Hermano vs Hermanas I

Ana andaba distraídamente por el centro comercial con Marta, su mejor amiga. Llevaban toda la tarde mirando diferentes modelitos, probándose camisetas, pantalones y demás. Era el típico día perfecto para hacerlo, dado que fuera del recinto el calor era insoportable. Tras varias horas entretenidas, al final ambas decidieron que ya era hora de volverse a sus casas. Al fin y al cabo eran muy jóvenes aún, sus padres no les permitían llegar demasiado tarde a sus casas.

Justo cuando ya llegaban a la salida escucharon unas voces. En la entrada del recinto una pareja estaba discutiendo, y parecía que la cosa debía de ser bastante grave, pues los gestos de ambos eran de profundo enfado. Hablaban tan alto que se podía escuchar perfectamente desde la posición de las chicas:

– ¡¿Pero tú quien te crees que eres, machista de mierda?! ¡Yo me compro la ropa que me dé la gana!

– Tú lo que eres es una calienta-pollas, que te vas comprando minifaldas enanas para que te miren los tíos.

La chica miró al joven con rabia. Eran ambos solamente un poco mayores que las propias Marta y Ana, al menos en apariencia. Él era bastante alto y robusto, pero aún tenía cara de crio. Ella era muy pequeñita, incluso más bajita que las dos jóvenes que los veían discutir. No debía llegar al metro cincuenta y cinco, y era muy delgada. Ciertamente vestía muy provocativamente, con unos shorts negros ajustados y un top que le dejaba el vientre al aire.

– Mira, niñato, que te den.

Dicho esto la muchacha se dio media vuelta e intentó alejarse del joven, pero este inmediatamente la agarró por el brazo.

– Tú no te vas hasta que me digas porque.

– ¿Por qué, qué? Suéltame Marcos o te arrepentirás.

– ¡Por qué te gusta parecer una puta!

Al decir esto último tan alto mucha gente los miro. La chica observó con más rabia aun al tal Marcos y, sin que este le soltara del brazo, con su mano libre le dio una buena bofetada al joven. Este ni se inmutó, manteniendo su mano fuertemente apretada sobre la muñeca de ella.

– Vaya, parece que se van a liar a leches- Dijo Marta, sonriendo algo sádicamente- Yo apuesto por la chica ¿Y tú?

– ¿Qué dices? ¿Pero tú la has visto?- Dijo extrañada Ana- Esa chica si no interviene nadie se va a llevar una buena ostia.

– Ya veremos- Respondió quedamente su amiga.

Entre tanto, un pequeño corrillo se había formado cotilleando a la pareja. Algunos le decían al chico que la soltara, pero muchos simplemente miraban algo alejados.

– Suéltame ya, gilipollas- Dijo la chica, moviendo el brazo pero sin poder librarse de él.

– ¿O qué? Las putas como tú merecen ser tratadas así, como objetos.

– Vale, ¿Quieres que sea una puta? Pues lo seré.

Dicho esto la joven dejó de pelear, poniéndose justo delante del joven. Le miró seductoramente, paseando su lengua por sus labios. Con su mano libre, se tocó sensual y escuetamente uno de sus pechos, mientras se mordía el labio inferior. Después se puso de puntillas y se dirigió hacia la boca del muchacho, que la miraba entre fascinado y confundido. Al final la tentación le pudo y se agachó un poco para besarse con la chica a la que parecía que quería pegar hace un momento.

Justo cuando sus labios estaban a punto de tocarse la joven llevo su pierna para atrás. Tomo mucho impulso y dirigió un poderoso rodillazo justo a los desprotegidos huevos del chico. Este emitió un gruñido, abriendo mucho los ojos y encorvándose. Se dobló por la mitad y al final acabó cayendo al suelo, de rodillas, mientras se agarraba las pelotas con desesperación. En esa postura la joven ya estaba liberada. Aprovechó para asestarle otra bofetada al chico, mucho más fuerte que la anterior y haciendo que este por el impulso callera completamente al suelo, bocarriba con una mano en su cara y otra en el paquete. Después ella se dirigió hacia su, seguramente, exnovio y llevó su pequeño pie al paquete de él, poniéndolo encima de la mano del joven. Este la miró aterrado.

– ¿Ves? Para lograr soltarme he tenido que tocarte los huevos. Soy toda una puta.

Tras decir esto apretó breve, pero fuertemente, sobre el paquete. El chico grito desesperado, mientras ella le pisaba sus huevos. Después libero al joven de la pequeña, pero muy dolorosa, carga que suponía su pie y, dándose media vuelta, se marchó.

La gente alrededor del joven había reaccionado de forma diferente, especialmente entre los géneros. Muchos de los hombres, al ver el primer rodillazo de la chica, se habían llevado instintivamente las manos hacia sus respectivos paquetes, haciendo gestos de dolor compartido con el hombre. Pero muchas de las mujeres habían sonreído maliciosamente, incluso alguna había aplaudido a la joven.

– ¡¿Ves!? Te lo dije. Para una chica vencer a un hombre es fácil.

– Joder ¿Pero… Que ha pasado?

– ¿Cómo? ¿Es que no sabes que los testículos son muy débiles?

– Sí, claro, pero… ¿Tanto? He visto como a los chicos muchas veces les golpean hay con el balón jugando al futbol y es verdad que se quejaban mucho, pero pensaba que exageraban. Nunca pensé que solo con un par de patadas una chica tan pequeña como esa podría con semejante mastodonte.

– Pues claro, Anita. Si es que eres muy inocente. Mira, los hombres con mucho más fuertes que nosotras, pero también tienen un punto débil mucho más exagerado que ninguno de los nuestros. Si es que en el fondo…- Decía mientras ambas pasaban junto al derrotado muchacho- ¡Ellos son el sexo débil!

Al decir esto ambas se echaron a reír, mientras se marchaban del centro comercial con el joven tirado en el suelo aun, completamente rendido por los pequeños pies de su novia.

Al llegar a su casa Ana no se podía creer aun lo que había visto. Pese a lo que le había dicho su amiga, y el claro ejemplo grafico presenciado, ella no se terminaba de convencer. Tenía que quitarse la duda de la cabeza. La duda y otras cosas.

A su edad su cuerpecito ya había cambiado, aunque aún seguía teniendo pinta de niña. Pero con todo ya poseía unos pechos seductores, su cintura era erótica y, sobretodo, tenía un culo muy interesante. Pero lo más relevante era que sentía claramente esas “ cosas” en ciertas zonas. Y esas cosas las había sentido con mayor intensidad que nunca cuando presenció a la chica tumbar al joven, cuando le piso ya en el suelo… Cuando las mujeres se rieron de él y lo humillaron en público.

Se notaba húmeda desde el centro comercial. Nada más llegar a su hogar, al margen del torbellino de emociones, se dirigió a su cuarto y comprobó lo que ya imaginaba. Sus braguitas de estrellas estaban mojadas. Le vino a la mente la idea de ser ella la que hiciera lo que había visto. La imagen de un hombre grande, desnudo, arrodillado… Suplicándole que parara. Esa imagen hizo que volviera a sentir “cosas”. Pero también estaba la duda. No estaba segura, pensaba que quizás simplemente aquel chico era especialmente sensible. Por mucho que ahora mismo deseara probar lo vivido con cualquier hombre que se encontrara, el miedo a recibir una paliza por inocente también nublaba su juicio. Entonces lo supo, tenía que preguntarle a algún mayor, alguien con más experiencia y sabiduría en esas lindes. Debía hablar con alguno de sus hermanos, los mellizos. Ya fuera con Sara o con Rafa.

Su hermanos eran a la vez muy parecidos y al mismo tiempo muy diferentes. Físicamente se presentaba esa dualidad en que ambos hacían mucho deporte. A Rafa le gustaba el boxeo, y por ello a sus veinte años era un joven muy atlético, con un cuerpo musculado y potente a simple vista. A eso se le añadía una altura considerable, metro ochenta aproximadamente, y una barba poblada herencia de su padre. Sus ojos eran marrones, al igual que su pelo. Sara sin embargo era una joven de ojos azules y pelo rubio, idéntica a su madre. Sus facciones eran mucho más suaves que las de su hermano, siendo una muchacha impresionantemente bella. Su similitud con su hermano estaba en su cuerpo. A ella le gustaba practicar judo, y de hecho era tan buena que había participado en torneos a nivel estatal, ganando alguno de ellos. Por ello su anatomía era también fibrada, aunque en su caso de una forma más “aerodinámica”, por así decirlo. De largas piernas firmes, un trasero esculpido en mármol, el torso marcado (Aunque no en exceso), pecho mediano y brazos firmes. En resumen, ambos eran muy diferentes y nadie diría que fueran mellizos, pero a la vez ambos poseían unos cuerpos jóvenes y deportistas.

Ana, aprovechando que la excitación del momento rebajaba su timidez, se dirigió primero al cuarto de su hermana. Pero entonces se acordó de que en ese momento ella debería estar volviendo del gimnasio, pues no se encontraba allí. Con pesar, se recordó que seguramente Rafa también estaría aun allí, pero justo en ese momento escucho como la puerta del baño se abría. Se dirigió al baño y descubrió a su hermano mirándose en el espejo dispuesto a afeitarse. Estaba “vestido” únicamente con una toalla, lo que evidenciaba que se acababa de duchar. El joven miro a la chica y le dijo.

– Ey, Anita ¿Qué tal el día?

– Muy bien ¿Cómo es que estas ya aquí?

– Mi entrenador se tenía que ir antes- Dijo mientras se echaba espuma de afeitar en la cara- Bueno ¿Vas a quedarte a ver cómo me afeito o que, canija?

– Es que…- Dijo con voz baja Ana, avergonzada- Hoy he visto una cosa y quería preguntarte algo.

– ¿Y esa cosa es…?- Pregunto Rafa, mirándola de soslayo mientras empezaba a afeitarse.

Ana empezó a contarle lo que había vivido aquella tarde en el centro comercial. Al escuchar la historia Rafa primero se indignó con el comportamiento del joven y con su propia hermana, por haber estado cerca de semejante energúmeno. Pero después puso cara de dolor psicológico cuando le contó el final de la disputa y como quedó.

– Uf… El chico era u capullo, eso desde luego, pero eso no se lo deseo ni siquiera a un capullo.

– Entonces…- Dijo Ana.

– ¿Entonces qué?

– Pues… El chico era muy grande, no tanto como tú, pero sí muy grande. Y esa chica era muy pequeñita, más que yo incluso ¿Eso quiere decir… que… cualquier chica, aunque sea pequeña, puede con un chico?

Rafa emitió un bufido cómico y la miro sonriendo. Ya había acabado de afeitarse y ahora estaba justo enfrente de su pequeña hermana, la cual le miraba expectante por su respuesta. Pero él antes de dársela no pudo evitar soltar una carcajada.

– ¿Pero tú te oyes, Anita? Anda que no dices tonterías… Que te crees ¿Qué una niñita como tú va a poder tumbar a un tío simplemente dándole una patada? Ese chico seguro que era un debilucho. Es verdad que los golpes en esa zona nos duelen bastante, pero una chica pequeña no puede hacernos tanto daño.

– Ya, claro… Era lo que pensaba.

– Ains… Si ya deberías saber con tu edad que las mujeres no servís para pelear. Solo valéis para dos cosas, cocinar… Y otra para la que tú eres muy niña.

Rafa estaba claramente de guasa y mientras decía aquello había puesto su dedo índice en la frente de Ana, dándole golpecitos cariñosos. Pero aquello provocó algo en la chica. En menos de un segundo todo se le agolpó. La curiosidad, la excitación, el insistente dedo de su hermano, la rabia por el comentario machista, por muy de broma que fuera. Antes de darse cuenta ya había cogido impulso con su pierna derecha. Rafa, más pendiente de meterse con su hermana pequeña que de otra cosa, no fue consciente hasta que pasó. Ana llevó su pierna hasta los huevos del joven y descargó una patada con todas sus fuerzas. Su hermano la miraba con los ojos igual que el tal Marcos. Sorprendido primero, abriéndolos mucho después, sin poder contener un gemido ahogado de dolor. Apoyó su mano derecha en el hombro de Ana para no caerse, pero esta no le dejó, echándose para atrás. Quería verlo y lo vio. Rafa cayó al suelo, arrodillado, derrotado ante ella. Llevo sus dos manos a sus partes íntimas y la miró.

– ¡¿Pero qué coño haces, puta niñata?!- Fueron las primeras palabras que pudo exhalar pasados unos segundos.

– No te enfades hermanito… Solo quería ver si era verdad lo que decías- Dijo ella, cruzándose de brazos, intentando ocultar que sus pequeños pezones estaban completamente rígidos- Parece que no. Soy una pequeña chica y te he derrotado con solo un golpe

– Serás hija de puta… ¿Derrotado? Y una mierda- Dijo, mientras se empezaba a levantar con dificultad.

Justo cuando ya Rafa estaba a punto de ponerse en pie, Ana volvió a hacerlo. Esta vez lo vio venir, pero el joven estaba aún afectado por el golpe que había recibido hacia poco tiempo. No pudo evitarlo. El pie derecho de su pequeña hermana volvió a incrustarse contra sus pelotas. Esta vez no fue un gemido, fue un grito real. Cayó al suelo completamente, haciéndose un ovillo mientras se tocaba la zona afectada. Ana estaba exultante, e hirviendo. Para aumentar su excitación la toalla se había caído después del segundo impacto. Su hermano ahora estaba completamente desnudo y acurrucado en el suelo, y ella en pie mirándolo desde las alturas. Lo que sentía no podía compararse con nada de lo que había vivido la chica. El calor la invadía. Verlo tan humillado, tan sometido… Por ella, por una niña, que solo había lanzado dos golpes.

En ese momento apareció Sara. Ana ni siquiera la había escuchado, absorta en el espectáculo que le ofrecía su hermano. La hermana melliza se quedó muda al ver el panorama, pero eso solo duro unos segundos. Entonces se echó a reír, siendo ese momento en el que Ana se dio cuenta de su presencia. La preciosa joven se rio tanto que tuvo que apoyarse contra el marco de la puerta para no caerse literalmente al suelo.

– ¿Pero que hacéis?- Dijo entre carcajadas

– La puta niña de mierda…- Dijo sollozante Rafa, intentando incorporarse, pero sin conseguirlo del todo. Como pudo se tapó con la toalla, muerto de vergüenza- Le ha entrado la vena sado o yo que coño sé… Cuando me levante se va a llevar una buena.

Sara miro divertida a su hermana y le pidió explicaciones. Ana se lo contó todo, mientras su hermano seguía en el suelo convaleciente, aunque ya sentado, inspirando y expirando para que se le pasara aquel terrible dolor. Ana le relató lo del centro comercial, la conversación con Marta y después la escena con Rafa. Sara cada dos por tres sonreía, aunque al escuchar la última parte miro algo mosca a su hermano y le dijo.

– ¿Así que solo valemos para dos cosas, eh? Pues bien echo, que este machito no se entera. Se le habrá olvidado lo de hace dos años.

– ¿Hace dos años?- Pregunto curiosa Ana.

– Si, hace dos años, cuando empezamos con el boxeo y el judo. Él dijo algo parecido. Hicimos un pequeño combate y al final recurrí a lo mismo que tú- Dijo Sara, guiñándole un ojo a su hermano, que la miraba con la cara roja de rabia y pudor- Acabó igual… Bueno, estaba vestido al menos. Le dio mucha vergüenza que su hermanita le derrotara tan fácilmente y le prometí que no diría nada si se dejaba de machismos. Pero como no ha cumplido, que se joda.

– ¡¡Iros a tomar por culo las dos!! ¡¿Qué mierda os creéis, que no puedo con vosotras?! ¡Si quisiera os daría una paliza a las dos! ¡En cuanto me levante os coso a ostias!- Dijo rabioso Rafa.

– Si, si, ya, cuando puedas levantarse de la tunda que te ha dado tu hermanita- Respondió, carcajada mediante, Sara- Mira, si quieres peleas contra mí después, cuando ya estés recuperado y no puedas decir que pierdes por estar “lesionado”. A la niña la dejas en paz, que yo me vasto sola para volver a darte una paliza.

Dicho esto Sara le hizo un gesto a Ana para que la acompañara. Las dos mujeres dejaron al joven aun en el suelo, mirándolas con la cara roja de ira, pero sin poder levantarse todavía por el dolor.

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Rafa no podía creerse lo que había pasado. En su vida había sentido una humillación igual, ni siquiera hace dos años cuando su hermana lo derrotó con un golpe bajo. Verse desnudo, tirado en el suelo, con sus hermanas riéndose de él… No podía tolerar aquello. Tenía que dejar claro quién era el más fuerte de la casa. Ya era casi de noche, pero sus padres no llegarían hasta el día siguiente. Por motivos de trabajo habían tenido que ir a una ciudad cercana y preferían no conducir a esas horas, por lo que se quedarían en un hostal de la zona. Rafa sabía que ese era el momento. La venganza, la rabia y la necesidad de reafirmarse ante sí mismo y sus hermanas, le podían.

Entró en el salón. Ellas estaban tumbadas en el sofá, mirando la televisión distraídas, por lo que no se percataron de su llegada. La sala era muy grande, la habitación con mayor tamaño de la casa. En su momento habían sido dos, un comedor y una salita, pero sus padres tiraron la pared y dejaron un gran espacio abierto, en el que pensaban poner una gran mesa para comer, pero que acabo siendo la zona en donde su madre hacia yoga por las mañanas. Eso le daba al joven el lugar perfecto para aquella pelea, pues pese a tener suficiente espacio para moverse, no era tanto como para que su hermana pudiera huir de sus golpes con facilidad.

Se acercó hasta Sara, la cual seguía sin detectar la presencia de su hermano. Iba vestida únicamente con un pequeño short deportivo rojo y un sujetador deportivo. Rafa por primera vez fue consciente de la belleza de su hermana, de su sexualidad. Quizás fuera por la rabia que sentía, por aquella inaceptable humillación… O porque en el fondo no era la primera vez que le veía así. Porque realmente llevaba años queriendo lanzarse sobre ella, esperando un motivo que le impulsara a dar el paso. O porque dentro de él siempre había estado una vena macabra, dominadora, una bestia que solo necesitaba una disculpa para salir de su encierro. Fuera por lo que fuera el joven sintió como algo se rompía en su interior. No solo quería derrotarla, no solo quería dejarle claro quien mandaba. En su torbellino vengativo se formó una nueva idea. Iba a tomarla por la fuerza, iba a hacer que aquel cuerpo por el que tanto había oído suspirar a sus amigos fuera suyo. Y lo haría delante de su pequeña hermana Ana, para que fuera consciente de lo que le esperaba a cualquier mujer que se atreviera a hacerle lo que le había hecho. Pensando en aquel morboso plan, Rafa llegó hasta la joven y le dio un fuerte capón a traición.

– ¡Ay!- Dijo Sara, llevándose las manos a la nuca y girándose para mirarlo- ¿¡Pero qué coño haces, gilipollas!?

– ¿No querías pelear conmigo, hermana? Pues venga, levántate, que te vas a llevar la paliza de tu vida.

– Te vas a cagar, niñato- Respondió, furiosa, Sara.

La joven se levantó rápidamente del sofá, dirigiéndose hacia su hermano. Ana había presenciado toda la escena. El corazón de la chica latía fuerte, mezclándose el miedo con la excitación. Sus hermanos ya estaban el uno frente al otro, mirándose furiosos entre ellos. Y ella era la que había provocado aquello. Eso la excitaba más por algún motivo. No sabía si Sara podría derrotar a Rafa, aunque visto lo poco que le había costado a ella misma pensaba que para una mujer experta en artes marciales no sería algo complicado.

Sara sin embargo no pensaba lo mismo. Veía en su hermano una mirada que nunca había contemplado antes. Aquella furia era nueva… Pero había algo más. Se dio cuenta de que el joven miraba en ocasiones sus bellos atributos. La idea la asqueo, pero también la asustó. Al igual que el hecho de que solo podría derrotarlo acudiendo a una patada en sus huevos, pero las otra vez que lo hizo pillo desprevenido a Rafa. Esa vez el joven estaba en preaviso. Tampoco le agradaba la idea de pelear justo en aquel salón, pues le dejaba poco espacio para maniobrar, y lo último que quería era un cuerpo a cuerpo en cercanía con aquel mastodonte. Mientras le veía ponerse en guardia, la joven empezó a pensar si habría alguna forma de librarse de aquella pelea estúpida, pero antes de que pudiera decir nada su hermano soltó.

– Venga, empecemos.

Nada más decirlo le lanzo un derechazo de tanteo. Ella lo esquivó con facilidad. No había marcha atrás, le veía demasiado ofuscado. En aquel escenario decidió que lo mejor sería dejar el judo algo más de lado y simplemente esquivar los golpes o redirigirlos con sus manos como podía. Su hermano era más rápido de lo que pensaba. En cuanto ella se libraba de uno de sus directos, le lanzaba otro. Sara aún no había podido lanzar un solo golpe. Su objetivo estaba claro, pero el joven como había predicho, estaba en sobreaviso. Solo atacaba con una de sus manos, la diestra. La zurda la tenía siempre cerca de sus partes nobles, sin cubrirlas del todo, pero sin dejarle un hueco para atacar.

Rafa sabía que estaba ganando la pelea. Solo le hacía falta un golpe. Veía en su hermana la preocupación hacerse más notable con cada directo que le mandaba. Estaba seguro de que ella no se imaginaba la velocidad que tenía en realidad, ni tampoco su fondo físico. Lo cierto es que él era un semipesado, y siempre había entrenado para lanzar golpes muy duros, pero algo lentos. Pero últimamente se había estado entrenando con un sparring que era de menor peso, simplemente para mejorar su velocidad y su agilidad. Y eso le hacía ahora un rival mucho más temible. Poco a poco la estaba empezando a acorralar contra la pared, haciéndola retroceder con suma facilidad. Y poco a poco veía como ella comenzaba a sudar, como cada golpe lanzado era esquivado con menor facilidad, como su puño en la última ocasión rozo su pómulo produciéndole un maravilloso gesto de dolor. Y en ese momento la vio.

Ana estaba viendo el combate. Lo que en un principio le había causado excitación ahora solo le producía miedo. Pavor a que haría su hermano con ella después de derrotar a Sara, pues la estaba venciendo claramente. En solo un minuto la había hecho retroceder hasta la pared, y los puños de su hermano mayor cada vez parecían más cerca de impactar contra Sara. En ese momento se dio cuenta de que nadie la prestaba atención a ella. Y eso iba a desnivelar la pelea. Con sigilo se fue acercando a ellos, poniéndose a la espalda de Rafa. Entonces volvió a tomar impulso con su pierna diestra y la dirigió con fuerza hacia los testículos de su hermano. Pero su pie fue parado por la mano de Rafa. La había visto por el rabillo del ojo, la había esperado… Y ahora la tenía agarrada por la pierna. El joven se giró rápidamente y dijo:

– ¿Te crees que siempre te funcionara lo mismo, enana de mierda?

Tras decirle eso le cruzó la cara, literalmente. Le dio la mayor bofetada que Ana había recibido en su vida, lanzándola contra el suelo y dejando a la chica allí tirada, con la mejilla ardiendo y muerta de miedo. La cara se Sara se descompuso.

– ¡¡¿Pero qué mierda haces, te has vuelto loco hijo de puta?!!

No se lo pensó dos veces. Nublada por la furia se lanzó sobre él. Se olvidó de cualquier tipo de estrategia de combate, simplemente lanzaba patadas y puñetazos de forma aleatoria. Incluso trataba de arañarle. Pero él simplemente se limitaba a pararlos con facilidad y a esquivar con parsimonia sus uñas. Solo duró medio minuto. Sara empezó a ser mucho más lenta y Rafa se aprovechó. Al final ella le lanzo una patada sin sentido al costado y él repitió el mismo método que con Ana. Le agarro con fuerza la pierna por el tobillo y la dejo en el aire, haciendo que Sara, muerta de miedo, se quedara indefensa. Y entonces le lanzo un derechazo justo al pecho. Al impactar contra su caja torácica el sonido a hueco retumbo por todo el salón. Rafa había medido su fuerza, sabía que de darle con todo su poderío era posible que la hubiera matado, o al menos dejado inconsciente. Pero no quería obviamente ni lo uno ni lo otro. Aun así el golpe fue devastador para Sara. Soltó su pierna y la joven cayó al suelo, llevándose las manos al pecho, sintiendo un terrible dolor en el mismo. Tanto era así que casi no podía ni respirar. Su hermano la vio allí tumbada y, altivamente, le dijo:

– ¿Ves, niñita? Las que caéis con un golpe sois vosotras- Soltó una carcajada sádica al decirlo, y añadió- Pero esto aún no ha acabado. Te voy a enseñar a respetar a los hombres, zorra de mierda.

Rafa se agachó y cogió la larga melena rubia de su hermana, levantándola del suelo tirando de ella. Sara gritó con fuerza, pero no podía hacer nada para defenderse. Su hermano la arrastro por el salón y se la llevó hacia su cuarto. Cuando llego así la tiro en la cama con un empujón. Entonces volvió a golpearla, pero esta vez directamente en el estómago. Fue tan devastador como el anterior, se quedó en el colchón echa un ovillo. incapaz de mover un musculo. Y el joven se marchó, pero no tardó demasiado en volver. Traía consigo a su hermana pequeña, Ana, a la cual tenía cogida por una oreja mientras estaba chillaba y lloraba copiosamente. A la chica la dejo sentada en su silla de estudio y él se dirigió hacia su armario.

– Mira bien, Anita, porque vas a aprender que pasa cuando dudas de la superioridad de los hombres.

Dicho esto volvió hacia la cama. Sara seguía sin poder moverse, le dolía demasiado el estómago. Haciendo un gran esfuerzo levanto la mirada hacia su hermano. La imagen la aterro, Rafa había cogido unas cuerdas que tenía guardadas en el armario. Los ojos de él, clavados en su cuerpo, aumento aún más su pánico. El joven se lanzó contra ella y, sin dificultad alguna, manipulo su casi inerte cuerpo para ponerla bocabajo. Luego agarro sus dos brazos y los unió por las muñecas, procediendo a atarlas entre ambas con las cuerdas. Con el sobrante de la misma la ató al cabecero de la cama por las mismas muñecas, para luego agarrarla por los tobillos y tirar de ella para estirar su cuerpo sobre el colchón. Después pasó lo que ya sabía que iba a pasar. Rafa agarro su pequeño short y tiro, llevándoselo consigo, al igual que su ropa interior. Se los dejo a medio muslo, dejando su despampanante trasero al aire.

– ¿¡¡¡Que haces, pervertido de mierda!!!? ¡¡Soy tu hermana, cabrón!!! ¡¡¡Suéltame!!!- Gritaba desesperada.

– ¿Qué te suelte, puta? ¿Es que no me oyes? Voy a daros una lección a las dos- Dijo señalando hacia Ana.

Ana miraba aterrorizada la imagen. Estaba en shock, ni siquiera era capaz de apartar sus ojos de la escena que tenía delante. Quería hacer algo, quería proteger a su hermana de Rafa, pero se veía incapaz de moverse. El dolor que aún sentía en la mejilla la paralizaba por completo. Nunca en su vida había sentido tanto miedo como ahora.

Entretanto Rafa se puso detrás de su hermana y con rudeza le abrió las piernas. Desde esa posición veía perfectamente el sexo de su hermana. Sonrió cuando comprobó que no había rastro de vello. Y entontes empezó. Un potente azote resonó por la habitación.

– ¡¡¡AAAAAAAH!!!

– ¡Uno!- Grito por respuesta Rafa- Te voy a dar un azote por cada mes que te has pasado pensando que podías vencerme con un golpe. Son veinticuatro meses, hermanita.

Después de decirle eso le dio otro. Y otro, y otro, y otro. A la decena el trasero de Sara estaba completamente rojo y ella lloraba desconsoladamente. Le gritaba que parara, que no podía más… le suplicaba clemencia. Pero Rafa no iba a concedérsela. Estaba completamente ido, llevado por la lujuria y el enfado. No la veía como a su hermana, sino como a un objeto. O mejor dicho, como a un animal al que había que educar. Y lo iba a hacer.

– ¿Quieres que pare, perrita?

– Si… Por favor…. Basta… Por favor Rafa… Por favor…- Respondió Sara, entrecortándose con su propio llanto.

– Bien, pero vas a tener que hacer una cosa, zorra- Dijo Rafa, sonriendo maliciosamente- Levanta ese culo de guarra y ponte en pompa. Ponte como lo que eres ahora, mi perra que necesita ser domesticada. Y abre bien las piernas.

– Rafa… No… No puedes…

– ¡¡Hazlo!!- Le grito, dándole el azote más fuerte hasta el momento.

Llorando aún más, Sara lo hizo. Sabía lo que venía ahora. Su hermano, su querido hermano hasta ese día, la iba a violar. La sola idea la repugnaba, no podía entender como aquel chico, que había crecido con ella, estaba dispuesto a realizar tal acto. Con el culo en la posición que le había ordenado, Sara esperó lo inevitable. Pero no se imaginó lo que Rafa tenía en mente. De repente sintió un dedo en su ano, presionando.

– ¡¡¡No, no, no!! ¡¡Por favor, Rafa, por favor, por ahí no!! ¡¡Te lo suplico, por favor… Por fa…AAAAAAAAAAAAAAAAH, AAAAAAAAAAAAAH!!

Rafa no solo no la había hecho caso y había retirado su dedo, sino que se lo incrustó de golpe. Sara pensaba que el puñetazo que había recibido hacia poco tiempo era lo más doloroso que iba a experimentar nunca. Se equivocó. Sentir aquel dedo entrar, de esa forma, donde nadie había entrado antes… Fue terrible. Era como si le hubieran clavado un puñal en su carne. Gritaba desesperada y ni siquiera se dio cuenta de que su hermano se había quitado los pantalones de chándal que llevaba. Ana vio cómo, mientras seguía con el dedo metido en el culo de Sara, Rafa esgrimía su falo. Le pareció enorme. Lo cierto es que era de un tamaño normal, algo más gruesa que la media quizás, pero la joven era muy inexperta. Ana quería ayudar a su hermana, pero seguía paralizada. Intentaba moverse, intentaba hacer algo… Intentaba que su cuerpo le hiciera caso… Lo intentaba, pero vencer al miedo que sentía era demasiado difícil.

Rafa saco su dedo del culo de Sara. Ella suspiro aliviada, hasta que sintió como el glande de su hermano se situaba en su ano. Volvió a berrear sin control, a suplicarle que no lo hiciera. Le dijo de todo. Le dijo que haría lo que él quisiera, que le haría una mamada, que se dejaría follar, que hasta gemiría de placer. Le dijo que se podía correr en su cara o en su boca si quería. Pero Rafa, presionando un poco en aquel agujero, le respondió.

– Sigues sin enterarte, perra. No quiero que finjas que te doy placer, quiero que sientas dolor. Quiero que notes como mi polla te atraviesa el culo. Como te rompo completamente. Solo te voy a follar el culo, porque no quiero que sientas nada más que dolor, y ya se que eres una perra así que follarte de otra forma quizás te acabaría gustando.

Al escuchar esa terrible declaración Sara se desplomo. No dijo nada más, solo siguió llorando, derrotada, humillada, maltratada. Sentía como el pene de su hermano entraba en ella, lentamente. Era mil veces peor que el dedo, pues su recto ya debía tener heridas por la invasión anterior, y esa lentitud imprimida por Rafa hacia que las notara más. Si lo de antes era como un puñal, aquello era como meterse una piña por el culo. Y entonces sintió como de golpe Rafa metió un poco más su pene en su culo… Y paro. Y grito.

– ¡¡¡¡UAAAAGGGGG!!!- Grito, casi aullando, Rafa.

Lo había conseguido. Lo había hecho. Por fin su cuerpo había reaccionado. Por fin se había movido. El miedo se había ido. Se había levantado, aprovechando que ya no la hacía ningún caso. Se había acercado rápidamente mientras él disfrutaba de la atrocidad que estaba cometiendo. Y, con todas las fuerzas de su ser, le había dado un puñetazo en todos los testículos a su hermano. Ana le miraba con los ojos abiertos, expectante. No había calculado que al hacer eso, él se incrustaría más en Sara, por lo que el grito de su hermana acompaño al de Rafa y ella se asustó. Pero una vez pasado eso el miedo se volvió a ir. Rafa, con un dolor atroz, giro su cara y miro a su hermana pequeña.

– ¡¿Pero qué haces, puta niña de mierda?! ¡¡¿Quieres que te haga lo mismo que a… AAAAAAAAAGGGG!! ¡¡SUELTA, SUELTAMEEEEEEE!!

Ana, con fuego en los ojos, había agarrado las pelotas del joven. Y las apretaba, con saña, clavando sus finas uñas en ellas. La chica habló con una tranquilidad escalofriante, mirándolo como si fuera un robot.

– Sal de Sara. Sal de ella y quítate de encima ¡Ahora!

Rafa la miraba furioso. No iba a hacerle caso alguno a esa cría, en vez de ello fue a coger impulso con su pierna para darle una coz. Pero cuando Ana le vio flexionar su rodilla le apretó aún más fuerte y el joven paró. Después la chica le dio un tirón, provocando de nuevo un dolor inimaginable en su hermano.

– Haz lo que te digo o te las arranco, imbécil de mierda.

El muchacho era ahora el que tenía pánico. No se lo podía creer, estaba muerto de miedo por culpa de la enana de su hermana. Hizo lo que le decía, saco su pene (Aunque el dolor le había bajado la erección, provocando que este ya estuviera saliendo antes) y se quitó de encima de su hermana, la cual miraba entre temerosa y admirada a Ana. Cuando se hubo apartado por completo, siempre bajo el firme agarre de la joven, se tumbó al lado de Sara. Y entonces Ana hizo algo que no esperaba. Le volvió a dar un puñetazo. Y otro, y otro, y otro. Él le gritaba que parara, que se los iba a destrozar. Le grito que se rendía, que ella ganaba. Pero Ana no paraba. No paró hasta que llego a veinticuatro. Los huevos de Rafa estaban completamente rojos y algo hinchados y al final, tras semejante castigo, el joven perdió el conocimiento entre llantos y suplicas. Lo más retorcido era que en Ana había vuelto la excitación. Le había derrotado, había destrozado al mastodonte al que ni siquiera su hermana había vencido. Notaba como sus pezones estaban tan duros que le dolían, como entre sus piernas empezaba a formarse un mar y como su corazón latía a mil por hora, haciendo que su respiración fuera entrecortada, casi como si gimiera.

Ana fue hacia el escritorio y cogió unas tijeras, después volvió a la cama y cortó las cuerdas que ataban a su hermana. Esta primero se llevó las manos al trasero, frotándoselo, notando como el calor producido por los azotes de Rafa invadía sus nalgas por completo y el dolor atroz en su entrada trasera provocaba que sintiera palpitaciones. Se sentía rota… Volvió a explotar en llanto y abrazó a su hermana. Le dio las gracias mil veces. Se pasaron así varios minutos, con el hermano inconsciente y la hermana llorando. Pese a ello en Ana no bajo la calentura, incluso diría que los lamentos de Sara la incitaban más, aumentaban su sensación de superioridad. Al final fue un gimoteo de Rafa lo que descongeló la escena. Sara entonces salió del abrazo de su hermana y miro furiosa al chico, gritándole.

– ¡Eres un puto enfermo de mierda! ¡Me has violado, hijo de puta!

– Tranquila, Sara- Dijo con parsimonia Ana- Mírale. Esta derrotado, le ha dado una tunda su pequeña hermana, si antes estaba humillado imagínatelo ahora.

– Ya lo sé, Anita. Pero no me vale… ¡Este cabrón se va a enterar!

Al decir esto Sara se levantó de la cama y se fue de la habitación, dejando a Ana algo confundida. La chica entonces también se levantó, pero ella se fue hasta donde estaba su hermano. Acerco su cara hacia los maltratados huevos de Rafa, el cual al sentir el aliento de su hermana menor dio un pequeño gemido de miedo. Ella llevo su manita hasta los genitales, provocando ahora un alarido de terror en el joven. Pero Ana solo quería acariciarlos. Lo hizo con suavidad, con mimo. Quería agradecerles su mera existencia, pues gracias a ellos había experimentado la vivencia más excitante de su vida. Rafa al sentir los pequeños dedos de Ana acariciarle los testículos con ese cuidado no pudo evitar comenzar a excitarse, pese al dolor que también le producía aquel gesto. Al fin y al cabo hacia muy poco estaba llevado por una locura lujuriosa como jamás había tenido. En ese momento volvió Sara, la cual miró extrañada las maniobras de Ana.

– ¿Qué haces?

– Nada, solo les agradezco que me hayan dejado poner a este idiota en su sitio.

Al decir eso las dos mujeres estallaron en carcajadas. Cada una de esas risas se clavaba en el destrozado ego de Rafa. Si en el baño se había sentido humillado, aquello ya ni siquiera sabría describirlo mentalmente. Era demasiado. Sus voces emitiendo aquel sonido… Supo entonces que ya jamás podría volver a ser el mismo. Ya no era nada.

Ana cuando paró de reírse prestó más atención a su hermana. La rubia se había cambiado, ahora estaba vestida únicamente con un conjunto de lencería morado, lo cual lógicamente no entendió. Traía en una de sus manos una máscara, que una vez uso para un carnaval veneciano al que la invitaronl y en la otra un maletín. Sara dejó el maletín en la cama y se fue hacia el escritorio, del cual cogió una cámara de video y se la ofreció a Ana, la cual cada vez estaba más confusa por los actos de su hermana mayor. Tras eso cogió una de las cuerdas con las que antes Rafa la había atado y que Ana había cortado. Escogió el trozo más largo y se puso detrás de su hermano. Con rudeza le agarro las pelotas al joven, el cual al sentir los hostiles dedos de su hermana gruño de dolor. Estrujándolos con maldad, Sara ato la cuerda a su alrededor, apretando el nudo bastante. Las pelotas de Rafa le quedaron colgando de una forma bastante cómica, lo cual volvió a provocar una risa maliciosa en las chicas. Sara después cogió el maletín y lo abrió. Cuando Ana vio su interior se quedó pasmada, abriendo mucho los ojos y emitiendo un pequeño gritito de sorpresa. Eso alerto a Rafa, el cual giro la cabeza.

– Bien, bien, vamos a poner las cosas en su sitio. Ana, tu grabaras todo esto, quiero que Rafa pueda verlo en el futuro- Dijo Sara, dándole un cachete en las nalgas a Rafa- Ponte a cuatro patas, perro.

Al pronunciar esas palabras Sara tiro de la cuerda. Rafa sintió el tirón de tal forma que pensó que le iba a arrancar los huevos de verdad, pero no se movió. Lo que había visto era demasiado, no pasaría por aquello ni muerto. Lo que había en el maletín era lo último, su último resquicio de dignidad.

Ana sin embargo esperaba ansiosa a que la escena prosiguiera. Sus ojos no se apartaban del artefacto que en aquel momento Sara se colocaba del todo. Solo de imaginarse lo que iba a pasar había provocado en ella que su autocontrol se desvaneciera. Sin pensárselo mucho levo su mano diestra hacia su entrepierna, palpándose su virginal vagina por encima de la ropa, ansiosa por sentir algún tipo de roce.

Y Sara volvió a tirar de la cuerda. Rafa grito de dolor, más fuerte que antes. Ella movía obscenamente su mano por el trozo de plástico. En su cadera, ya listo para el combate, estaba el objeto que había provocado esas reacciones. Un arnés consolador de tamaño considerable, más largo y grueso que el miembro de su hermano. Hacía tiempo que no lo usaba, desde que había cortado con su “novia” María. Y es que Sara era bisexual, algo que solo sabía curiosamente Rafa, aunque seguramente jamás imagino que esa faceta de la sexualidad de su hermana fuera a traerle aquellas consecuencias. Rafa seguía sin ceder, retorciéndose de dolor. Pero entonces la preciosa rubia puso algo frio en sus huevos y el joven se quedó paralizado.

– ¿Lo notas? Son las tijeras, hermanito. Las he cogido cuando pille la cuerda. Ni siquiera te has dado cuenta ¿Eh?- Mientras decía esto había abierto las mismas, dejando las cuchillas pegadas al escroto de Rafa- Tienes dos opciones: Hacer todo, ¡TODO!, lo que te diga, o… Que te corte estos huevos de mierda. Y no, Rafita, no… No es un farol.

– Por favor Sara… Por favor… Ya he aprendido…

– No, no has aprendido. Y no me supliques, hijo de puta. Yo te suplique antes. Yo lloré antes- Dijo, mientras presionaba levemente con las tijeras, dejando una pequeña marca en la piel escrotal- ¡Ponte a cuatro patas, perro!

Rafa sucumbió. Llorando copiosamente, levanto sus rodillas y quedo a cuatro patas delante de su hermana. Esta miró entonces a Ana y la vio tocándose con fruición. Aquello la sorprendió, pues ella no estaba en absoluto excitada. Pero se le ocurrió como hacerle incluso más humillante la experiencia a Rafa.

– Anita, si estas caliente no te alivies tú, tontita. Aquí tienes a un perrito que te lamerá.

Ana, como sacada de una ensoñación, miro a su hermana. Con una rapidez sorprendente la chica se quitó los pequeños pantaloncitos que tenía, junto a su ropa interior. Entonces se fue hacia el cabecero de la cama y se sentó, abierta de piernas, justo delante de la cara de Rafa. Este no se podía creer aquello, justo cuando creía que no podía caer más bajo.

– Comienza a grabar, Anita- Dijo Sara, mientras soltaba las tijeras (Pero no la cuerda) y se ponía la máscara.

La joven apuntó la cámara de tal forma que se veía directamente la cara de su hermano, el cual seguía llorando. Detrás de él, imponente, la atlética y sensual figura de su hermana se alzaba. El dildo se observaba con claridad, al igual que las piernas abiertas delante de la cara de Rafa. El encuadre era perfecto. Le dio al botón rojo y el aparato comenzó a grabar. Entonces le dio un potente bofetón a su hermano y le grito:

– ¡Lame, perro de mierda!

Rafa no quería hacerlo, pero Sara tiro con fuerza de la cuerda. Sacó su lengua con asco y comenzó a practicarle sexo oral a su hermana pequeña. Mientras tanto notaba como la punta del consolador se situaba entre sus nalgas.

– Ábrete el culo, puta- Le dijo Sara.

Y lo hizo. Ya no tenía fuerzas para resistirse a nada. Le dolían demasiados los huevos pero, sobretodo, ya no había en él un ápice de dignidad o de orgullo. Era un juguete que iba a ser usado a placer por sus dos hermanas. Sara coloco al fin el glande de plástico en su ano, presionando. Lo hizo lentamente, recreándose. Rafa noto cada centímetro entrando en él. Era una sensación devastadora, como si le metieran un hierro ardiente. Cuando iba por la mitad, Sara dio un fuerte empellón y metió el resto de golpe. El joven chillo grotescamente, dejando por unos segundos de lamer la vagina de Ana. Esta, sin compasión alguna, volvió a descargar un manotazo contra la cara de Rafa.

– ¡Sigue lamiendo, perro! ¡Y hazlo mejor, por cada minuto que pase sin correrme después te daré una patada en los huevos!- Rugió la cría, transformada en un demonio.

Y así lo hizo. Rafa empezó a poner todo su esmero en comerse aquel coño. Con ello consiguió “olvidarse” del tratamiento que su otra hermana le estaba practicando a su espalda. Recorría los labios de la joven lentamente, subiendo por ellos, bajando. Llegando hasta el erecto clítoris y dándole pequeños repasos. Ana empezó a gemir con pasión, complacida por las atenciones de Rafa. En menos de un minuto la chica llegó a un brutal orgasmo, agarrando a Rafa de los pelos y tirando de ellos con fuerza. Oírla gemir… Sentir como su húmeda vagina se volvía un torrente entre sus labios… Ver los espasmos de su pelvis… Rafa no pudo evitar que pese a todo; El dolor de sus huevos, el dolor de su ano, la humillación absoluta. Pese a todo se excito. Su erección llegó aún más rápido que la corrida de Ana. Rezó por que las jóvenes no se dieran cuenta, pero no tuvo esa suerte.

– ¡Mira, Sara!- Grito Ana, apuntando con un dedo hacia la entrepierna de su hermano- El perro se ha puesto cachondo.

– ¿Ah sí? Te gusta que te den por culo ¿Eh, perrita?- Dijo maliciosamente Sara, remarcando el femenino de la palabra- ¿Te gusta que te de así?- Dijo dándole un empellón más profundo. Después le dio dos rápidos y volvió a preguntarle- ¿O lo prefieres así? ¡Responde!

– No me gusta… ¡¡AAAAAAAAAAAAAAUGGG!!

– ¿Qué?- Sara había vuelto a tirar de la cuerda, provocando el grito de Rafa- No te he oído, repite.

– Si, si… Me gusta.

– ¿Solo te gusta?

– Me encanta…- Dijo Rafa, volviendo a llorar con desesperación.

– Eso es, tienes que ser sincera, perrita. Tú eres mi putilla, mi zorra viciosa ¿A que si?

– Si…- Respondió, gimoteando amargamente.

– ¿Qué eres?

– Tu… Perrita…

– Eso es, muy bien. Cuando se portan bien a las perritas se la recompensa- Dijo Sara, volviendo a sonreír con malicia- Puedes tocarte mientras te doy lo tuyo.

– ¿Qué…?

– Que uses tus manos de zorra para tocarte. Yo si fuera tú lo haría rápido, no me gusta que mis perras no acepten mis regalos.

Ana vio con una emoción desbordante como Rafa llevaba su mano hasta su erecto miembro. Empezó a masturbarse dubitativamente, mientras Sara le seguía follando con el dildo. La imagen era increíble. Su hermana entraba y salía de él ahora con mayor ritmo, mientras el joven movía cada vez de forma más frenética la mano por su falo. De pronto Rafa empezó a gemir, pero aquella vez no era de dolor. Estaba gimiendo de placer. Ana concentro el foco de la cámara en la cara del joven. En ella vio la vergüenza, la humillación a la que se veía sometido, el dolor que le producía cada envestida de su hermana. Pero también vio algo nuevo, vio un resquicio de placer. Vio como sus labios formaban una o de forma involuntaria. En un par de minutos, Rafa dio un fuerte grito, y se corrió. Se corrió copiosamente mientras Sara se la clavaba con furia.

Sara notó el orgasmo de su hermano y paro de follarlo. Se quitó el arnés, pero dejo el dildo incrustado en el ano de Rafa. Después fue hacia su hermana y, con el chico mirándolas desolado, reviso la grabación. Hacia comentarios despectivos del mismo, diciéndole las caras de puta que ponía, como veía en sus ojos el placer de ser sodomizado por su propia hermana. Rafa ya ni siquiera lloraba, simplemente yacía recostado en la cama, sobre su propio semen. Derrotado. Al cabo de unos minutos ambas jóvenes se levantaron y se fueron hacia la puerta. Ya a punto de salir Sara se giró y hablo.

– Espero que hayas aprendido una lección. Pero no te creas que hemos acabado. A partir de ahora eres nuestro, para que te usemos cuando, como y donde queramos. Serás nuestra mascota. Hoy, por ejemplo, vas a dormir con eso en tu culo de zorra. Si no cumples con nuestras ordenes enviaremos el video a todos tus amigos, para que vean cómo eres en realidad- Dijo Sara, relamiéndose con cada palabra- Nunca volverás a dudar hermanito… Nunca volverás a dudar de la superioridad femenina.

Tras decir esto las dos jóvenes se marcharon, dejándole solo en el cuarto. Allí se quedó, sin moverse un solo centímetro. Le habían derrotado. Le había humillado. Le habían violado. Y solo era el principio de su historia.

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