Emputecimiento en el campo 7

Marcela despertó en su cama, sacudida por Don Pancho – Despierta putita, despierta – Marcela no reaccionaba, estaba medio mareada luego de las dos intensas sesiones de sexo, una en el establo con Don Pancho, el veterinario, compadre de su papá, Don Mariano, y su hijo Leonardo y la segunda con los seis amigos junto con Mario y Remigio, eso sin contar la mañana con Don Pancho en la que aprendió a tragar hasta el fondo. Estaba cansada, medio mareada hasta balbuceaba algunas palabras sin sentido. Don Pancho para despertarla empezó a meterle dos dedos en la concha que la tenía muy irritada así que por el dolor mas que por el placer despertó sujetando la mano de su amo y arrugando el rostro en claro signo de dolor. Déjame ver – ordeno Don Pancho. Levántate que la noche recién comienza, quiero que te laves y te pongas bonita – y la llevó a la mesita del cuarto donde encontró una esponja, jabón, toallas y una batea de metal con agua, luego sacó del cajón el vestido floreado que le quedaba a media pierna y ordenó – ponte esto, apúrate, ya vengo – y abandonó el cuarto.

Marcela con poco ánimo tomó la esponja y el jabón y empezó a frotar su cuerpo frente al espejo que colgaba de la pared. Mientras limpiaba lentamente su cuerpo se maravillaba como tenía semen reseco en partes insospechadas; esperaba encontrar semen en el culo y concha (lugares donde metió con dolor varias veces los trapos húmedos) sus pechos eran lugares de abundante esperma donde se habían formado como costras o escamas blanquecinas resecas, el rostro era como una máscara de caspa reseca y su lengua y paladar estaban pegajosos y ásperos; pero la oreja, los pies, la nuca, no sabía cómo había llegado hasta ahí y lo que es peor no sabía de quienes eran.

¿Qué estaba ocurriendo? Se preguntó ¿Por qué Don Pancho tenía ese poder sobre ella? ¿por qué su cuerpo le pedía cada vez más y más sexo?. ¿cómo era posible que su vida haya cambiado tanto en tan solo unos días? Ahora ella hacía las cosas que antes veía tímidamente en las películas porno, ¿era posible que su cuerpo que le proporcione tanto placer? ¿será verdad, como dice Don Pancho, que soy una perra y una puta, capaz de hacerlo hasta con los animales? preguntaba esto y muchas cosas más sin entender o encontrar una respuesta, en eso cayó en la cuenta, mientras limpiaba uno de sus pechos, que estos estaban diferentes, parecían más grandes, mas carnosos, incluso sus pezones tenían mayor volumen y duros; se volteó y notó lo mismo con sus nalgas estaban más grandes!!. Se paró de frente al espejo y notó que todo su cuerpo era distinto, ya no era esa jovencita bien, del colegio de ursulinas, que caminaba de la mano con el noviecito pendejo, o la nena de cuerpo firme del elenco de ballet, ni la niña a quien su madre le hacía las trenzas por la tarde mientras le aconsejaba idioteces que la aburrían. No, ahora era una mujer que disfrutaba de su cuerpo y que los hombres disfrutaban con ella, así se sentía, una mujer, una hembra y no cualquiera, una buena hembra que era capaz de recibir buenas trancas en el culo y la concha incluso se las podía meter enteras hasta la garganta; seguro que ninguna de sus compañeras del colegio podían hacerlo, esas pituquitas que se creían dueñas del mundo con mediecitas y falditas de colegio, que apenas a unas cuadras, fuera del alance de las monjas se subían la falda y se pintaban los labios para parecer mujeres apetecibles; ella no, ella ya no era así, ella, Marcela, era ahora una mujer apetecible por muchos machos y disfrutaba de su cuerpo.

En eso estaba, contemplando complacida y orgullosa su cuerpo de mujer, cuando Don Pancho abrió la puerta y la llevó a otra realidad, una sub realista, algo más sórdida. ¿Ya estas lista putita? Marcela volteó, así desnuda como estaba y lo miró desde el otro extremo de la habitación; él estaba de pie en la puerta, con un vaso enorme en la mano lleno del conocido brebaje y en la otra un par de zapatos de taco y el también conocido pote de crema y el mismo que uso con ella los primeros días. Luego de unos segundos de silencio Don Pancho terminó el momento intenso – ¿Qué te pasa perra, qué me miras?, ven siéntate al borde de la cama y abre las piernas.

Marcela obedeció, caminó despacio con la frente erguida, con un aire de cierto orgullo, mirando fijamente a su amo mientras este dejaba los zapatos en el suelo, la bebida en la mesita de noche y de rodillas abría el pote de crema, sin prestar atención a la nueva actitud de la muchacha. Marcela se sentó al borde de la cama, colocó la cintura un poco más afuera y abrió las piernas para dejar trabajar a su macho que la untaba abundantemente con dos dedos viendo cada detalle de su vagina y de su culo sin ningún pudor ni malicia, como cuando uno está frente al médico; en eso, como algo natural, Marcela estiró la mano y acarició la cabeza canosa y la mejilla de Don Pancho, lo hizo con dulzura, con cariño, como una madre orgullosa acariciaría a su niño; él la había convertido en mujer, con él descubrió un mundo maravilloso, ella daría cualquier cosa por ese hombre, por sentir su tranca dentro suyo, por sentirse dominada por él, su puta, su perra como él le decía . Don Pancho, desde abajo la miró sorprendido y luego perfiló una sonrisa de medio lado, – te gusta no pendeja, lo sabía desde el día que te conocí, eres una buena perra, si pudieras cogerías todo el día, gratis y hasta dormida, no te preocupes con migo cumplirás tus sueños. Ahora vístete, ponte los zapatos y baja – la mirada de Marcela cambió, de pronto una sombra gris nubló sus enormes ojos y bajó la cabeza hasta que sintió una mano en el mentón que le levantó el rostro con dulzura, le acarició la mejilla y le acomodó el cabello de la frente – sabes que eres mía, mi perrita viciosa, si esta noche me obedeces y me haces sentir orgulloso de mi perrita, este chupete será todo tuyo – y bajándose el pantalón con la otra mano le mostró su viejo “azadón” morcillón y arrugado.

El rostro de Marcela se iluminó, el sol salió en su horizonte, y como un can ante su hueso lo engulló con desespero, con ansiedad, como un sediento en el desierto. Sacaba la lengua y lo lamía desde la base, chupaba los huevos arrugados y canosos, mientras que con su manito lo masturbaba con frenesí, se metía la cabeza en la boca y subsionaba esperando recibir algún manjar, sus ansias dieron fruto y el miembro de Don Pancho cobró vigor y se mostró en su totalidad, espléndido, brillante, duro y firme para que la joven se lo trague de un solo bocado abriendo la boca y sacando la lengua para lamerle los huevos por esos pocos segundos que aguantaba la respiración y que le sabían a gloria. Bastaba eso para mojarse toda, ella lo sabía y se llevaba las manos a su vagina para masajear con frenesí su botón inflamado y llevar sus jugos hasta la entrada de su culito y empezar a meterse uno y dos dedos; mientras que como una artista, sin manos, sacaba el pene lleno de babas y se lo tragaba nuevamente, una, dos, tres, las veces que fuera necesario, y es que necesitaba sentir su cuello hinchado, sentir la cabeza irrumpir por su campanilla y alojarse de lleno en su garganta lo más adentro posible, necesitaba sentir que llegaba a su límite de asfixia aunque toda la cara se le hinchada. Ya casi estaba por llegar al orgasmo, ese volcán caliente y tembloroso que recorría su cuerpo, cuando, de un empujón Don Pancho la apartó tirándola en la cama – Después de esta noche te dije, perra, ahora vístete y péinate, que pareces una puta barata. Te espero abajo.

Lo sucedido esa noche Marcela no se acordaba en detalle, los fue recordando poco a poco como chispazos de luz en su memoria, fue a lo largo de varias extenuantes sesiones que logré ir armando este capítulo de su vida, además las entrevistas y declaraciones de los testigos terminaron de llenar los vacíos de su memoria, el resto es de mi propia cosecha.

Durante el trayecto en el destartalado coche del empleado, Don Pancho, que se había peinado el graso cabello poniéndolo todo para atrás, llevaba una chaqueta corriente de solapa ancha y olía a perfume barato; sacó de una bolsa de plástico, un grueso y largo consolador de silicona, similar a un pene venoso de unos 25 cm con base redonda; a duras penas sacó de la misma bolsa el famoso ungüento y lo untó a todo lo largo abundantemente – esto es para ayudarte – Marcela abrió las piernas y colocó la cabeza en la entrada de su vagina y recibió un manazo en la cabeza – en el culo perra – sin decir nada se reclinó en el asiento, buscó su orificio trasero y el juguete entró poco a poco hasta la mitad ayudado por la crema y la flexibilidad adquirida por su esfínter en los últimos días, solo un leve ardor la incomodo que fue pasando a los pocos minutos. La mano de Don Pancho, sin perder vista en el camino de tierra mal iluminado cogió el juguete y empezó un breve mete y saca hasta que bruscamente lo metió todo de un golpe obligando a Marcela a arrugar el rostro y morderse los labios – ahora siéntate bien. El camino, lleno de baches y charcos fue un delirio para una y un placer para el otro que parecía buscar pasar por los baches para que ella con cada tumbo sintiera el consolador más adentro de sus intestinos.

Llegaron a una construcción mal iluminada, en medio del campo rodeada de frondosos árboles y matorrales descuidados. Era una casa de casi unos veinte metros de largo y 10 de fondo con techo de tejas de dos aguas. Algunas mesas puestas afuera de la puerta de ingreso estaban ocupadas por algunos parroquianos que bebían y fumaban; dos ventanas al lado de la perta estaban iluminadas y otras dos oscuras y cerradas desde adentro. Un par de perros salieron al encuentro del coche ladrando como avisando la llegada de extraños.

Antes de bajar, Don Pancho advirtió – Recuerda, eres mi perra, mi puta, no quiero que me dejes en vergüenza delante de mis amigos, yo les he hablado que eres una nena muy obediente así que espero no me defraudes, pórtate bien y todo saldrá bien, al final tendrás tu recompensa – cuando Don Pancho iba a salir del coche la nena le cogió la mano – Don Panchito, usted me va a cuidar verdad, no me va a pasar nada malo – NO te preocupes, lo vas a disfrutar.

Camino a la puerta de la casa Don Pancho le cogió el culo y se aseguró que el consolador siguiera dentro – se me cae – susurró la nena, – aguanta puta – respondió entre labios mientras saludaba con una sonrisa a los conocidos sentados afuera. – ¿Qué traes Pancho? ¿de dónde sacaste esa yegua? No será como tu sobrina de la otra vez ¿cómo se llamaba? – Ya vas a ver Manolo, esta está mejor.

Dentro de la casa un bar se ubicaba, a la izquierda de la puerta y a la espalda de este una cocina separa por madera vieja y carteles de mujeres desnudas de anuncios de lubricantes que intentaban dar una banal decoración; a la derecha, unas seis mesas de madera mal distribuidas con ocho parroquianos en grupos de dos o tres; al frente, una puerta que llevaba a los baños con urinario y una bomba que palanqueando saca agua de un viejo pozo a un balde. Frente al bar, cruzando las mesas, un pasadizo que conducía a los cuartos. No había forma de saber si la casa había tenido tiempos mejores, o quizás no, siempre fue así. El olor a cigarro y licor de caña afectaba el ambiente y una vieja máquina de discos esperaba algunas monedas para animar el ambiente. En una mesa, dos mujeres de mediana edad, con maquillaje exagerado y vestidos apretados y sandalias esperaban la borrachera de alguno para hacer la noche. Todos voltearon al ver entrar a Don Pancho contento, abrazando la cintura de Marcela, con la sonrisa en el rostro como si hubiera sido premiado por el alcalde y fuera recibido con aplausos por la concurrencia.

Caminó directo a la barra y pidió ron con limón a una doña gorda y fajada con peinado permanente que se secaba las manos – ¿qué es esto Pancho, me traes otra sobrina? ¿No quiero problemas como la vez pasada? ¿Cuándo te he traído problemas mi reina? Al contrario, hoy es navidad. Manda al cojo en la bicicleta a pasar la voz que esta noche es larga. – Bebe putita – indicó el viejo alcanzando la copa que la Doña había dejado sobre la barra y tomando de un golpe la suya. Marcela sintió que el áspero licor le quemaba la garganta y no pudo evitar arrugar todo el rostro y luego abrir la boca esperando que el aire calme el ardor de la garganta. – Al final de la noche me vas a besar la mano – señaló Don Pancho a la Doña mientras le guiñaba el ojo, y diciendo esto caminó de la mano con Marcela, sacó una moneda con gesto de palanganeo y echó a sonar un viejo bolero.

Arrimó a Marcela a su cuerpo y empezó el vaivén a ritmo de “… dicen que la distancia…” – NO estés nerviosa perrita, déjate llevar – No es eso Don Pancho es que se me cae lo que tengo en el culo – murmuró la nena intentando dominar la incomodidad y llevar el paso. Qué raro, el mismo bolero le gusta a mi papá, pensó para sí. – Eso tiene solución – sentencio el viejo y empezó a levantar el vestidito floreado de Marcela masajeando las nalgas con ambas manos hasta dejar su hermoso trasero al descubierto que por los tacos se veía más hermoso y mas paradito; con cada giro del baile la nena notaba las miradas focalizadas en la inusual pareja, en un momento de rubor Marcela abrazo al viejo y escondió el rostro en su cuello cruzando los brazos alrededor del mismo, parecían así una pareja de enamorados. No tardó ella en sentir como Don Pancho manipulaba el grueso objeto en su trasero, mientras le sujetaba con una mano la cintura, con la otra, metía y sacaba el consolador. La faldita enrollada en la cintura resaltaba más aún la escultural figura de la nena que luego de unos minutos dejándose llevar por los primeros síntomas del placer arqueó la espalda empinando de pie el culo, Don Pancho solo la movía ahora en lento vaivén sobre el sitio y aprovechando que los parroquianos sentados afuera empezaron a entrar con un gesto de la mano llamó a todos indicando que se acerquen, hasta las dos mujeres se acercaron formando un pequeño semicírculo.

En evidente muestra de que Marcela se estaba dejando llevar por completo, tiró la cabeza hacia atrás abriendo la boca y arqueando mucho más la espalda y dejando caer su castaña cabellera sobre las nalgas, esto aprovecho Don Pancho para darle un profundo beso de lengua y enterrar hasta el fondo el consolador en el abierto culo de la joven casi hasta desaparecerlo por completo. Así, medio encorvada como estaba la llevó hasta el borde de la barra, la guio para que apoyara los codos sobre la misma dejándola como espectáculo de los presentes; pidió dos copas de ron y luego de cerciorarse que la nena, que tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos, tome la suya, el hace lo mismo; en ese momento la Doña le susurra – esta sobrina tuya es todavía una criatura, ¿cuidado Pancho? – NO te preocupes mi reina, prácticamente me lo ha pedido, además así la tarifa sube – y le volvió a guiñar el ojo.

Luego volvió a besar profundamente a Marcela mientras acariciaba su espada para luego quitar de un manotazo la mano de un aventurado que ya le sobaba una nalga. Don Pancho con ambas manos separó ambas nalgas de la nena dejando ver su invadido culito, perdón culazo abierto por el grueso consolador y recibiendo las exclamaciones de los asistentes. Jugó unos minutos más con ella hasta que retiró el juguete cuando notó que fluían hilos de líquido desde la vagina por las piernas de la nena. Le hizo un gesto a la Doña, recogió una llave y llevó a la joven por delante suyo mientras le quitaba el vestido por completo al cruzar las mesas rumbo a los cuartos; atrás la doña desde la barra anunció – Bueno señores, ya saben cómo es, la casa estrena nuevo servicio.

Cuando Marcela empezó a “atender” eran cerca de las 10 de la noche y estaban en el local unos doce hombres y dos mujeres; hasta las 4 de la mañana habían aparecido por la vieja casona unos 15 hombres más, de todas las edades, casi todos campesinos y obreros los más jóvenes fueron tres amigos de Leonardo, el hijo de Don Mariano y el más viejo el cartero Izaguirre, de unos 70 años. A pesar de la cuota, elevada por la calidad de la mercadería, algunos repitieron, pero a las 3 de la mañana cuando Don Pancho estaba babeando de borracho algunos entraban de dos o tres pagando por uno solo. Eso si, la Doña se encargaba del cobro religiosamente, con la mirada viciosa de avaricia entregaba a cada uno un tique numerado para evitar líos previo pago, pero después de las 3 ya por cansancio, o por borracha o por que no entraba más dinero en su bolso, no se hacía problemas, total, ya tenía más de lo que ganaba en un dos meses, sin contar la entrada del licor que fue copioso ya que todos los curiosos invitaban ron a Don Pancho esperando enterarse la historia, en detalles morbosos por supuesto de la putita nueva. La suerte de Marcela fue que la Doña exigía a todos el uso de condón ya que la regla de su casa es que” todas podían ser putas pero limpias”.

Hasta las dos putas mayores ganaron, ya que los que no podían pagar la cuota se desquitaban con ellas o por las bebidas consumidas ganaban su comisión.

Adentro, en el cuarto de Marcela, el tiempo transcurría de forma diferente. El primero en entrar fue Don Pancho, la acostó desnuda sobre una vieja cama redonda solo cubierta con una sábana, al lado en el suelo un balde con agua y una palangana, sobre la mesita un rollo de papel higiénico y una descolorida toalla y en el techo coronaba la habitación un foco de luz amarilla cubierto con papel de seda para dar un cierto toque rojizo. El viejo la dejó preparada, le lamió a placer la concha y le metió hasta tres dedos, igual hizo con el culo – para que estés preparada perrita – terminó metiéndole el azadón y descargando en el fondo de su garganta con golpes que atragantaron a la nena.

Marcela nunca supo bien cuantos entraron ni quienes eran, ella si llevó la cuenta de los 4 primeros que solo la cogieron por la concha, descargaban y se iban dejándola con ganas de más. Parece que luego se enteraron bien lo que le gustaba, seguro por las historias contadas por Don Pancho, muchas de ellas exageradas por el viejo y regadas por la bebida, que a partir del 5 “servicio” le pedían cortésmente mamadas o que se ponga de perrito para culiarla. Fue a partir del 12vo “servicio” que se puso la cosa más grotesca; sin decir más le metían la pinga en la garganta hasta los huevos y presionaban con fuerza sin considerar el tamaño o grosor del miembro o bombeaban hasta la faringe sin compasión, con esa energía característica del hombre de campo. Luego la volteaban y le metían los dedos tres o cuatro hasta el fondo en el culo o concha lo que motivaba que ella arquease la espalda hacia arriba en señal de dolor, luego de eso la culeaban frenéticamente. Llegó un momento que Marcela llegó a disfrutar estar en esta condición, tanto así que ya recibía al siguiente en cuatro patas, giraba para mamar, así la tranca entraba entera, lo que a ella le gustaba y de paso se masturbaba con una mano, para, apenas sentir que ya estaba dura voltear y ella misma abrirse las nalgas dejando caer casi todo el dorso sobre el colchón y empinando más el culo. En esta situación algunos se subían sobre el colchón y desde arriba se la metían, como cubriéndola toda y apoyándose en pies y manos; eso le gustaba, sentía que llegaba más adentro. Dejó de contar los orgasmos que le vinieron.

Aunque se desmayó un par de veces. La primera cuando cerca a la tres de la mañana entró el “Negro cola”, un tipo moreno como de 1.80 famoso porque su miembro era de 31 cm y grueso como la cola de un burro (es decir unos 5 cm de diámetro). La doña dudo dejarlo entrar, pero al consultar con Don Pancho que ya estaba bien bebido respondió – déjalo, ella lo va a disfrutar más, si aguanto el mío aguanta el tuyo – frase que motivo la risa de sus acompañantes de turno. La cosa es que el negro no se la pudo meter toda por la boca, por más que Marcela se empeñó y llegó a tener casi dos terceras partes en la garganta no entraba. – Calma chiquita – le dijo el negro, verás como ahora si puedes. La echó de espaldas, y empezó a meter la cabeza en la concha de la nena, cuando ella sintió la cabeza dentro cogió el miembro con ambas manos en un acto de instinto, los ojos abiertos fue sintiendo centímetro a centímetro que su concha era invadida por eso cilindro descomunal de carne, su vagina palpitaba voluntariamente y derramaba ríos de lubricante natural, ella respiraba aceleradamente y sus manos no dejaban de sujetar a su invasor mientras que sus piernas rodeaban la cintura del moreno atrayendo con fuerza su cuerpo hacia ella. Cuando esta dentro casi 25 cm el negro empieza a bombear, primero suave, y en cada salida parecía que le sacaba la concha por como estiraba los labios vaginales, ella lo mandaba con sus piernas, su propia cadera subía como pidiendo más, quería tragarse todo, le venía un orgasmo tras otro, tras otro, hasta que todo entró. Ambos no se lo creían, él la miró y sonrió – te entró todita – exclamó – dale, dale, dale – ordenó la nena. En medio de la faena, ella se desmayó, así que el moreno puso los brazos por debajo de las piernas, sujetó con las manotas la espalda y la levantó. Ella quedó ensartada al mástil negro por la concha, sujetada por las piernas y recostada un poco hacia atrás por la espalda, la cabeza caída hacia tras y el cabello flameaba sedoso todo caído; así salió del cuarto, cruzo la sala llena de parroquianos quienes primero se sorprendieron y luego aplaudieron la iniciativa, el negro fue hacia el baño y pidió a la Doña que fue asustada a tras suyo que le eche un baldazo de agua.

Eso despertó a Marcela, que al retornar ensartada hacia el cuarto, cruzaron la sala donde bailaban algunos, dando botes ella misma sujetando el cuello del negro y pidiendo – mas, mas, mas, así, dame, dame, dame – todos soltaron carcajadas y aplausos y fueron a felicitar a Don Pancho que por la borrachera no se daba cuenta. Al llegar a la habitación, el negro cayó de espaldas sobre la cama y Marcela lo cabalgó colocando la planta de los pies sobre la cama. Si dijera que lo disfrutó fue poco, solo contaré que toda la cintura del negro terminó mojada por los flujos de esa concha bendita que no se cansaba de tragar carne. Cuando su concha su acomodó a la trancaza del negro, la misma Marcela la sacó, juntó sus flujos de la concha misma, se embadurnó el ojete, y con la mano guio la cabeza del glande. No fue más fácil ni menos dolorosa, pero la nena lo disfruto más. Con el cuerpo hacia adelante apoyada sobre sus rodillas los 31 cm fueron entrando en su culo, sin prisa pero sin pausa, el anillo se le anchó todo, ni habiendo recibido las dos vergas, del veterinario y de su hijo en la tarde se había sentido tan llena y tan estirada. Respiraba con dificultad, babeaba, sudaba entera, el cabello pegado al rostro por el sudor, temblaba de placer como estertores continuos hasta que no se sintió bien penetrada no paró; miró y faltaba poco menos de la mitad, así que empezó a subir y bajar ella misma, el negro quiso acompañar el vaivén y ella lo paró – no, déjame sola – y volvió a su tarea, sube y baja, sube y baja, sube y baja, cada vez entraba más, mas, mas y ella sudaba y bufaba como un animal, sacudía la cabeza, abría los ojos, arrugaba las sábanas, se masajeaba las tetas, se masturbaba con frenesí, jalaba sus pezones, los piñizcaba hasta que entró todo, todo, todo y se dejó estar unos instantes calmada, con los ojos cerrados, por Dios parecía un budista haciendo yoga.

El “negro cola”, esperó a que Marcela se acostumbre a su tranca y le cabalgue por unos minutos, luego la volteó hasta ponerla de espaldas a él, la levantó y la colocó de perrito, ahora él tenía dominio, y empezó su vaivén con estocadas suaves y profundas o rápidas, un, dos tres, un, dos tres, a veces estocadas fuertes y profundas, luego suave, fuerte, suave, la tenía loca a Marcela que se mordía la mano. Se animó por los vítores recibidos anteriormente y sacó a Marcela nuevamente del cuarto, ensartada, la pobre caminaba de puntas, él flexionaba un poco las rodillas, nuevamente cruzó así la sala ante el asombro de todos, llegó hasta la mesa de Don Pancho que dormía la borrachera, apoyó a Marcela de cara sobre la mesa frente al viejo, y empezó: fuerte, fuerte, fuerte, hasta lo hondo del culo, fuerte, fuerte, fuerte. Marcela al verse mostrada así delante de todos gozaba más y empezó a gemir con fuerza, la mesa temblaba por el impulso de ambos cuerpos. Marcela levantaba el culo poniéndose de puntas para su negro amante pueda entrar mejor, fuerte, fuerte, fuerte, fuerte. El Negro jaló una silla y colocó un pie en ella para que los curiosos puedan ver mejor, fuerte, fuerte, fuerte, fuerte, una tras otra sin piedad y Marcela rendida sujetando la mesa para que no se mueva gemía como una gran puta. Un parroquiano acercó otra silla al otro lado, el negro entendió la propuesta y con su ayuda levantó el otro pie, apoyó las manos sobre la mesa y desde arriba empezó a castigar a Marcela; ella colaboró con el espectáculo, colocó los brazos hacia atrás y con las manos se abrió el separando las nalgas. El negro cambió de táctica, la sacaba casi entera despacio para luego dejarse caer y meterla toda de golpe, así se notaba el tremendo agujero del ojete de la nena y como comía los 31 cm gruesos de carne viva, dura, venosa. Muchos aprovecharon en tomar fotos o filmar con lo celulares, la mayoría borrachos ya no tenían pulso. Marcela miraba sentado frente suyo al viejo Don Pancho durmiendo la mona, estarías orgulloso de mi, pensó, ya ves soy una buena puta, tu puta.

Las arremetidas rápidas la concentraron de regreso en su ojete, que ahora era todo un canal, invadido cada vez más rápido y mas fuerte. Un desconocido trajo el consolador que llevó Marcela y con el permiso del negro se lo metió en la concha casi por entero, Marcela abrió los ojos y la boca. El culo lleno a tope, la concha también, en medio de la sala rodeada de unos 8 hombres, todos mudos … la radiola roncaba lo que en ese momento todos querían “..reloj no marques las horas..” hasta que Marcela rompió el silencio – dale, dale, dale, si, dale – todos aplaudieron y dieron vítores a la hazaña y ambas trancas empezaron un frenético bombeo en los agujeros de la nena. La Doña ebria no se metía, Don Pancho menos, un criterioso cerró la puerta del local y vino la mejor parte.

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