Ella no sabía mi nombre

– A lo mejor no recuerdo tu nombre porque necesito un estímulo…

Ella no pudo acabar la frase, porque yo ya la estaba besando. Apreté mi boca contra la suya y al segundo siguiente noté que besaba con una sonrisa. La llevé contra la pared de aquella calle desierta y saboreé sus labios con avidez. Ella me atrajo contra su cuerpo menudo y mis manos se escurrieron dentro de su top. Acaricié su piel tibia con mis dedos, queriendo sentir cada centímetro. No llevaba sujetador… sus brevísimas tetas no lo necesitaban. Sentí sus pezones pequeños, duros como diamantes en las palmas de mis manos. Sentí las suyas, frías, buscar calor entre mi camiseta y mi piel. Busqué su cuello y ella lo dejó indefenso para mi. Lo besé, lo mordí y su primer jadeo hizo que mi polla palpitase salvaje, rozándose contra su vientre a través de mi pantalón.

– Vamonos… – susurro ella, mirándome con sus ojos de fierecilla. La cogí de la mano y corrimos entre sus risas y nuestros besos furiosos. Cogimos el primer taxi que vimos… ¿qué importaba que una rubia estuviera esperando antes?. Nada importaba… Ni el conductor echando miradas indiscretas a lo que pasaba en la parte de atrás de su taxi. Ni que la casa no fuera mía. Ni que la habitación tampoco. Ni que tuviera que despertar a mi amiga para que nos abriese la puerta. Solo importaban nuestros cuerpos. 



Cerré la puerta de la habitación detrás de mi y ella ya me estaba casi arrancando la camisa. Nos desnudábamos frenéticos, entre beso, jadeo, beso… Nuestras lenguas peleaban furiosas, la una contra la otra, la otra contra la piel del otro. Sentir su mano tanteando el bulto entre mis piernas fue la gota que colmó el vaso: levanté su top y por primera vez vi sus pequeños pechos desafiándome. Los apreté, los sentí, los acaricié… me llevé uno de sus pezoncillos a la boca, y lo comí, goloso. El otro recibía las atenciones de mis dedos, y su voz tembló. Sus manos pequeñas y hábiles forcejearon con mi cinturón y pronto ganaron la batalla, dejando caer mis pantalones al suelo y bajando mi hinchadísimo boxer, húmedo ya de mi líquido presiminal. Yo también quise ganar y bajé sus pantalones. No pensamos en si era o no una forma torpe de desnudarnos: solo nos sobraba la ropa. Ella me empujó sobre la cama y se sentó a horcajadas, apretando su entrepierna contra mi polla enloquecida. Sentí su coño húmedo y caliente a través de la tela de su tanga. Ella gimió cuando hice el primer movimiento, rozando el tronco de mi miembro a lo largo de sus labios mayores. Un movimiento más y ella me miró muy seria, con la excitación desbordando sus ojos.

– La quiero… -jadeó mientras la cogía con su mano y me masturbaba.

– Aún no, pequeña… -sonreí totalmente cachondo mientras la levantaba en vilo y la tumbaba sobre la cama, abriendo sus piernas, besando sus muslos y mordiendo sus ingles. Podía sentir el calor y la humedad emanando de su entrepierna, y quise comérmela entera. Hundí mis labios en la tela de su tanga, empapada ya, y jugué a buscar su clítoris con mi lengua, a rozarlo a través de la fina barrera. Ella gimió y se agarró a mi pelo. Mis dedos buscaron una abertura en su tanga y lo estiraron, haciendo que se colase entre sus empapados labios. Tiré de la tela hacia arriba, rozando su clítoris.

– Pídemelo -dije con voz ronca.

– Co… comeme… lo… -casi suplicó ella.

No quise… no pude esperar: deslicé a un lado su prenda íntima y empecé a comerme aquel delicioso coño. Lo lamí despacio… luego rápido, rozando su clítoris con mi lengua mientras mis dedos se colaban dentro de ella. Ella me apretaba contra sí misma y gemía.

– Jo… derrr… -casi gritó- no… pares… me… me…

– Hazlo… -jadeé yo contra su coño sin dejar de masturbarla.

Y se corrió. Sentí su interior apretar mis dedos empapados, clavados en lo más profundo de su ser. Se corrió durante lo que parecieron interminables y deliciosos segundos. Luego saqué mis dedos de ella y subí rumbo norte, hasta su boca. La besé con fiereza, como si necesitase respirar su aire a través de mi boca, dándole a probar su propio sabor. Ella me besó con desesperación y me cogió la polla.

– La quiero dentro -me dijo mirándome entre beso y beso- métemela…

– ¿La quieres?

– Si…

– ¿Así?

– Así… dámela…

Empecé a moverme rozándome contra su coño. Era una delicia sentir como me empapaba de ella, como resbalaba entre sus labios, como ella se movía acompañando mis movimientos. Me estaba volviendo loco… y no aguanté más. Me moví hacia atrás, dejando la punta de mi polla justo en la entrada de su coño. La miré, sus ojos fijos, su boca entreabierta… Y empujé. Entró toda de un golpe, de una sola vez. Resbalé dentro de ella con la facilidad con la que un cuchillo caliente corta un pedazo de mantequilla.



- Aaahhm… -gimió ella con sorpresa. Yo me quedé quieto, clavado en su interior, notando mi pubis y sus labios besarse. La besé sintiendo cómo me apretaba, como sus piernas me abrazaban.

– Fóllame… -dijo ella, casi en un susurro. Y yo empecé a hacerlo. Empecé a moverme dentro de ella lentamente al principio, sintiendo cada movimiento, cada centímetro, casi sacando mi polla de ella cada vez, y volviendo a clavarme al segundo siguiente. Estaba tremendamente cachondo. Follamos, follamos y follamos. Ella sonreía a veces, y a veces su cara se transformaba en una mueca de puro sexo y placer que casi hizo que me corriera a chorros dentro de ella. Yo arreciaba mis embestidas y sentía como algo salvaje crecía dentro de mi. Cogí sus muñecas y las puse por encima de su cabeza, apretándolas contra el colchón. Ella me miró sorprendida de nuevo, convertida en una diosa del placer.

– Si… Da… me… duro… -dijo entrecortadamente por culpa de mis embestidas. Su voz hacía que mi polla palpitase con más fuerza dentro de ella. Sus pequeños pechos se movían al ritmo al que mi cuerpo chocaba contra el suyo, incontrolables. Y sentí que no podía aguantar más.

– Me… voy… -ni siquiera era consciente de que las palabras salían de mi boca.

– Vamos… dámela… toda…

Me salí de ella y ella se lanzó hacia mi polla, metiéndosela en la boca. Jadeé descontroladamente. Ella acarició mis huevos y me masturbó mientras me comía con una voracidad que pocas veces he sentido.

– Ahh… voy…

La sacó y me miró a los ojos, con esa mirada que nunca supe descifrar, entre placer, excitación y expectación, y siguió pajeándome.

Y me corrí. Me corrí a chorros en sus brevísimas tetas. Ella gimió con una sonrisa en sus labios, mostrándome sus dientes perfectos mientras me ordeñaba. Tres… cuatro… cinco chorros se estrellaron contra su piel y resbalaron por su cuerpo.

Yo me derrumbé sobre ella, empapándome con mi propia leche, besándola, totalmente ido y perdido en una tormenta de placer. 


– Joder… joder… -no podía parar de decir. Ella me acarició y me besó.

No se en qué momento nos quedamos dormidos.

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