Fantasía en cuatro actos

Acto 1: Una fantasía, un no y una rendición

Dejé de insistir cuando, por primera vez tras catorce años, puso sobre la mesa la cuestión del divorcio.

¿Pero por qué?

No podía creer que llevara su postura hasta semejante extremo.

No por un asunto que, como todos en un matrimonio, hubiera sido negociable.

Pero ella, ocultando bajo su férrea actitud el pavor enquistado que siempre la dominaba cada vez que tenía que dar un paso nuevo y desconocido, había plantado bandera, dispuesta a defenderla a lo Viriato.

Y yo, no estaba por la labor de derrochar todo lo que amaba por algo que, tal vez, fuera solo un capricho de mi falo.

No voy a perderte por una cuestión de fantasías – rendí armas tras varios años de insistencia sin avances– Olvida todo lo que te he dicho. Nos retomamos donde estábamos y ya está ¿vale?

Y nos reconciliamos.

Sin champan, sin velas, sin fines de semanas románticos.

Un abrazo, una mirada tierna y un beso no muy subido de tono.

Nadia y yo recuperamos nuestra existencia iniciando juntos y reafirmados, nuestro décimo quinto año juntos.

De cara al exterior y en el noventa por ciento de los aspectos, éramos una pareja de fotonovela.

Sin hipocresías.

Rara vez peleábamos, rara vez teníamos una opinión contraria, rara vez levantábamos el tono para someter al otro y encima a los dos nos gustaba el cine francés y los yogures desnatados.

Lo mejor era la absoluta compenetración que exhibíamos a la hora de criar a nuestros dos hijos.

Dos recentales en edades aun manejables sí, pero con los cuales, disfrutábamos enseñándoles las barreras, imposibilidades y oportunidades que la vida da y quita.

Nadia tenía una nómina jugosa, yo una empresa boyante de mudanzas, los dos sosteníamos una abusiva hipoteca y en la mesa navideña, lo que más agradecíamos, era que no faltaba ninguno de nuestros seres más amados.

Pero igual que el blanco impoluto es una falacia, en nuestro unifamiliar de extrarradio, subsistía un nubarrón al que las amenazas legales de mi mujer, habían conseguido poner freno: el sexo y su práctica ausencia.

Nuestra vida bajo calzón y braga había sido un verdadero estereotipo.

Unos primeros años vibrantes, muy intensos donde era imposible coincidir juntos, solos y en la misma sala, permaneciendo con la ropa puesta más de diez minutos.

Un periodo intermedio, disfrutando del paso a paso de conocernos, de intuirnos, de palparnos, donde la frecuencia disminuía pero la calidad era de premio.

Y un tercero, a los diez u once años, en los que, el nacimiento de nuestro segundo hijo, las dificultades, la llegada de los cuarenta, las depresiones y las dudas sobre si se gestionaba o no bien la existencia propia, agotaron nuestra vida sexual hasta conducirla a un declive agotado, forzado, soporífero.

Tan aburrido y obligado, que dejamos de buscarnos.

En sus inicios, concentrados como estábamos en comprender el manual de instrucción de un bebé, no parecimos darnos cuenta.

Pero en cuanto los peques aprendieron a dormir de un tirón y en su propia habitación, descubrimos para nuestra preocupación, que nos sentíamos dos extraños, recuperando una intimidad a la que nos habíamos desacostumbrado.

Falta de práctica, torpeza, cambios de gusto, un “no me toques así” que desangelaba, un “hueles raro” que no amparaba el siguiente paso, un “me haces daño” que echaba para atrás, un “¿qué nos ha pasado?” capaz de desecar su vagina convirtiendo mi miembro en un pingajo desanimado.

Polvos en peligro de extinción que, cuando aparecían, resultaban sosos, costosos, lacerantes.

¿Algún día recuperaremos lo que fuimos Manuel?

Lo peor era que no sabía cuál era la respuesta.

Hasta que, en una conversación sincera, en un abrir corazones y mentes sobre lo que nos estaba ocurriendo, decidimos contar que nos desilusionaba del otro y cual era nuestra fantasía más íntima.

No me gusta que vistas tan mal, tan poco cuidado, llevando los mismos pantalones durante siete u ocho días como si nadie se diera cuenta – habíamos acordado no interrumpir al otro mientras hablaba – Y me gustaría verte vestido de motero, con chupa de cuero con tachuelas y todo. Me gustaría ir a un bar heavy, fingirme la desconocida y dejar que me entres y me lleves a la cama sin saber siquiera tu nombre.

Tardé tres días en organizarla, en pedir prestada la cazadora a un amigo de antiguas reyertas y en localizar un barucho de mal destino en un pueblo donde ni Dios nos conocía.

Y fue un supino desastre.

El problema, el suyo, radicaba en que se mostraba incapaz de olvidar quien era el que paraba delante.

No se dejaba arrastrar.

Siempre tenía una parte de ella, concentrada en los niños, en la oficina, en la buena cara, en el que dirán y la asquerosa decencia.

Regresamos peor de cómo nos fuimos.

Y entonces confesé abiertamente la mía.

Quiero que pruebes a acostarte con otro. Que me seas infiel con consentimiento. Con un desconocido. Un tío que huela a sexo del bueno , del duro. Que me lo cuentes y que disfrutemos de ello juntos.

Hasta allí llegó la capacidad de Nadia para tratar de reconducir lo nuestro.

Dijo no.

Un no tajante, radical, sin requiebros ni fisuras.

Un no con letra negrita y en soberana mayúscula.

Y ante mi insistencia de dos años asegurándole que por mi parte estaba seguro y que no habría consecuencia alguna más que un reverdecer de nuestra mutua entrepierna, puso sobre la mesa la opción de divorciarnos para que pudiera cumplir con otra mucho más casquivana, aquella , en sus palabras, “insana” fantasía.

Borré enseguida la opción de hacer feliz a mi sentido lubrico.

Lo hice porque, por encima de mí, siempre estaba la familia.

La familia y ella, que aun con aquella tremenda carencia, con su puerta cerrada, soldada y con triple candado, estaba el gran amor de mi vida.

Y pasó el tiempo.

Problemas de trabajo.

Problemas de salud.

El socavón de los treinta y seis, el pasarse horas delante del espejo, sopesando el volumen decadente de sus pechos, las nuevas sombras de sus lorzas, las preguntas comprometidas cuyas respuestas nunca creía…¿me ves gorda, me ves fea, que he hecho con mi vida?

Me vuelves loco Nadia.

Y era cierto.

Cercenada la vida sexual en común, por mi parte, llevaba tiempo recurriendo a cierta compulsión masturbadora.

Una masturbación en la que ella, era siempre la exclusiva protagonista.

Porque durante aquel tiempo, nunca había dejado de observarla en secreto mientras se duchaba, contemplando como la espuma se deslizaba sobre su piel, deleitándome con aquello que tras tantos años, conseguía volverme igual o más loco que cuando nos conocimos.

Una fase complicada si, por la que también atravesaba su buena amiga Victoria.

Nadia y Victoria llevaban juntas desde el paritorio.

Incluso estudiaron en la misma Facultad y acabaron trabajando en el mismo departamento de la misma fábrica de tiritas, hasta que a Vicky, terminaron despidiéndola no para menguar pérdidas, sino para sacar mayor beneficio.

Dos hermanas más que amigas, inseparables desde el cortado matinal hasta la cervecita antes de darle la tortilla a los críos.

Por eso no era extraño que, cuando ACDC anunció concierto en Barcelona, ambas encontraran su oportunidad de, por primera vez en años, hacer una escapada juntas y sin ataduras.

Para convencerlas de que estábamos de acuerdo y borrarles esas culpabilidades que seguro les acometerían por eso de dejar a sus cachorros sin su sombra, Jose Marí, marido de Vicky y yo, pagamos a escote hotel y entradas.

Y ellas, agradecidas, se pasaron semanas enteras de buen humor, distraídas en organizar cada segundo….a tal hora llegaremos, a tal hora comeremos, buscaremos tiendas de compras, nos pondremos bien guapas, bailaremos hasta que nos revienten los tobillos.

Día y medio de chicas, ganado a base de bien tras tanto tiempo de ser madres currantes.

Finales de febrero se nos echó encima y, tras despedirnos con un sonoro beso y un “gracias por esto”, salieron a escape por la glorieta, tratando de esquivar un autobús urbano y miles de arrepentimientos.

Marcharon.

Marcharon y pasé el día entreteniendo a los niños.

Tarde de churros con chocolate, comprando algunos libros infantiles y disfrutando de acostarse una hora más tarde del rito.

Por la noche, media hora antes del concierto, recibí una llamada en la que Nadia hablaba excitada, contenta, feliz…”He bebido dos vasitos de whisky. Apenas dos dedos”…rio traviesa, como si hubiera cometido un pecadillo.

Anda disfruta petarda – la animé.

Ella, rodeada por miles de seres humanos, más o menos achispados que ella, no pudo escuchar nada.

Marché a dormir.

Por la mañana, a eso de las once, pegué un toque para saber a qué hora llegaban.

No lo cogió.

Esperé un par de horas a que viera la llamada perdida.

Pero no hubo respuesta.

Llegaron a las diez de la noche.

Seis horas de retraso sobre lo previsto.

Pero por mi parte, no hubo reproches ni cabreos.

Yo también lo hubiera hecho.

El apurar, incluso más de lo matrimonialmente permitido.

Al abrir la puerta, con los niños acostados y la cena calentada y sobre la mesa, al regresar al calor conocido, ella me abrazó intensamente, besándome largamente, casi traspasándome como si tuviera miedo que un huracán inesperado me arrastrara dejándola a ella en el suelo, inerme y sola.

¿Estás bien?

Si – dijo sin dejar que le viera la cara.

Pero…

Calla por favor. Tengo hambre.

No pregunté más.

Ella hablaba con monosílabos, describiendo el concierto y su jarana con breves expresiones tajantes pero dulces, como si tuviera una puerta entreabierta donde la luz se intuye pero no termina de hacer su entrada.

¿Quieres ducharte? Te he dejado toallas listas.

Gracias, Lo necesito.

Nadia, ahorrativa y siempre quejándose cuando otros tardaban más de cinco minutos en asearse, resulta que estuvo hasta medianoche, una hora puede que más, conmigo aguardando crecientemente preocupado sobre el lecho.

Al salir lo hizo con la toalla hasta el cuello y el pelo revuelto y mojado.

No quise decir nada.

Estaba acostumbrado al orgullo de mi mujer, a su necesidad de dejar pasar el tiempo antes de que pudiera contarme la razón que la había llevado a enfadarse conmigo.

Se puso el camisón, se echó en la cama, apago la luz y ni tan siquiera se dio cuenta de que estaba.

Yo me acurruqué en un rincón mirando desveladamente el techo.

Mirando y haciéndome mil preguntas.

Mil preguntas que ella respondió, llorando.

Llorando como una magdalena.

¿Qué te pasa amor?

No enciendas la luz por favor.

Pero

No la enciendas. Quiero hablar contigo. Quiero morirme, quiero contarte algo.

———–

Acto 2: 36 horas, Black is Back y un par de viejas camisetas

Estábamos tan ilusionadas que no paramos de hablar y hacer planes durante las tres horas de viaje.

Que si íbamos a mirar tal, a comprar cual, a reírnos.

Como si la cosa fuera a durar una semana.

Apenas eran treinta y seis horas pero eran las primeras treinta y seis horas que íbamos a disponer exclusivamente para nosotras solas.

Ignorando cuando volverían a repetirse.

Y estábamos excitadas como chiquillas de instituto en su primer viaje de estudios….fuera del nido.

Por suerte llegamos y encontramos el sitio sin mayores problemas.

Bon dia.

Eso fue lo primero que oí al llegar a nuestro hotel.

Y al responder con mi catalán chapurreado, encontré la cara de Alex sonriendo tras la barra.

Nada, salvo su sonrisa, indicaba algo especial en él.

Una dentadura tan Profident, tan inmaculada, que parecía fruto de la habilidad de su odontólogo.

Casi había que cerrar los ojos cuando él sonreía, por el reflejo que se escapaba a través de su boca.

Buenos días-

Fue Vicky, ya sabes, más lanzada que yo, quien hizo todo el papeleo.

Alex, que además era amable sin falsedades, al notar que no éramos catalanas, cambió inmediatamente al castellano.

Ah venís al concierto ¿no?

Nosotras, que ya habíamos firmado la ficha de entrada y buscábamos el ascensor, nos quedamos mirando, tratando de averiguar cómo lo sabía.

Tan tontas que habíamos olvidado las dos viejas camisetas con la estampa del grupo de nuestros amores que llevábamos puestas.

Dos reliquias que casi se deshacían pero que, como no nos las habíamos puesto desde por los menos doce años, pensábamos que continuaban allí, abandonadas a su triste suerte en nuestros armarios.

Ah si – nos reímos.

Nosotros también. Yo y mi hermano digo. Vamos al concierto. ¿Queréis que os acompañemos?

Y allí, creo, bueno no sé, comenzó todo.

Nuestro sistema de alerta tradicional, el que nos rodea en el día a día, en nuestro hábitat, entre nuestros conocidos, habría rechazado la oferta directamente.

Con educación sí, pero sin contemplaciones.

En cambio, ambas nos miramos, ambas nos encogimos de hombros y ambas, ilusas, pensando que todo el mundo es bueno, que nadie tiene dobles intenciones, dijimos que vale.

Entonces a las ocho en punto en el parking del hotel ¿vale?

Y valió.

El único comentario que hicimos respecto a tan desacostumbrada oferta fue un…

Un poco joven el Alex ¿no te parece?.. de Victoria que ni tan siquiera respondí.

No hace falta arreglarse para ir a un concierto de ACDC.

Tampoco es que sea necesario vaciar el minibar de la habitación.

Pero lo primero no lo hicimos y lo segundo si.

Al salir a la luz del parking, noche ya cerrada y jodidamente fría, estábamos ligeramente achispadas.

Lo suficiente como para caminar entre risas y no atender a la primera llamada que recibíamos a nuestras espaldas.

Hola pareja…os estábamos esperando.

Debió de ser echa chispa de la botellita de whisky la que me hizo contemplar a Alex y su supuesto hermano desde otra perspectiva.

Alex no era físicamente atractivo.

Tirando a alto, era sin embargo algo rellenito.

Creo pasaba de los 100 kilos sin ser gordo.

El pertenecía a ese tipo de hombres que no pueden evitar tener carnes pero las tienen bien concedidas…tripita sin tripota, chicha sin magra, papadilla sin papadota.

Su rostro no obstante era ligeramente agraciado, con un hoyuelo en la barbilla de esos que, desde que comencé a ver el mundo y los hombres con otros ojos, siempre me habían resultado atractivos.

Su hermano sin embargo….no parecía su hermano.

A pesar del frío (nosotras llevábamos otra capa más de ropa debajo de la desgastada camiseta heavy), él iba con una de esas que se apretaban al cuerpo.

Y el cuerpo era fruto de muchas horas de pesas y gimnasio.

De la misma altura que Alex, Esteve, como así se llamaba, era un tipo físicamente muy atractivo, cuyos pantalones tejanos, muy pegados a los muslos, marcaban esa sensación de potencia que anuncia lo que se ampara bajo ellos.

Estaba achispada, sutilmente, pero con los pies en el suelo.

Llamamos a un taxi y al meternos los cuatro embutidos e ilegalmente en los asientos de atrás, Esteve puso una mano en la cintura, pretendiendo ayudarme

Un gesto que rechacé cordialmente, retirándola sin ejercer fuerza ni devolverle una mala expresión o peor gesto.

El concierto fue, sencillamente, lo que había estado soñando desde que dos meses antes compraste las entradas.

Salté, grité, sudé, pisé, me pisaron, canté cada letra, pedí que hicieran bises e incluso puse un mechero en alto que saque de no sé dónde, porque nunca he fumado.

Highway to Hell casi hasta llorar, Back y Black desgañitando la garganta, Thunderstuck a empujones con todo lo que paraba a menos de dos metros de distancia, Hells Bells, TNT, Dyrty Dirts, Big Balls….

Dos horas y media en las que me abracé a Victoria como si volviéramos a tener veinte años, en esos conciertos cutres pero baratos de Dover, esa versión traidora de rock algo duro en los que estallábamos pensando que la testosterona siempre estaría en todo lo alto.

Cuando acabó, mi piel olía a sucio, mis zapatillas estaban embarradas, mi culo sobado pero mis nervios, todos mis nervios, estaban en la cima de una montaña rusa de la que no deseaba ser apeada.

Cuando acabó, de repente, recordé que a nuestro lado, tan sucios, sudados y con la garganta dolorida, paraban Alex y Esteve y que mi estómago, llevaba seis horas sin conocer lo que era el alimento.

Me rugen las tripas tía –me quejé.

Hemos reservado mesa aquí cerca. En un garito que os gustará.

¿Vosotros vais a garitos donde hace falta reservar mesa? – Vicky se burlaba de que sacábamos diez años mínimo a aquellos niñatos y que, probablemente, nos tocaría con ellos cenar de pie y a empujones.

Tu misma, pero ponte tú ahora a buscar sitio con toda la peña saliendo en estampida. Con suerte jalas a las dos de la madrugada.

Y tenía razón.

Tardamos casi una hora en salir del pabellón y otra hora en encontrar hueco en una acera donde todo eran roces y olor saturado a porro.

Al entrar, casi tuvimos que pedirles perdón.

No es que el local fuera un cinco tenedores con somelier.

Pero era amplio, limpio, bien iluminado, con un extraordinario menú de combinados y una carta de cervezas extranjeras como nunca había visto.

Y encima bien de precio.

Comimos como glotones, bebimos a destajo y por cuatro duros.

Os invitamos dandies – dijo Victoria sin avisarnos – Por ser tan gentleman y llevarnos a sitios guapos.

Oye guapa, que tenemos dinero. Aunque tengamos aun granos en la cara.

Esa cara que tienes – le hablaba mi amiga a Alex – es para comerla, no para contarle los granos.

Reímos los cuatro y salimos ya, completamente desinhibidos, a gusto, nada dispuestos, era ya medianoche, a dar por terminada la jornada.

Anda vosotros que sabéis – les dije – Llevadnos a un lugar donde bailar hasta reventar. Pero bailar, bailar eh.

Pues a dos pasos tenemos un local de un amigo que…

Nada, nada, al local que nos falta tiempo.

Una hora más tarde, estábamos agotadas, con dos combinados de ginebra mal digeridos, sintiendo que todo daba vueltas a mayor distancia de diez metros pero que queríamos más.

Vicky se sentó a recuperar el resuello en un rincón del establecimiento, donde sobre todo ponían música ochentera y a ella se acopló Alex, quien, equilibraba sus defectos físicos con un incuestionable encanto y don de lenguas.

Conversaba sin agobios, con buen tacto, diplomático, meloso sin llegar a ser atosigante…delicioso la verdad.

Esteve sin embargo era poco hablador lo cual, no ayudaba precisamente a que se decidiera a abandonar el baile para conversar un rato.

Su sustitutivo eran aquello ojos de iris germánico, que me analizaban como si no existiera nadie más en torno mío.

En aquellos míseros cien metros cuadrados, danzaban muchachas mucho más jóvenes, mucho más altas y rubias, sin partos y con las tetas mucho más grandes y robustas que las mías.

Pero aquel chaval me alagaba, incapaz de mirar otra cosa que no fueran las pistoleras de mis caderas, mi estatura modesta, mis pequeños pechos y el color caoba de mi cabello, teñido a lo barato en la peluquería del barrio.

Y me gustaba.

Nadie me contemplaba con semejante y lúbrica fijación desde el los dieciséis años.

Y en aquel entonces, la testosterona, convertía en diosa hasta a la más horrenda.

Eché un vistazo justo detrás para ver cómo, donde antes estaba Vicky, ahora paraba solo la espalda de Alex, recibiendo gustosamente las caricias de las manos de mi amiga, aferradas a su cuello para dirigir con mayor atino, el ímpetu de sus besos.

Entre el gentío contemplé como la pierna izquierda de ella abría un hueco y luego, a cámara lenta, la derecha, consintiendo que el chaval, se pusiera justo en medio, allí donde hasta entonces, creía solo José María tenía derecho.

¿Pero qué narices estás haciendo? – dije sin que nadie pudiera oírme pues los altavoces daban rienda suelta a Red Hot Chilli Peppers – Te la estás jugando imbécil. Te la estas jug….

Pensaba en que, en ese momento, no tenía delante a esa amiga de infancia, conocida hasta el último extremo, soberana madre, devota y carismática esposa, la misma que me había confesado sus mil y un requiebros en mil y un cortados.

Pensaba que a Vicky, Ac Dc, la música, los decibelios y el alcohol de garrafón con poco hielo, la habían transformado.

Y hubiera pensado más de no ser porque mientras intentaba hacerlo, sentí las manos de Esteve, enormes, de labriego leonés, asiéndome por las caderas, llevándome hacia detrás sin que pudiera retirar la vista de lo que acontecía entre Vicky y el hermano catalán en un rincón de una discoteca cuyo nombre, por la mañana, apenas recordaríamos.

Luego me alteré de piel para dentro, como una súbita taquicardia que sabes existe pero lleva años olvidada.

Una taquicardia que casi me arrastra a perder el conocimiento cuando sus labios se posaron en el cuello y una de sus manos se aferró, encrespada sobre la camiseta, justo donde paraba mi ombligo.

Respiré hondo, eché el culo hacia detrás calibrando lo que aguardaba, giré la cabeza, mordí el labio inferior y me dejé llevar por lo inexplicable.

¿Dónde estabas tú?

¿Dónde los niños, el cuadre de cuentas y los ciento ochenta y un mil euros de hipoteca?

Lo siento, os escondí, hasta nuevo aviso, en el cuarto trastero de mi cabeza.

Mareada pero curiosa, avanzamos paso a paso, en ocasiones tambaleantes, movida por un fisgoneo propia de lo que concede la novedad, hasta el minúsculo apartamento donde estos dos nos condujeron y en el que entramos empalagosamente acaramelados.

Vicky desconocida y dispuesta, yo echa un mar de nervios, inseguridades y dudas….pero, para mi asombro, no por mi condición de matrimoniada, sino por no creer que pudiera ser capaz de atraer a un hombre nada locuaz pero indiscutiblemente atractivo, como lo era Esteve.

Pero a él, aquello, no parecía importarle.

En cuanto la puerta se cerró, apenas llegamos a un pequeño habitáculo donde solo había un sofá enorme, una tele de plasma gigantesca y una maciza mesa con tres sillas mal organizadas, se abalanzó sobre mis labios como si en ellos se escondiera el último oxígeno terráqueo.

Yo me dejaba llevar por la situación, por el deseo, por el alcohol, por la libertad y porque en una esquina, Victoria le desabrochaba sonoramente la cremallera a Alex.

Al escuchar el sonido, abrí los ojos para contemplar la mirada de ella.

Nunca en tantos años de amistad vi una expresión de lascivia y perversión como la que en esos momentos compartía con aquel chico.

Vamos a ver que tenemos aquí – le dijo mientras metía la mano por debajo de los calzoncillos con evidente habilidad, a juzgar por el suspiro que exhalo Alex – Justo el tamaño que busco.

En ese preciso instante Esteve hizo lo mismo conmigo.

Un dedito se posó sorpresivamente sobre mi coñito, justo encima de la tela de mis braguitas blancas de Sabeco….una prueba de que no pensaba acabar la noche como lo estaba haciendo.

Dios, Dios que locura – gemí.

Volví a cerrar los ojos.

Cuando estos volvieron a ser abiertos, ya, estábamos solos.

De fondo escuchaba el sonido de pies desnudos en una habitación cercana.

Pies desnudos, suspiros y besos babosos

Entonces lo confesé.

Nunca he visto desnudo a otro que no sea mi marido.

Esteve dejó de besarme.

Temí haberlo decepcionado.

Temí que parte de mi atractivo, escaso atractivo, parara en creer que era una mujer experimentada, capaz de enseñarle cosas, posturas y guarradas de cama.

Temí haberla cagado.

Eso se soluciona en dos segundos.

Porque dos segundos fue lo que el chaval necesitó para echarse atrás y desprenderse de todo menos de ese aroma a animal que lo rodeaba como una aureola dorada a la cabeza de un santo.

Si a mí poco acostumbrado coño le faltaba algo de humedad, aquello terminó de solventarlo.

Fue el segundo preciso en que reconocí, muda, que necesitaba todo el sexo que durante estos años me había negado.

Y Esteve, más salado que yo, enseguida lo supo.

Se acercó y, sin besarme, arrancó mi vieja camiseta que cayó al suelo echar girones, bajándome las braguitas de manera expeditiva y lubricante.

Tal y como una mujer, que lleva demasiado tiempo sin ser bien follada, desea que un tío le baje las bragas hasta los tobillos y luego las saque de allí, ascendiendo desde los pies hasta la boca, besando y lamiendo rincones que creías, habían sido extintos.

Y no te las rompo para que puedas volver a tu casita – soltó descaradamente.

Se acercó si y, sin besarme, mirándome agresivamente a los ojos, me alzó abriendo mis piernas que, instintivamente, se abrazaron como buenamente supieron a su cintura, pues soy bajita, de muslo modesto y no eran capaces de abarcarle para hacer el nudo sobre sus glúteos.

Se acercó, introduciendo su mano izquierda entre ambos, sosteniendo con una facilidad muscular impresionante, todo el peso de mi cuerpo con la derecha.

Con habilidad, sin dejar en ningún momento de mirarme, aferró su polla, en cuyo tamaño la verdad no me había fijado y, tras juguetear diez segundos con la entrada, se abrió hueco, penetrándome con una dulzura palpitante.

Muy lentamente.

Más que grande, la tenía dispuesta.

Erecta con alardes, capaz de convertir mi incredulidad temerosa a medida que la sentía avanzar dentro de mis entrañas, en un gritito falsamente sorprendido cuando al culminar, el vientre musculoso de Esteve topó con mi clítoris.

Intenté mantenerle la mirada, responder con la seguridad que aquel muchacho exhibía.

Pero la autoestima sexual, no venía de serie en la fábrica donde me ensamblaron.

Enrojecida, entre la vergüenza, el ardor y un goce con forma de cosquillas expandiéndose por el sistema nervioso, eche la cabeza atrás, dejando que mi pelo se meciera, abrí la boca y exhalé un sonorísimo suspiro que Esteve concibió como que estaba haciéndolo bien, tal y como deseaba.

Y lo deseaba.

Aunque mis puñeteras represas morales se negaran a publicarlo.

Porque su segunda y tercera arremetida engrandecieron el hueco.

Y a la cuarta, de pie en aquella cocina americana-salón minúscula, comenzó un vaivén sublime, vertiginoso, tajante, despiadado, aferrando mis glúteos para sacarla y atraerme nuevamente hacia ella, dominando el ritmo, provocando que mis pechos, aun pequeños, se mecieran enloquecidamente arriba y abajo.

La sentía tan entera, tan vigorosa, tan plagada de un deseo natural, sin forzamientos, sin fingir nada para complacer al otro.

Esteve me empalaba porque así lo quería y no iba a parar hasta que….

Me corro.

¿Ya?

La que se corría era yo.

Yo.

A los cuatro minutos de que me follaran como nunca en los treinta y seis meses precedentes, como una novata de instituto, comencé a gritar, alzando los brazos hasta aferrarme de su cuello, hundiendo la barbilla en su hombro derecho, mordiendo su cuello, lamiendo su oreja.

Esteve, sorprendido por mi temprana venida, aceleró aún más su ritmo para incrementar el placer.

Y lo logró.

Por el rabillo del ojo, asomando entre los cabellos de Esteve, podía ver el enorme ventanal sin cortinas del apartamento.

Un ventanal abierto a la Barcelona nunca oscura, con sus lucecitas de enormes edificios donde la gente invertía su noctambulismo, con los parpadeos de los incontables pararrayos, con las lucecitas movidas de los aviones que aterrizaban desde el mar en el Prat, con las sombra de algún vecino asomada a ventanales y el ruido lejano de una sirena de bomberos que marchaba a apagar otro fuego que no era el nuestro.

Me humedecía pensando que yo los veía así, abierta, puta y entregada, sometida a aquella penetración pornográfica.

Goce de un estallido corporal, un clímax apoteósico, carnal, absolutamente desinhibido, acercando mi cadera para forzar aún más la penetración.

Gritando, gritando desaforadamente, clavando las uñas entre sus omoplatos, sintiendo los bufidos apurados del amante hasta la definitiva venida en la que apreté mi culo hasta el límite del frotamiento, mientras trataba de ocultar mi cara para que no viera, estúpido apocamiento, como se deformaba con el placer que otorgaba el sexo.

Caímos sobre el enorme sofá que hacía veces de cama.

Caímos y casi de inmediato, se apoderó de mi un extraño sueño.

Todo el agotamiento de una jornada anormal e inacabable, consiguieron que, en apenas dos minutos, sin decir nada a quien tanto me acababa de regalar, me durmiera abierta y egoístamente.

Lo último que escuché de Esteve…

Me has dejado a medias cacho mala – lo escuché acompasado por los gritos de Vicky, publicando a los cuatro puntos cardinales, lo bien que se la estaban follando.

Y me dormí.

Cuando desperté, inesperadamente, no me dolía la cabeza.

Me despertó no la hora, ni haber descansado tras pocas horas pero muy profundas de sueño.

Una luz solar intensa, poderosa, inundaba toda la sala.

No sabía la hora.

No sabía exactamente en donde me encontraba.

Solo escuchaba el mismo sonido que me dejó dormida….el de Vicky gimiendo porque alguien la hacía gemir y el de una voz masculina sincronizada al placer de su cuerpo.

Intuía que tras de mi estaba Esteve.

Y recordé lo último que me había dicho.

Solo que ahora, no parecía ser capaz de pagar mis deudas con su falo.

El sin embargo, no parecía intuir estar dispuesto a marcharse sin cobrar lo que le correspondía.

Sospechando que estaba ya despierta, puso su mano en mi cintura y fue ascendiendo hacia arriba.

Era una mano de piel cuidada, fina y su caricia, propia de un hombre que no chaval que sabía bien como acariciar a una hembra y borrarle todas las dudas.

Cerré los ojos.

“¡Qué vergüenza!”

Un beso en mi cuello causó nervio que no cosquilla.

Sus dedos se colaban, jugueteando en el intercostal.

Buenos días – saludó traviesamente.

Y entonces me asusté de verás incorporando casi de inmediato.

¿Pero qué haces tío?

Porque el chaval que me acariciaba de manera tan inquietante y deseable no era Esteve.

Era su hermano Alex.

Bueno, anoche no sabía escoger cuál de las dos me gustabais más…solo quería encontrar una respuesta – sonrió.

¿Pero qué te piensas que soy?

Tu no lo sé Nadia, pero tu amiga si sabe lo que es ella….al menos en esa cama.

Me callé.

Un inquietante gemido se escuchó al otro lado del tabique barato.

Con lentitud y curiosidad me fui acercando.

No veía nada más que aquella puerta abierta de par en par.

Tan abierta que no existía pues el arquitecto tratando de concebir un loft y pensó que lo lograba al no ponerlas.

La habitación era casi hasta más grande que el salón.

Allí, de pie, Esteve disfrutaba de la felación de mi amiga.

Lo hacían de espaldas a mí.

Vicky, arrodillada, se afanaba en lubricar bien la polla sin pensar que era la segunda que se comía en menos de cinco horas.

¡Anda que no sabes tía!

Pollas como esta son las que me gustan – lo animaba – Tienes un buen tamaño Esteve.

La pobrecita tiene hambre. Tu amiga me dejó anoche a medias.

Ja, ja – hablaba entrecortando lamidas con palabras – Si, cuando se trata de follar, Nadia siempre ha sido una mojigata.

“Hija de puta” pensé.

Pues está bien bueeeenaaaa.

Ya, pero no sabe hacerte – se incorporó – lo que te voy a hacer yo a ti ahora – lo empujó hasta la cama desapareciendo de mi vista, dejando ver solo sus pies y sus jugueteos.

“Hija de la grandísima puta”

Me alejé visiblemente cabreada.

Andando decididamente con mi culo bamboleando de lado alado y mis pies resonando en el entarimado.

¿Te gustó el espectáculo? – Alex me miraba largo sobre la cama.

No era un cuerpo a desear con su pequeña barriguita y su abundante vello pectoral.

No le di tiempo a reaccionar.

Acercándome, me puse a horcajadas, así su polla y…

Eh tía espera que oooo

….me la metí de una sola tacada.

Me hizo daño.

Pero me dio igual.

Ignoro si fue ver a Vicky chupando o la polla de Alex firme como una piedra aguardando hambrienta en el sofá cama.

Solo sé que me la metí y suspiré hondo.

A la tercera, el placer hizo lubricar el lado salvaje de mi coño.

Y empecé a cabalgarlo.

No delicadamente.

Lo hice como una amazona sobre una montura de las bravas e indomables.

Rápido, decisivo, arriba sacándola casi toda y metiéndomela toda de sopetón…

Uf, uf, tía como estás.

Estaba cabreada, excitada, una mezcla peligrosa…

Uf, tía no sigas tan rápido que vas a conseguir que me corra.

¿Ah si? – respondí maliciosa.

Porque me sentía maliciosa.

Lo monté rabiosamente, como quien sabe lo que quiere y lo coge, animada por los crecientes gritos de Alex.

Lo monté sintiendo un abismo de placer que hacía años no había sentido.

Dura despiadada, lo que siempre quise y nunca osé, aferrada con mi mano derecha el hombro izquierdo de mi amante para aferrar un apoyo y mi mano izquierda sobre su pecho para controlar el ritmo.

Apriétame las tetas….!fuerte ostias! – le ordené cuando obedeció algo apocado – ¿Es que no te enseñó la puta de mi amiga?

Quería ser yo, solo yo quien se follara a alguien y no como hasta entonces, que siempre terminaba con aquella sensación mojigata de haber sido yo la jodida.

Y se haría todo a mi gusto.

Alzada, con mis pechos botando, apretaba cada vez con mayor celeridad, sintiendo que desde mis ovarios hasta los hígados, desde mis riñones hasta la uña más gorda del pie, se concentraban en darle a la carne su alimento.

Abrí los ojos y miré al ventanal.

Barcelona ahora luminosa, se extendía hacia el puerto.

Barcelona y el edificio más cercano, plagado de ventanales tan grandes como el de aquel apartamento.

En uno de los cuales una mujer más o menos quinta mía, contemplaba directamente el espectáculo.

Sabía que nos estaba viendo.

Sabía que no retiraría la mirada.

Porque en ese momento apreté el ritmo todavía más, provocando la oleada de mis nalgas y el mete saca más intenso que nadie me había dado.

Sobre todo porque nadie me lo daba…sino que me lo daba yo solita.

Me corro Nadia, me corro.

Y en ese momento, comprimiendo la cintura contra su barriguita, favoreciendo el roce del clítoris, supe que iba a acompañarlo.

Cuando sentí el primer latigazo, la primera escupida de semen dentro de mi coñito, reventé en un griterío de cosacos al asalto, fundiéndome todo lo que sude, todo lo que me permitieron las leyes de la física.

Y Alex, agarrando con sus dos manos mi generoso trasero, soltó un exabrupto gutural “!!!Ostia putaaaa!!” en un intento de llegar más adentro, sometido por ese instinto que todos los machos tienen de asegurarse que su semen y no otro, preña a la hembra con la que están copulando.

Caí derrengada.

Caí agotada.

Caí jadeando sobre un pecho sudoroso y fofo.

Y en ese instante, justo antes de quedarme nuevamente adormecida sobre la barriga de Alex quien me tranquilizaba acariciándome el pelo….sonó el teléfono.

Acto 3: La echo de menos

Era yo.

Lo siento. Lo siento amor lo siento – se abrazó a mi sin que la rechazara – Perdóname. Sé que siempre te dije no y lo siento. No supe, no pude, no….no quise evitarlo.

¿Qué quieres entonces que hagamos amor mío?

No…no…no lo sé.

Hubiera mentido si asegurara que lo tenía todo claro.

Nadie, por convencido que este de una fantasía, deja de sentir ciertos nubarrones cuando ve que esta toma por fin forma.

Y la mía más que tomar forma, ya estaba fornicada.

Hubiera mentido sí.

El cuerpo de mi mujer había sido gozado por otro.

El cuerpo de mi mujer había gozado con otro.

Otra polla, no perdón dos pollas habían penetrado su vagina.

Otras manos habían magreado su cuerpo, acariciado sus pechos, lamido sus pezones, babeado con las arremetidas de sus caderas.

¿Y si había sido mejor que conmigo?

¿Y si se viciaba y buscaba más?

¿Y si había guardado su número de teléfono y llamaba al musculoso o al hermano gordito o a los dos a la vez?

¿Y si ya no me consideraba tan hombre?

¿Y sin en ahora que mi fantasía era una realidad, ya no me gustaba?

Diez días después Nadia se descabalgaba de mi falo, cayendo a plomo, sucia y rendida, a un lado de la tarima flotante del salón.

Ufff, cariño dame un respiro, un respiro – decía tratando de recuperar el resuello.

Quince minutos, quince ¿eh? Hay que aprovechar que la casa esta para nosotros.

La respuesta a semejante aluvión de preguntas, tomó forma de catorce polvos, polvazos en poco más de una semana.

Hasta yo, reconozco, sentía el dolor de mi artrosis y el peso de los cartones de tabaco fumados.

Diez días buscándonos como quinceañeros.

Diez días de excusas laborales, mamadas de ducha, despertador adelantado y sobrecoste de extraescolares que retuvieran a los niños un poco más.

Díez días en los que Nadia aprendió a utilizar el innegable dominio que su inesperada experiencia ejercía sobre mí polla.

Si quería que empalmarme sin rozarla o conseguir que me corriera acompasado al orgasmo que a ella la hacía temblar, tan solo tenía que acercar sus labios a mis oídos y susurrar….” ¿sabes que cuando me duche chorreaba el semen de Alex por mis muslos?”….” ¿sabes que la polla de Esteve palpitaba dentro de mi coñito?”….” ¿sabes que me excitó imaginar que aquella mujer se tocaba pensando que era ella la que estaba en mi lugar?”…”¿sabes que repetiré con otro cuando quiera y como quiera?”

Gracias cielo –reconocía abrazándome, dejando que su piel sudada deslizara sonoramente sobre el suelo – Bien esta lo que bien acaba ¿no?

Bueno, queda lo de reconciliarte con Victoria.

¡Pues no sé cómo empezar! En toda la vida jamás nos habíamos dejado de hablar dos semanas seguidas. Pero es que fue una desconsiderada. Una burra vamos.

Pero la echas de menos….¿verdad?

Nadia asintió repentinamente entristecida.

El desprecio de una amiga de toda la vida hacia la mojigatería de mi mujer, había conducido a una discusión que duró todo el viaje de vuelta.

Discusión en la que Vicky había acabado por reconocer que le desquiciaba la ñoñería de su amiga y Nadia que le daba asco el que llevara aquella doble vida de marido, hijos, y amantes cuando le picara debajo de las bragas.

Finalmente Nadia casi termina por decidir pararse en el primer pueblo, coger un autobús y despedirse de ella con un sonoro dedo levantado que Vicky pudiera observar a través del retrovisor, mientras se alejaba.

– Ya hablo yo con ella – me ofrecí al sacrificio – ¡A ver que sacamos! Pero me deberás otra.

Acto 4: Fuera de aquí, nadie te soporta

Y allí estaba en ese precio segundo, tocando el timbre de una puerta cuya dueña y mal genio, provocaban que tragara saliva, intentando no fugarme en estampida.

Vicky no había tenido tanta suerte en la vida económica.

Residía en un barro medio al que la dejadez del ayuntamiento, había terminado por rebajar el caché.

Daba cierto reparo sobre todo a determinadas horas pero casi nunca pasaba nada, salvo que se quisiera rodar una película de Makinavaja, dado que para ambientarla, daba perfectamente el pego.

Escuché el ritual del sonido deslizante de unas zapatillas, el descorrer del cerrojo y el chirriar de la puerta.

Al otro lado, apareció ella con la pinta más maruja y abandonada que nunca le había descubierto.

Bata rosa deshilachada, pantalón de pijama blanco y cutre estampado asomando por debajo, pelo enmarañado, ojeras, un visible y un nada disimulado bostezo para dejar claro que se aburría y mi visita no iba a ser su divertimiento.

Buenas.

Hola Vicky ¿cómo estás?

Anda pasa, tomaremos un café.

¿Te acabas de levantar?

Son las nueve y media caballero – me recriminó con ironía– Y los que no trabajamos, dormimos más.

La besé en cuanto entramos en la cocina, invadiéndola desde atrás, girando su cuello con la mano izquierda hacia mis labios mientras la derecha se colaba directamente hasta su generoso escote.

La besé metiendo rápidamente esa diestra bajo la bata, la cual, hubiera arrojado, por fea y mata lívidos, a la primera hoguera.

La besé y ella correspondió con voracidad, como si llevara mucho tiempo de espera.

Anda que –dijo mientras cogía mi mano para dirigirnos al dormitorio – Llevas diez días sin hacerme una visita cabronazo.

Eso es culpa tuya. ¡Mira que eres maquiavélica con tus planes!

No te quejes anda que bien que te ha beneficiado – al entrar se había descalzado, quitado el pijama y dado la vuelta, ofreciendo ese cuerpo con dos partos plagado de tiempo pasado….carnal, algo grueso, caderas anchas, vello publico poblado, trasero generoso aunque flácido, ligeramente celulítico y los pechos grandes, monumentales, aun firmes pero amenazando dejar de serlo antes del siguiente verano. Lo adoraba.

¡Lo que tenemos que hacer para convencerlos!

¿Tu marido?

¿A estas horas?, llamando al timbre de tu casa para intentar que Nadia vuelva a hablarme. Debimos habernos casado nosotros – siempre, entre polvo y polvo, durante los últimos meses, me lo había estado recordando.

Ya, pero a ti, fuera de aquí – acaricie su coñito muy delicadamente, como sabía que conseguiría humedecerlo – no hay quien te aguante.

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