Entregado a la pasión

Llegué a la playa cuando el sol había iniciado ya el declive y tenía piedad para con los bañistas. Una playa larga, muy larga. Unas rocas la dividían en dos espacios similares. Allí, entre las rocas, también había un espacio de arena donde solían resguardarse las parejas a la caída de la tarde para retozar sin verse asaeteadas por las miradas de los curiosos.

Una zona de la playa, la más próxima a la entrada y al chiringuito, y por un acuerdo tácito, estaba destinada a los bañistas más pudorosos, aunque nadie se quejaba por la presencia, cada vez más numerosa, de mujeres que dejaban acariciar sus pechos por el sol y la brisa marina.

Las zonas próximas a las rocas constituían el espacio nudista. Allí, cerca, encontré un espacio próximo al agua.

Había muchas parejas y pocos solitarios como yo. Parejas de todo tipo. Heterosexuales y homosexuales de los dos géneros, de edades muy diversas.

Tumbado en la toalla, me puse los auriculares para escuchar una emisora dedicada exclusivamente a la música rock. Mientras intentaba tararear las canciones cuya melodía reconocía, eché un vistazo para ver qué vecinos tenía alrededor. La pareja que tenía delante, a tan sólo dos o tres metros, llamó poderosamente mi atención. La mujer debería rozar los cincuenta años y el marido algunos más, probablemente los sesenta. Ambos gozaban de un aspecto envidiable. Ella leía un libro sentada en una pequeña hamaca que apenas levantaba veinte centímetros de la arena. Su marido, ocupaba también una silla de playa bajita y hojeaba una revista. Estaban un poco rellenitos, pero les sentaba bien. Llamó mi atención la hermosa y frondosa mata de vello que destacaba sobre la pelvis de la mujer. Me excita irresistiblemente el sexo femenino rodeado de vello. Como me excitan los pezones grandes, las piernas potentes y los hombros finos de las mujeres. También me excitan los pechos fuertes de los hombres y los pezones gorditos, los culos redondos y las pollas, toda clase de pollas. Me gustan mucho las que son largas, las gordas, las oscuras y las rosadas.

Después de imaginar cómo sería el sexo de la mujer o cómo serían sus tetas, tapadas por el libro que leía, esperé unos instantes a que abriese las piernas. Una espera infructuosa. Ante el fracaso, mi atención se centró en el marido. Una espléndida calva reinaba sobre la parte superior de su cabeza. Muy atractivo. Exhibía unos brazos fuertes y velludos y unas piernas robustas. Instintivamente, mi vista se centró en el triángulo de la perdición, el que forman las caderas y los testículos con todo lo que contienen. Tenía la polla dormida, apoyada sobre unos huevos gordos que colgaban casi libres entre sus muslos . No supe calcular el tamaño de su falo, pero la piel que sobraba tras cubrir el capullo me hizo suponer que no tenía que envidiar a nadie. Su piel tostada le convertía en un bombón de hombre.

Instintivamente me empalmé. Y, como siempre me ocurre, el capullo quedó al descubierto y el roce con la toalla me producía placer delicioso. Movía levemente las caderas para darme más gusto. Tuve varias acometidas fuertes que contuve para evitar correrme tan pronto. Me miré discretamente y, y como suponía, el capullo ya babeaba. Mis ojos saltaban indecisos de un cuerpo a otro.

La mujer abandonó por un momento el libro para beber. Sus tetas eran gordas y caían ligeramente sobre su estómago. Los pezones, sin embargo, continuaban desafiantes mirando al frente como dos aceitunas negras. Mientras cogía de nuevo el libro, abrió levemente las piernas. El vello no sólo cubría la pelvis, si no que se extendía por las ingles y se perdía en la zona anal, disminuyendo progresivamente el espesor. A pesar del sedoso y negro bosquecillo, los labios mayores de su vulva formaban un pequeño promontorio del que emergían dos tímidos pliegues de piel y un clítoris desafiante.

Mi imaginación desarrolló toda su actividad al soñar con abrir esos dos labios mullidos, separar las dos puertas de fina piel y contemplar la entrada a la hospitalaria y húmeda caverna en donde se pierde la noción de la realidad en aras de una sensación divina.

Por un momento, mis instintos se agudizaron inesperadamente. Pude leer el título del libro que la absorbía: “ Los cuadernos de don Rigoberto”. ¿Le pondría tan caliente esa novela como me puso a mí? Inesperadamente se paso la mano por el coño, como si tuviese alguna pequeña molestia, como si una mosca le provocase picor o cosquillas. Inconscientemente abrió levemente los labios y brilló la humedad que lubricaba la vulva y que creí apreciar también en el vello ensortijado.

Dijo algo a su marido y este la besó en los labios. Su polla aumentó de tamaño notablemente y ella la rozó sutilmente con una mano. Yo no perdía detalle del juego de excitación que mantenían. Ella abría y cerraba las piernas en un vaivén continuo. El brillo de los vellos aumentaba. Estaba claro que la lubricación incrementaba el caudal. Ahora no prestaba tanta atención al libro, si no que se acercaba a su marido par decirle algo al oído. La polla se fue desarrollando progresivamente hasta alcanzar un tamaño muy apetecible. Mis caderas también se movían y tuve varios accesos controlados. Ahora no perdía de vista del coño velludo y empapado. Las piernas continuaban el juego de abrirse y cerrarse. Probablemente era una forma sutil de conseguir unas delicias sexuales que en privado se hubiese regalado con los dedos. Estaba tan absorto contemplando como la vulva se abría cada vez más a medida que los flujos manaban y lubricaban los labios y caían por ese valle delicioso hasta llegar al culo que casi se me escapa el control de mi polla.

Sin ningún rubor, me levanté con la erección desafiante y me metí en el agua para rebajar la tensión. Me distraje mirando al horizonte hasta que mi polla quedó flácida y me relajé. Me senté al borde del agua para disfrutar de los embates de las olas contra mis huevos y mi polla descapullada y babeante aún.

Una sombra se paró a mi lado y una voz potente me susurró al oído:

– ¿Te gusta mi esposa?, ¿te gusta el coño de mi esposa?. ¿Eres de esos mirones que se aprovechan de la naturalidad de los nudistas para ponerse cachondo?

No sabía que contestar. Yo no soy un mirón, pero en este caso sí que me había excitado con el coño de su esposa y también con la polla de quien me hablaba. Reaccioné improvisadamente.

– No soy un mirón. De todas maneras, le confieso que cuando he visto su polla me he quedado absorto. Sí, he mirado el coño de su esposa, pero imaginaba cómo gozaría teniendo su polla dentro. La envidiaba.

– ¿Estas diciendo que te gustaría que te follara? ¿Acaso crees que soy maricón?

– No, ni mucho menos. En todo caso, el maricón sería yo, pero me considero bisexual.

– Pues mi esposa y yo hemos visto que no quitabas la vista de su coño y delante de mi, sin ningún respeto.

– Lo siento si se ha molestado. Eso hubiese sido lo último que quisiera hacer. Hubiese preferido darle alguna satisfacción, pero creo que no he sabido cómo empezar.

– Está bien. Vamos a dejarlo así, pero tu comportamiento no era el correcto. Hay que tener un poco más de respeto por la intimidad de cada persona, aunque sea en una playa nudista.

Me volví a meter en el agua cuando se alejó. La discusión había apagado mi erección y me había estropeado la tarde. El sol se acercaba ya a la línea del horizonte. Tal vez quedara sólo una hora hasta que empezase a esconderse.

Cogí la toalla y me refugié en la zona de las rocas. Tres parejas se morreaban y sobaban con absoluta indiferencia a la presencia de cinco individuos que compartían aquel espacio reservado. No quería mirar lo que hacían, pero en los inevitables vistazos que echaba pude comprobar que algunos se disponía a follar sin ningún reparo por la presencia de curiosos. Un par de homosexuales se colocaron una sábana por encima para impedir que viésemos lo que todos sabíamos que hacían.

Me refugié en la música. Absorto con una canción de los Rollings. Quizá la más conocida: “Satisfaction”. Alguien me sacó de mis tarareos inesperadamente.

– Hola

Era él otra vez.

– Quizá estuve un poco brusco contigo antes.

– Eso ya es pasado. Si no le importa, me gustaría seguir oyendo música y relajarme. Para eso he venido a la playa.

– – ¿Sólo para eso? ¿Desaprovecharás una oportunidad si se presentase?

– Depende.

– De sexo, quiero decir.

Me incorporé antes de responder. Quería mirarle a los ojos para cerciorarme de que entendía bien su mensaje.

Le cogí de la mano y le llevé hasta un rincón. Le apoyé sobre las rocas y pegué mis labios a los suyos. Resbalaban sobre ellos atrapando el sabor, la calidez y la pasión que desprendían. Saqué la punta de la lengua para paladearlos y retener toda su dulzura. Y allí se encontró con la suya. Se inició una danza melodiosa, sensual, ardiente y embriagadora. Mis manos se deslizaban por sus hombros y sus pechos para detenerme en sus pezones y pellizcarlos cariñosamente. Mi objetivo era llegar a coger su polla. La notaba con media erección apoyada sobre mi vientre. Muy cerca de la mía, que navegaba ya por el universo del deseo.

Acaricié su vientre y su cintura. Sus costados y sus brazos, que me atrapaban con fuerza mientras sus manos acariciaban y apretaban mis nalgas. Mi boca se derretía al contacto con la suya y sentía de nuevo mi polla babeando, anhelando la llegada de la corrida que yo quería prolongar infinitamente. Al menos hasta conseguir de él algo más que un morreo.

Mi mano por fin encontró su polla. La acaricié con dulzura, con cariño, deleitándome con la sedosidad de su piel y deslizándola para friccionar el capullo y llevarla a su máxima erecciónn. No la veía, pero sentía como crecía su potencia con mis caricias.

Me giré para ponerla entre mis nalgas. Sus manos subieron hasta mis pechos y pellizcó mis pezones con una delicadeza sensual. Volví la cabeza con un gesto casi doloroso buscando su boca. Me besó de nuevo. Ahora imponía su voluntad y me introducía la lengua hasta la campanilla o la dejaba a medio camino para que yo la chupase, como si fuese su polla. Me podría haber corrido en veinte ocasiones, pero pude retener el inmenso placer que me brotaba de todas las partes de mi cuerpo. Moví mis caderas buscando colocar su polla a la entrada de mi culo dilatado y hambriento. Allí la tenía, pero no lograba entrar. Me deshice de sus brazos y me agaché para chupársela y ensalivarla. La mojé bien y aproveché para acariciar y besar sus huevos, gordos y colgantes, preciosos, y maravillosos.

Volví a colocarme de espaldas a él y ahora si que sentí como su capullo atravesaba esa frontera que delimita el interior del exterior. El empujaba suavemente y yo le correspondía con mucha ansiedad. Me la metió toda. Yo me movía para gozar de esa dulzura de notar en la estrechez del ano como aquella polla tan esplendida se movía hacia adentro y hacia fuera.

Sus manos se encargaron de mantener toda mi piel ardiendo con sus caricias. No sé cuanto tiempo estuvimos así, pero me ardía el culo de placer. Apretaba el esfínter para entregarme con toda mi pasión. Me la metía hasta que mis nalgas topaban con su vientre. O la sacaba para volver a sentir el dulce momento de atravesarme de nuevo. Su respiración sobre mi nuca me decía el placer que le daba. Y cuando reclamaba mi boca para besarme me sentía completamente suyo.

Algo me dijo que era el momento. La saqué poco a poco y me arrodillé ante él para ofrecerle mi boca de nuevo. Mis labios rodearon su capullo y mi mano deslizaba la piel adelante y atrás para ayudarme a extraer toda la pasión que nacía en aquellos deliciosos huevos. Le puse un dedo a la entrada del ano para incrementar el ardor de mi boca. Se abrió completamente y le introduje el dedo corazón. Apreté mis labios aún más y la fricción sobre el capullo le obligó a soltar un cañonazo de leche que me golpeó en la garganta. Mi boca se fue llenando de aquel líquido viscoso y caliente con un sabor a yema de huevo dulzona. No paré de mover la cabeza para apurar las gotas que quedasen en el capullo. Finalmente me la introduje toda. Su leche rebosaba en mi boca y se me escapaba por la comisura de los labios resbalando por mi barbilla.

Me quedé quieto esperando su reacción. No quería tragarme aquella cantidad de leche de un desconocido. Por precaución.

Me puse de pie sonriente y con la boca llena de aquel regalo extraído de una polla deliciosa. No era un pollón enorme. Tal vez un par de centímetros más larga que la mía y con un grosor similar. Es decir, debía medir unos dieciocho centímetros, pero el tamaño no me había importado.

Acercó sus labios a los míos.

– ¿Tienes toda la leche en la boca?

Esbocé una sonrisa y afirmé con un movimiento de cabeza. Me besó en los labios.

– Vamos a compartirla.

Me besó de nuevo, pero ahora su lengua buscaba introducirse en mi boca. Separé levente los labios y le di la mayor parte del delicioso néctar. Nos morreamos con una pasión salvaje mientras parte de la leche caía de nuestras bocas y otra parte atravesaba mi garganta. Mi excitación ya era incontrolable. Su mano cogía mi polla y subía y bajaba con una suavidad que no pude soportar. Jadeé, respiré con dificultad y creo que hasta grité y exclamé alocadamente mientras mis huevos se iban vaciando con unos espasmos que lanzaban mi leche contra su vientre. Las últimas gotas cayeron sin fuerza sobre su mano. La acercó a su boca y la atrapó con la lengua. Nos besamos de nuevo y comprobé que mi leche no era tan dulce como la suya.

Regresé a la realidad medio atolondrado. Un par de mirones apostados tras las rocas nos observaban con cara de viciosos. Sus movimientos espasmódicos anunciaban lo que estaban haciendo.

Nos metimos en el agua. El sol se asomaba ya en el horizonte en su despedida del día. Y allí mismo nos despedimos con un beso de gratitud. Le miré embelesado perderse al otro lado de las rocas.

Sólo espero que el próximo verano vuelva a encontrármelos. Me gustaría probar también a su esposa. La mía me ha encontrado más apasionado tras el verano.

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