérmela; cuando está toda parada, dura, me volvés loca… Pero también me encanta lamerla blandita… Y vos sabés bien que podés hacerme acabar cuando me besás y chupas mi lengua, ni te digo cuando me chupas la conchita… Entonces, ¿cuál es el problema? – explicó con impecable lógica.

El problema, para mi radicaba en la belleza de Dianna.

Aún me parecía increíble que un hombre de 48 años tuviese la fortuna de estar con una hermosa nena de 19 años, bonita carita, rasgos aniñados y suaves, ojos grandes, color miel, de mirada inocente y pícara, graciosa naricita respingada, labios carnosos, siempre sonrientes. Y delgada, cuerpito duro y delicado, piernas de muslos firmes, pechos deliciosamente pequeños, conchita suave y sabrosa, un culito para delirar…

El primer día que estuvo en mi casa cogimos cinco veces. Al otro día, cuatro. El tercer día, tras dos agotadoras cogidas, tomé una pastillita azul. De ese modo pude otra vez. A la mañana, antes de irme a trabajar, Dianna me montaba. Sus orgasmos eran múltiples. Al llegar a la tarde, la encontraba desnuda, recién bañada, y me llevaba a la cama; A la noche, quería de nuevo. Iba al baño, tomaba la píldora, y así lograba gozar con ella. Pero me di cuenta del peligro para mi salud de tanto sexo y pastilla.

Esta situación era la razón de mi angustia. Despertaba y dormía junto a una mujer bellísima, sensual, caliente, vital, juvenil, enérgicamente dispuesta a dar y recibir sexo sin tapujos. Advertía claramente que no podía seguirle el ritmo. Y entonces temía que ella, insatisfecha, me abandonase.

La propuesta de la nena

– Tengo una idea, ¿te la cuento? – consultó Dianna, sacándome de mis cavilaciones.

– Claro, contame…

– Vestime sexy…

– ¿Querés que te compré ropa?

– Ropa no; lencería… A mí me encanta, y a vos te va a excitar más que verme desnuda. Vamos a coger cuando vos estés con todo, sin pastillas… Sólo te voy a pedir que, si te gusta como me verás, me besés, me lamás, me chupés… ¿Te parece?

– ¡Me parece estupendo!; ¿y qué querés que te compre?

– Primero, tomame las medidas…

Fui hasta el cuarto donde guardaba herramientas. Encontré la cinta métrica. Le pedí que se parase y diese vuelta, dándome su espalda. Me coloqué detrás suyo y medí sus preciosos senos, ombligo, colita, pies.

– Tenés 86 de busto, 59 de cintura y 89 de cadera…

Al otro día libre, con las medidas tomadas a Dianna, fui hasta el shopping, a un coqueto negocio de lencería. Además de cinco juegos de tanguitas y corpiños – todos de seda, transparentes, colores blanco, rojo, negro, rosa y dorado- adquirí dos baby doll, de encaje, negro y rojo, y medias caladas. En el mismo local, apartada, había una sección llamada “fantasías”. Se trataba de ropita sexy de enfermera, policía, dominación, campesina, mucama, colegiala. Elegí tres prendas de esta última clase, como minifaldas cortísimas a cuadros. Al salir de allí entré en una perfumería y compré “The one”, de Dolce & Gabbana. En una zapatería elegí compré dos pares de sandalias taco alto y dos sandalias bajas.

Llegué a casa, Dianna dormía. Coloqué todos los paquetes sobre la cama, a sus costados.

Salí de la habitación, cerré la puerta y fui a trabajar en la computadora del living. Veinte minutos después sentí una exquisita fragancia. Y la vi.

Sobre unas botas, la piba era un delirio. Sus largas piernas estaban lujuriosamente enaltecidas con las medias negras. La mini de colegiala llegaba al borde de su entrepierna. Se sentó en el sillón y abrió las piernitas, cubriendo su conchita con un muñeco de felpa.

– ¿Cómo estoy? – me preguntó, coqueta.

Mi única respuesta fue ir hacia ella, arrodillarme y buscar con mis labios anhelantes su entrepierna. Besé el tajito de su conchita deliciosa. ¡Qué fragancias cautivantes!; olores a perfume, piel joven, sabrosos juguitos de pendeja… Mi lengua entró, y así seguí, arriba, abajo, costados, besando, chupando, mordisqueando…

– Papi…, esperá, quiero sentarme en la alfombra, cruzarme de piernas y levantar la colita… – logró decir.

Y me ofreció todo su encanto.

En pocos minutos la vagina de Dianna comenzó a largar más fluidos sexuales; delicadamente busqué con mi lengua el clítoris. Estaba duro. Lo mordí, suavemente. La bella gimió, gozando. Bebí todos sus orgasmos.

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