Humillando a una pareja morbosa

Zorrita no durmió bien por la noche. Se despertó temprano con una sensación de intranquilidad enorme.

El nerviosismo que sentía no la dejaba descansar. El cinturón de castidad que le había puesto su Ama Gema desde el día anterior le impedía coger cualquiera de su extensa colección de consoladores y masturbarse a gusto y conciencia durante horas. La falta de una buena penetración la tenía en un estado de frustración y deseo que no se iba. No bastaba que durante el día anterior un desconocido y dos guardas de seguridad le hubiesen follado a base de bien el culo y la boca en los probadores del centro comercial. Realmente se sentía como el drogadicto con el síndrome de abstinencia.

Yo, su novio (y ahora esclavo), estaba durmiendo en el sofá del salón con otro cinturón de castidad puesto, también por orden de Ama Gema. Mi grado de frustración era igual que el de mi segunda dueña.

Era para volvernos locos.

Pero había más motivos, y serios, para el nerviosismo de zorrita. No podía dejar de pensar en los dos alumnos suyos del instituto, Natalia y su novio David; la habían visto a ella en los probadores en la peor situación posible; desnuda, sólo con su brillante cinturón de castidad, agarrada por cada brazo por los dos guardas de seguridad, con el culo rojo de los golpes que le habían dado con la porra mientras la usaban, con la cara llena de restos de semen cuando se corrieron sobre ella…Y luego la habían visto vestida, pero vestida como un puta para el disfrute de su Ama Gema, con aquella minifalda y el top que enseñaban más de lo que tapaban.

Los dos jóvenes se lo habían pasado en grande viéndola a sí. Le habían hecho fotos con sus móviles, aunque los guardas de seguridad le dijeron luego que las habían borrado. Pero, ¿era aquello seguro? ¿Y si habían tenido tiempo de mandarla a una cuenta de e-mail o a alguien antes de borrarlas? No quería ni pensar si sus fotos se divulgaran por ahí.

Y ahora venía la tercera parte de su nerviosismo, porque aunque el curso ya casi había terminado, hoy martes tenía una clase de recuperación de problemas de matemáticas con todos sus alumnos. Ella era la profesora, y realmente no quería ir, como tampoco quería ir el viernes a examinarlos del examen final. Nunca se imaginó que el curso fuera a terminar de aquella manera. Pero no había escapatoria. Ama Gema había ordenado expresamente que fuera tanto a la clase como al examen, y además había elegido la ropa que tenía que llevar.

Zorrita se levantó de la cama, desnuda, como siempre dormía, sólo que ahora lo hacía con aquellas bandas de metal brillante en la entrepierna y en la cintura. Se duchó. Aprovechó para maquillarse y peinarse. Luego volvió al dormitorio. Allí estaba colgado de una percha el vestido que su Ama Gema había elegido para ponerse hoy. Apretó los labios con una mezcla de nerviosismo y excitación, admirando lo corto que era. Se lo puso y se miró en el espejo.

El vestido era blanco crudo, con estampados rosa y añil, de un material fino y ligero, sin llegar a ser transparente. Por la parte de arriba tenía una escote muy generoso. Demasiado para una clase de matemáticas. Como era bastante ceñido, apretaba bien sus tetas, realzándolas. Casi no tapaba las aureolas de sus pezones. Cualquiera que la mirase sabría que tomaba el sol por lo menos en topless, porque dejaba al aire incluso por donde deberían ir las marcas triangulares de la parte de arriba del bikini. Realmente le hacía un pecho precioso, sugerente y atrevido, pero indecente para ir a dar clases. El tipo de traje de verano que nunca pensaría ponerse delante de una mandada de jóvenes adolescentes en plena revolución hormonal.

Allí, delante del espejo, vio que el material se pegaba como un guante a la redondez de sus tetas. La excitación de verse así hizo que sus pezones se clavaran en la tela. Pues sí, hoy sus alumnos podrían saber perfectamente cómo eran sus pechos. Si a ella misma se le iban los ojos, ¿cómo no se le irían a todos aquellos chicos? Ya empezaba a notar a su vagina excitándose sólo de imaginar a todos aquellos ojos clavados en su cuerpo, y de nuevo la frustración inmensa de no poder tener ningún tipo de alivio.

Se fijó en su cintura, y con una mezcla de desasosiego y morbo, notó que el brillo metálico de su cinturón de castidad se intuía vagamente a través de la tela, como una débil sombra brillante que la rodeaba y bajaba esta donde debería estar su vulva oculta. Le entró un poco de pánico. Aquello iba a ser arriesgado, sabiendo que dos de sus alumnos ya sabían que ella llevaba puesto un cinturón de castidad.

Además estaba la longitud del traje, o mejor dicho, la falta de longitud. Las piernas delgadas, morenas, quedaban completamente al aire, y la verdad es que las tenía preciosas. No desentonaban con su buen tipo de ir al gimnasio, tan esbelto y casi adolescente, a pesar de tener cumplidos ya los treinta años. El vestidito por abajo era simplemente como un camisón amplio, sin ceñir, que casi no tapaba el culo y el pubis. Era tan suelto que la sensación al llevarlo puesto era de ir con el culo al aire. No podía caminar deprisa, porque el movimiento de las piernas subiría al vestido al momento. No podía sentarse o agacharse sin enseñarlo absolutamente todo. Todavía recordaba la excitación de la primera vez que se lo puso, por supuesto sin bragas; la tensión y el morbo que sintió exhibiéndose con él. Hacía tiempo que no se lo ponía, de lo indecente que era.

Necesitaba comprobar una cosa.

Se fue hasta el salón, donde yo todavía medio dormía en el sofá, desnudo como mi pene dolorido dentro de la funda de mi propio cinturón de castidad. El anillo de plástico alrededor de los huevos me provocaba ese malestar continuo imposible de evitar. En cuanto escuché sus pasos por el pasillo, me bajé al suelo, me puse de rodillas y junté las manos tras la espalda. Cuando la vi entrar, me quedé sin habla, de lo espectacular que iba.

—Buenos días, cochinito —me dijo orgullosa al ver mi cara—. Anda, vente al dormitorio.

Yo me fui a cuatro patas tras ella, admirando desde mi posición los cachetes de su culo que se veían desde abajo. Mi erección se estrelló estrepitosamente contra las paredes de la funda de plástico que aprisionaba mi pene. El malestar de mis huevos se convirtió en dolor. Nunca nos acostumbraríamos a esto, mi pene y yo.

—Ponte detrás de mí —me ordenó mientras ella se colocaba otra vez delante del espejo.

Yo me retiré un par de metros y la observé con un deseo irrefrenable. Viéndola tan delgada y atlética, con su piel morena hasta las punta de los pies, nadie le echaría más de veinte años, en vez de treinta. Casi podría pasar por una de sus propias alumnas.

Estaba para comérsela.

Ella, inmóvil, mirándose al espejo, dobló el brazo y su mano se elevó hasta la altura del hombro; cerró los dedos como si cogiera algo. Me di cuenta que estaba haciendo como si escribiera en la pizarra. Estaba claro que quería saber cómo la verían sus alumnos en clase, y que yo le servía de prueba.

Era imposible quitar los ojos de su culo. Estaba tapado apenas un par de centímetros por el borde suelto del vestido. Uno esperaba a que cualquier movimiento agitase la tela y se viera un poco más. Me puse a mil pensando en todos sus alumnos con sus pollas tiesas babeando por meterle mano a ese culito delicioso.

—¿Se ve algo? —me preguntó.

—Todavía no, pero está casi apunto, mi ama.

Ella se volvió a morder los labios. Con la mano a aquella altura, podía escribir con comodidad en la pizarra, pero dejaría casi la mitad de la parte superior de la pizarra sin utilizar. Probó a subir el brazo un poco, hasta que la tiza imaginaria quedó a la altura de sus ojos, que sería donde de manera natural ella intentaría escribir. Notó como el vuelo del vestido se levantaba un poco; estiró el brazo hacia la derecha como si estuviese escribiendo.

—¿Y ahora? —volvió a preguntar, con un pequeño toque de morbo y nerviosismo en su voz.

Yo tuve que pestañear un par de veces antes de responder, porque mis ojos seguían clavados en su culo; al subir la mano vi como la tela se elevaba un poco y comenzaba a ver la redondez de uno de los cachetes de aquel culito duro y completamente moreno. En condiciones normales (los dos sin cinturón de castidad), me hubiese puesto de pie de un salto, la doblaría por la cintura y allí mismo me la habría follado delante del espejo. Y ella lo habría deseado con toda su alma. Me llevaba los demonios pensar en qué situación de impotencia sexual nos tenía nuestra Ama Gema.

—Te veo un poco ese culito precioso que tienes, mi ama —dije, arriesgándome a hacerle un cumplido. ¿Cuándo fue la última vez que le había dicho cariño en vez de ama a mi novia? Ya ni me acordaba.

Ella apreció mi atrevimiento, asintiendo con la cabeza, pero pensando para sí misma. ¿Y si quisiera escribir en la parte de arriba de la pizarra? Respiró hondo y subió el brazo hasta que su mano quedó ligeramente por encima de su cabeza. Ahora sí notó que el borde del vestido se elevada peligrosamente y que su piel quedaba al descubierto.

Estaba claro que se quedaba con el curo al aire, literalmente.

—¿Cuánto se me ve, esclavo? —me preguntó apremiante.

Sentí una oleada de humillación y de sumisión cuando me llamó así, tan crudamente.

Ya no había lugar para la imaginación ni para la insinuación. Veía los dos cachetes de su precioso culo y la raja que los separara, con aquel tono rojizo del resto de la piel debido a los golpes con la porra le había dado ayer el guarda de seguridad. Ella separó un poco las piernas. Al hacerlo, ahora podía ver las barras metálicas negras del cinturón de castidad que descendían por la raja y que se unían a la placa de metal plateado que tapa su coño.

Así de claro.

Ella misma, por la parte suya de delante, podía ver como quedaba claro que no llevaba bragas, y que su entrepierna quedaba al descubierto, devolviéndole también un reflejo plateado.

—Lo veo todo, mi ama —dije simplemente, con sinceridad.

Ella asintió con la cabeza. Subió los dos brazos y juntó las manos tras el cuello. La tela se elevó casi hasta el ombligo y dejó al descubierto la totalidad de su culo y todo su pubis envuelto en metal. Es que el traje realmente era muy, muy corto. ¡Qué larga se le iba a hacer la hora de clase! Yo la miraba extasiado, pensando lo imponente que estaba, y que su sumisión a nuestra Ama Gema era tan completa que fuera capaz de salir a trabajar así, sabiendo que dos de sus alumnos la habían visto desnuda en la tienda, y que seguro que era la comidilla de la clase. Se iba a entregar como carnaza ante aquella jauría de adolescentes sólo porque su ama se lo había pedido. Era admirable y terrible al mismo tiempo.

Zorrita no quiso darle más vueltas al asunto.

—Venga, vístete —me ordenó mientras bajaba los brazos otra vez—. Hoy te pondrás las braguitas rojas. —A ella no se le olvidaba el proceso de feminización al que me estaba sometiendo Ama Gema. Le encantaba poder mangonearme según su capricho. Se acercó a mí y con la llave que llevaba en la pulsera abrió el candado del cinturón de castidad. Con pocos miramientos me quitó la funda y yo puse cara de incomodidad del par de tirones que me tuvo que dar, porque mi pene estaba bien atracando allí dentro. Después me quitó el anillo que rodeaba mis huevos ligeramente amoratados. Yo suspiré aliviado. Mi pene se puso inhiesto al momento. Vi que me miraba con ansia. ¿Pero de que le servía a ella mi polla libre si la llave de su propio cinturón de castidad lo tenía Ama Gema?

—Así no va a ver manera que te queden bien las braguitas—me dijo con seriedad—, vas a dar el cante de mala manera. ¿Eso es lo que quieres?

Yo la miré incómodo, completamente desnudo como estaba. Me encantaba tener aquella erección enorme, pero no podía ponerme mis braguitas así y salir al trabajo. No sabía qué hacer.

—Sal a la terraza, de rodillas —me ordenó mi novia con simpleza.

La obedecí con el corazón acelerado. Fuera era ya de día. Nosotros vivíamos en una segunda planta en un bloque de apartamentos. Aunque el balcón de la terraza era de ladrillo, cualquier persona del bloque de enfrente en una planta más alta me vería perfectamente, teniendo en cuenta que el muro de nuestro balcón no era precisamente muy alto.

—Ponte mirando hacia afuera —siguió mi novia, poniéndose a mi lado, y agarrándome del pelo con una mano.

Yo miraba nervioso. Había muchas luces encendidas en los pisos de enfrente, de personas que se arreglaban como nosotros para ir a trabajar o de amas de casa que empezaban a trabajar en sus hogares.

—Empieza a masturbarte ya, quiero que tu leche caiga en el suelo —me dijo con un tono de perversión—. Voy a contar despacio hasta diez, y quiero que te corras antes de que acabe. Si no, llamaré a tu trabajo diciendo que estas indispuesto, y te quedarás todo el día aquí de rodillas, con mi polla tiesa a la vista de todo el mundo.

El pánico me llenó y al mismo tiempo me excité más todavía. Sobre la marcha cogí mi mano derecha y empecé a menearme la polla con fuerza y rapidez. La otra la puse apretando mis huevos. Justo en frente de nuestro piso, en la tercera planta, una mujer estaba regando las plantas de su terraza.

—Uno……..dos……..tres…..…—mi ama contaba lentamente, sin ninguna entonación especial.

Empecé a resoplar con la boca bien abierta, del subidón de la adrenalina que me recorría por las venas. La mujer de enfrente en un momento dado se giró para seguir regando y miró hacia nuestro bloque.

—Cuatro…….cinco……..seis…….

Yo lo iba a conseguir, y notaba como todo mi cuerpo hacía lo posible por cumplir con las órdenes de mi novia. Mi pene ya estaba alcanzando una dureza extrema y el morbo de estar allí desnudo con tantos posibles espectadores. Me fijé en la señora de enfrente. Había mirado hacia nuestra terraza y se había quedado inmóvil, con la regadera en la mano. Estaba claro que había visto algo que no le cuadraba.

—Siete…..ocho…..nueve….

Ya no había marcha atrás. Notaba que iba a tener un orgasmo brutal. Sentía cómo mi polla se hinchaba para disparar una carga tremenda. La mujer se había dado cuenta de lo que estaba pasando, y me miraba fijamente. Pero a mi pene y a mí nos da ya igual. Me tenía que correr como fuera…Un meneo más y lo conseguiría…

—¡Para, suelta mi polla! ¡ya!—me ordenó mi novia con una firmeza tremenda en la voz, y agarrándome con más fuerza del pelo.

Desesperado, dejé de acariciarme con la mano derecha, mientras la izquierda seguía alrededor de mis huevos. Apreté los labios. No, no había marcha atrás. Nada podía parar lo que se había puesto en marcha. Sin necesidad de tocarme, sabiendo que iba a correrme delante de una desconocida que me miraba anonadada, noté como mi pene explotó.

Un chorro potente y caliente describió una curva por el aire antes de caer sobre el suelo. Yo gemí ruidosamente del gusto que sentía. El chorro terminó, pero algunas gotas más cayeron lentamente al suelo de mi glande completamente violeta.

La mujer seguía mirándome fijamente. Yo la observaba de refilón, sin atreverme ahora, a mirarla directamente. Después de la excitación, empecé a sentir vergüenza y bochorno de estar allí con mi pene al aire.

—Anda, límpialo todo bien con la lengua —me ordenó mi novia disfrutando de mi sumisión a su voluntad, mientras soltaba mi pelo.

La escuché atónico, pero no discutí lo más mínimo su orden. Mi novia nunca me habría obligado a hacer algo así, pero estaba claro que como ama, no tenía ningún miramiento conmigo convertido en su esclavo. A cuatro patas, me agaché hasta que mi cabeza tocó el suelo, saqué mi lengua y empecé a tragarme propio semen, lamiendo bien el suelo. Con cada lengüetazo que daba me tragaba también el poco orgullo que me quedaba. La mujer de enfrente incluso había dejado la regadera, y apoyada sobre el borde del balcón, se dedicaba a disfrutar asombrada de aquel numerito.

De pie, con la punta de su zapato, mi novia me iba guiando. Estaba claro que le encantaba tenerme a sus pies.

—Aquí queda un poquito, y allí también.

Yo me esmeré para dejarlo todo más limpio que si hubiese pasado una bayeta.

—Creo que aquí también… —me dijo ella señalando con su pie. Me tuve que dar la vuelta, y me quedé a cuatro patas, con el culo al aire y mis huevos colgando para el disfrute de aquella vecina. Yo lamí bien donde ella indicaba, aunque los dos sabíamos que realmente no había nada allí.

—Perfecto —me dijo satisfecha, mientras me daba con el pie una patada no muy cariñosa en el culo, mirando sonriente a la vecina—, ahora a dentro.

Yo entré a cuatro patas, consciente del espectáculo que había montado para aquella vecina.

—Arriba. Vístete.

Me puse de pie, y ahora conseguí ponerme mis braguitas rojas; cuando me puse el pantalón blanco, se podía apreciar hasta el dibujo de los encajes. Cuando acabé de vestirme, mi ama procedió a aplicarme el rimmel, algo de colorete y me pintó los labios, apenas un ligero brillo.

—Estas muy guapa, cerdita —me dijo—, me encantaría ponerte tus tetas, tu peluca y tu trajecito, pero esperaremos a que lo ordene nuestra Ama Gema.

Yo también lo quería. Prefería verme transformada completamente en una mujer que en aquel hombre de sexo dudoso que veía en el espejo.

—Hoy me llevarás en coche al instituto —su voz quería ser firme, pero aquella petición me indicaba que no se atrevía ir con su traje tan corto y sin bragas en el autobús, como ella hacía normalmente.

—Por supuesto, mi ama.

Así que salimos de casa, bajamos al garaje subterráneo y nos montamos en mi coche. Salimos a la calle y en poco más de veinte minutos nos acercamos hasta la entrada del instituto donde ella daba clases de matemáticas.

Zorrita no habló en todo el camino, sumida en la tensión que iba aumentando a medida que iban acercándose a su trabajo. Incluso si aquellos dos alumnos no la hubiesen visto desnuda en los probadores, aquel vestido resultaba demasiado atrevido e indecente para pasearse durante una hora delante de toda la clase. Aunque se hubiese masturbado hasta matarse a orgasmos imaginando aquella situación, en la práctica no habría elegido ese traje nunca. Pero su naturaleza sumisa y obediente seguía sin problemas las órdenes de su Ama Gema, sabiendo que ella dejaba de ser realmente la profesora que tenía el control de la clase, y que ahora era la esclava sin emociones que podía ser humillada para diversión de su ama. Dejar de pensar, dejar de agobiarse y sumergirse plenamente en la voluntad de su ama, sin otra expectativa. Esa es la felicidad del esclavo.

Llegamos a la entrada. Prácticamente no había nadie por allí, ahora que habían acabado las clases. Sus alumnos estarían dentro o en el pasillo esperándola para la clase de recuperación. Y por lo menos dos de ellos sabían lo que había pasado en los probadores…

Zorrita no podía evitar temblar de angustia. Ahora saldría del coche y se quedaría sola ante el peligro. La mezcla de angustia y excitación la tenía en ascuas.

Dando un suspiro salió del coche, cogió su móvil y su pequeña carpeta con sus papeles. No me dio ni un beso, y yo me fui a trabajar, a sufrir mi propia angustia y mortificación delante mis compañeros de trabajo.

Zorrita se dirigió a la entrada del instituto. Los pocos alumnos que estaban por allí la miraron de arriba abajo. Sintió al momento las mariposas revoloteando por el estómago. Caminaba con pasos cortos, porque el riesgo de enseñar el culo era enorme. Se fue directamente hacia el pasillo donde estaba su aula, sin pasar por la sala de profesores, donde estaría quizás su amiga y compañera Sandra, tan amiga de Ama Gema. Pero no se atrevía a ir a saludarla por miedo a que la vieran otros profesores.

Escuchaba los pasos de sus sandalias blancas resonando por las baldosas del pasillo casi desierto, sintiendo como su corazón latía más y más fuerte. Cuatro o cinco de los alumnos estaban fuera junto a la puerta, hablando entre ellos, hasta que la vieron venir.

El silencio de sorpresa se hizo al momento.

Zorrita sintió como le flaqueaban las piernas. Era completamente consciente del erotismo de la situación, de la admiración y deseo que iba a provocar en el género masculino, en este caso de sus alumnos.

—Buenos días, vamos ya para adentro —les dijo con voz algo insegura. ¿Cómo es posible que hace un rato estuviera ordenando a lamer el semen del suelo a su esclavo, y ahora estuviera ella allí hecha un flan delante de sus alumnos?

Ella no paró y entró en el aula. Sintió el placer y el nerviosismo de saber que todos aquellos ojos detrás de ella la miraban de espaldas de arriba a abajo.

—Buenos días —volvió a repetir.

En total serían unas quince alumnos y alumnas, algo más de ellos que de ellas. Cuando entró estaban hablando entre sí, algunos sentados en sus sillas, otros encima de las mesas, otros de pie…Al momento de entrar el murmullo de aquellos jóvenes disminuyó casi hasta extinguirse, pero al momento el murmullo creció, con expresiones de sorpresa y excitación.

Zorrita miró con disimulo hacia la clase, de pie tras su mesa donde hacía como si ordenara sus papeles con las colecciones de problemas de matemáticas. Dejó también su móvil encima de la mesa en modo reunión. En otras circunstancias lo habría apagado, pero Ama Gema la quería tener localizada en todo momento.

Sí, allí estaba Natalia y su novio David, los que la habían pillado con las manos en la masa el día anterior, desnuda en los probadores y arrastrada por los guardas de seguridad. Estaban rodeados de algunos compañeros, formando un pequeño corrillo. Sintió el pánico creciendo en su interior. ¿Estarían hablando de ella, de cómo la vieron en día anterior? El pánico la bloqueaba. Notaba que no podía pensar bien, que estaba perdiendo su papel de profesora delante de ellos. ¿Tendrían fotos suyas en los probadores, o realmente los guardas de seguridad las habían borrado de sus móviles?

Las chicas de la clase la miraban sorprendidas, evaluando desde un punto de vista estrictamente femenino lo increíblemente atrevida que iba vestida. La tela le apretaba las tetas, y además las tapaban muy poco, apenas un par de dedos por encima de sus pezones duros como piedras. Los chicos por el contrario se la comían con la mirada. Zorrita sintió su vagina otra vez encharcada, mandándole oleada tras oleada de placer a todo el cuerpo. Sintió sus pezones apretados contra la tela y tantos ojos clavados en ellos. Se sentía desnuda, sólo piel, delante de ellos. Si pudiera, ahora mismo se habría ido al cuarto de baño a meterse en el coño el vibrador más grande que tuviera hasta agotar las pilas.

Levantó un momento los ojos para fijarse en Julio, un chico muy mono y atractivo sentado en la primera fila, delante de su mesa, que siempre la miraba con una secreta admiración y deseo. Julio estaba ahora con la boca abierta y con los ojos brillantes, recorriendo su cuerpo de arriba a abajo, una y otra vez, como hacían los demás. Se sintió salvajemente deseada. La excitación hizo, para aumentar todavía más la angustia, que se pusiera ligeramente colorada.

Ella sabía que se estaba exhibiendo descaradamente delante de ellos. Sus alumnos también lo sabían, divertidos y excitados. Natalia y David la miraban con una media sonrisa que no prometía nada bueno…

—¿Habéis traído la colección de problemas de los temas seis y siete? —dijo con una voz que no podía ser normal de ninguna de las maneras.—Vamos a hacer los dos problemas que quedaban pendientes. Empezaré yo haciendo el número once. Resolver el siguiente sistema de ecuaciones diferenciales que representan…

Zorrita se dio la vuelta y fue hasta la pizarra. La mesa con su silla estaban situada hacia un lado de la tarima dejó de protegerla. Notaba sus piernas al desnudo y el aire entrado por debajo de los pliegues sueltos del vestido. Su culo sin ropa interior quedaba apenas cubierto.

El silencio en la clase era enorme y zorrita sentía las miradas de los chicos palpando sus piernas, esperando a deslizarse por debajo del vestido. No podía dejar de respirar fuertemente de la excitación y la vergüenza que sentía. La tela blanca estampada era lo suficientemente poco tupida para que cualquier observador pudiera intuir que seguramente no llevaba bragas, quizás como mucho un tanga, y que había algo raro entre sus piernas.

Cogió la tiza, e instintivamente elevó la mano hasta un poco por encima de la altura de los ojos para comenzar a escribir, mientras hablaba de cómo resolver el problema. Aterrada, al apoyar la tiza sobre la pizarra, sintió cómo la tela se elevaba y más de la mitad su culo quedaba al aire. Eso era precisamente lo que tenía que haber evitado, y había metido la pata hasta el fondo nada más empezar.

Al instante bajó la mano hasta dejarla casi una cuarta más abajo mientras seguía hablando, pero era demasiado tarde. Toda la clase le había visto el culo, tan moreno como sus piernas, y sin rastro de bragas por ninguna parte. Seguramente habrían visto hasta el destello metálico de su entrepierna y de la raja de su culo… El silencio a sus espaldas fue enorme durante unos segundos. Después se extendieron los cuchicheos por doquier.

Zorrita no se atrevía a darse la vuelta, del bochorno y la vergüenza que sentía. A pesar de todo, no dejaba de excitarse al exhibirse como una perra en celo delante de aquellos adolescentes que estarían ya todos con una excitación de caballo, que ya no pensarían en los problemas, ni en el examen ni en nada, sino en el culo de la calientapollas de su profesora.

En condiciones normales se hubiese girado y hubiese llamado al orden suavemente, pero tenía los ojos clavados en la pizarra y no se atrevía a darse la vuelta y enfrentarse a todas esas miradas de diversión y deseo. El bloqueo mental aumentó, y procuró seguir hablando de la resolución del problema, desplazándose por la tarima con pasos cortos mientras seguía escribiendo con la tiza sin levantar el brazo.

Pasaron un par de minutos, y el murmullo decayó un poco. Finalmente acabó de escribir en la pizarra. No le quedó más remedio que darse la vuelta y enfrentarse a sus alumnos.

—Luego ésta es la solución que da —dijo con una voz nerviosa al girarse—¿alguna duda?

Prácticamente nadie miraba la pizarra, casi todos tenían los ojos clavados en su anatomía. Zorrita se sintió tan expuesta como cuando los guardas de seguridad la arrastraron desnuda por el pasillo de los probadores el día anterior; era humillante y al mismo tiempo delicioso, sentirse allí indefensa y exhibida como una mujer atractiva y lujuriosa. A pesar del mal rato que pasaba, le dio mentalmente las gracias a su Ama Gema por vivir aquella situación.

Decidió no hacerse la víctima, y los miró a los ojos con una media sonrisa. Algunos, nerviosos, rehuyeron el contacto. Otros, como David y Natalia sostuvieron la mirada. La de David era de perversión desatada y de ganas de juerga, pero Natalia la miraba con desprecio. Zorrita notó como su propia mirada flaqueaba ante aquellos alumnos que la había visto desnuda. Miró entonces hacia Julio; su mirada era de admiración y de anhelo infinito. Se sumergió en esa mirada un instante, sintiéndose reconfortada con su devoción hacia ella.

—El siguiente problema que quedaba por hacer, el número doce, lo vais a intentar vosotros ahora. Tenéis diez minutos, luego sacaré a alguien a la pizarra. Trabajad individualmente.

Los alumnos comenzaron a hacer el problema. Zorrita no sabía cómo ponerse, si quedarse de pie allí o sentarse en la mesa. Pero descartó la mesa al momento; el panel frontal que miraba a los alumnos no llegaba hasta abajo, solamente hasta media altura. Si se sentara, los que estaban justo delante le verían las piernas y las rodillas. Una voz la sacó de sus pensamientos.

—¿Puedo salir un momento al servicio? —le preguntó Natalia.

Siempre tan impertinente, pensó zorrita.

—No, espérate a que termine la clase.

—Pero…

—He dicho que no —zorrita se sintió mejor con aquella demostración de su tambaleante autoridad. Natalia puso mala cara pero no protestó más.

Sonó un solo pitido de su móvil. Había entrado un mensaje. Como sus alumnos estaban ocupados, lo abrió:

Vete cuando puedas al fondo de la clase, y levanta los brazos, juntando las manos en el cuello. Cuenta despacio hasta cinco antes de bajarlos.

Ama Gema.

La adrenalina le dio otro subidón de placer y de pánico. Comenzó a caminar por entre los pupitres y se colocó por detrás de la última hilera, junto a la pared del fondo de la clase. Estaba muy nerviosa, tan cerca de ellos, que no la dejaban de mirar de refilón cuando pasaba entre ellos. Dentro del nerviosismo, era tremendamente erótico sentirse tan deseada. Desde su posición veía a todos sus alumnos de espaldas, y ninguno la veía a ella. Se sentía más protegida allí.

Con el corazón desbocado hizo una primera prueba. Levantó los dos brazos y pasó las dos manos unidas por detrás del cuello. El vestido se elevó casi hasta la cintura; el culo y todo el cinturón de castidad se quedaron al aire. Completamente. Rápidamente bajó los brazos y recapacitó su situación. Aquello era terriblemente atrevido. Si iba a hacerlo, lo tenía que hacer ahora.

Respiró hondo y volvió a pasar sus manos por detrás del cuello y se las agarró. Empezó a contar con lentitud. Se acordó que ella misma había estado contando hacía poco más de una hora para que se corriera su esclavo en la terraza. Las vueltas que da la vida.

“Uno…” fue pensando. Cualquiera podría darse la vuelta para preguntarle algo, cualquiera de aquellos chicos y chicas, y no cabría ninguna duda de lo que estaba haciendo, exhibiéndose como una guarra. El pensamiento la puso al borde del orgasmo.

“Dos…”. Notó como David, sentado en la última fila la miraba con el rabillo del ojo. ¿La estaría viendo? Utilizó toda su fuerza de voluntad para no bajar las manos.

“Tres…”. Zorrita cerró un momento los ojos. No iba a ser capaz de llegar hasta el final. Su instinto le decía que los bajara. Pero el hormigueo delicioso que sentía por el cuerpo le daba fuerzas para aguantar un poco más.

“Cuatro…” Abrió los ojos otra vez. Habría matado por sentir ahora mismo una polla, la que fuera, dentro del volcán que era su coño. David giraba levemente la cabeza hacia ella y eso la excitó más todavía. Se mordió los labios desesperada, sintiendo el peligroso vértigo de lo que estaba haciendo.

“Cinco”. Zorrita bajó los brazos, y su culo volvió a quedar tapado por unos centímetros escasos de tela. David la miraba ahora descaradamente. A pesar de la excitación, zorrita se volvió a sentir como un golfa despreciable delante de aquel chico, igual que ayer en los probadores. Quiso alejarse de allí y pasó por detrás de David. No pudo evitar mirar el pupitre del chico y el corazón le dio un vuelco. Sobre la mesa tenía un móvil.

Estaba encendido, y en la pantalla se veía una foto.

Era la foto de ella en los probadores de señora. Estaba de espaldas, desnuda, sólo con el cinturón de castidad puesto; los dos guardas de seguridad la agarraban por los brazos; el culo era un poema de las marcas de la porra de goma.

Su pánico se disparó. Estaba claro de que antes de que los obligaran a borrar las fotos, David y Natalia habían podido enviarlas a alguna cuenta de correo electrónico.

Zorrita se quedó allí helada, completamente bloqueada.

Seguro que cuando entró en la clase estaban enseñando la foto a sus amigos o incluso a toda la clase. Puede que algunos hubiesen dudado de que la foto fuera ella; pero al venir así de atrevida a clase habría disipado sus dudas. La confirmación la habría dado ella misma, al levantar tanto la mano para escribir con la tiza que les había enseñado casi todo el culo marcado, y posiblemente también el cinturón de castidad.

Zorrita se sintió totalmente indefensa. La situación se le podía escapar de las manos en cualquier momento. Ya estaba perdiendo a pasos agigantados su posición de mando como profesora. Deseó irse de allí ahora mismo y desaparecer, pero todavía quedaba mucho tiempo de clase por delante.

David notó que su profesora estaba detrás de él y la llamó.

—Profe, ¿esta segunda ecuación se puede simplificar así? —le peguntó inocentemente. Zorrita tuvo que acercarse por detrás y por encima del hombro del chico. Vio con toda claridad que efectivamente que era su foto. La ecuación estaba bien simplificada. Estaba claro que todo era una excusa para que ella supiera que él tenía la foto.

—Sí, está bien —contestó con una voz susurrante que dejaba escapar un toque de su pánico.

David la miró y contestó con una sonrisa en un tono casi inaudible.

—Gracias,…zorrita.

El horror llenó los ojos cuando escuchó su nombre de esclava.

Él se dio cuenta, satisfecho, de que había la había herido profundamente. ¿Cómo sabía el nombre que le había puesto Ama Gema?, ¿cómo era posible? No, aquello no podía estar pasando. De repente ya no se sentía una profesora delante de su alumno, sino como una mujer sumisa y vulnerable que ha sido reconocida por un muchacho joven con ganas de divertirse a su costa.

David cogió su móvil y tecleó un par de veces. Tener el móvil a la vista en clase y usarlo estaba terminantemente prohibido. Luego lo dejó otra vez encima de la mesa para que su profesora lo viera bien. Un mensaje apareció en la pantalla. Zorrita lo leyó perfectamente:

Hoy tenéis clase con mi esclava, zorrita.

Pasadlo bien, es muy obediente.

Ama Gema.

2

Los ojos de la profesora pasaron una y otra vez por aquellas palabras en el móvil de David colocado sobre el pupitre.

No había ninguna duda.

A zorrita le entraron ganas de chillar histéricamente al leer el mensaje de su ama que la entregaba a sus alumnos. Ahora se sentía como un maniquí de piel bonita. ¿Cómo había conseguido Ama Gema el número de teléfono de David? Rápidamente pensó en su amiga común, Sandra, la profesora de Lengua.

¿Cuántos de sus alumnos habrían visto ese mensaje o tendrían el mensaje? Hasta cierto punto se sintió traicionada por su Ama, pero cerró los ojos un momento y asumió que aquello que estaba viviendo y lo que tendría que vivir con aquellos muchachos era un paso más en la anulación de su voluntad y de su amor propio. Todo para entregarse más y más a su ama y hacerse digna de ella.

David la miró sonriente. Ella estaba completamente pálida del shock.

—Anda, vuélvete a la tarima —le dijo el alumno con un tono suave y firme.

Zorrita se quedó mirándolo un momento, completamente quieta. Natalia a su lado, la miraba divertida y expectante.

Aquello fue un punto de inflexión en su vida.

Estos dos alumnos, precisamente a los que tenía que enfrentarse continuamente, sabían su secreto…Bajó los ojos, se tragó su orgullo y obedientemente se alejó de allí, sintiéndose menos que nada. Se subió a la tarima y desde allí, miró a David y a Natalia. Los ojos de sus dos alumnos brillaban con la sensación repentina de poder que tenían sobre aquella profesora que los amonestaba frecuentemente.

Julio se levantó un momento, subió a la tarima con el papel lleno de ecuaciones en la mano. Zorrita se sintió algo más cómoda al lado de aquel chico, dispuesta a resolverle la duda que tenía.

Julio, le habló en voz baja.

—¿Por qué no te sientas en tu silla? Estarás más cómoda que de pie.

Zorrita se quedó atónita escuchando lo que decía el chico. Julio tenía una mirada de atrevimiento que nunca le había visto.

—Además,…zorrita, me gustaría que separaras bien las piernas, ¿de acuerdo?

Zorrita lo miró profundamente a los ojos. Él también había recibido el mismo mensaje de Ama Gema y seguro que había visto la foto. Dentro de la humillación que sentía, la falta de sexo que arrastraba desde hacía dos días le hacía aceptar con facilidad aquella situación morbosa y erótica de entrega a sus alumnos. Recordó las de veces que había coqueteado con Julio, tan guapo y agradable. Las de veces que había fantaseado en hacer el amor con él, con que la desnudara y la manoseara todo el cuerpo, algo del todo imposible. Pero ahora, su Ama Gema había borrado la barrera que las convenciones sociales se interponían entre ellos. En el fondo anhelaba dejarse mandar por él. No, ella no era una débil víctima. Hacía todo aquello con orgullo por amor a su Ama Gema.

Zorrita sonrió débilmente a Julio.

—Por supuesto —su susurro era cálido y cariñoso.

Julio volvió a su pupitre y se sentó.

—Dos minutos más para que terminéis el problema —dijo zorrita a la clase mientras se dirigía hacia la mesa.

Separó la silla y se inclinó para sentarse. Al hacerlo, notó como el vestido se subía completamente hasta la cintura. No iba a tapar nada. Se sentó y notó como el culo tocaba directamente el material del asiento. Ella misma le dio un tironcito final al traje para que no tapara absolutamente nada, porque estaba seguro de que eso era lo que quería Julio. De cintura para bajo estaba técnicamente desnuda. Tenía otra vez el corazón latiéndole con fuerza, todavía con un pequeño atisbo de angustia de lo que estaba haciendo, pero el morbo lo compensaba todo.

Miró hacia delante. Julio estaba sentado justo enfrente y sería quizás el único que se llevaría una visión perfecta. El muchacho no le quitaba los ojos de encima, mirándole alternativamente tanto a la cara como a las rodillas que estaban todavía juntas.

Zorrita se puso a hacer como si estuviera mirando y ordenando sus papeles. Respiraba aceleradamente, no acababa de asimilar lo que estaba sucediendo. Empezó a separar sus piernas desnudas, sintiendo el placer enorme de la situación que estaba viviendo. Le estaba enseñando aquel chico lo más íntimo de su cuerpo, allí delante de todo el mundo, sabiendo que además confirmaría su condición de esclava sexual al mostrar su cinturón de castidad.

Separó un poco las piernas, mientras sentía su vagina a reventar de anhelo y frustración. Deseaba con todo su corazón no tener el cinturón de castidad puesto, que Julio o cualquiera se acercara y se la follara allí mismo, delante de todo el mundo. Aquel pensamiento la excitó más y más. Zorrita levantó la cabeza y le dedicó una mirada de completa entrega a su alumno favorito. Otra vez se volvía a sentir como un objeto sexual para el disfrute de todos los hombres que quisieran divertirse con ella. La sensación de entrega era deliciosa.

El muchacho tragaba con dificultad, alucinado con lo que estaba viendo. Se pasó una mano por su propia entrepierna. Tenía la polla a reventar. Julio carraspeó ligeramente y levantó las cejas. Zorrita echó el cuerpo hacia delante y obedientemente separó todo lo que pudo las piernas bajo la mesa. Julio se llevó la visión completa de su profesora sin bragas y con aquella tira de metal plateado resplandeciente que tapaba su coño y subía por su pubis hacia la cintura. En un acto de picardía, zorrita le guiñó un ojo.

Los alumnos ya estaban acabando de hacer el problema y comenzaban a revolverse en sus pupitres. Zorrita, a su pesar, tuvo que hacer auténticas filigranas para que el vestido pudiera taparle otra vez el culo antes de ponerse de pie.

—¿Quién va a salir a resolverlo? —preguntó protegida detrás de la mesa—. ¿Algún voluntario o voluntaria? —. Pasó la mirada por entre los pupitres, sin atreverse a mirar a David y Natalia. Como nadie quería salir, decidió ella. Todavía le quedaba un mínimo de autoridad—. Anda, Julio, ¿puedes salir tú?

Julio la miró con cara de lobo hambriento, y le contestó amablemente con sus mismas palabras de antes.

—Por supuesto.

Julio se levantó de su pupitre y se subió a la tarima, cogió una tiza y empezó a escribir ecuación tras ecuación. De vez en cuando explicaba lo que estaba haciendo. Zorrita intentó pensar en el problema para evitar la tensión que sufría. El resto de la clase casi no miraba la pizarra.

La miraban a ella.

Un par de minutos después Julio terminó de hacer la primera parte del problema y le dijo que no le había dado tiempo de hacer la segunda parte. Zorrita con una sonrisa cómplice le dio las gracias y el muchacho se sentó.

—¿Algún voluntario para hacer la segunda parte?—dijo zorrita mirando a la clase.

Nadie se movió, pero unos segundos después Natalia se puso de pie. Los chicos de los pupitres de alrededor de Natalia y David se sonrieron divertidos.

—Yo misma —dijo Natalia con cara inocente, que nunca se había presentado como voluntaria para salir a la pizarra. La muchacha se levantó y se puso a caminar hacia la tarima, se subió y cogió una tiza. Se quedó parada unos momentos delante de la pizarra, pero luego se volvió hacia su profesora.

—Pero la verdad es que no me apetece, ¿porque no lo haces mejor tú,…? —los labios de la chica se movieron sin decir nada, pero zorrita leyó en ellos la palabra “puta”—…,profe.—dijo finalmente.

Natalia se quedó con la tiza en la mano en alto, sonriendo con malicia. Zorrita la miró con odio y miedo. Aquello era un desafío directo a su papel de profesora. Toda la clase se había quedado en silencio ante tal atrevimiento.

Zorrita se quedó unos segundos sin saber qué hacer. Miró hacia David, que había cogido el móvil con una mano y se lo mostraba agitándolo disimuladamente. Zorrita se sintió completamente degradada como persona y como docente. Sin decir nada, alargó la mano para coger la tiza, pero Natalia hizo que se le callera de la mano al suelo.

—Uy, qué torpe estoy. Anda, recógela…por favor —las últimas palabras fueron dichas con la voz llena de desprecio. Y dándose la vuelta, Natalia se volvió hacia su pupitre.

Zorrita suspiró profundamente. El último día de clases iba a ser un infierno a manos de aquellos sádicos. Aquello era rebajarse a menos que nada delante de sus alumnos. Muchos no podían creer lo que veían, pero el grupito entorno a Natalia y David se lo estaba pasando en grande. “Soy una sumisa, pensó resignada zorrita, una esclava, nada más, y hago la voluntad de mi ama, a través de quien ella quiera.”

Sin pensar más se agachó. Dobló las rodillas para intentar enseñar lo menos posible. Recogió la tiza del suelo, notando como los cachetes del culo quedaban al aire durante un momento. Se incorporó al momento y sin querer mirar a ninguna parte, empezó a escribir en la pizarra.

El murmullo a su espalda era incesante, tanto de sorpresa como de diversión.

Zorrita se mordió los labios con la angustia a flor de piel. Fue llenando la pizarra con más y más signos matemáticos. Realmente estaba ocupando sólo dos tercios de toda la altura de la pizarra. No se atrevía levantar el brazo para escribir en la parte de más arriba. Casi había acabado de escribir. Sólo le quedaba por anotar el resultado final, pero la pizarra estaba llena, así que cogió el borrador, pero…

—No, profe, no borres, que no me ha dado tiempo de copiarlo todo —la voz de David a su espalda la hería como si fueran latigazos—. ¿Por qué no escribes lo que falta en la parte de arriba?…hay mucho hueco libre.

Zorrita de espaldas escuchó sus palabras como quien se precipita a un abismo. La sensación de derrota era inmensa. Pero al mismo disfrutaba de una manera insana de la degradación que estaba sufriendo y que le daba ánimos para hacer aquello. Sabía que a partir de ese momento perdería cualquier resto de autoridad sobre sus alumnos. Temblaba de angustia y excitación.

Zorrita no acababa de creer ella misma lo que estaba a punto de hacer. Obedecer a su alumno sería un punto final en su vida como docente. Con el corazón desbocado levantó el brazo por encima de sus ojos. El vestido se elevó y su culo apetecible, moreno, prieto y surcado por marcas quedó completamente expuesto a los ojos del mundo, sin nada que ocultar.

El silencio expectante fue completo. Se podía escuchar el vuelo de una mosca.

Para que su degradación fuese completa, ella misma, sin que le dijera nada, separó las piernas, para que se viera bien donde tendría que estar su coño aireándose, y a cambio lo que había era una superficie plateada que le envolvía la vulva. Tardó solo cuatro y cinco segundos en escribir la fórmula en la parte de arriba de la pizarra.

Un tiempo eterno.

Durante esos segundos fue consciente de todos aquellos ojos clavados en su culo desnudo; en las barras de metal bajando entre los cachetes del culo hacia su vagina. El bochorno y la vergüenza fueron enormes, pero su coño le mandaba al mismo tiempo un placer por todo el cuerpo que la tenía como en una nube.

Bajó el brazo. Ya estaba hecho. Ya no se sentía como su profesora, sino como una simple fulana calientapollas.

—Gracias —escuchó decir a David—. Me ha quedado todo muy claro. Pero que muy claro.

Las risas ligeras de sus amigos la hundieron más y más. Alguien lanzó un silbido de admiración. Zorrita no se atrevía a levantar la mirada del suelo, procurando tragarse las lágrimas que se querían escapar de sus ojos. No sabía dónde meterse. ¿Qué estaba haciendo allí, exhibiéndose como una golfa delante de sus alumnos? Lo mejor era no pensar y obedecer. Solo obedecer, nada más. Afortunadamente, ya casi era lo hora de irse.

—Ya hemos acabado con los problemas que faltaban, podéis iros —dijo con la voz que pudo poner sin echarse a llorar de la tensión. No se atrevía a mirar a nadie—. Nos vemos el viernes en el examen.

Ella se quedó allí, recogiendo sus papeles mientras los chicos iban saliendo poco a poco de la clase, mirándola de arriba a abajo. Todavía pudo escuchar algunos comentarios por los pasillos mientras se iban a sus casas:

—Pues claro que es ella, el culo es el mismo que el de la foto…

—Que obediente con David y Natalia, ¿qué le darán?..

—¿Eso es el cinturón de castidad?…qué fuerte…

—Joder, qué buena está, que ganas de follármela…

Zorrita se sintió asqueada y halagada al mismo tiempo por lo que escuchaba. En clase sólo quedaban Natalia, David y Julio. Parecían que no se iban a ir tan pronto. Julio se acercó hasta la puerta y la cerró; zorrita se estremeció de incertidumbre, mientras los tres chicos se le acercaban.

—Bueno, zorrita, te has portado muy bien —le dijo David—. Súbete el vestido para que te veamos bien. Hazlo como antes.

“Como una puta barata”, volvió a pensar zorrita, y sin abrir la boca juntó las dos manos detrás del cuello. El vestido volvió a subir y dejó todo al aire. Natalia, con los ojos completamente abiertos pasó sus manos por los bordes de la piel en contacto con el metal que rodeaba la vulva. Julio y David le pasaron las manos por detrás y le acariciaron el culo. Zorrita se sintió como una perra en celo y empezó a jadear suavemente.

—¿Te encanta, puta exhibicionista? —le soltó a bocajarro David.

Zorrita con los ojos cerrados, disfrutando de la vergüenza y el placer asintió.

David le dio un cachete en el culo y luego se lo apretó con fuerza.

—¿No sabes contestar?

—Sí, me encanta —reconoció abochornada. Sintió que podían hacer con ella lo que quisieran.

—¿Quién te ha puesto esto, puta?—le preguntó Natalia, maravillada de aquel artilugio metálico—. ¿Tu novio?

—Mi dueña, mi Ama Gema —zorrita se humilló aún más contando la verdad.

—Ama Gema…la que nos ha mandado el mensaje. ¡Pero si de verdad es una puta esclava!—dijo David—. Me encantaría que me chuparas la polla…

—¡Ni se te ocurra!—le cortó en seco su novia—. ¡Como hagas eso hemos acabado! Pero como te gustan los numeritos fuertes, te voy a proporcionar uno. Tú, ponte de rodillas —le espetó a su profesora. Sin decir palabra acercó sus manos al vestido de la profesora, y con un par de pequeños tirones, le sacó los dos pechos fuera. Julio aprovechó para acariciárselos un momento y la profesora gimió de placer.

Zorrita se arrodilló, allí en medio de la tarima. Su sensación de humillación era completa delante de su alumna. Natalia llevaba una falda vaquera y se apoyó contra el borde de su mesa.

—Súbemela.

Zorrita se la fue levantando. Natalia no llevaba tampoco bragas ni nada. Tenía poco vello, oscuro y muy recortado.

—Ahora me vas a comer el coño —le ordenó mientras separaba las piernas.

La profesora dudó un segundo, que Natalia aprovechó para abofetear a su profesora. Sus ojos indicaban que estaba disfrutando a lo grande con aquella mujer que le había llamado la atención tantas veces en clase. Quien le iba a decir que en un momento había pasado de ser simplemente una alumna a someter y humillar impunemente a su profesora.

Zorrita acercó su boca y sacó la lengua. Con delicadeza empezó a lamer el coño de su alumna. Era terrible lo que estaba haciendo, pero en aquel momento, con su naturaleza sumisa a flor de piel, haría cualquier cosa que le ordenasen. Fue buscando y besando el clítoris de la chica. Después fue buscando con la lengua la entrada de aquella vagina tan dulce y húmeda.

—Muy bien, zorrita, me encanta como lo estás haciendo. David, cariño, me lo come mejor que tú, pero mucho mejor —le dijo mientras le acariciaba el pelo. David y Julio tenían sus pollas completamente tiesas y doloridas dentro de sus pantalones. El novio, aunque molesto por las palabras de Natalia, aprovechó para hacer una foto con el móvil. Zorrita siguió así varios minutos, disfrutando de la situación de sumisión ante su alumna y temblando por si algún compañero profesor entrara en el aula.

—Anda, túmbate boca arriba en el suelo —le ordenó Natalia.

Zorrita dejó de lamer el coño de su alumna y se tumbó en la tarima de madera mirando al techo.

—Pon las manos tras la cabeza y abre la boca, y ni se te ocurra cerrarla—le volvió a ordenar Natalia. Luego la chica se puso en cuclillas sobre ella, a la altura de su cara. Zorrita pensó que quería que le siguiera comiendo el coño.

—¿Sabes?, tenía unas ganas terrible de orinar, pero como no me diste permiso antes para ir al servicio, lo voy a hacer ahora mismo.

La chica empezó a orinar encima de su profesora, apuntando su chorro hacia la cara de zorrita. Al principio le dio en los ojos, pero luego lo dirigió hacia la boca.

—Trágatelo todo bien, puta.

Zorrita sintió el chorro tibio, salado y oloroso en su cara y en su boca. Aguantando el asco que sentía, cerró los ojos y se fue tragando todo aquel líquido. El ruido de otro clic le indicó que la sesión de fotos continuaba. Luego, Natalia se fue moviendo, y fue regando con su chorro toda la cara, luego los pechos y el traje de su profesora; zorrita se estaba quedando echa unos trapos. Por fin el chorro se acabó, y la alumna acercó el coño a la boca de la profesora.

—Límpiame bien, que no me he traído las toallitas—le dijo con malicia.

Zorrita sintió el coño sobre su cara, abrió los ojos y lo chupó a conciencia, pasando su lengua por todos los rincones, como si fuera una bayeta.

Natalia se levantó.

—Uf, me he quedado a gusto, por dentro y por fuera. ¿Qué, nos vamos?—le dijo Natalia a su novio. David estaba fuera de sí, tenía unas ganas locas de hacer algo con su profesora, pero estaba claro que su novia no le iba a dejar.

—¿No pensarás que voy a dejar que te des el gustazo de que ella te la chupe, por muy puta que sea?—Natalia lo miró fijamente.

David la miró con cara de fastidio, se moría de ganas de pasárselo bien.

—Tú verás. Si quieres follártela, allá tú, pero entonces tú y yo hemos acabado. —Natalia le dio un ultimátum, y sin esperar una respuesta comenzó a irse hacia la puerta. Zorrita, a pesar de lo humillada que se sentía, veía en aquella chica otra Ama Gema en potencia.

David dudó durante un momento. Su cara era de que iba a perder una oportunidad única en su vida; ¿compensaría follarse a su profe todos los polvos increíbles que echaba y que echaría con su novia? Suspiró molesto. Finalmente decidió que más valía pájaro en mano que ciento volando, y siguió a su novia que ya salía del aula.

Zorrita seguía tirada en el suelo, boca arriba, sintiendo la orina por su cara, su cuello, sus pechos y todo su cuerpo; se sentía realmente asquerosa, completamente degradada, y a pesar de todo, extrañamente feliz de haber pasado todo como parte de entrega a su Ama Gema.

Julio seguía en el aula.

—Ponte de pie —le ordenó con suavidad.

Zorrita se levantó. Miró a su alumno preferido, pero con ojos nuevos. Ahora mismo no eran alumno y profesora. Eran un hombre dominante y una mujer sumisa y deseosa de complacerle, nada más.

—Quítate el vestido y arrodíllate —su voz seguía siendo suave.

Zorrita lo miró y sin decir palabra empezó a quitarse el vestido. En un momento se quedó con sus pechos turgentes a la vista, más que desnuda con su cinturón de castidad brillando a la luz del día. Todavía pudo pensar que si la encontraban así con un alumno, la expulsarían de su trabajo, tendría incluso posibles consecuencias penales a pesar de que sus alumnos ya tenían dieciocho años…. No pensó más y se arrodilló en la tarima, delante de su alumno.

—¿Sabes?, yo no tengo ninguna novia celosa…—dijo mientras se acercaba hasta colocarse delante de su profesora, dejando la frase sin terminar, admirando su cuerpo desnudo, vestida sólo con su brillante cinturón de castidad.

Zorrita no dijo nada, y comenzó a bajar la cremallera del pantalón que tenía a la altura de sus ojos, notando el miembro duro que estaba detrás. Metió las manos dentro y con cuidado palpó aquella verga dura que le esperaba detrás de los boxer del muchacho. Después siguió buscando hasta que sacó los huevos y la polla dura como el acero. Con delicadeza le besó la punta y se la fue comiendo poco a poco recreándose en la situación.

El muchacho estaba en la gloria. Ni en la más loca de sus fantasías se habría imaginado que su adorada profesora le hiciera una felación, desnuda, en mitad del aula. Y mira que se había hecho pajas fantaseando en follársela, como todos los chicos de la clase.

Zorrita empezó a tragarse la polla con ansia, dando rienda a la tensión sexual acumulada durante la hora de clase. Agarró la base de los huevos con fuerza y fue moviendo su cabeza para que entrase todo lo que pudiera en su garganta.

Julio llevaba toda la hora excitado. No pudo aguantar mucho más; agarró a su profesora por la cabeza y le fue follando la boca con el ansia propia de su juventud. Su placer fue creciendo más y más, hasta que dio un gemido salvaje, mientras sentía como su polla se sacudía con los espasmos de un orgasmo brutal; la boca de la profesora se inundó completamente con tantos chorros de leche, y se lo fue tragando todo. Julio dio un enorme suspiro de satisfacción; sacó la polla de la boca de zorrita y se la refregó todavía llena de semen por la cara.

Zorrita se sentía anulada y en la gloria.

—Ponte a cuatro patas, date la vuelta —le ordenó el muchacho, y zorrita lo hizo al instante, separando las piernas. El muchacho aprovechó para pasarle los dedos por el culo, hasta que encontró la entrada de su ano. Con delicadeza se lo acarició y le metió un dedo dentro.

Zorrita se quedó inmóvil. A los pocos segundos el dedo salió de su culo.

—Esto prefiero disfrutarlo en otro momento, con más tranquilidad. Quédate quieta y cierra los ojos —le volvió a decir.

Zorrita seguía sin moverse. A los pocos segundos escuchó unos pasos y la puerta se abrió, para cerrarse al momento otra vez.

¿Y ahora qué?

Pasó casi un minuto. Zorrita se angustió. Cualquiera podría encontrarla allí, a cuatro patas, desnuda en mitad de la clase, oliendo a orines y con la cara manchada de la leche de su alumno.

Pasó otro minuto. Julio no volvía. ¿Y si venía el conserje a apagar las luces y cerrar el aula?, ¿qué demonios podría decir?, ¿y si le encontraba así algún compañero profesor?, ¿y si entraran otros alumnos? La sensación de desastre inminente le agobiaba como nunca, pero el placer terrible de poder ser descubierta hacía que estuviese al filo de un orgasmo tremendo.

Pasó otro minuto. No podía quedarse allí indefinidamente. Aquella situación tenía que acabar de alguna manera, para bien o para mal.

Entonces escuchó el pitido de su móvil.

Pensó si su Ama Gema la estaría llamando. Abrió los ojos. Julio se había ido, estaba sola en clase. Se levantó y vio que su traje tampoco estaba, ni sus zapatos. Empezó a sentir otra vez el pánico subiendo a una escala altísima. Corrió hacia la mesa y cogió su móvil. Tenía un mensaje.

Estoy en la puerta con el coche. Ven.

Ama Gema.

Zorrita se llevó las manos a la cara. No tenía otra escapatoria, y tenía que salir ya. Cogió el móvil y con el corazón desbocado se acercó hasta la puerta y se asomó un poco. El pasillo parecía despejado. Tenía que escapar de allí y con un cuidado infinito salió fuera. Había varias puertas a ambos lados del pasillo, de otras aulas. Deberían estar vacías. ¿Y si no lo estaban?

Fue dando un paso tras otro paso, avanzando con lentitud. La situación era surrealista, allí desnuda con su cinturón de castidad en su lugar de trabajo. Al pasar por delante de una de las puertas escuchó voces dentro. Serían alumnos que estarían estudiando para los exámenes finales. Aceleró el paso. Si alguien saliera ahora mismo al pasillo, sería imposible esconderse.

Zorrita se dio cuenta que a pesar de todo, su coño seguía empapado del morbo y la excitación que estaba sufriendo de aquella situación insostenible.

Llegó casi hasta el final del pasillo. La entrada del instituto era amplia. No había ningún alumno, pero el conserje, un hombre algo mayor y mal hablado tendría que estar cerca. Se asomó por el borde del pasillo. Tendría que cruzar la entrada, bajar unos cinco escalones y luego recorrer unos cincuenta metros hasta la calle.

Miró hacia la conserjería. Allí estaba sentado aquel hombre, casi de espaldas, leyendo una revista deportiva. ¿Cómo cruzar la entrada? Pensó si en hacerlo lentamente o deprisa, pensando en la ventaja de no llevar zapatos y que no haría ruido al caminar. Pensó en la cara que pondría el hombre si la viera así, él, que siempre la miraba desnudándola con la mirada…

No pudo pensar mucho más, porque escuchó ruidos a su espalda. Varias voces dentro de una de las clases del pasillo indicaban que alguien iba a salir al pasillo. No había dónde meterse. El pánico subió todavía más de escala, pero el orgasmo estaba casi a flor de piel. Comenzó a caminar con ligereza en medio de la entrada.

No, no podía estar haciendo algo así.

El conserje seguía en lo suyo. Las voces a sus espaldas se hicieron más cercanas. Zorrita, aterrada, pensó que no había marcha atrás. Tendría que salir al exterior, sin saber si habría alguien por allí. Si no se daba prisa, los alumnos a sus espaldas la verían en cualquier momento…

Todavía estaba en medio de la entrada, pero desde allí, en la distancia que le pareció enorme, vio el coche de su Ama Gema en la calle. El corazón le dio un vuelco de alegría de saber que estaba allí. Pero miraba angustiada lo lejos que estaba. Tendría que salir a la luz del día, corriendo, sin saber si habría alguien fuera, a la completa aventura. Aquello iba a ser un desastre.

Zorrita caminó por la entrada lo más rápido que pudo sin hacer ruido, con el cuerpo encogido. ¿De verdad estaba haciendo algo así? Su mente no acababa de aceptarlo, pero el placer de su vagina le decía que sí. Luego empezó a correr y llegó hasta los escalones. Empezó a bajar sin mirar ni a la izquierda ni a la derecha. Escuchó voces de sorpresa a su espalda. Ya la habían visto. El conserje ya se habría levantado al escuchar el revuelo.

Con las lágrimas casi saltándose corrió con todas sus fuerzas hacia el coche. Los cincuenta metros le parecieron cincuenta kilómetros; sola, indefensa, expuesta, abochornada y humillada. Justo en el borde de su visión vio a un chico y una chica comiéndose a besos tumbados sobre la hierba, absortos el uno en el otro.

Zorrita corrió y corrió, desnuda a la luz del día, mientras sus preciosos pechos iban botando escandalosamente, escuchando unas voces de sorpresa a su espalda. Ya estaba llegando al coche. Ama Gema estaba dentro en el asiento del conductor. Deseaba con todas sus fuerzas meterse dentro, esconderse y huir.

Vio que había tres jóvenes cerca del coche. Natalia, David y Julio estaban allí, riéndose y disfrutando horrores de la situación. Natalia llevaba su traje en la mano. Zorrita agarró el tirador de su puerta del coche, que tenía la ventanilla bajada, y las lágrimas se saltaron de felicidad al comprobar que estaba abierta.

Ama Gema la miraba sonriente y se la comía con la mirada, pero no dijo nada. Zorrita se metió dentro y cerró la puerta al momento, encogiéndose en el asiento y deseando que su Ama se la llevara lejos de allí cuanto antes. Allí estaban sus zapatos. Su traje estaba fuera, pero en aquel momento todo le daba igual.

Se quería ir de allí ya.

Ama Gema arrancó, todavía sin decir nada, y zorrita suspiró aliviada. Por fin se acababa aquella pesadilla….pero apenas recorrió unas decenas de metros, cuando al girar la primera esquina, se volvió a parar. Los muchachos se acercaron caminando hasta el coche y se quedaron a un par de metros por detrás.

Gema salió del coche y se acercó a los tres jóvenes.

—Lo véis. Ya os dije que vendría. Es una esclava muy obediente—les dijo a los chicos—. Anda, zorrita, salga y recupera tu traje.

Zorrita la miraba con ojos como platos. Algún que otro coche circulaba por la calle de vez en cuando, pero un par de personas se acercaban por la acera, aunque todavía estaban lejos…Zorrita no pensó más, miró sumisamente a su Ama y se bajó del coche. El bochorno de acercarse a sus alumnos desnuda en su condición de esclava la estaba matando, sobre todo tener que ver la cara de desprecio y diversión de Natalia, que tenía el traje en la mano y que extendió el brazo hacia ella. Zorrita alargó el suyo para cogerlo, pero Natalia no se lo daba.

—Pero putilla, ¿cómo se piden las cosas?—le preguntó su alumna con sadismo.

Zorrita la miró otra vez casi llorando. Las dos personas que venían por la calle ya no estaban tan lejos.

—Por favor, Natalia, ¿me das el traje?—suplicó con la voz rota.

Natalia la miró satisfecha, viendo como controlaba a su profesora. Un coche pasó a su lado en ese momento, y el conductor, volviendo la cabeza, no se podía creer lo que estaba viendo.

—Muy bien, putita. Anda toma —pero lo que hizo fue dejarlo caer en la acera.

Zorrita se agachó para cogerlo con la mano, pero Natalia la interrumpió y puso un pie encima del traje para que no se lo llevara.

—No, así no. Ponte a cuatro patas, y lo coges con la boca —dijo su alumna.

Ama Gema asintió con la cabeza, complacida por la actitud de la chica.

—Pareces que tienes un don natural para mandar y dominar —le dijo apreciativamente—. Me encanta —luego se dirigió a Zorrita—. Obedece, esclava.

Zorrita se puso a cuatro patas, sintiéndose totalmente ultrajada al ser llamada así delante de los tres jóvenes, pero al mismo tiempo feliz de humillarse delante de su Ama, para que ella pudiera apreciar que estaba dispuesta a cualquier cosa por satisfacerla. Con lentitud se aproximó, agachó la cabeza y cogió el traje con los dientes, y en vez de correr hacia el coche, que es lo que le gustaría hacer, en un acto de sumisión completa, se quedó allí quieta, dándole igual que alguien la pudiera ver así.

—Ah, estupendo —dijo Ama Gema realmente orgullosa de su esclava—. Así te quiero siempre, que no hagas nada sin que se te ordene primero. ¿Me la devuelves, Natalia? Ya que te gusta tanto, te prometo que te la prestaré otro día. Estaba pensando en organizar una fiesta en mi casa este fin de semana…

Natalia asintió, imaginando las infinitas posibilidades que se abrían ante ella.

—Claro, Gema, me encantaría ir. Anda, puta, vete al coche. Gema, encantada de conocerte.

—Lo mismo digo —dijo David. Julio asintió.

—Si tenéis un hueco, también podéis venir a la fiesta —les invitó Gema—. Nos vemos.

—Sube al coche, esclava.

Zorrita comenzó a caminar hacia el coche, y se subió. Ama Gema se montó un poco después. Sin decir palabra arrancó y se fueron de allí. Ama Gema no dijo nada en un tiempo; zorrita no soportaba su silencio, nerviosa, ¿estaría enfadada, habría hecho algo mal?

Por fin Ama Gema habló.

—Zorrita, estoy muy orgullosa de ti.

Su Ama le dio unas toallitas para que limpiara la cara, el cuello y el pecho de los restos de semen y del olor que despedía.

Zorrita se llenó de felicidad y se limpió a conciencia. En ese momento pararon en un semáforo.

—Acércate.

Zorrita se aproximó y Ama Gema, sin importarle nada, se la comió a besos. La felicidad de zorrita era completa.

—Anda, que te llevo a tu casa. Vístete.

En pocos minutos llegaron hasta el apartamento de zorrita. Cuando se bajó, Ama Gema todavía le habló una vez más antes de irse.

—Recuerda, el viernes irás a controlar tu examen, y como ya te he dicho, el fin de semana daremos una fiesta en mi chalet.

Arrancó y se fue, dejando a zorrita llena de bienestar y de incertidumbre por lo que todavía estaba por llegar.

3

El miércoles y el jueves pasaron sin pena ni gloria. Mientras que mi novia ya no tenía clases en el instituto, yo me veía obligado a ir a trabajar con aquellos pantalones blancos semitransparentes y con braguitas de distintos colores cada día, para gran regocijo de mis compañeras de trabajo. Loli y Eva cada día me dedicaban frases más subidas de tono y con doble sentido sobre mi nuevo aspecto tan femenino, con mi rimmel, colorete, cejas depiladas y mis labios pintados.

Nuestros días eran un poco extraños, tanto mi novia como yo sin poder follar, los dos con nuestros cinturones de castidad puesto. Ella lo llevaba de manera permanente, y a mí me lo ponía ella en cuanto llegaba a casa. Mi novia tenía la llave de mi cinturón de castidad, pero no follaría conmigo sin el permiso de nuestra Ama Gema. Era en aquellas situaciones, en aquellas tardes en casa cuando volvía del trabajo, cuando nos dábamos cuenta de que los dos éramos propiedad completa de Ama Gema, en cuerpo y alma. Ella controlaba todos los detalles de nuestras vidas.

Amaneció el viernes por la mañana. Yo estaba durmiendo en el suelo, a los pies de la cama, y sin mediar palabra mi novia me dio un fuerte puntapié en el culo. Ella estaba nerviosa al máximo. Los dos días anteriores, sin ir al instituto porque ya no había clases, la habían tranquilizado algo. Pero hoy, el tener que enfrentarse otra vez a sus alumnos, la ponían al borde de la histeria. Hoy era realmente su último día de instituto, y tenía que ir a vigilar el examen de sus alumnos, como le había ordenado Ama Gema.

Se sentía muy inquieta después del numerito del martes pasado. Al menos tres alumnos sabían que era la esclava de Gema, y el resto de la clase intuía que había algo sórdido y oculto en su vida. ¿Cómo se iba a poner delante de todos ellos otra vez? No, aquello era impensable. Sin embargo, no le quedaba más remedio que hacerlo, porque así lo quería nuestra Ama Gema, y nuestro mayor placer era complacerla, aun a costa de humillarnos personal y profesionalmente ante quien fuera.

Zorrita todavía no sabía cómo se iba a vestir. Eso aumentaba su nerviosismo. Ama Gema no se lo había dicho todavía. Así la tenía en ascuas, con la satisfacción de saber que como ama nuestra lo decidía todo en nuestra vida. Podía pedirle que fuera en simplemente en lencería, o con el traje tan corto y atrevido del otro día, incluso que fuese desnuda, y ella, muriéndose de vergüenza, lo haría por obediencia y amor hacia ella.

Mi novia se duchó, mientras yo hacía su cama, todavía desnudo, y le preparaba el desayuno. Cuando salió de la ducha y se secó. Como si todo estuviese perfectamente coordinado, sonó el teléfono. Zorrita lo cogió y lo puso en modo altavoz para que yo también me pudiera enterar.

—Buenos días, esclavos —la voz de nuestra Ama Gema era toda alegría—. Hoy nos lo vamos a pasar muy bien, sobre todo vosotros. Como me imagino que todavía estarás desnuda, zorrita, hoy te vas a poner la minifalda blanca y el top blanco a juego que te pusiste el otro día. Sí, aquel día que fuimos de compras al centro comercial, con las sandalias rojas,…parecías una auténtica calientapollas… seguro que tus alumnos lo van a apreciar mucho. No hará falta decirte que no te pondrás nada de ropa interior, ¿verdad?

—No, Ama, no hace falta —dijo obedientemente mi novia mordiéndose los labios, imaginando el nuevo numerito que iba a montar con aquella ropa escandalosa; era precisamente la que llevaba cuando la descubrieron sus alumnos en los probadores, con los guardas de seguridad. Era revivir la pesadilla otra vez.

—¿Estás ahí, cochinito?—preguntó Gema risueña.

—Sí, Ama —me encantaba oír su voz y que recordara que yo también existía, aunque sólo fuera para recibir sus órdenes.

—Estupendo. Hoy no vas a ir a trabajar —me dijo. Yo me quedé extrañado—. Ya lo he hablado todo con tu compañera Loli. Te disculpará como si estuvieras enfermo. Me debía un favor, por dejar que te follara en tu oficina…Verás, he pensado que mi esclava necesita a alguien que le ayude a vigilar el examen, y había pensado en una amiga nuestra…¿tú crees que a Diana le gustaría venir?

Rápidamente noté como se me aceleraba el corazón y se me disparaba la adrenalina. Mi alter ego, Diana, sonrió internamente, feliz.

—Por supuesto, Ama —dije excitado—. Diana siempre está dispuesta a hacer lo que ordenes.

—Me encanta que seas tan obediente. Si sigues así de bueno, hasta puede que algún día deje que te follen ese culito tan bonito que tienes. Anda, aprovecha para depilarte con crema todo el cuerpo ahora mismo, mientras zorrita se viste. En una hora os recojo, estad listos para que os lleve en mi coche.

Nuestra ama colgó, y mi novia y yo nos miramos a los ojos. Los dos queríamos estar radiantes y a la perfección para que nos viera nuestra dueña. Cada uno sabía lo que pensaba la otra. Las dos queríamos ser la más guapa.

—Venga, Diana, no pierdas el tiempo —me apremió mi novia, quitándome sin contemplaciones y algo a lo bruto mi cinturón de castidad, asumiendo que a partir de ese momento yo dejaba de ser un hombre—. No quiero ver un solo vello del cuello para abajo.

La verdad es que últimamente no me dejaba mucho vello en el cuerpo, así que dicho y hecho, me metí en el cuarto de baño y gasté un par de botes de crema depilatoria para embadurnarme todo el cuerpo; piernas, pubis, culo, axilas, pecho, espalda, brazos. Con tanta crema parecía un muñeco de nieve; me quedé inmóvil los cuatro o cinco minutos necesarios, dejando que la crema hiciera efecto. Después me metí en la bañera y me duché para enjuagarme. Cuando salí y me sequé, todavía cogí una cuchilla de afeitar de mi novia y me repasé todo el cuerpo de manera sistemática. La imagen del espejo era curiosa. Me estaba quedando muy delgado. Ya cenaba por las noches y no tenía tiempo de ir al gimnasio. El hecho de no tener ni un solo pelo me daba un aspecto diferente que me encantaba.

Cuando salí a nuestro dormitorio, mi novia se había transformado completamente en una mujer fatal. Ella, tan delgadita y con su tipito de adolescente de carnes prietas, Siempre podía pasar por un alumna más de su propia clase, sobre todo ahora como iba vestida, tan insolentemente sexy. La verdad es que ni siquiera sus propias alumnas se atreverían a ir vestidas así al instituto. La minifalda blanca, vaporosa y con vuelo, hacía honor a su nombre, tan corta que casi no le tapaba el culo; parecía más bien de una majorette de un desfile. El top blanco a juego dejaba el ombligo al aire y un par de cuartas de su vientre liso; ideal para ir a la playa, pero no para ir al instituto. Como no llevaba ropa interior, se le notaban perfectamente los pechos y los pezones a través de la tela. Por debajo de la falda se intuía el brillo metálico de su entrepierna y la forma de los cachetes de su culito delicioso.

Todo su cuerpo decía simplemente: “Soy una perra en celo. Fóllame”.

Yo la miraba con un deseo irrefrenable, y mi pene libre, sin cinturón de castidad, se puso al momento con una erección enorme. ¡Cómo deseaba penetrarla ahora mismo! Llevaba ya una semana sin follar, me estaba volviendo loco, y más con mi novia vestida allí delante como una putilla pidiendo guerra. Y pensar que fui yo quien le sugirió que se comprara el modelito que llevaba puesto…

Mi novia me miró a la entrepierna con una mezcla de disgusto y deseo. Ella también llevaba una temporada a dos velas. Miró el reloj y se quedó pensando unos segundos. Luego, sin decir nada, se puso de rodillas delante y con un ansia enorme me rodeó y agarró con los huevos con una mano y se comió toda mi polla sin contemplaciones. Sin ningún tipo de delicadeza empezó a chuparla y a morderme con ansiedad. Yo intenté agarrarle la cabeza con las dos manos, para que no se escapara de allí.

—Las manos en la cabeza —me ordenó tajante—. No vayas a tocarme.

Yo lo hice al momento, dejando que el placer de mi pene llenara todo mi cuerpo. Cuando mi ama vio que ya estaba a punto de correrme, dejó de chupármela, y con la otra mano empezó a masturbarme con tanta fuerza que realmente me hacía daño.

—Córrete ya, esclavo —me ordenó tajantemente, retirándose un poco.

Yo, que llevaba ya tantos días sin eyacular, lancé un gemido de gusto. Me corrí a borbotones delante de ella, como una fuente inagotable, notando como su mano se embadurnaba entera con mi leche y que salpicaba a goterones el suelo. ¡Qué agradable sentir un buena corrida después de tanto tiempo!

—Muy bien, cerdita. Limpia. – me ordenó mientras se ponía de pie y me dejaba su mano manchada a la altura de mi cara. Yo rápidamente empecé a chupar y limpiar su mano y a tragarme mi propio semen.

—Suelo —volvió a decir simplemente mi ama, y yo me arrodillé y limpie con mi lengua los restos de leche del suelo.

Al terminar, todavía de rodillas, levanté la cara y la miré. Vi su mirada de orgullo y satisfacción al ver lo fácilmente que me controlaba con órdenes sencillas, como si fuera su perro. Cuando me miraba así, realmente me sentía de su propiedad. Mi ama me miró a la polla, que seguía bastante dura, cosa comprensible con la sequía de sexo que tenía desde que me convertí en su esclavo. Mi novia se sentó en el borde de la cama, delante de mí, que seguía arrodillado.

—Acércate—me dijo simplemente.

Yo, de rodillas, me quedé delante de ella. No me gustaba el toque de contrariedad que notaba en sus ojos.

—¿Es que quieres hacernos enfadar a mí y a nuestra Ama Gema?—sobre la marcha me dio un guantazo tremendo en la cara mientras me hablaba como quien riñe a un niño desobediente—. Así que sigues caliente…pues empieza a mastúrbate y rapidito. Venga, empieza ya. No tenemos tiempo.

Al instante cogí mi polla dura y empecé a masturbarme con decisión. Mi novia no quitaba los ojos de mi pene duro con el glande enrojecido. Era como si yo realmente no estuviese allí. De manera inconsciente, ella se pasaba la mano por la entrepierna, buscando la entrada a su coño, pero lo único que conseguía era sacarle brillo a la barra de metal que la aprisionaba. Su cara era de auténtica desesperación. Yo la entendía perfectamente. Cuando no llevaba ni treinta segundos masturbándome, se inclinó hacia adelante, y sin ni siquiera mirarme a los ojos, me volvió a abofetear.

—No tenemos toda la mañana —dijo hablándole a mi pene.

Yo redoblé mis esfuerzos y cerré los ojos para concentrarme. Me agarré el pene más fuertemente, y seguí machacándomela a conciencia. Mi novia no tuvo muchas contemplaciones conmigo. Cada pocos segundos, siguió abofeteándome sin decirme nada, con fuerza, alternativamente cada lado de la cara.

—Como no te corras ya, te vas a poner las braguitas tal como estés. Ya verás la cara que pondrá Ama Gema cuando te vea empalmado. Estos guantazos te parecerán caricias…

La mezcla de dolor y placer, de ser tratado tan despreciativamente por mi novia, me fue excitando rápidamente. En apenas un minuto noté mi pene a punto de estallar otra vez. Di una profunda inspiración y volví a gritar suavemente al notar el chorro blanco saliendo y cayendo sobre el suelo del dormitorio. La sensación de liberación llegó otra vez a todos los rincones de mi cuerpo. Ah, era realmente magnífico…

Mi novia no me dio tiempo ni a respirar ni a disfrutar.

—Limpia —me ordenó otra vez mi ama. Yo sobre la marcha me agaché y limpie otra vez el suelo con mi lengua. Cuando me incorporé me miró con una sonrisa malvada, llena de poder sobre mí. Mi pene ya estaba algo más relajado, pero seguía con un tamaño considerable.

—Túmbate boca abajo —me ordenó, y yo lo hice al momento, sintiendo el frio del parqué en el estómago y mi pecho depilado.

—Separa las piernas y pon mi pene y mis huevos donde yo los vea bien.

Así que separé las piernas, sintiendo el aire por la raja de mi culo, subí un momento las caderas y con una mano tiré de mi pene y de mis huevos para que estuvieran bien a la vista, aplastados contra el suelo y completamente accesibles.

—Manos a la cabeza —me ordenó y yo lo hice la momento. Me quedé así unos segundos, expectante, mientras ella caminaba entre mis piernas. Apreté involuntariamente los labios, porque aquello no pintaba bien.

Noté como ponía un zapato sobre un cachete de mi culo y lo apretaba con fuerza. Yo lo que apreté fueron los labios con más fuerza. Me sentía tan maravillosamente vulnerable y degradado en manos de mi ama…pero también conocía lo cruel que podía ser.

—Así que mi pene no acaba de relajarse del todo…—dijo con un toque de maldad en la voz que me hizo temblar—…y nuestra Ama Gema llegará dentro de un rato. No, no te estás portando bien.

Su pie dejó de aplastarme el culo y se dirigió hacia mi pene y mis huevos que estaban contra el parqué del suelo. Yo instintivamente quise cerrar las piernas, pero a pesar de corregirme yo mismo al momento, hice el amago de cerrarlas. Mi novia me dio un fuerte puntapié en el culo. Yo me quedé inmóvil.

—Maldito desobediente….

El pie volvió hasta mis huevos y mi pene. Su suela del zapato empezó a aplastarlos suavemente. Yo gemí del ligero placer que me producía. Pero estaba claro que aquello no iba a durar. Al momento la presión fue aumentando, y el suave placer se mezcló con una ligera molestia, pero la mezcla todavía era algo único. El pie apretó más y más fuerte contra el suelo, y el dolor de los testículos empezó a subir de golpe a una escala terrible. Empecé a aullar con la boca cerrada. Aquello sólo sirvió para que mi novia empezara a refregar el pie con saña, como quien apaga una colilla. Yo empecé a chillar con los dientes apretados. Solo había dolor, y mi pene había perdido cualquier rastro de excitación.

Mis chillidos la excitaron más y más a ella. Apretó la suela hasta el punto que pensé que me iban a explotar los huevos. Luego empezó a subir y bajar la suela sobre mi polla, sin dejar de levantar el tacón, como quien está siguiendo el ritmo de la música con el pie. Mi pene parecía una lámina aplastada, cada vez más pequeño. El dolor era intolerable; parecía que quería destruir completamente mis atributos masculinos…

Mi novia por fin, satisfecha, paró de machacarme los huevos, pero yo seguí gimiendo del dolor interminable.

—Parece que nunca aprenderás que nuestro pene se excitará cuando yo o Ama Gema queramos —y dejándome tirado en el suelo, se fue al baño a maquillarse—. No te entretengas mucho en el suelo, que te tengo maquillar a ti también. Ahí tienes sobre la cama todo lo que te tienes que poner.

Pasaron casi cinco minutos hasta que conseguí ponerme de pie, completamente dolorido y destrozado. Miré a mis pobres huevos enrojecidos; me dolían horrores. La única ventaja era que mi infeliz pene estaba reducido a un tamaño despreciable.

Ya algo más recuperado, y con todo el cuidado del mundo, me puse mis braguitas rojas de encaje, me pegué al torso mis tetas de plástico y me puse el sujetador de fino encaje negro. No podía evitar admirar el buen tipo que se me estaba poniendo siendo Diana con esto de dejar de cenar. El único traje veraniego que me podía poner para hoy era el blanco estampado que me había comprado mi Ama Gema. Era bastante corto y que traslucía bastante la ropa interior oscura. Se me pegaba bastante al cuerpo y me hacía un pecho muy bonito. El vuelo de la falda en que acababa dejaba toda la longitud de mis piernas al aire. Mis sandalias blancas iban a juego. Con impaciencia me fui al armario donde guardaba mi peluca con forma de media melena castaña con mechas rubias. Me la puse y volví a mirarme en el espejo. Yo ya no estaba allí. Ahora era Diana. Por fin me veía otra vez como una mujer joven, estupenda y atractiva. La falta de sexo hacía que cualquier cosa que me excitara me pareciera bien, incluido sentirme una mujer deseada. Ama Gema tenía razón. Mi lado femenino se había desarrollado hasta casi ocupar casi toda mi personalidad. Por lo menos me sentía así en esos momentos.

Mi novia salió del cuarto de baño, muy maquillada, con unos labios rojos que invitaban a besarlos. Me miró apreciativamente.

—Estás muy guapa. Se nota que has perdido algunos kilos. Se te está poniendo un tipo muy sugerente. Tienes unas piernas preciosas…a mis alumnos les vas a encantar…

—Gracias, mi ama —le dije agradecido y nervioso sabiendo que la situación iba a ser algo complicada. Dar el pego delante de ellos iba a ser una prueba de fuego.

—Anda ven, que te falta el maquillaje.

Nos fuimos a al cuarto de baño. Mi novia procedió a ponerme unos pendientes, a darme un colorete suave por las mejillas, a pintarme los ojos, las uñas de manos y pies, y los labios. Yo me miraba y no podía creer que en menos de dos semanas nuestra vida de pareja había cambiado tanto. ¿Qué quedaba de mi yo antiguo? Poco más que mi pene, muy poco más. Mi novia ya no existía. Ella era ahora una dueña absoluta de mi cuerpo y de mi ser, al igual que Ama Gema. Mis pensamientos y sentimientos ya no tenían importancia.

—Ya está. Has quedado perfecta, Diana.

—Gracias, mi ama.

—Sabes, si fuera un hombre, me encantaría que una mujer como tú me chupara la polla. Tienes una boquita preciosa para que te la follen. Pero eso lo decidirá nuestra Ama Gema cuando ella quiera, ¿entendido?

—Sí, mi ama —dije humildemente. Hacía tiempo que me rondaba la idea de que ese momento tendría que llegar más tarde o más temprano. Lo detestaba y lo anhelaba al mismo tiempo.

—Tu culito también está pidiendo a gritos que le metan una buena tranca. Creo que nuestra ama te está reservando para la fiesta que quiere dar este fin de semana. Ya verás como te encanta. Estoy deseando verlo.

—Sí, mi ama —volví a reconocer asumiendo lo inevitable. Diana, es decir, gran parte yo mismo, estaba secretamente esperando a que sucediera.

Nos fuimos a la entrada de nuestra casa, y mi novia me volvió a ordenar.

—En posición.

Me arrodillé delante de la puerta de entrada, con las manos cogidas a la espalda. Ella se agachó un momento y me besó en los labios con suavidad, para no estropearse el maquillaje.

—¿Me sigues queriendo, Diana, a pesar de todo lo que ha cambiado nuestras vidas?—me preguntó con una dulzura que me sorprendió después de tanto tiempo.

—Te quiero y te amo con locura, mi ama —le dije con sinceridad.

—Yo también. Antes te quería mucho, pero ahora te quiero mucho más, como mi esclava, sintiéndome tu dueña.

—Adoro ser tu esclava, mi ama, y de nuestra Ama Gema.

Escuchamos pasos al otro lado de la puerta. Mi novia dejó de hablarme y se arrodilló a mi lado, adoptando la misma posición de sumisión. Nos quedamos en silencio, mirando el suelo, sabiendo que nuestra Ama Gema estaba cerca. Los pasos se acercaron hasta la puerta y escuchamos una llave en la cerradura. Por supuesto que ella tenía llave de nuestra casa.

La puerta se abrió y se cerró.

Nosotros solo veíamos sus pies con sus uñas pintadas d rojo en sus sandalias de verano. Ama Gema no dijo nada y nosotros seguimos con la mirada fija en el suelo. Ella dio una vuelta a nuestro alrededor, evaluándonos. Finalmente se agachó y besó a mi novia en los labios. Yo me moría de envidia y de celos, pero seguí con los ojos fijos en el suelo.

—Estás haciendo un buen trabajo con nuestra esclava, zorrita—dijo mientras se enderezaba—. Has dejado a Diana guapísima.

Aquello al menos me llenó de orgullo.

—Anda, Diana, mírame —me ordenó.

Ama Gema estaba como siempre, radiante. Llevaba unos pantalones de cuero negro, elásticos, completamente pegados a su piel; sus piernas esbeltas parecían infinitas. Por arriba llevaba una camiseta de tirantas también de cuero, que dejaba su ombligo y sus hombros al aire, recogiéndole sus pechos firmes y grandes de una manera sensual y sugerente. Su cuerpo lleno de curvas era pura fibra de tanto ir al gimnasio. El cabello, largo y oscuro, iba recogido en la cola. Se había pintado los labios también de rojo. Sus ojos despedían esa seguridad y dominio de quien sabe que tiene todo bajo control, y que su palabra y voluntad son ley para nosotros.

—¿No me dices nada, Diana? —me preguntó coqueta.

—Soy el esclavo más afortunado del mundo pudiendo verte y adorarte —le dije contemplándola absorto.

—Sí, realmente lo eres —reconoció ella, adelantando un pie en el aire hacia mí.

Sin que me dijera nada, me incliné y se lo besé con delicadeza una y otra vez.

—Bueno, suficiente. En pie, nos vamos —nos ordenó con voz firme.

Nos levantamos. Nuestra Ama Gema cogió una carpeta que estaba en la entrada con las copias de los exámenes y folios para repartir. Gema me dio unas gafas de sol, pero no a mi novia.

Salimos del apartamento hasta la calle. El coche de Gema no estaba muy lejos, pero éramos el centro de atención en el corto trayecto. Gema estaba gloriosamente exuberante, mi novia terriblemente provocativa e indecente, y yo iba sexy y juvenil. Era imposible no llamar la atención de todos los hombres con los cruzábamos. Zorrita estaba otra vez hecha un manojo de nervios. Yo estaba asumiendo rápidamente mi nueva condición y me sentía complacida de sentirme mirada y deseada. Otra parte de mí me preguntaba que qué demonios estaba haciendo con mi vida. Así que simplemente decidí no pensar y seguir a mis amas.

Nos subimos en el coche de Gema. Ellas delante y yo detrás. Gema no nos dirigió la palabra en todo el trayecto. Zorrita se mordía los labios continuamente y se revolvía nerviosa en el asiento, intentando controlarse delante de su ama. Había poco tráfico, así que tardamos poco tiempo en llegar hasta el instituto. La entrada estaba casi desierto ahora que había acabado el curso y sólo quedaban por hacer los exámenes. Gema paró delante del camino de entrada.

—Fin del trayecto, abajo las dos —nos dijo con una mirada brillante.

Nos bajamos. Yo no pude evitar dejar de sentirme inquieto, tanto por mí como por el nerviosismo que me transmitía mi novia. Gema le dio a zorrita la capeta con los exámenes.

Nuestra ama nos habló desde la ventanilla bajada:

—Me encantaría quedarme, pero tengo que hacer compras para la fiesta de este fin de semana en mi casa —nos dijo risueña—. Os recogeré a la salida del examen. ¿Son dos horas, verdad? Dejad los móviles encendidos, por si necesito contactaros. Pasadlo bien, por lo menos tan bien como se lo van a pasar los alumnos.

Aquellas palabras dispararon nuestro pánico y nuestra adrenalina.

Dando un pequeño acelerón el coche se fue, y nos dejó a las dos solas ante el peligro. Nos miramos con los labios apretados. Ahora empezaba la función para nosotras.

Afortunadamente no tendríamos que pasar por delante del conserje. El examen sería en el salón de actos, que tenía además de la entrada principal una segunda entrada que daba directamente al patio exterior del instituto. Nos dirigimos hacia allí, rodeando la entrada principal. Los cuatro o cinco alumnos que estaban a lo lejos, en la escalera de entrada principal del instituto, no nos dejaban de mirar. El nerviosismo nos fue subiendo. ¿Y nuestros alumnos, los de nuestro examen? Al empujar la puerta de entrada al salón de actos, vimos que los casi veinte alumnos estaban dentro esperándonos.

—Buenos días —dijo mi novia con una débil voz irreconocible. ¿Esta era la misma persona que hacía un rato me estaba machacando con saña los huevos y la polla con la suela de su zapato?

Al momento todos aquellos ojos se posaron sobre nosotras. Los chicos sorprendidos y sonrientes de ver a su profesora vestida de una manera tan lujuriosa; las chicas con reprobación de ver a su profesora de tal forma que casi parecía una fulana. Todos le habían visto el culo desnudo en la pizarra, y el brillo de su entrepierna. Los chicos cuchicheaban entre sí. Ahora sí que no había dudas; era la misma ropa con que ella aparecía en una de las fotos que David y Natalia le habían hecho en los probadores.

Zorrita notaba otra vez como le temblaban las piernas. No podía controlarlo. Se sentía anulada como persona delante de aquellos chicos que sabían tanto de su lado más oscuro. No pudo evitar buscar la mirada de Natalia, la misma que ayer se había orinado sobre ella, la misma que le había obligado, desnuda a cuatro patas, a suplicarle a que le devolviera su traje. La muchacha la miraba con una sonrisa maliciosa y un desprecio infinito en los ojos. Se puso a hablar con su novio, que negaba con la cabeza, sin acabar de creerse que su profesora fuera tan sumisa como para venir con la ropa con la que ya la habían visto todos en la foto.

—…vestida y comportándose como una auténtica puta… —decía Natalia sin preocuparse de bajar mucho la voz.

El comentario lo escucharon todos los de alrededor, que asintieron divertidos. Julio también estaba allí, mirándola no con ternura como otras veces, sino con un deseo irrefrenable.

Zorrita bajó la mirada y siguió caminando, muriéndose de la vergüenza de ser tratada así y dentro de su degradación, sintiendo excitada como su vagina se encharcaba de gusto al sentirse otra vez como objeto sexual para sus alumnos. Todavía su cabecita le decía de vez en cuando qué estaba haciendo allí, vestida como una fulana, con su novio convertido en una chica sexy, delante de aquellos alumnos que ya habían abusado y podían abusar de ella otra vez. ¿Cómo podía hacer todo aquello por obediencia y amor a Ama Gema? No, no tenía explicación racional, era la entrega de su voluntad a la voluntad de su ama, nada más. Una experiencia terrible y gratificante al mismo tiempo.

Después de mirar a mi novia, los alumnos se fijaron curiosos en mí. Intenté no morderme los labios mientras me sentía evaluada como mujer, notando sus miradas recorriendo mis piernas y mis pechos. Dentro de mi nerviosismo, me sentía en la gloria y no pude evitar empezar a excitarme lentamente. Yo era ahora realmente Diana, una mujer preciosa y atractiva, que anhelaba sentirse deseada.

Comenzamos a caminar hacia el fondo del salón de actos, sintiendo sus miradas en nuestros culos.

El salón de actos presentaba la apariencia de un pequeño teatro. Tenía una docena de hileras de butacas. En su parte frontal había un pequeño escenario elevado con un telón azul oscuro donde a veces se hacían algunas representaciones de los estudiantes. Ahora mismo sobre el escenario, delante del telón, lo que había dos mesas juntas con sus sillas que miraban hacia los alumnos.

Subimos por una pequeña escalera lateral de apenas tres peldaños. Escuché algún débil silbido de admiración. Mi novia dejó su bolsa y la carpeta sobre una de las mesas. En condiciones normales aquello era impensable, pero mi novia no se atrevía ni a llamarles la atención. Su autoridad como profesora era nula. De todas maneras intentó organizar el comienzo del examen.

—Por favor, sentaos en los extremos de cada fila —dijo mi novia con la voz más natural que pudo—, y dejad una fila libre entre dos filas. Mi compañera Diana os dará los folios. Luego yo os repartiré el examen.

Cogí los folios, bajé hasta las butacas y empecé a repartirlos como me había dicho mi novia. Los chicos me miraban, expectantes, intentando saber si yo también estaba metido en el ajo de todo este asunto. Yo, con mis gafas de sol, sonreía débilmente, con el corazón acelerado del pánico de que me preguntasen cualquier cosa y tuviera que hablar. Todo fue bastante bien. Los dos más problemáticos, Natalia y David, se sentaron en la última fila. Julio, por el contrario, se sentó delante del todo.

Me volví a la tarima y mi novia, con el rostro blanco, bajó con su carpeta y empezó a repartir los exámenes, sintiéndose como un coño, un culo y un par de tetas que se paseaba entre sus alumnos. Así se sentía cuando la miraban descaradamente, desnudándola con la vista, cosa sencilla teniendo en cuenta la poca tela casi transparente que la cubría. Los fue repartiendo todos, sintiéndose evaluada por todos los chicos al pasar. A pesar de todo el agobio que sentía, era delicioso sentirse tan deseada. Dejó para el final a David y a Natalia, sentados los últimos. Cuando llegó a la esquina de Natalia y le dio el examen, ésta le sonrió.

—Gracias, putita —le dijo en voz baja—. Hoy vienes super atractiva, como el otro día en los probadores.

Zorrita se puso toda colorada y se disponía a seguir su camino, pero Natalia no la dejó.

—No, putita, cuando alguien te hace un cumplido, debes contestar con educación, ¿no te ha enseñado eso mi amiga, tu Ama Gema?

Zorrita tragó saliva y se humilló más delante de su odiada y temida alumna.

—Tienes razón…gracias, Natalia.

—Eso está mejor, putita. Sigue repartiendo los exámenes.

Zorrita se alejó, sintiendo como se la iba tragando esta pesadilla, pero al mismo pensando lo orgullosa que estaría Ama Gema de su comportamiento. Incluso dentro de la situación, llevando ya una semana de sumisión sin sexo, no pudo dejar sentir una oscura atracción por su alumna que la trataba despóticamente.

En la otra esquina de la fila estaba David, que la miraba con una cara de morbo insaciable. Llegó hasta su lado y le dio el examen.

—Espera un momento zorrita….—le ordenó, y allí, sin que le vieran sus demás compañeros, porque todos estaban lógicamente sentados de espaldas a él, empezó a pasar su mano por detrás de la pierna de su profesora, con suavidad, y la fue subiendo por debajo de la falda hasta llegar al culo, y empezó a acariciárselo, pasando su dedos por la raja del culo, notando las dos barras de metal que bajaban hasta el coño de su profesora.

Zorrita estaba allí inmóvil, sintiendo horrorizada como la mano de su alumno se paseaba libremente por su anatomía más íntima, en estado de shock de que le estuviese haciendo eso en mitad del examen, pero al mismo tiempo la lujuria que sentía le hacía desear que no parase de manosearla, halagada por las obscenidades que le estaba diciendo.

—Así que todavía llevas puesto tu cinturón de castidad…¡qué pena!, no sabes las ganas que tengo de follarte hasta reventarte. Ayer, cuando lo hacía con Natalia, me imaginé que te estaba metiendo a ti la polla hasta el fondo de tu coño. Creo que muchos de mis compañeros se han estado pajeando estos días, soñando contigo después del numerito que montaste en clase….nos tienes muy calientes con lo guarra que eres.

Su profesora se moría de gusto de que la tratase así. Si no tuviese puesto el cinturón de castidad, le suplicaría que no parara de magrearla y le metiera uno a uno todos los dedos en su coño jugoso y caliente, que jugara con el piercing que perforaba su clítoris, que le hiciera sentir un orgasmo simplemente masturbándola con sus dedos…la frustración del deseo insatisfecho le hice sentirse miserable. Pero al mismo tiempo hizo más fuerte y profundo su sentimiento de sumisión hacia Ama Gema, la única que la podía liberar de esta sensación de impotencia.

—¿No empezamos el examen, profe?—le dijo David. El alumno le dio una pequeña palmada en la piel del culo, como quien arrea un caballo—. Anda, vete a tu sitio. Luego sigo contigo.

Zorrita se alejó abochornada, sin atreverse a abrir la boca, dándose cuenta de cómo se estaba convirtiendo en un juguete para sus alumnos. A pesar de todo, a pesar de la humillación, la vergüenza…lo deseaba con toda su alma. Ahora mismo haría cualquier cosa que Ama Gema o sus alumnos le pidiesen.

Volvió caminando lentamente hasta la tarima, sintiendo las miradas de sus alumnos clavados en el contoneo de los sus cachetes del culo, casi a la vista. Notaba como sus pezones parecían que iban a perforar la tela blanca del top de lo excitada que estaba.

Mientras caminaba miró un momento la carpeta en la que llevaba los exámenes. Ahora que los había repartido estaba casi vacía. Pero entre los pocos folios que quedaban había algo que no esperaba allí. Sin dejar de andar, pasó los dedos entre los folios, extrañada.

Allí había un sobre pequeño y cerrado.

Estaba segura que ella no lo había puesto en la carpeta.

Se paró un momento, sintiendo como el corazón se le aceleraba al instante. Por la parte de delante del sobre no ponía nada. ¿Qué hacía aquel sobre allí? Desde luego que ella no lo había puesto.

Una idea cobró forma al momento en su mente.

¿Sería uno de esos sobres que ella ya conocía?

El corazón empezó a disparársele con la incertidumbre.

Agarró el sobre con fuerza mientras el corazón se le aceleraba más más. Su mano lo apretaba con fuerza. Su mente intuía el abismo al que se podría precipitar si era cierto lo que pensaba. Un paso más hacia el abismo del placer y la humillación.

Por fin se decidió a darle la vuelta al sobre.

Con el corazón desbocado leyó las dos palabras que había en el reverso:

Ama Gema

4

Zorrita volvió a leer aquellas dos palabras escritas en el reverso del sobre.

Ama Gema.

No había ninguna duda de que el sobre era de su dueña, con aquella la letra clara y de trazo firme. Zorrita ahogó un chillido de sorpresa y de excitación. La adrenalina empezó a inundarle todo el cuerpo. Con toda seguridad, Ama Gema había cogido la carpeta con los exámenes cuando salieron de casa, y había aprovechado el momento para meter el sobre dentro.

Por supuesto que ella no era la persona que debía abrirlo, sino quien Ama Gema quisiera. Una persona que encontraría la nota que ella ya sabía muy bien lo que ponía. Un vale para usarla como esclava sexual. Su mente empezó a imaginar las infinitas posibilidades a la que le podía llevar ese sobre, dependiendo de las manos en las que cayera.

Zorrita siguió caminando y subió a la tarima del salón de actos. La miré y noté en sus ojos que su nerviosismo aumentaba.

—Tenéis una hora para hacer el examen —dijo con voz trémula.

Zorrita y yo nos sentamos. Mi novia puso el sobre encima de la mesa y me miró con mirada brillante. Yo miré el sobre y luego la miré a ella. No hacía falta que dijéramos nada. Ambos sabíamos lo que aquello significaba.

Estaba claro que el examen tendría final feliz para alguien.

La primera media hora pasó más o menos tranquila. Algunos alumnos levantaron la mano para preguntar alguna duda y mi novia se levantó para contestarles. Cada vez que se acercaba a ellos, todos los chicos dejaban de escribir y prácticamente se la comían con la mirada.

Me parecía increíble, pero mi nuevo yo, la guapa y sexy Diana, sentía celos de que mi novia me quitara protagonismo delante del género masculino. En un gesto de atrevimiento, yo también me dediqué a pasearme por el salón, haciendo como si los vigilara, sólo para sentir sus miradas recorriendo también mi cuerpo, mis falsos pechos sugerentes, mis piernas depiladas, y el triángulo rojo de mis braguitas. Tanto David como Julio y otros alumnos me dirigieron miradas apreciativas. Los estaba engañando a todos. Me sentía pletórico…o pletórica,…eso no lo tenía claro, y cada vez menos. La excitación hizo que mi pene volviera a ponerse turgente, así que no me quedó más remedio que volver a sentarme para que el bulto de mi entrepierna no fuese demasiado evidente.

Cuando me senté de nuevo en la mesa de la tarima, mirando hacia todos los alumnos y al lado de mi novia, ella me miró con una cara que no pude acabar de interpretar.

—Eres incorregible —me dijo en voz baja.

—Lo siento, mi ama —susurré algo nervioso.

—Bájate las bragas ahora mismo —me ordenó con la misma voz baja, sin ni siquiera mirarme a los ojos.

Me quedé mirándola con la boca abierta, con los latidos del corazón otra vez haciendo que el morbo circulara por todo mi cuerpo. Por supuesto que no me atreví a decir nada.

Con disimulo, levanté un poco el culo y me remangué el traje todo lo que pude, cosa fácil por lo corto que era, hasta dejar mis braguitas a la vista. Miré un momento hacia los alumnos. Casi todos estaban a lo suyo, algunos mirando hacia delante, pero con la mirada perdida, pensando en sus cosas. Con la tensión a flor de piel, agarré las bragas por los lados y fui tirando de ellas hacia abajo, hasta dejarlas en las rodillas. Mi pene, otra vez duro como el acero, apuntaba hacia el cielo. Desde luego no pintaba nada allí, en la entrepierna de Diana, pero me mandaba un placer inmenso, sabiendo que sólo la mesa me separaba de un escándalo.

—Quítatelas del todo —volvió a ordenarme mi novia en voz baja.

Me empecé a agobiar, pero al mismo tiempo la angustia del riesgo disparó aún más la excitación que sentía. Me incliné hacia delante y poco a poco las fui deslizando hasta los tobillos. Moví un poco los zapatos hasta que conseguí que quedaran en el suelo.

Mi novia, sin moverse de su sitio, y sin necesidad de hacer ningún gesto raro, porque estaba sentada junto a mí, puso su mano izquierda sobre mi pene oculto tras la mesa. El contacto era electrizante. Con ansia, me cogió todo la longitud de mi polla tiesa y lo apretó con saña.

Yo me sentía en la gloria, mirando hacia delante como si no pasara nada.

—Coge tus bragas y ponlas encima de la mesa —me volvió a ordenar sin mirarme.

Me incliné ligeramente hacia un lado, y con el pie puse las braguitas rojas junto a la silla. Con un breve movimiento me agaché un poco y las cogí con una mano. Nervioso, las puse sobre la mesa, a la vista de todo el mundo. Jugaba con la ventaja de que al estar nosotras en lo alto de la tarima y los alumnos más abajo, no veían bien lo que había encima de la mesa.

Mi novia empezó a masturbarme, despacio, recreándose en sentir la dureza de mi polla en el tacto de su mano. Tiró con decisión para que mi glande quedase completamente al aire. Como si de una vagina se tratase, su mano subía y bajaba desde la punta turgente hasta mis huevos. Yo, con las gafas de sol todavía puestas, resoplaba suavemente.

Noté que Julio, sentado en primera fila, levantaba la mano. ¡Maldición!. No quería que mi ama dejara de masturbarme por nada del mundo.

—Sube, Julio —dijo mi novia con voz natural.

Yo me quedé petrificado al escuchar sus palabras, pero ella no dejó de seguir acariciando mi polla. Mi silla estaba bien arrimada a la mesa, seguramente Julio no vería mi pene…, pero la situación me parecía terrible. Empecé a sudar del agobio que me estaba entrando.

Julio se levantó, con su examen en la mano, y caminó hasta los tres escalones laterales. Subió a la tarima en un momento y se colocó delante de la mesa de mi novia. De repente sus ojos se le pusieron como platos cuando descubrió mis braguitas rojas de encaje, tan sexys, delante de mí. Yo me puse completamente colorada. Apreté fuertemente los labios. Con mis gafas de sol puestas, no me atrevía a mirar a ninguna parte.

—¿Sí, Julio?—preguntó mi novia con voz algo picante.

Julio parpadeó y su mirada se fue hasta los pechos casi desnudos de mi novia, con sus pezones perfectamente visibles, bajo la tela blanca y finísima de su top. Empezó a decir no sé qué de que si la segunda derivada de la función x… mientras mi novia asentía. Pero al momento la mirada del joven se fijó en que el brazo izquierdo de mi novia no estaba a la vista, sino que bajaba hasta llegar a mi regazo, y que se movía lenta y rítmicamente.

Julio dejó un momento de hablar, atónito, pensando que su profesora estaba metiendo sus dedos en mi inexistente coño sin bragas. Yo quería que me tragase la tierra, pero al mismo tiempo estaba a punto de correrme otra vez.

Mi novia le dijo un par de frases y Julio asintió distraído, más pendiente de las tetas preciosas de mi novia y de aquella mano que se perdía en mi entrepierna, que de cualquier sutileza matemática. Un momento después se bajó y se volvió a sentar en su silla de la primera fila, nervioso, sin dejar de mirarnos a las dos, casi sin pestañear.

—Parece que tenemos público —dijo mi ama con sarcasmo—. ¿Quieres que pare, Diana?

El morbo de aquella situación multiplicó aún más mi excitación. Me iba a correr delante de uno de los alumnos de mi novia, a escondidas del resto de toda la clase, allí en medio. La mano de mi novia no paraba de masturbarme, y yo me moría por tener un orgasmo.

—No, mi ama, por favor, no pares —susurré con la respiración entrecortada.

Mi novia se rio muy suavemente. Algunos otros muchachos nos miraron un momento, sin saber qué estaba sucediendo. La tensión me estaba matando.

—Quítate las gafas, para que Julio te disfrute —me volvió a ordenar—. Sepárate un poco de la mesa.

Levanté un poco la silla y me eché un palmo hacia atrás. Mi pene ya no estaba oculto bajo la mesa; si alguien subiera en ese momento….Cerré los ojos un instante y me quité las gafas. Cuando volví a abrir los ojos me sentía más desnuda que sin las bragas. No había nada que ocultase mi mirada de la mirada de Julio, que sabía que estaba pasando. Si mi novia me hubiese quitado la mesa que ocultaba mi pene a los alumnos, no me habría sentido tan expuesta como sin la gafas.

La mano de mi novia funcionaba a la perfección. Yo no podía evitar estar con los labios entreabiertos y respirar haciendo algo más de ruido del que yo quisiera. Julio, en primera fila, a penas a cinco metros de distancia, no me quitaba ojo de encima, mirando de vez en cuando también a mi novia.

Zorrita le sonrió a Julio, como diciéndole que la función era para él.

—No dejes de mirar a Julio —me ordenó mi ama—. Quiero que vea tu cara cuando te corras.

Yo lo miré a los ojos, y su mirada era de un deseo tan intenso como el que sentía por mi novia. Aquello me halagó y me hizo sentir muy bien, como una mujer caliente y sexy. De todas maneras me reí mentalmente, pensando la cara que pondría el muy infeliz si viera mi polla en su máximo esplendor. También mentalmente le di las gracias a mi Ama Gema por haberme transformado en una mujer estupenda, por haber desarrollado mi lado femenino que tanta fuente de placer me estaba dando.

Sí, me iba a correr. Yo sentiría el orgasmo en mi pene hinchado, pero Julio lo sentiría en mi cara. La mano de mi ama se fue moviendo más y más rápidamente, y mi suave respiración se fue haciendo más profunda. Mi boca se quedó abierta intentando dar los gemidos que no podía gritar.

El placer de ser observado me mataba de gusto. Mi pene iba a estallar de felicidad. Mi ama lo notó y apuntando mi polla hacia arriba, hacia la mesa, le dio un fuerte acelerón final a su mano. El placer tan anhelado me inundó por fin; un chorro de leche caliente y potente salió a borbotones de la punta de mi polla; noté como mi leche volaba por el aire y caía al suelo debajo de la mesa, aunque algunas gotas, con la fuerza de mi corrida, llegaron hasta la superficie de la mesa.

Yo entrecerré los ojos, con la boca petrificada en un largo gemido de placer que sólo pude dar en mi mente y que me recorrió todo el cuerpo. Tan temprano, y ya me había corrido tres veces. Simplemente maravilloso. El placer se fue alejando, dejándome una sensación de bienestar y nerviosismo al mismo tiempo. No me atrevía a seguir mirando a Julio, de la vergüenza que sentía después de correrme. Una pequeña parte de mi mente todavía me decía que aquello que estaba haciendo era una locura, pero mi nueva parte fuerte, Diana, la mandó callar.

Mi ama dejó acariciar mi polla. Cogió mis braguitas rojas como si fueran un pañuelo y se limpió las manos con ellas. Las dobló cuidadosamente, dejando la parte del triangulito del pubis en el exterior. Después me las dio a mí.

—Anda, cerdita, limpia la mesa —me dijo con malicia—, mira como lo has puesto todo, so guarra.

Así que cogí mis braguitas, y me entretuve en utilizarlas como una bayeta sobre la mesa, dándome un poco de lástima de usar mis braguitas así.

—Muy bien, cerdita —me dijo mi ama cuando terminé con los restos de mi leche de la mesa—. Ahora te vas a levantar y le vas a dar las bragas a Julio, para que tenga un recuerdo tuyo.

La angustia se desbordó cuando escuché esas palabras, sabiendo que no tenía otra opción que obedecer, porque así yo lo había decidido, hasta convertir mi sumisión en mi forma de ser. Me aterraba bajar sin bragas, con mi pene todavía medio duro, que iría dando golpes contra la tela blanca y estampada translúcida de mi trajecito veraniego.

Suspiré y me puse de pie. Aquello no era arriesgado, era un suicidio. Cogí las braguitas sucias y las metí en el puño de una de mis manos, procurando que no se vieran.

—Anda, coge unos folios para taparte un poco —me dijo sonriente mi novia, dándome su carpetilla.

Yo la cogí con la otra mano, suspirando en parte aliviado. Con unos nervios terribles comencé a caminar por la tarima, bajo la atenta mirada de algunos de los chicos, procurando taparme como pude la entrepierna. La sensación de ir con el culo y mi polla al aire bajo la tela hacía que mi pene no acabara de relajarse. Bajé los tres escalones y me acerqué hasta Julio, que me miraba como en el lobo del cuento miraba a caperucita roja; era admirable sentirse tan deseada como mujer, quien me lo habría dicho hacía dos semanas…

“¿Y ahora qué demonios le digo?”—pensé. Decidí que lo mejor era no decir nada. Así que me incliné hacia él, le sonreí y disimuladamente le puse mis braguitas en su regazo. Sin esperar una contestación me di la vuelta y comencé a caminar de vuelta a la tarima. Subí los escalones a un paso ligero, lo que hizo que se me viera un poco el principio de los cachetes del culo porque el vuelo de mi vestido era muy corto. Me apetecía hacer algo así; mi faceta femenina se iba volviendo más y más atrevida.

Cuando me senté la cara de Julio era todo un poema. Se quedó con la boca abierta, mirando alternativamente a mi novia y a mí. Ella le guiñó un ojo y con disimulo se puso un dedo en los labios para que guardara el secreto. Julio, mal que bien, intentó centrarse en el examen otra vez, sin dejar de revolverse inquieto en su asiento.

El examen continuó un rato más. Bastantes alumnos fueron entregando el examen. La mayoría de los pocos que iban quedando eran varones. Una de las pocas chicas que seguía haciendo el examen era Natalia.

Mi novia y yo no hacíamos más que mirar el sobre cerrado de nuestra Ama Gema sobre la mesa. Nuestros móviles seguían en silencio, al igual que nosotros. Mi novia pensando en que no se iba a escapar del examen sin ser humillada de alguna manera, y yo con la angustia de tener que salir de allí sin bragas. Yo miraba de vez en cuando a Julio, que nos dedicaba miradas hambrientas de sexo.

Desde el fondo del salón de actos, Natalia levantó la mano. Mi novia se estremeció un poco, pero se levantó y fue caminando hasta ella, sin dejar de pensar ni un momento que iba vestida como una fulana fácil. La sensación de sentirse despreciable se agravaba por lo caliente y lujuriosa que se sentía al mismo tiempo con aquella situación.

Natalia la esperaba sonriente, con ojos de maldad. David, desde el otro extremo de la última fila, las miraba de vez en cuando.

—¿Sí, Natalia?—preguntó zorrita débilmente. Realmente le estaba empezando a coger pánico a su alumna, y ella lo sabía.

—Verás, putilla —dijo ella en voz baja, pero con naturalidad—. Estoy teniendo muchas dudas con todos los problemas, ¿ves?

La alumna le mostró el examen a su profesora. Zorrita a su lado, sorprendida, vio que estaba en blanco. Su alumna no había hecho nada de nada, sólo había puesto su nombre.

—Verás, putilla —repitió Natalia suavemente—, lo que tengo claro es que este fin de semana hay una fiesta en casa de mi nueva amiga Gema,… tu ama, ¿verdad, esclava?, la que te ha puesto ese cinturón de castidad tan bonito que llevas puesto —recalcó la alumna—. Gema me ha prometido que en la fiesta podré hacer contigo lo que quiera, y yo puedo ser extremadamente perversa y cruel si no te portas bien…¿vas comprendiendo, esclava?

—Sí, Natalia —dijo humildemente su profesora, sintiendo como se iba hundiendo en el lodazal de las palabras de su alumna, mientras su imaginación se desbordaba con todo lo que podría ocurrir en la fiesta. Mil variantes de placer y dolor extremos.

—Pues entonces nos estamos entendiendo. Dejo en tus manos la nota que me vayas a poner en el examen, que espero que sea buena, por no decir excelente —dijo Natalia sin perder la sonrisa—. Toma, recógelo.

Natalia dejó caer el examen al suelo. Aquello la hacía sentir despreciable. Sin decir nada, zorrita, deseando en el fondo de su alma humillarse aún más ante su alumna, sin que se lo ordenara directamente, se arrodilló, y en esa posición lo recogió del suelo.

—Pero que puta eres —dijo Natalia negando divertida con la cabeza.

La parte más pervertida de zorrita disfrutaba con que su alumna la utilizara de aquella manera, y deseaba que lo siguiera haciendo. Decidió hacer algo que la arrojaba todavía más al fondo del abismo al que estaba tirando su vida. Cogió los folios del suelo, pero no se levantó, sino que se quedó de rodillas junto a ella. Nadie más la veía allí en la última fila de butacas. Cada segundo que pasa así se sentía más y más esclavizada, y la situación le mandaba más placer a su coño hambriento. Se quedó con la mirada baja, expectante, sintiendo la delicia de degradarse más y más bajo delante de Natalia.

—¿Deseas algo más? Sólo tienes que pedirlo —ella misma se sorprendió de escuchar sus propias palabras.

Natalia se quedó pensativa, saboreando el poder que ahora tenía sobre su odiada profesora.

—El otro día me comiste el coño muy bien…¿sabes?, nunca me ha comido el culo una chica…me gustaría probarlo ahora mismo. Ponte a mi lado y agáchate.

Zorrita, con el corazón latiendo con fuerza pasó por delante de su alumna y se colocó arrodillada en el suelo de la butaca que estaba al lado. Su cabeza no hacía más que pensar en el resto de los alumnos, si alguien levantara la mano para hacerle una pregunta…

—Apoya la cabeza sobre el asiento —le ordenó Natalia.

Zorrita, encogida en el suelo todo lo que pudo, dobló el cuello hacia atrás de manera que su nuca quedó apoyada sobre el asiento de la butaca, con la cara mirando hacia el techo. La posición era incomodísima, y se iba a volver más incómoda; procuró quedarse totalmente quieta. David desde el otro extremo de la fila, las miraba con la boca abierta y los ojos expectantes.

Natalia, disimuladamente, se levantó. Llevaba una mini falda vaquera, sin bragas, por supuesto; se la subió hasta la cintura, dejando su coño al aire, dio un par de pasos, y se colocó sobre el asiento de al lado con la piernas separadas. Luego con rapidez fue bajando el culo, hasta que sintió como tapaba la cara de su profesora, dejando caer su peso sobre ella.

Zorrita sintió como si le fueran a partir el cuello, pero no había tiempo para quejarse. Sentía el olor fuerte y penetrante del culo de su alumna por el poco aire que le podía entrar. Aguantó la respiración y el olor la impregnó por dentro; con avidez sacó la lengua y empezó a lamer la entrada del ano de Natalia.

Su alumna, a gusto, se movió un poco, como si le masajeara la cara con su culo. Se levantó unos centímetros, para, que su profesora pudiera respirar un poco, y luego volvió a aplastarle la cara. Zorrita buscó con ansia la entrada del esfínter y presionó con todas sus fuerzas procurando meterle la lengua bien dentro.

Natalia lo estaba disfrutando enormemente. La sensación de poder y dominio mientras vejaba a su profesora era increíble. Se volvió a levantar un poco y puso los dedos de sus dos manos entorno a su esfínter, tirando de los cachetes para que se abriera todo lo que pudiera. Zorrita elevó la cabeza y con su lengua penetró varios centímetros dentro del culo de su alumna, sintiendo con la punta de su lengua aquel sabor indescriptible, repulsivo y amargo a la vez. Tuvo que hacer un esfuerzo por no vomitar, y siguió lamiendo con la lengua y follando con ansia el culo de su alumna, durante unos minutos que se le hicieron interminables, mientras Natalia le aplastaba la cara una y otra vez.

Por fin Natalia se levantó y se volvió a sentar en su butaca, arreglándose la falda. Su profesora jadeaba del esfuerzo.

—Uf, me ha encantado. Lo haces incluso mejor que mi novio David —dijo satisfecha.

—Gracias, Natalia —atinó a decir zorrita, pensando en el espectáculo que se habría llevado precisamente el novio al otro extremo de la fila.

—Ya te puedes levantar —permitió Natalia.

Zorrita se enderezó algo dolorida, aunque más le dolía su ego. Se vestía como una puta, y se comportaba como una puta. Miró nerviosa a todos sus alumnos sentados de espalda. Ninguno se había dado cuenta de nada, todos estaban dedicados al examen.

Natalia se levantó y se puso al lado de su profesora.

—Todavía quiero que hagas una cosa más…—su voz destilaba veneno.

Zorrita no se atrevió ni a preguntar.

—Quítate los zapatos.

Zorrita lo hizo al momento, nerviosa.

—Quítate el top —le dijo la chica llanamente, mirándola a los ojos.

Zorrita la escuchó como quien no da crédito a sus oídos. Se quedó paralizada. No, no podía hacer aquello, aunque estuviera al fondo del salón de actos y los demás chicos estuviesen de espaldas. Pero al mismo tiempo la idea de la obediencia absoluta y el exhibicionismo extremo hizo que su vagina chorreara de gusto. Someterse y obedecer a su alumna más rebelde y odiada. La idea le pareció tan depravada que le encantó.

Sin decir nada, agarró los bordes del top y empezó a levantarlos para sacárselo por la cabeza. En unos segundos lo tenía en la mano y sus pechos, morenos, firmes y turgentes quedaban expuestos a los ojos de su alumna.

Yo, sentado en la tarima, lo estaba viendo todo, y no me podía creer que mi novia fuera capaz de meterse en un lio semejante por su propia voluntad. La visión de los pechos de mi novia me excitó cada vez más.

Natalia aprovechó para pasar sus manos por los pechos de su profesora, acariciándolos. Con sus pulgares y sus dedos índices cogió los dos pezones duros como piedras y los fue apretando, primero suavemente, apretando luego con más y más fuerza. Zorrita cortó un grito de dolor y apretó fuertemente los labios.

—Te gusta, ¿verdad, putita? —dándole varios apretones más antes de soltarlos.

—Sí, Natalia, me encanta —dijo mi novia sintiéndose tan degradada y miserable delante de ella.

—Muy bien, zorrita —sonrió Natalia, mirándole los pechos de forma apreciativa—. Dame el top.

Mi novia, se quedó dudando un momento. Si se lo daba, no sabría si lo podría recuperar. Perdería completamente el control de la situación. Se entregó más a ella. Dio un largo suspiró y se lo dio. Al hacerlo se sintió todavía más desnuda y en manos de su alumna. La sensación de pánico se hizo casi dolorosa.

Natalia puso una sonrisa de satisfacción y la miró con mirada atrevida.

—Ahora te vas a quitar la falda —le volvió a ordenar.

El corazón de zorrita latía a mil. La angustia, el morbo y la excitación luchaban con fuerza dentro de ella. No, se repetía, no lo podía hacer, no podía montar un escándalo en su centro de trabajo. Pero la mirada de Natalia no daba opción a la duda. En el fondo su ser estaba disfrutando hasta el infinito; entregarse a ella, completamente, sin reparos. La idea la excitaba a extremos imposibles de comprender, gracias entre otras cosas a llevar una semana sin follar.

—Lo que tú mandes, Natalia —dijo con voz de ultratumba.

Tiró de la falda hacia abajo y se la quitó por los pies, dejándola en el suelo.

Estaba completamente desnuda e indefensa, vestida sólo con su cinturón de castidad.

Sentía un orgasmo a flor de piel.

El subidón de adrenalina correteando por su sangre casi le impedía pensar. Se estremeció de la vergüenza de quedarse desnuda delante de su alumna, sólo con su cinturón de castidad puesto, allí en medio de la clase, llena de adolescentes que en cualquier momento se podrían girar y verla así.

Hacía tiempo que había dejado de ser su profesora. Ahora era una esclava, una puta sumisa que estaba siendo usada por aquella chica joven. Una realmente se siente inferior cuando está desnuda delante de otra persona vestida. De manera automática se adopta una mentalidad de sumisión. Zorrita miraba nerviosa hacia atrás, temiendo que cualquier chico se diera la vuelta para preguntarle algo. Aquello sería el final de esta locura y el comienzo de una locura mayor.

Natalia la inspeccionó de arriba abajo, disfrutándola con la mirada.

—Me encantaría ser yo quien tuviera la llave de tu cinturón de castidad —dijo Natalia apreciativamente—. Creo que tu Ama Gema te va a poner otro modelo más ligero este fin de semana…

Zorrita la escuchó con curiosidad y ansia, sin saber que le estaría contando su Ama a esta chica.

—Tienes un tipo muy bonito —le dijo, acercándose y pasando las manos por el culo y la cintura de su profesora.—Seguro que todos estos chicos se masturban pensando en ti, incluyendo mi David.

—Gracias, Natalia —dijo halagada zorrita, muerta de vergüenza al mismo tiempo.

—De nada —contestó la alumna—. Ahora me vas a dar la falda.

Aquello era entregarle el control total de la situación a Natalia. Su menguante mente racional le gritaba que no hiciera algo así por nada del mundo, pero el morbo y el placer de entregarse completamente, de estar a merced de su alumna, ganaron la batalla.

Zorrita se agachó, cogió la falda con una mano, con el corazón que le iba a estallar, y se la dio a Natalia. Miró a su alumna a los ojos, agachó la mirada y se mordió los labios. Se sentía en sus manos, para lo bueno y para lo malo. Natalia cogió la falda, sintiéndose pletórica de todo lo que podía hacer con su profesora.

—¿Sabes? Podría ordenarte que te fueras desnuda caminando hasta la tarima, ¿Qué te parece? ¿Lo harías?

Zorrita se quedó allí temblando, con la mirada baja, imaginando la situación…

—Sí, Natalia, lo haría por ti…—dijo en un tono inaudible.

—También podría llamar al conserje para que viniera o a cualquier profesor que esté por aquí en el instituto. ¡qué escándalo!, ¿verdad?

—Sí, Natalia —dijo zorrita con un hilo de voz, imaginando las situaciones tan terribles y morbosas en la que se podía meter.

—Desde luego que esta Ama Gema tuya debe ser alguien increíble para haberte convertido en esto —dijo Natalia con admiración.

—Lo es, Natalia —reconoció zorrita hasta cierto punto con orgullo.

—En fin, me voy —dijo Natalia poniéndose de pie—. Me llevo tu ropa de recuerdo.

Sin decir nada más, cogió su mochila, la abrió y metió dentro de la ropa de su profesora. Después se la puso al hombro y comenzó a caminar.

El pánico se impuso a la excitación y a cualquier otra sensación. ¿Qué iba a hacer allí desnuda mostrando su cuerpo esclavizado? Las lágrimas afloraron a sus ojos. No la podía dejar así, no podía.

—Por favor, Natalia, no me dejes así —suplicó con un susurro aterrado.

Natalia se detuvo, mordiéndose los labios de lo bien que se lo estaba pasando.

—¿Así piden las cosas las esclavas? —dijo con desprecio—Desde luego que te mereces que te azoten.

Zorrita se arrodilló al momento delante de su alumna. Ya no quedaba nada de la excitación de hacía un momento, sólo la angustia y el pánico de la situación.

—Por favor, Natalia, te lo suplico, dame la ropa —no pudo evitar que las primeras lágrimas se le escaparan.

Natalia, sintiendo la embriaguez del poder desde su posición elevada, no hizo un solo gesto.

Zorrita se arrastró hasta los pies de su alumna, y agachó la cabeza hasta que tocó con ella y con sus manos los zapatos de la alumna.

—Por favor, por favor,…te lo suplico,… no me dejes así…

Natalia cerró los ojos del placer que sentía. Jamás había humillado y abusado tanto de alguien, y menos de su odiada profesora. La sensación de poder absoluto era tan buena como el mejor orgasmo.

—Mejor, lo estás haciendo ahora mucho mejor.

Zorrita se quedó allí inmóvil, a los pies de su alumna, esperando su compasión, sin atreverse a decir nada más. ¿Qué era ella ahora mismo? Nada, menos que nada.

Pero Natalia fue inflexible.

—De acuerdo…te devolveré tu ropa —dijo lentamente, mientras zorrita contenía la respiración—, …este fin de semana, en la fiesta de Gema.

Y sin decir nada más, se dio la vuelta, caminó hasta la salida, y se fue.

Zorrita se quedó aturdida en el suelo, sin saber qué iba a ocurrir ahora, sin escapatoria, sin saber dónde ir o qué hacer, inmóvil, desnuda. Aquello era una fantasía convertida en una pesadilla de la que no podía despertar. El tiempo jugaba en su contra. Algún alumno se levantaría para entregar el examen y la vería allí; cualquiera de ellos levantaría la mano para preguntar una duda y tendría que aparecer de alguna manera…

Yo, sentada desde la tarima, había sido testigo de todo. La visión de mi novia, desnuda a merced de Natalia, me tenía la polla otra vez a punto de estallar. David lo había visto todo también, girándose levemente. A pesar de la excitación, yo también me estaba angustiando del cariz que estaba tomando la situación; mi novia desnuda, yo sin bragas. Además Julio, no me quitaba los ojos de encima.

Pero como dice una versión anterior a la propia la ley de Murphy, atribuida a Churchill, toda situación mala es susceptible de empeorar.

Un ligero y breve ruidito me sacó de mis pensamientos; el móvil de mi novia dio un solo pitido. Un mensaje en el buzón de entrada. Con manos nerviosas lo cogí y lo abrí. Por supuesto era de Ama Gema.

Dale el sobre a David. Nos vemos a la salida, sed puntuales.

Ama Gema.

5

Estaba claro que yo le tendría que dar el sobre de Ama Gema a David, en vista de que mi novia estaba escondida desnuda tras la última fila de asientos.

Se me pasó la idea de ir hasta ella, decirle que cogiera el sobre, y ella misma, desnuda delante de todos los alumnos que quedaban en clase, le diera el sobre a David. El pensamiento me excitó mucho, pensando en la humillación que sufriría mi novia. Pero luego pensé en que aunque mi novia fuera esclava de mi Ama Gema, yo seguía siendo esclava de las dos, y que zorrita sería luego terriblemente cruel conmigo, como sabía por experiencia.

Así que lo cogí, me puse de pie y bajé la tarima. Me ponía excitada y nerviosa tener que pasar por delante de Julio. El muchacho me bebía con la mirada y había puesto mis braguitas rojas junto al examen. Yo realmente no sabía qué hacer. Procuré pasar por delante de él, sin decir nada, pero el joven me habló.

—¿También vienes este fin de semana a la fiesta de Gema?—me preguntó ansioso.

Le sonreí y afirmé con la cabeza.

—Allí nos veremos —me dijo relamiéndose.

Volví a sonreír, pero por dentro estaba gritando de desesperación, y seguí mi camino hasta el fondo del salón de actos.

David me miraba de arriba abajo. Tenía que reconocer que como Diana estaba en la gloria, pero como hombre (¿antes yo era un hombre, verdad?), hacía tiempo que había dejado de saber qué diablos estaba haciendo con mi vida. Cuando llegué a su lado, simplemente dejé el sobre junto a él. Me quedé un momento a su lado, sin decir nada.

Miré a mi novia, medio encogida detrás de la última fila de asientos. Al verla de cerca, desnuda y tan apetecible, hizo que el deseo de follar con ella me volviera loco. Lo que yo ya no sabía era que deseaba más, si follármela yo a ella, o que ella me follara el culito con un arnés. Estaba claro que en cuestión de sexo, mi mundo se hacía cada vez más amplio, y todo gracias a mis amas.

David cogió el sobre con curiosidad. Me miró un momento esperando alguna aclaración, pero yo me quedé callada. Ni quería ni podía hablar de lo nerviosa que estaba, así que me volví a mi asiento en la tarima, preocupado por saber qué iba a pasar ahora que mi novia quedaba en manos de aquel muchacho.

Mientras volvía, no hacía más que pensar que yo misma le estaba dando en bandeja a mi novia para que abusaran de ella. En el fondo, sorprendido, me daba cuenta que me daba igual lo que hiciera con zorrita, ¡y pensar que hacía dos semanas, cuando todavía era simplemente mi novia, hubiese matado a quien le pusiera las manos encima! No, Ama Gema tenía razón, ya no sentía celos de mi novia, sino celos de lo que hicieran con mi novia, simplemente porque a mí, como la nueva Diana, también deseaba que me trataran igual.

Zorrita, encogida tras la última fila, vio como David cogía el sobre y lo abría. Parecía que su situación se volvía cada vez más desesperada. Sentía como la pesadilla se hacía más y más real. Respiraba aceleradamente, angustiada y excitada de saber que su alumno más díscolo sería su dueña en un momento.

David abrió el sobre y sacó la pequeña tarjeta que había dentro. Leyó la frase con los ojos entrecerrados:

VALE.

El poseedor de este vale tiene derecho a disponer UNA vez de mi esclava en la manera que estime oportuna para su disfrute sexual.

Firmado: Ama Gema.

El muchacho se quedó inmóvil, leyendo las palabras una y otra vez, mientras su completo significado iba calando poco a poco en su cabeza. Siguió quieto en su butaca, mientras su mente se iba inundando con las fantasías infinitas que prometía aquella frase tan sencilla. Además, su novia se había ido ya. Campo libre para hacer todo lo que quisiera.

Su boca finalmente se contrajo en una sonrisa pícara.

Sin decir nada miró por encima de su hombro hacia donde estaba medio escondida la profesora. Ella lo miraba temerosa. David carraspeó un poco y simplemente, haciendo un gesto claro con la mano para que ella lo viera, señaló con el dedo índice hacía el suelo.

Zorrita, respiraba más y más aceleradamente, con tensión de la incertidumbre, pero sabiendo que David la usaría y la humillaría. Caminó despacio hacia él por detrás de las butacas, a cuatro patas, como la auténtica perra que era ahora mismo.

La sensación que la llenaba era la de sumisión ante un macho dominante. Siguió caminando a cuatro patas hasta que quedó junto a su alumno, mirando hacia la tarima, con las piernas separadas, como si fuera su mascota. David, sin levantarse, le pasó una mano por la espalda, y le fue acariciando los hombros, los pechos que colgaban, la cintura. Le apretó y manoseó con fuerza el culo.

—Joder, pero qué buena estás —susurró—. Daría cualquier cosa para que tu Ama Gema te quitara el cinturón de castidad y poder follarte. Está claro que se lo pediré este fin de semana. ¿Te gusta que te manosee, zorrita?

—Sí, David, me encanta —reconoció ella. ¿Cómo podía estar diciéndole esto a su alumno, a aquel impertinente que siempre le estaba intentando fastidiar sus clases?, ¿Cómo podía estar allí desnuda, a cuatro patas y caliente como una perra en celo?

—Si supieras cuantas veces me he hecho pajas pensando en ti…¿Te gustaría que te follara, zorrita?

La profesora se estremeció de gusto con la crudeza de su alumno. Si no tuviera el cinturón de castidad puesto…

Como zorrita no contestó a la primera, David le apretó el culo con una mano hasta clavarle las uñas.

—¿Te gustaría que te follara, zorrita?—volvió a preguntar David en voz baja—. Venga, di la verdad.

Zorrita se estremeció de gusto.

—Sí, David, me encantaría…—reconoció, mirando al suelo con los ojos cerrados. No sólo le encantaría, se lo suplicaría hasta que la follara a base de bien.

—Pues te lo tienes que ganar, esclava —le sermoneó David. El muchacho, sentado, separó las piernas.

—Aquí, zorrita —ordenó volviendo a señalar con el índice, esta vez a su propia entrepierna. Ahora que se había ido Natalia, el chico estaba dispuesto a aprovechar al máximo su oportunidad. Sólo de ver a su profesora desnuda, con su moreno integral, tan apetecible y tan sumisa, le tenía con la polla completamente tiesa dentro de sus pantalones.

La profesora se acurrucó a los pies de su alumno. David se recostó con comodidad en el respaldo de su butaca y pasó los brazos por detrás de la cabeza, con el único pensamiento de que esto iba a ser memorable. La maldita y buenorra de su profesora de matemáticas, desnuda, haciéndole una mamada…mejor que si la tocara la lotería.

Zorrita puso con ansia sus manos en la cremallera del pantalón vaquero del chico, sintiendo la dureza que se escondía detrás de la tela. Soltó el botón del pantalón y bajó la cremallera con rapidez; los boxer tapaban un bulto enorme que deseaba escaparse de allí.

—Ponle ganas, guarra —le dijo David mirándola con una sonrisa morbosa.

Zorrita bajó los boxer, y la polla de su alumno, dura como el mármol y tan larga que daba miedo verla, salió como si tuviera un muelle. Zorrita miró con sorpresa y admiración aquel pene magnífico, tan grueso y largo; transmitía una sensación de plenitud con solo verlo. Desde luego que Natalia había elegido un buen novio.

—Mírame, esclava —le ordenó David. Su voz tenía autoridad y rudeza.

Zorrita lo miró desde abajo, sintiéndose en manos de él para ser usada para su placer. Dentro de su humillación era feliz, porque estaba obedeciendo las órdenes y la voluntad de su Ama Gema. Pensó que hacía un rato había obligado a su novio, Diana, a que mirara a los ojos de Julio mientras lo masturbaba. Ahora le tocaba a ella,…las vueltas que da la vida.

Sin dejar de mirarlo, cogió el pene del muchacho con una mano y comenzó a besarlo y a pasarle la lengua por la punta. David la miró a los ojos, abriendo la boca del gusto que estaba sintiendo, disfrutando de la sensación de poder sobre aquella mujer sumisa y dispuesta a hacer todo lo que él quisiera. Zorrita, con el ansia de llevar una semana sin follar, empezó a comerse la polla con ganas; era magnífico sentir en su boca la dureza y el olor a macho que desprendía. Fantaseó con que era su vagina la estaba siendo penetrada más y más profundamente…la frustración de estar tan cerca de un orgasmo, y no poder conseguirlo se hizo terriblemente más intensa.

—Pero que bien lo haces, tu novio y Gema deben pasarlo en grande con una zorra como tú—dijo David con un susurro entrecortado. Algunos compañeros se dieron la vuelta un par de veces para ver que estaba pasando por detrás; su profesora no estaba por ninguna parte. Seguramente pensaron habría salido un momento, dejando que aquella otra amiga vigilara el examen.

La polla del muchacho iba a reventar en cualquier momento. Zorrita lo sentía perfectamente y se concentró en morder suavemente el glande con los labios, moviendo la cabeza arriba y abajo, sin dejar de mirar ni un momento a su alumno. No, pensó, ni siquiera todas las putas estarían dispuestas a hacer por dinero lo que ella estaba haciendo ahora mismo.

—Sabes —le dijo David en voz baja, con la mirada perdida del placer que sentía—, a Natalia no le gusta que me corra en su boca, pero tú te lo vas a tragar todo, ¿entendido?

Zorrita aceleró el movimiento de su cabeza y apretó más fuerte toda la longitud del pene con los labios; sí, el chico estaba a punto de correrse… ella no paró ni un momento, hasta que por fin sintió los espasmos del pene al contraerse violentamente; la leche caliente y pastosa le inundó la boca, parecía que no iba a parar nunca, mientras David dejaba escapar un largo suspiro de gusto.

Zorrita tragó y tragó, sin dejar de chupar aquel pene soberbio, para que nada se escapara. “Una puta fácil, obediente y pervertida”, pensó, eso es lo que sería ya para siempre para sus alumnos.

Zorrita siguió chupando hasta dejar la polla bien limpia. Paró un momento, para respirar profundamente, pero David le dio un cachete en la cara al momento.

—¿Te he dicho de pares, zorrita?—le dijo disfrutando de la situación de dominio.

Zorrita volvió a seguir chupando al momento, temerosa de hacer algo inapropiado que la descubriese delante de los demás alumnos. Así pasaron varios minutos, en silencio, sin que la polla de David se relajase. Secretamente envidió a Natalia por poder disfrutar de semejante pene incansable.

—Suficiente —dijo al rato David—. Vete a la espalda de mi butaca.

Zorrita se escabulló de entre las piernas de su alumno y a cuatro patas, para que no la viera nadie, se colocó a la espalda del asiento de David. El corazón le latía salvajemente, con la mezcla de depravación, temor y excitación que sentía al mismo tiempo. Se asomó un poco por el borde de la butaca. Quedaban muy pocos alumnos, cuatro o cinco, todos varones. Faltaba menos de diez minutos para terminar el examen. Una nueva angustia la asedió; ¿cómo saldría de allí hasta el coche de Ama Gema? Ya la conocía bastante bien; como no estuviesen fuera a la hora en punto, se iría y los dejaría allí tirados.

David se puso de pie, sin hacer ruido y sin abrocharse los pantalones. Rodeó su butaca hasta ponerse al lado de su profesora encogida en el suelo.

—Ponte de pie —le dijo con naturalidad, en voz baja.

Zorrita se mordió los labios; odiaba y deseaba exhibirse con tanto riesgo. Pero David tenía el vale de Ama Gema, y ella simplemente obedecería, sin pensar, sin dudar, sin evaluar las consecuencias de sus acciones. Se puso de pie junto a su alumno; él le sacaba una cabeza de altura, y era más grande y voluminoso que ella, con su tipito de chica adolescente.

—Dobla la cintura y apoya los codos en el respaldo —le volvió a decir, con un toque de deseo y malicia en su susurro. Zorrita obedeció y se inclinó hacia delante, dejando su espalda paralela al suelo. Desde que llevaba el cinturón de castidad puesto, le habían follado la boca y el culo varias veces, y ahora le tocaba otra vez.

—Separa las piernas…—siguió ordenando David en voz baja.

No, no podía creer que estuviera haciendo aquello, pensó conteniendo las lágrimas. Aquel bastardo que siempre la estaba desafiando en clase y haciéndose el gracioso, se había corrido en su boca, y ahora le iba a follar el culo, a la vista de sus compañeros. Cualquiera de ellos se podría dar la vuelta en cualquier momento…la situación era tan depravada que sentía que se podía correr sin necesidad de masturbarse…

Quien sí lo iba a ver todo era yo, Diana, sentada en la tarima.

Zorrita me miró. “Esto es lo que pasaba cuando se tienen fantasías de sumisión y se llevan a la práctica”, pensó ella, “que se acaban descontrolando hasta que no se sabe cómo van a acabar.” Diana, siguió pensando, (¿pero aquella mujer guapa era su novio?), no movería un dedo por impedir nada, para que todo se desarrollaba según el deseo de Ama Gema, y no había nada más que decir. Sintió incluso una perversa satisfacción de que se la follaran delante de su novio, que además se sentía ahora como una mujer que deseaba también ser follada.

David se acercó por detrás y agarró el culo de su profesora con las dos manos, se lo sobó un poco y luego le clavó los uñas con fuerza; zorrita apretó los labios para no gritar.

—Separa las piernas más, putita —le ordenó con dureza con voz suave. Ella, obediente y sintiéndose despreciable, lo hizo con gusto. Que te follen por detrás como a una perra, es la posición más sumisa que se puede adoptar.

Al momento notó con el muchacho bajaba los dedos por las barras de metal encajadas en la raja de su culo, hasta que llegó a la separación a la altura de su ano, donde las barras hacían la forma de un circulito, de unos tres o cuatro centímetros de diámetro; el tamaño justo para que le follaran bien el culo.

El joven, con brusquedad, metió uno y luego dos dedos dentro; zorrita dio un pequeño respingo y procuró quedarse inmóvil; los dedos entraron y salieron, palpándola por dentro en todas direcciones. Se moría de vergüenza y de gusto de que la estuviese tratando así, allí en medio. No hacía más que mirar a los otros alumnos sentados de espaldas a ella, con la deliciosa angustia de que cualquiera se podría girar en cualquier momento.

Los dedos salieron un poco después y una de las manos la agarró por la cintura. Zorrita agachó la cabeza y dio un largo suspiro. La otra mano tiró de los lados del esfínter y sintió a saliva del chico cayendo por la raja del culo. Un momento después sintió la punta de la polla apoyada en la entrada del ano.

“Realmente me está violando”, pensó zorrita asumiendo lo inevitable,…”pero lo deseo con toda mi alma, que me use, me folle, que me trate salvajemente como lo que soy, un culo con un agujero para que él disfrute y se corra dentro de mí.”

David agarró ahora la cintura de su profesora con las dos manos, sintiendo el dulce placer de la venganza y la humillación. Pensó en las veces que le había llamado la atención en clase, las de veces que le había puesto en evidencia delante de Natalia y su compañeros. Pues ahora se iba a enterar.

Apretó primero un poco. El esfínter no opuso mucha resistencia, gracias a las sesiones de arnés con Ama Gema. En cuanto entró el glande, se detuvo un momento, saboreando su victoria sobre aquella despreciable sumisa que ahora era su profesora. Después, sin miramientos y apretando los dientes, deseando poseerla y hacerle daño, la penetró salvajemente, empujando su larguísima polla hasta el fondo del culo de su profesora; zorrita gimió de dolor con la boca cerrada, y antes de que se diera cuenta, aquel pollón estaba otra vez casi fuera, pero al momento David volvió a empalarla.

Zorrita, a pesar del dolor y la humillación, disfrutaba de aquello, lo más parecido a un orgasmo que se podía permitir. Albergaba la débil esperanza de que David se corriera dentro de ella y que milagrosamente ningún alumno se diera cuenta. Quería escapar de alguna manera de la pesadilla que estaba viviendo. Pero al mismo tiempo no quería escapar, con la fantasía oscura y secreta de que precisamente lo quería era que la descubrieran así.

Con prontitud David empezó a coger ritmo, clavando sus caderas contra el culo de su profesora una y otra vez. La excitación le desbordaba. Quería reventarla. Su deseo y el morbo aumentaban al ver que la amiga de la profesora miraba con interés desde la tarima, y no había movido un dedo para parar todo aquello. Estaba claro que la compañera estaba metida también en aquel asunto turbio con Ama Gema. El morbo de la situación hizo que sintiera ganas de correrse otra vez; no quería para por nada del mundo…

Entonces, tanto David como zorrita notaron que la otra puerta de acceso al salón desde el interior del instituto, justo a sus espaldas, se abría. Luego la puerta se volvió a cerrar.

Alguien los miraba.

David estaba a punto correrse. No quería parar de ninguna manera, aunque fuese un profesor, o el conserje o quien fuera. Zorrita se quedó helada, sin moverse, asumiendo la tragedia que se iba a llevar por delante su dignidad como persona y su vida profesional. La sensación de degradación era tan grande, que algo parecido a un suave orgasmo le recorrió todo el cuerpo.

La persona que había entrado se quedó un momento paralizada, sin acabar de creerse lo que estaba viendo.

En un momento se desató el infierno.

Natalia, incrédula, desde la puerta, los miraba con odio.

—¡¡Pero qué coño crees que estás haciendo con la puta esa!! —dijo en voz alta, con un tono que cortaba como una cuchilla.

Al momento los otros alumnos que quedaban en el salón de actos se dieron la vuelta.

Zorrita quería que se la tragara la tierra, notando las caras sorprendidas de los chicos verla desnuda, con el culo en pompa mientras David se la estaba follando a lo grande en aquella posición de sumisión.

Se quedó paralizada, sin poder moverse, apoyada sobre el respaldo de la butaca. No podía pensar. Miraba al suelo, dándose cuenta que en su situación lo único que podía hacer era dejar que su dueño decidera por ella.

Algunos silbidos de admiración y sorpresa llenaron la sala. Todos se giraron cómodamente para disfrutar de la escena increíble:

—Joder, David, eres la leche…

—Deja algo para los demás…

—Pues sí que tenías razón, la profe es una zorra de cuidado…

—Menuda guarra la muy puta….

David se quedó un momento también paralizado, dudando entre acabar de correrse y que luego el mundo estallara, o parar para intentar salir de aquella situación.

Los ojos de Natalia despedían fuego.

—Sácale la polla del culo a esa puta ahora mismo —la voz clara y susurrante de Natalia destilaba veneno de serpiente—. ¿Pero cómo te has atrevido…?

David, de un solo movimiento, se la sacó como quien descorcha una botella de cava. En un instante, todavía con los pantalones bajo y la polla al aire, se acercó hasta su butaca y sin decir nada cogió el vale y se le dio a su novia. Zorrita seguía inmóvil, con la mirada fija en el suelo. Notaba las miradas de sus otros alumnos clavadas en sus pechos y por toda su carne desnuda. Hacía tiempo que había dejado de sentirse una persona con derechos y sentimientos. Ahora mismo era una parte más del mobiliario del salón. Su mente estaba llena del bochorno y la humillación que sentía, sin hueco para nada más.

—Esto te va a costar muy caro, a los dos, a ti y esa puta, te lo juro…—dijo Natalia mientras cogía el vale sin saber para qué se lo daba David.

—Por favor, léelo —le pidió su novio débilmente.

Natalia miró distraídamente la nota. Llena de furia, sus ojos pasaron por la frase una y otra vez. Dejó de hablar, sorprendida, para concentrarse en todo lo que significaba aquel vale. Se quedó en silencio un momento, sopesando su mal humor con todo lo que sabía de Gema.

Por fin habló con voz más tranquila, aunque no exenta de enfado.

—¿Así que tienes permiso de Gema para follártela?—preguntó con crudeza delante de todos.

—Sí, Natalia —dijo David. Se sentía incómodo, con los pantalones desabrochados y su pene tieso a la vista de los demás.

—Eso me parece muy bien, y esta puta se dejará hacer lo que Gema quiera —concedió Natalia, mirando lo empalmado que estaba su novio—pero…¿tienes tú permiso mío para follártela?

David se mordió los labios, nervioso. No le gustaba que la tratase así, delante de sus compañeros de clase. Se sentía cada vez más violento con el pene al aire hablando con su novia.

—No, cariño, no tengo permiso tuyo.

—¿Entonces…?—Natalia lo miraba con severidad.

—Lo siento, cariño…—contestó David con humildad y frustración.

Natalia sonrió maléficamente, satisfecha de dejar claro quien mandaba en la relación de pareja, mirando apreciativamente a su profesora desnuda y con el culo en pompa.

—Por otro lado sería una falta de cortesía rechazar un regalo de Gema —continuó Natalia mirando el culo tan bonito de su profesora, que no se había movido ni un milímetro—, teniendo en cuenta que nos ha invitado este fin de semana a su casa.

—Sí, cariño —volvió a decir David con ansiedad, sin tener claro a donde quería ir a parar su novia.

—No hace falta que te la folles aquí a escondidas —dijo Natalia con una sonrisa torcida—, ¿verdad que no?—dijo dirigiéndose a los demás chicos que ya se habían olvidado por completo del examen. Iba a dejar que su novio se follara a la profe, pero cómo y cuándo ella quisiera, y pagando un precio, por supuesto.

Los comentarios de los chicos fueron unánimes y jocosos:

—Joder, un espectáculo porno en directo…

—Qué fuerte, esto es mejor que ver páginas guarras en internet…

—Cuando se lo cuente a los demás no se los van a creer…

—¿Cómo que no? Yo pienso grabarlo con el móvil…

Zorrita se sentía mareada. Pensaba que iba a desmayarse en cualquier momento, escuchando como disponían de ella como la esclava que era. El sentimiento de miedo que le daba Natalia se hizo más fuerte. Pero una vocecita en su mente le hablaba con ironía; ¿no era esto lo que ella había deseado cuando comenzó su sumisión a Ama Gema, no tener voluntad propia, ser tratada como un objeto sexual, ser humillada, despreciada y abusada? Ahora tenía que apurar el trago hasta el final, lo dulce y lo amargo.

Natalia abrió su mochila mientras hablaba.

—Cuando he salido del examen me he pasado por una tienda de animales para comprarle una correa nueva a mi pastor alemán, porque el muy bruto muerde y rompe las correas de cuero. Así que le he comprado una de metal.

La muchacha sacó la correa. Era una cadena de un metro de longitud, de anillos gruesos hechos de acero inoxidable brillante; solamente la parte que se agarraba con la mano era de cuero negro. El collar para poner alrededor del cuello también era de anillos de acero, algo más pequeños. Era un collar de castigo; no se abrochaba, sino que tenía un nudo corredizo; cada vez que el perro tirara con fuerza, más fuertemente se apretaría alrededor del cuello.

Natalia sostuvo la correa con una mano.

—Tú, putita, aquí —le ordenó Natalia tajantemente—. ¿No ves que ahora tengo yo el vale?

Zorrita dejó apoyarse contra el respaldo de la butaca, y de manera instintiva adoptó la misma posición de sumisión que ante su Ama Gema. Se arrodilló delante de su alumna, separó las piernas y se agarró las manos a la espalda. Natalia la miró complacida.

—Aunque no tuviera el vale, también me obedecerías, ¿verdad, esclava?

—Sí, Natalia —reconoció zorrita en un susurro sin levantar la mirada.

—Así que follando con mi novio…—dijo acercándose un poco. Sin decir nada le pegó en la cara con la mano que le quedaba libre. El guantazo resonó por todo el salón de actos. Un segundo después la abofeteó en el otro lado de la cara. Zorrita contrajo la cara por el dolor, pero no hizo ningún ruido. Los otros alumnos se quedaron en silencio, sin acabar de creerse que su profesora se dejara tratar así.

—¿Y bien? —preguntó la chica.

—Lo siento, Natalia —dijo zorrita en voz baja mirando al suelo—. Gracias, Natalia.

—Pero tu ama quiere que te utilicen, y sería de mala educación rechazar su regalo…¿verdad, esclava?

—Sí, Natalia —reconoció zorrita, viendo como su pesadilla se hacía cada vez más intensa.

La muchacha cogió la correa y se la enseñó a su profesora.

—Te comportas como una perra en celo, así que habrá que tratarte como la perra que eres —le dijo con un toque de ironía y maldad.

Cogió el collar y se lo pasó a su profesora por la cabeza, bajándoselo hasta el cuello. Con la correa en una mano le dio un pequeño tirón, y el collar se ajustó con firmeza alrededor del cuello de zorrita. Natalia miró satisfecha como lo que deba.

—Mírame, perra —le ordenó.

Zorrita levantó la mirada. Sentía el frío metal brillante alrededor de su cuello, a juego con su cinturón de castidad. Allí, desnuda y de rodillas, con las manos a la espalda, con la tirantez de la cadena que sostenía Natalia, se sentía una propiedad personal de su alumna. Sólo quedaban sentimientos de sumisión dentro de ella; haría lo que le dijera de manera instantánea, obedecería sin pensar, como hacía con Ama Gema.

Ella ya no era nadie.

La cadena no iba sólo de la mano de Natalia al cuello de zorrita; iba de la mente dominante de la alumna a la mente sumisa de la profesora.

Natalia dio un pequeño tirón de la cadena, y miró a zorrita con cara apremiante. Sin necesidad de que le dijera nada, zorrita se puso a cuatro patas junto a la muchacha. No podía adelantarse mucho, porque la correa era bastante corta. Su sensación de degradación personal era infinita, solo comparable con el placer de la entrega y la dulce humillación inacabable que sentía. Su vagina llevaba horas en un estado de excitación y de deseo insatisfecho que parecía que no iba a acabar nunca.

—Vamos a la tarima —dijo Natalia. Al mismo tiempo le habló también a su novio—. Ven aquí, David.

Cuando su novio se puso a su lado, Natalia, sin dar explicaciones, lo agarró con su mano libre por el pene largo y tieso. Se puso a caminar, con zorrita a cuatro patas, dándole algunos tirones de vez en cuando con la correa, y con su novio empalmado cogido literalmente por los huevos, muerto de vergüenza de que su novia lo llevara así. Pero era zorrita, desnuda y con el collar al cuello, la que se sentía realmente como un simple animal. Su mente había dejado de pensar para no volverse loca.

Los otros chicos jaleaban a Natalia:

—Eres tremenda, Natalia…

—No sabía que David fuera tan calzonazos…

—Ten cuidado, que la perrita se puede mear…

—Parece que tiene ganas de que la monte un macho…

—O varios…yo también quiero…

Finalmente llegaron hasta la tarima, y los tres subieron los escalones hasta llegar delante de las dos mesas. Yo miraba la escena surrealista que estaba viviendo, con mi novia a cuatro patas y el terrible collar de acero al cuello. Sentía que estábamos sin remisión en manos de aquellos alumnos. Yo sudaba nerviosa, no solamente de ver a mi novia en aquella situación, sino por no saber qué pasaría conmigo, y cómo acabaría todo esto.

Zorrita se sentía totalmente expuesta, como si estuviese en una pasarela, ante los ojos de todos los alumnos que quedaban en el salón de actos. Sentía su desnudez con toda intensidad, sabiendo que sus alumnos ya no veían una profesora, veían un culo, unas tetas, un coño cubierto de metal, una puta con una cadena al cuello dispuesta a hacer cualquier barbaridad lujuriosa que se les pasara por la cabeza. Era tan terrible y tan maravilloso al mismo tiempo, que pensó que nunca había vivido tan intensamente como desde que comenzó a ser esclava de Ama Gema.

Natalia me miró condescendientemente, mientras sostenía la correa en una mano y con la otra le daba pequeños masajes a la polla de David.

—¿Cómo dices que te llamabas?—me preguntó con insolencia.

Yo tragué un poco de saliva, sentada tras la mesa, notando que mi situación era insostenible. Contesté en voz baja y susurrante para no delatarme.

—Diana —dije simplemente.

—¿Amiga también de Gema, cómo nuestra profe?—volvió a preguntarme.

—Sí.

—Vaya, que interesante…—me dijo sonriendo, mientras que el pánico se me disparaba.

Julio, sentado en primera fila, se metió en la conversación.

—Además también va a venir este fin de semana a la fiesta de Gema—con su mano le enseñó algo a Natalia.—Mira, de momento se ha quitado esto y me lo ha regalado.

Sintiendo como la pesadilla me atrapaba a mí también más y más, vi como mostraba mis braguitas rojas y las agitaba para que las viera todo el mundo. Deseé estar a un millón de kilómetros de allí. Tuve que luchar contra la necesidad apremiante de levantarme y salir corriendo, escapar de aquella situación, y dejar a mi novia allí tirada. Pero la orden de Ama Gema era que ella nos recogería dentro de unos minutos, y no quería que mi comportamiento me hiciese indigno de ella.

Natalia me miró fijamente; sus ojos me taladraban.

—¿También eres esclava de Gema?—me preguntó en voz alta con curiosidad malsana, sin apartar su mirada de la mía.

Yo la miré aterrado. Podía mentir y alejar gran parte del peligro que me rondaba, distanciarme así de mi novia. Pero no, no podía mentir. Yo también notaba el hechizo de Natalia, aquella ama en potencia. Mi lado sumiso era tan fuerte después de todo lo que había vivido desde que comencé a someterme a mi novia y luego a Ama Gema, que no podía mentir.

—Sí —le dije, mordiéndome los labios y agachando la mirada.

—Vaya, vaya, vaya…así que Gema las tiene a pares….—dijo Natalia con admiración—. Entonces te podemos follar a ti también…

Yo la miré otra vez, con el corazón desbocado. Sí, como Diana quería ser follada, pero yo sabía que aunque me sintiese una mujer, tenía un pene entre las piernas, y que en cuanto lo descubriesen, la cosa se podía poner muy fea para mí. Además, no tenía el permiso de ninguna de mis dos amas: Ama Gema o mi novia. Así que negué débilmente con la cabeza.

—No, sólo hay un vale —contesté a modo de excusa.

—¿Gema ha dejado un solo vale para follaros..? —Natalia se quedó pensando un momento, comprendiendo poco a poco cómo funcionaba toda esta historia—. Un vale para una esclava. Luego, si nos follamos a esta perra y luego a ti, es probable que no le guste, ¿verdad?

Yo asentí con rapidez. Parecía que bastaba que la figura de Ama Gema apareciera en la conversación como para que incluso Natalia tuviera cuidado con lo que hacía.

—Sí —me apresuré a decir, con una voz susurrante.

Natalia meditó un momento.

—Esté bien. Jugaremos como quiere Gema, teniendo en cuenta lo bien que nos está yendo gracia a ella —me miró con una sonrisa morbosa—. En cualquier caro, ¿no te importará que nos follemos a tu amiga aquí mismo, verdad?

Yo negué con la cabeza y suspiré aliviada, con la seguridad de que no me iban a descubrir. Al mismo tiempo sentía una frustración enorme, y la excitación hacía que mi polla volviera a ponerse dura a reventar. No hacía más que desear que llegara el fin de semana y que Ama Gema dispusiera de mí como más le complaciera, tanto como hombre sumiso como de mujer dispuesta a ser follada según mi ama quisiera. De momento, lo que me quedaba era ver como se iban a follar por el culo a mi novia delante de mis narices; aquello me producía un oscuro y morboso placer, viendo la degradación a la que ella voluntariamente se sometía.

Natalia dejó de agarrar a su novio por los huevos, y con disgusto notó lo pringosa y el mal olor que despedía su mano.

—Ves por qué yo no dejo que me metas por el culo esa gran tranca que tienes —le dijo a su novio. El resto del auditorio se venía debajo de las risas, casi aplaudiendo con las ocurrencias de Natalia. David se revolvió incómodo, con su polla tiesa, sin saber qué hacer. No le gustaba nada esto de estar con la polla a la vista de sus compañeros, pero parecía que era su novia quien controlaba la situación.

Natalia bajó la mano esta la altura de la cara de zorrita, con los dedos separados, mientras le daba un tironcito con la cadena—. Venga, limpia.

Mi novia levantó la cabeza, y sin dudar ni mostrar su sensación de repulsa, entreabrió la boca, y uno a uno, fue chupando y limpiando cada uno de los dedos de Natalia. Yo la miraba hipnotizado; ¿esta era mi novia, la misma que me humillaba y me sometía en su condición de ama dominante, y que jamás en la vida habría hecho conmigo lo que estaba haciendo con Natalia? Desde luego que la sumisión y la obediencia pueden lograr lo impensable, como yo sabía por propia experiencia. ¿Acaso no estaba yo allí mismo convertida en una mujer preciosa deseando que me metieran esa tranca por el culo?

La alumna pareció satisfecha, mirándose los dedos con mirada apreciativa. Se lo estaba pasando a lo grande. Deseó con toda su alma que llegase ya el fin de semana.

—Muy bien, putita. Gracias por dejarme la mano tan limpia —y un par de segundos después, abofeteó a su profesora. Al momento, como zorrita no dijo nada, volvió a abofetearla

—Gracias a ti, Natalia —se apresuró a contestar mi novia.

Natalia negó ligeramente con la cabeza, divertida.

—Me temo que le voy a tener a decir a Gema que no acabas de comportarte con suficiente educación, qué lástima.

—Lo siento, Natalia —dijo al momento zorrita, temiendo que su relación con su ama se pudiera estropear por culpa de aquella joven. La sensación de inquietud y pánico que le producía Natalia se hizo más profunda.

—Ahora vas a hacer las cosas mejor, putita. Mi novio te va a follar el culo, pero todavía no tiene mi permiso, y me lo vas a pedir tú—continuó Natalia. Se sentía increíblemente poderosa sosteniendo con fuerza la correa con la que controlaba a su profesora a cuatro patas.

Zorrita tragó saliva. Allí en medio del escenario, delante de todos sus alumnos, asumió hasta el final su condición de puta y esclava.

—Natalia, por favor…—empezó zorrita con un hilo de voz.

Su alumna le dio un fuerte tirón y la miró con cara de disgusto. Zorrita dejó de hablar al sentir dolorida como la correa de acero se apretaba fuertemente entorno a su cuello. Natalia le dio un guantazo fortísimo en la cara, con rabia. Yo la miraba, con una mezcla de impotencia, morbo y admiración al ver como mi novia lo aceptaba todo.

—No, putita, seguro que lo puedes hacer mucho mejor.

Zorrita tragó saliva y comenzó otra vez.

—Natalia, te suplico que dejes que David abuse de mí….—dijo zorrita con voz clara y alta.

Natalia le dio un nuevo tirón; zorrita se asfixió un poco por lo ceñido que estaba ya el collar.

—¿Que abuse de mí?, pero qué cursi te vuelves, te pasas de educada…—le dijo con sorna Natalia.

Mi novia respiró profundamente y comenzó otra vez.

—Natalia, te suplico que dejes que David me folle el culo a cuatro patas, como la puta perra que soy —zorrita no se creía capaz de decir algo así nunca; aunque le parecía que era imposible, todavía se sintió más y más degradada.

—¿Ves cómo lo puedes hacer mucho mejor, putita?—le dijo Natalia. La muchacha se dio la vuelta y se dirigió hacia los muchachos sentados en la fila de butacas—. ¿Qué os parece, dejo que David se la folle?

Los alumnos estaban totalmente fuera de sí:

—Joder, Natalia, pues claro…

—Mira que eres calientapollas, Natalia, deja que se la folle ya…

—David, cabrón, qué suerte tienes…

—Qué pena que no le podamos ver el coño…

—Yo me pido luego follarle la boca, con tu permiso, Natalia, claro…

—Y yo, yo también quiero, y correrme en sus tetas….

Natalia se reía suavemente. Era magnífico esto de controlar la situación.

—Parece que hay unanimidad, putita. Anda, David, fóllatela como lo estabas haciendo antes.

Natalia tiró del collar y se llevó a su profesora hasta el borde lateral de la mesa donde yo estaba.

—Venga, putita, ponte en la misma posición que antes.

Zorrita la miró horrorizada.

Ahora, en el escenario, empezaba la función. Ella como actriz principal.

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