Familia Perfecta Parte I

Parte I

Mi vida era perfecta, simplemente era así.

Tenía la suerte de ser una chica bastante guapa, con un hermano mayor guapísimo y una hermana pequeña que nos hacía parecer feos a ambos. Los tres habíamos salido a nuestra madre que, a sus cuarenta y cinco años y tres hijos a sus espaldas, se mantenía impresionantemente bien. Aunque solo yo había heredado su pelo de color cobrizo y sus ojos verdes.

Mi padre era también un hombre atractivo a sus cincuenta y dos años y, aunque seguramente levantó pasiones en su juventud, lo cierto es que mi madre y él jugaban en ligas diferentes.

El caso es que mi familia era de ensueño. Había muy buen rollo entre todos, vivíamos cómodamente en una casa grande y los tres hermanos éramos buenos estudiantes.

Centrándome en mí diré que no tenía ningún tipo de problema que observaba en chicas de mi edad porque, sencillamente, mis amigas eran las mejores y los chicos (aunque ya no era virgen desde hacía meses) no me interesaban demasiado.

Vivía el sueño de una vida perfecta y lo saboreaba cada segundo de cada día. Pero entonces, sin previo aviso todo se empezó a complicar…

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Aquella mañana, como la mayoría de mañanas de mi vida, mi madre me despertó dándome unos cuantos besos en la frente, después subió la persiana y se despidió haciéndome cosquillas en los pies al pasar por delante de la cama. Aunque antes de salir por la puerta le dio tiempo a recoger algunas prendas de ropa sucia amontonadas en mi escritorio. ¿Cómo lo hacía para empezar cada mañana con tanta energía?

Ya comenzaba a escucharse barullo en la casa como casi siempre que mi hermano Javi se levantaba y se cruzaba con mi padre en el pasillo. Todas las mañanas los dos medían sus fuerzas retorciéndose manos y brazos o en abrazos mega brutos entre risas y regañinas de mi madre, que iba de un cuarto a otro recogiendo ropa para lavar.

El olor a tostadas me dio el empujón que necesitaba para desperezarme, salir de la cama, y vestirme con una camiseta de tirantes blanca después de recogerme el pelo en una desastrosa coleta. No sabía por qué, pero esa mañana estaba bastante más cansada y perezosa de lo que solía estar cada día y tenía la sensación de que había estado soñando intensamente.

Cuando salí de mi cuarto, mi hermana Sandra ya se había encerrado en el aseo y se preparaba para ducharse mientras mi hermano Javi salió de su cuarto con tan solo unos calzoncillos negros ajustados y una toalla en la mano. Era alto y aunque no estaba muy musculado su cuerpo hacía las delicias de mis amigas. Era guapo, moreno, con el pelo corto, y tenía unos bonitos ojos marrones. La verdad es que no podía culparlas.

– Buenos días enana. ¿Está ocupado? – me dijo mientras me daba un beso en la cabeza.

– Sí, está Sandra. Y MÁS VALE QUE SE DÉ PRISA… – dije en voz alta aporreando la puerta. Mi hermana replicó un debilucho “Ya voy, ya voy”.

En ese instante me di cuenta de que el calzoncillo de mi hermano estaba demasiado abultado y él trataba de disimularlo agarrándose las manos de forma natural justo a la misma altura mientras miraba fijamente mi camiseta. Pasé la vista disimuladamente sobre mi ropa y me percaté de que bajo mi fina camiseta de tirantes se transparentaban más de la cuenta mis pezones rosados bastante erizados. De repente me pareció que mis pantaloncitos cortos eran demasiado cortos y ajustados y me invadió un sentimiento de vergüenza que me dejó completamente cortada. Por suerte, mi madre subía de nuevo por la escalera y nos indicó que podíamos utilizar la ducha del aseo de su cuarto. Mi hermano salió disparado antes de que pudiese reaccionar y nos dejó allí plantadas.

– ¿Mucho sueño? – me dijo mientras acariciaba mi espalda, yo asentí nerviosa.

Los minutos siguientes los pasamos hablando de organizar una escapada de compras “solo para chicas” hasta que Sandra terminó de ducharse y abrió la puerta totalmente desnuda demandando una toalla que mi madre sujetaba bajo el brazo perfectamente doblada. Mi hermana era un año y pico más pequeña que yo pero su cuerpo rivalizaba con el mío en casi todo. Éramos casi igual de altas, con cuerpos muy parecidos y sexis a excepción de sus pequeños pechos, lo cual me daba cierto consuelo. Pero enseguida me di cuenta de que aún estaba desarrollándose y que en cuanto le creciesen un poco acabaría por darme envidia en todo. Era un verdadero “sobresaliente” de la naturaleza.

Su cara era preciosa y llamativa con unas facciones afiladas. Sus labios gruesos resaltaban sobretodo con su amplia y perfecta sonrisa. Sus ojos marrón oscuro (y casi rasgados) le daban cierto aire enigmático. Tenía una melena castaña perfecta, larga, lisa y brillante, que provocaba aún más mi envidia e incluso la de nuestra madre. Para rematar, usaba gafas desde los diez años e incluso estas las lucía con un aire de elegancia increíble. Aún no había comenzado a depilarse la entrepierna con regularidad pero hasta en eso tenía suerte ya que no tenía mucho bello. Si no la hubiese querido más que a mi propia vida la hubiese acabado odiando por puros celos.

Finalmente se enrolló la toalla al cuerpo y se marchó a su cuarto cediéndome el turno. Me miré al espejo empañado y me tuve que auto convencer de que yo también era guapa y de que estaba bastante buena.

Mis padres ya estaban terminando de desayunar cuando llegué a la cocina después de ducharme y vestirme. Javi me estaba untando una tostada con mermelada y Sandra me había preparado un Cola Cao con mucho cacao (como a mí me gustaba).

– Vamos bella durmiente, que se te hace tarde – dijo mi padre con una sonrisa, yo se la devolví sin muchas ganas.

– ¿Quieres que te lleve al instituto? – me preguntó mi hermano. Sabía que no le venía especialmente bien llevarme pero me haría ganar casi quince minutos para desayunar más tranquila.

– No te viene bien, tienes que dar mucha vuelta… –

– Bien no me viene, no, pero se te ve que a ti sí. Tienes mala cara. – Instintivamente mi madre me puso una mano en la frente para comprobar si estaba enferma. No lo estaba.

– Vale, ¡gracias Javi! – Le dije tras besarle la mejilla con pesadez. Él era así de desinteresado casi siempre y daban ganas de abrazarlo cada vez que te hacía un favor. Ni que decir tiene que a mí me hacía favores frecuentemente.

Nuestra madre siempre se emocionaba al ver nuestro buen rollito porque decía que ella nunca se había llevado bien con sus hermanas. Ni siquiera en la actualidad, así que tuvo que tratar de ocultar sus lágrimas sin mucho éxito.

Sandra también se alegró por que estudiaba en el mismo instituto que yo y se ahorraba otra caminata, así que le recompensó besándole la otra mejilla mientras salía de la cocina a la carrera para preparar su mochila. Mis padres también se fueron a prepararse para irse al trabajo y yo me quedé desayunando bastante contenta porque el día parecía enderezarse. Observé a Javi trastear con su teléfono distraído y con una sonrisa tan amplia como la mía. “Adoro a mi familia” Pensé.

La mañana en el instituto pasó bastante tranquila y monótona. Ese día tenía menos clases que otros días por lo que sobre la una y media del mediodía ya estaba con mis amigas sentada en el banco de un parque cercano. Cómo era habitual estábamos hablando de chicos, hasta que me llegó un whatsapp de mi hermano Javi.

Javi; Hola enana ¿estás en clase?

Yo; ¡Hola! No, estoy en el parque con mis amigas.

Javi; Voy para casa ya pero tengo que pasar por allí cerca. ¿Quieres que te recoja y vamos a comer al Mcdonals?

Yo; Pues…

Javi; Tú dirás…

Yo; ¡Venga vale!

Javi; ¡Guay! cuándo esté por allí te aviso

Yo; ¿Has avisado a Sandra?

Javi; Si, pero tiene clase

Yo;- ajá ok –

Javi;- Quedamos en eso entonces… –

Yo; – vale, un besito. Te quiero. –

Javi;- Y yo, enana. –

– Chicas en breve me voy que viene mi hermano a buscarme – La sola mención de mi hermano hizo que todas mis amigas se agitaran nerviosas.

– ¡Tía que bueno está tu hermano! – me dijo Vanesa. Irene le explicaba a Laura las virtudes de Javi ya que era la única que no le conocía, pero fue Débora quien acaparo la atención de todas.

– ¿Cómo es? – La pregunta me pilló por sorpresa y las miradas inquisitivas de mis amigas me pusieron algo nerviosa.

– Pues… No sé. Normal supongo – Todas se quejaron decepcionadas pero Débora no se daba por vencida. Era mi mejor amiga así que tenía la confianza suficiente para presionarme.

– ¡No, no, no, no, no te vas a escapar capulla! Mójate. ¿Cómo es en casa? ¿Es simpático o un borde? ¿Qué le gusta? ¿Qué tipo de chicas le gustan? – Todas estaban expectantes.

– Jopé ¿Y yo que sé cómo le gustan las chicas?… Es responsable, educado, sensible, deportista, bueno… siempre busca la mejor manera de ayudarnos a cualquiera en casa. No le gusta vernos tristes a ninguno así que no importa lo cansado que venga de taekwondo o la universidad, siempre tiene tiempo para hacerte sentir la chica más especial del mundo si estás mal. Y siempre sabe cuando darte un abrazo o un beso. Escucha cuando tiene que escuchar, no es de los que da consejos “de manual”, ¡Sino que intenta empatizar contigo y comprenderte! Cuando hacemos alguna trastada mi hermana o yo siempre intenta “cubrirnos” pero tiene esa mirada… La que te dice las cosas sin tener que hablar. Tanto para lo bueno como para lo malo. Y sobre todo, con él nunca te aburres, siempre se las apaña para hacerte reír… – Todas me miraban con los ojos como platos y dando leves suspiros como si acabara de describir al hombre de sus sueños. ¿O tal vez de los míos?

No sabía muy bien por qué pero mi corazón latía a toda velocidad y mi respiración estaba algo agitada. Se me había puesto la piel de gallina y tenía energía suficiente como para echar a correr y no parar hasta llegar a casa. Tuve que respirar profundo un par de veces para calmarme pero mis amigas no paraban de sonreír embobadas mientras su mirada se perdía en las nubes. De repente el día me parecía más bonito, el sol más radiante y cálido, y el olor de la hierba mucho más intenso.

– ¡Venga ya! No puede ser tan perfecto – Volvió a suspirar Irene.

– Que envidia jopé. Quien pillara un tío así… – Soltó Vanesa tristona.

– Te lo cambio por el gilipollas de mi hermano – Se burló Laura.

– O por mi novio – Sentenció Débora.

Las chicas comenzaron a divagar y decir tonterías sobre mi hermano pero yo me quedé mirando fijamente a las hormigas que se afanaban por recoger nuestras cáscaras de pipas del suelo. Intentaba averiguar porque me había emocionado tanto describiendo a Javi o por qué me molestaba ahora de repente que todas dijeran cosas sobre él. ¿Era realmente como le había descrito? Apenas había tenido que pensarlo, simplemente las palabras habían salido de mi boca.

Cuando ya no pude aguantar más sus desvaríos y cotorreos sobre Javi me despedí y me fui molesta a la puerta del instituto a esperarle. No tardó más de cinco minutos en escribirme que estaba llegando y a mí me dio un vuelco al corazón. De repente tenía hormigueos en el estómago y estaba nerviosa como una niñata. ¿Qué demonios me pasaba?

Llegó en su flamante Golf negro al que cuidaba tanto o más que a nosotras y aparcó frente a la puerta del instituto. Me buscaba con la mirada pero yo estaba tras un grueso árbol, unos metros más arriba, observándole embobada y con los nervios a flor de piel. ¿Desde cuándo me llamaba tanto la atención su carita de niño bueno? Finalmente su mirada me localizó y yo salí disparada en su dirección.

– Hola enana – Me dijo al entrar en el coche. Yo apenas le respondí con una sonrisilla forzada esquivando su mirada mientras me atraía para soltarme un tierno beso en la mejilla.

– ¿Estás bien? – preguntó extrañado al verme tan tensa.

– eeeh… sí. sí, sí. Solo un poco empanada y con sueño – solté nerviosa.

– Tranquila, comemos rápido y luego te llevo a casa si quieres a que te eches la siesta. Sólo quiero que conozcas a alguien – Cuando nuestras miradas se encontraron él estaba radiante y yo desorientada.

– ¿A quién? -le pregunté apartando mi mirada y quedándome rígida de nuevo. En un segundo mi mente repasó todas las posibilidades que se le ocurrieron menos la realmente correcta.

– A mi novia… -. El mundo se me vino abajo Pero, ¿por qué? Ya había tenido novias antes y nunca me había molestado.

No sabía muy bien qué decir. Básicamente porque no entendía por qué aquello me cabreaba tanto. Sabía que estaba mal por mi parte pero no podía evitarlo, tan solo me mantuve rígida en el asiento contagiando a Javi mi incomodidad.

– Joder, pensaba que te haría más ilusión enana… -. Noté enseguida su decepción y ello hizo que me sintiera peor conmigo misma pero al mismo tiempo no podía reprimir mi cabreo. Lo cual me cabreaba más por que no entendía qué me hacía estar así. Temía que en cualquier momento estallara y le gritara como nunca antes en mi vida. “¡Egoísta! ¡falso! ¿qué hay de mí? ¿Por qué me dejas sola? ¿Por qué me haces esto?” Pensé furiosa. Un torrente de pensamientos estúpidos e incoherentes pasó por mi cabeza a toda velocidad pero me obligué a desecharlos y a controlarme.

– No, no, perdona Javi, es que… no sé… Es igual. Olvídalo -. El nerviosismo estaba acabando conmigo.

– Sonia ¿Estás bien? Llevas rara todo el día. Si quieres lo dejamos para otra ocasión… -. Sabía que tenía muchas ganas de presentármela y que si no lo hacía se decepcionaría bastante. No quería hacerle eso a pesar de no gustarme la idea, así que me disculpé de nuevo y seguimos en dirección al McDonals. Por el camino me habló de ella y resultó ser una compañera de taekwondo con la que llevaba viéndose dos meses. Se llamaba Alba y era un año menor que él. Cuanta más información recibía de ella más rechazo me producía, pero me fastidiaba, porque yo no era así. Luché contra ello con todas mis fuerzas y me esforcé al máximo por no mostrar mis sentimientos.

Finalmente llegamos al McDonals y Alba nos estaba esperando. Había que reconocer que la chica era muy guapa, elegante y con un cuerpo de escándalo. Se notaba que estaba nerviosa porque no paraba de frotarse las manos y arreglarse su melena rubia. Se acercó al coche mientras aparcábamos con una sonrisa tímida y entonces apareció en el rostro de mi hermano una sonrisa bobalicona. A pesar de mis propios nervios y mi cabreo intenté mentalizarme y hallar un argumento racional al que aferrarme. Ella era la novia de mi hermano. No podía prejuzgarla sin conocerla así que puse toda mi fuerza de voluntad en el empeño.

Los siguientes segundos tras bajar del coche fueron tensos. Mi hermano besó en los labios a Alba y se me erizó el pelo de la nuca, pero por suerte ella le apartó enseguida y se giró nerviosa hacia mí.

– ¡Hola! Soy Alba – Prácticamente se abalanzó para darme dos besos.

– Yo Sonia -. Afortunadamente la sonrisa me salió instintivamente y ayudó a que ella se tranquilizase un poco.

– ¡Tenía muchas ganas de conocerte por fin! Tu hermano habla mogollón de vosotros, y sobre todo de ti… Dice que tenéis muy buen rollo. Por cierto, ¡no me había dicho que eras tan guapa! -. La verdad es que la chica había empezado con buen pie y casi me hizo sentir avergonzada.

Me limité a Sonreír sin saber que decir. Ella puso su mano en mi hombro y me apartó a tiempo de evitar que un coche me golpeara al dar marcha atrás para salir del parking. Estaba totalmente desorientada y en ese momento no entendía muy bien cómo funcionaban mis emociones y sentimientos. Parecía una zombi.

Aprovechamos para adelantarnos unos metros de Javi pero no dejó que me sintiera incómoda en ningún momento. Me hizo muchas preguntas respecto a que cosas me gustaban o no, como si estuviese tanteándome y antes de darme cuenta y sin saber cómo, consiguió algo que mi hermano nunca había conseguido. Me comprometí a probar el Taekwondo una temporada con ella. ¿Podía ir peor la cosa?

He de admitir que durante la comida Alba me conquistó por completo. Era simpática, inteligente, educada y se interesó por cada cosa que yo decía, por muy estúpido que sonara. En ningún momento me sentí como una niña entre adultos. La verdad es que me lo pasé genial a pesar de que me daban escalofríos cada vez que mi hermano la besaba o acariciaba sus manos. Lo cierto es que en el fondo de mi corazón no conseguía alegrarme por ellos…

En aquel momento mi mente racional e irracional estaban sumidas en una pelea caótica. Las miradas de orgullo que me dirigía mi hermano, las sonrisas y complicidades de ella, sus tímidos gestos de enamorados que me provocaban escalofríos por la espalda, nada de eso me ayudaba a sentirme mejor. Pero no dejé que me lo notaran. Cuando mi hermano me dejó en la puerta de casa y se marchó con ella tenía tal barullo en mi cabeza que apenas podía reprimir las lágrimas, así que subí directamente a mi cuarto para llorar y encontrar solución a lo que sea que me estuviese pasando.

Varias horas después estaba tumbada en la cama sin muchas ganas de estudiar. Por supuesto aún seguía con aquel “cacao” en la cabeza pero mucho más serena. Había cenado más pronto de lo habitual para poder acostarme lo antes posible y olvidarme de aquel complicado día.

Mi mente, ahora más calmada, no paraba de darle vueltas al asunto. ¿Eran celos lo que había sentido por mi hermano? ¿Por qué no podía dejar de pensar en él? Desde que me había llevado a casa y se había marchado con Alba no había podido dejar de echarle de menos. En el fondo conocía la verdad de lo que me pasaba aunque tratara de negármela a mí misma. Estaba empezando a “pillarme” con Javi y eso me provocaba un pánico atroz. ¡Era mi hermano!

Ya eran casi las diez de la noche y él aún no había vuelto a casa. Me pregunté dónde estaría y qué andaría haciendo e inevitablemente me imaginé que estaría acostándose con Alba.

Cuando la imagen de su cuerpo desnudo apareció en mi mente se me quedó grabada a fuego. No sé cuantos segundos llevaba acariciando mi vientre peligrosamente cerca de mi vagina cuando reaccioné, pero lo cierto es que estaba demasiado excitada como para detenerme, así que no lo hice.

Ya que no solía masturbarme a menudo mi experiencia en el tema era tan limitada como con el sexo corriente. Pero como ocurría con éste, conocía las nociones básicas, así que rápidamente me bajé el pantaloncito azul del pijama junto con mis braguitas, me quité la camisita a juego con el pantalón, y comencé a penetrarme sin mucho miramiento mientras acariciaba mis pezones.

Por aquel entonces me conocía poco a mi misma e ignoraba que pudiese estirar ese momento de placer, intensificarlo y disfrutarlo cien veces más. Tan solo pensaba en llegar al clímax lo antes posible mientras en mis pensamientos mi hermano besaba mi cuerpo y me penetraba con fuerza llenando mi interior con oleadas de placer. Mi cuerpo no tardó en calentarse y humedecerse con sudor gracias a la excitación.

Sabía que estaba mal, que era mi hermano, pero lo cierto era que ya había llegado demasiado lejos como para parar. Como si estuviese cayendo a un vacío que me atraía con más fuerza a cada segundo. Además, aquella sensación era la más intensa que había sentido hasta el momento y me negaba a dejarla escapar sin saber que más tenía que ofrecerme. A decir verdad no pensaba con claridad y me olvidé de donde estaba…

En las imágenes que mi imaginación me mostraba solo estábamos Javi y yo fundidos en un solo cuerpo. Besándonos apasionadamente y frotándonos el uno con el otro. Su cuerpo era grande en comparación con el mío pero me hacía sentir segura y a salvo refugiándome en su pecho.

Uno a uno los segundos pasaban al ritmo frenético con que mis dedos profanaban mi cuerpo ardiente. Cuanto más me acercaba al clímax más me costaba contener mis gemidos en la boca, por lo que apreté los ojos y los dientes con todas mis fuerzas e intensifiqué el ritmo hasta que lo inevitable acabó por llegar. En un acto reflejo me dejé caer de espaldas sobre la cama y mis piernas se flexionaron sobre mi estomago, pero no impidieron que mis fluidos se derramaran por la cama y llegaran al suelo dejando de paso mi mano totalmente empapada. Tomé una bocanada de aire como si no hubiese respirado en un buen rato fascinada por aquella nueva experiencia y durante segundos me sumí en el intenso placer que poco a poco iba desapareciendo.

Cuando por fin me encontré con fuerzas para incorporarme aún estaba aturdida, quise comprobar el desastre que había provocado al correrme tanto, pero en lugar de ello comprobé aterrada cómo Sandra me observaba boquiabierta desde la puerta, inmóvil y con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. Sujetaba en una mano un plato con magdalenas que había cocinado ella misma por la tarde.

Yo también me quedé inmóvil unos segundos pero conseguí reaccionar y suplicarle que cerrase la puerta. Ya era malo que mi hermanita me pillara masturbándome como una loca, como para exponerme además a que mis padres me pillaran en esa situación. Sandra se puso rojísima en décimas de segundo pero tuvo la entereza suficiente como para entrar rápidamente a dejar el plato encima de mi escritorio.

– Pruébalas y me dices que tal ¿ok? – Para entonces yo ya me estaba muriendo de la vergüenza intentando vestirme apresuradamente, pero cuando mi hermana salió de mi cuarto yo aún trataba de buscar mi camisa y subir en condiciones mis braguitas y pantalones. Durante unos minutos me quedé en silencio preguntándome si aquello había pasado realmente pero por mucho que quisiera engañarme no podía escapar de la realidad. “¿Cómo arreglo esto ahora?” me pregunté.

Una hora y media más tarde mi cuarto estaba ventilado y “adecentado” pero yo me mantenía hecha una bola en la cama a oscuras, conteniéndome las ganas de orinar que cada vez eran más insoportables. Para mi desgracia aún se escuchaba barullo y más aún ahora que mi hermano había llegado a casa, yo sentía demasiada vergüenza como para salir. “¿Con qué cara voy a mirar a Sandra ahora?” Me pregunté.

La puerta sonó un par de veces y tras unos segundos se abrió muy despacio.

– Sonia… ¿Estás despierta? – Para mi horror era Sandra. La luz del pasillo inundó mi cuarto y me hizo cerrar los ojos, pero ya era demasiado tarde para fingir que estaba dormida. Asentí con la cabeza y entró cerrando la puerta tras de sí.

– Oye… No te preocupes por… – Comenzó a decir antes de interrumpirla.

– Sandra… No hace falta que digas nada. Bastante vergüenza siento ya, tía… – La supliqué.

– Vale, vale… Sólo quería decirte que es normal y no quiero que te sientas mal por mi culpa… – ¿Por qué me sentía como la hermana menor cuando la sacaba más de un año? Coloqué mi almohada sobre mi cara para ocultar mi rostro cuando encendió la lampa de la mesilla y el movimiento hizo que las ganas de orinar volviesen con más fuerza. Ella se sentó a mi lado y retiró la almohada.

– Venga va… no seas tonta… – Su mano se posó en mi hombro e intentó que la mirara pero para entonces mis ojos ya estaban llenos de lágrimas. Lloraba por todo y por nada. De nervios y vergüenza. De celos y tristeza.

– Dios… Pensarás que soy una salida de mierda… –

-¡Que no tonta! ¿Te crees que yo no lo hago también? – El silencio entre nosotras duró unos segundos hasta que yo volví a tapar mi cara con la almohada tratando de no imaginarlo.

– ¡Calla, diooos callaaaa! – Ella se comenzó a reír a carcajadas.

– Aunque… Ya me contarás tu secretillo ¿eh maja?… Porque vaya tela… Que envidia… – Sus carcajadas se mezclaron con mis suplicas para que parara cuando trataba de quitarme la almohada. Sabía que Sandra solo quería quitarle hierro al asunto y de paso chincharme un poquito, pero a mí no dejaba de parecerme surrealista.

– No Sonia… En serio, ¿Estás bien? – Me apartó los rizos de la cara y me limpió las lágrimas. Yo asentí débilmente devolviéndole la sonrisa y se me echó encima para comenzar a darme besitos en la mejilla mientras me hacía cosquillas.

– ¡Para, para! Que tengo muchas ganas de mear… Porfi tía… – Mi voz suplicante la conmovió hasta el punto de ayudarme a levantarme. Yo apenas podía hacer ningún esfuerzo si no quería orinarme encima así que pasito a pasito fui al baño huyendo de sus burlas pero sin poder contenerme la risa.

Mucho más aliviada tras orinar aproveché para ducharme por razones evidentes. Cuando llegué a mi cuarto mi hermana estaba tumbada en mi cama viendo la tele y comiéndose un enorme regaliz.

Cerré la puerta con el seguro y me quité la toalla para peinarme y ponerme el pijama.

No estaba frente al espejo pero si en el ángulo justo para ver cómo mi hermanita no perdía detalle de lo que hacía mientras simulaba ver la televisión. “Es normal, a nuestra edad es normal mirar y hacer comparaciones.” Me dije. Di por hecho que no tenía ninguna connotación sexual por lo que no me sentí excesivamente cohibida.

Una vez hube terminado me tumbé a su lado preparada para dormirme. Sabía que ella se encargaría de apagar la tele como hacía siempre que se quedaba conmigo y yo me dormía. Pero mi gran error fue acceder a hacerle “circulitos en el pelo” como lo llamaba ella y que le hacía un efecto somnífero increíble. En pocos minutos se había quedado dormida así que me tocaba mandarla a su cama.

– Sandra… Venga cielo. Ve a tu cama.-

– Si… Ya voy… – Pero ya me conocía sus “ya voy” así que me levanté y comencé a tirar de sus manos hasta incorporarla. Después de eso no le costó mucho espabilarse así que se levantó y la llevé de la mano hasta la puerta. Pero al llegar a ella me atrapó en un tierno abrazo.

– Sonia… Quiero que estés bien. No me gusta verte llorar – Yo la abracé con fuerza conmovida por sus palabras y su tono cariñoso.

– Gracias cielo. De verdad que no sé qué hacer contigo eeeh… ¡Te quiero más que a mi vida! – Nos abrazamos un buen rato con un leve vaivén y besándonos las mejillas de vez en cuando. Cuando nos separamos vi que sus ojos estaban empañados pero antes de poder reaccionar ella había lanzado sus labios contra los míos y los besaba con pasión.

Por supuesto yo no me lo esperaba y la impresión me provocó quedarme inmóvil mientras ella me besaba y acariciaba mis caderas. Cuando su lengua comenzó a tratar de colarse en mi boca dejándome un regustillo a regaliz recuperé el sentido común y la aparté de golpe. No sabría decir cuál de las dos estaba más sorprendida pero fue ella la que se giró y tras quitar el cierre de la puerta torpemente se marchó a su cuarto tapándose la cara.

La seguí unos pasos tratando de calmarla pero al final la dejé marchar, quizás porque no sabía realmente que decirle o quizás por miedo a que se diera media vuelta y volviese a la carga.

Regresé a mi cuarto y tras cerrar la puerta me senté en el sillón de mi escritorio intentando digerir lo que acababa de pasar. “¿Nos estamos volviendo todos locos o qué pasa?” Pensaba una y otra vez. El Corazón me latía a mil por hora. El regustillo a regaliz de mis labios reapareció de repente y mordí a toda prisa una de las magdalenas que había preparado mi hermana. La verdad es que estaba buena… Con pepitas de chocolate como a mí me gustaban. Me la terminé enseguida y cogí otra y luego otra. Me quedé allí sentada dando vueltas al asunto y sin perder de vista las cuatro magdalenas que quedaban. Era extraño pero comer parecía aliviarme bastante… Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas rápidamente y el llanto que nació desde lo más profundo de mi ser era incontenible. Para mí ya nada tenía sentido y de repente vivía en un mundo de locos…

Continuará…

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