Fui novio de una de las Hermanas Vicio (1/2)

Todo empezó como una puta mierda. Entrar por la puerta y mi mujer empieza con una bronca de tres pares de cojones. La discusión que empieza a subir de tono y la muy zorra que termina echándome de mi propia casa ¡Con dos cojones! Me fui dando un portazo por no liarla aún más liada ¿Por qué fue? Ya ni me acuerdo. Una de esas gilipolleces de pareja, que a Eva se la dan también enredar y con ellas sacarme de quicio.

Alguno diría que fueron las hormonas, ya que acabamos de tener nuestro primer hijo, pero ¡qué va! Ella ha tenido siempre esos ramalazos autoritarios, que se los aguanto por no arrancarle la cabeza. Hay que conocerla, tiene una mala hostia que espanta, es caprichosa y vaga, muy vaga. Todo el día sin hacer nada, yo currando como un cabrón y, cuando llego, ella no para de quejarse por todo. Si ni del niño se preocupa, que lo cuida Tatiana, nuestra niñera. .

Era la segunda vez que lo hacía, echarme de casa, y sin comer, y… ¡Joder, era mi casa, era mi hijo, era…!¡¡¡¿Quién coño se creía ella que era?!!!

Me fui por no hacer una barbaridad. La verdad es que ya hacía un tempo que me encontraba más a gusto fuera que en casa ¡La casa que yo había comprado! Nunca me importó el dinero, nunca me ha faltado, pero, coño, el único que ha trabajado alguna vez en esta familia soy yo. Ella no ha hecho nunca ni por buscar.

Cogí una camisa, una muda, unos calcetines y me fui conduciendo con Metallica a toda ostia, para liberar tensiones y olvidarme de toda esa maldita cagada que acababa de vivir. Huyendo de mi puta vida de mierda. No, no es verdad. No empezó todo como una puta mierda. Todo era una puta mierda, día, tras día, tras día.

Cuando ya estaba más calmado, pero con la misma rabia interior, dejé el coche en un parking y me metí en una cervecería del centro. Lo hice sin pensar, pero entré por la puerta de un “antiguo amigo”. Un local que me traía buenos viejos recuerdos de mi adolescencia. Supongo que para martirizarme con eso de ¿Dónde ha ido mi vida? ¿Qué han sido de mis viejos sueños? Pobrecito, estoy atrapado en una vida anodina, miserable y estúpida. Para compadecerme de mi mismo, vaya.

– Un gin-tónic, camarero – pedí para rematar el cuadro de perro apaleado.

Llevé la mirada al viejo rincón donde nos juntábamos toda la panda de chavales y chavalas los sábados por la noche. Ese era el sitio de “quedada”, antes de ir a quemar Madrid por la noche. Ahora había allí un grupo de hombres y mujeres más o menos de mi edad, entre 35 a 40 años, con traje y chaqueta, tomando cervezas. Eso me deprimió más. Nuestro viejo bar es ahora un sitio donde los oficinistas de medio pelo se reúnen después del trabajo. Bueno ¿Qué quería un jueves a las 6 y media de la tarde? ¿A mis viejos colegas metidos en formol haciéndose porros?

De repente, mientras me lamía mis heridas agarrado a un vaso de tubo como si fuera un salvavidas, me pareció que una de las mujeres del grupo de lechuguinos me sonreía y luego me hacía tímidamente un gesto con la mano ¿Era a mí? Sí, sin duda era a mí ¿Qué quería? Viendo mi cara de extrañeza, la chica se me acercó sonriendo.

– ¡Que pasa! ¿No te acuerdas de mí?

¡Ostias, cómo no! Isabel, Isabel Minglanilla Muñoz. Una de las primeras novias que tuve en el instituto. La primera con la que eché un polvo como Dios manda ¡Cómo no me voy a acordar! Hacía que no nos veíamos… un huevo.

– ¿Tanto he cambiado?

– Que va, si estás igual.

– Anda ya, mentiroso. Tu sí que sigues estando igual.

Bueno eso dicen, que no he cambiado mucho, pero, por si acaso, me vi metiendo barriga como un gilipollas.

Isabel, joder. Era una de las tías más cachondas que he conocido en mi vida. Estuve con ella no más de cinco meses. Follábamos como conejos. La verdad, es que al principio era ella la que me follaba a mí. Tenía bastante más experiencia que yo, que no había pasado de más de un par de intentos con una novia mojigata, de misa los domingos y fiestas de guardar, y que cada vez que nos poníamos a la faena todo eran malos rollos y arrepentimientos. A esa he hecho por olvidarla, pero a Isabel la recuerdo, claro que la recuerdo.

También recuerdo que me dejó ella. En Navidades éramos novios, durante el curso lo pasamos de puta madre. En verano se piró a su pueblo con la familia y cuando vino me dio la patada. Yo creo que ese verano se lo pasó bastante bien y fui coronado un par de veces. ¿Qué decir? Isa es así. Luego siempre fuimos buenos amigos. Muy buenos amigos. En realidad, más que muy buenos amigos.

Me presentó a sus colegas de trabajo y me tomé la copa con ellos. Dos chavales con corbata y camisa de marca intentando ligar con tres chicas de la empresa o, quizás, sencillamente, vacilando un poquito, para limar tensiones y olvidarse de la mierda que se acumula en una jornada laboral. De su comportamiento y conversación deduje que Isabel era una de las jefas y todos se comportaban con ella con prudencia, salvo uno de los tíos que debía ser su igual dentro del organigrama ¡Qué básicos somos! ¿Verdad? Yo era el amigo de la jefa, lo que me daba un estatus provisional dentro del grupo ¿Os extrañaría si os dijera que la más guapita de las chicas, una bajita morena y de ojos verdes, se me arrimó y empezó a darme coba?

Después de la bronca sufrida en casa me gustaba sentirme agasajado por una mujer tan agradable y de tan buen olor. El macho alfa, el otro jefecillo de la empresa, me miraba con cortesía y cierto recelo.

Estos dos se van a casar algún día, pensé, y, al menos él, todavía no lo sabe. Me entretenía en analizar ese grupo de de extraños, lo que me alejaba de mi cabreo original. La morenita de ojitos verdes ya le tiene pendiente de cada movimiento que hace, en unos meses le echa el lazo.

En fin, que yo a esa, por mucho que desplegase mis plumas de pavo real, no me la follaba ni loco. Yo hoy sería el tonto útil.

¿En qué andaba pensando? ¿Qué coño hacía yo allí? ¿Ejercer de psicólogo aficionado? ¿De patético ligón de barra? Ni siquiera había comido. En dos o tres horas, me veía con dos copas de más, haciendo el ridículo entre una antigua novia y un grupo de desconocidos.

– Pírate de aquí, que no pintas nada. Alma en pena. – me dijo la parte cuerda de mi cerebro.

Me despedí muy cortésmente y ya me disponía a irme cuando Isabel me dijo, al tiempo que me pisaba sutilmente para avisarme.

– ¿Hacia dónde vas? ¿Al metro?

– Sí – mentí cómplice y un poco atolondrado por su repentino gesto.

– Bueno, pues nos vemos mañana chicos. Me voy con Alex.

Ya en la calle, me dijo con una sonrisa pícara.

– ¿Dónde nos tomamos otra? Que tienes mucho que contarme y no admito excusas.

Me reí de lo cabrona que sigue siendo. Mordaz, lenguaraz, aguda, rebelde e inteligente. Así la recuerdo.

– Tengo el coche aquí al lado. Tu me dices donde vamos.

A todos nos ha pasado, seguro. Hay gente con la que no pasa el tiempo. La ves al cabo de…

-¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos, por lo menos 15 años? – pregunté.

– Eso será para ti, viejo. Por mí no han pasado más de 5 o 6 desde que la última vez que te vi. Aunque desde el último polvo que echamos me parece que han pasado siglos.

No pude por menos que reírme de nuevo, la misma Isa de siempre. La misma relación, el mismo buen rollo.

– Eso es que has hecho por olvidarlo.

– Una leche. De ti no me olvidaré nunca. Eras un volcán y supongo que a mi bebe le seguirás conservando en plena forma. Bueno, calla, cambia de tema, que me estoy poniendo cachonda.

¡Qué recuerdos! Ya no me acordaba, a mi polla la llamaba su bebe, su bebita, su pequeñita, su nenita,… y así la llamaba yo también a ella cuando follábamos, mi nenita.

– ¿Estás casada?

Buena pregunta. Supongo que mi subconsciente empezaba a trabajar por su cuenta.

– Que va, pero tu sí.

– Tanto se me nota. Nunca he llevado anillo, o sea que por eso no…

– Tengo 39 años y estoy soltera. Las mujeres así desarrollamos un sexto sentido para no cagarla demasiado.

– Ya – No quería preguntar mucho más.

Estaba a huevo el decir ¿y crees que hoy te merece la pena? Pero les suena eso de, yo quiero a mi mujer, pues era así. Yo era un marido fiel y un padre reciente y decente. Mejor callar. Al menos, esos eran mis pensamientos, mis valores, los paradigmas que sustentaban mi vida, aunque fuera una vida de mierda.

Por otro lado pensé, no sería la primera vez que yo pondría los cuernos a alguien con Isa. La primera fue a Marisa. Aquel fin de semana, la que era mi novia formal, se había empeñado en irse a la playa con sus padres para ver a sus amigos. No recuerdo haberme cabreado ni nada así, pero lo cierto es que me dejó tirado. Isabel y yo, después de haber dejado de ser pareja, quedábamos muchas veces para estudiar juntos. En realidad yo la daba clases de las asignaturas que llevaba peor, matemáticas, física, química, etc. Siempre me decía que era un chico muy listo y explicaba muy bien. A mí me gustaba creerlo y también me gustaba estar con ella, porque no reconocerlo.

En fin, creo que aquel examen lo suspendió, pero echamos un par de polvos gloriosos en la cama de sus padres. Uno de ellos a cuatro patas, como a ella y a mí nos gustaba. Era junio, exámenes finales. Recuerdo haber sudado la gota gorda para castigarla como la gustaba, para hacerla gozar como merecía. A Isabel la encantaba que se la metieran por detrás mientras meneaba el culete para provocarte ¡Era la ostia!

Poco después rompí con Marisa. Algo tuvo que ver la sesión de estudios del examen de trigonometría que suspendió Isabel. Curioso, tengo más memoria para recordar la materia del examen, que para el motivo exacto de la ruptura. También recuerdo que Isabel aquel día, al igual que yo, coronó a algún chaval. Ese sí que es más difícil de acordarse ni siquiera del nombre, porque es imposible llevar la cuenta de todos los novios, novietes, ligues y rollos de Isabel. Sería alguno de los amigos de la imbécil de su hermana mayor. La verdad es que entre las dos se habían pasado por la piedra a medio barrio y al que no era del barrio.

– Joder a si que eres padre. En eso sí que me das envidia. Me gustaría tener un canijo entre los brazos y criarle. Fíjate, yo creo que eso se me daría de puta madre, criar un niño.

– Vale, eso tiene fácil remedio. Yo si quieres te ayudo. – dije entre solidario y divertido.

Ella pareció meditar un rato y añadió.

– No, contigo sería la última persona que tendría un hijo.

– Vaya, gracias.

– No lo digo por el polvo. Lo digo porque tendría que ir a tu casa a reclamarte como padre y te jodería la vida ¿Le tendrías que enseñar a la tabla periódica, a derivar y a integrar y a esas cosas? – como me gustaba su sonrisa.

– Claro.

Mi tierna Isa. Claro. Yo la conocía bien. Podía parecerte medio loca o de vueltas de todo, pero tenía los pies en el suelo y un fondo cojonudo. Eso era ella, personalidad a raudales y un corazón enorme.

Me iba relajando y mi mujer y mi hijo cada vez quedaban más lejos. Mi problema de pareja parecía achicarse. Me estaba floreciendo el macho protector que siempre fui o quise ser con Isa.

– Yo prefiero a un cachitas sin cerebro. El coco ya le pongo yo. Él que saque de sus huevos de unos buenos genes de niño sano y si te he visto no me acuerdo ¿Otra cerveza o tienes que irte?

– No, no tengo prisa, pero si quieres, mejor, vamos a cenar a algún lado.

– ¿Y tu mujer?

– Vamos a cenar y te lo cuento. Ni siquiera he comido hoy.

– Otra caña, me lo cuentas y ya decido. Te cedo mi pincho para que no te siente mal.

Curioso, yo que soy una persona hermética, le conté a Isa, una desconocida durante los últimos quince años o veinte años, mis más íntimos sentimientos, mis historias más secretas. Lo que no hubiera hecho con nadie de los que me rodeaban a diario en esos momentos, se lo soltaba del tirón a mi vieja compañera de instituto. Los viejos amigos nunca mueren.

– ¡Qué suerte tienes, cabrón! ¡Tienes un hijo! Cuídale. – fue lo único que me dijo cuando terminé mi perorata. Y luego añadió. – Vamos a mi casa. Te invito a cenar.

– Y a follar – pensé ilusionado.

¿Cómo explicarlo? ¿Qué mejor para mi estado de ánimo que un buen polvo extraconyugal? Para subir el ánimo ¿Y quién mejor que Isabel? Una tía sin prejuicios, que me constaba follaba como una diosa y además era lista, simpática y divertida. Mi vieja amiga del instituto. Charlar y follar, lo mejor para alejar los demonios de mi mente. Luego, más relajado, ya arreglaría las cosas en casa.

Pero aunque mi polla ya llevaba más de una hora convencida de lo que había que hacer, yo tenía mis dudas ¿Por mi mujer? Unos cojones. Esa zorra me traía sin cuidado en esos momentos. Seguía cabreado con ella a más no poder y ya estaba lejos de mi cabeza. No, ahora mis dudas eran por Isabel.

La recuerdo como la tía con más temperamento de todo el instituto. Nadie la tosía y se llevaba bien con todos. Con los tíos, porque todos babeaban cuando les hacía caso. Las tías, porque era una tía sencilla, solidaria y cojonuda. Pero también recuerdo, que cuando fuimos pasando a cursos superiores, ella empezó a salir con gente más mayor. Con los amigos de su hermana y, luego, solo con su hermana.

Las veíamos ir hacia el metro cada fin de semana, mientras fumábamos un cigarro en los bancos de la plaza y decidíamos donde ir. Eran dos tías impresionantes, ataviadas con todas las pinturas de guerra, que se dirigían hacia uno o dos polvos seguros. Isabel siempre nos saludaba con simpatía y parecía arrastrada por su hermana, que ni siquiera se dignaba a mirarnos ¡Qué asco la tuve siempre! y ella a mí, la verdad.

Llegamos a casa de Isa. Una bonita casa en un buen barrio de Madrid. Se veía que la iban bien las cosas ¿Por qué no? Isabel era lista como los ratones colorados. En una guerra sería la última en morirse hambre. Me propuso una cena sencilla con una buena botella de vino. Yo estaba hambriento.

A esas alturas los dos teníamos claro cómo iba a acabar la cosa. Claro que sí. También sabíamos que no iba a ir a más. Nuestro tren pasó hace mucho tiempo, si es que alguna vez hubo un tren. Pero no quería cagarla con ella. Con Isa no.

De repente me sentí sucio. Llevaba el traje y la corbata que me puse al levantarme. Había estado toda la mañana trabajando, discutiendo en casa, luego sudando por las calles de Madrid en medio de junio, luego con ella en un par de bares…

-Isa, perdona, pero podría pegarme una pequeña ducha.

– Sí, y te pones un poco más cómodo, que los dos con traje va a parecer una cena de negocios.

Desnudo en su ducha. Sentí cierto vértigo con lo que iba a hacer, pero no había vuelta atrás. No me apetecía pensar. Solo dejarme ir.

– Te dejo las toallas en el lavabo. Sigues estando muy bien, Alex.

Al sentir su mirada, la polla iba pasando de morcillona a semitiesa. Ella se había cambiado. Llevaba un pataloncito corto y una camiseta de tirantes.

– Tu has venido a mirar, cabrona.

– Mira, y resulta que después de tanto tiempo mi bebe se sigue alegrando de verme.

– Vienes a pervertirme. – la salpiqué ligeramente.

– Como siempre. Si no es por mí todavía estarías haciéndote pajas.

– ¿A sí? pues ya te estás marchando, que me la voy a cascar aquí, en tu ducha.

Esta vez la eché agua con las dos manos. La camisetita blanca se la pegó a los pechos dibujando los pezones.

– Cabrón.

Se acercó para devolverme la afrenta y fue su perdición. La perdición de los dos. Bueno, fue el desencadenante de lo ambos buscábamos. En poco tiempo estaba bajo la ducha con toda la ropa empapada, comiéndome la boca y agarrada a mi rabo, pajeándome ligeramente. Yo la acariciaba un pecho, mientras la acercaba a mí asiéndola de la nalga. Sus senos eran más grandes, su culo había crecido más de dos tallas y ya no tenía esa cinturita que cabía entre mis manos, pero seguía estando de muerte. La desnudé con prisa. Sentir toda su piel desnuda tocando mi cuerpo, fue como echar gasolina al fuego. Nos devorábamos con glotonería, con avidez.

– Tengo que metértela o reviento.

– Espera.

Se dio la vuelta y me mostró su precioso culo. Bastante más grande del que yo recordaba. Brillaba magnífico cubierto de agua. Lo acaricié con ambas manos mientras lo miraba embelesado.

– Vamos, ya no te gusta tu nenita. Antes de que me arrepienta. – me incitó dándose un azote.

Por supuesto, allá vamos. Mi polla recorrió otra vez ese viejo camino con la misma facilidad que hacía casi veinte años. Isabel suspiró. Yo cerré los ojos concentrándome en las sensaciones de cada poro de mi cuerpo. Cuando los pelos de mi pubis tocaron su culo ya no pude parar. Empecé a follarla con dureza, como nos gustaba hacer. Ella se agarró a la barra de la ducha y balbuceaba.

– ¡Qué bueno eres cabrón! ¡Cuánto me gusta mi pequeñita! Ya no la recordaba. Dame más fuerte. Dame caña. No pares. No pares.

Su tono de voz se elevaba y mis acometidas eran cada vez más fuertes. El agua me golpeaba en la cara y en el pecho, bajando hasta nuestros sexos, donde se batía produciendo un chof, chof, chof. Intentaba mirar su cuerpo, para sellar en mi recuerdo esas curvas maravillosas, sus poses, sus gestos, pero el agua me obligaba a cerrar los ojos. Levanté la cabeza y arqueé el cuerpo, para meterme más adentro en el suyo. Abrí los ojos entre el agua y mi mirada fue a fijarse en el espejo. Al principio no fui consciente de lo que vi. Luego mi mente proceso la imagen reflejada ¡Era la de una mujer que nos estaba espiando!

Isa seguía chillando, reclamando todas mis energías. Abrí de nuevo los ojos y la ví. Morena, con el pelo liso y gafas de pasta. No nos quitaba ojo desde la entrada del baño y también pude atisbar entre las gotas de la ducha, como tenía una mano metida en los pantalones de un pijama de verano. La muy guarra se estaba masturbando mientras nos veía follar. De repente me fijé en su boca. ¡No la había reconocido! ¡Era la hermana de Isa! Con la misma cara de puta de siempre.

Me sentí… no sé explicarlo, poderoso. Ella que siempre me había tratado con desprecio, como un niñato sin valor. Ella que siempre se había comportado como si su hermana perdiera el tiempo conmigo. Pues ahora estaba tocándose el higo mirando como jodía con su hermana, que gozaba como una perra.

No me acordaba ni de su nombre y además el tiempo la había cambiado. La cara más delgada con algunas arruguillas, se había cortado su larga melena y su cuerpo no parecía tan espectacular. Lo que eran inconfundibles eran esos pómulos altos, la mirada entornada de sus ojos color miel y, sobre todo, esa boca grande, siempre entreabierta, y esos labios gordos y carnosos. Una boca diseñada para mamar vergas, decíamos en el barrio. De ahí salió su mote, de fijarme en esa cara que ahora me devolvía el espejo.

Fue un día de verano que las vimos pasar con sus mejores galas hacia alguna discoteca de moda del centro de a ciudad, cuando se quedaron con el mote.

– Joder que buenas están las dos hermanas – dijo el Lechuzo, José Antonio creo que se llamaba ese.

Como siempre, todos las mirábamos mientras contoneaban su culo hacia el tubo. Isabel nos saludó con su simpatía habitual. La tiesa de su hermana nos echó un vistazo como el que mira un trasto viejo.

– La hermana de Isa tiene cara de vicio desde que sale de casa. – lo dije con rabia, por hacer daño, mientras daba un lametón al papel del primer porrito de la tarde.

– E Isa tiene un cuerpo de vicio. No me lo negarás, Alex, que tu la has visto en bolas – Me jodió que hablaran así de Isa, pero el Figurín, este sí recuerdo que se llamaba Juanan, siempre me tuvo envidia en eso de las tías y sabía que no me gustaría la conversación que pretendía iniciar.

– Son las Hermanas Vicio – remató Ángel Pichardo, El Piche, dando un trago al litro de cerveza y haciendo gestos obscenos – Isabel, la cuerpo de vicio, y Marta. Marta se llama, eso es. Marta, la cara de vicio.

Y así fue, entre las risas de todos, se quedaron con el nombre. Las Hermanas Vicio, la mayor Cara Vicio, la menor, Cuerpo Vicio. El mote hizo fortuna rápidamente, como todos los que tiene mala leche, y nació por mi culpa, por mi torpeza al defender a Isa y por culpa del asco que siempre tuve a la hija de puta de su hermana. Esa que nos miraba ahora desde la puerta. Por eso, ahora me sorprendí rumiando:

– Ves como me follo a tu hermanita, cabrona. Ves como goza con mi rabo. Conmigo encadena un orgasmo tras otro. Lo que nunca habéis conseguido con ninguno de esos pichafloja de discoteca. Por eso volvía siempre a mí y tu la sacabas siempre de mi lado, hija de puta. Has visto como me follo a tu hermana y como se corre ¡Como no te has corrido tu en tu puta vida, Cara Vicio! – pensaba esto por animarme, por sacar mis últimas fuerzas y tratar a mi nenita como se merece, por eso, y porque me ponía cachondo como a un mono tener a esa tía, que tanto me había humillado, dándose brillo al coño viéndome joder.

Y a Isa mi emoción no la estaba sentando nada mal. Ella gritaba a pleno pulmón.

– ¡Joder como me gusta! ¡Qué polla tienes, ni niño! ¡Cómo me gusta mi bebe! ¡Hazme correrme otra vez! ¡Otra vez, cabrón! Venga, campeón, ponme otra vez a chorrear como a una perra.

Isa se corrió, su hermana se encogió ligeramente sobre la mano y yo saque mi polla y empecé a sacudírmela soltando toda la leche sobre su culo ¡Qué gozada! Isa se dió la vuelta, se arrodilló y empezó a chupármela con delicadeza, mientras yo jadeaba bajo el agua.

– Así te gustaba que acabase ¿te acuerdas? Limpiando a mi bebita ¿A qué si? A que te gusta quedarte limpita, grandullona.

– Que bien nos conoces.

– Que bien nos conoces, guarra. – me solicitó mirándome a los ojos.

– Que bien nos conoces a mi rabo y a mí, pedazo de puta. – La sacudí con la polla en la cara mientras reíamos como niños recordando nuestros juegos.

Terminamos de ducharnos enjabonándonos y aclarándonos mutuamente, recreándonos con el cuerpo del otro, recorriendo cada rinconcito de nuestra piel.

– Es curioso – me dijo Isa – Desde que decidí que iba a terminar follando contigo esta noche, estaba pensando en hacerlo con la luz apagada. Me daba vergüenza que me vieras tan gorda y tan vieja. Ahora me gusta estar así contigo de nuevo.

– Venga no jodas, si apagas la luz me piro. Como me vas a dejar sin poder ver este cuerpo de…

– de vicio – me atajó ella.

– De vicio y para el vicio.

Nos reímos con ganas con el recuerdo. Ellas lo sabían, claro que lo sabían, y con Isabel lo había hablado muchas veces ¿Sabes como nos llaman? Bueno, y que, en aquella época todos teníamos mote y nadie lo tomaba a mal, si se decían con buen rollo, claro.

– Casi me da miedo ver lo fácil que ha vuelto a ser todo contigo. – me dijo con ese punto de pena y nostalgia.

– Pues a mí lo que me dan ganas es de pegarte otro pollazo.- La agarré de los cachetes del culo y la atraje hacia mí – ¡Joder, que buena sigues estando! Este culo todavía no lo ha mejorado nadie. – un dedito fue a tantear su esfínter.

– Mañana se lo cuentas a tu mujer y verás que contenta se pone.

Todo eran risas, todo estaba claro. Era como había sido siempre. Isa y yo. Yo e Isa. El agua y el aceite o el agua y la sal, dependiendo del día.

– Anda, vámonos, que creo que ya ha llegado mi hermana ¿Te acuerdas de Marta?

– ¿Vives con ella? – disimulé.

No quise decir que había visto a esa imbécil hacerse una paja viéndonos follar, pero una sonrisilla me vino a la cara recordando la pírrica victoria de hacía unos minutos. Era el único tema en el que Isa y yo no estábamos en sintonía. La puta de su hermana.

– Sí, se ha divorciado hace poco y lo ha pasado medio mal.

Puso cara de pena. Yo pensé ¡Que se joda!

– Venga ponte eso, te esperamos en la mesa.

Se fue colocándose una nueva camiseta de tirantes y privándome de la maravillosa vista de sus senos.

Me vestí con un pantalón corto de Isabel y una camiseta con el dibujo de una muñequita de ojos grandes. Como tantas veces habíamos hecho en su casa o en la mía, compartíamos ropa. Esas pintas ridículas mostraban intimidad después de un buen polvo. Una diferencia con entonces, el pantalón se me caía ligeramente. Siempre me había quedado bien la ropa de Isa, pero estos años habían ensanchado sus caderas y también mi barriga. Ya no éramos tan iguales.

Salir de esa guisa a saludar a su hermana me daba un poco de corte, pero el olorcillo que llegaba desde la cocina ¡Solomillos de cerdo al Oporto! Un vaso de oporto, cebolla, champiñones,… ¡Dios mío! ¡Cuántos de esos nos habíamos comido entre revolcón y revolcón! ¡Y qué hambre tenía!

Llegué a la cocina y las dos hermanas trabajaban en poner la mesa.

– Mira Marta ¿te acuerdas de Alex?

– Sí claro. ¿Cómo te va? – me saludó detrás de sus “nuevas” gafas. Detrás de los cristales sus ojos grises se veían más bonitos. Siempre la recordaba mirándome con los ojos entornados, con un gesto de desprecio.

– Bien gracias.

Fui a darla dos besos agarrando con una mano los pantalones que se me caían. Mi gesto era seco y cohibido. No podía dejar de seguir odiándola, pero, además, me seguía intimidando la hermana mayor. Esa que siempre me había despreciado. Vi la cara de disgusto de Isa, por lo que al retirar mi cara de sus labios regordetes, de sus labios de mamapollas, decidí ser generoso. Al fin y al cabo acababa de tener mi mayor triunfo sobre ella.

-A ti no te pregunto, ya veo que estás tan estupenda y tan guapa como siempre.

– Gra- gracias- balbuceó.

Me pareció ver como se humedecían sus ojos. Al poco salió de la cocina.

– Bueno ¿que te ha pasado? nunca te he visto tan amable con mi hermana.

– Nada – me sorprendió tanta emoción por tan poco.

– Pues te lo agradezco. Creo que la hacía falta un piropo.

Me salió de forma espontánea y sincera. Lo cierto es que esta vez no me pareció tan desagradable su jeta. Parecía tener una mirada más limpia, una expresión más amable. No había notado esos ojillos escrutándome como si tuviera rayos X. Si la hubiera tenido que dibujar de memoria, sus ojos hubieran sido dos rayas oblicuas con el entrecejo fruncido, mirándote por encima del hombro.

La recuerdo esa mirada desde siempre. Cara de putón con mala hostia. Supongo que esa imagen se fijó en mi memoria aquella vez que, siendo un niño, corrí detrás de un balón que se nos había escapado y la puede ver en el asiento de atrás de un coche mamándosela a un tío, mientras otro les observaba riéndose desde el asiento del conductor. Nunca he sido un mojigato, pero esa escena a los diez años me impactó. Ella tenía catorce y los chavales dos o tres más. Al verse sorprendida me taladró con la mirada. Aunque la noticia era una bomba, no dije nada cuando volví con la pelota a jugar al fútbol, por amistad con Isa. Quizás sea el único gran secreto que tengo con ella. Supongo que esa imagen marcó mi concepto sobre Marta para siempre.

– Sabes, el divorcio no ha sido lo más duro. Lo peor ha sido la convivencia con el cabrón de su marido. Es un vago que ha vivido siempre de ella y la trataba como si fuera basura. Y lo peor es que la convencido de que lo es.

La vueltas que da la vida. Ella que trataba a los tíos con la punta del zapato. Ahora estaba hecha un asco dominada por un hijo de puta.

– Ahora, con un niño y en paro, la ha dejado en la puta calle, ya que vivían en una casa de sus padres. Y eso no es lo malo, divorciarse de él es lo mejor que la puede pasar. Lo malo es que el hijo de la gran puta ha encontrado un curro en una tienda de un primo y la amenaza con quitarla la custodia del crío, ahora que ella está en el paro. Bueno, la chantajea, que no creo que ni trabaje siquiera. Ahora ha ido a dejárselo por un par de días y el muy miserable la ha pedido 18.000 euros por no iniciar el proceso.

Por mucho asco que la tuviera, es evidente que nadie se merece eso.

La cena fue agradable y Marta me resultó hasta simpática. En realidad daba un poco de penilla. Esa chica “de los mayores” de hacía veinte años, era ahora casi un ratoncillo cohibido. Inevitablemente salió el tema de las parejas y ambos nos vimos comentando nuestras penas. Yo intentaba animarla pero su estado mental era verdaderamente lamentable y lo malo es que me estaba contagiando. Yo empezaba a verme reflejado en su imagen.

Sin duda, detrás de sus ojitos tristes había una persona totalmente deprimida. El concepto que tenía de si misma era el de una mierda. El de alguien que piensa que ha malgastado su vida y ya nada merece la pena. Sobre todo en lo que a relaciones sentimentales se refiere.

Si yo la decía que todavía estaba muy bien, ella solo me contestaba con un gracias, sé que quieres ser amable. Para ella era una vieja, estropeada y sin posibilidad de gustar de nuevo a los hombres.

– Bueno, pero no hablemos de cosas tristes, que me aburrís los dos con vuestros problemas conyugales – atajó Isa – ¿A qué no os acordáis la última vez que coincidimos los tres?

– Ay, calla, que vergüenza – Marta bajó la mirada al plato.

– ¿Los tres juntos? Yo no me acuerdo ¿en aquella discoteca de al lado de la plaza del Reloj, quizás?

– Me defraudas Alex ¿Tan poco te acuerdas de nosotras? – su gestito zalamero me empezó a animar la noche de nuevo.

También podía haberla dicho, de ti me acuerdo hasta de pie que calzas, pero de tu hermana, … tu hermana me importa tres mierdas.

– En una gasolinera en las afueras, cerca del camino de la presa…

– ¡Ah, sí! Fui a recogeros, porque me llamasteis por teléfono a casa. Vaya susto me disteis. Yo estaba ya dormido.

– Vale, vale ya ¿nos podíais recordar otra cosa? – a Marta no la gustaba la historia.

– Sí, pero ésta es más divertida – Isa miró a su hermana con esa mirada malévola e inteligente que tanto me gustaba, mientras daba un sorbo a la copa de vino.

– ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué os habías quedado sin coche a la vuelta o qué se habían ido con el coche que habíais llegado?

– De eso seguro que Marta se acuerda mejor.

– No, no me acuerdo. Ni tu tampoco. – la conversación las daba sed, pues la hermana también cogió la copa de vino y la dio un trago clavando su mirada en Isa.

– Yo sí que me acuerdo. – que cara de cabrona se la ponía en esas ocasiones – Bueno, la verdad es que como te puedes imaginar no llegamos andando. Fuimos allí con dos tíos en su coche. Yo en el asiento de atrás y ella con el piloto. – Alargaba las frases haciendo sufrir a su hermana – Eran dos tíos buenorros, con pinta de paletillos y buenos músculos.

– Dos gilipollas.

– Pues fuiste tu quien los echó el ojo.

– Yo no me acuerdo de eso.

– Yo sí, y te dije que eran dos garrulos. El caso es que cuando entramos en el coche, mi hermanita se empezó a poner mala – Isa ya se reía abiertamente.

– Zorra.

– Los chicos no eran, … demasiado pulcros y olían un poco a chotuno. – lo decía entre risas.

– Eran dos cerdos.

– Se metieron por el camino de la presa – continuó explicando Isa – y el garrulo conductor, … paró, … se sacó la polla y le dijo a Marta que se la chupara.

– Dios, que asco. Para ya, que estamos comiendo.

– Pues eso quería, que se la comieras. – la risa de Isa era ya incontrolada.

Marta metió tres dedos en su copa de agua y salpicó a su hermana.

– Joder, que va a pensar Alex.

¿Marta colorada delante de mí? ¡Cuántas cosas habían cambiado desde entonces!

– Pues estará desilusionado. Él que siempre te ha conocido por la Cara Vicio, verá que no era para tanto. – más risas.

– Ya vale ¿no? – Marta estaba bastante enfada.

Pero sí, ya valía, ahora el cortado era también yo ¿Por qué después de tanto tiempo decirla que yo la llamaba Cara Vicio?

Isa aflojó y terminó la historia.

– La cuestión es que nos echaron del coche y, como entonces no había móviles, tuvimos que ir andando hasta la gasolinera. Gracias a que estabas en casa y pudiste venir a por nosotras. Nuestro caballero andante de blanca armadura, nos rescató de una noche de terror ¿Te acuerdas?

– Perfectamente.

Lo que ella no sabía es que yo estaba en casa con una compañera de la facultad. Una gilipollas, que vino a casa a estudiar y se quedó a dormir. Con ella llevaba medio saliendo dos meses. Esa noche pensaba que iba a ser la noche. Por fin. Nunca había tardado tanto tiempo en acostarme con una novia. Aunque sabía que era un poco meapilas no me esperaba que no quisiera follar. Me hizo una triste paja en la cama y se echó a dormir. Por tanto, la llamada me sacó del apuro también a mí. La llevé a su casa y me deshice de ella. Es una urgencia, le dije, y me inventé un accidente. Luego, no volvimos a estudiar juntos y terminamos separándonos dos o tres semanas después. ¡Joder, cómo pasa el tiempo y que selectiva es la memoria! No me acordaba ni que Marta estuviera en la gasolinera y hacía mucho que no me recordaba de la capillita de la facultad. Lo que si recuerdo es lo que pasó después.

– Nos salvaste la vida Caballero Andante.

– Yo siempre con la lanza en ristre dispuesta para salvar a mis damiselas.

Isa se rió, y Marta también. No me había dado cuenta de lo que decía y me quedé cortado, pero creo que era la primera vez que Marta se reía conmigo y no de mí. También me sorprendí a mi mismo usando el plural “salvar a mis damiselas” porque, como bien nos recordó luego Isa, mi lanza esa noche la disfrutó solo ella ¡Qué diferencia en el follar con la de la facul! ¡Lo que disfrutamos esa noche! Supongo que superamos nuestras respectivas frustraciones del sábado noche con un par de polvos de escándalo. La que se quedó a dos velas fue Marta.

Creo que esa había sido la única vez que follamos en su casa estando Marta presente. Bueno, hoy había sido la segunda. El recuerdo del reciente polvo me puso el muñeco a tono. Marta mirando mientras me tiro a su hermana, que buen recuerdo me llevaba para toda la vida.

Se hizo un rato el silencio. ¡Qué tiempos aquellos! Y ahora cada uno con una historia a cuestas hemos llegado a… Supongo que Isabel hizo un recorrido mental parecido, pues la dijo a su hermana.

– Pues ahora Alex es el dueño de una empresa y con mucho éxito.

– Bueno, copropietario, con otro socio.

– Por lo que me ha dicho les va de puta madre. Tienen un par de patentes surgidas de esa cabeza. De la de arriba me refiero.

– ¿De qué es la empresa? – preguntó Marta ignorando la broma.

– De componentes electrónicos.

– ¿Cómo se llama?

– Santisa.

– Ah, una empresa puntera. Vosotros diseñáis microcontroladores y microprocesadores electrónicos

– ¡Coño! ¿Nos conoces?

– Dónde trabajaba antes os compramos alguna cosa, Telisa.

– Ah, era una empresa cojonuda. Al menos, cuando la llevaba el padre.

– Si los dos hijos son dos mierdas y dos puteros. Se ventilaron la empresa en cinco años. Cuando hicieron el ERE no tenían más que deudas.

– A nosotros creo que nos dejaron algo a deber.

– Buf, que coñazo. si os ponéis a hablar de curro, me tomo la última copa y me voy a la cama.

Nos llenó una última copa y vació la botella. La verdad es que era buena idea irse a la cama. Isa y yo a follar y Marta a mirar desde el quicio de la puerta. Mi cabeza, la de arriba, controlada por la de abajo, no pudo evitar imaginar esta última maldad para rematar la noche.

Esos pensamientos tan cachondos, con Marta de mirona e Isa con el culo en pompa pidiendo caña y, supongo, que también el vino y la pequeña confianza adquirida durante la cena, me animaron a preguntar.

– Oye Marta ¿No te molestaría que te llamáramos Cara Vicio en el instituto?

– ¡Qué te llamáramos en el instituto, dice el cabrón! – atajo Isa que estaba desatada – ¡Si el mote se lo pusiste tu!

– Yo no me acuerdo de eso. Se lo pondríamos entre todos.

– No, no, de eso nada. Entre todos no se pone un mote. El primero en decirlo es siempre uno. A mí me lo contó el Figu ¿Te acuerdas de Juanan, el Figurin? Pues me dijo que se lo pusiste tú.

– Juanan siempre fue un cabrón y un embustero.

– Pero a mí nunca me engaño.

– No te preocupes, si a mi no me molesta. No es un mote tan malo.

– Bueno, luego ella te puso otro. Justo esa noche de la gasolinera. – Isa había decidido descojonarse de los dos esa noche. Se la veía en su salsa.

– No te pases – a Marta se la veía otra vez apurada.

– ¿Cuál es?

– Alex el… – empezó Isa

– El Caballero Andante. – Atajó Marta

– Con la lanza en ristre –Isa se empezó a reír sola y por debajo de la mesa me agarró el rabo que ya estaba desperezándose.

– Vamos a recoger, que ya es tarde y tu ya estás un poquito pedo – cortó su hermana que no quería más confidencias.

– Sí, además, Alex creo que tiene ganas de acostarse. – un apretoncito en el nabo no me dejó ninguna duda de la intención de la frase

Ayude con la mesa y ellas en la cocina limpiaron el fogón y colocaban el lavavajillas. Discutían y reían como buenas hermanas. Seguían con las mismas bromas, algunas relacionadas con como me quedaban los pantalones, que se me caían cada vez que llevaba las dos manos ocupadas.

– Alex que decepción. No tienes nada para sujetar los pantalones, ni fuera ni dentro de ellos.

– No creo que tu tengas duda la respecto. – la contesté haciéndome el ofendido.

– Tienes razón, en esta casa nadie duda de lo que tienes dentro.

¿Y su hermana que sabía al respecto? Una y otra vez cuando llegaba a la cocina me increpaban con alguna coña

– Mira, ven, que Marta quiere ya contarte cual es tu mote.

– Cállate ya, gilipollas.

– Si seguro que a él tampoco le importa como le llames. A ti no te importa que te llame Cara Vicio. A mi no me importa que me llame Cuerpo Vicio y a él no le importa ser Alex, el… – el retintín de su respuesta mostraba que no quería dejar de meterse con su hermana.

– ¡Qué te calles ya, zorra!

Decidí dejarlas con sus burlas y discusiones e irme al baño a prepararme para la noche, que esperaba fuera gloriosa, como tantas habían sido ya con Isa. Me lavé los dientes y me disponía a mear. Los pantaloncitos de Isa no estaban preparados para orinar de pie y, además, me tenían frito con no sujetarse, por lo que me bajé pantalones y calzoncillos hasta medio muslo.

Entonces apareció Marta. Un movimiento instintivo me hizo tirar de los pantalones hacia arriba, pero Marta no me dejó.

– Me ha mandado Isa para que vigile su bebito. Dice que no se fía de ti y le quiere en buenas condiciones para esta noche ¿Tu sabes a que se refiere?

¿Qué decía esa loca? ¿Qué hostias habían hablado las dos hermanas? ¡A cuidar mi bebito! ¡¡¡Mi polla!!!

Me volví y al verla la cara, me di cuenta que no sabía hasta que punto había acertado con el apodo de Cara Vicio. Iba ahora sin sus gafas de pasta y entornaba los ojos. Era el rostro vivo de la lujuria ¡Que cara de puta!

La polla me fue creciendo hasta elevarse apuntando el techo. La muy guarra se relamió los labios. Yo pensaba: pero que pretenden estas locas ¿Quiere Isa que me tire a su hermana para que se le pase la depre por su divorcio? Estaba paralizado, pero nada ni nadie me podría haber preparado para lo que pasó a continuación.

– ¿Ibas a mear? – Me dijo con la vista fija en mi capullo – Pues ya en el váter no puedes, que el bebito apunta muy alto. Méame a mí.

Y no había acabado de decirlo cuando se puso de rodillas a la altura de mi polla. Iba a levantarla y decirla que se dejara de majaderías, cuando apareció Isa:

– ¿Que te parece? ¿Has visto que guarrona es mi hermana?

Debió de ver por mi cara que no estaba muy convencido, porque zalamera se acercó a mi oreja y empezó a chuparme el lóbulo mientras me decía.

– Vamos, … cariño, … dale ese gusto… No ves que te lo está pidiendo de rodillas… A ella la gusta mucho sentirlo calentito sobre su piel… Es una cerdita.

Me agarró la polla y siguió animándome.

– Relájate y suelta el chorrete. Deja que mi bebita la duche.

Mi mano diestra se metió dentro de los pantalones de Isa y empecé a tocar su hermoso culo, su actual culo grandote. Cerré los ojos, me había convencido a semejante cochinada ¡Cómo no! Isa siempre me convencía a todas esas guarrerías. Recuerdo la primera vez que me pidió que la metiera un dedo por el culo. Ella estaba a horcajadas encima de mí, botando como loca. En un momento se lanzó hacia mi boca y cuando terminó de morrearme me lo demandó de forma desesperada.

– Por favor, cariñito, méteme un dedito por el culo.

Cuando acabamos y fui al lavabo a limpiarme, la dije enseñándola el dedo que eso era asqueroso, entonces me cito a Woody Allen: “Is sex dirty? Only when it`s being doing right” (¿Es el sexo sucio? Solo cuando se hace bien).

Después de eso, tuvimos una época en la que rara vez nos corríamos sin que tuviera uno o dos de mis 10 apéndices dentro de su culo. Si yo notaba que iba a eyacular, mi forma de avisarla era deslizar un dedito en su interior y su grado de excitación aumentaba esperando mi leche. Nos corríamos los dos juntos diciendo alguna obscenidad sobre nuestra afición recién adquirida.

Esta vez consiguió lo mismo. Más sexo sucio. Pero no es fácil mear en ese estado de excitación. Intenté relajarme y pensar en una catarata de agua cayendo. Poco a poco las ganas regresaron y, por fin, lo conseguí. Un abundante chorro de orina salió lanzada hacia el aire y caía como en una fuente sobre el cuerpo de Marta. Empapé su pelo y ella parecía disfrutarlo, la camiseta del pijama se la pegó a su piel y dos pezones como escarpias se marcaron en la tela. Jadeaba recibiendo el líquido amarillo, mientras una mano perdida en el pantaloncito de su pijama informaba que se estaba haciendo un señor pajote.

-Méala. Mea a la cerdita – me conminaba Isa muy exaltada

Me había quitado la camiseta y lamía mi cara y mi hombro sin dejar de manejar mi rabo. Mi mano bajo el pantalón de Isa se dirigió a su chochete que me recibió caldosito y juguetón. Un dedo, luego dos, fueron hacia dentro y ella me lo agradeció con un chillido contenido y un mordisco en el brazo. Sexo sucio, es sexo bien hecho ¡Qué par de guarras! ¡Qué hermanitas más viciosas! Mi estado de euforia hacía que mi polla pegase saltos incontrolados apretándose contra la mano de Isa mientras seguía meando y meando, empapando a Marta, la mano y el brazo de Isa, al suelo y a todo lo que pillara a su paso.

Marta, acabado el surtidor, se metió directamente en la ducha. Podíamos verla tras la mampara transparente, como se quitaba la ropa, cerraba los ojos y dejaba que el agua corriera por su cuerpo.

Isa estaba fuera de sí y yo, ya os he dicho, totalmente descontrolado. Eso era lo que tanto me gustaba de ella, siempre era capaz de llevarme hasta el límite y eso era lo que ella quería siempre de mí, mi estado límite de excitación. La obligué a doblarse por la cintura y con dos dedos empecé a castigarla con fuerza. Entraban y salían, con todo lo que mi brazo era capaz de dar. Eso era lo que ella esperaba de mí, que la tratase con dureza. Golpeaba sobre su coño intentando ir más dentro y más fuerte. Ella me incitaba.

– Dame fuerte, Alex. Pégame, hoy he sido mala y sucia, una zorrita muy mala y muy sucia.

Isa era ahora una hembra desbocada de miradas provocadoras y gestos obscenos. La cogí de los pelos y volteé su cabeza hacia atrás. Su cuello blanco quedó a mi vista. Vi deslizarse su piel cuando tragó saliva, sus ojos fijos en mí, desafiantes, provocándome. Lamí la garganta y la mordí la carne, como un gato a sus cachorros. Se rió en mi cara, gozaba con una perra.

La giré, asida todavía por los pelos, con la otra mano agarré con rudeza sus muñecas y las inmovilicé a la espalda. Si Isa necesitaba sentirse dominada, iba a darle gusto. Dos dedos fueron de nuevo a su coño, el pulgar al su esfínter. Bufaba de placer. Tenía claro que Isa estaba exactamente donde ella quería estar. Ella y su estado de excitación me habían ido guiando. Yo, el caballero andante que obedecía lanza en ristre.

– ¿Qué… qué vas a hacerme? No seas malo.

– Castigarte, Isa, castigarte bien. Eres sucia. Sucia y perversa. Necesitas un severo correctivo.

– No, cariño, ten un poquito de compasión. Me voy a portar bien contigo. Hoy voy a hacer todo lo que tu quieras. – la nenita Isa, dulce, ñoñita, zalamera recalcó el “todo lo que tu quieras” ¡Qué pedazo de puta!

Solté sus manos en un momento de debilidad y la puse en frente mío. La besé con pasión. Necesitaba saciarme de ella. Saciarme de mi vicio más inconfesable a lo largo de tantos años. Llenarme de su Cuerpo de Vicio. Se separó de mí y se mordió el labio inferior. Luego me lamió los míos. Fue bajando hacia mi cuello, mi pecho, … Yo esperaba ansioso una mamada mimosa y profunda, como solo ella sabía hacerlas, cuando, de improviso, me propinó un mordisco a una de mis tetillas.

– ¡Te la va a chupar tu padre, maldito cabrón!

Estaba jugando fuerte. Muy fuerte. Nunca la había visto de ese modo, pero sabía como la gustaba que acabase. La levante literalmente de los pelos. Un cachete sobre una teta la hizo retorcerse. Aferré la carne de su seno y la comprimí. Isa sonrió complacida y pasó golosa su lengua por los labios. Se relamía esperando el pollazo que la iba a meter. Me cogí el rabo con la mano e iba con intención de atravesarla. Ella esperaba ansiosa.

– Vamos cabrón, dame fuerte. Reviéntame por dentro. Vamos guarro, que eres un guarro. Eres tan guarro como mi hermana Martita.

Entonces volví a acordarme de Marta. Dirigí mi vista de nuevo hacia ella y vi como se estaba haciendo otra paja bajo el agua, si es que alguna vez había parado. Contemplaba el espectáculo que Isa y yo estábamos dando, esta vez sin esconderse. Entonces la idea pasó por mi cabeza. No era la primera vez que lo hacía, claro que no, pero era la primera vez que podía llevarla a cabo de verdad.

Agarré a Isa de la nuca y le empuje hacia la ducha. Vi cruzar un atisbo de duda sobre sus ojos. No creo que el contacto corporal incestuoso estuviera entre sus planes de esa noche. Pero si quería sexo sucio, eso es lo más sucio que en esos momentos se me ocurría.

-Te ibas a portar bien conmigo y a hacer todo lo que yo quiera ¿verdad? – la recordé su ofrecimiento.

Isa respondió con un pequeño gemido, Marta nos esperaba expectante dentro de la ducha. Ninguna de las dos había planeado esto, pero habían jugado con fuego y estaban a puntito de quemarse. Conociendo a Isa, sé que estaba ansiosa por lanzarse a las brasas, solo la faltaba una mano amiga que la guiase. Marta no hizo nada por huir.

Me puse a la espalda de Isa. Empecé a enjabonándola por sus hombros. Enfrente de ambos teníamos a Marta apoyada en la pared. Isa cerró los ojos, se dejaba hacer. La besé suavemente en su nuca. Bajé mis manos, atrapando sus pechos, para luego apretar sus pezones. Observaba la cara de Isa, sus gestos pasaban del dolor al placer. Parecía relajada. Pasé de sus pechos hasta su tripita, para luego llegar al inicio de su coñito. El solo contacto la hizo suspirar. Parecía que toda nuestraa furia anterior estuviera contenida a la espera de acontecimientos.

– Tu hermana sigue tocándose – la dije al oído.

– Es tan guarra como tu – me volvió a repetir, pero ahora entre susurros.

– ¿y tu, nenita, no eres una guarrita?

– Sí – me dijo apretando mi mano sobre su coño. – Una niña muy guarrita, como a ti te gusta.

– Y tu hermana mayor. Mírala tan grande y tan guarrona como tu. – quería insistir en esa idea que me tenía medio loco.

Isa abrió los ojos, suspirando ante mi comentario. Con un dedo pedí a Marta que se acercara. Isa se arqueó buscando mi boca, quizás huyendo de un contacto de frente con su hermana mayor, pero presa de una excitación incontrolable. Marta se acercaba despacio, con cuidado, como intentando aplazar el inevitable momento en que su piel rozase de impúdicamente la piel de su hermana. Evitando hasta el final, el momento en que el juego erótico se convirtiera en sexo compartido. Agarré a Marta por la muñeca e Isa se giró del todo sin dejar de comerme la boca, su lengua recorría mi interior como queriendo devorarme. Levantó una pierna y empezó a frotar su vulva por mi muslo.

Teníamos a Isa en medio de los dos. Pensé, es la primera vez que se encuentra en esa situación, pero seguro que no será la última. Había pasado una nueva barrera e Isa no era de echarse para atrás o arrepentirse. Era de gozar la vida a grandes bocados. Era de repetir, hasta saciarse, los momentos de placer.

Se la notaba más descontrolada, fuera de sí. Marta por detrás empezó a besar su espalda, la lamia. Luego fui yo el que la besé a Marta. Besaba a mi odiada Marta, a la hija de puta de la hermana de Isa… Besaba a mi deseada Marta ¡Besaba a la inalcanzable, a la altiva Cara Vicio! ¡Besaba al sueño erótico de todo mi grupo de amigos adolescentes! ¡¡¡Y delante de su hermana!!! Mi adorada Cuerpo Vicio. Cumplía mi sueño erótico de tantas noches. El sueño escondido en el fondo de mi mente desde la pubertad ¡Follar a la vez con las dos Hermanas Vicio!

Isa empezó a morderme en el hombro. seguía encima de mi pierna. Restregaba sus labios vaginales en mi muslo a un ritmo frenético. Se apretaba contra mí. Se corría con las caricias de los cuerpos de su hermana y su olvidado novio adolescente.

La volví a besar dulcemente en los labios. Vi a Marta acariciar los pechos de su hermana. Esto era más que un juego de calentamiento. Puse mi polla entre las piernas de Isa, rozándola por su coñito, mientras seguía besándola sin prisa.

Marta comenzó a bajar lentamente por la espalada de su hermana, pasó por su culo y metiéndose entre sus piernas llego a mi polla erecta, la besó, la lamió, para acto seguido metérsela en la boca. Su cara, su nariz debían tocar el coño de su hermanita pequeña. Isa no tardó en volver a suspirar. Desplacé a Isa hacia la pared y Marta pudo disfrutar de toda mi polla.

– Hola grandullona revoltosa. – le dijo a mi polla antes de empezar a metérsela de nuevo en la boca.

Tenía a la bebita de su hermana a su disposición, para que jugueteara y la hiciera mimitos. No tardo en aprovechar la ocasión y se la metió de nuevo en la boca, hasta los huevos.

Mientras, Isa y yo nos besábamos. La acariciaba y la masturbaba y ella me devoraba la boca agarrada a mi nuca. Los gemidos de Isa y mis suspiros, estimulaba a Marta y su/mi bebita lo notaba en la forma de comérsela. Se la metía cada vez más profundamente en su boca, cada vez más deprisa, cada vez con más ansia en esa boquita de chupapollas. Mientras me la comía seguía sin dejar tranquilo a su chochete, porque Cara Vicio se corrió de nuevo gritando de forma exagerada.

Isa se intentó reír de lo desaforado del orgasmo de su hermana, pero no estaba dispuesto a darla tregua. Le di la vuelta, la hice apoyarse en la pared y desde atrás la empecé a follar. Coloqué el nabo en la bocana del coño y entré del tirón. Ella lo recibió con un suspirado:

– Hijo de puta … que bueno.

Empujó hacia atrás y meneó el culete hacia los lados para sentir a su nenita dentro, rozando las paredes de su gruta. La agarré de las caderas y empecé a golpear mi pelvis contra sus nalgas. Marta volvió a acariciarla las tetas, mientras seguía tocándose el chichi ¡Joder, Cara Vicio, llevaba horas masturbándose! Debía de tener la pepitilla como un garbanzo, y rojito como la sandía, y jugosito como un higo en agosto.

Bajó su otra mano al coño de Isa. Notaba como también la estaba tocando el clítoris a su hermana, rozaba mi polla de vez en cuando, pero, además, es que Isa, al sentir el contacto, empezó a acordase de su madre (de la de ambas).

– Eres una hija de puta… Una zorra hija de puta… Una guarra hija de puta.

En cada suspiro, en cada barbaridad que decía a su hermana, Isa se iba acelerando y yo me animaba. Pero lo más morboso era como me miraba Marta. Con esa cara de vicio que también conocía. La que tenía cuando la descubrí por primera vez en el coche mamándosela a un chaval. Con la cara de vicio que ahora me la había mamado a mí. Con esa cara de vicio que esa misma tarde, mientras me tiraba a su hermana, había visto reflejada en el espejo. Esa misma cara de vicio que ahora que volvía a jodérmela, tenía a escasos centímetros. Acercó su carita viciosa y nos besamos. Besé esa boca de labios carnosos, esa boca diseñada para mamar vergas.

Cuando Isa nos vio, empezó a decir

– Hijos de puta, no paréis, seguid follándome… Me folláis los dos. Siií, me folláis los dos ¡Los dos! ¡Qué gusto, hijos de puta! … Y tu zorra, deja a mi novio y bésame a mí. Cómeme la boca…hermanita.

Ya no podía más, notaba que estaba a punto de caramelo. La saque y me la meneé viendo como se besaban las dos hermanas. Las dos Hermanas Vicio. Me corrí encima del culo de Isa. Marta, contenta por mi final, dejó a su hermana para besarme a mí. Al tiempo, tocaba el culete de su hermana Isa y extendía mi lefa por sus nalgas. Isa torció su cuello para besarme. Los tres nos besamos. Una sinfonía de besos y lametones, nos hizo ir bajando de las alturas.

Marta, mi carita de vicio, ya no era el ratoncito asustado de la cena, más lejos quedaba esa hija de puta altiva de mi adolescencia. Restregó su mano llena de mi leche por la cara de su hermana y luego se lamió la palma sabiéndose protagonista. Isa no quiso quedarse atrás y la ayudó chupando uno a uno sus dedos. Ambas me miraban. Ahora era yo el único espectador. Marta lamió la carita de su hermana. Parecía que no querían dejar nada sin comer. Finalmente ambas vinieron a besarme a mí con la intención de que compartiera con ellas mi semilla. Algo asqueroso ¿Como me iba a negar? Había que hacer caso a Woody Allen. Sexo sucio, sexo bien hecho.

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