Entre la náusea y el placer: Don Gumaro.

Suena mi celular, me desperezo y lo alcanzo para revisarlo. Es un mensaje de Jessica, mi novia: “Hola, amor; espero no despertarte. Solamente para avisarte que estoy en el aeropuerto, si no hay contratiempos, esta noche estaremos juntas. Te amo”. Era uno de esos mensajes que no esperan respuesta, pero que son importantes. Mi respuesta por tanto, fue muy escueta. “Sí, me despertaste, bruja. Suerte en tu viaje. Te extraño, besos”.

Observo la hora, 5:45; sí, tengo el tiempo justo antes de entrar a la Universidad. Hoy es viernes, por fin acaba la semana, tendré un fin de semana bastante intenso, Jessica finalmente estará de regreso y como suele suceder, sé que buscará ponerse a mano luego de semana y media de abstinencia. Esperaba en el fondo de mi corazón que se hubiera abstenido, porque a decir verdad, estaba en todo su derecho de no hacerlo, y yo no tendría cara para reclamarle nada, puesto que yo no puedo abstenerme de tener sexo, estos días he recurrido a don Gumaro, quien se ha comportado a la altura, dentro de lo que cabe, pues a su edad no se le puede exigir demasiado.

Me giro para observarlo unos instantes, su respiración es ruidosa, casi cercana al ronquido, su boca está abierta, de la comisura de sus labios escurren unos hilillos de baba que empapan su mejilla y su barba blanquecina. No aguanto la tentación, saco la lengua y lamo con dulzura, recolectando ese liquido que sorbo con fruición, dista mucho de ser miel de maple pero yo lo disfruto como si lo fuera. Luego, mi lengua llega a sus labios y los recorro golosamente, es justo en este momento que me acomete una arcada. Es causada por lo repugnante de su aliento, su halitosis es especialmente agresiva por las mañanas, sé por experiencia que después de un rato me acostumbraré y estaré disfrutando locamente de sus besos, es algo bastante común en el ajetreo con personas mayores, pero en el caso de don Gumaro siempre me ha costado mucho trabajo al principio.

—Buenos días, muñeca; ¿Qué haces despierta tan temprano?

—¡En serio necesitas que te responda?

—Es bastante obvio que madrugaste para echarnos el mañanero.

—Exactamente, corazón; tenemos el tiempo justo para gozar de un mañanero de antología.

—Entonces no perdamos más tiempo hablando, vuelve a lo tuyo, muñeca… —Se relaja aflojando sus extremidades como diciendo, “disfruta de esto que tienes a tu disposición, nena; soy todo tuyo”.

Gumaro no tiene que repetírmelo, mi boca se adueña de la suya, le obsequio una sesión de besos que son largos y apasionados, en pocos minutos las náuseas han cedido totalmente y me entrego al placer de succionar su lengua, de besarlo a boca abierta… Paso mi brazo izquierdo por detrás de su cuello, aprisiono su cabeza en un abrazo que hace más intenso el contacto entre nuestras bocas. Mi mano derecha mientras tanto busca entre sus piernas, se encuentra con su miembro en plena erección, no me extraña en lo más mínimo encontrarlo listo para la batalla, a Gumaro le bastan un par de buenos besos para ponerlo así, me encanta masturbarlo, recorrerlo lentamente de cabo a rabo, hacer que el prepucio oculte y descubra su rosada cabeza y notar como la viscosa humedad del líquido pre-seminal va en aumento, entretenida sobando su miembro, a la vez que incrementa lo sucio e intenso de nuestros besos, también va incrementando la intensidad de la puñeta que le hago, llega el momento en que lo siento estremecer, sé que está cercano el momento e incremento lo más que puedo la intensidad de mis besos, tengo aprisionada su lengua en mi boca y la succiono con fuerza, quiero tenerla lo más profundo que pueda, Gumaro tiene la boca totalmente abierta mientras la mía pugna por meterse más y más dentro de ella. En este momento de apasionamiento, mi mano se mueve muy lentamente en su hacer masturbatorio, Gumaro no puede aguantar y comienza a venirse, aprieto su pene con todas mis fuerzas y lo sigo masturbando con mucha lentitud, disfruto enormemente cada uno de los espasmos que lo hacen arrojar chorros y chorros de semen, su abultada y velluda barriga ha quedado prácticamente empapada con la descarga, parte de la descarga ha llegado incluso a su pecho.

—¡Ay, dios mío… como me calienta que hagas eso..! —gruñe mientras comienzo a recolectar los restos de semen diseminados por su tupido bosque velloso, voy descendiendo lentamente, degustando con fruición el viscoso jugo esparcido en la maraña canosa que va desde su pecho a su pubis, en este último es donde han caído la mayoría de los mecos, también es donde los vellos son más grandes, abundantes, gruesos y enmarañados. Como disfruto cada que me adentro en ese, mi bosquecillo adorado, mi boca y mi lengua lo acicalan con esmero, hago lo propio con sus peludos huevos. Al terminar vuelco mi atención a mi mano que sigue sosteniendo su verga que permanece enhiesta, la limpio de los restos de semen que la han embarrado, primero el dorso, luego la palma y luego mis dedos, uno por uno, lo hago despacio, con una cara de golosa que él disfruta, me observa sonriente, sabedor de lo que viene a continuación, es un ritual que tenemos muy hecho, yo también lo miro a los ojos y sonrío con coquetería. Procedo con lo que está esperando, recorro su falo entre besitos y cortos roces de lengua, lo hago desde el tronco hasta la punta y luego desciendo hasta sus huevos y vuelvo a subir hasta su cabeza rosada y brillante, repito la operación durante algunos minutos más, hasta que juzgo oportuno pasar al siguiente nivel y cuando estoy jugando con su cabeza, saboreándola como si de un helado se tratara, procedo, la engullo en su totalidad, hasta que mi cara se pierde entre su vello púbico y entonces la succiono con avidez, haciendo ese mete saca en que voy recorriéndola por entero una y otra vez, en momentos con gran lentitud y luego con bastante rapidez.

La posición en que me encuentro no me resulta del todo cómoda, de modo que decido reacomodarme, con gran devoción me coloco de rodillas, entre la horqueta que forman sus piernas flacas, de cara a su entrepierna me dispongo a adorar la reliquia que corona el lujurioso altar. Comienzo a repartir besitos suaves en las zonas circundantes hasta que poco a poco me voy acercando a su miembro, escucho sus suspiros en aumento, como urgiéndome a que acelere lo inevitable, yo me divierto postergando el momento, aunque una parte de mi quisiera saltarse los preámbulos. Durante algunos minutos me entretengo jugando con sus testículos, lamiéndolos, chupándolos, besándolos; luego, intempestivamente decido proceder y comienzo con la mamada en toda la regla.

Ya no me ando por las nubes inicio de la manera más salvaje que puedo. Lo hundo en el colchón con la fuerza de mis embestidas, luego lo succiono con gran fuerza y me voy levantando como si hiciera lagartijas, en el movimiento logro levantarlo algunos centímetros, su trasero se despega del colchón y luego lo suelto y cae pesadamente, momento en el que aprovecho para engullir su verga por completo y presionar contra su vientre como buscando más verga que tragar a sabiendas que ya no la hay, es en ese momento que siento sus espasmos que anuncian lo inevitable, me quedo completamente quieta, esperando a que surja el torrente candente que escupe el pene de don Gumaro, le doy unas muy lentas mamadas más, succiono con todas mis fuerzas, para extraer hasta la última gota presente en sus conductos, no quiero dejar que ni un solo espermatozoide escape a mi voracidad, sigo mamando fuerte, acaba de descargar todo su precioso fruto en mi boca y yo lo disfruto como loca, es el segundo bocado de la mañana y no estoy para nada dispuesta a que sea el último.

—¡Dios mío, eres una mamadora maravillosa!

Yo sigo con su miembro engullido en mi boca, lo volteo a ver y sonrío pícaramente, agradeciendo el piropo. Sigo entretenida, degustando su pito con parsimonia.

—Sé que si te dejo vas a seguir ahí metida hasta dejarme completamente seco.

Don Gumaro no miente, lo ha constatado muchas veces, me encantan las mamadas maratónicas. Hoy no dispongo de mucho tiempo pero sigo prolongando la mamada.

—Están muy ricas tus mamadas, muñeca; pero también te la quiero meter y quiero venirme adentro de tí aunque sea una vez, antes de que me dejes completamente seco.

A veces pierdo la dimensión, pues estoy tan acostumbrada a estar con hombres que por su avanzada edad ya no logran tener una erección con la suficiente rigidez como para tener un coito que casi siempre en lugar de coger termino mamándoselas. Pero este no es el caso con don Gumaro, es de los contados ancianitos que aún cuentan con una potencia sexual fuera de serie, gracias a ello él ocupa un lugar privilegiado en mi cama. Desde que inicié mi vida sexual he tenido infinidad de encuentros con señores mayores, pero he conocido a muy pocos tan fogosos como don Gumaro, por supuesto que cuando me topo con uno de esos tesoros vivientes, ya no lo suelto, suelo explotarlo hasta la saciedad; no es algo que suceda con demasiada frecuencia, pues él es apenas el segundo he conocido.

—Anda, ya déjame metértela… —la suplica de don Gumaro me saca de mis cavilaciones.

No me hago del rogar, pues aunque me encanta mamar vergas, más me encanta coger. Muy a mi pesar, suspendo la mamada, avanzó a cuatro patas sobre mi adorado vejestorio, hasta que nuestros rostros quedan a la misma altura, mi boca se adueña de la suya nuevamente, nos besamos de manera animal, sucia, grosera y tan larga y profundamente como la combinación de nuestras anatomías nos lo permiten, yo lo beso con tal fuerza que pareciera que quiero arrancarle el aliento, mi mano mientras tanto busca entre sus piernas su miembro erecto y lo dirijo a donde lo quiero y lo necesito tener, froto su cabeza brillante contra mis labios vaginales durante un rato, poco a poco voy incrementando la intensidad, hasta que transformo el movimiento y comienzo a engullirlo, lo voy haciendo con calma, disfrutando de cada milímetro que va incrustándose en mis adentros, él permanece pasivo, dejándome a mi toda la tarea, mientras sigo devorando su boca con la mía.

Contraigo mis músculos vaginales lo más intensamente que puedo, estrangulando en mi interior ese miembro que tanto adoro, luego de unos instantes de apretar con fuerza, me relajo y luego vuelvo a las andadas, eso es algo que le encanta que haga, le gusta tanto que cuando lo hago siempre logra mantener su mástil enhiesto, sin importar cuantas veces se haya venido antes; dejo su boca, enderezo mi cuerpo y dejó caer todo el peso de mi cuerpo para engullir enteramente los dieciocho centímetros de la verga de don Gumaro, en esa posición logro quedar ensartada por entero a diferencia del misionero, posición en la que su descomunal barriga nos impide acoplarnos a la perfección. Comienzo a cabalgarlo con un ritmo muy, muy lento, casi imperceptible, poco a poco voy incrementando la intensidad, sin llegar a ser un movimiento desbocado, pues a ambos nos gusta disfrutar del coito con mucha calma, extendiendo las sensaciones, prolongando el momento hasta que comienzo a sentir lo irremediable y acabo viniéndome en un orgasmo delicioso, intenso y prolongado, yo me sigo moviendo y logro que el primer orgasmo sea seguido por un segundo más tenue y duradero.

Nos miramos a los ojos, no quiero dejar de sentirlo, permanezco ensartada, ambos estamos sudando a mares y respiramos entrecortadamente mientras trato de reponerme del intenso clímax experimentado, me inclino para apoderarme nuevamente de su boca, hurgo con mi lengua en sus adentros, mi lengua conoce todos los rincones de su boca y ahora los recorre con parsimonia.

Disfrutamos acariciandonos durante algunos minutos, seguimos ensartados, gozando momentos de calmado cachondeo, que poco a poco se van intensificando hasta que damos vueltas en la cama y él queda encima de mí… Finalmente ha tomado el control. Nos miramos fijamente, suda copiosamente, su respiración es entrecortada, sé que está agotado, pero la determinación de su marida me dice que prefiere morir que dejar la faena a medio terminar. La saliva se le escurre por las hendiduras de sus dientes faltantes. Don Gumaro me embiste tratando de que su verga llegué a lo más profundo de mí. Un gemido de mi parte hace acuse de recibo. Luego embiste de nuevo, un nuevo gemido y luego otro y otro… Al rato estamos nuevamente en el rítmico vaivén de nuestro coito desbocado. Con una sincronía perfecta alcanzamos a venirnos los dos al mismo tiempo. Apenas y logro percibir su leche candente inundando mi útero. Y es que estos días lo he estado exprimiendo a conciencia y le he dado muy poco tiempo para reponerse.

Trato de convencerlo de que nos metamos juntos a bañar, lo hago a sabiendas de que no lo conseguiré.

—Ve tú, bien sabes que el agua y yo no nos llevamos muy bien.

Cierto, eso del aseo personal no es lo suyo, estoy conciente de ello y por extraño que parezca, esa es una de las cosas que más me excitan de él, “mi marranito” es como suelo llamarlo en mis adentros, nunca se lo he dicho en voz alta. No insisto más, volteo a ver el reloj, y muy a mi pesar tengo que desenchufarme del miembro de mi macho, al verlo fuera de mí, con su abundante vellosidad entre tanta humedad viscosa conformada por la mezcla de nuestros jugos, pienso en un animalito recién parido, más concretamente en un perrito, y entonces me arremete un arranque de maternidad, me siento una perra cariñosa y me dedico a lamer a mi hijo, dejándolo pulcramente limpio. Don Gumaro se tiende de espaldas, abierto de piernas para facilitarme la tarea de limpiarlo. Cuando doy por terminado el aseo de “mi perrito”, él ya está dormido otra vez.

Bajo de la cama y mientras me preparo para meterme a bañar contemplo su cuerpo decrépito, regordete, fofo, peludo, lustroso de esa mezcla de sudor y mugre acumulada. Me pregunto en qué punto de mi vida fue que comence a agarrarle gusto a esto que tenía enfrente. Viendo detenidamente a Gumaro, no había absolutamente nada en él de atractivo, por el contrario, era todo repulsión, asquerosidad. Sentí una punzada en la boca del estomago, luego un resabio en la garganta; conocía bien esa sensación. Estaba siendo arremetida por una suerte de cruda moral. No era la primera vez que me sucedía, de hecho me pasaba siempre que podía contemplar con detenimiento, en su real dimensión lo que momentos antes me estaba brindando tanto morbo y placer. Ya satisfecha la necesidad carnal, lo placentero quedaba de lado y solamente quedaba lo morboso, lo asqueroso, la náusea de la realidad. Sin ese filtro artificioso que los pervertidos ponemos a la cruda realidad para hacerla digerible. Era como si estuviera a solas contemplando el cadáver mutilado y sanguinolento del toro recién lidiado, sin esos filtros artificiosos que transforman en “fiesta”, lo que a final de cuentas no es sino una reunión de sádicos pervertidos que se excitan mientras torturan a una majestuosa bestia.

No pude evitar vomitar un par de veces mientras el agua de la regadera caía sobre mi desnudez. Lo traté de acallar lo más posible para que Don Gumaro no se diera cuenta. Al salir del baño me vestí con prontitud, nada de arreglos innecesarios, me urgía salir de ahí. Evitaba ver el cuerpo desnudo de Don Gumaro que seguía durmiendo a pierna suelta en la cama. Salí de su apartamento sin intentar despedirme. Sabía que una fuerza más grande que mi propia voluntad me traería de vuelta en otra ocasión. Mientras tanto, con la náusea a cuestas y con su resabio acumulado en mi garganta me alejaba toda prisa reflexionando: “Al menos yo no tengo la desfachatez de llamarle “arte” a mi propia perversión. Soy una pervertida y punto”.

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