En la residencia

Siempre he amado a mis abuelos. Me han criado desde pequeño y tan pronto como he tenido sentido de la responsabilidad, he sentido gratitud por todo lo que han hecho por mi durante estos años. Tal vez por eso, me sentí tan mal cuando mi abuela fue internada en una residencia, en contra de su voluntad, pero por culpa de una caída que la dejó postrada en la cama durante meses.
Poco o nada sé del sexo en la tercera edad, pero está claro que existe, pero siempre ayudado por las pastillitas azules que hacen de las ganas una realidad consistente. Lástima que en las residencias, estas “ayudas” no formen parte de las ayudas diarias para mantener a los viejos contentos hasta sus últimos días.
Fue por ello por lo que el mes pasado, al visitar a mi abuela, ya comida por la demencia, mi abuelo me pidió algo que escapaba de toda lógica: “Hijo, yo ya no puedo, pero se que tu abuela quiere y necesita un último polvo antes de irse.”, me dijo avergonzado. “¿Podrías ayudarme?“. No sabía qué decir. Por mi abuela lo haría todo, pero sexo… me parecía excesivo.

“Está casi ciega” me dijo “No notará la diferencia. Yo te ayudaré a que no se note.”
Llegó la noche y mis familiares se fueron. Me quedé sólo con mis abuelos, con la intención de darle a mi abuela una última alegría antes de dejarla ir. Mis ganas de agradar reñían con la solemnidad del acto y las palabras de mi abuelo, no ayudaban: “Házselo por última vez. Deja que se vaya en paz…”.
Le abrió las carnosas piernas y dejó ante mi un seco y rasurado coño abierto, el cual frotaba con sus temblorosas manos. Miré su cara y denotaba un placer sin igual. Tal vez no se enterase qué o quién se lo produjese, pero estaba claro que lo estaba disfrutando.
“Vamos hijo… metesela” – dijo mi abuelo. Pero yo no podía… era demasiado personal. Entonces mi abuelo dió la vuelta a la cama y se puso tras de mi. Me bajó los pantalones y metiendo la mano en mis calzones, sacó mi pene. “Hazlo por ella…” me dijo al oído mientras empezaba a masturbarme.
La situación me puso a mil. No era para ello, pero lo hizo. Mi enhiesto pene pronto asomó por encima del calzón, gracias a la atención de mi abuelo quien raudo, apuntó en dirección a al agujero de mi abuela. Introdujo mi pene facilmente en su coño y comenzó a dar impulso a mi cadera con la suya. Cada embestida de sus nalgas, se proyectaba a las mías y sacaba de mi abuela un pequeño gemido de pasión. Lentamente, sentía el calor de mi abuela en mi pene y me introducía poco a poco en sus entrañas, al ritmo que marcaba mi abuelo. En mis nalgas, notaba sus colgantes huevos rebotando, con el entusiasmo de un adolescente en su primera relación. La sensación era de lo más extraña…. Estaba follando un abierto y flácido coño, mientras notaba un flácido pene entre mis nalgas. Sinceramente, no sabía cómo sentirme, pero la situación me encantaba.
Pronto, una mano agaró mis huevos por debajo de mi culo, llevándolos hacia atrás, haciendo mi pene más enhiesto y firme. Noté cómo mi abuela se corría ante un último empujón y pronto, una segunda mano, terminó mi faena sobre su abdomen.

Subió mis pantalones y me abrazó. Mi abuela dormía plácidamente. “Siempre has sido nuestro nieto favorito” – me susurró al oído. “Cada vez que quieras correrte, ven a vernos a tu abuela y a mi.”

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